Demonic, de Neill Blomkamp

DESPERTANDO LOS DEMONIOS.

“El infierno y los demonios no están en el fondo del abismo de la tierra sino en el corazón del hombre, inclusive del más virtuoso y del más justo”.

Nikos Kazantzakis

District 9 (2009), la opera prima de Neill Blomkamp (Johannesburgo, Sudáfrica, 1979), sorprendió a propios y extraños, ya que nos adentraba en la cotidianidad de unos extraterrestres varados en un barrio, y sus continuos conflictos con la población humana, con un tratamiento cercano al documental de testimonios, en una cinta llena de drama, suspense y tensión. Le siguieron Elysium (2013), y Chappie (2015), producciones con más medios y más ambiciosas, que seguían la misma línea de ciencia-ficción, y las complejas relaciones de poder entre humanos y robots, en unos relatos que, en mayor o menos medida, conectaban con un público que se dejaba llevar por una vuelta de tuerca muy interesante sobre la ciencia-ficción del nuevo siglo. Entre el 2017 y el 2020, el director sudafricano ha continuado produciendo películas cortas con la misma temática que ha caracterizado sus primeros trabajos, añadiendo más sofisticación y espectacularidad en las secuencias de acción y dotando a su cine de un empaque novedoso, ágil y divertido.

Con Demonic, película nacida y desarrollada en plena pandemia, Blomkamp ha echado el freno a sus robots y nos ofrece un cambio de registro en toda regla. El argumento no se aleja demasiado de la película de terror al uso, sin grandes medios y sobre todo, muy próxima a esos productos de los ochenta con el ánimo de entretener un rato al público. Por eso sorprende mucho este cuarto largometraje del cineasta sudafricano, y cuánto más su convencional argumento, que nos cuenta la existencia de Carly, una mujer que recibe la llamada de una empresa que ha creado un simulador virtual en el que interactuará en la mente de su madre, Angela, una mujer en coma, condenada por asesinato múltiple. La novedad de la película es todo el entramado de la virtualidad, que no deja de ser una especie de máquina del pasado de nuestros miedos, monstruos y demás. Es una película al uso de posesiones demoniacas, muy al estilo de ese gran clásico referencial que es El exorcista (1973), de William Friedkin, y Carrie (1976), de Brian de Palma, con esas relaciones complejas y violentas entre madre e hija.

Otros actores de este entramado extraño es el del personaje de Martin, ex novio de Carly, también implicado en la trama, y los tipos que trabajan para la empresa que tiene mucho interés en el proceso virtual al que someten a Carly. Unos individuos que son curas que pretenden atrapar al demonio en cuestión. Blomkamp rescata a dos intérpretes de su cine como Carly Pope en la piel de la desdichada Carly, con la que trabajó en Elysium, y a su alter ego y enemiga, Nathalie Bolt, vista en District 9, que se enfunda en Angela, la madre odiada y siniestra. Y finalmente, Chris William Martin es Martin, el ex novio de Carly, metido en este lío para ayudar a la joven. El director sudafricano no consigue las hechuras y densidad que tenían sus anteriores películas, y parece que Demonic es una película contada de forma muy lineal y llena de referencias, muy alejada del ingenio que se esperaba de un director realmente imaginativo, fresco y constructor de atmósferas densas, caóticas y llenas de complejidad y humanidad.

La película se deja ver, tiene algún que otro momento interesante, pero pronto vuelve a su envoltorio de entretener sin más, y no pretende nada más que eso, un entretenimiento más, con ese look de película alimenticia o divertimento para su director, que nos inquieta de cara a sus futuras producciones, si seguirá en esta línea, o volverá a ese cine más compacto, lleno de brillantez, ingenioso y lleno de tensión, más propia del cine de terror. Quizás el elemento más sobresaliente de Demonic sea su falta de pretensiones, pero abusa de las referencias, y de las situaciones sin alma que pululan durante toda la película, alguna que otra secuencia nos emociona, pero en general, todo está demasiado pensado y ejecutado, dejando nulo todo ese espacio para la imaginación, la construcción de atmósferas, y sobre todo, las composiciones de los intérpretes, que resultan demasiado monótonas. La película se acaba perdiendo en sí misma, que mira demasiado a otras producciones tótem, olvidándose de sí misma, y dejando sin alma todo lo que cuenta y cómo lo cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ghostland, de Pascal Laugier

HORROR EN LA CASA DE MUÑECAS.

Erase una vez una madre Coleen que junto a sus dos hijas adolescentes, Beth, introvertida e incipiente escritora de terror amante de la literatura de Lovecraft, y Vera, extrovertida y enganchada a las nuevas tecnologías. Las tres llegan a un pequeño pueblo donde les espera una nueva vida en la vieja granja de una tía lejana que coleccionaba muñecas de aspecto diabólico. La primera noche se ven asaltadas por dos psicópatas que las someten a una espiral de horror y violencia. La premisa inicial de Ghostland no parece nada del otro jueves, siendo casi un calco de tantas películas donde inocentes jóvenes son asaltadas por asesinos despiadados. Pascal Laugier, auténtico especialista en el género con títulos tan recordados como El internado (2004) o Matyrs (2008) ambas rodadas en su Francia natal antes de su salto a EE.UU. con El hombre de las sombras (2012), va algo más allá en su propuesta, porque sin pretender originalidad en un género muy machacado, si que abre nuevas ventanas para reformular este tipo de historias. Los relatos de Laugier tienen mucho que ver con los espacios cerrados o alejados del mundanal ruido, sitios oscuros, siniestros y llenos de maledicencia, donde jovencitas se ven inmersas en universos terroríficos en los que deberán sobrevivir cueste lo que cueste.

El director francés nos sitúa en un cuento de nuestro tiempo, donde lo novedoso de la propuesta será el juego con el subjetivismo del personaje principal de Beth, esa niña inquieta y observadora que sueña con escribir historias de terror, introduciéndonos en varias formas de ver y sentir la historia, llevándonos por este laberinto narrativo en el que lo real y lo onírico se dan la mano sin conocer a ciencia cierta en que universo nos encontramos. Laugier nos lelva por dos caminos, cuando Beth es adolescente y sufren el terrible ataque y luego, 16 años después, cuando Beth, convertido en exitosa escritora de novelas de terror, vuelve a su casa, donde su madre sobrevive atendiendo a Vera, la hermana pequeña que vive perturbada y anclada en aquella noche fatídica.

Cinco personajes en el interior de una casa que cruje por todos los lados, que desprende un olor entre rancio y a ambientador añejo, con una decoración de poco gusto, envejecida y carcomida, y llena de muñecas de todos los materiales posibles, abundando las de porcelana y las de aspectos siniestros y diabólicos, muñecas que parecen cobrar vida o simplemente creemos que cobran vida. Quizás para muchos espectadores el juego narrativo que propone la película les resulte ya muy visto, pero Laugier no pretende levantar de la butaca, sino todo lo contrario, cogiendo vías y propuestas ya trilladas para abrir un resquicio de luz, en este caso de oscuridad, para mantener al espectador sometido y anclado a su butaca, inquieto y revolcado entre tanta maldad, siendo testigos del horror más puro encarnado en esos dos tipejos que se enfundan en un ogro, una mala bestia enorme con una fuerza descomunal y feísimo, una especie de jorobado de Notre Dame de la maldad, a su lado, una bruja travestida que se dedica a jugar con muñecas humanas, disfrazando a las dos hermanas y convirtiéndolas en dos marionetas a la merced de ese ogro asesino.

Laugier pone sobre la mesa el secuestro, los abusos pedófilos, la depresión, la locura, los traumas psicológicos difíciles de resolver, o el pasado horrible del que tanto cuesta escapar, y todo contado entre una realidad espeluznante, esa de casos de asesinato y violaciones que podemos escuchar diariamente en los informativos mezclada con ese cuento macabro y espeluznante que traspasa lo grotesco y lo horrible, entre la realidad y el sueño, entre lo que vemos o lo que imaginamos, entre lo que está pasando y lo que nos gustaría que hubiera pasado, entre presente y pasado, con ese aroma de los buenos títulos de terror puro como La noche de los muertos vivientes,  La matanza de Texas, Viernes 13 o Posesión infernal, entre muchos otros, con el impecable reparto de la función, tanto en su adolescencia como la etapa adulta, que saben componer unos personajes reales y muy cercanos, naturales, dentro de esa casa convertida en el infierno donde ninguna muñeca está a salvo, sea real o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA