Entrevista a Cristina Campos, autora de la novela y coguionista de la película «Pan de limón con semillas de amapola», de Benito Zambrano, en el Hotel Catalonia Gran Via en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristina Campos, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Filmax, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Tienes que aprender a ser tú misma. A tomar tus propias decisiones. A no tener miedo al qué dirán. A que te importe una mierda lo que dicen tus amigas.”
Cristina Campos, Pan de limón con semillas de amapola.
De las cinco películas que he hemos visto de Benito Zambrano (Lebrija, Sevilla, 1965), las tres últimas están basadas en novelas. Tanto su anterior trabajo, Intemperie (2018), que partía de la novela homónima de Jesús Carrasco, como en La voz dormida (2011), de un libro de la desaparecida Dulce Chacón. Ahora, nos llega Pan de limón con semillas de amapola, escrita por Cristina Campos, que ha coescrito el guión con Zambrano, que tiene mucho que ver con La voz dormida, porque aquí también hay dos hermanas y muy diferentes entre sí, y que están obligadas a convivir y mirarse. La película cuenta un relato femenino, íntimo y lleno de amor, donde dos hermanas, Marina y Anna, muy diferentes entre sí, la primera, doctora cooperante que viaja por el mundo ayudando a los demás, y la otra, una infelizmente casada y con una adolescente rebelde Anita como hija. Sus vidas, separadas en la adolescencia, se reencuentran en Valldemossa, un pequeño pueblo del interior de Mallorca, porque una mujer, que desconocen por completo, y acaba de morir, les ha donado su panadería.
Una película que habla de todo aquello que se cuece en nuestros interiores, todo aquello que ocultamos a los demás, todos nuestros anhelos, ilusiones, tristezas, desamores, momentos únicos, o esa felicidad que a veces nos empeñamos en sacarla de nuestras vidas, ya sea por miedo, desilusión o simplemente, por torpeza. Zambrano ha construido un sencillo y brillante cuento, una de esas fábulas contemporáneas que nos remiten a las historias universales, porque la película se centra en este especial y peculiar reencuentro de las dos hermanas, en todo aquello que fueron y ahora son, en todo aquello que las aleja y sobre todo, en todo aquello que las acerca, en su relación, en su memoria, y también, en el amor que se tienen por muy diferentes que son. Y las coge en un momento de sus vidas crucial, porque una quiere adoptar a una bebé africana que le ha caído del cielo, y la otra, pierde todo su patrimonio y se separa del marido, además, le detectan un cáncer. La vida y sus oportunidades, es otro tema de los que se detiene la película, peor lo hace desde la sensibilidad y la naturalidad, sin caer en ningún dramatismo ni nada que se le parezca.
La película tiene el aroma y el encantamiento que tenía Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, también basada en una novela de Laura Esquivel, en la que el amor y la comida eran piezas fundamentales de la trama. En Pan de limón con semillas de amapola, el relato gira en torno a un secreto, el de ese ingrediente especial que nadie sabe del famoso pan dulce, y la memoria del pueblo y sobre todo, de la panadería y la tal Lola, la mujer que ha dejado el establecimiento como herencia a Marina. La delicada y luz mediterránea de Marc Gómez del Moral (que ha trabajado en trabajos de nombres tan importantes como Isaki Lacuesta, Leticia Dolera y Mariano Barroso, entre otros), el ágil y fabuloso trabajo de montaje de la gran Teresa Font, sobran las palabras para una gran montadora que ha dejado su sello en más de 90 títulos. El extraordinario trabajo de interpretación encabezado por actrices poco conocidas para el gran público, ayuda a la credibilidad y espontaneidad que hay en todo el dibujo, con una grandísima Elia Galera como Marina, esa doctora que ayuda a los demás, y deberá ayudarse a sí misma y sobre todo, a los suyos, con los que acaba de reconciliarse, además, deberá reencontrarse en el pueblo donde creció y remover su pasado y sus orígenes.
Frente a un personaje de movimiento y viajero, nos encontramos a otro totalmente contrario, como el de Eva Martín, que hace de Anna, la antítesis de Marina, el otro lado del espejo, esa mujer que ha perdido su estatus económico y debe reconstruirse y afrontar el mayor reto de su vida, la enfermedad que tiene encima. Y luego está el reparto, igual de importante, en su calidez y coralidad, con Mariona Pagès es Anita, que tendrá un espejo donde mirarse en su tía, y se verá trastocada por el problema de su madre y la nueva vida que está al caer. Y mención especial a Pere Arquillué, siempre solvente, en un papel muy antipático, el marido de Anna, el que lo pierde todo por sus malas artes y su vida disoluta, y las dos grandes maravillas que son Marilú Marini, la veterana actriz argentina, toda una institución en el teatro francés, que regenta el hotel donde se hospeda Marina, y que tendrá una gran relación con las hermanas y esta nueva familia, y Claudia Faci, una brillantísima bailarina y coreógrafa de danza, en el papel de la difícil y muy suya Catalina, la empleada de la panadería y amiga de Lola, una llave para abrir el pasado aunque cuesta la vida entera.
El director sevillano, con su buen hacer y su dominio de la narrativa, y ese don de hacer muy suyas historias ajenas, donde sus personajes siempre se enfrentan entre sí, y a un problema muchísimo mayor para ellos, pero como pueden y mucho esfuerzo y sacrificio, logran sacar adelante, aunque siempre pierden cosas, porque los relatos de Zambrano están pegados a la tierra y a sus cosas. El lebrijano ha construido a fuego lento y con aroma de primavera, con sus nubarrones naturales, una gran historia de amor y amistad de dos hermanas, sobre ayudar a los demás, ayudarse a uno mismo, y sobre quiénes somos y de dónde venimos, y de cómo afrontar los problemas y conflictos que se presentan en la vida, saber encararlos y no tener miedo, o solo lo justo, pero un miedo que no nos acobarde, sino todo lo contrario, que nos haga más fuertes, más decididos y más nosotros, sin dejar nunca de lado a todos aquellos y aquellas que queremos, porque la vida se va, y podemos dejar a las buenas personas demasiado alejadas de nuestras vidas, y son importantísimas para tenerlas cerca y compartir la vida y todos sus momentos, con sus agridulces, con sus aromas y sus sabores, aunque de tanto sean tan amargos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un sonido nunca debe acudir en auxilio de una imagen, ni una imagen en auxilio del sonido (…) La imagen y el sonido no tienen que prestarse ayuda, sino que han de trabajar cada uno a su vez por una suerte de relevo”.
Robert Bresson
La carrera cinematográfica de Juanjo Giménez (Barcelona, 1963), ha tocado todos los palos, como dirían en el flamenco, porque ha sido muy heterogénea y movida. Ha dirigido cortos y largos, indistintamente, tanto de ficción como documental, también, ha producido varias películas, entre ellas las de Adán Aliaga tan interesantes como La casa de mi abuela, Estigmas y El arca de Noé, y sobre todo, ha cimentado una originalísima y peculiar filmografía donde cada trabajo tenía un peldaño más, una forma de experimentar tanto con la imagen como el sonido. Sus reveladores y magníficos trabajos en este campo son Nitbus (2007), magnífica pieza de nueve minutos, filmada en un plano fijo, donde la profundidad de campo es fundamental, en un relato sobre un trío sentimental, donde imagen y sonido se confabulaban para mostrarnos una realidad oculta. En Timecode (2016), un cortometraje de 15 minutos que le llevó a ganar el primer premio del prestigioso Festival de Cannes, en un relato sobre la imagen, a través de las cámaras de circuito cerrado, en una historia de amor, a través del movimiento y la danza, donde no había sonido.
En Tres, escrita por Pere Altimira, junto al propio director, con el que ya había escrito las fundamentales Nitbus y Timecode, Giménez parece ponerse al otro lado del espejo de Timecode, porque en su nuevo trabajo lo que prevalece es el sonido, y todas sus laberínticos caminos. Todo lo que había experimentado y reconocido en Nitbus, vuelve en Tres con muchísima fuerza, sumergiéndonos en la existencia de una mujer, al que se le llama C., o una mujer sin nombre, y sin identidad, claves en la trama, que trabaja como ingeniera de sonido, y descubre que el sonido va a con tres frames de retraso, y más adelante, la mujer escucha el sonido minuto y medio después, y el problema irá en aumento, adentrándose en un relato sobre la identidad y la memoria, donde la absoluta protagonista es C., en el que la película no solo nos muestra de forma física y corporal, sino también, emocional y sensorial, con esos silencios inquietantes, que dicen mucho más que las imágenes, aunque eso sí, la película nos envuelve en un enigmático ejercicio donde todo adquiere situaciones surrealistas y de corte fantástico.
Una película filmada en Barcelona y alrededores, en esos espacios no comunes de la ciudad, con esas calles empinadas, esos lugares no lugares, faltos de identidad y lúgubres, con esa luz mortecina, donde los cielos grises y plomizos y la levedad de la luz en el estudio, van apoderándose de la vida y el conflicto de C., en un grandioso trabajo de luz del cinematógrafo Javier Arrontes, que ya había sido el responsable de Nitbus, y de la película tu vida en 65 minutos, de María Ripoll, y la excelente música del lituano Domas Strupinskas, que nos va envolviendo en una trama personal y profunda donde el pasado de C., y su identidad, serán claves para enfrentarse a su problema y poder resolverlo. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Cristóbal Fernández (autor entre otras, de trabajos de Oliver Laxe, León Siminiani, y la reciente My Mexican Bretzel, de Núria Giménez Lorang), clave en un trabajo donde imagen y sonido están desincronizados, y vemos las cosas y todo lo que sucede, a través de C. y su problema, con el sonido que le viene más tarde, en una absorbente fusión entre cotidianidad, intimidad y terror naturalista, donde los monstruos que nos atacan no vienen de fuera, sino de nuestro interior.
Tres tiene el aroma del cine polaco de los ochenta, como Kiéslowski, donde lo personal, lo político y lo fantástico, casaban de forma eficaz y brillantísima en títulos como Sin fin (1985), y La doble vida de Verónica (1991), y otros, como La posesión (1981), de Zulawski, películas en los que penetrábamos en el mundo de la protagonista, en ese nuevo estado físico y mental, donde las cosas, los objetos, la existencia, y sobre todo, la memoria se volvían del revés, diferente, sumidos en una extrañeza terrorífica, donde todo se tornaba enfermizo y perturbador, y había que bucear en la memoria para comprender todo lo que estaba sucediendo, y sobre todo, hacia donde íbamos, en un viaje psíquico sobre nuestra identidad y memoria. La magnífica e hipnótica Marta Nieto es nuestra anti heroína que se mete en la piel y en la mente de C., una mujer obsesionada con su trabajo, que deberá lidiar con el conflicto que tiene, que la someterá y aislará, y la llevará a reencontrarse consigo misma, y emprender un viaje hacia lo más profundo de su alma y reconocerse en el espejo como le ocurría a Alicia, a verse de otra manera, y ver de otra manera, porque ella había cambiado, y todo había que mirar y sobre todo, relacionarse de formas diferentes.
C., a pesar de su envoltorio de rigidez y soledad, tiene a Iván, ese compañero que la quiere ayudar, una especie de ángel de la guarda para C., que interpreta con oficio y brillantez un estupendo Miki Esparbé, un tipo que estará a su lado, a pesar del aislamiento que se impone una mujer tan independiente como C., con esa maravillosa secuencia de la cafetería y el cine, que revela mucho tanto del problema de C., como de la relación que hay entre ellos dos, y otro personaje también revelador en la vida de C., como el de su madre, que hace Cristina García, que le ayudará a entender y a mirar en su pasado, donde se origina todo y es clave para entender que le ocurre. Giménez ha construido una película que no deja indiferente en absoluto, que sigue la senda de Nitbus y Timecode, donde la experimentación con la imagen y el sonido convierten lo más mínimo y el detalle más insignificante en algo extraordinario, done lo cotidiano se vuelve diferente porque uno se detiene a mirarlo desde otra perspectiva, donde el sonido es más un objeto físico, una especie de memoria en continuo movimiento, que nos puede ayudar a saber quiénes somos y sobre todo, quiénes son aquellos que nos rodean. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Xavi Esteban, codirector de la película «Perifèria», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 10 de julio de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavi Esteban, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Johanna Tonini de Movies for Festivals, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Claudia Pinto Emperador, directora de la película «Las consecuencias», en el Parque de la España Industrial en Barcelona, el viernes 24 de septiembre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Pinto Emperador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
“El Big Bang, el universo, todos nosotros aceptamos estas cosas como un inmenso y excepcional misterio que nos rodea. En realidad, todos formamos parte de este misterio, pero desde dentro del microcosmos de nuestra propia consciencia”.
En el 2017, la película húngara En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi, distribuida también por Karma films, capturaba de forma delicada y sobria un imaginativo relato romántico con dos seres grises y anodinos que compartían el mismo sueño en el que eran dos ciervos macho y hembra. Su elegante composición formal y el excelente trabajo de sus dos intérpretes, la hizo convertirse en uno de los títulos sorpresa de la temporada. Ahora nos llega otra película del país magiar, de título larguísimo, Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát (Budapest, Hungría, 1982), una directora que ya hizo una primera película con East of the West (2015), la historia de una joven pareja que vive en la periferia y lucha para recuperar la custodia de la hija.
Con su nuevo trabajo nos sumerge en un sofisticado y apasionante misterio que protagoniza Marta Vizy, una prestigiosa neurocirujana de 40 años, que después de un encuentro con Janós Drexler, otro neurocirujano, en New Yersey, EE.UU., del que se enamora perdidamente, lo deja todo y vuelve a Budapest en su búsqueda. La directora húngara nos sitúa en la existencia y psique de Marta, y sobre todo, en su enigmática mirada, en su mundo, un universo que fusiona realidad e imaginación, en una película que conjuga de forma sencilla y brillante lo romántico con el thriller, siguiendo la estela de películas como Vértigo, de Hitchcock, y La doble vida de Verónica, de Kieslowski, incluso con Repulsión, de Polanski, en algunos aspectos de narrativa y composición, donde todo lo que vemos, vivimos e intuimos, lo hacemos a través de sus protagonistas con esa sombra de duda que constantemente nos sobrevuela, si las situaciones que siente y cree haber vivido la protagonista han sucedido o no.
Tenemos varios misterios e incógnitas, el que cuenta la propia película, y otro, el nuestro propio, pero Horvát no solo se centra en desvelar el misterio, aun más, solo lo usa para mover a sus personajes, como una especie de macguffin, porque también su interés reside en la dualidad psicológica que presenta el personaje de Marta. Una película construida a partir de dos miradas. Por un lado, tenemos el universo laboral de Marta, donde es una eminencia en el campo de la neurocirugía, y por el otro, tenemos su aspecto psíquico, en el que constantemente está al borde del precipicio, a punto de caer, generando todas esas situaciones inverosímiles y muy extrañas, surrealistas, con una vida atada a un hombre al que apenas conoce, un hombre que se ha convertido en su destino, en su obsesión, pero también en su condena. Localizada en un Budapest grisáceo, siempre nublado o nocturno, con esos espacios cerrados del hospital o la vivienda de Marta, casi vacía, todo muy inquietante, pero extremadamente cotidiano.
Un grandísimo trabajo de cinematografía de Róbert Maly, que trabaja con Horvát desde la Universidad, filmado en 35 mm, componiendo una textura y una imperfección que ayuda a introducirse en el mundo psicológico de la protagonista, creando ese doble, enigmático y asfixiante, con el que está construido toda la película, donde los reflejos, el otro, y las miradas juegan un papel fundamental para dejarse llevar y cautivarse por esta película que se mueve entre la extrañeza, lo cotidiano y lo misterioso. Una película que se apoya tanto en la imagen, en todo lo que vemos y lo que no, y sobre todo, en sus inquietantes silencios y miradas, debía tener un plantel que funcionará sin apenas decir nada. Natasa Stork que da vida a Marta, recrea no solo una mujer que se mueve entre el amor fou, y la imaginación, siempre en el límite de la cordura y la locura, con esa forma de mirar, porque su mirada lo es todo, ahondando más en ese misterio que la rodea, entre la realidad y el sueño, esa existencia turbia y condenada por un enamoramiento que no sabemos si es real o no, o quizás la necesidad de ese amor la ha llevado a volver a empezar por un sueño que debe construir.
A Marta le acompañan dos hombres, muy diferentes entre sí. Tenemos a Viktor Bodó, que interpreta a János Drexler, el hombre que ha enamorado a Marta, sin saberlo, con esa primera frase, pilar en el que está edificada la película, que dice no conocerla, cuando la citada le explica su encuentro en EE.UU. Y finalmente, Benett Vilmányi, que pone la piel de Alex, un estudiante de medicina que se enamora de Marta y la intenta seducir. Lili Horvát compone una película sencilla, con una grandísima sensibilidad a la hora de adentrarse en el complejo mundo de los sentimientos, todos aquellos que parecen reales, los que no lo parecen, y sobre todo, la película puede verse como un extraordinario estudio psicológico del funcionamiento de nuestra psique cuando nos enamoramos o creemos estarlo, de toda esa fabulación o no que nos somete a nosotros mismos, en ese estado de atontamiento, lleno de incertidumbre, donde dejamos de ser quiénes somos para convertirnos en otros, quizás nuestros peores enemigos o por el contrario, los únicos que nos pueden ayudar para salir del atolladero que nuestras emociones nos han metido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Miguel Eek, director de la película «Próximamente últimos días», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el martes 7 de septiembre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Eek, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Emilia Esteban Guinea, comunicación de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Algunos están más preocupados por el islam que por nuestra religión verdadera, que ya digo que es el neoliberalismo, el fundamentalismo financiero. Otra cosa es el terrorismo, y otra, la inmigración, que es uno de los efectos del neoliberalismo. Necesitamos buenas ideas sobre esas dos cosas, no tópicos”.
Hanif Kureishi
La primera vez que entendí el significado de la palabra gentrificación fue gracias al cine, a través de City for sale (2018), de Laura Álvarez, y Push (2019), de Fredrik Gertten, dos películas que profundizaban en el tema centrándose en las personas que se veían acosadas por las grandes empresas con el fin de echarlos de sus viviendas y transformarlas en apartamentos lujosos para turistas. Pequeños milagros en Peckham St., la primera película de ficción del dúo Vesela Kazakova y Mina Mileva, cineastas búlgaras que han criticado duramente las corrupciones políticas durante el comunismo y el neoliberalismo de su país, a través de personales, interesantes e incisivos documentales.
En su debut en la ficción, miran a su propio pasado y a su experiencia como inmigrantes en el Londres aparentemente cosmopolita, abierto y empático. Pero lo hacen en un contexto diferente, en ese país metido en el Brexit, con los innumerables ataques racistas a las personas inmigradas, y además, colocan el tema de la gentrificación que afecta a todos los de clase obrera, ya sean ingleses con pocos recursos e inmigrantes. A partir de estos elementos, se añade uno más, más metafórico y revelador como la presencia de un gato que presumiblemente parece perdido y encuentra Irina, una de las protagonistas, que le reportará más de un quebradero de cabeza con sus verdaderos dueños, unos vecinos de unos apartamentos más allá. Irina, el hilo conductor del relato, una mujer búlgara que trabaja de camarera, ya que no le convalidan su experiencia como arquitecta, madre soltera de un hijo pequeño, que vive con su hermano, soltero e historiador que se da de bruces con la burocracia inglesa.
Los dos comparten un pequeño apartamento muy claustrofóbico en uno de esos barrios deprimidos de Londres, donde el alquiler se ha puesto por las nubes, y complica la vida de los que llegan al país, como se deja claro en el arranque de la historia, con ese ascensor orinado, y las malas maneras de un vecino malcarado e inglés, que choca con ella, desparramando toda la compra e increpándola. Irina intenta agrupar a los vecinos para organizar una lucha contra las malas artes del ayuntamiento, que les coloca unas ventanas a precio de oro para obligarles a marcharse. Si hay un elemento que destaca la película es su “verdad”, porque desde sus localizaciones, todas reales, que consiguen esa asfixiante y depresiva existencia en la que pululan los personajes, interpretados por una audaz mezcla de intérpretes profesionales con personas de la calle, dotando a cada encuadre y detalle de la película una grandísima verosimilitud, que nos recuerda a una interesante e inteligente mezcla que va desde las mejores películas sociales del cine británico como las de Ken Loach, Mike Leigh y aquellas del “Free Cinema”, y esa mirada mordaz y crítica de las comedias de los estudios Ealling, que deslumbraron el mundo alrededor de los cincuenta y principios de los sesenta.
Kazakova y Mileva nos explican los conflictos que planean en su película de forma contundente, muy cercana y sin adornos de ningún tipo, todo lo que se cuenta tiene alma, tiene vida, y sobre todo, no tiene solución, porque las formas salvajes del neoliberalismo son así en cualquier parte del mundo, y las pobres gentes deben hacer frente a él, y raras veces consiguen algo. Pequeños milagros en Peckham St., que tiene el título original “El gato en la pared”, excelente metáfora de la vida de Irina y los demás vecinos, que se encuentran sin salida, enclaustrados en una pared que los ahoga por todos los lados. La película conjuga con frescura y sinceridad ese juego tragicómico que sirve para explicar una realidad durísima en un entorno muy cotidiano donde el humor negrísimo va contaminando las situaciones y los conflictos que se generan. Es una cinta que huye de cualquier atisbo de condescendencia y sentimentalismo hacia los personajes, sino todo lo contrario, mostrándonos personas reales, las que nos podemos cruzar cada día en una gran ciudad, con sus conflictos personales y sobre todo, sociales, con sus problemas cotidianos y la lucha diaria por sus ilusiones y esperanzas por una vida mejor.
Kazakova y Mileva han construido una película extraordinaria, desarrollando ese cine social, tan difícil de plasmar en la pantalla, sin caer en el panfleto y en los cutres temas de superación de muchas películas, aquí se cuenta una historia, una historia en la que también hay humor negro, porque dentro de cada drama siempre hay un resquicio de absurdo, como mencionaba el gran Chaplin: “Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia”. Las cineastas búlgaras saben extraer todo el talante humano y social de una película que nos habla sin tapujos de un presente demoledor, donde el trabajo y la vivienda, pilares de la existencia, se ven abocados al desastre total, y a una forma consumista atroz y triste donde la humanidad, si es queda algo de ella, será testigo de las espeluznantes actividades de los poderosos, seres narcotizados por el dinero como una vía de generar riqueza a costa de muchas vidas e ilusiones de la gran mayoría. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.
Albert Camus
En El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, un pobre diablo que trabaja en una funeraria se enamora de la hija del verdugo, y no le queda otra, que pasar por el aro del sistema, es decir, ser verdugo como el suegro, y así, aprovecharse de las ventajas del puesto, una vivienda asequible y un trabajo con futuro, en un país donde el estado pone trabas para las primeras necesidades. La parte oculta no es otra que encontrar a primos, emborrachándolos de beneficios vitales, para que el estado siga ejecutando a reos, un trabajo que hagan otros, los ciudadanos de a pie. Seguramente, El verdugo, es una de las obras más contundentes y fundamentales, no solo para hablar de las prácticas deshumanizadas del franquismo, sino para reflejar el control estatal contra el ciudadano, y someterlo a sus necesidades. En La vida de los demás, último trabajo de Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), vuelve a los temas sociales y políticos, componiendo una crítica feroz contra su país, que le han llevado a un férreo arresto domiciliario a la espera de sentencia, como nos anuncia el texto que vemos previo a la película.
En Sheytan vojud nadarad, título original de la película, nos habla de forma directa y sin atajos de la pena de muerte y todas las personas que, directa e indirectamente, participan en ella. Somos testigos de las prácticas terroríficas de Irán, de la utilización sistemática de sus ciudadanos, y sobre todo, de su juventud, para alienarlos a través del terror y la manipulación para que cometan actos irreversibles contra sus propios conciudadanos, una práctica horrible que no solo la película muestra de manera fría, sino que nos sumerge en las consecuencias morales y sociales para aquellos que han participado creyendo que cumplían con su deber. La pena de muerte y aquellos que las ejecutan son el eje central de la cinta, pero la película no solo se queda en la denuncia de un estado totalitario y corrupto, sino que profundiza en los conflictos morales de los ejecutores de esas sentencias de muerte, y sobre todo, en las terribles consecuencias que deben arrastrar no solo los protagonistas, sino lo que provocan todos esos actos en su entorno más cercano.
El director de cine iraní construye una película dividida en cuatro relatos, todos dirigidos por él, bajo los títulos de El mal no existe, donde seguimos la cotidianidad de Heshmat, un hombre corriente de cuarenta años, sus quehaceres diarios junto a su mujer e hija, sin más, en la que se nos muestra un día cualquiera, en una ciudad como otra, donde damos cuenta que oculta algo a los demás. En el segundo capítulo de título Ella dijo: “Puedes hacerlo”, nos sitúan en una habitación donde encontramos a cinco jóvenes haciendo el servicio militar obligatorio de dos años de duración que, entre otras cosas, tienen la desagradable tarea de ejecutar a los condenados a muerte. Un joven como otro, Pouya, elegido para llevar a cabo la ejecución, hará lo imposible para librarse. En el tercer segmento, Cumpleaños, Javad, un joven soldado que ya ha sido verdugo en una ejecución, aprovecha un permiso de tres días para pedir matrimonio a su amada Nana, y se enfrentará a las catastróficas consecuencias de ese acto que lo perseguirá constantemente, cuando el destino se interpone en su camino. Y por último, en Bésame, el acto que cierra la película, que entronca con uno de los capítulos, encontramos a Bahram y Zaman, un matrimonio maduro que viven de las abejas en un pueblo alejados de todo y todos, reciben la visita de la joven Darya, que nos remitirá al pasado y a sus actos, y como repercuten en el presente más inmediato.
Rasouluf usa el cine como vehículo para hablar de las prácticas oscuras y represivas de la dictadura iraní, y sobre todo, como afectan a la vida cotidiana de sus ciudadanos que, al igual que José Luis Rodríguez, el pobre diablo de El verdugo, es usado como mano ejecutora de las leyes injustas y deshumanizadas que se llevan a cabo en el régimen de los Ayatolás. Un cine que nos habla de frente y directamente, sin vericuetos ni estridencias narrativas ni formales, componiendo una forma sencilla y realista, que huye de los subrayados y el discurso malintencionado. La rigurosidad de la película se centra en una narrativa sencilla y naturalista, que imprime la fuerza en la contundencia de su relato y en la actuación de sus intérpretes, y nos sumerge en las cuestiones morales de cada uno de los implicados, de forma compleja e inteligente. Un cine que lo acerca al universo de Panahi, también arrestado por el régimen debido a sus críticas contra un sistema represivo, y Farhadi, cineastas que utilizan un conflicto cotidiano para hablarnos de forma emocional de toda la represión a la que son sometidos los ciudadanos y ciudadanas de Irán. La película se alarga hasta los 150 minutos, pero en ningún momento su fuerza narrativa y argumental decae, todo lo contrario, su in crescendo es demoledor, no hay tregua, ni compasión con todo lo que ocurre y como afecta a sus personajes, y a cada relato de los cuatro que lo componen, su ritmo y sobre todo, su cuestión moral van en aumento, obligándonos al espectador a ser partícipe de sus historias y el contenido de ellas, nos obliga a mirar y conocer la intimidad que deben de arrastrar.
Una película bellísimamente filmada con el inmenso trabajo de cinematografía de Ashkan Ashkani, viejo conocido del director, y el cuidadísimo montaje que firman los hermanos Mohammadreza y Meysam Muini que saben manejar con elegancia el tempo de los diferentes relatos, bien resueltos en sus momentos de pausa y tensión, como su extraordinario reparto, apoyado en las miradas para explicar todo lo que sienten, que sabe dotar de humanismo, complejidad e intimidad a todo lo que les va ocurriendo. El cine de Rasoulof en un inicio se decantó por la alegoría como elemento para criticar el estado, pero a partir de 2010, su cine ha entrado en otro campo, el de la crítica feroz y directa, de forma clara y concisa, eso sí, centrándose en lo humano como espacio para que su crítica sea más realista, donde lo humano y la resistencia ante la injusticia de sus personajes adquiere un gran valor en torno a lo que cuenta y como lo hace, lanzando un motor de fe y algo de esperanza que inevitablemente saldrá de nuestro interior, de todo aquello que nos hace humanos frenteo a un estado de terror. Un cine que se parece a aquel cine italiano de los Bertolucci, Rossi, Bellocchio, Pasolini, y demás, que a través de lo humano, construían relatos del ciudadano pisoteado y reprimido por la maquinaria estatal, una organización que crea y distribuye dinero a su antojo y arbitrariamente, dejando al de abajo, al que realmente trabaja para el futuro del país, totalmente vendido y explotado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?”
Jacinto Benavente
Cada vez que llega a nuestras pantallas una película sobre Palestina, cosa que sucede en raras ocasiones, vemos una historia donde el conflicto árabe-israelí tiene una fuerte presencia, como no podría ser de otra manera. Con Gaza Mon Amour, de los hermanos gemelos Tarzan y Arab Nasser (Palestina, 1988), estamos ante una película diferente, una película que tiene el conflicto como telón de fondo, pero su foco de atención se mueve en la ciudad de Gaza, en unos pocos habitantes y en sus existencias cotidianas. El relato narra la vida sencilla y humilde de Issa, un pescador de sesenta años, que tiene una escasa área de kilómetros para pescar, y se relaciona con una hermana que quiere casarle. Issa está enamorado secretamente de Siham, una mujer de su edad que trabaja como modista en un mercado de la zona, que lidia con una hija divorciada demasiado moderna para ella. La vida de Issa dará un cambio radical, cuando por casualidad, saca del fondo del mar una estatua de Apolo que guarda celosamente en su casa. La policía la descubre y el pescador sesentón se verá envuelto en conflictos con la ley.
Los directores palestinos afrontan su segundo trabajo, después de su opera prima Dégradé (2015), construyendo un tono de fábula, de cuento tradicional pero de aquí y ahora, en que los personajes se ven envueltos en la difícil ocupación al que son sometidos, los continuos cortes de luz, y las carencias de una vida que parece anclada en el pasado y en las dificultades continuas. A pesar de eso, el personaje de Issa mantiene una actitud de resistencia, de humanidad, llena de vitalismo, enamorado de las cosas sencillas, como ese “momentazo” en la cocina cuando baila al son de “Que no se rompa la noche”, de Julio Iglesias. La película mantiene todo el marco de una tragicomedia, donde hay tiempo para el dolor, para la comedia negra, donde los vaivenes de la vida se toman de forma agridulce, donde en mitad de ese caos vital y social que es Gaza, también hay tiempo para la esperanza, para el amor, y la película no lo hace desde el victimismo o la condescendencia, sino desde el otro lado, desde el humanismo rosselliniano, y del tándem Berlanga-Azcona, donde a través de una singular realidad social, donde hay mucho humor, se habla del contexto, con la ocupación y todo aquello que produce dolor a los palestinos.
La luz mortecina y acogedora de la película se convierte en otro elemento indispensable para contar este retrato de gentes sencillas y humildes que a pesar de todo, se levantan cada día para vivir y porque no, también para vivir una historia de amor, porque el amor, sea lo que sea, no tiene tiempo ni edad, sino voluntad y paciencia, y puede ocurrir a cualquier edad, solo se ha de estar vivo e ilusionado para sentirlo, y sobre todo, disfrutarlo, ya sea con veinte, cuarenta o sesenta años. La excelente pareja protagonista formada por Salim Daw, un experimentado actor israelí, que da vida a Issa, el hombre sencillo, humano, valiente, y solitario, frente a él, Hiam Abass, una de las grandes actrices árabes más internacionales, compone una mujer de verdad, con sus inquietudes y complejos. Los dos forman una pareja madura, sensible, que conmueve y nos hace vibrar de vida y amor, que recuerda a aquella otra pareja de la película Solas (1999), de Benito Zambrano, la que formaban María Galiana y Carlos Álvarez-Novoa, una historia de amor madura, construida a base de miradas, gestos y sensibilidades, en la que una mujer que tiene a su marido machista en el hospital, encontraba en un viudo de la escalera donde vivía su hija, el consuelo y el amor que nunca había tenido.
Tarzan y Arab Nasser han hecho una película sencilla y muy íntima, de esas historias en las que no pasa nada y pasa todo, que va creciendo lentamente, sin estridencias ni piruetas narrativas ni formales, solo la vida, y mirada desde el respeto y la honestidad, generando esa verdad en cada detalle, cada objeto, y cada movimiento y mirada, en la que dejan la ocupación como telón de fondo, y se sumergen en las vidas de las personas que viven en Gaza, en su existencia y cotidianidad mientras el mundo se desmorona cada día, y su entorno se convierte en una zona llena de tensión y muerte, donde a pesar de tantas hostilidades, la vida continúa y las personas siguen con sus quehaceres laborales, y también, sentimentales, porque como nos decían Rick e Ilsa en Casablanca: “Nosotros nos enamoramos mientras el mundos e cae en pedazos”, porque cuando llega el amor, o lo que creemos que es amor, el mundo da igual, el entorno más próximo da igual, todo se detiene, y la persona que tienes delante se convierte en todo tu mundo y tu ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA