El hombre sin culpa, de Ivan Gergolet

LA CULPA DE LOS OTROS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia la recuerde”.

Stefan Zweig

Ángela es una mujer de unos cuarenta años que vive en Trieste, una ciudad portuaria de la costa adriática italiana. Su existencia es anodina, tiene su trabajo como limpiadora en un hospital, pone flores a la tumba de su marido, y no conecta con su joven hija rebelde. Su vida cambia de repente, cuando en el hospital ingresan a Francesco, un sesentón que acaba de sufrir un ictus que le ha paralizado la parte derecha y le impide hablar y moverse. Francesco forma parte del pasado de Ángela, ya que era el empresario que provocó la muerte de su marido al no advertirles que manipulaban amianto. A Ángela está situación le provoca rechazo, rabia y cercanía con el enfermo, y cuando es dado de alta, se convierte en su cuidadora. El hombre sin culpa, que tiene uno de los arranques más impresionantes que he visto en los últimos tiempos, en ese sala de juicios con los participantes en silencio y llenos de polvo. Una cinta que nos habla de pasado, de culpa, de castigo, y de redención, de rendir cuentas con nuestro pasado, con descansar nuestra rabia y desesperación, de cerrar puertas demasiado abiertas, de mirarnos al espejo y volver a sonreír, o al menos, perdonar y perdonarnos. 

El debut en la ficción de Ivan Gergolet (Italia, 1977), después de su documental Dancing with Maria (2014), sobre la experiencia de una bailarina de 93 años en el pleno centro de Buenos Aires, y su trabajo como activista cinematográfico como la fundación de la televisión de la calle, una asociación de cineastas en Gorizia, ciudad fronteriza entre Italia y Eslovenia. Gergolet construye un relato intenso y callado, donde prima más la mirada y el gesto, en un espléndido thriller psicológico sobre la culpa y el castigo, donde abundan los interiores, esa luz tenue e íntima, esos encuadres donde se explica todo, el pasado y el presente, o quizás, ese limbo en que el personaje de Ángela está atrapada hasta que no resuelva su dolor y tristeza. El hombre sin culpa es una película para verla sin prisas, con calma, porque propone un ritmo reposado, calmo, de los que cada mirada y cada gesto es fundamental para su desarrollo, con unos personajes complejos, entre el que destaca por encima de los demás a Ángela, el personaje vehicular del relato, porque es ella la que provoca todo, la que vive su calvario personal, y lo lleva en silencio, o a medias, porque nunca cuenta toda la verdad de su elección, o cuenta una parte, la que le conviene, la que le hace más llevadera una posición discutible, pero que ella sabe que necesita hacer, quizás no lo sabe con profundidad, y tiene dudas, pero no son las elecciones así en la vida, que nunca sabemos con seguridad lo que hacemos, lo hacemos y ya está. 

El aspecto técnico de la película es ejemplar, con la cinematografía de Debora Vrizzi, con esos tonos apagados y claroscuros, donde priman los rostros y los cuerpos, el conciso y brillante montaje de Natalie Cristiani, que ya estuvo en Dancing with Maria, y repite con un trabajo de una película nada fácil de casi dos horas de duración, y finalmente, la música de Luca Clut, que también estaba en el documental de Gergolet, que detalla y explica todo lo que no vemos pero está. La historia inquietante y difícil que cuenta la película necesitaba un rostro penetrante, un rostro que explicará mucho más que las imágenes, un rostro con todo el peso del pasado, con toda la rabia contenida tantos años, un rostro que se magnetiza con el relato, un rostro inolvidable. El rostro de Valentina Carnelutti que da vida o quizás, podríamos decir, que pone cuerpo y alma a Ángela, una mujer o lo que queda de ella, con esos gestos mecánicos en silencio cuando limpia, cuando hace cualquier cosa. Una actriz magnífica que deambula por la película como una especie de fantasma, acarreando todos los muertos del amianto a sus espaldas, un espíritu en vida, o una muerta que la vida o el destino o el azar, o vete tú a saber qué, le brinda una nueva oportunidad para vengarse. 

A Valentina Carnelutti, que hemos visto en películas tan excelentes como La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana,  El polvo del tiempo (2008), de Theo Angelopoulos, y Locas de alegría (2016), de Paolo Virzi, entre otras, resulta complicado aguantar esa mirada tan imponente que tiene durante la película, por eso la labor de los otros intérpretes es fundamental, y lo consiguen con actores y actrices que están en el mismo tono, con miradas de las que se recuerdan como el que le acompaña por esta travesía del dolor y el pasado, como “el otro”, el hombre de su pasado, el hombre responsable, Francesco que hace el actor esloveno Branko Zavrsan, un trabajo impresionante en que su cuerpo se vuelve en su contra, con poquísima movilidad, sin habla, sólo con esa mirada, con ese gesto y ese silencio. Livia Rossi es Daria, la hija difícil de Ángela, que hemos visto en un par de películas de Gianni Amelio, Enrico Elia Inserra es Enrico, el hijo de Francesco que, al igual que Daria, desconoce la relación que une a sus progenitores. Y finalmente, Rosana Mortara es Elena, amiga de Ángela, y también, afectada por el amianto como su marido, que recordamos de verla en Mia madre (2015), de Nanni Moretti, entre otras. 

Seguiremos la pista del director Ivan Gergolet, de las conexiones entre Italia y Eslovenia, de idas y venidas, de pasado y presente, del continuo reflejo que es la vida, de ese devenir hacia atrás y adelante, sin ningún orden ni concierto. Es una película para descubrir, para saborearla, para sentarse con tranquilidad, desconectarlo todo, y situarse frente a unos personajes rotos enfrentados a esa ciudad triste y melancólica, una ciudad de puerto industrial y mercantilizada que se llevó por delante su belleza y las vidas de cientos de trabajadores, de una ciudad afeada por la avaricia y codicia desmesurada de esta sociedad enferma que sólo le va el beneficio sin importarle el coste de vidas y de personas, de dolor y tristeza. Todos deberíamos ser un poco como Ángela, o al menos parecernos un poco a ella, a su voluntad, a su decisión, y sobre todo, a su valentía y su humanidad, esa condición que no viene cuando nacemos, hay que demostrarla, y créanme cuando les digo, que no resulta nada sencillo ponerlo en práctica, y si no pregúntenle a Ángela. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Gómez

Entrevista a Laura Gómez, actriz de la película «Upon Entry», de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 7 de junio de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Gómez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación y Arantxa Sánchez de Karma Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Upon Entry, de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez

WELCOME TO THE UNITED STATES.  

“Y en vez de reconocer que tenemos una deuda contraída con la población migrada que se ve obligada a huir de sus tierras por culpa de nuestras acciones (e inacciones), nuestros Gobiernos erigirán un número creciente de fortalezas de alta tecnología y adoptarán leyes antiinmigratorias cada vez más draconianas”.

Esto lo cambio todo (2014), de Naomi Klein 

Se cuenta que Diego, venzolano de profesión urbanista y Elena, bailarina de Barcelona, viajan a Estados Unidos para empezar una nueva vida. El vuelo se desarrolla sin sobresaltos, aunque cuando llegan al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de New York, en la zona de inmigración la cosa se complica y son trasladados a una sala de inspección secundaria. En ese instante, sus vidas en la “tierra de oportunidades” pende de un hilo y son sometidos a un exhaustivo interrogatorio donde sus secretos más íntimos salen a relucir y en el que sus existencias quedan en suspenso, aisladas y prejuiciadas por los dos agentes de inimgración estadounidenses. Esta es la historia de Diego y Elena, también es la historia de cientos de miles de ciudadanos inmigrantes que deciden ir a EE.UU. y empezar una nueva vida o no. 

Upon entry es la ópera prima de Alejandro Rojas (Caracas, Venezuela, 1976), dedicado a la escritura y montaje de documentales, y Juan Sebastián Vásquez (Caracas, Venezuela, 1981), cinematógrafo de las películas Callback (2017), otra cinta que habla de la otra cara del “American Dream”, y El practicante (2020), ambas dirigidas por Carles Torras, que actúa en esta como coproductor, a través de Zabriskie Films, junto a Basque Films, que coprodujo El hoyo (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia, y Alba Sotorra. Estamos ante una cinta agobiante, llena de tensión y alucinatoria, acompañamos a los protagonistas viviendo o mejor dicho, malviviendo una experiencia de sometimiento terrible, angustiante, sumergidos en una vorágine de habitaciones cerradas, preguntas juzgadoras, y sobre todo, una sensación de aislamiento, miedo y claustrofobia. Un guion escrito por los mismos directores, que nos pone contra la pared, con esa cámara intensísima y pegada a sus rostros, en un excelente trabajo de Vásquez, como los que había hecho para el citado Torras, donde todos somos Diego y Elena, todos somos inmigrantes, en un relato que va in crescendo su tensión y agobio, en el que vamos conociendo de primera mano ese pasado que desconocemos, y ese presente que se va desarrollando de forma terrorífica, como si fuese una cinta de terror puro, de esas que se agarran al alma y no te sueltan, por su verosimilitud y su verdad, que la tiene y la va subiendo.

Un grandísimo montaje de Emanuel Tiziani, que ha trabajado en tres con Torras, a parte de las mencionadas, estuvo en Open 24h (2011), y en documentales como El escritor de un país sin librerías (2019), de Marc Serena, entre otras, en una edición de primeros planos y cortos, en unos 75 minutos brutales y concisos, que agobian y enervan de lo lindo, con esos rostros en tensión continúa y en esa lucha silenciosa con ellos mismos y unos acontecimientos que los superan y los ponen en cuestionamiento. Upon Entry tiene el aroma, la textura y la fuerza que tenían las cintas de gente como Lumet, Carpenter y Boorman, por ejemplo, todos esos cineastas de la New Wave Americana, que se acogían al género, el thriller o policíaco, como deseen denominarlo, para desgranar las miserias y las injusticias de una sociedad arbitraria, partidista y dictatorial, disfrazada de libertad, socialdemocracia y demás eslóganes falsos e hipócritas. Si recuerdan Doce hombres sin piedad (1957), La colina (1965), Tarde de perros (1975), Veredicto final (1982), son sólo ejemplos de la maestría de Lumet, filmadas en una localización, en espacios cerrados a cal y canto, donde el exterior es un espejismo, y un impresionante in crescendo dónde conocíamos los detalles de la situación y el pasado de los personajes sin ningún tipo de alardes y piruetas narrativas ni formales. 

La película de Rojas y Vásquez tiene mucho del cine de Lumet, de sus suspense y terror, porque con un solo escenario, un paisaje institucionalizado, tan frío, tan burocrático, y sobre todo, tan alejado de la vida, todas dentro de ese centro de inmigración, o podríamos decir contra la inmigración, con esas obras que aumentan la desazón y la solitud de esos lugares sin alma y deshumanizados, que también ha retratado el poderoso Frederick Wiseman en su espléndido cine, donde mira los estados a través de sus instituciones. Si la parte técnica de la película brilla con esplendor, así como el calculado y magnífico guion, su reparto no se queda atrás, con una estupenda pareja protagonista, con Alberto Ammann en la piel de Diego, con un rostro que lo explica todo, que va de la ilusión del inicio al desamparo y el miedo de después, un actor que siempre resulta eficaz y muy creíble, porque mira como miran los grandes, y a su lado, Bruna Cusí, que bien elige las películas en las que participa, tan variadas y con tantos registros diferentes. Su Elena va conociendo y desesperanzado a medida que avanza la película, con ese rostro atacado, y la mirada de los dos intérpretes que tanto dicen y tanto callan, y cómo se miran. 

Les acompañan “los otros”, los polis de inmigración, los representantes de la ley, o también, llamados los representantes de la (in )justicia, porque cómo actúan, cómo miran, y sus preguntas, sus ataques y su rabia. La actriz dominicana Laura Gómez hace una formidable agente, que cosas del destino, también fue una inmigrante, ahora convertida en “estadounidense” por la gracia de Dios, qué cosas. Ben Temple es el otro agente de inmigración, qué bien mira este actor, estadounidense de nacimiento y afincado en el cine español con un currículum junto a directores como Imanol Uribe, Paco Plaza y Miguel Ángel Vivas, entre otros. No se pierdan Upon Entry porque les gustará, entiéndanlo, por su forma y fondo, y sobre todo, porque asistirán a la enésima paranoia estadounidense donde todos somos tratados como sospechosos de terrorismo o vete tú a saber qué estupidez nueva se inventan, porque parece que los yanquis siguen instalados en los preceptos de alucinados como McCarthy, donde todos los que no se sometían eran sospechosos de “comunistas” “negros” o inmigrantes, en esas estamos, en vender la democracia constantemente y no practicarla y venderla como “tierra de oportunidades y de acogida”, pero no sé en que conceptos, y si no que le pregunten a Diego y Elena, y a tantos Diegos y Elenas que un día deciden entrar en los Estados Unidos para trabajar y estar bien, como cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Paula, de Florencia Wehbe

LA NIÑA QUE NO SE QUERÍA. 

“La adolescencia es cuando las niñas experimentan la presión social para dejar de lado su yo auténtico, y mostrar solo una pequeña porción de sus dones”.

Mary Pipher

La película se abre con una secuencia-prólogo muy reveladora, en la que asistimos a la conversación de las cinco compañeras de clase que, después del verano, están en su primer día de colegio. Las notamos tristes, fuman, e intercambian ideas y sobre todo, desilusiones y tristezas de una existencia que pasa demasiado rápido y no hay tiempo para asimilarlo todo, donde la rutina las aplasta, y el ocio es siempre un leve instante de tiempo, como un sueño. Corte a unos imaginativos, coloridos y sorprendentes títulos iniciales con animaciones, que manifiestan esa adolescencia de cambios y problemas. Después, la película se asienta en la existencia de una de las cinco amigas, Paula, un adolescente de 14 años, con unos kilos de más, que debe soportar a una hermana mayor delgada, una madre que le insta a llevar una ropa que no le viene, un padre ausente, y sobre todo, la presión social de adelgazar para tener un cuerpo normativo y gustar a Facu, el chico que le gusta. Paula decide conectarse a una de esas webs con las que adelgazar milagrosamente a base de no comer y adentrarse en la anorexia. 

Segundo largometraje de la directora Florencia Wehbe (Río Cuarto, Córdoba, Argentina), después de Mañana tal vez (2020), en la que también hablaba de la adolescencia a través de Elena, aspirante a compositora, y el encuentro con su abuelo, un compositor jubilado que sentía el menosprecio de su edad. La aceptación de uno mismo en pos a la presión social en la que vive, vuelve a ser el motor de la trama, en la que la joven Paula se siente atrapada en esos kilos de más que no la dejan ser la persona que quiere ser, para así gustar a los demás, y ponerse la ropa de su hermana, gustar al chico y sobre todo, sentirse más bella y atractiva. con un espléndido y acertadísimo guion de Daniela de Francisco y la propia directora, la historia podría haberse metido en el duro drama de esta adolescente, pero en cambio, aunque hay dureza, la trama se va por otros derroteros, sumergiéndonos en esa existencia donde la cámara se va filtrando por las aristas emocionales, retratando su tristeza, su realidad durísima, y sus dolorosos métodos para adelgazar en tiempo récord. 

Estamos ante una especie de diario personal y muy íntimo de la vida de Paula, “Pauli” para las amigas, en un relato asentado en una naturalidad muy transparente y cercanísima, filmada con detalle y precisión quirúrgica, en un portentoso trabajo de la cinematógrafa Nadir Medina, que la hemos visto en películas con Darío Mascambroni, y en Bandido, de Luciano Juncos, y en la citada ópera prima de Wehbe, en un ejercicio donde prima el retrato de Paula frente a ella misma y frente al resto, donde nunca se juzga y sobre todo, se sigue sin subrayar nada, acompañando a la protagonista en el colegio, en su casa y con sus amigas, son maravillosos esos momentos entre las cinco amigas, mientras se preparan para salir y su complicidad en la discoteca y demás lugares que transitan. La directora no sólo ha vuelto a contar con Medina, sino también encontramos a Fernanda Rocca, la productora y Julia Pesce en arte, que repiten en esta segunda película, y la incorporación de Damián Telelbaum, en el montaje, al que hemos visto tanto en ficción como no ficción, bajo las órdenes de cineastas como Anna Paula Hönig, Alejandra Marino, Lorena Muñoz, Silvina Schnicer y Ulises Porra, en un estupendo trabajo de precisión y contención, donde en sus magníficos ochenta y nueve minutos de metraje se cuenta todo lo necesario, en los que ni falta ni sobra nada. 

Paula se adentra en el complejo y difícil territorio de la adolescencia, ese espacio a veces terrorífico, incierto, lleno de cambios, todos impredecibles, todos inquietantes, y sobre todo, un lugar del que no salimos indemnes, donde vamos haciéndonos y haciendo en relación con nosotros y con los demás. Una etapa que últimamente el cine americano ha tratado con sutileza, a partir de un acercamiento humano y complejo, y también, retratando todo su verdad y su angustia, hay tenemos casos como los de Después de Lucía (2012), de Michel Franco, Juana a los 12 (2014), de Martin Shanly, Las plantas (2015), de Roberto Doveris, Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor y Las mil y una (2020), de Clarisa Navas y Tengo sueños eléctricos (2022), de Valentina Maurel, títulos a los que hay que añadir Paula, en su incansable búsqueda de ese sentir todavía demasiado joven y expuesto a peligros inconscientes, sometidos a una sociedad demasiado superficial y competitiva que sólo quiere alcanzar ese éxito cueste lo que cueste, para ser uno más y pertenecer a las reglas artificiosas que dictan los mercados y la publicidad. Paula tendría su más fiel reflejo en la película Miriam miente (2018), de Natalia Cabral y Oriol Estrada, porque también habla de una joven de 14 años, enamorada de un chico, y al igual que la protagonista, está preparando su fiesta de los 15, y por lo visto, la presión social no entiende de territorios y demás, porque una sucede en la República Dominicana y otra en Argentina. 

Para terminar no podíamos olvidarnos de la potentísima y maravillosa interpretación de la debutante Lucía Castro en el papel de la protagonista Paula, lo bien que mira, que se mueve, y sobre todo, lo bien que habla sin abrir la boca, todo un extraordinario hallazgo que con su presencia hace que la película vuele muy alto, y consiga todo lo que se propone, su verdad y todo lo que transmite. Le acompañan su familia: María Belén Pistone, como la madre, Beto Bernuéz como Horacio, el padre, que ya estuvo en la mencionada Mañana tal vez, y Virgina Shultess como la hermana mayor, y la retahíla de amigas de Paula, tan naturales y cercanas como la protagonista, todas ellas debutantes son un gran descubrimiento. Tenemos a Tiziana Faleschini, Lara Griboff, Julieta Montes y Líz Correa. No se pierdan Paula, de Florencia Wehbe, y quédense con el nombre de esta directora riocuartense de Argentina, que de buen seguro, nos volverá a conmovernos con su contención y su maravilloso retrato sobre la adolescencia, la vida y lo que somos y lo que no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz

Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz, intérpretes de la película «Los gentiles», de Santi Amodeo, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 2 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lola Buero y África de la Cruz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y Rubén Codeseira de Comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las gentiles, de Santi Amodeo

LAS JÓVENES SUICIDAS.

“Llega un momento en que algo se rompe en tu interior, y ya no tienes ni energía ni voluntad. Dicen que hay que vivir, pero vivir es un problema que a las larga lleva al suicido”

Umberto Eco en “El cementerio de Praga”

Muchos hemos visto la película corta Bancos y el largometraje El factor Pilgrin, ambos del 2000, y dirigidos por el tándem Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) y Santi Amodeo (Sevilla, 1969), unos trabajos de culto que despegaron dos filmografías que siguen dando guerra veintidós años después. Amodeo siguió con Astronautas (2003), en la que se centraba en las difíciles relaciones de un ex yonqui en pleno proceso de integración en la sociedad  y una adolescente perdida y en busca de su hermano desparecido, y Cabeza de perro (2006), un chaval con una rara enfermedad neurológica conoce a una joven inquieta y alocada. Dos películas que ponían el foco en el final de la infancia y la primera juventud a través de dos jóvenes bastante a la deriva, sin futuro y relacionándose con tipos difíciles. La tercera parte de la trilogía iba a ser Las gentiles, pero las circunstancias imposibilitaron el proyecto y la carrera del director sevillano continuo con trabajos más industriales como la serie Hispania (2010), y los largometrajes ¿Quién mató a Bambi? (2013), y Yo, mi mujer y mi mujer muerta (2019).

Ahora, Amodeo ha podido retomar su proyecto guardado en un cajón y ha parido Las gentiles, coescrita junto a un grande como Rafael Cobos, el colaborador más estrecho del citado Alberto Rodríguez. Un relato intenso y magnífico que protagonizan un grupito de chicas adolescentes que piensan a menudo en el suicidio, sobre todo, dos de ellas. La película situada en Sevilla, como muchas de la filmografía del director, se sumerge de forma natural y sin estridencias en la cotidianidad de cinco amigas. Tenemos a Pacheco, Moriñigo, Tere, y las dos amigas del alma, la Corrales, con tendencias suicidas, y Anita, la voz cantante de la película, porque la historia está contada a través de ella, su intensa y bella mirada se hace con el retrato de la película, contándonos su vida y por ende, la del resto, a través de su realidad, de su entorno y demás. Amodeo huye de la condescendencia y el sentimentalismo para mirar a sus chicas de forma profunda y sensible, sin caer en el manierismo, sino todo lo contrario, en dejar que su cámara las siga y las deje hablar, hacer y experimentar.

Una excelente cinematografía de Álex Catalán, también productor asociado, que ha trabajado en cuatro de las cinco películas del cineasta sevillano, que captura unas vidas en continuo movimiento, donde las acompañamos en el instituto, en sus clases, en sus botellones, sus viajes por internet, sus fotos y videos, su música, bien seguidas por las animaciones marca de la casa del cine de Amodeo y la música, que firman el propio director, la cuarta de sus películas, junto a Bronquio. Sintonías y ritmos muy bien elegidos que detalla y nos sumerge en esos microcosmos vertiginosos y alucinógenos, donde hay una verdad y mentiras poliédricas entre la realidad y las redes sociales, donde el montaje de José M. G. Moyano, un habitual de Amodeo, y Darío García García (con experiencia en documentales, la serie La peste y el próximo estreno de Rendir los machos, de David Pantaleón), sabe introducirnos en esa vorágine de vidas, de experiencias sin fin, de pensamientos, ideas, reflexiones y demás emociones, donde todo se vive de forma intensa y a toda velocidad, sin tiempo.

Las gentiles se detiene en la juventud, en ese período transitorio donde todavía no eres de un lugar ni del otro, como si fueras náufragas sin isla, vagando sin rumbo, esperando que algo ocurra, cuando ocurre la vida, a veces vacía, a veces llena, y casi siempre sin saber que pasa. Unas chicas jóvenes con esas vidas complejas, inseguras y llenas de dolor, de rabia y perdidas, unas chicas que siguen a aquellas dos como Teresa Hurtado de Ory de Astronautas, y Adriana Hugarte en Cabeza de perro. También, habla de falta de comunicación en las familias, de unas vidas no satisfechas que parecen escaparse no se sabe dónde, y se profundiza de forma realista e íntima del suicidio, sin caer en la típica película de género que lo usa como excusa, aquí es el centro de todo y se habla desde la sencillez y la realidad de sus vidas, sin intentar ningún discurso ni cosas por el estilo. Las mencionadas Teresa y Adriana ya demostraron el buen hacer de Amodeo con las debutantes como vuelve a demostrar con el extraordinario quintero de Las gentiles.

Un grupo que forman Alva Inger, Lola Buero, Olga Navalón, y las dos más principales: Paula Díaz en la piel de Corrales, la antítesis de África de la Cruz como Anita, la autentica alma mater de la película, una fiera de la actuación, de la mirada y la gestualidad, todo un maravilloso descubrimiento que deseamos que siga en la interpretación y ofreciendo personajes tan humanos y cercanos como su Anita, uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad, que lo dice todo con una mirada y que, sobre todo, se mueve, siente y padece de forma muy hacia adentro, muy suya, que acapara cada encuadre en el que aparece, llenándolo todo. Celebramos con entusiasmo esta vuelta de Amodeo al cine más personal, reflexivo y auténtico, ese cine que cuenta lo que nos pasa, y lo forma humana y vital, donde no hay proclamas ni tesis, sino toda una amalgama de sensaciones, emociones y experiencias que viven las inolvidables protagonistas y además, se atreve a hablar de forma clara y transparente del suicidio entre los jóvenes, y haciéndolo como lo hace, de forma verdadera y honesta. Todo un lujo de película y una de las hermosas, profundas y sencillas aproximaciones de la juventud de aquí y ahora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tailor, de Sonia Liza Kenterman

EL SASTRE QUE HACIA VESTIDOS DE NOVIA.

“La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”

Jorge Luis Borges

En Los tomates escuchan a Wagner (2019), de Marianna Economou, unos primos griegos y la ayuda de unas abuelas reciclaban su cultivo de tomates en conservas orgánicas que vendían al extranjero. Algo parecido le sucede a Mikos, un sastre a la antigua usanza que ha heredado el negocio de su padre. Los cambios en la moda masculina, unos clientes envejecidos o fallecidos, y la crisis arrasadora del país, obligan a Nikos a mirar hacia el futuro de forma diferente y dejar su trabajo como sastre y mirar a las mujeres y a los vestidos de novia. La directora Sonia Liza Kenterman (Atenas, Grecia, 1982), de madre griega y padre alemán, que ya había dirigido un par de películas cortas como Nicoleta (2013), y White Sheet (2015), con gran aceptación internacional, vuelve a colaborar en el guion con Tracy Sunderland, con la que ya coescribió Nicoleta, y continúa en el mundo de los marginados y perdedores, y aquellos que han sufrido alguna pérdida en el entorno familiar. Individuos como Nikos, que no se resigna al inminente embargo de su tienda por falta de pagos, y sobre todo, de clientes.

La trama arranca con el padre de Nikos en hospital, y con la soga al cuello, se las ingeniará para sacar a flote su negocio, con la inestimable ayuda de su ingenio y de su vecina Olga, y su pequeña y espabiladísima hija Victoria, formaran un equipo que recorrerá las calles con un especie de remolque tirado por una moto en busca de clientas, imposible no acordarse del motocarro de Plácido y sus penurias para afrontar la primera letra del citado vehículo. Tailor tiene ese tono de fábula mágica, con el aroma del cine mudo de Chaplin o Keaton, con un tipo muy curioso, de hablar poco, mirar mucho y de vida tranquila y anodina, solo de su trabajo. Tiene también mucho del cine de Tati, y su inolvidable Monsieur Hulot, el tipo hecho a la antigua que choca con tanto aparato moderno, y sin olvidarnos del toque de cuento, con tonos melancólicos y tragicómicos que deambulan por el imaginario de Menzel, Iosseliani, Kusturica, entre otros, y películas como Delicatessen, donde la comedia y el tono de fábula ayuda a mirar la realidad de formas y texturas diferentes.

Kenterman confía plenamente en su plantel de intérpretes para dar vida a unos personajes que hablan lo justo, y miran mucho, eso sí, y como miran, diciéndolo todo, expresando todo lo que tienen en su interior. Dimitris Imellos da vida a Nikos, el callado y rutinario Nikos, un tipo que ya no seduce con el maravilloso arranque de la película, cuando lo vemos en plena faena, con sus telas, sus patrones, sus hilos y alfileres y agujas y demás herramientas de su sastrería, con ese olor a naftalina y a inamovible. La actriz rusa Tamila Kouieva es Olga, una vecina que le ayudará con los vestidos de novia, y quizás a algo más, la niña Dafni Michopoulou es Victoria, hija de Olga, con la que mantiene una peculiar correspondencia, y en el otro lado, están Thanasis, el padre de Nikos, que interpreta el veterano Thanasis Papageorgiou, un hombre de antes, que ve a su hijo como un ser inferior, alguien a quien dirigir, un pobre tipo que ha aprendido el oficio y no es nada sin él, y finalmente, Kostas, el marido de Olga, que compone el actor Stathis Stamoulakatos, un tipo rudo, corriente, y todo lo contrario a Nikos.

Sonia Liza Keterman ha dado con el tono y la forma de su opera prima, una película que no solo habla de la crisis económica desde otra posición, no de aquella triste y crudísima, sino desde un espacio donde se habla de valores que en la sociedad actual parecen olvidados, como la dignidad, la amistad, la fraternidad y la cooperativa, ayudarse unos a otros, mirar al otro, y sobre todo, empatizar. Y todos esos valores humanos nos lo cuenta en el marco de una hermosísima y sensible fábula con el aroma de los cuentos de toda la vida, con la cotidianidad e intimidad que vivimos diariamente. Una película que no debería pasar desapercibida entre la maraña de estrenos semanales, porque el espectador no solo va encontrar un relato bien contado y unos intérpretes que destilan bondad, trabajo y dignidad, valores que en este mundo se hacen cada vez más necesarios y valientes, sino que también van a encontrar humanismo, esa palabra que muchos no solo desconocen, sino que sus actos les llevan a todo lo contrario, porque en casos de dolor y tristeza, como el caso de Nikos y su sastrería, es cuando más necesitamos al otro, que nos mire, que nos entienda y sobre todo, que nos coja de la mano y nos acompañe, porque no somos un número de cuenta corriente ni los bienes materiales que lleven nuestro nombre, eso no es ser, es solo tener. Ser es otra cosa, ser es como somos y nos relacionamos con los demás cuando estamos tristes y jodidos, eso es lo que nos hace personas de verdad, y sobre todo, humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Beautiful Baghdad, de Samir

LAS REJAS DEL PASADO.

“Bagdad, todavía eres un prisionero tras las rejas. Pero has sustituido a un carcelero por otro. Bagdad, todavía estás en mi vida. Baghdad, todavía estás a mi sombra.”

La película se abre de forma intensa y muy descriptiva del tono y la forma. Una imponente panorámica sobre Baghdad que recorre el río Tigris va descendiendo para enmarcar un mural de Saddam Hussein. En una calle desierta que custodian dos hombres armados, irrumpen dos autos y se detienen frente a una puerta. De él bajan varios hombres armados, que llevan consigo dos hombres encapuchados, que son introducidos en el edificio a golpes. Estamos en pleno régimen iraquí, cuando la dictadura perseguía y torturaba a todos aquellos que consideraba enemigos. Pasamos a la actualidad, cuando Taufiq, un antiguo comunista y poeta, uno de los encapuchados, se ha exiliado en Londres. De repente, es llevado a la policía y es preguntado por unos hechos ocurridos en un parque. El director Samir (Baghdad, Irak, 1955), emigró a Zurich en los sesenta junto a su familia, y desde entonces ha compuesto una filmografía donde abundan elementos políticos y sociales tanto en la ficción, el documental y el cine experimental en una carrera que abarca más de cuarenta títulos.

A través de un imponente guion que firman Furat al Hamil y el propio director, My beuatiful Baghdad (en el original, Baghdad in My Shadow, que en dialecto iraquí-árabe tiene el doble significado de memoria y sombra), se estructura con un intenso flashback vamos conociendo la pequeña comunidad de iraquíes exiliados en Londres, que se reúnen en el Café Abu Nawas, que recibe el nombre de un poeta clásico que vivió hace 1300 años. El lugar epicentro, que sirve como centro cultural y también, como espacio donde convergen y se relacionan personajes dispares que tienen en común de ser iraquíes, en el que se reúnen varias generaciones como las del propio Taufiq, ahora vigilante nocturno, Amal, una mujer que quiere olvidar su pasado y volver a ilusionarse junto a su novio inglés, Muhanad, que debido a su condición homosexual debe esconderse, Zeki, el dueño del café, y su querida ex esposa, Naseer, sobrino de Taufiq, que se está radicalizando a través de la mezquita del barrio, que con la llegada de Ahmed Kamal, un antiguo esbirro del régimen de Saddam, se generará una tensión brutal entre todos los personajes en cuestión.

El director iraquí nos habla de tres tabúes importantes en el mundo árabe: el ateísmo enfrentado a los religiosos fanáticos, el adulterio, y sobre todo, la libertad de la mujer,  por último, la homosexualidad. Todos los temas son tratados con honestidad e inteligencia, sin caer en ningún instante en el estereotipo ni nada que se le parezca, sino profundizando en sus constantes contradicciones y disputas que padecen los personajes tanto a nivel interior como exterior. Este grupo de exiliados deben hacer frente a todo su pasado, y su presente, a vivir a pesar de todo, a pesar de los que aparecen para enturbiarles sus existencias, y la película lo muestra con sobriedad y contención, penetrando en esa intimidad de sus vidas, con todos sus traumas, tanto pasados como actuales, en una cafetería convertida en un oasis en el que convergen sus dos universos, el iraquí y el londinense, el ateísmo y al religión, la prisión y la libertad, como demuestra la apertura de la película con ese río que divide Baghdad, esos dos mundos enfrentados, dos mundos diferentes, dos formas de vivir y sobre todo, sentir.

Un grandísimo reparto que añade sinceridad, naturalidad y humanismo, encabezado por Haytham Abdulrazaq en el papel de Taufiq, Zahraa Ghandour como Amal (que ya nos encantó en la impresionante La decisión (2017), de Mohamed Al Daradji), Wassem Abbas en el rol de Muhanad, Shervin Alenabi como Naseer, Kabe Bahar como Zeki, Ali Daeem en Ahmed, Farid Elouardi como Yasin, el jeque radical, y los ingleses Maxim Mehmet en Sven, Andrew buchan como Martin y Kerry Fox como editora, entre otros. Es de agradecer que la distribuidora Surtsey Films apueste por este tipo de cine, y de un país como Irak, del que conocemos muy poco a nivel cinematográfico, con escasos títulos en nuestras carteleras, si exceptuamos algunas como Zaman, el hombre de los juncos (2003), de Amer Alwan, Las tortugas también vuelan (2004), de Bahman Ghobadi, y Homeland (Irak año cero) (2015), de Abbas Fahdel. Un cine profundo, magnífico y humanista que nos habla de la situación política, económica, social y cultural de un país, que tuvo su esplendor en materia de libertad y modernidad en los cincuenta y sesenta, y con la llegada de Hussein entró en la oscuridad y el terror del que todavía no ha salido. My Beautiful Baghdad no solo nos habla de exilio, sino también de algo mucho más universal, la necesidad de olvidar el pasado y sobre todo, de reconciliarse con él, a pesar de las decisiones que tuvimos que tomar, que quizás no eran las más adecuadas, pero fueron las que decidimos, y debemos continuar hacia adelante, perdonando y perdonándonos, para ver lo que vendrá de forma más humana y honesta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Liliana Torres

Entrevista a Liliana Torres, directora de la película «¿Qué hicimos mal?», en una cafetería de Gràcia en Barcelona, el lunes 13 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Liliana Torres, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¿Qué hicimos mal?, de Liliana Torres

DE ESO QUE CREEMOS “EL AMOR”.

“Ce soir le vent qui frappe à ma porte. Me parle des amours mortes. Devant le feu qui s’ éteint” / “Esta noche el viento golpea a mi puerta. Me habla de amores muertos. Frente al fuego que se apaga”.

Charles Trénet en “Que reste-t-il de nos amours”

El gran Charles Trénet cantaba a los amores y las ilusiones perdidas en la maravillosa apertura de Baisers Volés (1968), de François Truffaut. Se preguntaba que fue de aquel amor del pasado, de los hechos que propiciaron su final. La directora Liliana Torres (Vic, Barcelona, 1980), también se hace la misma pregunta: ¿Qué hicimos mal?, en referencia al porqué del final de sus relaciones, y emprende un viaje, un viaje físico y sobre todo, emocional, en el que volverá a sentarse frente a frente a aquellos amores para dialogar por las causas, y preguntarles porque terminaron. Esta fusión entre el documento y la ficción, o lo que es lo mismo, entre la realidad inmediata de la vida de la directora, y la invención, y la construcción propiamente dicha de la película, ya estaban en los cimientos de su opera prima Family Tour (2013), en la que nos situaba en el reencuentro y la relación entre ella y su familia, después de años fuera trabajando, la actriz Núria Gago era Lili, y su familia, la real, que entre todos generaban una suerte de película inteligente y muy íntima, en la que nunca sabíamos donde empezaba y acababa la ficción y el documento.

Con Hayati (2019), codirigida con al montadora Sofi Escudé, se centraba en las consecuencias de la inmigración en Barcelona a través de una familia siria. En ¿Qué hicimos mal?, tercer trabajo hasta la fecha, vuelve a los planteamientos y elementos que sustentaban su primer largometraje, con personas reales e intérpretes. Aunque esta vez, con una premisa mucho más clara, la propia directora hará de ella misma, con rasgos de su propia vida, pero interpretando a una mujer que dirige cine, o al menos intenta hacerlo, a pesar de los obstáculos económicos y emocionales, y además, mantiene una relación con David, una relación de tiempo, que empieza a tambalearse y a repetir viejos patrones del pasado. Mientras, maleta en mano, viajará a tres lugares diferentes: a Barcelona para reencontrarse con Kilian, su primer amor, el más idílico, donde hablarán de las causas que propiciaron la ruptura. En Italia, verá a Manuel, el amor caótico y salvaje, un amor a distancia, que también se rompió, y finalmente, se trasladará a México, donde visitará a Fede, el amor de tiempo, con siete años de relación, que también se fue en una tarde, y todavía hay mucho rencor por parte de él.

La película está construida a través de una naturalidad, transparencia y cercanía ejemplares, todo se cuenta desde una sensibilidad y fuerza magníficas, todo nace desde el corazón, con esa luz tan libre, tan de aquí y ahora, y tan acogedora, que firma la cinematógrafa Lucía C. Pan (de la que hemos visto grandes trabajos para gente como Xacio Baño, Andrés Goteira y Álvaro Gago), y el pausado y conciso montaje que firma Laia Artigal (con películas para Roser Aguilar, Elena Trapé y Sergi Pérez), para reforzar esa mirada en la que no hay sentencias ni buenos propósitos, solo búsqueda, quizás imposible, pero búsqueda ante todo, envuelto en un mar de dudas acerca del significado de hacer una película, de las relaciones, de sus crisis, la de ahora y las pasadas, en un juego que podría recordar a la novela “Canción de Navidad”, de Dickens, de viajar a lo que fuimos, a lo que somos, y tropezarnos con las mismas situaciones, los mismos conflictos, aunque el tiempo vaya pasando, y nosotros nos creamos más maduros e inteligentes. Liliana reflexiona sobre la persona que fue, sobre todo lo vivido y experimentado, y lo hace de forma clara y directa, no hay medias tintas, todo se cuenta desde la verdad, desde lo auténtico, desde nuestras  torpezas y miedos e inseguridades, con unos encuentros o reencuentros que va experimentando que la hacen ver y verse, desnudándose en todos los sentidos, en una hermosa y cruda declaración de sus objetivos e intenciones.

La cineasta-persona quiere saber, aunque para ello deba revivir situaciones felices, y también, dolorosas, pero armada de valor y con la cámara como testigo infalible y registradora implacable de ese instante, se lanzará a todo, en la que no esconde la construcción de la película, sino todo lo contrario, creando esa sensación de inmediatez, de ser testigos privilegiados de todo lo que ocurre, tanto delante como detrás de la cámara, y la directora-personaje se convertirá en un tercer elemento, en una persona que ante todo necesita saber, quiere pensar y sacar, si es posible, alguna que otra reflexión, a pensar en eso que creemos que es el amor, nuestras relaciones y nuestros amores, que diría Pialat, y lo hace con una mirada crítica y certera sobre la naturaleza de las relaciones de ahora, las que vivimos y las que viviremos, en contraposición, como ese reflejo del espejo que nos cuesta mirar, porque todas las relaciones que tendremos siempre nos remitirán a aquellas que tuvimos, a los errores del pasado, a todo aquello que sentimos, que dijimos y sobre todo, a todas las rupturas que tuvimos de amores que, ingenuamente, creíamos sólidos e inexpugnables.

Decía el poeta que amar es darse cuenta de lo solo que estás, también, es darse cuenta que el amor o eso que creemos el amor, es más una ilusión que una certeza, que cuando amamos o creemos amar, no es suficiente el amor, hay más cosas, cosas que olvidamos con demasiada facilidad, y el amor siempre está ahí, o creemos que está, porque todo está sujeto, si está realmente sujeto, de un hilo muy fino, invisible, que siempre está a punto de romperse, o quizás, ya se haya roto, y todavía no nos hemos dado cuenta, porque en el fondo, de lo que habla la extraordinaria película de Liliana Torres es que la experiencia en el amor siempre es muy engañosa, porque cada persona es un mundo, y cada relación una aventura incierta y llena de misterios que desvelar o no, porque como cantaba Trénet, quizás un día, recordemos aquellos amores del pasado, o aquel amor del pasado, y hagamos como Lili y tengamos la necesidad de volver a reencontrarnos con ellos y preguntarles tantas dudas, tantas cosas, y preguntarnos a nosotros mismos sobre el amor o aquello que creemos que es el amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA