Entrevista a Marta Díaz de Lope Díaz y Zebina Guerra, directora y coguionista de la película «Pioneras. Solo querían jugar», en la terraza del hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 28 de mayo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Díaz Lope de Díaz y Zebina Guerra, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Haizea Viana y Angie Llabres de Vivavivaviva Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Sofía de Iznájar y Bruna Lucadamo, actrices de la película «Pioneras. Solo querían jugar», de Marta Díaz de Lope Díaz, en la terraza del hotel Pulitzer en Barcelona, el jueves 28 de mayo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sofía de Iznájar y Bruna Lucadamo, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Haizea Viana y Angie Llabres de Vivavivaviva Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Las mujeres tienen que llenarse de valentía para alcanzar sus sueños dormidos”.
Alice Walker
El arranque de una película es muy importante porque define su contenido posterior. En Pioneras. Solo querían jugar, de Marta Díaz de Lope Díaz (Ronda, Málaga, 1988), se abre de modo ejemplar. Nos encontramos en una clase donde la susodicha de Sección Femenina (una organización fascista que aleccionaba y sometía a las mujeres) está lanzando un discurso atroz sobre el sometimiento de la mujer a las labores del hogar y al marido de turno. Mientras, Nati, uno de los personajes principales, mira distraída por la ventana viendo a unos chicos jugar al fútbol. Una secuencia que define el espíritu de la película desde el primer instante, donde unas mujeres jóvenes que aman jugar al fútbol se verán perseguidas, humilladas y señaladas por todos y todas en aquella España franquista, oscura y violenta de 1970. No estamos ante una película de buenos y malos, sino una película que se inspira en hechos reales, acercándose a las desconocidas y olvidadas jóvenes que se levantaron e intentaron jugar al fútbol, a pesar de la gran oposición de la sociedad y los estamentos de turno que, hundían cualquier atisbo de libertad y muchos menos, femenina que desafiará el conservadurismo recalcitrante de la dictadura.
La directora andaluza estrena su tercer largometraje después de las interesantes Mi querida cofradía (2018), y Los buenos modales (2023), retratos sobre mujeres en tono costumbrista que se ponen en pie de guerra contra el patriarcado en las hermandades en su ópera prima, y en la segunda, una suerte de comedia con drama entre dos hermanas que no se hablan y dos chachas en mitad del fregado para acercarlas. En Pioneras, coescrita junta a Zebina Guerra, como las dos anteriores, bebe de las dos, la cinta traza un retrato de aquella España de principios de los setenta, con sus pequeños suspiros de libertad, aunque todavía el régimen se negaba a verlos. Las futbolistas encabezadas por Nati, la protagonista y la que mejor juega tiene un panorama muy negro en casa, con un padre ausente y una madre abnegada que sobrevive como puede. Belén, una líder nata que tiene el apoyo del padre, y el resto, jóvenes que quieren jugar a pesar de todo y todos. En la historia hay drama, dificultades, desesperanza y mucha tristeza, pero también hay lucha, amistad, amor, esperanza y cooperación. La película navega entre el drama más seco y cotidiano junto a la comedia más inspiradora y que apuesta por la libertad, aunque sea a escondidas.
La magnífica cinematografía de María Codina, que ya coincidió con la directora en la película colectiva Los inocentes, amén de trabajar en series como Días mejores y La vida breve, y en películas como Escanyapobres, construye una luz que parece de una película rodada en los setenta, aprovechando ese cielo plomizo y grisáceo que adorna la película, con su lluvia y barro, como la secuencia del primer partido de fútbol, en un escenario que cuida al detalle la arquitectura y el vestuario de entonces. La música de Pedro Marques acompaña con astucia y precisión las imágenes de la película, creando ese lado reflexivo que ayuda a ver mejor las imágenes, con la compañía de grandes temazos como “A la pelota”, de La Terremoto, entre otros. El excelente montaje de Alberto Gutiérrez, que tiene en su estupenda filmografía la serie Arròs covat, la citada Los inocentes, las series Paquita Salas, Veneno y La Mesías, de los Javis, ocho películas de Dani de la Orden, entre otras. Una edición que se va a los 100 minutos de metraje por el que pasamos por muchos géneros, texturas y gestos, y sobre todo, altibajos emocionales y cercanías y distancias entre los personajes.
Una película como esta construida a través de un maravilloso reparto coral encabezado por los Daniel Ibañez, que hace de Javier Poga, un entregado promotor deportivo que cree en las mujeres futbolistas, Aixa Villagrán, en el rol de Edelmira, una arrolladora periodista del diario As, que con su pluma y su fuerza hablará y peleará por las chicas, y las sorprendentes futbolistas con poca experiencia y debutantes que hacen Sofía de Iznájar como Nati, Bruna Lucadamo como Belén, Nora Otxoteko como María, Leire Aguiar como Ana, Lorea Carballo como Ángeles, Miriam Rubio como Pepa, y las madres Carmen Ruiz, Carmen Flores Sandoval, actriz fetiche de la directora, al igual que Pepa Aniorte, y la bruja mala de la Sección Femenina que es Elena Irureta, que también estaba en Los buenos modales. Una película que rescata la valentía y la fuerza de un grupo de jóvenes como Carmen Arce “Kubalita”, la primera portera, Elena Badillo y Paquita Jiménez, entre otras. Mujeres que se pudieron de pie, y a pesar de los obstáculos querían ser libres en todo: en el fútbol, en el amor, en la política, en la vida y en todo, en cómo pensar y qué pensar, y sobre todo, que las respetarán como jugadoras de fútbol al igual que los hombres. La película recoge aquellos primeros pasos, todavía quedaba mucho camino por recorrer, y queda, pero siempre hay un comienzo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Un imponente plano aéreo acercándose al majestuoso puente de Ronda abre la película, deteniéndose en el caminar seguro y valiente de Carmen, una católica, apostólica y malagueña, como reza el dossier de la película. La mujer avanza por el puente y las calles de su ciudad de manera tranquila, contenta y sintiendo que ese día, donde luz un espléndido sol, es su día, por fin, después de tantos años siendo una hermana rendida y devota de su Hermandad, por fin, va a ser nombrada Hermana Mayor, y eso, que no es poco, le hace sentir la mujer más dichosa de la faz de la tierra. Pero, las cosas nunca salen como uno espera, o al menos, no salen de manera que todos desean, y Carmen, desgraciadamente, y contra la opinión unánime de la Hermandad, pierde las votaciones e Ignacio, su contrincante en el puesto, se alza con el merecimiento. Carmen, vencida, abatida y dolida, se vuelve a casa. Aunque Carmen no es de esas mujeres que se encierran con su mal, qué va, ni mucho menos. Carmen ama a su hermandad, a su Virgen y su Ronda, y ha perdido una batalla, pero no la guerra.
La directora Marta Díaz de Lope Díaz (Ronda, Málaga, 1988) es otra de las perlas surgidas de la Escac, y ya había hablado de mujeres, familia y cotidianidad en sus cortometrajes, en Y otro año, perdices (2013) trabajo de graduación, y en Los pestiños de Mamá (2016) entre medias, había participado en la película colectiva Los inocentes, un ejercicio de terror convencional. La realizadora rondeña debuta en solitario con una película sobre su tierra, en la que habla sobre mujeres, como pudieran ser nuestras abuelas o madres, estructurada a través de Carmen, que por circunstancias ajenas a su voluntad o tal vez sí, se verá metida en un entuerto de tres pales de pelotas, con Ignacio, el Hermano Mayor de su Hermandad, inconsciente en su baño, pero ahí no acaba la cosa, cuando se dispone a ponerse manos a la obra, aparece su hija Beatriz, que ha peleao con su marido Julián, que también es alcalde el pueblo, y para redondear aún más la cosa, Juana, una vecina que no tiene mucha maña en la cocina, se presentará angustiada para que la ayuden a hacer torrijas e impresionar a la impertinente de su cuñada. Y si no fuera suficiente, también entrará en el piso como una exhalación María, su nieta que viene con un problema mu gordo. Y por sí no fuera poco, estamos en plena semana santa, en el día grande para la Hermandad, donde saldrá su paso, cosa que tiene atacados a todos sus miembros, y encima el Hermano Mayor no aparece por ningún lado.
Díaz de Lope construye una película sencilla, en apenas tres espacios, el piso de Carmen, la iglesia donde se reúne la Hermandad, y las calles soleadas y primorosas de Ronda, y tiñe su atmósfera de ese costumbrismo, cotidianidad y comedia negrísima del mejor Azcona o Berlanga, con esas almas casi en pena que nunca consiguen lo que quieren y la divina providencia o miserables de alta alcurnia los derrotan cruelmente, también, hay rasgos del Almodóvar ochentero, aquel que exploraba el alma femenino de manera natural, compleja y muy divertida, sin nunca caer en la diatriba de buenos y malos, porque en la película de Díaz de Lope no existe tal cuestión, sino una derrota en la que Carmen intentará devolverla, tomar un mando que por antigüedad y derecho se merece, y su condición de mujer se la ha impedido, la película aboga por un cambio en la forma, en esas Hermandades capitaneas siempre por hombres que obligan a cómo deben vestirse, maquillarse e incluso caminar las mujeres, un orden antiguo, ancestral que el grupo de mujeres encabezados por Carmen se dispone a cambiar, o por lo menos intentarlo.
La cineasta rondeña nos habla de lo más intrínseco de la cultura y sociedades españolas, la religión y el machismo, y de la necesidad de cambiar roles para que las mujeres tengan su mando y su espacio, siempre negado por unos hombres con ideas conservadoras, puritanas y dictatoriales con sus compañeras. La trama ofrece intriga, drama, algo de tragedia, y mucha diversión, en el que el ritmo que impone la directora malagueña es un no parar, todas ellas se mueven por el piso de manera vertiginosa, y cuando parece que el problema va encaminado, ocurre algo o aparece alguien para retorcerlo aún más si cabe, que nos recuerda inevitablemente a aquel Montalbán 7 donde vivía Pepa Marcos de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Aquí, el entuerto va por otros derroteros, y nos estructura a través del esplendor de Carmen, que pasará por su derrota, y como un fénix resurgiendo de sus cenizas, volverá a la carga, enfrentándose a quién haga falta, aunque sea claudicar en ciertas cosas, y entender a todos y sobre todo, a las mujeres, como las Mantillas de la Hermandad, las que avanzan junto a la Virgen pidiendo, y siempre por otros, nunca por ellas.
Un espléndido reparto encabezado por Gloria Muñoz que está inmensa como esa mujer hecha y derecha que deberá tomar su mando en su Hermandad querida, que también tiene de coral, le acompañan la sabiduría de Pepa Aniorte como su hija enfadá con su alcalde y marido, Carmen Flores es Juana, la vecina sin torrijas, Rocío Molina es la nieta, que además viene con problemas y muy de no te menees, Juan Gea es Ignacio, el ogro del relato, Joaquín Núñez es el yerno y alcalde servicial (que algunos lo recordaréis de Grupo 7) con ese guardaespaldas que parece su fiel escudero, el siempre convincente Manuel Morón como mano derecha de Carmen, y finalmente, Rosario Pardo como la lugarteniente de las Mantillas. Díaz de Lope Díaz nos hace divertirnos, sufrir y sobre todo, reflexionar sobre modelos de masculinidad que deben quedar anulados y lanzados a la basura ya que atentan contra la dignidad de las mujeres, y reivindica su derecho a ser ellas mismas y avanzad hacia esa igualdad y equidad tan necesaria para el crecimiento de las personas y de la sociedad en la que se relacionan.