Entrevista a Laura Gómez, actriz de la película «Upon Entry», de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 7 de junio de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Gómez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación y Arantxa Sánchez de Karma Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Y en vez de reconocer que tenemos una deuda contraída con la población migrada que se ve obligada a huir de sus tierras por culpa de nuestras acciones (e inacciones), nuestros Gobiernos erigirán un número creciente de fortalezas de alta tecnología y adoptarán leyes antiinmigratorias cada vez más draconianas”.
Esto lo cambio todo (2014), de Naomi Klein
Se cuenta que Diego, venzolano de profesión urbanista y Elena, bailarina de Barcelona, viajan a Estados Unidos para empezar una nueva vida. El vuelo se desarrolla sin sobresaltos, aunque cuando llegan al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de New York, en la zona de inmigración la cosa se complica y son trasladados a una sala de inspección secundaria. En ese instante, sus vidas en la “tierra de oportunidades” pende de un hilo y son sometidos a un exhaustivo interrogatorio donde sus secretos más íntimos salen a relucir y en el que sus existencias quedan en suspenso, aisladas y prejuiciadas por los dos agentes de inimgración estadounidenses. Esta es la historia de Diego y Elena, también es la historia de cientos de miles de ciudadanos inmigrantes que deciden ir a EE.UU. y empezar una nueva vida o no.
Upon entry es la ópera prima de Alejandro Rojas (Caracas, Venezuela, 1976), dedicado a la escritura y montaje de documentales, y Juan Sebastián Vásquez (Caracas, Venezuela, 1981), cinematógrafo de las películas Callback (2017), otra cinta que habla de la otra cara del “American Dream”, y El practicante (2020), ambas dirigidas por Carles Torras, que actúa en esta como coproductor, a través de Zabriskie Films, junto a Basque Films, que coprodujo El hoyo (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia, y Alba Sotorra. Estamos ante una cinta agobiante, llena de tensión y alucinatoria, acompañamos a los protagonistas viviendo o mejor dicho, malviviendo una experiencia de sometimiento terrible, angustiante, sumergidos en una vorágine de habitaciones cerradas, preguntas juzgadoras, y sobre todo, una sensación de aislamiento, miedo y claustrofobia. Un guion escrito por los mismos directores, que nos pone contra la pared, con esa cámara intensísima y pegada a sus rostros, en un excelente trabajo de Vásquez, como los que había hecho para el citado Torras, donde todos somos Diego y Elena, todos somos inmigrantes, en un relato que va in crescendo su tensión y agobio, en el que vamos conociendo de primera mano ese pasado que desconocemos, y ese presente que se va desarrollando de forma terrorífica, como si fuese una cinta de terror puro, de esas que se agarran al alma y no te sueltan, por su verosimilitud y su verdad, que la tiene y la va subiendo.
Un grandísimo montaje de Emanuel Tiziani, que ha trabajado en tres con Torras, a parte de las mencionadas, estuvo en Open 24h (2011), y en documentales como El escritor de un país sin librerías (2019), de Marc Serena, entre otras, en una edición de primeros planos y cortos, en unos 75 minutos brutales y concisos, que agobian y enervan de lo lindo, con esos rostros en tensión continúa y en esa lucha silenciosa con ellos mismos y unos acontecimientos que los superan y los ponen en cuestionamiento. Upon Entry tiene el aroma, la textura y la fuerza que tenían las cintas de gente como Lumet, Carpenter y Boorman, por ejemplo, todos esos cineastas de la New Wave Americana, que se acogían al género, el thriller o policíaco, como deseen denominarlo, para desgranar las miserias y las injusticias de una sociedad arbitraria, partidista y dictatorial, disfrazada de libertad, socialdemocracia y demás eslóganes falsos e hipócritas. Si recuerdan Doce hombres sin piedad (1957), La colina (1965), Tarde de perros (1975), Veredicto final (1982), son sólo ejemplos de la maestría de Lumet, filmadas en una localización, en espacios cerrados a cal y canto, donde el exterior es un espejismo, y un impresionante in crescendo dónde conocíamos los detalles de la situación y el pasado de los personajes sin ningún tipo de alardes y piruetas narrativas ni formales.
La película de Rojas y Vásquez tiene mucho del cine de Lumet, de sus suspense y terror, porque con un solo escenario, un paisaje institucionalizado, tan frío, tan burocrático, y sobre todo, tan alejado de la vida, todas dentro de ese centro de inmigración, o podríamos decir contra la inmigración, con esas obras que aumentan la desazón y la solitud de esos lugares sin alma y deshumanizados, que también ha retratado el poderoso Frederick Wiseman en su espléndido cine, donde mira los estados a través de sus instituciones. Si la parte técnica de la película brilla con esplendor, así como el calculado y magnífico guion, su reparto no se queda atrás, con una estupenda pareja protagonista, con Alberto Ammann en la piel de Diego, con un rostro que lo explica todo, que va de la ilusión del inicio al desamparo y el miedo de después, un actor que siempre resulta eficaz y muy creíble, porque mira como miran los grandes, y a su lado, Bruna Cusí, que bien elige las películas en las que participa, tan variadas y con tantos registros diferentes. Su Elena va conociendo y desesperanzado a medida que avanza la película, con ese rostro atacado, y la mirada de los dos intérpretes que tanto dicen y tanto callan, y cómo se miran.
Les acompañan “los otros”, los polis de inmigración, los representantes de la ley, o también, llamados los representantes de la (in )justicia, porque cómo actúan, cómo miran, y sus preguntas, sus ataques y su rabia. La actriz dominicana Laura Gómez hace una formidable agente, que cosas del destino, también fue una inmigrante, ahora convertida en “estadounidense” por la gracia de Dios, qué cosas. Ben Temple es el otro agente de inmigración, qué bien mira este actor, estadounidense de nacimiento y afincado en el cine español con un currículum junto a directores como Imanol Uribe, Paco Plaza y Miguel Ángel Vivas, entre otros. No se pierdan Upon Entry porque les gustará, entiéndanlo, por su forma y fondo, y sobre todo, porque asistirán a la enésima paranoia estadounidense donde todos somos tratados como sospechosos de terrorismo o vete tú a saber qué estupidez nueva se inventan, porque parece que los yanquis siguen instalados en los preceptos de alucinados como McCarthy, donde todos los que no se sometían eran sospechosos de “comunistas” “negros” o inmigrantes, en esas estamos, en vender la democracia constantemente y no practicarla y venderla como “tierra de oportunidades y de acogida”, pero no sé en que conceptos, y si no que le pregunten a Diego y Elena, y a tantos Diegos y Elenas que un día deciden entrar en los Estados Unidos para trabajar y estar bien, como cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?
Jacinto Octavio Picón
Conocí el caso real de Saeed Hanaei, el hombre que en el 2001 asesinó a 16 prostitutas en la ciudad santa de Mashhad en Irán, gracias a la televisión pública, cuando era televisión y sobre todo, pública, en uno de aquellos impresionantes programas a las tantas de la noche. Ha sido todo una gratísima sorpresa que un cineasta de la talla como Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) realice una película sobre el tema, porque intuía que no iba a ser el típico thriller convencional tan ofertado actualmente. Conocíamos la habilidad del director iraní, afincado en Dinamarca, de la creación de atmósferas, en indagar en temas incómodos como lo podrían ser la maternidad en Shelley (2016), y la diferencia en Border (2018), y en el thriller profundamente personal y atípico, más reconocido en los clásicos con personajes complejos e historias de los bajos fondos, al mejor estilo hitchcockiano.
En su tercera película, Holy Spider, construye un relato a partir de la historia real de Saeed Hanaei, en un guion que escribe junto a Afshin Kamran Bahrami, pero no lo hace tomando partido ni simplificando el conflicto, sino que lo cuece a fuego lento a partir de dos personalidades, la de la periodista Rahimi, que viene de la capital a investigar en Mashhad, la segunda ciudad del país y la ciudad santa por excelencia después de La Meca, y la del asesino. Aunque el tema de caza está presente en la historia, no es lo importante, porque la película esta erigida a través de las contradicciones tanto de los dos personajes mencionados como de la propia ciudad, donde resaltan la vida de una mujer sola estigmatizada como deja bien claro en la secuencia del hotel o en la conversación con su colega periodista, y la llamada de teléfono con su madre, y el otro frente, el asesino, un marido y padre de tres hijos pequeños, profundamente religioso, veterano de la guerra Irán-Irak, y auto declarado limpiador de la impureza por eso asesina a prostitutas.
El director iraní no solo se queda ahí, en los tremendos contrastes en los profundiza la película, sino también el lugar de los hechos, una ciudad orgullosa de su religiosidad hace la vista gorda ante la prostitución, las drogas y demás, como demostrarán la policía, cabeza visible de la corrupción y la hipocresía que reina en las autoridades. Abbasi vuelve a acompañarse de varios de sus colaboradores más fieles que han estado en las tres películas hasta ahora como el cinematógrafo Nadim Carlsen, que crea esa atmósfera nocturna y absorbente donde se posa buena parte del relato, repleto de sombras y ambientes malsanos y cotidianos, la montadora Olivia Neergaard-Holm, que consigue ser concisa e imponer un ritmo pausado a una historia que se va casi a las dos horas de metraje, el músico Martin Kirdov, con una composición cargada de tensión donde abundan los ritmos atmosféricos, que recuerdan a los trabajos de Tindersticks para el cine de Claire Denis, y el productor Jacob Jarek, que ya estuvo en Shelley, junto a Sol Bondy, que coprodujeron las dos películas de Grímur Hákonarsen, entre otras.
El gran reparto encabezado por una grandiosa Zar Amir-Ebrahimi en la piel de la periodista Rahimi, con esa mirada potentísima, llena de fuerza y vulnerabilidad, enfrentada al asesino, que hace de forma memorable el actor Mehdi Beajestani, que ha trabajado con Asghar Farhadi, entre otros, un tipo que se cree guiado por Dios, sino también a una sociedad miserable, que mira hacia el otro lado cuando le interesa, que violenta a las mujeres por el simple hecho de su condición, y sobre todo, vive instalada en la hipocresía, en la misoginia y en el de proteger a asesinos como Saeed Hanaei por el simple hecho de “limpiar la ciudad” de aquellos individuos que otros por interés económico dejan que existan. Abbasi no se corta un pelo en mostrar la suciedad de una sociedad que se enorgullece de su religiosidad, porque podemos ver de forma explícita desde cuerpos desnudos como el sorprendente arranque de la película, consumo de drogas, escenas de sexo y prostitución, secuencias que casi nunca se muestran en el cine iraní y árabe.
El cineasta iraní nos atrapa sin estridencias ni piruetas argumentales, en un grandísimo relato que se aparta de modas y espectacularidades modernas, para indagar en la moral social, en cómo funcionamos como sociedad, donde están los límites del bien y el mal, y sobre todo, la realidad putrefacta y violenta que ocultan la mayoría de las sociedades, dejando ver sus entrañas y su verdadera identidad, donde prevalecen formas antiguas y conservadoras en las que se permite la injustica y la corrupción de los gobernantes amparados en la religión o en cualquier otra cosa. El personaje de Rahimi no solo es una mujer, es la mujer que representa todas las injusticias que se cometen en las sociedades del mundo ante las mujeres, en un personaje que se basa en la periodista que siguió la detención y el juicio de Saeed Hanaei, y al que también entrevistó, porque es el personaje que vive todas los sometimientos de la mujer en la sociedad iraní, esa misma sociedad que protege y no juzga al asesino, un tipo al que ven como un ser enviado por Dios para eliminar la suciedad de la sociedad, su sexo, sus drogas y sus cosas, las mismas que otros mismos consumen, solo que a escondidas, en fin, vivimos en esas sociedades, o podríamos decirlo de otra manera, vivimos porque miramos a otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Yvan y Ben Attal, director y protagonista de la película «El acusado», en el marco del BCN Film Fest en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el domingo 24 de abril de 2022
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Yvan y Ben Attal, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Arantxa Sánchez de Karma Films, y al equipo de comunicación del festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición”
François de La Rochefoucauld
Muchos conocimos el cine de Hany Abu-Assad (Nazaret, Israel, 1961), con la impresionante Paradise Now (2005), trabajo notabilísimo sobre la jornada de dos suicidas palestinos. Más tarde nos fijamos en Omar (2013), otro grandioso thriller político en que un joven enamorado tenía dificultades con su mejor amigo y la policía israelí. Después de algunas producciones más comerciales que le han llevado a filmar en EE.UU., entre otros lugares, nos llega La traición de Huda, que vuelve a transitar los caminos de las dos mencionadas, pero esta vez, a partir de dos mujeres. Dos mujeres que parecen muy alejadas en sus cotidianidades, pero reflejadas en el mismo espejo macabro, aunque descubriremos que las dos están metidas en el mismo agujero, muy a su pesar. Por un lado, tenemos a Huda, una peluquera que narcotiza a Reem, le hace unos fotos muy comprometidas para chantajearla y que colabore con el servicio secreto israelí. Aunque la cosa no termina ahí, porque la resistencia detiene a Huda y la interroga por sus actos en contra de la causa palestina.
El director palestino ya había profundizado en temas tan complejos como la traición y el heroísmo, entre la lealtad y la infidelidad, como les ocurría a los dos amigos desdichados suicidas, o al propio Omar, enfrentados a todos y todo, metidos, sin quererlo, en encrucijadas que los situaban en lugares solitarios y muy duros. Es inevitable pensar en el Tema del traidor y el héroe, de Borges. Un cuento que reflexiona sobre la finísima línea que separa estos dos conceptos muy oscuros, porque según la circunstancia, uno puede ser uno u otro, y esta sombra asfixiante es la que aborda en su cine Abu-Assad, pero no lo hace desde el prisma simplista y acomodaticio, sino que lo envuelve en una cotidianidad que asusta, a partir de las dos realidades de estas dos mujeres palestinas, cogidas al azar, que podrían ser cualquiera. La película se detiene en las dos realidades de las dos mujeres, dos tiempos que suceden a la vez. En una, Huda, es interrogada por Hassan, uno de los jefes de la resistencia, en un oscuro y sombrío agujero bajo tierra, donde prevalece el diálogo y también, el incesante juego de miradas, gestos, confidencias y sobre todo, un perverso juego del gato y del ratón.
En la superficie el mismo juego perverso, en la realidad que vive Reem, la otra mujer, metida en un inquietante laberinto en el que no encuentra escapatoria y huye como puede de su marido muy celoso que no la cree y la resistencia que quiere capturarla. Los mismos días, día y noche, y la misma oscuridad, en la que las dos mujeres están atrapadas, metidas en una ratonera sin salida, desplazándose a hurtadillas por esa finísima línea entre la tradición y la lealtad, empujadas a una guerra que ellas querían no librar. El magnífico trabajo de cinematografía del tándem Ehab Assal, que ya trabajó con Abu-Assad en Omar e Idol, y el finés Peter Flinckerberg, que tiene experiencia en películas de su país y en EE.UU., siempre de corte independiente, firman un glorioso ejercicio de luz en un trama que tiene dos formas y texturas diferentes, la oscuridad del sótano y la luz asfixiante del exterior, en el que logran el objetivo de tensionar el relato sin dejar respirar de angustia a los espectadores. El estupendo montaje de Ellas Salman, que también estuvo en Omar e Idol, condensa con una gran fuerza y inquietud, como si de una película de género de terror se tratase, los noventa y un minutos de intenso e inquietante metraje.
El director palestino, gran director de intérpretes, se acompaña de cuatro almas que destilan naturalidad, solidez y cercanía como Maisa Abd Elhadi como Reem, que ya se había puesto a las órdenes del director en Idol, y recientemente la vimos en Gaza Mon Amour, de Arab y Tarzan Nasser, dando vida a una mujer atrapada, en continua huida, a la que nadie cree y todos buscan con malas intenciones. Le sigue Ali Suliman como Hassan, que era uno de los inolvidables suicidas de Paradise Now, que vuelve con Abu-Assad dieciséis años después, un actor internacional que le ha llevado a trabajar con Ridley Scott y Peter Berg, amén de una enorme carrera en la cinematografía árabe, se mete en el cuerpo y la mirada de un tipo también oculto y perseguido, alguien que vive en las sombras, que mantendrá un juego tenso con el personaje de Huda, que interpreta Manal Awad, toda una eminencia en el cine palestino, que ya había trabajado con el director y en la citada Gaza Mon Amour, da vida a la mencionada Huda, una mujer también atrapada como Reem, que deberá luchar para resolver su encrucijada y victimismo. Y finalmente, Samer Bisharat como Said, que fue uno de los protagonistas de Omar, aquí hace el marido celosísimo de Reem, alguien metido en su cabeza y que no ve más allá de esos pensamientos negativos que son producto de su terrible inseguridad y malestar personal.
Hany Abu-Assad ha vuelto a construir una impresionante película, que toca temas tan duros como la traición, la lealtad, el chantaje, la extorsión, la mentira, la verdad, la complicidad, la maldad, y la libertad, y las diferentes causas por las que se lucha o se mueven las personas, y todo lo hace desde una cotidianidad e intimidad abrumadoras, introduciéndonos con sencillez y naturalidad en ese microcosmos que plantea la película, donde nada es lo que parece y la calle más tranquila puede albergar tensiones políticas de primer orden, en un gran juego donde toca diferentes géneros como la comedia de situación y costumbrista de la secuencia que abre la película, al drama social de vivir en un lugar ocupado por un invasor que lo controla y hostiga a todos, y el citado thriller político, donde el espionaje no tiene nada de aventurero y glamuroso como venden las producciones palomiteras, sino que aquí todo pende de un hilo, donde cualquiera puede ser un espía o víctima más, depende de que hace y cómo lo hace, donde la máscara está a la orden del día, en que la guerra sucia de los estados, como hablamos la semana pasada con Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti, tiene aquí otro capítulo más, igual de siniestro y malvado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”
Gabriel García Márquez
Una película como La pasajera, que quiere contar una historia que entretenga, que distraiga como se decía antes. Aunque, a diferencia de otras por el estilo, su forma radica en algo distinto. A saber, estamos ante un relato que opta por un variopinto grupito de personajes muy distintos entre sí. Tenemos a Blasco, un tipo que habla demasiado, que fuma, que adora su furgoneta de más de veinte años junto a él, y es el conductor de este inusitado viaje por esa España vaciada, y más concretamente, las carreteras secundarias de Navarra. Le acompañan unos pasajeros que comparten viaje a través de una web. Está Mariela, una mexicana que enferma de cáncer quiere reencontrarse con su padre huido años atrás, y luego, tenemos a Lidia, una madre separada que lleva a su rebelde y peculiar hija Marta, junto a su padre. Un cuarteto que pronto verá que su apacible y entretenido viaje derivará en algo turbio y terrorífico, porque recogen a una turista que convierte a la mexicana en una bestia salvaje sedienta de carne humana. Y ahí, empezará una lucha sin cuartel en que la supervivencia será el único viaje posible.
Todo esto arrancó con una idea de Raúl Cerezo (Madrid, 1976), todo un referente en el mundo del cortometraje y en el fantaterror español, que muchos lo conocerán por su prestigioso 8 (2011), que derivó en un guion que firmaron Asier Guerricaechevarría y Javier Echániz, que Luis Sánchez Polack acabó de rematar, en una película que dirigen y coproducen el propio Cerezo que debuta en el largometraje, junto a Fernando González Gómez (Madrid, 1984), con más de una treintena de cortometrajes en su haber, que conocíamos por su sorprendente e hilarante comedia negra Estándar (2020), que supuso su debut en la gran pantalla. A parte de los personajes tan diferentes, otra baza que juega la película es mezclar con acierto y sin prejuicios temas como el slasher, el terror de toda la vida estadounidense donde unos corren porque hay un loco asesino que quiere matarlos, fusionado por lo más intrínseco de aquí, como esa música de Blasco, los pasodobles que le dan un toque nada convencional, y ofrecen otra cosa al relamido tema de los psicópatas asesinos.
La película tiene lugares comunes como el aislamiento, y añade que en La pasajera los asesinos son conocidos de ellos, como ocurría en la inolvidable La noche de los muertos vivientes, todo un referente para el género y para esta cinta, con la noche como aliada, y esa persecución que parece no terminar nunca, donde los que parecían antagónicos acabaran por unir fuerzas por obligación. Como ocurría en la mencionada Estándar, la película se mueve con habilidad e inteligencia por ese terror inquietante bien fusionado con la comicidad, porque la situaciones tienen todos los ingredientes, donde hay poco susto, y esto se agradece, y sobre todo, hay mucha mala uva, donde los roles y los conflictos van cambiando según avanzan los extraños y sorprendentes acontecimientos. Otro de los elementos que hacen de La pasajera una película muy atractiva es su reparto, que se olvida de rostros conocidos, para forman un cuarteto realmente muy interesante. González Gómez rescata de Estándar a Ramiro Blas, en su primer papel protagonista, como el inefable y bondadoso Blasco, un tipo con carisma, muy suyo, muy cañí, amante de los pasodobles, de los toros, y un solitario empedernido con su “Vane”, como llama a su adorada furgoneta, una especie de lobo de mar, en este caso, de carretera, curtido en mil batallas y más.
Acompañan a Blasco tres mujeres, muy diferentes entre sí, como la fabulosa Paula Gallego, que conocíamos como la menor de los Alcántara de Cuéntame cómo pasó, en la piel de la descreída y reacia Marta, que irá dejando su armadura para confiar, y sobre todo, sobrevivir junto a Blasco y los demás, la mexicana Cecilia Suárez como Mariela, una mujer que oculta demasiadas cosas que verá como a medida que avanza la noche todo irá entornándose de otro color, y finalmente, Cristina Álcazar como Lidia, la madre de Marta, muy curtida en series de televisión como la citada Cuéntame cómo pasó y Amar es para siempre, completan este variado y extraño cuarteto que se enfrentará a la noche de sus vidas, perdidos ante todos y todo. La pasajera es un intento loable de hacer un cine entretenido con los referentes del terror, pero añadiendo la idiosincrasia tan de aquí, donde se mueven con naturalidad y buen criterio el terror más reconocible con la comedia más disparatada y negrísima, como ocurría en Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez, en que el thriller se convertía en una comedia terrorífica cuando entraban en el famoso local fronterizo de “La teta enroscada”, y la noche de juerga se tornaba una guerra sin cuartel contra unos vampiros sedientos de sangre, en La pasajera son seres de otro mundo, pero también hay que sobrevivir a sus fieros ataques. Disfruten, pasen miedo y sobre todo, ríanse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El capitalismo no es un régimen armonioso, cuyo propósito sea la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, sino un régimen antagónico que consiste en asegurar las ganancias a los capitalistas”
Michal Kalecki
En la maravillosa Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, un director de cine obsesionado con hacer una película sobre la miseria se disfraza de vagabundo y recorre el país conociendo la realidad más sucia y tiste. Una experiencia parecida es la que vive Marianne Wincler en En un muelle de Normandía, una escritora escritora que para conocer de primera mano la oscura realidad de las mujeres limpiadoras se convierte en una de ellas. Emmanuel Carrèrre (París, Francia, 1957), se ha hecho un gran nombre como escritor de novelas de no ficción entre las que destacan El adversario, Dos vidas ajenas o El reino, entre otras, y paralelamente, ha escrito sobre cine en libros y revistas especializadas, y ha dirigido películas de no ficción como Retour à Kotelnitch, y de ficción como La moustache (2003).
Ahora nos llega su tercer trabajo como director amén de coescribir el guion junto a Hélène Devynck, basado en la novela “El muelle de Ouistreham”, de Florence Aubenas, en una cinta que no estaría muy lejos de los temas y elementos que pululan en su obra literaria, como la mentira y la impostura. Tenemos a una escritora, que se hace pasar como mujer recién abandonada por su marido, que llega a una pequeña ciudad como Caen, al norte de Francia, un lugar gris, triste y en invierno, una atmósfera que recuerda a la que sentíamos en La vida soñada de los ángeles (1998), de Èrick Zonca. Asistimos a la cotidianidad de una mujer desde cero, una anónima más que se levanta a diario para ganarse la vida, o al menos intentarlo, como mujer de la limpieza, limpiando bungalows o ferris donde los turistas pasan su tiempo libre. A modo de crónica periodística, Carrèrre nos sumerge en ese submundo de personas corrientes y de carne y hueso, como Cristéle, una madre soltera con tres hijos pequeños y muy lanzada, con la que Marianne entablará una estrecha amistad. También, conoceremos a Marilou, una joven que sueña con huir de Caen junto a su novio, Justine, una rubia atractiva que trabaja cada día con la esperanza de salir de esos trabajos precarios, y algunas más, todas mujeres que trabajan a destajo por una vida mejor, o por una dignidad tan difícil de encontrar.
Con un excelente trabajo de cinematografía que firma el veterano Patrick Blossier, que tiene en su haber películas con Costa-Gavras, Tavernier, Agnès Varda y Bigas Luna, entre muchos otros, construyendo un espacio muy real, cercanísimo, que tanto recuerda a los trabajos de Alain Marcoen para los hermanos Dardenne. El exquisito y ágil montaje de Albertina Lastera, que tiene en su filmografía a nombres como los de Téchiné y Abdellatif Kechiche, que condensa con intimidad y sensibilidad los 106 minutos de la película. La película trata con sabiduría y tacto temas morales muy complejos y nada complacientes, desde los límites del periodismo para acercarse a otras realidades, el engaño como parte del trabajo, y sobre todo, profundiza en temas como la amistad y el compañerismo entre unas mujeres que malviven en unos trabajos, si les puede llamar así, donde trabajan a velocidad de crucero, se destrozan la salud, y encima, deben dar gracias. Una realidad explotada y muy precaria de las mujeres que limpian, que pudimos ver en el interesante trabajo de Hotel explotación: Las Kellys (2018), de Georgina Cisquella.
La misma realidad que muestra En un muelle de Normandía, una realidad cruda y sin concesiones, pero de verdad, sin embellecerla, ni convirtiéndola en mera excusa de trama, sino acercándose a través de la cotidianidad, sus relaciones y su no futuro, mirándola sin titubeos, y sobre todo, sin condescendencia ni sensiblería, sino mostrando cuerpos, miradas y relaciones que viven a diario, con mucha incertidumbre, y soportando trabajos de mierda y situaciones laborales terroríficas. La parte interpretativa está a la misma altura que la parte técnica, porque no lo componen personajes transparentes y llenos de matices y complejos, sino que son personajes convertidos en personas, personas como nosotras, personas con las que te cruzas a diario, en un gran trabajo de casting porque casi todas son actrices no profesionales, como las magníficas Hélène Lambert, Léa Carne, Emily Madeleine, Patricia Prieur, Evelyne Poreé, entre otras, que dan esa verosimilitud y autenticidad que tanto necesita una película de estas características.
Y qué decir de Juliette Binoche que no se hay dicho ya. Su Marianne es una auténtica obra de arte, porque la actriz parisina se mete en la piel de una mujer normal, una mujer sola, una mujer que trabaja, una mujer que quiere conocer, una mujer que quiere verlo de primera mano, una mujer que conocerá, se reirá y sobre todo, sufrirá con el trabajo. Un trabajo que recuerda a aquel que hizo Marion Cotillard para los mencionados Dardenne en Dos días, una noche en el 2014, donde no hay máscara, ni caracterización, sino verdad, sensibilidad y sobre todo, humanidad, porque tanto la película de los Dardenne como la de Carrèrre nos hablan de humanismo, de ese aspecto y dignidad que tanto se menciona y que tan poco vemos en la sociedad que vivimos, o como ocurre con las mujeres que limpian de la película, donde sus vidas ya no son vidas, sino sombras, las mismas sombras que tropiezan contra un modelo de turismo de pura explotación, donde todo se gasta y se consume, tanto trabajadores como turistas, esos visitantes ajenos a las realidades tan oscuras y miserables con las que se cruzan por un pasillo, unos turistas que lo gastan todo, ya sean edificios, hoteles, calles, comidas, y nunca ven más allá de todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Una mentira nunca puede deshacerse. Ni siquiera la verdad es suficiente”.
Paul Auster
Una mañana como otra cualquiera en un barrio en Berlín. Una mañana diferente para Daniel, un actor que tiene una importante audición en Londres. Sale de su casa, después de despedirse de su mujer y sus pequeños hijos. Se para en el bar de siempre, pide un café, y de repente, un tipo de mediana edad, que se llama Bruno, le dice que es su vecino, y además, conoce muchas intimidades de su vida, secretos que Daniel y su familia ocultan muy celosamente. A Daniel Brühl (Barcelona, 1978), le conocíamos por su faceta como intérprete en títulos tan reconocibles como Goodbye, Lenin!, Los edukadores, Cargo, Salvador¸ Malditos bastardos, y producciones comerciales de Hollywood, en una carrera que arrancó hace más de veinticinco años. Con La puerta de al lado, Brühl se adentra en el campo de la dirección, con una película escrita por el reconocido escritor y guionista Daniel Kehlmann, a partir de una idea original de Brühl, en una fábula de nuestro tiempo, agitada por el aquí y ahora, que tiene una sola localización, un pequeño bar de barrio, y apenas dos actores principales, el propio Daniel Brühl metido en la piel de una actor hecho un flan por la maldita prueba, con una vida que, aparentemente, está muy tranquila y feliz.
Daniel tropieza con Bruno, o podríamos decir que Bruno hace tropezar a Daniel, sea como fuere, ese enigmático vecino, salido de las sombras, completamente desconocido para Daniel, que no solo le desvelará detalles muy íntimos sobre su vida privada, sino que destapará una existencia llena de mentiras, falsedades y repleta de apariencias. Brühl construye una película llena de giros sorprendentes, llena de suspense y comedia negra, que no deja un instante de tensión e incomodidad a los espectadores, con un ritmo ágil y lleno de conejos en la chistera, todos muy inesperados, sobre todo para el personaje de Daniel que, después de un tiempo de resistencia, acabará poniéndose en las manos de Bruno, porque no le queda otra. Toda esa vida de cristal que se ha montado con su mujer e hijos en plan familia feliz, se derrumbará estrepitosamente. El director alemán-barcelonés que creció en Colonia, mantiene el pulso firme y honesto en toda la trama, sin caer en esos atajos chapuceros y superficiales que caen muchas películas con el mismo marco y tono, aquí todo desprende naturalidad y tensión a partes iguales, todo está sujetado y muy pensado, las idas y venidas de esta montaña rusa particular e íntima se basa en un plan cuidadosamente estudiado de Bruno para agarrar a Daniel y su patética existencia de mentiras y dobles vidas.
La fantástica y claroscura cinematografía de Jens Harant (al que hemos visto en películas como El caso Fritz Bauer y La revolución silenciosa, entre otros muchos trabajos), y el exquisito montaje, esencial en una película de estas características, que firma Marty Schenk. Si el guion es una apabullante pieza de orfebrería, y la parte técnica también brilla, la parte interpretativa tenía que estar a la altura, ya que en un relato con esta atmósfera densa, verbal y de diálogos y replicas y silencios, era todo un desafío encontrar el tono y el aplomo de los actores. Daniel Brül está inconmensurable en el rol de actor ambicioso, nervioso y lleno de inseguridades, que aparenta una vida exitosa o eso se empeña en hacer creer a los demás, destapando el pobre diablo que sabe de su falsa vida peor se ve incapaz de empezar de nuevo. Frente a él, Peter Kurth, un respetado actor de teatro y cine con una larga trayectoria, un viejo conocido con el que ya habían coincidido en algunas películas, metido en la piel de Bruno, el vecino que creció en la RDA, víctima de la gentrificación, y dolido por tantas amarguras de la vida y la reunificación alemana. Ahora, con un solo objetivo, destapar la mierda de su vecino Daniel y su estúpido mundo de cristal.
Brühl y Kurth protagonizan un combate en toda regla, dos personajes aparentemente desconocidos, que a medida que avance la trama nos iremos dando cuenta que no lo son tanto, metidos en un ring sin tregua ni descanso en un tour de forcé memorable e inquietante que recuerda a aquel glorioso de Olivier y Caine en La huella, donde no hay un solo segundo de pausa, solo silencios de los que acojonan que sirven para recuperar fuerzas y seguir al ataque, con esas miradas, que tanto dicen y ocultan, esos diálogos inteligentes, mordaces y directos, y esas increíbles posiciones de fuerza y sometimiento, en las que a veces, uno ataca y el otro, defiende, y viceversa, en una de la grandes bazas de la película, relatada con agilidad, excelencia y dinamismo. Solo nos queda felicitar la experiencia como director de Daniel Brühl, que no parece un debutante, sino un autor que sabe lo que quiere y como lo quiere, que nos cuenta una película cercana, incomodísima y veraz, con una grandiosa fuerza y con una atmósfera rica en matices y detalles, en la que nos va envolviendo en un juego macabro de verdades, mentiras y sobre todo, de identidades, esas que ocultamos a los otros, y lo que es peor, a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Óscar Aibar, director de la película «El sustituto», en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Aibar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pere Ponce, actor de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pere Ponce, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA