LA DESCOMPOSICIÓN DE LA CERTEZA.
“La desilusión nos es más que la desaparición repentina de una certeza”
Maria Aurèlia Capmany
Aunque nos cueste admitirlo, todos estamos rodeados de certezas, creencias irrefutables que, en su mayoría, nunca han sido expuestas a la fragilidad de la incertidumbre, es decir, cuando la vida, sea como fuere, se nos da la vuelta, y todo aquello que creíamos firmemente, deja de tener sentido, y lo que antes era tan sólido y fuerte como una roca, ahora se ha convertido en una brizna de aire. algo parecido le sucede a Claire, la protagonista de El síndrome Rembrandt (en el original “Rembrandt”), la quinta película de Pierre Schoeller (París, Francia, 1961), porque ella, física nuclear, toda la vida dedicada a la seguridad de los reactores EPR, al igual que su marido Yves, con el que mantiene trabajo y amor a partes iguales por dos décadas. Porque, un día, sin más, estando en el National Gallery, Claire se queda petrificada observando tres pinturas del famoso pintor. Claire desconoce la causa, no sabe qué ha ocurrido, pero algo en su interior ya no volverá a ser igual. Ella todavía no lo sabe, pero ese breve instante la sumirá en una especie de trance que le trastoca la vida y de qué manera.

Después de obras tan interesantes como El ejercicio del poder (2011), y Los anónimos (2013), el director parisino firma un guion sumamente novedoso junto a Anne-Louise Trividic, que ha trabajado en cuatro películas con el gran Patrice Chéreau, y de la que vimos recientemente La isla de la Belladona, también distribuida por Vercine que, en un tono muy oscuro y atmosférico propio del thriller psicológico se adentra en el frágil mundo de las certezas, de nuestra propia vulnerabilidad y lo sencillo que resulta el hundimiento de nuestras existencias, trabajos y demás, y como la fuerza de la belleza entra como una exhalación para desubicarse primero y luego, mostrarnos un camino diferente, ajeno a nosotros, o a lo que hemos sido hasta ese momento y por último, como la intuición, en ocasiones, resulta una arma muy reveladora a lo que pretendemos sin saberlo. Y toda esa mezcla funciona para mostrar una mirada poco habitual e interesante sobre los excesos de la sociedad mercantilista y todo lo que produce en nuestro entorno natural, y como la temperatura extrema está cambiando los entornos naturales y las terribles consecuencias que estamos sufriendo todos los habitantes del planeta destruyendo espacios y cambiandolos para siempre.

El director de Un pueblo y su rey (2018), se ha rodeado de grandes técnicos como el cinematógrafo Nicolas Lois, del que conocemos por sus trabajos en dos thrillers muy interesantes como Novembre, de Cédric Jimenez, y Las dos caras de la justicia, de Jeanne Henry, entre otros. Unos planos cercanos y medios construyen una cinta que, en muchos instantes parece una de Hitchcock con ese aroma del mejor cine francés, el que se cuestiona, el que muestra y que reflexiona. La música del polaco Pawel Mykietyn, tan sutil, tan sugerente y tan bella en una gran composición de un gran músico que tiene una filmografía magnífica al lado de nombres como los de Andrew Wajda, Sarunas Bartas, Jerzy Skolimowski, con el que ha hecho 3 trabajos y Malgorzata Szumowska, 4 películas. El sobrio y conciso montaje lo firma Laurent Rouan, que tiene en su filmografía a cineastas como Brigitte Roüan y Dominik Moll, con el que ha hecho sus tres últimas películas. Una edición pausada, sin prisas, sin atajos tramposos ni nada que se le parezca, sino detallando cada instante, eso sí, con dos primeros tercios más interesante que el último, aunque la propuesta era arriesgada y en su conjunto, la cosa se ve bien, resulta muy estimulante y consigue atraparnos en todo este gazpacho que parecía difícil de construir.

Un reparto entre los que destaca la maravillosa y fascinante pareja protagonista que integran Camille Cottin, con una extensa filmografía francesa junto a Klapisch, Honoré, Mouret y Dumont, e internacional con Ridley Scott y Zemeckis, entre otros. Y el otro lado, el del marido atónito y perdido ante la deriva humanista de su mujer que hace el magnífico Roman Duris, todo un gentleman de la interpretación capaz de cualquier personaje por muy extraño que sea como lo atestiguan sus más de 60 títulos. La joven Céleste Brunquell es la hija de ambos, y los hermanos Denis y Bruno Podalydès aportan su talento. Acérquense a ver una película como El síndrome Rembrandt porque no habla de arte pero es muy importante, y tampoco habla de amor pero es esencial, y de lo que sí habla de como las únicas certezas de nuestra existencia son más producto de una ilusión construida que de una solidez abrumadora como pensamos, porque la vida si tiene algo de especial o de sensacional es de todas esas cosas inesperadas, inciertas y sorprendentes que nos hacen replantearnos todo y mucho más, y empezar de cero y de renunciar a todo aquello que éramos y convertimos en otra versión, mucho mejor, mucho más nosotros, en fin, prepárense a cambiar, porque aunque no lo deseen pasará igualmente, y si no que le pregunten a Claire. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA