Un amor de verano, de Catherine Corsini

un_amor_de_verano-cartel-6904_0LIBRES PARA AMAR.

“Me di cuenta de que muchas cosas que hoy doy por hechas se las debo a esas mujeres comprometidas y luchadoras […] es más, las mujeres homosexuales hicieron mucho por la emancipación de la mujer en general”.

Catherine Corsini

La película arranca en plena campiña francesa, allí, conocemos a Delphine, una joven que trabaja en el campo junto a sus padres, y mantiene oculta su condición homosexual. El yugo de la vida en el campo la ahoga, y decide irse a París. Nos encontramos en 1971, en plena efervescencia de los movimientos surgidos a raíz de mayo de 1968. Delphine se tropieza con las feministas en plena calle durante una acción (tocan los traseros de los hombres como protesta) acude a sus reuniones y participa en el activismo para reivindicar los derechos de la mujer, se contagia de su vitalidad e insolencia, de la poderosa energía del grupo, bella y desobediente, en el que discuten y gritan en el paraninfo de la Universidad, rescatan a un amigo homosexual de un psiquiátrico, donde sus padres lo han ingresado debido a su condición, e incluso, tiran carne a un médico abortista, mientras lanzan octavillas y piden lo que se les niega, su derecho a ser mujeres libres, el derecho al aborto y disfrutar de su propio cuerpo. En ese ambiente parisino y de lucha política, Delphine conoce a Carole, maestra de español que vive con Manuel, pero el deseo y la atracción que sienten se desata y la pasión las devora, y se enamoran.

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Catherine Corsini (1956, Dreux, Francia) estructura su cine a través de las relaciones amorosas y homosexuales, dibujando personajes oscuros y sometidos a derivas emocionales de gran calado. En su anterior película, estrenada por estos lares, Partir (2009) se detenía en una burguesa casada, familiar y acomodada que mantenía una relación sexual con un español de oscuro pasado. Ahora, en su décimo título de su filmografía, acota la trama en la primavera y verano del 71, adentrándose en los convulsos años políticos de los 70, y en el movimiento feminista que tanto ayudó a emancipar a las mujeres, junto a su coguionista, Laurette Polmanss han rescatado una época de fuerte liberación del género femenino, sus referentes y fuentes de inspiración fueron Carole Roussopoulos y Delphine Seyrig (cineastas y artistas que hicieron películas feministas, de las que reivindican su figura, no obstante las dos protagonistas adoptan sus nombres), y otras figuras femeninas que, desde otros ámbitos, alzaron la voz sobre la situación discriminatoria de las mujeres, sometidas al yugo patriarcal en una sociedad que las silenciaba y las volvía invisibles.

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Corsini mezcla con naturalidad y sabiduría los contrastes de su propuesta, el bullicio y la libertad de París contra la intemporalidad y el aislamiento del campo, a ritmo de temas rockeros del momento de Janis Joplin, Colette Magny, Joe Dassin, y la música de Grégoire Hetzel, aportando el lirismo que pide en ciertos momentos la película. Dos mujeres que se aman, pero que deberán afrontar sus miedos e inseguridades para ser libres y afrontar su amor sin prejuicios. La cineasta francesa construye un relato bellísimo, vital, de pura energía e intimidad desaforada, sigue a dos almas enamoradas que, no sólo deberán luchas por sus derechos en el ámbito social, sino también en su intimidad, vencer los obstáculos reales e imaginarios que las acosan. La película, a través de una forma transparente, que da protagonismo a los personaes y sus emociones, describe la vida en la granja de forma detallista y realista, componiendo una imágenes bellísimas cargadas de una naturaleza absorbente, sin caer en ningún instante en la imagen edulcorada. La opresión del paisaje rural es evidente, la actitud de asfixia que siente el personaje de Delphine, atada por la enfermedad de su padre, y la mentalidad de su madre, y el miedo a mostrar su identidad homosexual en contraposición con la sensación de libertad de Carol, una mujer que ha vencido sus miedos y contradicciones y ha despertado en ella un mujer diferente, descubriendo un amor lleno de vida y deseo. Una pasión que la ha llevado a vivir en el campo con la persona que ama, dejándolo todo.

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Corsini nos sumerge en la vida rural de forma concisa y libre, desnudándonos los prejuicios, y filmando las escenas sexuales de forma sencilla y honesta, capturando la belleza sexual sin tapujos, mostrando esos cuerpos desnudos entre la hierba amándose libres, mientras las vacas mugen y pastan (con elementos que nos recuerdan a la pintura de Renoir o Manet, y el cine de Renoir o la Agnès Varda de La felicidad), sin olvidar ese ambiente cercado y de apariencias formado a partir de tradiciones ancestrales y conservadoras. El gran trabajo del trío protagonista, que contamina de humanidad y sensibilidad la película, con una maravillosa y lúcida Cécile De France, desnudándose física y emocionalmente, a su lado, Izïa Higelin, su tez morena, carnalidad, y aspecto rudo, componen un interesante contrapunto, y finalmente, Noémie Lvovsky, que interpreta a la madre de Delphine, anclada en una vida rural, de trabajo y supeditación marital. Corsini ha construido una historia de amor bellísima, apasionante y real, con su pasión, sexo, miedos, inseguridades y contradicciones, en un contexto histórico de reivindicaciones, acciones, y política, y sobre todo, impregnado por una lucha que, aunque se hayan conseguido muchos derechos, sigue en plena vigencia, porque hay luchas que continúan, y no sólo las sociales sino también las propias.

Entrevista a Philippe Faucon

Entrevista a Philippe Faucon, director de «Fatima». El encuentro tuvo lugar el martes 31 de mayo de 2016, en el Instituto Francés de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Philippe Faucon, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Francofonia, de Aleksandr Sokúrov

af_cartel_francofonia_web_9962EL ESPACIO HUMANÍSTICO.

“El cine no puede aún pretender ser un arte y, aunque aspire a serlo, todavía está lejos. Algunos pueden fabular, inventar historias sobre su muerte; yo opino, por el contrario, que ni siquiera ha nacido. Le falta todo por aprender, especialmente de la pintura, porque la apuesta principal es pictórica. La elección más importante para el cine sería renunciar a expresar la profundidad, el volumen, nociones que no le conciernen y que incluso revelan impostura: la proyección ocupa siempre una superficie plana, y no pluridimensional. El cine no puede ser sino el arte de lo plano. Este principio me permite, cuando trabajó en una película, permanecer concentrado en uno o dos aspectos, y dedicar a ellos el tiempo necesario”.

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El universo cinematográfico de Aleksandr Sokúrov (1951, Podorvikha, región de Iskutsk, Rusia) se instala en los espacios de la memoria o las relaciones personales, plantea un cine de fuerte cargada poética que penetra en las profundidades de la condición humana, extrayendo las partes más oscuras y complejas del alma de los individuos que filma, a través de experiencias visuales, que nos convocan a ensoñaciones en las que nos envuelven mundos oníricos, en los que la materia desaparece, para convertirse en un estado imperceptible fuera del alcance de nosotros mismos. Planteamientos artísticos desarrollados en su admirable díptico: Madre e hijo (1996) y Padre e hijo (2003), y no menos su aproximación al poder, mediante tres figuras políticas, en una trilogía: Moloch (1999), sobre Hitler, Taurus (2000), sobre Lenin, y cerrada con El sol (2004), en la que se acercaba a Hirohito. El arte siempre ha tenido un valor importante en el imaginario de Sokúrov, en el 2001, en Elegía de un viaje, filmó en gran parte en el museo Bojmans de Rotterdam, en Holanda. Aunque, el precedente más valioso lo encontramos en El arca rusa (2002), mastodóntica y excepcional obra filmada en el Ermitage de San Peterburgo, con la maravilla técnica de haber rodado en un solo plano secuencia de 96 minutos, en la que introduciéndonos en los diversos espacios del museo reflexionaba sobre la historia de Rusia.

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Ahora, se traslada al museo del Louvre, en París, y nos convoca a un instante crucial de la vida del museo, cuando las tropas nazis entraron en la capital parisina aquella primavera de 1940. Sokúrov plantea una película con múltiples capas narrativas y temporales, que no sigue una estructura marcada, sino más bien, se alimenta de procesos más propios de los vaivenes mentales, en las que coexisten varios aspectos de representación cinematográfica: maneja herramientas propias del cine-ensayo de Marker o Huillet/Straub, como la utilización de material de archivo de la época, mezclado con la ficción que representa aquel instante histórico, el encuentro entre Jacques Jaujard (director del Louvre) con el Conde Franziskus Wolff-Metternich, oficial nazi de la ocupación, además, de filmar mediante dron tomas aéreas en las que vemos el París actual con el museo imponente en mitad de la imagen, actuando como símbolo de la memoria de la humanidad que hay que preservar, y completa con imágenes del propio cineasta (que también actúa como narrador omnipresente) en las que lo encontramos encerrado en una habitación trabajando, en las que reflexiona sobre el arte de nuestro tiempo y su representación, mientras intenta comunicarse con un amigo que capitanea un barco que transporta obras de arte, en medio de una tempestad. Excelente y contundente metáfora que funciona como espejo deformante de la importancia de los museos en el contexto de la civilización.

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Recorremos el museo a través de varios personajes, por un lado, los personajes de ficción, el director y oficial nazi, que defendieron a ultranza las obras del museo, algunas trasladadas a lugares seguros antes de la llegada de los invasores, y otro, el invasor, que acabó fulminado de sus funciones por no obedecer las órdenes de incautar y robar las obras para el Tercer Reich. Por otro lado, nos acompañan dos figuras de la historia francesa, Napoleón, el dictador que pretendía dominar el mundo, y también el arte, que con sus delirios de grandeza observa las obras en las que el mismo protagoniza, acompañado de la Marianne, el emblema de Francia, que asombrada por la grandiosidad de las obras que tiene delante, va exclamando, “Liberté, égalité, fraternité”. Un recorrido asombroso por los pliegues y costuras de la historia del siglo XX, capturado por la excelente luz velada y  etérea del cinematógrafo Bruno Delbonnel (que ya trabajó en Fausto con Sokúrov).

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Una película asombrosa, una obra grandiosa y humanista del experimentado cineasta ruso, dotada de argumentos y reflexiones sobre la preservación del arte como forma de resistencia ante una humanidad acuciada y en constante peligro, no estamos ante una película documental, ni de ficción, ni tampoco sobre el museo del Louvre, sino en una película en la prima la experiencia museística como legado humano, en el que nos sumerge en un espacio de pensamiento sobre el arte, sobre la memoria, sobre nuestro pasado, y por definición, nuestro futuro, una película sobre el valor de la humanidad, sobre lo que somos, también sobre aquellas obras que no consiguieron sobrevivir ante los atentados enloquecidos de la humanidad, también, es una obra sobre nuestro acercamiento a la historia, como la política, y sus malvados intereses, han contribuido a la desaparición de ese gran legado humano, esos testimonios mudos e irremplazables del pasado que nos explican el tiempo pasado y presente, y debemos proteger y conservar como patrimonio de la humanidad como medio indispensable para reflexionar sobre nuestros antecesores, lo que somos, y aquello que nos deparará el porvenir.

Mi amor, de Maïwenn

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«L’Âge d’Or es también —y sobre todo— una película de amour fou (amor loco), de un impulso irresistible que, en cualesquiera circunstancias, empuja el uno hacia el otro a un hombre y una mujer que nunca pueden unirse.»

Luis Buñuel

Enamorarse puede ser la emoción más profunda y placentera que existe, aunque también, puede convertirse en todo lo contrario, en una emoción destructora y terrible. La actriz-directora Maïwenn (1976, Les Lilas, Francia) que ha trabajado como actriz bajo las órdenes de directores como Becker, Besson o Lelouch, entre otros, aquí se pone tras las cámaras, en su cuarto título de directora, para contarnos una historia de amour fou, de amor al límite, que arranca de forma pasional y placentera, para derivar en una historia de amor destructivo, neurótico y catártico.

Maïwenn nos conduce por las existencias de una mujer, Tony, abogada, que pasa de los cuarenta, atractiva, pero no guapa, que conoce a Giorgio, que lleva un restaurante con clase, de la misma edad, pasional, alocado, manipulador y actractivo, acostumbrado a una vida desordenada, excesiva y visceral. La bomba del amor, y todo lo que eso conlleva, estalla entre los dos y comienzan una relación al límite, no hay tregua, todo es irracional, sin tiempo, a velocidad de vértigo, se aman, se gritan, y se matan. El tiempo se va fugazmente y el futuro no existe, existe el aquí y ahora, pero de una forma combativa y sin tregua, entre el uno y el otro. Se dejan llevar y viajan a través de un abismo que los mantiene a flote en una cuerda floja que tensan y rompen, que los hunde, pero se levantan, se caen y así van. Se casan y tienen un hijo, y empiezan las disputas de carácter, de relación, de modo de ver las cosas y sobre todo, de manera de vivir. La cámara de Maïween se mueve entre ellos de forma íntima y cercana, pegados a ellos, los escruta, filma sus miradas, sus cuerpos de manera naturalista y honesta, el sexo se vive de forma contundente y verdadera, no hay ningún truco, la cámara los acaricia y seduce, respira a su ritmo, escucha sus respiraciones, huele lo que desprenden, y todo aquello que ronda a su alrededor, amigos, familia, trabajos, y lugares por donde transitan su relación oscura, terrorífica y demoledora.

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La directora francesa opta por el punto de vista de ella para contarnos la historia. Arranca desde el presente, cuando Tony ha sufrido un accidente, se ha roto la pierna y se encuentra en un centro de rehabilitación recuperándose. Tony nos cuenta la historia, a modo de flashback, de esos diez años con Giorgio, cómo se conocieron, se enamoraron y compartieron su vida. La película viaja de un tiempo a otro, sin vacilar, con energía y fortaleza, mostrando la fragilidad del amor, de nuestros sentimientos y las relaciones que mantenemos con los demás, los instantes de felicidad y tristeza, los altibajos que sentimos, todos esos momentos mezclados, fusionados, difíciles de llevar, que nos hacen sentir vivos, pero también nos hacen sufrir, espacios donde no existe el equilibrio, todo es blanco o negro, y nosotros yendo de una emoción a otro, la que nos hace vibrar o nos ahoga, la que amamos o nos acojona, la que mataríamos por ella, y la que nos mata. Maïwenn ha hecho una película brutal, llena de vida, y tremendamente visceral, de un amor duro y en ocasiones violento, de ese amor que te engancha y trastorna, que no te deja aire para respirar, que te asfixia, pero no puedes dejarlo, no sabes porque, pero no puedes, sigues en el cómo si te fuese la vida en ello, no lo entiendes, pero sigues. Una pareja protagonista en estado de gracia, que interpretan unos personajes devoradores y apisonadores, Vincent Cassel, al que amamos pero también detestamos, por su forma de vivir y relacionarse, y ella, Emmanuelle Bercot, interpretación que le valió la Palma de Oro en Cannes, se lanza al vacío con este personaje que lucha, grita de dolor, llora de rabia, pero ama con locura y vive agitada por el viento, el aroma de la pasión, pero también conoce lo oscuro de amar y todas sus consecuencias.

Una nueva amiga, de François Ozon

Une_nouvelle_amie-François_Ozon-CartelJUEGO DE IDENTIDADES

En el cine de François Ozon (París, 1967) hay dos elementos que emergen de forma continuada y se han convertido en características fundamentales de su mirada. Una, son las transgresiones a nivel de género, donde viaja aleatoriamente de la comedia, al drama o incluso el policíaco, otro de sus rasgos se identifica con unos personajes en permanente búsqueda, donde la sexualidad y su identidad serían el punto de cohesión en todas sus obras. En esta ocasión, se ha inspirado en la novela Su nueva amiga, de Ruth Rendell (1930-2015) fallecida recientemente, como hicieran en su día dos cineastas de los que el cine de Ozon bebe mucho, Claude Chabrol (en La ceremonia, de 1995, y en La dama de honor, de 2004), y Pedro Almodóvar (en Carne Trémula, de 1997).

La trama es sencilla, nos cuenta que después del fallecimiento de Laura, su marido David, recupera su afición de disfrazarse de mujer para así criar con más naturalidad a su hija, secreto que acabará desvelando a Claire, íntima amiga de su mujer. Bajo estas líneas argumentales, que en un primer momento podría resultar ridícula, Ozon teje un fascinante ejercicio sobre la identidad sexual, una excelente trama con todo tipo de situaciones donde los personajes se enfrentan a sí mismos y a sus verdaderos deseos ocultos, donde cada uno de ellos se descubrirá a sí mismo, y encontrará la verdadera identidad que oculta y rechaza. Un relato que contiene todo tipo de elementos, desde el costumbrismo de una clase social alta que vive alejada del mundanal ruido, en esas casas de calles limpias e interminables, los sofisticados club de tenis, los lugares de trabajo en el centro, y las segundas residencias, igualmente apartadas. Un mundo donde los personajes se mueven entre las apariencias, entre vidas acomodadas, pero no cómodas, donde tienen que ocultar sus verdaderos yo y vivir otra vida.

Una cinta donde se juega constantemente con los géneros, desde la comedia trans alocada creando situaciones llenas de humor que rayan el ridículo, donde Fassbinder (que Ozon ya llevó en el año 2000 un guión suyo al cine, Gotas de agua sobre piedras calientes) y Almodóvar, serían sus fuentes inspiradoras, el ambiente burgués que coquetea con el policíaco de Chabrol. Una cinta que vuelve a otro de los temas que marcan la cinematografía de Ozon, esa inmersión a la sexualidad en la adolescencia, en el que la aniñada imagen de Anaïs Demoustier actuaría en ese rol. Una película que explora las pulsiones de las identidades de una forma elegante y cómica, donde nada es lo que parece, y donde el buen hacer de la pareja protagonista, donde Romain Duris resulta muy creíble tanto de David como de su alter ego Virginia, con tacones y a lo loco.

Le Havre, de Aki Kaurismäki

le_havre_297x420EL HUMANISMO COMO RESISTENCIA

“La fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social”

GUSTAVE FLAUBERT

 Para hablar de Le Havre, no podía empezar de otra manera que citando a uno de los más insignes escritores franceses, porque la película de Kaurismäki, amén de otras cuestiones que plantearemos en esa crítica, es un homenaje a la cultura francesa, de la que el cineasta finés es un amante incuestionable. La cinta está llena de múltiples referencias y homenajes que van desde el cine y el realismo poético de los años treinta y cuarenta –Jean Renoir, Marcel Carné, Jacques Becker, Jacques Prevért, Jean-Pierre Melville, pasando por la austeridad y el fuera de campo de Robert Bresson y el humor socarrón del gran Jacques Tati; por otras apropiaciones cinematográficas, como son el plano, el fuera de campo y los colores de Jasujiro Ozu; por esos curas hablando mientras les lustran sus zapatos, que podrían haber sido filmados por Luis Buñuel,; por las obras-milagro de Cesare Zavattini y Vittorio de Sica o el humor de Chaplin o Keaton…- hasta la pintura y Monet, como se ha hace llamar uno de los personajes.

Kaurismäki recupera el personaje de Marcel Marx (clara alusión al filósofo padre-fundador del socialismo), del que ya dio buena cuenta en la extraordinario La vida de bohemia (La vie de bohème, 1992), aquel escritor que no lograba triunfar en un Páris en blanco y negro y que invertía en las primeras ediciones de Balzaz los pocos francos que disponía. Veinte años, después, volvemos a cruzarnos con la vida de este humilde pero valeroso hombre. Ahora se ha convertido en limpiabotas y vive en una ciudad porteña, junto a su mujer enferma, en un barrio humilde de gentes corrientes. Le Havre, es una película de resistencia, una cinta a contracorriente, un cuento de hadas, donde la solidaridad y la fraternidad de sus personajes nos conmueven, hacen que nos miremos en este espejo de deformidades en que se ha convertido el estado del “bienestar” europeo. Una película necesaria, un grito de ilusión y de esperanza frente al desaliento y pesimismo que nos aniquila diariamente debido a las noticias económicas que nos llegan del capitalismo infernal de los señores de Europa. Kaurismäki ha hecho una película social, pero no al uso, como podrían ser las de Ken Loach o los hermanos Dardenne; el cine social del finés es otra cosa, está bañado de un humor cínico y grotesco, a veces de puro surrealismo, pero es un cine rosselliniano, un cine que cree en los seres humanos; que cree que dentro de esta barbarie que es la sociedad imperante, siempre quedan fisuras a las que uno puede agarrarse para no dejar de ser lo que es: un ser humano que desea vivir en paz consigo mismo y con el mundo.

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Kaurismäki nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, donde todavía podemos salvarnos en medio de esta sinrazón en la que vivimos. Se ha esforzado en ofrecernos optimismo, en alentarnos en creer que, aunque parezca que no, todavía es posible ser y vivir de otra manera. El cineasta finés es uno de los humanistas de nuestro tiempo, un hombre que a través de su obra nos muestra unos personajes que a simple vista no tienen nada, pero que en realidad tienen mucho más que los que todos nosotros podríamos llegar a imaginar. Tal y como lo plantea el crítico Sergi Sánchez: “La desdramatización se transforma en cómica estilización, y hace que el mundo se represente a sí mismo con sus mejores trajes, los de la nobleza y humildad. Por eso los últimos planos de  Le Havre, que ilustran el milagro de una resurrección, consiguen ser trascendentes sin pretenderlo: porque la vida es una ramo de violetas, una cama felizmente vacía, un cerezo en flor, un abrazo robado a la imaginación”.

Kaurismäki habla de uno de los problemas más tremendos y lamentables que asolan la vieja Europa: la inmigración; de seres desposeídos y hambrientos que se lanzan a una aventura, a veces mortal, para conseguir ser uno más en esa Europa del todo vale. Pero, gracias a su habilidad cinematográfica, el cineasta huye del panfleto, mira cara a cara esos personajes y no se plantea cuestiones de otra índole. Sólo se centra en los seres humanos y sus quehaceres diarios, como el policía que investiga al chico negro que ha huido, un personaje con muchas similitudes a aquel prefecto francés que interpretaba Claude Raines, en la inolvidable Casablanca, otra cinta que abogaba por la resistencia frente a la barbarie. Kaurismäki huye de la autoridad: no vemos la autoridad del agente, al que nos muestra fuera de campo; y de lo moderno: Marx no tiene televisión. El vecino delator utiliza el móvil para denunciar al chico negro –otro evocador homenaje, ya que es el actor Jean Pierre Léaud, el niño de Los 400 golpes, de Truffaut, quien lo interpreta, en un guiño del propio Kaurismäki, preguntándose qué fue de la vida de aquel muchacho-. El cineasta nos habla de humanidad, de seres anodinos, de desplazados, de bares corrientes que se encuentran a la vuelta de cualquier esquina, donde van las personas corrientes.

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Quisiera acabar deseándoles una buena sesión de cinematógrafo, como se decía antes, y citando las palabras del propio Kaurismäki: “No nos engañemos, la realidad no es así y dudo de que el mundo mejore con el tipo de humanidad que tenemos, pero esto es una película”.

Entrevista a Jean-Charles Hue

Entrevista a Jean-Charles Hue, director de “Clan salvaje». El encuentro tuvo lugar el Jueves 16 de abril en Barcelona, en el hall del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Charles Hue, por su tiempo y sabiduría, a Diana Santamaría, de Capricci Cine, por su generosidad y paciencia, y que amablemente tomó la fotografía que encabeza la publicación, y al equipo del Cine Zumzeig, por su trabajo, complicidad y lo estupendamente bien que me tratan cada vez que los visito.

La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

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Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.

 

Joven y bonita, de François Ozon

Joven_y_bonita-Jeune_et_jolie-CartelEl despertar sexual de Isabelle

Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Joven y bonita (Jeune & jolie, 2013), de François Ozon. La cámara del cineasta francés tiene especial debilidad por su mirada a la adolescencia. El difícil tránsito que nos lleva de la infancia hacía la etapa de la madurez juega un papel fundamental en el cine de Ozon. En todas sus películas se desarrollan argumentos de la complicada relación entre adolescentes y adultos Y los problemas que acarrean esas relaciones. Su anterior película, En la casa (Dans la maison, 2012), -basada en el texto teatral de Juan Mayorga y galardonada con la Concha de Oro- estaba ambientada en un Instituto y planteaba la compleja relación que mantenían un profesor y uno de sus alumnos más aventajados, a través de un juego epistolar donde se destapaban los miedos y los anhelos ocultos.  Joven y bonita se desarrolla en el seno familiar y la historia que cuenta es sumamente sencilla. Isabelle, una joven de 17 años descubre el sexo un verano con un alemán que pasaba por allí. A partir de ese instante, la chica vivirá una doble vida, por las mañanas es una estudiante y el resto del tiempo se convierte en una prostituta de lujo. Ozon plantea su película a través de las estaciones, arranca en verano con un breve prólogo, para pasar luego a otoño, invierno y deja la primavera para resolver el conflicto. Isabelle es de familia acomodada, así que no se prostituye por dinero, de hecho todo lo que saca, lo guarda celosamente en un rincón de su armario. No conocemos sus razones, Ozon tampoco nos las cuenta. Isabelle le gusta el sexo y encuentra una manera de practicarlo con hombres maduros que la puedan guiar en su camino hacía el deseo y el placer. Ozon conoce los sutiles mecanismos para adentrarnos en su planteamiento. Los espectadores nos vemos sumergidos en un terreno que a ratos es muy inquietante, y en otros juega con su habitual humor cínico e irónico. Estaríamos frente a una película que nos acomete moralmente, para dibujar un discurso sobre la tesitura de unos progenitores que se enfrentan a su hija que disfruta de su cuerpo a través de un sexo sin complejos y ataduras. Isabelle vendría a ser una alumna aventajada de Sévérine, la bellísima y frígida aburguesada que retrató magníficamente la mirada de Luis Buñuel en Belle de jour (1967). Aunque las dos películas plantean historias parecidas, sus caminos toman direcciones opuestas. La película de Don Luís es más cínica y sobretodo, más perturbadora. Comparten eso si, la detallada descripción que hacen de una burguesía acomplejada y vacía. Marine Vacht, la actriz protagonista, se suma a otras jóvenes como  Joe, -interpretada por Stacy Martin- la heroína de Nymphomniac (2013), de Lars von Trier. Adolescentes que encuentran en el sexo un manera de liberación, que se aleja de los postulados de la sociedad. Isabelle es un espíritu libre que choca frontalmente con una sociedad hipócrita, que se encuentra más pendiente de la apariencia y  lo correcto que de dar rienda suelta a lo que siente.