La maniobra de la tortuga, de Juan Miguel del Castillo

EL DOLOR DE UN HOMBRE.

“Las personas que viven solas siempre tienen algo en su mente que estarían dispuestos a compartir”

Antón Chéjov

En los setenta, el nuevo cine estadounidense recuperó los policíacos clásicos y los actualizó, descontaminándolos de tanta aura romántica, situando a sus héroes a ras de suelo, convirtiéndolos en antihéroes, en tipos vulnerables, y sobre todo, muy humanos. Ahí tenemos al Marlowe que interpretaba magistralmente Elliott Gould en El largo adiós (1973), de Robert Altman, el fantástico Serpico de Al Pacino en la película homónima de 1973, o el Harry Moseby al que daba vida Gene Hackman en La noche se mueve (1975), de Arthur Penn. Todos ellos se movían por la periferia, entre las ruinas y la decadencia de una sociedad sin futuro y ensimismado en el capitalismo más feroz. El inspector o lo que queda de él Manuel Bianquetti, no estaría muy lejos de los investigadores citados, porque anda muy perdido, roto por un dolor que no acaba de matar, y dispuesto a todo porque ya no le queda nada  a que agarrarse. Si algo caracteriza a tipos de esta especie es la mala suerte, una especie de fatalismo que les persigue sin descanso, aunque la vida y su astucia, les dará una nueva ruta con la que podrán redimirse.

Después de la interesante y demoledora Techo y comida (2015), Juan Miguel del Castillo (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1975), ha encontrado en la novela “La maniobra de la tortuga”, de Benito Olmo, la inspiración para su segundo largometraje, con un guion escrito junto a José Rodríguez, que ya estuvo en Adiós (2019), de Paco Cabezas, que junto a La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez, dos de los noir andaluces más impactantes de los últimos años. Sin alejarse demasiado de los barrios obreros de Cádiz, y adentrándose en otras zonas de la tacita de plata, esos lugares sin nombre, donde abundan las malas gentes, y las zonas abandonadas y oscuras. Todo arranca con el mencionado inspector atrapado en un Cádiz del que quiere irse, pero su superior se lo impide, él sigue obsesionado con el asesinato de su hija hace años y del trauma por haberse cargado a un inocente. El tiempo le devuelve al dolor o quizás, una nueva oportunidad para espiar sus fantasmas, porque una chica ha sido asesinada, y él por su cuenta empezará a investigar.

Del Castillo consigue un relato muy noir, peor muy actual y cercano, creando ese Cádiz como si una isla se tratase, una isla donde náufragos como el protagonista intentan salir de allí sin dolor y sin miedo. Con una atmósfera extraordinaria, con el gran trabajo de arte de Vanesa de la Haza, que ya estuvo en los equipos de La peste y La isla mínima, ambas de Alberto Rodríguez, un espectacular trabajo de cinematografía de Gina Ferrer, que sigue brillando después de Panteres, de Erika Sánchez y Tros, de Pau Calpe, con esa mezcla de día y noche, con ese sol cegador y esos neones nocturnos que nos recuerdan al Doyle de Wong Kar-Wai. El exquisito y ágil montaje de Manuel Terceño, que ha trabajado en La peste, y en la interesante Parking, de Tudor Giurgio, otro relato de segundas oportunidades, que consigue un ritmo cadencioso e intenso en sus ciento y tres minutos de metraje. La trama bien llevada y trabajada, nos lleva de la mano del inspector protagonista por los arrabales de Cádiz, por todos esos espacios donde suceden las cosas malas, y lo hace con honestidad y sin piruetas argumentales, sino con un estilo marcado clásico y actual, donde vemos el peculiar via crucis de alguien que se equivocó y no logra tirar pa’lante.

La aparición de la vecina, una mujer que intenta vivir con el recuerdo de un marido maltratador que la sigue acosando por teléfono, añade un aliciente más a una película que no deja indiferente, que tiene mucho cine, que nos asfixia con sus personajes atrayentes, sus lugares no lugares, y sobre todo, con su exploración a las partes más oscuras de la condición humana y la complejidad y vulnerabilidad de los seres humanos. Una película de estas características que habla y profundiza en la negritud del alma humana, necesita tener un reparto bien conjuntado y lleno de matices y detalles. Encontramos a Ignacio Mateos, Gerardo de Pablos y una espectacular Mona Martínez, que ya nos helaba la sangre como una matriarca gitana de armas tomar en la citada Adiós, y la pareja protagonista, una Natalia de Molina que deja a la madre angustiada y solitaria de Techo y comida, para meterse en la piel de una joven, también sola, y amargada por la presencia/ausencia de un ahombre que la machaca en todos los sentidos.

Mención aparte tiene la presencia de Fred Tatien, un actor desconocido para quién escribe, que había visto de pasada en La próxima piel (2016), de Isa Campo e Isaki lacuesta, y La enfermedad del domingo (2018), de Ramón Salazar, en un rol magnífico, siendo la mejor baza de la película, convirtiéndose en el alma y en la piel de la trama, interpretando o mejor dicho, arrastrando el grandioso cuerpo, dos metros de estatura, y la mirada rota y triste de alguien que lo ha perdido todo y ya no puede más, o quizás, solo puede un poco más, y ve en el asesinato de la joven, un reflejo de su hija y la oportunidad de volver a intentarlo una vez más, quizás la última vez, moviéndose por los lugares más oscuros y malvados de la sociedad, haciendo el trabajo sucio y maloliente que no hacen los que fueron sus compañeros. Manuel es un proscrito, un desterrado, alguien que cumple la peor de las condenas, la de querer a una hija muerta, la de alguien que se quedó en el pasado y el presente lo mata cada día, uno de esos tipos fuertes físicamente y destrozado anímicamente, con esa mirada que duele por todo lo que oculta. Del Castillo ha construido una extraordinaria película, con su tempo y un cuadro que no se olvida, colocando otra gran piedra para que el noir andaluz siga dándonos muchas alegrías y siga escarbando en eso que muchos no quieren hablar pero está ahí y muy presente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Fe y libertad, un amor de clausura, de Ivana Marinic Kragic

MONJAS ENAMORADAS.

“Si nos amamos, será más fácil mantener el voto de castidad”

Hace poco veíamos en las pantallas la película Benedetta, de Paul Verhoeven, que relataba los amores lésbicos de las protagonistas en un convento del siglo XVII, y no era la primera vez que el cine ha retratado a dos monjas enamoradas, porque películas de diferente índole, podemos encontrar y muy variadas. En Fe y libertad, un amor de clausura, de Ivana Marinic Kragic (Split, Croacia, 1984), también nos habla de un amor entre dos monjas llamadas Marita y Fani.. Un amor contado en primera persona por las protagonistas. La directora croata con amplia experiencia en el campo documental, como directora de cortometrajes, productora, amén de aprender el oficio al lado de nombres tan ilustres como los de Gabriele Salvatores y Rajko Grlic, entre otros, debuta en el largometraje con un retrato profundamente personal y sincero sobre dos mujeres que se conocieron siendo monjas y el destino hizo que se amarán.

La cineasta croata compone una película extremadamente sencilla y directa, porque nos cuenta su relato a través de dos caminos. En el primero, vemos y escuchamos a las verdaderas protagonistas de la historia que nos van contando con su voz todo el relato. En el segundo, esas voces testimoniales de las dos protagonistas, viene acompañada de una ficción contada mediante fotografías, a modo de las olvidadas foto-novelas tan populares en otro tiempo, donde dos actrices dan vida a las protagonistas y escenifican la vida cotidiana como monjas, su encuentro y su amor. Con un guion que firman la propia directora e Ivana Vukovic, en la que también se opta por el archivo personal de cada una de ellas, con el que se hace un recorrido por sus infancias y el descubrimiento de su sexualidad y lesbianismo, sus conflictos personales y sociales, en una sociedad la croata extremadamente conservadora y toparse con la iglesia, igual de castradora con los sentimientos lésbicos, nos van contando sus miedos, sus contradicciones, sus luchas interiores, y demás conflictos que van sorteando y padeciendo, sus relaciones lésbicas en el convento, sus alegrías y tristezas.

La película aborda con suma delicadeza y sensibilidad el tema que tiene entre manos, y se sumerge de un modo honesto y muy profundo, las elecciones personajes enfrentadas a un mundo, ya sea el católico o el civil, que no acepta lo diferente e intenta por todos los medios castrarlo y eliminarlo. La película se centra en lo importante y nunca se deja llevar por lo superfluo o lo bello estéticamente, sino que acoge con fuerza su relato y va llevándonos desde el documento personal y la ficción retratada de la mejor manera posible, y sin subterfugios que nos desvíen de la trama principal, eso ayuda su relato breve, apenas si llega a los setenta y un minutos de metraje, con un montaje ágil y rítmico que firma Ivor Sonje, con mucha experiencia en el documental, que nos lleva por varios años de la vida de los protagonistas, con un tremendo trabajo de concisión tanto en su entramado documental como ficcional, donde las actrices brillan de manera sobresaliente. Fe y libertad, un amor de clausura, también nos habla de la doble moral, tanto de la sociedad croata y de cualquier sociedad que trata de luchar por la libertad y se olvida fácilmente de su significado, y sobre todo, de la hipocresía existente en la iglesia, porque abogan por la fraternidad y el amor, pero cuando el amor es diferente y diverso, lo niegan y lo persiguen.

Marita y Fani son dos mujeres que creían que el amor a Dios y la vida en el convento como monjas las salvaría de unas vidas difíciles. La de Marita lastrada por la guerra de los Balcanes, con una familia rota y una madre superada, ella creía haber encontrado en su vocación una forma de encontrar la paz y vivir en armonía junto a Dios y las otras hermanas. Y en el caso de Fani, una infancia dolorosa con un padre borracho y maltratador, creía haber encontrado en su vocación como monja una forma de penitencia por ser lesbiana y que Dios perdonase su pecado. Marita y Fani encontraron lago infinitamente mejor de lo andaban buscando, encontraron el amor, un amor puro, de verdad, sin cárceles, aceptadas por los suyos, y una vida en común y en libertad, sin los ojos de Dios observándolas y sobre todo, juzgándolas. Ivana Marinic Kragic nos cuenta su historia sin sentimentalismos ni tragedias, y en su vidas las hay y muchas, pero la cineasta croata opta por el amor, tanto en su forma como en su fondo, y sobre todo, en contar desde lo humano, desde la elección personal de enfrentarse a todos y todo, y primero a una misma, y derribar todas las barreras habidas y por haber, tanto las físicas como las emocionales, para vivir una vida como se quiere y sin miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis Hostalot

Entrevista a Luis Hostalot, actor de la película «Culpa», de Ibon Cormenzana, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Hostalot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mark Cousins

Entrevista a Mark Cousins, director de la película «Jeremy Thomas, una vida de cine», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Cousins, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, actriz y director de la película «Culpa», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jorge Pardo

Entrevista a Jorge Pardo, protagonista de la película «Trance», de Emilio Belmonte, en el marco del In-Edit Festival Internacional de Cine Documental Musical, en el Hotel Regina en Barcelona, el sábado 30 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jorge Pardo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Emilio Belmonte

Entrevista a Emilio Belmonte, director de la película «Trance», en el marco del In-Edit Festival Internacional de Cine Documental Musical, en el Hotel Regina en Barcelona, el sábado 30 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Emilio Belmonte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, codirectora de la película «Transoceánicas», en el marco del D’A Film Festival, en La Ikastola de Gràcia en Barcelona, el miércoles 12 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Serrana Torres, coproductora de la película, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Trance, de Emilio Belmonte

EL ESPÍRITU DE LA MÚSICA. 

“Cuando uno empieza a tocar, a hacer música, a emitir sonidos… El primer objetivo, claro, no es ni la popularidad, ni vender entradas, ni ganar dinero con ello, supongo. Es más el adentrarte en ese mundo mágico de lo intangible, de lo que no es material, de lo que te trasciende. Los primeros músicos seguramente eran sanadores, de hecho hay muchos músicos que siguen ejerciendo de eso, quizás, todos lo hacemos. Cuando la gente se emociona, de alguna manera, está sanando su espíritu, su alma. Lo que pasa es que todo eso se ha borrado y se ha vendido más como ese mundo del espectáculo, en el cual, pues… ya todo es mesurable, entonces uno gana más dinero que el otro, el otro es más popular. Esa vorágine del mundo del espectáculo muchas veces oculta esa primera semilla de la música que no tiene mucho que ver con eso. Tiene más que ver con nuestro espíritu”.

Jorge Pardo

Por mucho que pretendamos, inútilmente, ser dueños de nuestro destino, la cosa va por otro lado. Porque somos presos de las circunstancias y los encuentros accidentales dominan nuestras existencias. El músico Jorge Pardo (Madrid, 1956), que tenía en el jazz su camino, se tropezó a finales de los setenta en un estudio con el guitarrista de flamenco Paco de Lucía, y ahí cambió todo para él. Porque de aquel encuentro casual, nació una colaboración que se mantuvo durante veinte años viajando por todo el mundo. El famosísimo sextete de Paco de Lucía llegó para cambiarlo todo, el flamenco entró en la fusión, son los tiempos del disco “Leyenda del tiempo”, de Camarón, y Triana y demás. La flauta de Pardo se puso al servicio del flamenco y todos disfrutamos del nuevo sonido, de la nueva mezcla y de una nueva mirada que lo revolucionó todo y a todos. Jorge Pardo sigue de ruta, con veinte discos editados, sigue en la fusión, en la búsqueda, tanto con su flauta como con su saxo, investigando y profundizando a través de la música, de sus múltiples caminos, reflejos y estados, siempre invocando el espíritu de la música.

El cineasta Emilio Belmonte (Almería, 1974), lleva más de veinte años instalado en París, y desde el 2017 con Impulso, sobre el arte de la bailaora Rocío Molina, ha empezado el proyecto “La piedra y el centro”, una trilogía documental sobre el flamenco del siglo XXI, en el que ahora llega su segunda entrega dedicada al maestro, trovador y genio Jorge Pardo con Trance. Durante dos años, la película sigue a este singular y gran tipo que es Pardo, lo vemos de aquí para allá, por varios lugares de Andalucía, ya sea por las playas almerienses, los encuentros de Cádiz, incluso por las tres mil viviendas de Sevilla, por festivales de jazz en Francia, en locales de Madrid, en conciertos por la India, en estudios de grabación de New York, y tomando unos boquerones en el bar. Lo vemos junto a amigos y músicos de viaje como el guitarrista Niño Josele, el pianista de jazz Chick Corea, el cantaor Israel Fernández, Pepe Habichuela, Diego Carrasco, el arpista Edmar Castañeda, el violinista indio Ambi Subramaniam, y demás músicos, cantaores y bailaores, que forman parte del universo flamenco y jazzístico por el que se mueve un tipo integro, honesto y sabio que sigue en la brecha defendiendo su música y su arte, muy alejado del oropel y neón de la industria, luchando incansablemente por seguir en el camino, a pesar de las dificultades y el ostracismo de una maquinaria económica a la que no le interesa la música y mucho menos el arte.

La impecable plasticidad de la película, su maravillosa mezcla de alboroto y calma, como es el flamenco y la música, y la sabiduría de Pardo, consiguen un inteligente y emocionante documento que no solo gustará a los amantes del flamenco y el jazz y la fusión, sino a todos aquellos que se detengan a escuchar, porque Trance va más allá del mero espectáculo de un músico virtuoso, que también hay, pero desde otro punto de vista, más humanista y honesto, aquí hay luces y algunas sombras, porque todo no es Jauja, también hay polvo y sangre. La película hace un magnífico y profundo retrato de Jorge Pardo, sin sentimentalismos ni condescendencias, sino auténtico, sin gustarse ni nada parecido, sino planteando una road movie de carretera, de aviones y de automóviles, una película de carretera con el aroma de Paul Bowles, donde el viajero es todo, y el viaje es lo de menos, donde todo lo que se experimenta es solo un camino y una experiencia más, dentro de un recorrido vital, porque el viaje es físico y sobre todo, emocional, porque el viaje no solo nos hace movernos de un lugar a otro, sino nos tiende puentes con los otros, con los demás, con sus formas de pensar, de sentir, de creer, de ser, y sobre todo, a nosotros mismos.

Jorge Pardo se abre en canal, mostrando su vida y sus vidas, todas las vividas, las que vive y las que vivirá, y lo hace desde la sinceridad del tipo calmado, del tipo sin prisas, del tipo que sabe que las dificultades de la vida hay que enfrentarlas con decisión, con coraje y con amor, alguien que tiene ironía, inteligencia y sencillez, alguien que sabe que la vida siempre es a cara de perro, porque quien quiere algo que nace desde dentro, siempre se tiene que bregar en cualquier sitio y con cualquiera. Trance de Emilio Belmonte con Jorge Pardo es un viaje por un músico y por su música, tanto la que hace como la que escucha, un viaje por todos sus compañeros, porque a través de ellos conocemos más a Pardo y todo su entorno, el que vemos y el que no, y todo magníficamente estructurado con ese objetivo del concierto en Madrid con sus amigos en el horizonte, con esa mezcla de vida y música que respira la película. Una película enorme, tangible e íntima, que nos lleva por sus ciento cuatro minutos de forma ágil, rítmica y maravillosa, sintiendo la música, el arte y la vida, porque como menciona Pardo la vida y la música es un todo, es la razón para seguir, es todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA