Entrevista a Luis E. Parés

Entrevista a Luis E. Parés, director de la película «La primera mirada. Historia de una escuela de cine», en el Parque de la España Industrial en Barcelona, el miércoles 19 de junio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis E. Parés, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La primera mirada. Historia de una escuela de cine, de Luis E. Parés

LOS JÓVENES QUE QUERÍAN HACER CINE. 

“Nos dijeron que no mirásemos atrás porque sólo encontraríamos ruinas tristes de una España gris. Pero, no era verdad. Si miramos detenidamente, de entre las sombras, surgen otras imágenes, las de unos jóvenes que querían contar el dolor de un país. Los estudiantes de una escuela de cine, creadores sin medios, pero sin miedo. Con ellos nacía una mirada cómplice. Una mirada dispuesta a ver las cosas por primera vez”. 

Todos aquellos que amamos el cine español sabemos del IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), aunque muy pocos hemos visto alguna de las prácticas allí realizadas. Una cuestión que dice mucho del poco valor institucional que se le ha dado al patrimonio cinematográfico. Algunas pocas de esas imágenes ya habían visto la luz en De Salamanca a ninguna parte (2002), de Chema de la Peña, un valioso documento centrado en las famosas conversaciones y en el Nuevo Cine Español, en el que se le daba voz a sus protagonistas. La película La primera mirada. Historia de una escuela de cine, de Luis E. Parés (Madrid, 1982), es todo un acontecimiento en el Cine Español, porque no es sólo es la primera vez que se bucea en los archivos de Filmoteca Española, sino que se sitúa en el epicentro de lo que significó el IIEC, mostrando las valiosísimas imágenes de aquellas prácticas de los nombres que revolucionaron el lenguaje y la mirada del cine de aquí. 

El recorrido cinematográfico de Parés viene de lejos: programador de Filmoteca, Cinemateca Madrid, Festival de Sevilla e inventor del programa de televisión “Historia de Nuestro Cine”, agitador, activista e historiador del Cine Español, amén de director de siete cortometrajes, entre los que se encuentran Los conspiradores (2023) y El espectro político (2024). Con todo este bagaje era la persona más que idónea para acometer una película de estas características, tan insólita como necesaria. El encargo le vino de Mario Madueño, productor de Pantalla Partida, y el bueno de Luis se sumergió en el archivo, visionando los más de medio centenar de trabajos conservados y con la ayuda de Luis Deltell y José M. Carrasco elaboraron un guion que repasa concienzudamente las peculiaridades de cada práctica, sino que se sumerge en sus características, tanto a nivel de contexto político, cultural, económico y social, mediante las voces de dos intérpretes como Aitana Sánchez-Gijón y Pedro Casablanc. Una amalgama de información que aborda sus primeros años, los que van de 1947 a 1962, bien estructurada y mejor administrada, tanto crítica como artística que da buena cuenta del valor incalculable de estas películas almacenadas tanto tiempo sin que nadie les diera luz y mucho menos, la visibilidad y su posición fundamental en la Historia del Cine Español. 

Vemos secuencias de los primeros trabajos de grandes nombres como Berlanga, Bardem, que se conocieron en la cola de las pruebas de acceso, Julio Diamante, Carlos Saura, Jesús Franco, Luis Ciges, Eugenio Martín, Javier Aguirre, Basilio Martín Patino, José Luis Borau, Antonio Mercero, Joaquím Jordà, Helena Lumbreras, Víctor Erice y Francisco Regueiro, y otros menos desconocidos como José Gutiérrez Maesso, José Maria Zabalza, Manuela González-Haba, Sergio Ferrer de María, Héctor Sevillano, y muchos más. Películas de índole académico que ya nos informan de todo el arsenal de unos jóvenes que encontraron en el IIEC una isla de libertad en la que podían abordar los temas sociales y políticos que se les negaba a los profesionales. Miradas de estudiantes que hablaban de un país en dictadura dominado por la moral religiosa, la represión sexual y la pobreza y miseria de sus habitantes, en unas prácticas donde no existía la temida y malvada censura. Una escuela que fue un espacio de ideas, amistad, libertad y sobre todo, de cine, de lo cinematográfico, donde se discutía y se compartía cine, títulos, y demás cuestiones del séptimo arte. Jóvenes que querían hablar de la realidad, a través de la verdad de sus prácticas/películas, donde la única frontera era la imaginación, sin importar los pocos medios que disponían, porque se las ingeniaban para hacer un cine crítico sobre la realidad sucia y gris del país. 

Una película que tiene un contenido muy trabajado, lleno de detalles e información concisa y muy directa, explorando cada encuadre, fotograma y mirada de las diferentes películas. Un excelente trabajo de found footage donde el archivo adquiere su valor histórico y cinematográfico, a partir de un concienzudo y rítmico montaje que firma Vanessa Marimbet, que ha trabajado en documentales como Flamenco, Flamenco y Las paredes hablan, ambas de Carlos Saura, y ficciones como El plan, y El buen patrón, entre otras, y la excelente y detallista música de Bruno Dozza, que resignifica cada encuadre, cada gesto y cada mirada en una composición que explica y conmueve. Una película que habla de cine con el cine, olvidándose de los testimonios que existen de archivo, porque la película de Parés quiere mostrar lo invisible, desenterrar de las catacumbas del archivo de la Filmoteca, todo este material tan valioso como olvidado, y dotar de visibilidad, acceso y contextualizarlas en el Cine Español de antes y de ahora, estableciendo los puentes que no existían y sobre todo, generando ese reflejo de espejos entre aquellos jóvenes y los de ahora, entre aquella España dictatorial y la democrática de ahora. 

No se pierdan la película La primera mirada. Historia de una escuela de cine, porque les va sorprender muchísimo a todas aquellas que amamos el Cine Español, y a los que no, seguirán perdiéndose obras que hablan de ellos, de su país, de su historia, sus costumbres y su recorrido que no es poco. Si tuviésemos que encontrar un paralelismo con lo que ha hecho Parés lo encontraríamos en el trabajo del norirlandés Mark Cousins en obras de la calidad de The Story of Film: An Odissey (2011), y su análisis en the Story of Film: A New Generation (2021), A Story of Children and Film (2013), Women Make Film: A New Road Movie Through Cinema (2018), amén de sus trabajos sobre Welles, Jeremy Thomas y Hitchcock, y demás. Un cine que hable de cine, que lo mire con tiempo, con reflexión y contextualizando cada imagen, cada instante y cada coyuntura política, económica y social, construyendo un archivo de imágenes en constante diálogo, cuestionando y sobre todo, mostrando a las nuevas generaciones de cineastas, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, que no es poco, en un país que mira de forma institucional muy poco su cultura y menos a su cine. En fin, habrá que seguir trabajando, porque si no lo hacen, otros como Parés deberán hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/932447885″>LA PRIMERA MIRADA, Luis E. Par&eacute;s [Clip with English subtitles]</a> from <a href=»https://vimeo.com/agfreak»>Agencia Freak</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Shayda, de Noora Niasari

UNA VIDA SIN MIEDO. 

“Cada momento es una nueva oportunidad para elegir el amor en lugar del miedo”

Louise Lynn Hay

Los primeros instantes de Shayda, la ópera prima de la iraní Noora Niasari son de puro terror, se palpa la tensión, la inquietud y el miedo. La cámara se encierra en el rostro de la protagonista, la magnífica Zar Amir Ebrahimi, envuelta en un mar de dudas e incertidumbre, junto a Mona, su hija de tan sólo 6 años. Momentos de angustia que van de la llegada al aeropuerto y el posterior traslado a la casa donde se refugian otras mujeres maltratadas como ella. Apenas son necesarias las palabras, porque la angustia y el silencio están tan presentes que van más allá de la pantalla y se meten en nuestras conciencias. No sabemos de qué huye, lo sabremos más adelante, pero esa sensación de huir, de dejar atrás algo malo, y buscar refugio, una mirada cómplice y un abrazo que dé paz y tranquilidad. Shayda es una mujer iraní que ha pedido el divorcio de su marido iraní en algún lugar de Australia, lejos de su país, aunque su marido actúa como si siguieran en él. Así empieza la película, una forma que nos sujeta bien fuerte y no nos soltará hasta el final. 

Como sucedía con Aftersun (2022), de Charlotte Wells, con la que tiene mucha de hermandad en su tono, la directora Noora Niasari expone en su primer largometraje sus vivencias de niña y su relación con el mundo de los adultos, si en aquella eran unas vacaciones en Grecia junto a su padre, ahora, estamos en la otra parte del mundo, en otoño, y junto a su madre. El tono documento y de verdad de la historia viene de los años en que la directora viajó por el mundo realizando documentales como Casa Antúnez, entre otros, porque la directora construye una película que nace de la memoria, en la que se mete de lleno en temas como empezar de nuevo dejando un pasado de horror, la fraternidad entre las mujeres del refugio, la sensación de sentirse acompañada, pero también, en constante peligro, y la eterna y espeluznante burocracia para quedarse en un país cuando eres extranjera. Temas de ahora y de siempre que la película trata con sencillez y honestidad, sin alardes argumentales ni nada por el estilo, sino desde la mirada, el gesto y el diálogo pensado y transparente, introduciéndonos en una intimidad, sensibilidad y ternura que ayudan a paliar un relato muy duro y de puro terror, en muchos momentos. 

La parte técnica va al unísono con lo que se cuenta, desde la cercana y cámara-testigo que firma Sherwin Akbarzadeh, en la que cuenta y detalla cada mirada y gesto, siguiendo la mirada de las protagonistas, situándose en esos pliegues donde la película se mueve, en una línea muy frágil entre la alegría y la esperanza en construir una nueva vida y por ende, un hogar, un lugar de paz, con esos otros momentos en que la película se enfila, donde el marido iraní aparece y las cosas se tornan turbias, frías y muy peligrosas. El montaje de Elika Rezaee es ejemplar, porque explica sin mareos ni estridencias técnicas una historia sumamente compleja que se mueve entre unos personajes vulnerables y a punto de derrumbarse como el personaje principal con esos toques de leve esperanza con esos otros donde la violencia entra a saco. Un relato que consigue cimentar con pausa y sin prisas muchas realidades de mujeres que deben huir y refugiarse para encontrar una vida, sea donde sea, porque es una realidad que, desgraciadamente, existe en cualquier parte del planeta, en sus 118 minutos de metraje, que explican muy bien una realidad que, lejos de solucionarse, sigue creciendo. 

Ya he mencionado a la maravillosa Zar Amir Ebrahimi, que nos encanta, por su intensa mirada, su forma de moverse en el cuadro, y cómo habla y sus silencios que transmiten todo lo que está viviendo y sobreviviendo su Shayda, que hace muy poco la vimos en Tatami, que codirigía y cointerpretaba. A su lado, la sorprendente Selina Zahednia como Mona, la niña de 6 años que está estupenda, sin olvidarnos de los demás intérpretes como Osamah Sami como Hossein, el marido iraní, Mojean Ari como un amigo, Leah Purcell como Joyce, la encargada de la casa refugio, Jillian Nguyen y Rina Mousavi, y demás, dotan de profundidad a la historia que se cuenta y consigue esa naturalidad y complejidad tan necesaria en una película de estas características. Debo mencionar una de las productoras ilustres que ha tenido la película que no es otra que la gran actriz Cate Blanchett a través de Dirty Films junto a sus dos socios como Andrew Upton y Coco Francini, que da una visión más amplia de la magnitud de la historia de la directora Noora Niasari, tanto su importancia como su forma de abordar un tema tan candente y muy preocupante. Acérquense a ver una película como Shayda, porque les va hacer reflexionar y sobre todo, les va a mostrar muchas realidades ocultas e invisibles que, ahora mismo, siguen luchando por una nueva vida, y les dará un poquito de esperanza porque verán que todavía existe, aunque muy poco, valores como la solidaridad, la hermandad y la fraternidad, y eso, en el mundo qué vivimos, es muy grande. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jordi Torrent y Randy Simon

Entrevista a Jordi Torrent y Randy Simon, director y coproductor de la película «Third Week», en el marco de la Americana Film Festival, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 8 de marzo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordy Torrent y Randy Simon, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a mi amigo Juan Ignacio, por su gran labor de traducción, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rehana, de Abdullah Mohammad Saad

REHANA Y LOS OTROS.

“Los seres humanos están hechos de muchos valores diferentes y, a veces, esos valores están en tensión entre sí” 

John Mackey

El cine que más huella nos deja es aquel que no se queda en la superficie de las cosas y mucho menos, de las personas. Es decir, un cine que cuestione nuestros valores como individuos y como sociedad. Un cine que profundice en nuestra complejidad y sobre todo, en el contexto de nuestras decisiones, que se haga preguntas y reflexione sobre la sociedad que hacemos cada día entre todos. Un cine que también sea reflejo del tiempo en el que se ha producido, y además, un cine que no tenga tiempo y estudie de forma honesta y sencilla la condición humana, su fortaleza, su vulnerabilidad y sus constantes vitales, ya sean físicas y emocionales. Un cine que se sumerge en lo más profundo del alma, en todos esos espacios de nuestro interior. Un cine como Rehana, de Abdullah Mohammad Saad (Bangladesh, 1985) que, a partir de un hecho muy oscuro, bucea de forma admirable en la psique de su protagonista, una profesora adjunta sometida a una sociedad moralista y vacía que vive en la corrupción para evitar problemas. 

Después de dirigir Live from Dhaka (2016), sobre las dificultades de un hombre parcialmente discapacitado que quiere irse de la ciudad en la que vive, Saad presenta un segundo trabajo con Rehana, donde se enfrenta a un relato que se posa en el rostro de su protagonista, la extraordinaria Azmeri Haque Badhon, en una historia cerrada, tanto en su forma como en su espacio, en un hospital universitario que es como una prisión, con esas habitaciones, las puertas y los pasillos, en que la cámara está muy cerca y cierra el encuadre de forma asfixiante, donde constantemente estamos en Rehana y sus movimientos, tanto físicos como psíquicos, en un tono que se aproxima al thriller psicológico, o al suspense o incluso terror, como se decía antes, porque la protagonista se enfrenta en todo momento, a lo que tiene delante y lo de fuera, mediante el móvil, donde las situaciones se vuelcan de forma agobiante, en la que las decisiones se vienen encima en una mujer viuda que vive con su familia y tiene a su hermano soltero la única ayuda con su hija pequeña. Rehana es, en muchos momentos, una especie de isla a la deriva, que debe lidiar con su decisión casi en soledad, sin más armas que su conciencia y su honestidad. Un personaje que cree en una estudiante que denuncia que ha sufrido un abuso por parte de su profesor. Ante eso, Rehana decide denunciar y por ende, enfrentarse a la moralidad de mierda de un sistema que oculta los abusos para seguir manteniendo una posición altiva, superficial y clasista.

La magnífica cinematografía de Tuhin Tamijul, donde la cámara es una extensión más de la protagonista, donde no se juzga en ningún momento lo que ocurre, porque mantiene una posición de testigo, y nada más, y deja todo eso al espectador que pasa por muchos altibajos emocionales, desde la indignación, la duda y la resignación y viceversa, porque no sólo estamos siempre en la mirada y el gesto de Rehana, sino que muchas veces nos sentimos en un enfrentamiento David contra Goliat, donde, en el fondo, podemos hacer de todo, pero en el fondo, también, sabemos que nada va a servir, aunque nuestra conciencia quede intacta, porque hemos hecho lo correcto, pero nada más. La idea que una denuncia cambie las instituciones es mucho pedir, cuando el poder sabe manejar los ataques y tiene la fuerza suficiente para volverlo en tu contra. El extraordinario montaje que firma el propio director, también ayuda a encerrarnos junto a Rehana, en sus potentes y tensos 107 minutos de metraje, que nos agarran por el cuello y no dejan de apretar, tanto en la denuncia que lleva a cabo el personaje, como la otra denuncia, la que sufre su hija, acusado de morder a un compañero de clase. Dos derivas muy bien explicadas que aumentan el riesgo psicológico al que es sometida Rehana. 

El estreno de Rehana, por parte de Paco Poch Cinema, que ya estrenó El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, entre otras, y Mosaico Filmes Distribución, siempre interesada en cine iberoamericano, sobre todo, a los que agradecemos enormemente su gran labor como distribuidores, es un gran acontecimiento, porque  es una gran alegría que podamos ver propuestas tan interesantes de países como Bangladesh, tan poco representados por nuestros lares. Una película que podríamos ver como un estupendo cruce entre el cine de los Dardenne, se acuerdan de Dos días, una noche (2014) y La chica desconocida (2016), el cine de Asghar Farhadi y Ayka (2018), de Sergei Dvortsevoy, también distribuida por Paco Poch Cinema, donde encontramos personajes femeninos que se ven arrastrados por situaciones harto complicadas en las que deben decidir qué hacer, poner en cuestión sus valores humanos y enfrentarse a un sistema que protege a los malvados y que invisibiliza todo aquello que causa problemas de estructura y de moral. Rehana está en el mismo lado de la sociedad que estaban Sandra y Jenny, atrapadas en sus miedos e inseguridades ante la injusticia y decidir qué camino tomar, un proceso que no resultará nada fácil y sobre todo, pondrá a prueba sus valores humanos o los que queda de ellos en una sociedad así, tan poderosa y tan poco humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aaron Poon y Richard Vetere

Entrevista a Aaron Poon y Richard Vetere, intérpretes de la película «Third Week», de Jordi Torrent, en el marco de la Americana Film Festival, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 8 de marzo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aaron Poon y Richard Vetere, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a mi amigo Juan Ignacio, que hizo una gran labor de traducción, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un lugar tranquilo: Día 1, de Michael Sarnoski

LAS CRIATURAS Y NOSOTROS. 

“No es hasta que estamos perdidos que comenzamos a comprendernos a nosotros mismos”

Henry David Thoreau

En estos tiempos en que el género de terror, salvo contadas excepciones, se ha lanzado al pelotazo y ha perdido su esencia, es decir, a aquellas historias que a parte de entretener, eran un reflejo social de aquello que estaba sucediendo. No voy a enumerar las películas que en este instante a más de un espectador le vienen a la mente. Si que voy a hablar de Un lugar tranquilo (2018), de John Krasinski, protagonizada por Emily Blunt y él mismo, auténtico hit del género, apoyada en las consabidas invasiones alienígenas, sí que tenía a su favor su novedosa propuesta, porque las criaturas atacantes sólo asesinaban mediante el ruido, así que para sobrevivir había que mantener un silencio sepulcral. Una historia apoyada en la supervivencia de una familia que en el campo intentaba mantenerse con vida a pesar de los monstruos devoradores de personas. El apabullante éxito hizo que el mismo equipo se lanzará a una secuela también de gran éxito. Siguiendo la estela y también las modas de ahora, nos llega una precuela, una nueva entrega de “los lugares tranquilos”, pero instalada en el cómo ocurrió.

Basándose en una historia del citado Krasinski junto a Michael Sarnoski, que actúa como director, del que habíamos visto la interesante Pig (2021), protagonizada por Nicholas Cage, nos sitúan en un barrio de New York, en la mirada de Samira, una enferma de cáncer terminal que ha ido a la gran ciudad a ver un espectáculo de marionetas. El apacible día se ve muy alterado por la caída de unos artefactos de estruendoso ruido que comienzan a destrozar vidas y todo lo que encuentran a su paso. La estampida es atronadora, todos huyen despavoridos, incluida Samira y su gato. Después del caos, la joven que tiene su deseo de llegar a Harlem y comerse una pizza, hay una historia detrás que incluye a su padre, se encuentra con Eric, un inglés muerto de miedo, y entre dimes y diretes, se hacen acompañantes, mientras, en absoluto silencio, intentan sobrevivir de las feroces criaturas. El relato deja lo rural y el entorno familiar, para situarse en lo urbano y en una pareja desconocida y muy diferente, una afroamericana enferma y antipática, y un inglés de Kent, tan perdido como asustado, pero que tanto uno como otro, encuentran su razón ante el fin del mundo en el que se encuentran. Eso sí, sigue manteniendo el esencial trabajo en equipo y las relaciones humanas como fuente de inspiración. De las criaturas seguimos sin saber mucho, tampoco hace falta, con lo poco que nos cuentan es más que de sobra. 

Como en las dos anteriores, el apartado técnico es magnífico, unos fx de primer nivel, que fusiona lo más novedoso con las maquetas de toda la vida, en una fusión que también ayuda a una película con el aroma del terror más modesto que trataba desde lo sencillo y lo más cotidiano y humano. Una cinematografía que firma Patrick Scola que también estuvo en Pig, moviendo, muy lentamente, a unos personajes por un ambiente totalmente trágico y desolado, con ese atmòsfera turbia y apagada, la excelente música de Alexis Grapsas, que ya trabajó con Sarnoski en Pig, consigue mezclar con acierto los momentos de tensión y de terror con otros, donde la cámara se posa y la historia la llevan los personajes y sus miedos, (des) ilusiones y demás. El gran trabajo de montaje que firma una leyenda como Andrew Mondshein, que ha trabajado con ilustres cineastas como Lumet, Benton, Seidelman, Hallström y M. N. Shyamalan, entre otros, y Gregory Plotkin, habitual en el terror como la saga Paranormal Activity y Déjame entrar, otro gran título del terror reciente, construyen con alma una cinta con una duración estándar de 100 minutos de metraje.  

Como sucedía en las dos antecesoras, en esta entrega también ha mantenido un reparto poco conocido, si exceptuamos a Lupita Nyong’o, magistral en su rol, una mujer totalmente aislada que, durante la historia, sabrá mirarse y dejar de autocompadecerse, y mirar al otro, y sobre todo, encontrar su paz y tranquilidad, a pesar de los pesares. Su acompañante, Joseph Quinn, que hemos visto en varias series como Catalina la grande y Comoran Strike, entre otras, convertido en el amigo por accidente, alguien que aunque en un principio no quiere, se hará imprescindible, un todo en ese caos y en la nada. Y otros como Alex Wolff, enfermero de Samira, que aparece en Hereditary, en la citada Pig, en Tiempo, de Shyamalan, entre otras, y la presencia de Djimon Hounsou, que aparecía en Un lugar tranquilo 2, y en más de medio centenar de films. Los que esperen Un lugar tranquilo 3 no van a esperar otra más de la saga, sino una diferente con matices, una que tiene mucho de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, donde la especie humana se ve sometida a una poderosa invasión que no puede repeler más que huyendo y sobre todo, en silencio, una cosa harto difícil, como anuncia el letrero con el que se abre la película, la cantidad desorbitada de decibelios que aguantan los neoyorquinos y sus turistas. En fin, si les gusta el terror más de personas y menos de efectos, esta es su película. porque además de entretener, habla de nosotros, de lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Third Week, de Jordi Torrent

ALVIN HA SALIDO DE LA CÁRCEL. 

“La vida no es sino una continúa sucesión de oportunidades para sobrevivir”.

Gabriel García Márquez 

La película se abre con un plano en Staten Island, en New York, al otro lado del río Hudson, donde se ven a lo lejos los rascacielos de Manhattan. Uno de esos lugares que los turistas no conocen, uno de esos lugares que, tiempo atrás, fue próspero, y ahora, se ha convertido en un espacio fantasmal, donde todavía resisten pequeños talleres como el que acoge a Alvin después de dos años de cárcel. Alvin quiere dejar atrás todo aquello, y volver a su vida, regresar al tipo que deseaba ir al Instituto de Arte para dibujar y frecuentar los lugares donde alguna vez estuvo bien. Alvin es un buen chico aunque tropezó y se dejó llevar con las personas que no debía haberse cruzado. Ahora, huye de ellos, quiere paz y tranquilidad en su nueva vida. Trabajar haciendo piezas, vivir junto a su abuela, aunque el pasado siempre se empeña en aparecer, en rendir cuentas, en estar presente y Alvin debe convivir con él, debe aceptarlo y sobre todo, seguir su camino cueste lo que cueste y vencer la estigmatización de algunos, aunque para ello deba enfrentarse a sus miedos e inseguridades. 

La cuarta película de Jordi Torrent (Sant Hilari Sacalm, Girona, 1955), después de L’est de la brúixola (2001), La redempció dels peixos (2013), e Invisible Heroes: African-Americans in the Spanish Civil War (2015), amén de trabajar en películas de Raúl Ruiz y en Mi vida sin mí (2003), de Isabel Coixet, se enmarca en el contenido social, el lado humano, y el interés por mostrar a los invisibles, a aquellos que el cine comercial no hace caso, a aquellos como nosotros, a las personas que sufren las mercantilizaciones de una no sociedad empeñada en enriquecerse y ocultar la miseria que provoca. Un tipo como Alvin podría estar en las películas citadas y viceversa, porque como los anteriores personajes de Torrent es alguien que quiere una vida mejor, que trabaja para tener aquella oportunidad de volver a empezar, no es sino la vida eso, como menciona García Márquez en la cita que encabeza este texto. Un marco en el que la historia, escrita por él propio director, se sitúa entre la clase trabajadora, la gran olvidada de mucho cine actual, entre lo que ocurre en esos día en que no aparentemente no pasa nada y en realidad, está ocurriendo la vida con sus cosas, una mirada que se concentra entre los pliegues de la intimidad, de la cercanía, de mostrar lo invisible de la condición humana, todos esos pequeños y cotidianos ratos que van conformando nuestras existencias, todos esos momentos que están ahí y que lo son todo. 

La estupenda y sobria cinematografía en blanco y negro tan bien elegida de James Callanan, que ha estado en los equipos de películas tan importantes como Mystic river, de Eastwood, o series como The Americans, con esa cercanía y limpieza visual, donde lo sucio y espectral del lugar deja paso a una especie de poética donde lo mundano se hace único, donde la miseria tanto física como moral funciona como espejo para descifrar el alma de los diferentes personajes, en especial, la de Alvin. La formidable música de Marc Durandeau se desmarca de la típica composición de acompañamiento para posicionarse en otra música, es decir, en una que vaya describiendo los continuos miedos del protagonista que no quiere volver al lado oscuro como antaño. Un conciso y pausado montaje de Ray Hubley, todo un veterano en la materia que ha estado en los equipos de películas como Kramer vs. Kramer, de Benton y directores como Brian de Palma, entre otros, donde la edición da ese ritmo sencillo y muy cercano que tanto necesita una película de estas características, alejándose de las estridencias y piruetas formales de ese cine muy vistoso pero muy vacío. 

Un personaje como Alvin, muy del western y del New Wave American, que habla poco y va de aquí para allá con paso firme y tranquilo, debía tener un rostro y un cuerpo de alguien que está dejando atrás mucha oscuridad y desea una vida tan diferente en el mismo lugar, un tipo como Aaron Poon, con una gran interpretación donde transmite toda esa desazón que arrastra, todos sus miedos en una mirada, en un gesto, en un silencio. Todo un gran acierto porque el bueno de Poon es el Alvin perfecto y mucho más, es la película y todo lo que no vemos. Le acompañan toda una retahíla de intérpretes que están en el mismo tono, el de transmitir un microcosmos donde aparecen reflejados toda la multiculturalidad y racialidad existente en un país como Estados Unidos. Encontramos a Lucinda Carr como la Grandma, un faro para Alvin, Richard Vetere es el jefe que le da la oportunidad del trabajo, y al otro lado, Ron Barba, el encargado con malas pulgas, Edu Díaz y Chang Liu son compañeros de trabajo, tan diferentes y tan ellos, Lashonda Corder y Taquan Percy Brown son otros aliados en la causa de Alvin, y Aiysha Flowers es una mujer del pasado que está presente e inquieta al protagonista. 

Una película como Third Week, de Jordi Torrent tiene el aroma del no western, el que hablaba de cosas de verdad y con verdad, o de ese cine independiente estadounidense que siempre se ha detenido en visibilizar a los invisibles, fijándose en todo ese cine neorrealista que marcó la mirada de lo social en el cine. No dejen pasar una película así, porque eso hará que podamos ver más relatos sobre el trabajo y los trabajadores, y que sean con esta mirada tan profunda, nada manierista y fingida, sino como lo hace la historia de Torrent, con intimidad, abriendo las puertas y mirando la cotidianidad, eso que vivimos cada día, lo que forma parte de nuestra vida y que refleje nuestros miedos e inseguridades. No podemos olvidar a Toni Espinosa de Toned Media que, a parte del gran trabajo que hace con la exhibición con los Cinemes Girona, también trabaja en el otro lado, el de la distribución y producción, que ya estuvo en la mencionada La redempció dels peixos, y The Golden Boat, y en Mia y Moi, y La última noche de Sandra M., entre otras. Háganme caso, o mejor, háganse caso y acudan a conocer Thrid Week porque descubrirán a Alvin y las vidas que empiezan de nuevo una y otra vez, y también, Staten Island que ni les sonará y eso que anda por New York, la ciudad tan famosa y visitada, aunque siempre se queda atrás esa parte al otro lado del río. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Michel Franco

Entrevista a Michel Franco, director de la película «Memory», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 14 de junio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Michel Franco, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Alumbramiento, de Pau Teixidor

NIÑAS ROBADAS. 

“A veces es más peligroso el silencio que los disparos del enemigo. (…) Ese poder tan fuerte que parece que nadie ejerce, el silencio, pero que te hace caer”

María Teresa León Goyri

La apertura de Alumbramiento, la segunda película de Pau Teixidor (Madrid, 1982), es digna del mejor policíaco, el que habla de esas cosas tan reales y ocultas que duelen tanto. Una noche oscura. Dos mujeres asustadas, una madre y su hija de 16 años esperan a las afueras de un pueblo. Un coche llega y las lleva a la capital.  Su destino es Peñagrande, un centro para adolescentes embarazadas. Un lugar apartado para ocultar y silenciar la desgracia que significaba quedar embarazada tan joven en aquella España del 82, y más concretamente, la noche del jueves 28 de octubre, cuando el PSOE ganó las elecciones. Un comienzo digno de una película muy oscura, una cinta que habla de uno de los asuntos más terribles de la dictadura franquista que continúo impunemente durante la llamada democracia, donde el país cambió el sistema político sólo en apariencia, porque las instituciones seguían haciendo de las suyas, amparadas por los mismos de siempre, que estos no cambiaron, como explicaba la estupenda película El arreglo (1983), de José Antonio Zorrilla, donde un policía seguía usando los métodos represivos a pesar de los supuestos cambios que no eran tales. 

A partir de un guion de Lorena Iglesias (actriz de Canódromo abandonado, y vista en películas de Cabestany, Vermut, Hernando y Alberto Parra, entre otros), y del propio director, nos sitúan en la mirada de Lucía de 16 años que será la que nos muestre y nos guié por este drama social revestido de policíaco y de sus dosis de terror en ese lugar aislado y siniestro como Peñagrande, toda una casa de los horrores donde se recluía a las adolescentes embarazadas para robarles sus bebés con total impunidad. La película no juega al tremendismo ni nada que se le parezca, sino que de forma natural como si fuese un modus operandi totalmente institucionalizado va mostrando las diferentes realidades de las niñas que llegan: las hay que vienen de situaciones muy desestructuradas y miserables, las engañadas por un novio demasiado joven, y las que no sabemos nada de su pasado. Muchas historias que convergen en un lugar muy alejado de un hogar, pero que las diferentes niñas hacen suyo e intentan hacerse compañía unas a otras. Una obra instalada en las miradas, los gestos y sobre todo, los silencios de las diferentes protagonistas, que viven en una cárcel completamente ilegal, expulsadas de sus vidas y de un estado que las trata como criminales y las silencia de por vida. 

La estupenda cinematografía de Pepe Gay de Liébana, del que esta semana se estrenará Casa en flames, de Dani de la Orden, se sitúa en el marco poderoso y detallista, donde cada encuadre explica desde lo cercano y lo transparente, sin ningún alarde ni estridencia formal, con una cámara a la misma altura que los personajes, posicionándose junto a ellas, y siendo una más, sin juzgarlas ni sobre todo juzgar la historia que nos cuenta, manteniendo la postura compleja de mostrar interviniendo lo esencial. La música de Petre Bog también se sitúa en el mismo lugar que el plano, donde cada detalle sirve para profundizar con lo que pasa en el interior de las niñas y alejándose de esa música tan convencional que nos alinea sin pudor. El formidable y conciso montaje del dúo Mamen Díaz, de la que se ha estrenado hace poco la serie La mano en el fuego, y Pedro Collantes (del que vimos su ópera prima El arte de volver, y ha editado películas tan interesantes como Oscuro y lucientes y La última noche de Sandra M.), que tiene un ritmo pausado y nada invasivo para explicar todas las existencias de estas niñas en sus inquietantes 101 minutos de metraje. 

El magnífico reparto encabezado por Sofía Milán como Lucía, que recuerda a las desdichadas supervivientes como la Rosetta, de los Dardenne, y sus compañeras de celda, alegría y supervivencia como Carmen Escudero es Lola, Celia Lopera es Inma, Paula Agulló es Candela/Cuqui, Alba Munuera es Maica y Victoria Oliver es Rosa. Un grupo de jóvenes actrices, con poca experiencia en su mayoría, que dan vida a todas las adolescentes que vivieron este vía crucis que, algunas de ellas han ayudado con sus testimonios reales a crear todos los personajes. Y luego, encontramos a las adultas con María Vázquez como la madre de la protagonista, y el último papel de la tristemente desaparecida Laura Gómez-Lacueva como la señorita Pura, y Malena Gutiérrez como Sor María, entre otras. Un reparto bien escogido, que es la mitad de la película como mencionaba el gran Chabrol, porque no sólo resulta de una credibilidad alucinante sino que además, cada uno se muestra de forma muy natural, y eso hace que la historia contada sea aún más terrorífica, porque las historias más horribles siempre son las que más reales parecen, y está lo es, y además está muy bien contada, porque aunque haya mucha dureza también hay un poco de luz con esa solidaridad y camaradería entre las niñas. 

Sobre el tema de los bebés robados en la dictadura y la democracia, se calcula que entre 1950 y 1990 se robaron unos 300000 en España, ya se habían hecho varios reportajes para televisión y series como Niños robados y películas que lo tocaban como la reciente Sobre todo de noche, de Víctor Iriarte, entre otras, aunque faltaba una película sobre el tema desde la mirada de las niñas que lo sufrieron, desde ese tránsito todavía entre la infancia y la edad adulta, durante ese limbo, con la imposición de estar solas, alejadas de la familia y de su entorno, y sometidas a una cárcel y a unas normas como si fuesen delincuentes, en una sociedad fascista y autoritaria que había cambiado de puertas hacía afuera, pero que para adentro seguía con sus métodos represivos, crueles y silenciando todo aquel y aquello que consideraba inmoral, o que usaba para enriquecerse y nutrir de hijos e hijas a las familias adineradas que no lo conseguían por métodos naturales. Una película que no debería pasar desapercibida, porque nos cuenta uno más de los oscuros y horribles casos que sucedían en España con el estado y la iglesia y el poder implicados, como pasa siempre, mientras otros creían que ya gozaban de libertad, como decía aquel de: “La libertad que gozan unos, la sufren otros”, en fin, habrá que seguir escarbando y haciendo películas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA