Nación, de Margarita Ledo Andión

TODAS LAS MUJERES TRABAJADORAS.

Nación es cine de búsqueda, es lo real expresado a través de una propuesta autoral, es el cuerpo que respira con la película; es la restitución a la esfera pública de la mujer forzada a encerrarse, de nuevo, en un espacio velado. Es rastrear esas señales que están en la intimidad de la Historia”.

Margarita Ledo Andión

Los primeros instantes de Nación, dejan muy claros los caminos por donde transitará, porque vemos una plano fijo y actual, en la que filma frontalmente a Nieves P. Lusquiños, una mujer libre e independiente, sabia en sus reflexiones, y tranquila en su actitud, que pasa de los sesenta, una de las cinco mujeres que trabajaron en Pontesa a las que la película rescata, filma y escucha. También, veremos una filmación doméstica de un partido de fútbol femenino, allá por los primeros de los ochenta, y habrá espacio para escuchar el poema “Se Vivo”, recitado por su autora, Eva Veiga. Esa mezcla de imágenes, entre el documento testimonial, la imagen de archivo doméstico, y la poesía, fusionan de manera ejemplar en la película, dotando al conjunto de un caleidoscopio lleno de tiempo, memoria, mujeres, trabajo y sobre todo, visibilidad.

La cineasta Margarita Ledo Andión (Castro de Rei, Lugo, 1951), ha hecho un largo camino vital y profesional, desde la lucha antifranquista hasta las reivindicaciones feministas, ya sea desde su oficio como periodista, profesora, escritora y desde el siglo XXI a través del cine, con títulos como Santa Liberdade (2004), Liste, pronunciado Líster (2007), un díptico que rescataba hechos sobre la Guerra Civil que estaban ocultos, con A cicatriz branca (2012), película de ficción sobre la inmigración de mujeres gallegas a América a principios del siglo XX. Con Nación va mucho más allá que sus anteriores trabajos, porque toca muchos palos, con la intención de construir un relato sobre las mujeres trabajadores de loza Pontesa, en la ría de Vigo, sobre la libertad y la independencia que les dio el trabajo, recorriendo las cuatro décadas que permaneció abierta la factoría, con sus años de trabajo, de compañerismo y fraternidad, pasando por los últimos años de lucha obrera y sindical, intentando infructuosamente mantener su trabajo.

El relato se apoya en tres vértices fundamentales. El primero sería el propiamente documental, rescatando y visibilizando a cinco de estas mujeres trabajadores, con la citada Nieves a la cabeza, acompaña de Esther García Lorenzo, Manuela Nóvoa Pérez, Carmen Portela Lusquiños y Carmen Álvarez Seoane, que en planos frontales y en espacios públicos, que nos hablan a nosotros, los espectadores, de sus años en la fábrica y sus reivindicaciones laborales. El segundo sería el material de archivo con imágenes domésticas y comunales, en las que vemos los años de trabajo en la fábrica, con sus cambios políticos, sociales y culturales, hasta los años de hierro, con las huelgas, las trifulcas con la policía, los encierros en la empresa y demás luchas por mantener el trabajo. El tercer y último pilar de la película se sustenta en la poesía de la citada Veiga y Rafa Lobelle, citadas por la propia Veiga, y tres actrices, que escenifican el trabajo arrancando con los años duros del franquismo y la represión que sufrieron muchas mujeres, luego, el trabajo precario femenino, y para cerrar, el fin de la fábrica, y la necesidad de seguir en el camino, en la de seguir luchando y resistiendo los avatares de la vida.

Ledo Andión construye una forma quieta, donde la cámara apenas se desplaza en alguna secuencia, como hacía Agnès Varda en su díptico de Los espigadores y la espigadora, recupera y reivindica el espacio y la intimidad femenina, con esas señas de identidad del cine poderoso y transparente de Chantal Akerman, explorando y profundizando en el ámbito personal e interior de lo femenino que tanto investigó Marguerite Duras en su literatura y cine, con esa posición política y personal del cine de Joaquim Jordà, con su monumental díptico Numax presenta… y Veinte años no es nada, memoria sobre el trabajo y su lucha. Referentes e inspiraciones que le sirven a la cineasta galega para  crear una película muy personal y social, con una mirada única y singular en el panorama nacional, y devolviendo al cine esa mirada personal y política que tanto ha perdido, y devolviendo al cine su condición de testigo y humanista filmando a obreras y el trabajo, y su lucha, que coincide con El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, otra película hermana, que también recoge la destrucción del tejido industrial de principios de los noventa en la región de Murcia, cuando el país se empeñaba en mirar a otro lado en tono festivo.

Margarita Ledo Andión, después de ocho años sin dirigir, vuelve al cine por la puerta grande, construyendo una película inmensa y magnífica película, llena de grandes instantes, recuperando una memoria que muchos ocultan o se niegan a reivindicar, filmando a un grupo de mujeres que son muchas mujeres, mujeres que trabajaron en la industria de la comida y el vestido, que con su trabajo ayudaron a modernizar el país oscuro y arcaico del franquismo, y que la ansiada democracia no les devolvió su trabajo y lucha, y las volvió a ensombrecer, aunque ya había un espacio para seguir luchando y dejar de ser invisibles. La película adopta y acoge de forma natural y sin artificios, una multiplasticidad de formatos, texturas, miradas y posiciones,  que va desde lo íntimo e invisible a lo público y lo visible, recuperando a la mujer trabajadora, pasando por la memoria, lo real, lo imaginario y lo simbólico, entre el documento, el archivo, la ficción, el ensayo, la poesía, cogiendo de aquí y de allá, construyendo una película honesta y sobre todo, humanista, mirándose al espejo de grandes nombres como los ya citados, a los que podríamos incluir cineastas sobre lo humano como los Renoir, Rossellini, Angelopoulos, Tarr, Kaurismaki, entre otros, que investigan y profundizan en el ser humano, sus circunstancias y su forma de vivir y trabajar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/455005270″>Trailer ‘Naci&oacute;n’ (Margarita Ledo Andi&oacute;n) VO Galego</a> from <a href=»https://vimeo.com/user10957901″>N&oacute;scinema</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Traidores, de Jon Viar

MI PADRE ERA UN TRAIDOR.

“(…) Supongo que el cine me ayudaba a escapar de lo real. La vida cotidiana en aquellos años no era fácil para mí, en el País Vasco. MI padre era psiquiatra y psicoanalista lacaniano. Me animaba a ver películas y realizar mis guiones delirantes. Siempre fue un hombre recto y muy bueno, pero tenía un pasado… muy oscuro. Un pasado que siempre le persiguió. Un pasado del que nunca logró escapar. Lo que más me sorprendía ya entonces, es que para muchas personas mi padre era un traidor”.

El documental, por su estructura e idiosincrasia, es un espacio muy dado para hablar sobre la familia, desde un ámbito íntimo y profundamente personal,un ejercicio de investigación para rebuscar en el archivo doméstico para hurgar en el pasado de los padres y abuelos. Muchos relatos, historias y fábulas enterrados en el olvido que la película ayudará a que tengan esa luz que las circunstancias le han negado, y sobre todo, ayudan a entender mejor los avatares del pasado y sin lugar a dudas, a entender y las razones de los padres. Documentales como Nadar, de Carla Subirana, África 815, de Pilar Monsell, Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández y Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón, entre otros, son algunas muestras de este proceso de búsqueda de los hijos con el pasado familiar.

Traidores, opera prima de Jon Viar (Bilbao, 1985), se centra en el pasado familiar de su padre Iñaki, y su pertenencia a ETA en aquellos años de mediados de los sesenta, su frustrado intento de bomba en la bolsa de Bilbao, su posterior detención, el proceso de Burgos, su condena a ocho años de prisión, su intento de fuga y demás relatos de aquella España franquista. Y no solo se queda ahí, el recorrido de la película abarca hasta nuestros días, con el abandono de ETA de Iñaki y su posición contraria a los asesinatos de la banda en tiempo de democracia. Viar hijo estructura su película mediante tres pilares básicos, el archivo familiar y el televisivo, su voz en off para, desde una posición íntima como todo lo que ocurría afectaba de forma personal a su familia y a él, con su toma de conciencia a medida que iba creciendo, y la filmación de los testimonios de antiguos camaradas de su padre en ETA y su posterior rechazo a la banda como Mikel Azurmendi, Jon Juaristi, Teo Uriarte, Ander Landaburu, Javier Elorrieta, Lucas Gortazar.

Los testimonios nos ayudan a entender cómo empezó ETA, como continuó, su posición ideológica, y sobre todo, el clima y la atmósfera tan dividida que se vivió casi medio siglo en el País Vasco. Traidores tiene el aroma de “El cuento del traidor y el héroe”, de Borges, donde el insigne escritor argentino recogía la delgadísima línea entre la ideología, las circunstancias personales, y la construcción del pasado. Porque la película de Viar quiere y consigue, de forma directa e íntima, hacer un recorrido exhaustivo desde lo personal, de todos los años desde que se formó ETA, con su antifranquismo, y después, con su lucha por la independencia vasca a punta de pistola, capturando unos testimonios esenciales que estuvieron al principio de todo, y después, su cambio ideológico y su postura ante los asesinatos de la banda. Traidores no es una película de inocentes y culpables, sino que se trata de un documento sincero y transparente de unos hombres que se creían nacionalistas y patriotas, y el tiempo, la cárcel y las actividades de ETA, les hicieron tomar posturas muy diferentes a las que creyeron en la juventud.

La película explica toda aquella atmósfera que durante tantos años se instaló en el País Vasco, donde la cotidianidad se veía muy alterada por las continuas amenazas de muerte a aquellos que criticaban las actuaciones de ETA, los escoltas, los asesinatos de conocidos o amigos, las bombas que explotaban cerca de casa, y demás tensiones, angustia y miedo. Traidores se suma a toda esa filmografía que, desde una perspectiva documental y profunda, recoge la complejidad del conflicto vasco con grandes títulos como Asesinato en febrero, de Eterio Ortega, La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, El infierno vasco, de Iñaki Arteta, el citado Mudar la piel, sobre uno de los negociadores entre el gobierno español y ETA, y el más reciente, Non Dago Mikel?, de Miguel Ángel Llamas y Amaia Merino, que rescata la desaparición de Mikel Zabalza confundido con un etarra, entre otros. Solo son una muestra de las diferentes perspectivas y posiciones que los cineastas han asumido para abordar el tema, siempre desde una posición desde lo personal e íntimo, profundizando en los males del pasado y en todas las heridas provocadas y difíciles de cerrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El agente topo, de Maite Alberdi

EL SUPERAGENTE SERGIO.

“En cierto sentido, el trabajo del documentalista se parece al del agente espía: esperar a tener pruebas, esperar a que salgan las escenas. El detective y la documentalista observamos cómo otros viven”.

Maite Alberdi

En los años sesenta, en plena Guerra Fría, y con el auge de las películas de espías, con James Bond a la cabeza, apareció la serie estadounidense Superagente 86, ambientada en una agencia secreta del gobierno, durante cinco años, parodió y ridiculizó todo ese universo de espías, secretos y demás situaciones. El agente topo, el cuarto trabajo de Maite Alberdi (Santiago de Chile, 1983), no sitúa en el interior del Hogar San Francisco para ancianos, donde supuestamente existen malos tratos a una de las residentes. El caso se coloca en manos de Sergio, un octogenario que no tiene experiencia en este tipo de casos, pero con buena voluntad, un carisma arrollador y su discreción, se introducirá en el hogar, como uno más, y comenzarán sus pesquisas.

El universo de Alberdi se mueve entre el documento observacional, la ironía y la crítica hacia una serie de situaciones cotidianas y sociales. En su opera prima, El salvavidas (2011), retrataba a un socorrista que hacía lo imposible para no meterse en el agua, le siguió La once (2014), en la que filmaba a un grupo de señoras de más de sesenta años que mantenían la tradición de tomar el té una vez al mes. En Los niños  (2016), capturaba a un grupo de compañeros con síndrome de down que después de su estancia en el colegio, debían aventurarse a la sociedad y valerse por sí mismos. Ese mismo año, rodó el cortometraje Ya no soy de aquí, ambientado en un hogar de ancianos chileno sobre una mujer vasca que desconoce que se encuentra en Chile, que podría verse como un anticipo de lo que nos encontramos en El agente topo, que con los elementos propios del documental observacional, el film noir de espías, eso sí, muy alejado de la seriedad del género, y mucho más cerca de la comicidad y la parodia al estilo del Inspector Clouseau, la citada Superagente 86 o las tiras cómicas de Mortadelo y Filemón, donde nuestro protagonista Sergio, reclutado en un casting para tal actividad, se infiltró sin que los demás residentes supieran el motivo real.

La cineasta chilena, como demostró en sus anteriores películas, mezcla con acierto y sabiduría el documento propiamente dicho, con esa mirada crítica e íntima al funcionamiento de una residencia de ancianos, a las personas mayores que allí se encuentran, con sus problemas cotidianos, vamos descubriéndolas, como esa señora que recita poemas desde su cama, la otra que está empeñada en salir para ir con su madre, la coqueta enamorada de Sergio, la señora que está perdiendo memoria, y demás internas que van acercándose y entablando amistad con Sergio, que actúa como si fuera la cámara de la película, moviéndose por el espacio y abriéndonos ese mundo que está demasiado olvidado para la mayoría. La parte documental se fusiona a las mil maravillas con el género negro, pero extrayéndole todo la seriedad y pulcritud posible, quitándole todo el glamur impostado de muchas de esas películas, llevándolo a un marco extremadamente cotidiano, muy cercano, capturando la verdad y la comicidad en todo momento, ya que somos testigos de las indagaciones de Sergio, alguien que no conoce el lugar y además, nunca ha sido espía. Y aún, encontramos otra fusión, esta solo conocida por los espectadores, porque conocemos que hace Sergio en la residencia, y cómo interactúa con los demás mayores que se va encontrando.

Una película-documento-noir de estas características tan singulares y sorprendentes, debía tener un protagonista a la altura de lo que se cuenta, y Sergio, el abuelo octogenario, recién viudo, con ese carácter afable, humanista, y simpático, es el protagonista ideal, y aún más, cuando envía los mensajes de voz a Rómulo, su “jefe”, con esa voz agradable, y sus textos llenos de cercanía y astucia. Sergio es el hombre tranquilo de esta fábula de nuestros días, que emerge como una crítica feroz y sobrecogedora del aislamiento que sufren muchos mayores, abandonados en sus residencias por sus descendientes, que inventan otras excusas para huir de la realidad. Unos ancianos faltos de amigos, de verdaderos amigos, llenos de soledad, aislados en un espacio que los deja fuera de la sociedad y sobre todo, de los suyos, porque Alberdi no se desvía nunca de su verdadera intención, hablarnos de la humanidad de los mayores y del abandono al que son sometidos. El agente topo no es solo una película maravillosa y muy divertida, con ese humor negro tan habitual de Berlanga, que servía para hablar de los males de una sociedad deshumanizada y sin rumbo, sino que también es un drama, una tragedia en algunos momentos de cómo las sociedades occidentales tratan a sus mayores, relegándolos al olvido y la soledad, porque la película define con profundidad un mal de nuestro tiempo que desgraciadamente no tiene visos de solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jorge Acebo Canedo

Entrevista a Jorge Acebo Canedo, director de la película «Occidente», en el Cinema Maldà en Barcelona, el martes 16 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jorge Acebo Canedo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Francesc Garrido

Entrevista a Francesc Garrido, actor de la película «Occidente», de Jorge Acebo Canedo, en el Cinema Maldà en Barcelona, el martes 16 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Francesc Garrido, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Visión Nocturna, de Carolina Moscoso Briceño

¿CUÁNDO TERMINA UNA VIOLACIÓN?

Visión Nocturna contiene tres tipos de luces: una que encandila, una oscura que no deja ver y otra en penumbra”.

El cine, al igual que otra expresión artística, puede convertirse en una arma poderosa y profunda para mirar el dolor desde múltiples ángulos y puntos de vista, erigiéndose una herramienta capaz de penetrar en esa herida y reflexionar sobre ella, desde la propia vida del cineasta, la social y la íntima, la que se ve y la que se oculta, una forma de catarsis para entender o de alguna forma adentrarse en esa rotura emocional que sigue abierta, sigue palpitando en el interior. Siendo estudiante de cine, Carolina Moscoso Briceño (Santiago de Chile, 1986), fue a pasar unos días en una playa cercana a Santiago. Una noche, un desconocido de nombre Gary, la violó. Ocho años después, el recuerdo de esa noche fatídica, sigue estando muy presente en la vida de la joven cineasta, y muestra todo ese dolor y las heridas que todavía siguen abiertas, a través del cine, formando un diario íntimo y muy personal sobre los hechos de aquella noche y como perduran en su cotidianidad, que las imágenes sustituyan a unas palabras que no se pueden articular.

Moscoso Briceño que filma desde los 15 años, capturando su vida, y la de todos aquellos que la rodean, y acostumbrada a filmar de noche, mantiene la opción Night Shot/Visión Nocturna, para filmar por el día, creando esa imagen borrosa, difuminada y quemada, donde los personajes se confunden con el paisaje, y el contraste adquiere una revelación muy importante. Los hechos de la violación, ocultos bajo un silencio difícil de romper, los muestra mediante textos, así como los hechos que derivaron en un proceso judicial que finalmente no se abrió porque el violador era menor y el caso había prescrito. Visión Nocturna es un retrato caleidoscópico, de múltiples imágenes fragmentadas, sin un rumbo o senda aparente, en el que vemos la vida de la directora, sus experiencias, sus amistades, y todo un sinfín de imágenes que muestran el caos y la incertidumbre de una vida que ha de vivir después de sufrir un hecho tan trágico y demoledor como una violación.

La película tiene ese aroma del cine íntimo y doméstico de Chantal Akerman, Agnès Varda y Naomi Kawase, donde el cine explora y se introduce en las vidas personales de unas cineastas que se muestran y muestran sus propias vidas y sus reflexiones a través de unas imágenes que van más allá de todo aquello que filman, capturando el interior y las emociones de unas mujeres que rompen tabúes con sus películas, desnudando aquellos temas impenetrables para una sociedad que prefiere ocultar aquello que duele. Un cine que se manifiesta con todas sus armas, entrando y reflexionando en los temas que hay que entrar y mostrar, aunque sea de forma caótica y compleja, quizás esas imágenes y como las estructura la cineasta chilena, a través de un montaje que firma Juan Eduardo Murillo, son absolutamente un reflejo de todas esas emociones difíciles de entender, asimilar y mostrar. La incesante borrachera de imágenes, texturas, músicas, cuerpos, voces y demás elementos que transitan sin descanso por Visión Nocturna sirven para constatar el maná de emociones, dolores y heridas de la directora, que continuamente revive la violación cuando el proceso judicial se abre o al menos, se intenta.

Una película magnífica, rompedora y terapéutica, no solo por su extremada sencillez y complejidad, a la vez, y la desnudez directa y sucia de la que está formada, sino porque consigue engancharnos a sus imágenes que no tienen inicio ni final, sino que lo conforman un caleidoscopio en bucle donde todas las imágenes van creando ese diario íntimo lleno de caos, rabia, dolor, incertidumbre y sobre todo, extremadamente personal, sincero y a tumba abierta, lanzándonos al abismo sin red ni nada que amortigüé semejante salto al vacío, porque la película de Moscoso Briceño no es una película cómoda, sino todo lo contrario, nos invita a penetrar en el interior, en esa parte oscura y terrible desde la que nos habla la película, abriéndose en carne viva, intentando capturar todo eso que sigue torturándola en lo más profundo de su alma, y compartiéndolo con todos los espectadores que quieren asomarse a todo aquello que ocurre después de sufrir una violación, todo lo que sigue rompiéndonos y sobre todo, lo difícil que resulta explicar y compartir una experiencia de esa índole. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paula Bertolín

Entrevista a Paula Bertolín, actriz de la película «Occidente», de Jorge Acebo Canedo, en el Cinema Maldà en Barcelona, el martes 16 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Bertolín, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Occidente, de Jorge Acebo Canedo

LA MIRADA DE H.  

“¿Qué sucedía antes de que hubiera imagen?”.

A partir de los años sesenta, el cine empezó a intensificar su diálogo consigo mismo, lanzado a la búsqueda de su interior, reflexionando sobre la historia y el tiempo a través de su propio componente cinematográfico. Cine reflexivo, cine político, cine humanista, cine capaz de mirar el entorno social con herramientas propias de la ficción, el documental y el ensayo. Un cine que dejase ser retrato de su tiempo, para hablar del tiempo, e ir mucho más allá, articulando un discurso sobre la vida, el tiempo y la humanidad en el propio cine y los personajes que lo habitan, cine no solo de su tiempo, sino que trascendiese a su época, para reflejar un estado de ánimo pesimista en una sociedad cada vez más alienada y vacía. Occidente, la opera prima de Jorge Acebo Canedo (Linselles-Nord, Francia, 1974), autor de varios cortometrajes, mira a ese cine de los sesenta deudor y construye su propio discurso de los tiempos actuales, el retrato de lo que fue y desapareció, el fin de la humanidad  como se reflejaba en El caballo de Turín, de Béla Tarr. El relato es sencillo y directo, H., un personaje del que conocemos muy poco, vuelve a la ciudad industrial (con la central nuclear de Ascó, en Tarragona, como monstruo omnipresente que lo engulle todo), con la excusa de hacer una película, con ese arranque maravilloso, con su cámara de Súper 8 filmando a un niño, instante que nos recuerda a la Liv Ullmann de Persona, de Bergman, cuando nos retrataba en un plano parecido.

Un personaje oscuro y cercano, que se mueve entre el vaquero crepuscular del cine de Peckinpah y Hellman, un tipo que no anda muy lejos del cineasta griego exiliado que vuelve a su tierra en La mirada de Ulises, de Angelopoulos, en busca de esa primera imagen, de situar la inocencia frente a la barbarie de su país. En esa ciudad sin tiempo, sin nombre y llena de seres casi invisibles, que lo único que importa es seguir produciendo, no sabe qué ni para qué, se reencontrará con Gloria, un antiguo amor, totalmente alienada en un lugar vacío, sin arte, sin nada que se parezca a lo humano, como los tipos con los que se tropezará. El viejo loco que guarda imágenes sin sentido que nunca ve ni aprecia y desconoce que son, y se dedica a hacer porno para alimentar a los trabajadores que es lo único que consumen, o el esbirro al servicio de ese poder invisible que solo hace lo que le dicen aunque eso sea humillar a los demás, como el caso de Gloria que se dedica a satisfacer las necesidades depravadas del amo.

En la primera parte nos muestran una sociedad sin referentes culturales, sin reflexión, sin nada humano, solo seres explotados y explotadores en un tiempo sin futuro, sin pasado y vacío. Una ciudad sombría y muy oscura que destacan las diversas luces de neón, característica del cine asiático de Kar-wai o los recientes cineastas chinos como Bi Gan y Diao Yinan, entre otros, con esas habitaciones de paso, sin vida, sin nada, grandísimo trabajo del cinematógrafo Carlos Villaoslada, como el interesante trabajo de montaje de Manu de la Reina, o el fantástico empleo del sonido de Álvaro Cruz. En la segunda mitad, la película se traslada fuera de todo ese entramado industrial, y se va a lo rural, o lo que fue, donde la pareja protagonista se tropezará con un tipo que vive entre naturaleza y ruina, a modo de ermitaño viviendo de lo que le da la naturaleza. Los tres permanecerán en ese lugar, esperando algo que quizás no se produce. Una parte que entronca directamente con “La zona” que retrataba Tarkovsky en Stalker.

El director afincado en Tarragona no esconde sus referentes, todo lo contrario, los evidencia sin ningún pudor, como las películas políticas de Godard, como Alphaville, La chinoise o Todo va bien, el cine intenso, político y metafórico de Saura, y El desierto rojo, de Antonioni, donde la mirada crítica y desoladora a un capitalismo salvaje que lo elimina todo, y convierte la vida en una mera sombra y muy sórdida. El excelente reparto encabezado por un carismático y extraordinario actor como Francesc Garrido, una especie de caballero errante, uno de aquellos de hidalga figura, un quijotesco luchando ferozmente contra molinos industriales, casi un espectro de sí mismo, una especie de Marlowe, sin caso y sin femme fatale, bien acompañado por una Paula Bertolín, como Gloria, esa mujer humillada y aplastada por el poder, convertida en una más, en alguien sin esperanza e ignorante de todo, que despertará peor quizás ya sea tarde, con el gran Mario Gas como el viejo director de cine apagado y sin vida, un Isak Férriz, siempre eficaz, matón a sueldo de un mundo decadente y salvaje, y finalmente, la presencia de Gonzalo Cunill, un actor arrollador, físico y un aliado en esa travesía por el desierto que emprende la pareja.

La propuesta radical, abstracta y transgresora de Acebo Canedo no deja indiferente, porque construye todo un entramado narrativo y formal serio y audaz, cogiendo de aquí y de allá, explorando el cine y toda su estructura, desde la ficción, el documento, el ensayo, el experimental, y demás componentes, así como la literatura, la pintura, y demás referentes artísticos, creando ese mundo distópico, muy de aquí y ahora, como todas las grandes obras de la ciencia-ficción, reformulando el cine y su principal propósito de un arte capaz de registrar todos los cambios sociales, económicos, políticos y culturales de nuestra sociedad, y sobre todo, reflexionar con sus herramientas mirando a Occidente, o lo que queda de él, lo que fue y ya no es, un espacio abocada a la miseria moral, a la producción en cadena, y al vacío existencial más profundo, a un suicidio colectivo sin marcha atrás, eliminando al ser humano y el entorno natural, transformándolo en una nada infinita, por eso, aunque ya sea tarde y no tenga solución, la mirada de H., ese cineasta que en vez de armas, porta su cámara de Súper 8 para seguir filmando, aunque no sirva ya de nada, buscando la poesía, la verdad, esa primera imagen, o esa imagen inocente o la mirada inocente de las cosas, una mirada revolucionaria que aunque no despierta a los individuos ensimismados en ellos mismos, si que al menos deje constancia de lo que ocurre, sea quizás esa la primera y más importante función del arte, provocar la reflexión y la emoción de quién lo mira. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/338729241″>Occidente – Trailer – VO</a> from <a href=»https://vimeo.com/eldedoenelojo»>El Dedo en el Ojo SL</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Dardara, de Marina Lameiro

LA ÚLTIMA FIESTA.

“He aprendido mucho en este camino, sigo siendo un ignorante. Sorprendido, presionado, amado, sobrevalorado, censurado, satisfecho, vacío, hambriento, libre. Pero esclavo de todo esto. Agradecido y orgulloso por todo lo conseguido. Tan compañero como enemigo. Abrazado por una masa de gente y solo al mismo tiempo. Gritando en silencio. Sigo aquí pero ya me encuentro en otro lugar. Deseando parar. Y con miedo de que todo termine”.

La banda de rock se llama “Berri Txarrak” (en castellano, Malas noticias), se han pasado un cuarto de siglo tocando en euskera, picando piedra no solo en su tierra y el resto del país, sino que se han lanzado a territorios inhóspitos y difíciles como Alemania, Japón, Estados Unidos o México. Después de tantos años en la carretera, que se han traducido en 9 discos de estudio, más un recopilatorio, más de mil cien conciertos, y haber contado con productores que han tenido en su carrera a gente como Nirvana, Pixies, The Cure, etc… El terceto de los “Berri Txarrak” decide parar la travesía y cambiar de camino, para ello, montan una gira de despedida, la «Ikusi Arte Tour», que girará por medio mundo con 70 directos para finalizar en noviembre de 2019. Una despedida que querían registrarla, documentar su adiós, o llamado de otra forma, la última fiesta con su público, con todos aquellos que los han seguido allí donde iban.

De Marina Lameiro (Pamplona, 1986), conocíamos su opera prima Young & Beautiful, de hace tres años, un documento íntimo y naturalista, que ponía voz a unos amigos y amigas de la directora, que llegados al borde los cuarenta, hacían balance de sus vidas y de ese futuro negro que les espera. Su segundo trabajo, aunque va por otros lares, sigue en la misma línea que su primera película, ya que la directora navarra filma la gira, con sus conciertos, que se mueven entre lo multitudinario de algunos, con las salas más pequeñas, tanto cerrados como en espacios abiertos, donde no solo seguimos y conocemos a los integrantes del grupo, sobre todo, a su líder y voz Gorka Urbizu, con todas esas contradicciones de la persona y músico, de despedir una época brutal de su vida en la cúspide, y las dudas y miedos de empezar una nueva andadura como músico con otros zapatos y en otras cuestiones. Lamiero lo filma en su intimidad, lejos del público, en su hogar, mientras camino, compone o se relaciona con los suyos, rememorando sus inicios, tanto de él como de la banda.

La película, con buen criterio e inteligencia, no solo se queda en la parte del grupo, sus canciones y sus movidas, sino que va mucho más allá, mirando al otro lado, al contraplano tan necesario en un oficio en que el público lo es todo, y captura a todos aquellos de nacionalidades y culturas diferentes que son también parte de este viaje de la banda, una alemana que sigue al grupo allá donde vaya, unos mexicanos que descubren la banda, una joven que se gasta todos sus ahorros para verlos, y una madre y su hija pequeña, auténticas fan de las canciones espirituales, sociales y reivindicativos de un grupo cañero, honesto, y sobre todo, lleno de carisma, que destilan pasión y amor por su música, por su idioma euskera, y por encima de todo, han sido fieles a su pasión y a su público, olvidándose de modas, corrientes y demás mandatos industriales. El febril, fragmentado y magnífico montaje de Diana Toucedo, que vuelve a repetir con Lameiro en su segundo trabajo, parte fundamental en una película que sigue a la banda por medio mundo, con constantes cambios de escenarios, de luz, y de circunstancias, que llevaron a la cineasta navarra y a su equipo por varias ciudades y veintitrés conciertos de los setenta que englobaba la gira.

Dardara (que viene a traducirse como “temblor”), esa pasión e intensidad de hacer y compartir la música, recoge el aroma y la maestría de otros títulos míticos del documento sobre el rock y sus nombres como los Gimme Shelter (1970), de Albert y David Maysles, Joe Strummer: The Future Is Unwritten (2007), de Julien Temple, When You’are Strange (2009), de Tom DiCillo o Searching for Sugar Man (2012), de  Malik Bendjelloul, todos grandes trabajos sobre la música, los que hay detrás y los que hay delante, recogiendo todo el computo que es un grupo de rock, y todo lo que arrastra, recogiendo ese espíritu indomable, firme, y resistente, de aquellos que creen en su pasión, en su fuerza, en su trabajo, y en las ganas y valentía que le ponen en lo que hacen, como lo ha construido Lameiro que vuelve a seducirnos y emocionarnos con un relato desde las entrañas, desde el amor a la música, y sobre los músicos, y el público que siempre está ahí, en una gira de despedida que ya no es solo eso, sino que ha originado una película que es ante todo, una historia de veinticinco años vital contada desde el presente, un presente continuo, intenso, febril, que no se detiene, que sigue y sigue, entre conciertos, reflexiones, pasado, futuro, los rostros del público, y envolviéndonos en una música que ya forma parte de la leyenda de la música en euskera, registrada de manera brillante e intimista por los siglos de los siglos. Larga vida a BERRI TXARRAK y al rock’n’roll!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La gomera, de Corneliu Porumboiu

SI ME NECESITAS, SILBA.

“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”.

Esquilo de Eleusis

El régimen corrupto y militarizado de Ceausescu, que durante más de cuatro décadas gobernó autoritariamente Rumanía, ha sido objeto de estudio, investigación y crítica en el llamado “Nuevo Cine Rumano”, cineastas como Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Anca Damian, y Corneliu Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975), han construido películas de corte social, muy apegadas a la realidad, comedias para hablar de temas muy serios, con toques de humor negro, sátira y esperpento, mirando a la historia reciente de Rumanía, que les ha valido un espacio muy reconocido en los festivales  internacionales más prestigiosos de todo el mundo. Poromboiu ha creado hasta la fecha algunas ficciones de la talla de 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009), Cae la noche en Bucarest (2013), y El tesoro (2015), amén de un par de documentales relaciones con el fútbol.

Ahora, nos llega La gomera, que nos traslada a la isla de las Canarias, y nos enfrenta a Cristi, un policía demasiado serio, amargado y completamente a la deriva, alguien que en su día creyó en algo, pero ahora mismo, todo eso se ha esfumado. Cristi trabaja para la policía, pero también para el narcotráfico, es una especie de pistolero sin rumbo ni vida, al estilo de esos vaqueros que tanto han pululado por esas llanuras, como el John Wayne de Centauros del desierto, a la que se homenajea en la película, que el único consuelo que encuentra es con su madre, el personaje más libre y cercano de todos los que aparecen en la película. En la Gomera se reencontrará con Gilda, una mujer bellísima, elegante y muy enigmática, de la que está profundamente enamorado, pero, Gilda, al igual que Cristi, juega sus cartas y todas están marcadas. En la isla se pondrá a las órdenes de Paco, un gánster que más parece un gentleman, escapando así del estereotipo del matón al uso. Todo gira en torno a Zsolt, un turbio businessman que conoce el paradero de 30 millones de euros.

Porumboiu construye su película más de género, un film noir en toda regla, pero subvirtiendo las narrativas y estructuras del asunto, porque juega a muchas cosas, creando una mezcla de géneros más que evidente, muy al servicio, eso sí, al juego psicológico de los personajes, donde todos se mienten, se ocultan, y nunca acabas por reconocer ni intuir sus próximos movimientos y alianzas. La gomera tiene el regusto de ese cine policíaco clásico, desde Tener y no tener, de Hawks, con ese silbido, ya que el famoso silbo gomero tendrá una importancia capital en los tejemanejes que se traen los fuera de la ley, o Gilda, con la clara referencia en el nombre de la protagonista, una femme fatale en toda regla, o el universo de Melville, con ese Cristi muy cercano a Lino Ventura o el maduro Jean Gabin, de hecho se hace mención a una famosa película rumana policiaca de mediados de los setenta. Porumboiu nos sitúa en la isla, que se retrata de forma abstracta, casi de una forma espiritual, muy alejada a esa idea de paraíso que tenemos, si no todo lo contrario, una especie de paraíso, si, pero perdido, más cerca del infierno, con esa maravillosa luz etérea y naturalista de Tudor Mircea, cinematógrafo habitual del director.

Contada a través de episodios que cada lleva el nombre de los personajes principales, en los que iremos conociendo más sobre ellos, sin llegar a conclusiones evidentes de sus verdaderas intenciones, porque todos se investigan y se persiguen unos a otros, con un exquisito y fragmentado montaje de Roxana Szel, en casi toda la filmografía de Poromboiu. Misterio, y sobre todo, humor, como no podía faltar en una película del director rumano, peor ese humor a lo Buster Keaton, muy serio, muy negro, y muy en consonancia con las situaciones ridículas que se van dando en la película. La gomera guarda muchas similitudes a la trama que planteaba Kurosawa en Yojimbo, con ese juego a dos y tres bandas, o incluso más, que muy bien no se sabe a qué lugar nos llevará todo este tinglado, desde la música que recorre estilos tan diferentes como el pop de Iggy Pop, las rancheras de Lola Beltrán o la clásica de Richard Strauss, entre otros. Protagonizada por unos gánsteres muy atípicos, que usan el silbo gomero para fines criminales, una policía que lleva una operación que graba todos los movimientos de Cristi, porque desconfían de él, una mujer arrolladora, peligrosa y llena de misterio, que no resulta un buen cómplice para este embrollo, unos secuaces que nos e andan con hostias, y por último, un “macguffin”, en forma de tipo corrupto y un montón de pasta, oculta como un tesoro que hace ir y venir a todos los personajes en litigio.

Un reparto heterogéneo y a la altura de la acción planteada, como no podía ser menos. Tenemos a Vlad Ivanov como Cristi, un habitual en el universo de Porumboiu, la mujer es Catrinel Marlon, bella y de armas tomar, como toda mujer metida en un asunto masculino, o muerdes o te muerden, Rodica Lazar como la jefa de policía, otra mujer de órdago, tan fría y calculadora como se espera de una representante de la ley, que para los negocios oscuros sale al pasillo porque dentro del despacho también la observan, Antonio Buíl, actor oscense afincado en Suiza, de gran trayectoria teatral, es Kiko, un matón de esos al servicio de la causa de Paco, que interpreta magistralmente un Agustí Villaronga, que a su gran carrera como director, añade algunas intervenciones, pero no lo veíamos en un rol más extenso desde Perros callejeros II, cuando hacía de mangui que intentaba pirulear al Torete. The Whistlers (Los silbadores, en su título internacional), nos remite a aquella maravilla que supuso Los timadores, de Frears, una de esas magníficas reinterpretaciones del film noir clásico, adaptándolo a los nuevos tiempos, los noventa de entonces, y en el caso de la película de Porumboiu, a los actuales, convulsos, raros y tan extraños como todo lo que se cuece en la trama. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA