Una historia de amor y deseo, de Leyla Bouzid

AHMED CONOCE A FARAH.

“No parecen gran cosa, las palabras. Parecen inofensivas, desde luego, como bocanadas de aire, soniditos que brotan de la boca, ni calientes ni fríos, y fáciles de captar en cuanto llegan por el oído, al enorme aburrimiento gris del cerebro. Bajamos la guardia ante las palabras y llega la desgracia”.

La periferia parisina ha sido objeto de representación y estudio en la cinematografía francesa en películas como El odio (1995), de Mathieu Kassovitz, Los miserables (2019), de Ladj Ly, París, distrito 13 (2021), de Jacques Audiard, Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otras. Cine que mira a los suburbios parisinos, cine social y muy potente, que está muy alejado de la condescendencia habitual, para construir relatos sobre la dura realidad que se vive, en contraposición con el centro de la ciudad. A Leyla Bouzid (Túnez, 1984), que estudió literatura francesa en la Sorbona y cine en la Fémis, la conocimos con Al abrir los ojos (2015), su ópera prima que seguí los pasos de Farah, una argelina de 18 años, a pocos meses del estallido popular y revolucionario, de vida disoluta que la enfrentaba al conservadurismo de su familia.

Con Una historia de amor y deseo, su segundo trabajo, vuelve a hacer un retrato íntimo y personal sobre Ahmed, un chaval de 18 años, de familia argelina y de la periferia parisina, que empieza literatura en la Sorbona, y un día conoce a Farah, una joven tunecina que ha dejado su país para estudiar también literatura. Entre los dos jóvenes nace un amor y un deseo, aunque Ahmed luchará íntimamente entre su deseo sexual hacia Farah contra las ideas religiosas y tradicionales que le han inculcado desde niño. La directora tunecina construye con pausa y sensibilidad una película entre dos mundos, entre dos formas de pensar y sobre todo, sentir, donde siempre hay un forma y su reflejo, porque nos habla de literatura árabe del siglo XII, sumamente sensual y erótica, y por otro lado, está la idea tradicionalista del mundo árabe, y las diferentes formas de pensar y sentir entre los países árabes del norte de África, como pueden ser la Argelia de Ahmed y el Túnez de Farah. Dos jóvenes en las antípodas del pensamiento y los sentimientos pero que se han cruzado, y la mirada de Bouzid los retrata de forma humanista, con sus ilusiones, tristezas, miedos, inseguridades, deseos y sexualidad.

Una detallista y cromática escala de colores y luces que firma el cinematógrafo Sébastien Goepfert, que conoció a Bouzid mientras estudiaban en la Fémis, y ya se encargo de la luz de al abrir los ojos, bien acompañado por un gran trabajo de montaje de Lilian Corbeille, que la conocemos por sus trabajos en Les combattants, Mentes brillantes y la serie Vernon Subutex, entre otras, que condensa con sabiduría los ciento tres minutos de metraje, que suceden de forma rítmica y con intensidad. La extraordinaria música casi experimental del casi debutante en cine Lucas Gaudin, describe con suavidad todos los demonios interiores del joven Ahmed, bien acompañada por esos otros momentos sublimes donde escuchamos música en directo como esos hermosísimos momentos del saxofonista a orillas del Sena, el concierto de Ghalia Benali y el baile que se marca Ahmed a ritmo de las darboukas. Otro de los aspectos fundamentales de Una historia de amor y deseo es su pareja protagonista, que bien están los dos, Sami Outalbali es Ahmed, que se ha fogueado en series de televisión. Un intérprete extraordinario que sabe construir un personaje entre dos universos, un mundo interior en pleno tsunami emocional, luchando frenéticamente entre lo que siente, lo que desea y lo que se niega a ser y desear, su impulsos sexuales, sus miedos y su cobardía para enfrentarse a quién quiere ser.

Frente a él, una increíble Zbeida Belhajamor, una actriz amateur de teatro en Túnez, que se mete en el rostro, la piel y el cuerpo de una fantástica Farah, dando la réplica y el contrapunto idónea al personaje de Ahmed, agitándolo para que tome las riendas de su vida, y empiece a caminar libre de ataduras e ideas prejuiciosas, sin olvidarnos del resto del reparto, intérpretes todos desconocidos pero con un gran naturalidad para componer sus diversos y complejos personajes. Aurélia Petit, una actriz francesa que ha trabajado con grandes como Haneke, Ozon, Donzelli y Amalric, entre muchos otros, da vida a la profesora de literatura que todos hemos tenido alguna vez, esa profe que nos ha abierto la mente, que nos ha mostrado otras formas de ver, de pensar y sobre todo, de sentir, en este caso, la inmensa y desconocida literatura árabe medieval llena de erotismo, sensualidad y sexo, todo un abanico de sabiduría y posibilidades que enriquecen el universo de Ahmed y Farah y todos aquellos que tengan inquietudes y curiosidad.

Solo nos queda agradecer a la distribuidora Flamingo Films que siga apostando por este cine hecho desde la verdad, un cine social potente y real, muy alejado de la moralina y los estereotipos habituales en producciones que pretenden mostrar una realidad y acaban haciendo cine propagandístico, superficial y lo que es peor altivo y pretencioso. En la película de Leyla Bouzid no encontramos nada de todo eso, sino todo lo contrario y mucho más, porque su cine enmarca a todas las realidades que convergen en esos espacios y lo hace desde la mirada del que quiere conocer, situando la cámara a la altura de los ojos de sus inquietos y complejos personajes, sumergiéndose en todas las diferentes particularidades de aquellos que viven y vienen de la periferia parisina, de la amalgama de formas de pensar y sentir entre todos los inmigrantes que han llegado y de sus hijos, nacidos en Francia, pero envueltos en tantos mundos que los hace confundir y les dificulta su existencia, aunque como ocurre en la película, siempre les quedará la poesía árabe para dejarse llevar por sus sentidos, su erotismo y experimentar su sexualidad como les sucede a Ahmed y Farah. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Oriol Paulo

Entrevista a Oriol Paulo, director de la película «Los renglones torcidos de Dios», en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oriol Paulo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Loreto Mauleón

Entrevista a Loreto Mauleón, actriz de la película «Los renglones torcidos de Dios», de Oriol Paulo, en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Loreto Mauleón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los renglones torcidos de Dios, de Oriol Paulo

EL MISTERIO DE ALICE GOULD.

“¡Ah! Qué terrible es el signo de los pobres locos, esos “renglones torcidos”, esos yerros, esas faltas de ortografía del Creador, como los llamaba “el Autor de la Teoría de los Nueve Mundos”. Ignorante de que él era uno de los más torcidos de todos los renglones de la caligrafía divina!”.

Frase de la novela “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena

Desde que se publicó la novela “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena en 1979, se ha generado a partir de ella una aura de misterio, convirtiendo el libro en un objeto fascinante por el que no pasan los años. Lectores de diferentes edades lo descubren cada día y quedan hipnotizados por la historia de Alice Gould, esa mujer enigmática, elegante y esquiva, que oculta un misterio que nunca se nos revelará, por su historia es la de una investigadora inteligente o una sagaz impostora, nunca lo sabremos, la novela nunca lo revela, aún más, el desconcierto continúa para todos aquellos que hemos leído sus páginas. Resulta extraño que hasta la fecha, una novela tan fascinante que ha cautivado a miles de lectores, solo haya tenido una adaptación en 1983 rodada en México por el director Tulio Demicheli, en cambio, otras de sus novelas habían sido llevadas al cine por Rafael Gil, José María Forqué y Antonio Giménez-Rico.

El encargo de trasladar la novela a la gran pantalla no era tarea nada fácil, teniendo en cuenta sus 512 páginas. El trabajo ha recaído en Oriol Paulo (Barcelona, 1975), al que conocemos por thrillers de inteligente atmosfera, personajes escurridizos y un abuso de las piruetas narrativas y efectivas, tales como El cuerpo (2012), Contratiempo (2017), Durante la tormenta (2018) y la serie El inocente (2021), se enfrenta a una historia con la que vuelve a contar con el dramaturgo Guille Clua, que ya estuvo en El inocente, y la colaboración de Lara Sendim, que ha estado siempre presente en sus guiones, construyendo un guion que se centra en Alice Gould, en su historia y su relato, porque la película acoge la trama central del libro para profundizar en esos dos aspectos vitales, que pueden parecer lo mismo, pero no lo son. La historia de la protagonista, que es aquella que iremos descubriendo a través de los otros personajes, tales como Samuel Alvar, el escurridizo director del psiquiátrico, y algún que otro que es preciso no detallar, y su relato, el que cuenta ella.

La película nos sumerge en el citado Hospital Psiquiátrico, en algún momento de 1979, en pleno tardofranquismo,en sus cuatro paredes o detrás de los barrotes, rodeados de Alice, los médicos y sus perturbados pacientes. Un relato que se mueve siempre, entre estas dos, digamos realidades o no, como ocurría en la segunda parte de la famosa novela de Carroll, “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”, donde las dos realidades/irrealidades de Alicia convivían en un mismo universo, al igual que nos sucederá constantemente en la película. Cada personaje nos cambiará el rumbo que creíamos cierto, porque cada personaje formulará su versión de los hechos, una versión que la película mostrará, sin decantarse por ninguna, tal y como ocurría en la novela. La estructura se plantea a partir de tres bloques bien diferenciados, en el primero, nos adentramos en un thriller puro, con esa noche aciaga, el crimen, un incendio y los internos de aquí para allá. En el segundo bloque, asistimos a un drama, donde vemos la vida cotidiana del lugar, y las relaciones que tiene la citada Alicia con los “otros”, y finalmente, la locura, el misterio en sí, el trasunto central tanto de la novela como de la película.

Paulo construye con maestría la absorbente e inquietante atmósfera, como si se tratase de un cuento de terror victoriano, al mejor estilo hitchcockiano, donde hay huellas de películas emblemáticas sobre la locura como A través del espejo (1946), de Robert Siodmak, Corredor sin retorno (1963), de Samuel Fuller y Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman, con esas imágenes tan frías y mortecinas de la llegada de Alice al sanatorio, el exquisito trabajo de diseño de producción, y su implacable factura técnica con algunos técnicos cómplices del director como el músico Fernando Velázquez, que sin estridencias y con suavidad logra generar esa confusión que tanto busca la película, el extraordinario trabajo de montaje de Jaume Martí, que ya había estado en Contratiempo y Durante la tormenta, de inmejorable tempo y pulso narrativo en los ciento cincuenta y cuatro minutos de intensos y agobiantes tramas y personajes,  y el detallista ejercicio de luz apagada y contrastada de Bernat Bosch, que repite después de El inocente. Qué decir del elegido y adecuado reparto de la función, con ese Eduard Fernández como Samuel Alvar, el lado opuesto de Alice, un doctor que innova en terapias modernas alejándose de esos procedimientos antiguos tan siniestros, pero también mantiene ciertos contactos con la ley que le ayudaban a esconder ciertas miserias del lugar, los jóvenes doctores que se oponen a los métodos de Alvar, como los fantásticos Loreto Mauleón, una mujer con carácter y decidida en un mundo tan machista de la época, y Javier Beltrán, un médico que cree en Alice, al igual que su colega. Las presencias de Adelfa Calvo, que siempre que la vemos nos encanta, en un interesante rol, al igual que Antonio Buíl, ese poli de la vieja escuela, y Samuel Soler, dando vida a un personaje muy inquietante.

Mención aparte tienen la curiosa dupla que se forma entre Pablo Derqui, dando vida a ese “tarado”, muy peculiar y misterioso, con un peso muy relevante en la trama, y finalmente, Bárbara Lennie, que vuelve al universo de Paulo, después de Contratiempo, como Alice Gould, ahí es nada, un actriz que sabe transmitir con audacia tanto la inteligencia como la locura de su personaje. Una mujer adinerada, elegante y muy femme fatale, al mejor estilo de los clásicos de Hollywood, en uno de los personajes de su carrera, con su “verdad” y su “mentira”, en su particular descenso a los infiernos. La película tiene algunos peros: siguen habiendo alguna que otra pirueta narrativa y demasiados viajes al pasado que, a veces descentran lo interesante. No obstante, esos tics son mucho menos chirriantes que en sus anteriores trabajos, y esto se agradece mucho. Aunque todo hay que decirlo, el inmenso trabajo interpretativo y la cargada y asfixiante atmósfera que tiene la película, minimizan enormemente esas piedras, y logran lo que pretendía, hacer una digna adaptación de una inmensa novela, entretener muchísimo al público, y sobre todo, alimentar esa poderosa incógnita que ya nos zumbaba la cabeza cuando leímos la novela y no es otra que, todo lo que tiene que ver con el personaje de Alice Gould, ¿Qué de verdad o mentira existe en su historia y su relato? ¿Qué otros secretos se ocultan tras las paredes del sanatorio? ¿Qué verdad encierra el personaje que hace Derqui?. Y así podríamos estar hasta el infinito y más allá, porque el misterio que encierran los personajes de “Los renglones torcidos de Dios”, siguen y seguirán siendo misterios sin resolver y ahí radica su fascinación y su poder enigmático y fabulador. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La consagración de la primavera, de Fernando Franco

LAURA CONTRA SÍ MISMA.

“Tu mirada se aclarará solo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia adentro, despierta”.

Carl Jung

La tercera película de Fernando Franco (Sevilla, 1976), vuelve a transitar por las cotidianidades incómodas y oscuras que ya estructuraban sus dos anteriores trabajos. En La herida (2013), conocíamos a una mujer muy trabajadora pero con un grave déficit para relacionarse con los demás, y tendencias depresivas y de autolesión. En Morir (2017), una pareja se veía sumamente resquebrajada por la enfermedad de uno de ellos. En La consagración de la primavera, que acoge su título de la famosa composición de Ígor Stravinski, en un guion escrito por el propio director y Begoña Arostegui, con la que ha codirigido un par de cortometrajes de animación, nos lleva al rostro, a la piel y el cuerpo de Laura, un joven de Manacor, que ha llegado a Madrid para estudiar Químicas y está alojada en un Colegio Mayor de Monjas. Laura está sola, no conoce a nadie, deambula por la ciudad, por la Universidad, y una noche, de casualidad, conoce a David, un joven con parálisis cerebral, al que hará de asistente sexual.

Franco construye relatos muy cercanos y cotidianos, con muy pocos personajes, donde abunda la profundización de los aspectos psicológicos de los personajes. El director sevillano consigue sin aspavientos ni piruetas argumentales, sumergirnos en su microcosmos y enfrentarnos a situaciones difíciles y diferentes, accediendo a esos universos tremendamente incómodos, de los que huimos, a los que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por educación, por moral, por miedo o simplemente, por desconocimiento. Laura está en un período de descubrimientos y experiencias nuevas, ya no está al amparo de una familia conservadora y cerrada, sino que ahora deberá enfrentarse a todo aquello que rechaza, a todo aquello que le atemoriza, enfrentarse a su entorno y sobre todo, así misma, una tarea que no le resultará nada fácil, una tarea donde se sorprenderá de todo lo que descubrirá de su interior. Un gran trabajo técnico empezando por esa luz mortecina y otoñal que firma el cinematógrafo Santiago Racaj, que ha estado en las tres películas de Franco, amén de trabajar con nombres tan importantes como los de Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carlos Vermut y Carla Simón, entre otros.

El detallista y preciso trabajo de montaje de Miguel Doblado, fogueado en mil y una serie de televisión como las de Gran Reserva, Víctor Ros y Antidisturbios, entre otras, que consigue imprimir un ritmo pausado y cadencioso al relato, en el que no pasan de suceder cosas en sus ciento nueve minutos de metraje. Uno de los aspectos muy trabajados en el cine de Franco es la música, siempre diegética y tremendamente variada: música actual como techno y disco, y rock antiguo o el tema de Stravinski, un mosaico de piezas que pertenecen a ese mundo interior y complejo de los personajes, de as diferentes sensaciones, pensamientos y reflexiones de cada uno de los individuos que presenta la película. La consagración de la primavera guarda muchos paralelismos con Vivir y otras ficciones (2016), de Jo Sol, en su tratamiento de abordar aquello diferente, no normativo, en enfrentarse a los propios miedos y prejuicios y salir de tanto juicio moral y lanzarse a experimentar, a buscarse y sobre todo, a crecer sin miedo.

No estaríamos analizando con justicia la película de Franco, si solo nos quedásemos en el drama íntimo que en apariencia propone, porque la película va mucho más allá, y profundiza en muchos aspectos, usando diversas texturas y aspectos, como ese humor negro que tanto tiene, donde le da la vuelta a algunas situaciones y generando esa mirada donde todo tiene su lado cómico, o el revestimiento de comedia romántica, pero no al uso trillado de ciertos productos, sino con la maestría y la elegancia que las hacía Rohmer, en esas idas y venidas entre fiestas en pisos, cruzándose por los pasillos de la facultad y demás, y sobre todo, en el aspecto moral, donde la tolerancia y la apertura en todos los sentidos que se encuentra Laura con Isabel, la madre de David y el propio David, tan alejados al conservadurismo que trae de su familia. Laura encuentra su lugar en el mundo descubriendo que hay muchos mundos en este, que solo hace falta abrirse, atreverse y sobre todo, experimentar en libertad, abandonarse a esos universos de experimentación, de objetos sexuales y de pieles y cuerpos tocándose y sintiendo más allá de todo, de los prejuicios, miedos, inseguridades y mierdas.

Como ocurrían en sus anteriores películas, el grandísimo trabajo del equipo artístico es enorme, dotando a cada personaje de una magnífica naturalidad, a los que alguna vez no les hace falta ni tan siquiera hablar para expresar todo aquello que ocultan. Una Emma Suárez maravillosa y cercanísima, dando vida a Isabel, esa mujer que ha tenido que abrirse a los deseos de su hijo con parálisis cerebral y ser una madre tolerante y muy abierta, como deberían ser todas. Telmo Irureta un versátil intérprete, tanto en cine como en teatro, que ha dirigido varios cortometrajes, es el mejor David posible, con ese humor, esa música, y esos momentazos que nos regla a lo largo y ancho de la película, que consigue una comunicación espiritual y muy emocional con el personaje de Laura, que hace una fabulosa Valèria Sorolla, su primera vez en el cine, después de haberse curtido en el teatro y en televisión. Su Laura es uno de esos personajes de pocas palabras, todo lo expresa con esa mirada que nos atrapa, que nos hechiza, que encierra demasiadas oscuridades, y la seguiremos por su periplo emocional, por su travesía por todo aquello que debe dejar en el pasado para crecer de forma libre y sin ataduras en el futuro. No dejen de ver La consagración de la primavera, porque se alegrarán y mucho de conocer su historia y sus personajes, y sobre todo, les ayudará a cuestionarse muchas estupideces que todavía piensan y ya es tarde para abandonarlas y empezar a mirar las cosas desde otros ángulos y perspectivas, porque se están perdiendo un mundo asombroso y está muy cerca de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Villafaina

Entrevista a Carlos Villafaina, director del proyecto de película «Festina lente», dentro de la 5ª edición de poryectos de La incubadora de la ECAM, en la productora Mayo Films en Barcelona, el viernes 10 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Villafaina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Violeta Cussac de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Argentina, 1985, de Santiago Mitre

DIGNIDAD Y JUSTICIA.

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria”.

Eduardo Galeano

Las cuatro películas que he visto de Santiago Mitre (Buenos Aires, Argentina, 1980), giran en torno a la política, al hecho político. Sus personajes están enmarcados en ambientes donde la política decide sus actos y pensamientos, aunque el director argentino no solo se queda en ese marco, sino que va más allá, y usa la política como un pretexto para hablar de algo mucho más profundo, que no es otra cosa de la condición humana, toda su complejidad, contradicción y oscuridad, porque sus individuos, tengan el cargo que tengan a nivel político, están obligados a manejar sus aspectos personales, íntimos y menos públicos.

Mitre profundiza en las almas de sus personajes a partir de las situaciones morales que la política los lleva sin remedio, explorando todos sus actos y como no podría ser de otra manera, la gestión de esas consecuencias, que como suele ocurrir, nunca llegan a ser las más acertadas y las más comprensibles ante los ojos de los otros. Aunque, una cosa si tienen las almas de Mitre, nunca son personas que se dejen avasallar por las circunstancias y siguen remando a contracorriente, siguen creyendo en sus ideas y sobre todo, en su justicia. Con Argentina, 1985, el director Santiago Mitre se enfrenta por primera vez a un caso real, y a un persona como el fiscal Julio Strassera (1933-2015), convertido en el personaje de la película, porque a partir de él se construye todo el entramado. A partir de un guion del propio director y Mariano Llinás, toda una institución del cine más personal y profundo de Argentina, a través de El Pampero Cine, en su cuarto guion junto a Mitre, después de Paulina (2015), La cordillera (2017), y Pequeña flor (2022). La trama cuenta el caso real de Strassera, junto a su asistente Luis Moreno Ocampo y el equipo de jóvenes abogados, que se encargaron de la acusación en la causa contra los nueve mandos del ejército argentino, integrantes de la dictadura cívico-militar que entre el 1976 y 1983, que bajo las órdenes de Videla  sembró de detenciones, torturas, asesinatos y desaparecidos el país.

La película se desarrolla en dos tiempos. En la primera mitad, asistimos a la preparación del juicio, siguiendo las investigaciones y la recavación de información para preparar la acusación. En la segunda mitad, asistimos al juicio, en el que nos muestran las grabaciones reales, tanto de video como de audio que se registraron del juicio, que casa con la imagen de la película, más cuadrada que la estándar, un preciosista e intenso trabajo de Javier Julia, que ya había trabajado con Mitre en La cordillera y Pequeña flor, y qué decir del rítmico y magnífico trabajo de montaje de Andrés P. Estrada, que ha trabajado con gentes tan importantes como Pablo Trapero, Juan Schnitman, y estuvo en el equipo de La cordillera, en una película de ciento cuarenta minutos con un grandioso ritmo, en el que no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales. La excelente música de Pedro Osuna ayuda a sumergirnos en el contexto social, económico y cultural de aquella Argentina que quería hacer memoria en una democracia todavía con el olor a muerte y destrucción de la dictadura.

Un grandísimo reparto entre los que destaca un extraordinario Ricardo Darín, que se nos acaban los calificativos de este enorme actor, el bonaerense hace toda una amalgama de registros y detalles que son toda una lección de cómo interpretar y sobre todo, como capturar la esencia de un tipo que, muy a su pesar, tuvo que lidiar con el juicio más importante de la historia de Argentina, en uno de esos personajes con alma, sencillos y tremendamente cotidianos, como los que construía Frank Capra en sus maravillosas películas, gentes de aquí y ahora, de carne y hueso, que están muertos de miedo ante lo que les espera, enfrentarse al poder más oscuro y terrorífico, pero aún así, sacar valentía y ser dignos y hacer lo imposible por reparar las injusticias cometidas, y sobre todo, no rendirse jamás, a pesar del miedo, de las dudas y las amenazas a las que son sometidos por ese poder invisible y asesino. Bien acompañado por su peculiar Sancho Panza, el actor Peter Lanzani, al que habíamos visto en El clan, de Trapero, y El ángel, de Luis Ortega, se mete en la piel del asistente Luis Moreno Ocampo, un tipo sin experiencia que, a pesar de la oposición materna y familiar, con militares como parientes, se enfrenta a ellos y trabaja en lo que considera justo, necesario y digno.

En personajes más de reparto, nos encontramos con un actor que nos encanta, el veterano Norman Briski, que tuvo su idilio con el cine español, en películas de Saura y Gutiérrez Aragón, cuando estalló la dictadura y se exilio por estas tierras. En un personaje entrañable, de frágil salud, mentor de Strassera, con conversaciones de esas que encogen el alma y sirven para que el personaje que hace Darín tenga una voz de la experiencia, una especie de padre y amigo a la vez. Y, también encontramos la presencia de Laura Paredes, una actriz fetiche de “Los Pampero”, en un rol de superviviente de la dictadura. Mitre ha construido una película fabulosa, que tiene de todo, alma y cuerpo, que habla de política, de memoria, de dignidad y de justicia, de unos pocos hombres y mujeres que se enfrentaron a los asesinos militares de su país, y lo hicieron con las armas que tenían, libertad, democracia, reparación y verdad, palabras que deberían ser una realidad, y que suelen costar tanto que se materialicen en las sociedades actuales en las que vivimos. La película no necesita florituras ni aspavientos narrativos ni demás, para convencer al espectador y llevarlo de su mano, porque todo lo cuenta tiene una parte conmovedora y sensible, sin ser sensiblera ni condescendiente, y sumerge al espectador en este viaje de la dignidad y la justicia para los que ya no están y para los que se han quedado, para construir una sociedad un poco mejor cada día, aunque, como vemos en la película, haya que seguir luchando y luchando, y sobre todo, desenterrando muertos y darles la voz que otros le negaron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Arantza Santesteban

Entrevista a Arantza Santesteban, directora de la película «918 Gau», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 19 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arantza Santesteban, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sandra Carnota de Begin Again Films, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

918 Gau, de Arantza Santesteban

918 NOCHES EN LA CÁRCEL.

“El 4 de octubre de 2007 fue el día que nos detuvieron. Estábamos reunidos en Segura. Y los que estábamos en la reunión pertenecíamos a un partido ilegalizado, un partido de izquierdas independentista que un juzgado español había declarado ilegal. En aquella época había conversaciones entre ETA y algunos partidos políticos. También con el Gobierno español. (…) Mientras estábamos en la reunión la Policía Nacional tomó el pueblo y aprovechó para cerrar todos los accesos por carretera. Todos los que estábamos allí sabíamos que nos detendrían tarde o temprano porque llevábamos meses bajo seguimiento policial…”

Hemos visto muchos retratos en primera persona de lo que supone la gestión física y emocional de lo que significa la detención, encarcelamiento y posterior libertad de una persona. La cineasta Arantza Santesteban (Pamplona, 1979), con formación en Historia y documental, es una inquietante investigadora que ya había dirigido piezas profundizando sobre el conflicto vasco desde una perspectiva femenina y sobre la representación cinematográfica.

La directora no solo retrata y describe minuciosamente detalles de su detención, su posterior encarcelamiento y después de 918 Gau, las 918 noches que estuvo en la cárcel, su puesta en libertad, pero lo hace desde una intimidad que resulta escalofriante, porque no hace un recorrido natural, sino que se detiene en pequeños y leves detalles, en todo lo que hace inhumano su experiencia. Santesteban lo hace desde su puesta en libertad, coge una grabadora en mano y nos lo relata, como esa asombrosa apertura desde un automóvil en movimiento y la música que penetra en nuestros sentidos, y corte a la directora sentada dentro del vehículo y empieza a testimoniar su experiencia. La cineasta navarresa nos propone un viaje hacia su intimidad y lo hace desde su interior, muy fragmentado, como decía Gabriel García Márquez que uno recordaba sus cosas, a fragmentos y sin ningún orden cronológico, en el que somos testigos de ese montón de fotografías que le envían sus amigos desde fuera, o esas otras con los y las de adentro, o las peculiaridades de unas y otras, y esos detalles de las locuras de una presa, y demás situaciones dentro de la cárcel, o aquellos primeros momentos de la detención, su comparecencia ante el juez Garzón, y luego, cuando salió, su recibimiento y su estigma por haber estado dentro.

Todo un cúmulo de sensaciones, emociones contradictorias, experiencias sexuales y de otro ámbito, mezcladas, fusionadas y a trozos, como se recuerdan las experiencias traumáticas de una vida o un tiempo de vida. 918 Gau tiene una duración corta, apenas sesenta y cinco minutos, pero sumamente cuidados y con una factura técnica magníficas, con un equipo enteramente femenino, arrancando por el tándem de productoras, Marian Fernández Pascal de Txintxua films, una productora vasca que tiene en su haber directores tan potentes como Asier Altuna, Telmo Esnal y Koldo Almandoz, y Marina Lameiro de Hiruki Filmak, excelente directora con títulos como Young & Beautiful (2018) y Dardara (2021) y el cortometraje Paraíso, del mismo año, codirigido con Maddi Barber, cinematógrafa de Gau 918, y cineasta que, consigue dotar de oscuridad y luz a todos esos momentos de intimidad que propone la película, así como el exquisito y rítmico montaje de Mariona Solé, que tiene experiencia en la edición en los equipos de las películas de Carlos Marqués Marcet y el impecable trabajo sonoro de Alazne Ameztoy, que ha trabajado en los equipos de películas tan interesantes como Amama, Mudar la piel y Maixabel.

Santesteban nos atrapa desde la sencillez y la cercanía de su película, sin artificios ni nada que se le parezca, alejándose de toda empatía y sentimentalismo con el espectador, porque no construye su película desde esa posición, sino desde otra más difícil y a la vez más interesante, porque lo hace desde la experiencia profunda e íntima de una experiencia traumática, generando así un diálogo mucho más íntimo y conmovedor con el espectador, porque lo implica de forma inmersiva y nos sumerge en un infinito puzle de emociones, pensamientos, reflexiones, y sobre todo, muy corpóreos y sensoriales, todo un viaje como dejan evidentes sus primeras imágenes y esas últimas que nos despiden. Un viaje hacia lo más profundo del alma, hacia todos aquellos lugares donde no sirven las palabras, donde hay que hablar desde otros lugares, otros estados, desde el alma, desde lo más oscuro, desde todo aquello que nos duele, que nos acaricia, desde todo aquello que no le contamos a nadie, a partir de contradicciones, ideas y sensaciones, y desde lo personal y lo político.

La cineasta pamplonesa Arantza Santesteban no solo ha construido una película magnífica y sensible sobre su experiencia, sino que ha ido más allá, porque no solo nos habla de ella, sino también de su entorno, aquel que quedó fuera, y aquel otro que se encontró dentro de la cárcel, convirtiendo esa dualidad en una forma de resistencia y carácter ante los acontecimientos adversos de su vida, y resulta ejemplar su entereza y predisposición para enfrentarse a su experiencia a través del cine, de esta película, porque no resulta nada fácil hablar y hablarnos de todo lo pasado, y haciéndolo desde esa postura tan desnuda, tan íntima y con criterio y sabiduría. 918 Gau no quiere ser una película política al uso, porque acaba siendo muchísimo más, acaba sumergiéndose en el ámbito y la postura política desde lo personal y lo íntimo, dialogando desde el alma, desde todos esos detalles sin importancia que acaban formándonos como personas y gestionando las experiencias complejas para seguir creciendo y caminando hacia delante, viendo y viéndonos desde todos los ámbitos, aspectos y situaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA