“Durante la guerra fría, vivimos en tiempos codificados cuando no era fácil y había tonos de gris y de la ambigüedad”
John le Carré
Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, empezó otra guerra, la “Guerra Fría”, un conflicto lidiado en todo el mundo, una guerra que enfrentaba a la URSS y a los EE.UU., las dos grandes potencias, tanto económicamente como militarmente, por el control mundial, un enfrentamiento encubierto y no declarado entre espías que se investigaba unos a otros, una guerra que duró casi medio siglo. A principios de los noventa, con la caída de la Unión Soviética, muchos pensaron que todos los países al amparo soviético, como Cuba, también caerían, pero las cosas se encaminaron por otros derroteros. El director Olivier Assayas (París, 1955), con más de tres décadas en el cine, un cine que se mueve entre los conflictos sentimentales y familiares entre grupos de personas de diferente índole que les une algo en común como la amistad o los lazos sanguíneos, en los que ha conseguido certeros títulos como Finales de agosto, principios de septiembre (1998), Las horas del verano (2008), Después de mayo (2012) o Dobles vidas (2018), entre otras, y el thriller sofisticado y profundo como Demonlover (2002) o Boarding Gate (2007).
También, se ha adentrado en el thriller político con Carlos (2010) miniserie dedicada a Ilich Ramírez Sánchez, uno de los terroristas, mercenarios y espías más importantes de la “Guerra Fría”, activo del 1973 hasta bien entrada la década de los noventa cuando fue capturado. Edgar Ramírez, el actor que interpretaba a “Chacal”, vuelve a ponerse bajo las órdenes de Assayas, que basándose en la novela The Last Soldiers of the Cold War, de Fernando Morais, para contarnos un entramado político que abarca todos los años noventa, entre Cuba, Miami y Centro América. Ramírez da vida a René González, un piloto cubano, casado y con una hija pequeña, que deserta rumbo a EE.UU. Allí, se pondrá en contra con los cubanos anticastristas que con la excusa de salvar a balseros, tienen una red donde trafican con droga y dinamitan el estado cubano. Conoceremos a otros como González, que han optado por el mismo camino, como Gerardo Hernández (interpretado por Gael García Bernal), o Juan Pablo Roque (Wagner Moura), aunque en realidad todos ellos juegan a un doble juego en el que es muy difícil descifrar quién trabaja con quién, y quienes ayudan a Cuba o la dinamitan con sus operaciones secretas.
Assayas consigue un buen thriller político, en el que se mezclan con astucia y seriedad el conflicto patrio con el personal, donde la familia juega un papel fundamental, como en el caso del personaje de Ramírez, con su esposa Olga Salvanueva (interpretada por Penélope Cruz) castrista convencida, o Ana Margarita Martínez (que hace Ana de Armas) la cubana enamorada de EE.UU., que tiene que lidiar con la ambigüedad de su marido, el personaje que interpreta Moura. O un personaje como José Basulto (al que da vida Leonardo Sbaraglia), una especie de reclutador de anticastristas en Miami, con todo lo que parece y no es. Quizás puedan liar algo las idas y venidas de la película, en la que a modo de pequeños episodios van mostrándonos las diferentes capas que oculta la película, muy al estilo de Scorsese, y la verdadera naturaleza de cada uno de los personajes y todo aquello que muestra y también, lo que oculta al resto. La red avispa tiene ese aroma intrínseco de grandes títulos del género como El ministerio del miedo, El espía que surgió del frío, Nuestro hombre en la Habana, o muchos de los trabajos de Costa-Gavras, un especialista en el género político, y las más recientes como Syriana o El topo, donde nada es lo que parece y todos parecen engañarse unos a otros, donde el espectador debe estar muy atento para ir descifrando las pistas y secretos que se irán desvelando.
El cineasta francés maneja con pulso firme y nervio las tramas que rodean el relato, los diferentes espacios donde se juega, capturando esa atmósfera crucial para una cinta de estas características, para crear esa ambigüedad ya no solo en las miradas, gestos y movimientos de los personajes, sino en los lugares donde se desarrollan la trama compleja y humana. Assayas ha formado un grupo de intérpretes bien conjuntados que saben captar las esencias que encierran cada personaje. Además, entre los intérpretes encontramos nacionalidades sud y centroamericanas, incluso española, que mantienen los diferentes idiomas de la película, desde el castellano, inglés o ruso, dotando a la obra de una verosimilitud magnífica, ofreciendo esa veracidad esencial que tanto necesita una película de estas características. Cine de personajes, donde los espías son cercanos y llenos de miedos, inseguridades y de contradicciones, que a veces actúan por instinto, emocionalmente y otras, siguen a pies juntillas las órdenes aunque no se muestren muy de acuerdo, el eterno conflicto entre patria o familia, entre lo que uno piensa y lo que siente o debe de hacer, esa dicotomía que con inteligencia explica la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“(…) Su investigación concierne a la vida real. Nos es una película documental. Su investigación no tiene por objeto describir; es una experiencia vivida por sus autores y actores. Nos es una película sociológica propiamente hablando. La película sociológica investiga la sociedad. Es una película etnológica en el sentido literal del término: busca al hombre. (…) Cinéma-Verité significa que hemos querido eliminar la ficción y acercarnos a la vida. Significa que hemos querido situarnos en una línea dominada por Flaherty y Vertov”
Jean Rouch y Edgar Morin (reflexiones recogidas en la sinopsis de Chronique d’un été, 1961)
La inmensidad de la historia cinematográfica nos lleva a descubrir cada poco tiempo a cineastas maravillosos, dotados de miradas muy personales y profundas, cineastas que siempre han estado ahí, pero la inútil vorágine en la que vivimos, arrastrados por la dictadura de la actualidad, nos impide detenernos y mirar a nuestro alrededor, y descubrir esas nuevas formas de hacer cine. Estos días de junio, como sucede desde hace 28 ediciones, la Mostra Internacional de Films de Dones presenta su programación cargada de propuestas muy interesantes y estimulante. Este año, debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia de la Covid-19, la sala de la Filmoteca de Cataluña ha dejado paso a la plataforma de Filmin, espacio imperdible para el cine más reflexivo, inquieto, curioso y magnífico.
La retrospectiva de este año, bajo el epígrafe de “Pionera del documental latinoamericano”, se ha dedicado a la figura de Marta Rodríguez (Bogotá, Colombia, 1933) cineasta que descubro gracias a la Mostra, de la que han escogido cinco trabajos de su primera etapa, con su fiel compañero Jorge Silva (Colombia, 1941-1987) con el que codirige esta primera etapa recogida en la Mostra, arrancando con Chircales (1966-1971) su opera prima, se adentran en el barrio del título, situado en el sur de Bogotá, para centrarse en la familia Castañeda durante un lustro, un período en el que descubrimos su trabajo como esclavos construyendo ladrillos de manera rudimentaria y artesanal. Somos testigos de la injustica y la explotación a la que son sometidos esta familia formada por el matrimonio y doce hijos, todos empleados en la fabricación de ladrillos, expuestos a mil calamidades y malviviendo en condiciones infrahumanas, en que la propia Marta Rodríguez explica sus reflexiones en su película:
“En este documental aplicamos como un marco metodológico la observación participante, método de trabajo que supone que el cineasta se integre en la comunidad, sea aceptado por ella y se convierta en un miembro más de la familia elegida para realizar el documental. Desde este punto, compartimos cinco años en la vida con la familia Castañeda, fabricantes de ladrillos. Durante estos cinco años de realización exploramos una metodología para el cine documental en condiciones de violencia política. En los años sesenta y setenta nos existen en Colombia escuelas de cine, ni casas productoras de documentales, las únicas herramientas que poseíamos eran una cámara y una grabadora con las cuales se consiguió mostrar la poesía, la violencia y la explotación de la familia Castañeda”.
Los siguientes trabajos son Campesinos (1973-1975) y Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1981), planteado como un díptico en el que nos trasladan a la región del Cauca, donde nos muestran el pasado y el presente de la población indígena dedicada al cultivo de todo tipo de cereales, sometidos a condiciones indignas de trabajo y vida. Las películas hacen un recorrido que empieza en la sumisión, donde los campesinos sufren la constante explotación y vejación hasta el despertar en el que se organizan y luchan por sus derechos, a través del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), como explica la propia codirectora:
“Los indígenas han luchado y luchan hoy para la recuperación de sus tierras, porque, según su propia voz, en la recuperación de la tierra indígena comienza un proceso de recuperación “Crítica” de su pasado y de su historia. La película pone énfasis en la significación de este momento del proceso, en lo que significa para la población “ver políticamente el pasado y pensar históricamente el presente”. Una propuesta de cine cultural que asume artísticamente el contexto dentro del cual se produce. Es una película concentrada básicamente en los procesos de pensamiento que intenta acercarse al subconsciente de la cultura indígena andina, con la dialéctica con la cual interactúan en el interior de una realidad: diablos y señores feudales o terratenientes, esclavos y amos, análisis i poesía, organización y magia, mito e ideología”.
En Nacer de nuevo (1986-1978) vamos a la zona de Armero, que sufrió la terrible tragedia provocada por el volcán Nevado del Ruiz en noviembre de 1985, sepultando en el barro a buena parte de los 25000 habitantes. Conocemos a María Eugenia Vargas de 71 años, una de las sobrevivientes, que vive en una tienda de campaña que ha convertido en su hogar. Y finalmente, el tándem de cineastas, nos llevan a la zona de la Sabana, en la película Amor, mujeres y flores (1981) donde somos testigos de la explotación que sufren los trabajadores, mujeres en su mayoría, en el cultivo de las flores, debido a los pesticidas que provocan enfermedades terminales y las condiciones brutales de trabajo. Rodríguez, que estudió en París con Jean Rouch, el padre del cine etnológico, optan por un cine de la persona, mirando y capturando sus vidas, como mencionaba Vertov: “La verdad de la vida”. Un cine por y para las personas, un cine militante, político y social, un cine que indaga y profundiza en lo invisible, en aquello que queda fuera de la realidad impuesta por estados y medios, una realidad trabajadora, con indígenas en su mayoría, u otro tipo de personas de extracción social muy baja, gentes que necesitan imperiosamente trabajar para subsistir, una subsistencia precaria, esclava e infrahumana, que es el verdadero rostro de Colombia, como se escucha en un momento en una de las películas.
Un cine en primoroso blanco y negro, desgarrador y sensible, con planos de una fuerza expresa conmovedora y tangible, un cine de ese instante que sigue abriendo conciencias con el tiempo, donde su huella sigue siendo imborrable e influenciadora para muchos, un cine para despertar y remover conciencias, basada en dos términos esenciales: el registro documental y la puesta en escena, mostrar esa realidad de manera cruda y cercana, en que la cámara adquiere una intimidad corpórea, pegada a sus personajes y sus circunstancias, y también, capturar esos momentos humanos, donde la poesía también adquiere su espacio, como sucede en Chircales, con esa niña vestida de comunión, un vestido blanco inmaculado en contraste con esa suciedad y miseria, tanto física como moral, en la que viven ella y su familia. Los retratos no son meramente individuales, sino colectivos, donde podemos escuchar diferentes voces, voces que reflejan el alma de un pueblo oprimido, sujeto a la violencia gubernamental para detener sus reivindicaciones sociales y laborales, en el que hay tiempo presente, y pasado, donde la memoria se convierte en un aspecto fundamental para entender de dónde venimos y dónde estamos, en un cine en continua lucha contra el olvido, el olvido, auténtico mal endémico en muchos de los conflictos actuales y venideros, una memoria esencial y capital que muestra una realidad con múltiples capas y realidades.
El cine de Marta Rodríguez se agrupa en lo que se llamó el «Nuevo cine latinoamericano», donde el documental dió grandes títulos, aupado por esa realidad de cambios políticos y revolucionarios, en la línea de la reivindicación y visibilización de unos pueblos oprimidos como La hora de los hornos (1968), de Pino Solanas y Octavio Getino o La guerraolvidada (1967), de Santiago Álvarez, entre otros. Un cine humanista que filma a personas, y sus conflictos, nos ayuda a visibilizarlos y conocer su identidad, así como sus deseos, ilusiones y lucha. Un cine de arraigo social que muestra realidades dolorosas, donde hay explotación, esclavitud, violencia, muerte, pero lo hace sin olvidarse de un sentido ético y estético de que esas imágenes filmadas contribuyan al conocimiento de esa realidad que se oculta por parte del gobierno, donde el cine adquiere no solo una herramienta fundamental de mostrar lo olvidado, sino de un elemento de conocimiento, reivindicación, militancia, lucha, y humanidad. Una pareja de cineastas clave en la memoria indígena y explotación de Colombia, activos desde finales de los sesenta hay la actualidad, ahora solo Marta Rodríguez, que sigue en la brecha explicando historias sobre gente común, humilde, gentes que nunca son noticia, gentes que están ahí, y los cineastas colombianos les ofrecieron su mirada para explicar sus relatos, su memoria, su pasado y presente, convirtiendo su cine en una filmografía esencial para conocer la realidad colombiana de primera mano, a través de sus rostros, sus voces y sus cuerpos, conociendo esas realidades de explotación, miseria y violencia que desgraciadamente sigue sacudiendo el país sudamericano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
<p><a href=»https://vimeo.com/425446061″>Laia Manresa conversa amb Marta Rodríguez | 28a Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona</a> from <a href=»https://vimeo.com/mostrafilmsdones»>MostraFilmsDones</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
“Todo pasa, todo cambia. Haz lo que crees que tienes que hacer”
Bob Dylan
En 1976, en el Winterland Ballroom de San Francisco, tuvieron lugar unos conciertos de despedida del grupo de rock “The Band”, por allí pasaron leyendas como Dylan, Eric Clapton, Muddy Waters, Van Morrison, Neil Young y Joni Mitchell, que se unieron al grupo en el Winterland de San Francisco, en unos espectáculos memorables que decía adiós a una de las bandas de rock más influyentes y míticas de la historia. Martin Scorsese estaba allí para registrar aquellas noches inolvidables. El resultado fue The Last Waltz, una de las mejores películas-concierto del rock and roll. Más de cuatro décadas después, de la mano de uno de los miembros de “The Band”, Robbie Robertson (Toronto, Ontario, Canadá, 1943) autor de muchas bandas sonoras de Scorsese, recorremos la historia de la banda, apoyándonos en su libro de memorias Testimony, publicado en 2016, y viajamos por sus recuerdos personales y musicales, desde aquellos inicios a finales de los cincuenta en Toronto, cuando Robbie y sus amigos-hermanos del alma Levon Helm, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson se conocieron y empezaron a tocar como “The Hawks”, pasando por las legendarias giras acompañando a un jovencísimo Bob Dylan en el 65 y 67, sus grandes actuaciones, sus grabaciones domésticas, su excelente álbum de debut, Music From Big Pink en el 68, etc… Toda una revelación de entonces, que los puso en el candelero del rock de aquellos años, auténtica efervescencia de música, cultura, juventud, revolución y estallido social que se vivía en Estados Unidos.
A través de imágenes de archivo, algunas de ellas inéditas, audio de entrevistas de los componentes que se fueron, fotografías de Elliott Landy, un gran especialista en el género, y los testimonios de personalidades musicales como el propio Robertson, Bruce Springsteen, Eric Calpton, Taj Mahal, Ronnie Hawkins, Van Morrison, Dominique Roberton y el cineasta Martin Scorsese, que coproduce la cinta junto a Brian Grazer y Ron Howard. El jovencísimo cineasta Daniel Roher, apenas 26 años, de Toronto, ha construido un documento extraordinario y conmovedor sobre la música rock, sobre un grupo de hermanos que hicieron música junto a los más grandes, porque su música llena de fuerza, pasión y sensibilidad marcó un tiempo, el que va de mediados de los sesenta a principios de los setenta, un tiempo mítico, inigualable y que jamás volverá, un tiempo donde “The Band”, más que un grupo de rock progresivo, era una hermandad en el que todos iban a una, y todos eran uno.
La película no solo se centra en los aspectos más felices y agradables, donde el grupo de amigos disfrutaba con la música, con el compañerismo y demás, sino que también explora aquellos momentos donde el alcohol y las drogas hicieron acto de presencia en el seno del grupo y provocaban grandes conflictos internos en el alma de todos, siguiendo esa maldita estela tan asociada al rock, en el que somos testigos del auge y la caída de un grupo talentoso que sentían la amistad y la música como nadie, quizás esa pasión desaforada y la amistad que les unía fue el detonante que, nada es eterno, y como cantaba Dylan: “Los tiempos están cambiando sin remisión…”, y nada se puede hacer ante eso. Roher escenifica de manera sencilla y contundente el tsunami que significó una banda como “The Band” en el panorama musical de aquel tiempo, trasladado a su forma de narración con esa mezcla intensa y brutal que hace de las imágenes de antes con los testimonios de ahora, capturando ese espíritu bestial y la velocidad de crucero con la que se vivía entonces.
La película nos habla de manera frontal y directa registrando todo aquel tiempo imborrable, donde todo ocurría ya y encima pasaban millones de cosas a diario, donde todo se experimentaba de forma muy intensa y pasional, donde el rock era el himno de todos los jóvenes, donde la vida y la música iban de la mano y se convertían en uno solo, donde lo personal y lo profesional caminaban por una cuerda floja constante a punto de romperse, en que el equilibrio físico y mental pendía de algo muy frágil, y en esa extraña dicotomía se movían los rockeros de entonces que sin quererlo estaban cambiando la historia de la música popular para siempre. Once Were Brothers: Robbie Robertson and The Band, no solo deja testimonio de una de las mejores bandas de rock de la historia, sino también de su enorme influencia en los grupos de entonces y venideros, y como no, de un tiempo maravilloso y libre, donde parecía que todo podía cambiar, que otro mundo era posible, que las cosas podían funcionar de otra manera, más humanista, más libre y sobre todo, menos alienante y acomodada, aunque la realidad y la tristeza se impusieron y esos tiempos soñados no llegaron a venir, siempre nos quedará una banda como “The Band” y la música rock que tanto deslumbró a todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
En las películas familiares estadounidenses acostumbran a llevar una carga demasiado pesada en lo que se refiere al mensaje, siempre positivo, excesivamente edulcoradas, muy patrióticas, y el exceso dramático, que en muchas ocasiones, rallando lo ridículo e inverosímil. Un verano inolvidable, de Sharon von Wietersheim (Fort Stewart, Georgia, EE.UU., 1959) reúne muchos tópicos del cine familiar, pero en algunos aspectos se desvía de esa tendencia demasiado azucarada que se impone en el género. Immenhof, título original en alemán, nombre ficticio del lugar donde se desarrollan las películas, son una serie de películas en lo que se llamó “Heimatfilme” (películas de la patria) que entre 1955 y 1974, produjeron cinco películas sobre la granja y las hermanas Jansen, de gran éxito entre el público. Ahora, y de la mano de von Wietersheim, que creció en Alemania, y con amplísima experiencia en televisión como guionista, productora y directora, volvemos al mundo de Immenhof y la granja de caballos de cierta edad, dedicada a cuidarlos y darles un retiro decente y humano.
Conoceremos a Lou Jansen, la joven de 16 años, que ha heredado el talento de su padre, medallista olímpico, ya fallecido, para el cuidado y el entendimiento de los caballos. También, sabremos que la granja no atraviesa por sus mejores momentos con la ausencia paterna y está agobiada por las deudas contraídas por el antiguo socio de su padre. En esas aparece Cagliostro, un pura sangre que tiene que ser el no va más de las carreras, pero el animal, después de un accidente, no se siente bien, y recurrirán al buen hacer de Lou para animar y convertir al caballo en un auténtico campeón. La película se centra en el viaje emocional que vive Lou, con la llegada a la granja de Leon, un joven voluntario de trabajo, que rivalizará con Matz, el íntimo amigo de Lou, y despertará en la joven sentimientos contradictorios, y las otras dos hermanas Jansen, Charlye, la mayor, y Emmie, la más pequeña. La cinta se aleja de los tópicos del género familiar, introduciendo el conflicto sentimental de la joven, y sobre todo, en esa idea de amor hacia los animales de una forma íntima y sincera, conociendo realmente los problemas de cada caballo y ofreciéndolos todo aquello que necesitan para su retiro, como hace Lou con Holly, el caballo que montaba su padre cuando fue campeón olímpico.
En contrapartida, vemos al malvado de turno y sus secuaces, que ven en los animales como una fuente económica, quizás la parte más tópica de la película, pero el buen hacer de la joven Leia Holtwick manejando con solvencia y sensibilidad el personaje de Lou, que vivirá un verano completamente diferente, donde todo puede ocurrir y las cosas no son tan sencillas como parecen. Unos personajes que a veces intentan hacer las cosas bien, pero también se equivocan y hacen daño, o los conflictos internos que aparecen cuando las cosas se tornan demasiado sombrías, y parece que hay pocas salidas para encarar el entuerto, donde el pasado y todo lo que ocurrió adquiere una importante enorme en el devenir de los sucesos, en los que cada uno de los personajes deberá enfrentarse a aquello que hizo o dejado de hacer y mirarse en ese espejo que nos devuelve los recuerdos que menos nos satisfacen y más nos incomodan, devolviéndonos nuestros errores y aquello que lastimó a los que queríamos y por miedo nos hizo perder aquello que amábamos.
El relato se cuenta bien, con los bellísimos paisajes de sus exteriores, esa naturaleza salvaje alejada del mundanal ruido de la ciudad, o las fantásticas filmaciones de los caballos al galope, unos hermosos ejemplares que en buenas manos se convierten en únicos. También, se añaden elementos que lo hacen atractivo y honesto, nunca se desvía de la parte fundamental de lo que nos quieren contar, introduce elementos interesantes como el primer amor, la amistad, el amor a los animales, las dificultades entre las diferentes opiniones entre las hermanas, y otros conflictos que la hacen atractiva y sugerente no solo para el público familiar, sino para todo aquel espectador que quiera pasar un buen rato, reflexionar un poco y dejarse llevar por la extraordinaria habilidad física, inteligencia emocional y lenguaje de los caballos que convierten la película en un interesante retrato de la humanidad que pueden tener los animales y tanto hace falta a los humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El cineasta Roger Corman (Detroit, EE.UU., 1926) se ha hecho un nombre importantísimo en la historia del cine con películas de género, con presupuestos ajustadísimos y extrayendo todo lo posible a las historias, sus personajes y las tramas de terror y psicológicas. El director Juanra Fernández (Cuenca, 1970) ha construido sus dos películas a partir de los códigos de Corman. En Para Elisa (2013) nos introducía en un inquietante cuento de terror que protagonizaban una joven y la niña que cuidaba, y el misterio oculto en una de las viviendas del edificio. Ahora, en Rocambola (título inspirado en un ladrón de guante blanco, un personaje literario creado por el novelista francés del siglo XIX Ponson du Terrail) vuelve a sumergirnos en un relato psicológico, en el interior de una casa aislada, y pocos personajes, bajo la estructura de La divina comedia, de Dante Alighieri, partiendo su historia a través de tres episodios o tres cantos, pero en orden inverso: Paraíso, Purgatorio e Infierno.
El director conquense nos presenta a Dante, un joven ladrón profesional que llega a una casa que presumiblemente parece cerrada y vacía. Su sorpresa será mayúscula cuando descubre a una pareja que parece los dueños, Saeta, un antiguo militar e Ingrid, su novia. Lo que parecía un golpe fácil, llevará a Dante a un maléfico juego del gato y el ratón, en que Saeta necesita que Dante le abra la caja fuerte donde hay tres lingotes de oro. Fernández saca provecho a los dos personajes, como sus roles van cambiando a medida que avanza el metraje, y conociendo realmente sus verdaderas personalidades, la inteligencia y la astucia de Dante, que se mueve como un lince por la casa, frente a Saeta, un despiadado y malvado psicópata sin ningún tipo de escrúpulos que hará lo que sea para conseguir su objetivo. La casa, con sus diferentes niveles y gran patio, es otro elemento esencial para el relato, convirtiéndose en un laberinto lleno de escondites, trampas y pasadizos ocultos, en que tanto Dante como Saeta empezarán una persecución violenta en que los dos tratarán de conseguir sus necesidades.
La luz angustiosa y cercana de Juan Miguel Morante, que también firma el montaje, ayuda a conseguir esa atmósfera malsana y penetrante que tanto declama la película, así como la edición, cortante y asfixiante que consigue amordazarnos y ser uno más en esta potente y sólida trama que maneja con soltura aspectos de thriller psicológico, de terror y misterio, así como una aventura doméstica de supervivencia, donde la vida pende de un hilo constantemente. Un relato que basa su base en dos personajes, en una especie de duelo al sol, necesitaba de dos intérpretes solventes y carismáticos para llevar dos roles nada sencillos como son Juan Diego Botto, magnífico en su papel de Saeta, un psicópata mal nacido y despreciable, con ese parche en el ojo que aún lo ayuda a dar esa facha desagradable, acompañada de esa voz seca y bronquítica de tíos duros y violentos con muy malas pulgas que necesitan de muy poco para segar una vida. A su lado, Jan Cornet como Dante, la antítesis de Saeta, enfundado en su ropa negra, sigiloso, callado y listo, que se mueve veloz y hace menos ruido que una pluma (como demostrará en los instantes iniciales de la película, cuando se mueve como un pantera por la casa) atrapado en la boca del lobo, y demostrando su carisma para enfrentarse a Saeta e intentar salir con vida.
El vértice de este duelo a muerte lo protagoniza Ingrid (protagonizada por Sheila Ponce, actriz fetiche del director) la novia de Saeta, que también tendrá su transformación desbordaba por los acontecimientos en el interior de la casa. Fernández, además de novelista, se ha convertido con dos películas, en un autor de género a tener en cuenta, sabiendo sortear las limitaciones presupuestarias, ha construido una cinta de terror psicológico de primer nivel, seduciendo al espectador con ese tono seco y violento que arroja la película, sumergiéndonos en una cinta diurna, donde no es necesaria la noche para crear esa atmósfera llena de miedo y dolor, en que sus personajes parecen una cosa y en realidad son otra bien distinta, donde cada segundo cuenta, en que una casa aislada, cerrada y aparentemente vacía, puede no estarlo, y albergar los más siniestros sucesos, la violencia más atroz y ocultar un tesoro en forma de oro, porque al fin y al cabo, tanto Dante como Saeta tienen algo en común, conseguir ese preciado dinero, aunque utilicen formas muy diferente de conseguirlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde”
William Shakespeare
La dosificación de información en cualquier película es muy importante, pero es en el thriller cuando resulta capital para el resultado de la obra. Porque además de despertar el interés del espectador, alianza que necesita la obra, esa información necesita conducir al público y sobre todo, tensionarlo cuando sea necesario, convirtiéndole en un ente muy activo para el buen desarrollo de la trama en cuestión, porque esa información, la que mostramos y la que ocultamos, y cuando la presentamos, se convertirá en esencial para la fuerza dramática de la película. El nido (“The Nest”, en su idioma original) resulta un ejemplo esencial en el apartado de dosificación de información, enmarcando a los personajes en un thriller psicológico bien construido, en el que conocemos a unos personajes complejos, unas almas en conflicto interno y externo, que se guardan información relevante, y también, iremos conociéndolos a lo largo de la trama, redescubriéndolos constantemente, conociendo su pasado y todo aquello que, por necesidades personales, ocultan a los demás.
La creadora y guionista Nicole Taylor, de amplia experiencia en el medio televisivo, ha construido una miniserie de 6 episodios de 60 minutos cada uno, con un tema candente como la gestación subrogada, que gira en torno a una pareja exitosa Dan y Emily, un matrimonio que lo tienen todo, o todo lo que se puede comprar con dinero, aunque, pro muchos intentos que hagan, no se quedan embarazados. El último intento ha sido frustrado, cuando Hillary, hermana de Dan, pierde al bebé que esperaba. Casualidades del destino, la vida parece ofrecerles otra oportunidad, quizás la última, en la figura de Kaya, que Emily atropella accidentalmente, aunque todos los condicionantes hacen de la aventura, que Kaya sea el vientre de alquiler, una empresa muy complicada, ya que la joven apenas tiene 18 años, está acogida socialmente, por un pasado turbio que iremos conociendo a medida que avanza el metraje.
Andy De Emmony y Simen Alsvik, asiduos a las series televisivas británicas, dirigen con pulso firme y convicción, este laberinto humano lleno de pasadizos oscuros, habitaciones cerradas y pasados violentos, en una trama de idas y venidas, situada en la ciudad escocesa de Glasgow, con esos planos generales del río Clyde que divide la ciudad, la misma división con la que juega constantemente la película, en la que unos personajes se muestran contarios, la mayoría, de la locura de Dan y Emily, y el citado matrimonio y Kaya, pese a todas las reservas del mundo, se lanzan al abismo para llevar a cabo la aventura de ser padres. Una atmósfera inquietante, repleta de claroscuros y miradas temerosas y desconfiadas, son los elementos por los que se mueve un relato intimista y profundamente oscuro, donde encontramos personajes humanos, muy cercanos, que quizás el exceso de ambición y sus objetivos personales los llevan a caminar por la cuerda floja constantemente, obviando los peligros y las situaciones de riesgo venideras que trastocarán sus vidas y de qué manera.
Quizás, estamos ante unos personajes inconscientes o simplemente, llevados por la desesperación a no ser padres, a sentirse incompletos en sus vidas, lo que les lleva a introducirse en un caos imprevisible y lleno de incertidumbre. Un reparto estupendo llena la pantalla de credibilidad y complejidad, encabezado por Martin Compston como Dan, ese tipo de los arrabales hecho a sí mismo que oculta siniestras actividades, Sophie Rundle como Emily, la esposa y fiel compañera, pero que el sueño de ser madre la lleva por caminos demasiado terroríficos en los que no ha valorado las terribles consecuencias de su idea con Kaya. Fiona Bell como Hillary, la hermana mayor de Dan, y una especie de guía o faro en el que Dan encuentra mucho. Y Mirren Mack como Kaya, la auténtica revelación de El nido, en su primer rol protagonista, como una chica sola, no querida, que busca algo a que sujetarse, sentirse que tiene algo en la vida, y sobre todo, que tiene a alguien a quién amar, peor que guarda muy celosamente un pasado demasiado terrorífico que quizás, los Dan y Emily no puedan soportar.
El nido se alza como una historia tremendamente reflexiva e interesante, que no se queda en la superficie a la hora de manejar un tema con tanta controversia, en su forma de plantear un complejo dilema moral de mucha actualidad, la gestación subrogada y todo aquello que gira en torno a un conflicto de dimensiones importantes, en el que entran en liza muchos elementos que tienen que ver con la sociedad clasista, en el que unos con dinero deciden las vidas de los necesitados en el que todo se puede comprar, incluso una vida, o la idea que si hay acuerdo por las dos partes, se vaya adelante, en todo caso, una cuestión con muchas ideas y posiciones, como bien explica y detalla la película, en la que los espectadores nos sentiremos a favor o en contra según vayan presentándose los acontecimientos, reflexionando sobre todos los pros y contras que subyacen en tamaña cuestión, y más, ante otros elementos que plantea la miniserie como el miedo, la ambición, los deseos personales, el amor, la confianza o el sentimiento de sentirse que perteneces a algo o alguien, que tu vida tiene un sentido para alguien y sobre todo, para uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Seguimos, desde el sofá de casa descubriendo películas de la sección PANORAMA, con la propuesta de VIVOS, de Ai Weiwei. El artista y activista chino vuelve a posar su mirada crítica y reflexiva sobre los conflictos humanos, sociales y políticas de nuestro tiempo, después de su aplaudido trabajo en Marea humana (2017) en la que se centraba en el drama de miles de refugiados y desplazados alrededor del mundo. Ahora, su objetivo son las comunidades indígenas de campesinos mexicanos con el caso de Iguala, cuando en septiembre de 2014, un grupo de estudiantes fueron atacados por las fuerzas policiales y asaltantes encapuchados con el resultado de seis asesinatos, un grupo de heridos muy graves y 43 desaparecidos. El cineasta chino coloca la cámara delante de sus familiares, indígenas y humildes, que siguen en la búsqueda de sus hijos, amigos y familiares, dejando en nula la llamada “Verdad histórica”, con que el gobierno intentó enterrar el caso. Una obra magnífica, contundente y humanista, que retrata a un grupo de personas en busca de justicia y dignidad en un país azotada por la corrupción y la violencia endémica. WINTER JOURNEY, de Anders Ostergaard. La última aparición en el cine del gran Bruno Ganz nos traslada a la convulsa Alemania de los años 30, a través de una asociación cultural judía que servía como propaganda nazi, en la piel de George Goldsmith, un joven flautista judía y su esposa, testigo de la subida al poder de Hitler, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su huida de Alemania y su vida en Arizona. El director danés especialista en retratos de figuras de su país, se basa en el libro de Martin, hijo de George, para construir un documento entre lo real y lo ficticio, a través de un dispositivo sencillo en el que un hijo, al que nunca vemos, dialoga con su padre para que le desvele el pasado atroz que vivió, aportando imágenes de archivo, otras ficcionadas, y sobre todo, haciendo hincapié en el aspecto psicológico, en un relato emocionante e inquietante que habla de tantos judíos atrapados en el terror nazi, en el que se mezcla el tiempo, la música y la empatía con el otro como valor humano.
ADVOCATE, de Rachel Leah Jones y Philippe Bellaiche. La figura humanista de la abogada israelí Lea Tsemel es retratada desde la intimidad y la honestidad, revelando una trayectoria a favor de los derechos humanos y defendiendo desde hace cinco décadas a palestinos acusados por el gobierno de Israel. Conoceremos sus métodos, su lucha, su activismo y sus razones humanitarias en contra de la ocupación israelí y la defensa de sus casos, en concreto dos de ellos, el de un menor acusado de apuñalamiento frustrado y una mujer acusada de intento de asesinato. Leah Jones, estadounidense, y especializada en el conflicto palestino-israelí, firma junto a su director de fotografía Bellaiche, un magnífico y contundente relato sobre la injusticia, en el que destacan el carácter y la fortaleza indomables de una mujer que lucha contra viento y marea contra la represión del estado de Israel, una mujer que cree en la justicia y acusa a su gobierno de la injusta ocupación contra la población palestina. FAITH, de Valentina Pedecini. En el corazón de Italia, en una casa en mitad alejada de todos y todo, se concentran un grupo de guerreros y guerreras que conviven mientras se preparan para combatir el mal cuando llegue a la Tierra. A través de un poderoso blanco y negro y una intimidad desgarradora, la directora italiana nos habla de fe, de comunidad y cooperación filmando a un grupo de seres humanos hipnotizados por la fe religiosa, y los vemos haciendo sus ceremonias, dejándose llevar por música electrónica, sus extenuantes entrenamientos de artes marciales, y la convivencia entre unos y otros, en un documento sincero y transparente que no juzga a sus personajes y aquello que hacen, sino que muestra de manera cercana y sincera a unas personas, y deja que los espectadores tomen su partido.
OVERSEAS, de Sung-A Yoon. La directora francesa nacida en Corea del Sur, nos convoca a una película contundente y desgarradora sobre las empleadas domésticas filipinas que son contratadas en el extranjero para trabar lejos de sus familias y solas, y en muchas ocasiones, reciben un trato inhumano y vejatorio. La película retrata a un grupo de ellas que se preparan en un curso simulando los trabajos que realizarán, y muchas de las situaciones en las que se encontrarán en las casas de sus señores. Entre el humor negro y la denuncia social, Sung-A Yoon hace un retrato honesto e íntimo de la identidad de estas mujeres, muchas con cargas familiares y la exposición en la que viven, enviadas como esclavas para servir a ricos extranjeros que les pagan miseria, pero que en sus países empobrecidos les hace demasiada falta. THE MAGIC LIFE OF V, de Tonislav Hristov. Sexto documental del director búlgaro afincado en Finlandia, en la que sigue a Veera, y su hermano mayor, con discapacidad intelectual, dos jóvenes en proceso psicológico debido a un padre alcohólico y maltratador. La joven finesa descarga todos sus miedos y dramas en un personaje inventado, algo así como una especie de heroína que es su alter ego en los juegos de rol que practica asiduamente. Una película familiar, pequeña, íntima y sensible que indaga en cómo afrontamos el presente cuando arrastramos un pasado oscuro y doloroso, y todas aquellas herramientas que usamos para sentirnos mejor y de esa forma luchar contra aquello que no queremos ser, y defendernos de todo aquello que nos hace daño, desde una perspectiva sincera, mostrando la complejidad de los procesos de superación, en la que se deja de estridencias ni juicios morales.
Cerré la sección PANORMA con la película que clausuró esta edición online del DOCSBARCELONA, la cinta FORMAN VS. FORMAN, de Helena Trestíkova y Jakub Hejna. Trestíkova, una de las más grandes documentalistas checas se alía junto a Hejna, uno de sus editores más estrechos, para retratar la figura del cineasta checo Milos Forman, relatada en primera persona desde su nacimiento en un pequeño pueblo, la muerte de sus padres en manos de los nazis, sus estudios en la escuela de cine, sus primeras películas checas que se convirtieron en internacionales, su exilio a EE.UU., su difícil y precaria adaptación al modelo de vida estadounidense, sus películas, su vida más personal y familiar, sus ideas políticas sobre el comunismo, el capitalismo y sobre la existencia en general, hacen de la película un grandísimo fresco sobre el siglo XX, sobre la creación artística, y sobre todo, las circunstancias vitales, afortunadas o desgraciadas, que nos van definiendo nuestro carácter y aquello que deseamos y somos. De la sección LATITUD me detuve en la película SUSPENSIÓN, de Simón Uribe. En plena selva amazónica, al sur de Colombia, entre los pequeños pueblos de Pasto y Mocoa, nos encontramos una carretera conocida como “El trampolín de la muerte”, por las innumerables víctimas mortales que ha ocasionado, debido a su peligrosidad y sus continuos aludes de tierra en época de lluvias. A través de un ingeniero recorremos los lugares, hablamos con sus habitantes, y reflexionamos sobre la faraónica obra del gobierno por construir una variante sobre el escarpado terreno que quedó parada por las dificultades geográficas y demás problemas del gobierno, ahora convertida en un esqueleto inútil en mitad de la nada. La primera película de Uribe nos habla, en un tono intimista y transparente, del olvido de las autoridades a las zonas rurales y campesinas, la naturaleza reclamando lo suyo, y sobre todo, la soberbia humana que cree poder cambiarlo todo y rara vez es así.
ZONA ÁRIDA, de Fernanda Pessoa. Segundo trabajo de la cineasta brasileña en el que se convierte en una mirada al pasado, a la niña de 15 años que aterrizó en Mesa (Arizona) como estudiante de intercambio a pocos meses del 11-S. Quince años más tarde, Pessoa vuelve a los mismos escenarios y en un diálogo interno, se encuentra con algunas de las personas que conoció años atrás, y realiza un brutal y magnífico retrato sobre los valores tradiciones y conservadores del lugar, definido como el más conservador de los EE.UU., y desmitifica su viaje, y el estilo de vida estadounidense, lleno de imperfecciones, adictos a las armas, de racismo y xenofobia, en el que construyen muros para preservar esa forma de vivir que aparta al otro. Un viaje íntimo y sincero que destapa la idea de una niña de quince años respecto a ese mundo fantasioso que reflejan en las películas, que nada tiene que ver con una realidad cruda, cerrada y llena de prejuicios frente a los demás. EL VIAJE DE MONALISA, de Nicole Costa. A partir del reencuentro de la directora chilena Costa y su antiguo compañero de clases de teatro Iván Monalisa, un inmigrante indocumentado que lleva 17 años viviendo en Nueva York de la prostitución y su alter ego “Monalisa”, nacido de la búsqueda de su identidad definida por ella como “Doble espíritu”. La película hace un retrato íntimo y honesto de una alma que se construye cada día, contando en primera persona su trabajo como prostituta, su adicción a las drogas, sus performances como “Monalisa”, y su talentosa faceta como escritora describiendo casi dos décadas de las noches oscuras y perversas de Nueva York. Una obra intensa, profunda y magnífica que nos habla de todos aquellos espíritus libres y rompedores que viven su vida como la sienten y son capaces de luchar contra todo para conseguirlo.
LA NOVA ESCOLA, de Ventura Durall. El director barcelonés filma tanto documento como ficción indistintamente, en la que aborda las relaciones personales desde ámbitos profundos y sinceros, como en esta ocasión con el tema de la educación, siguiendo la revolución de la llamada Escola Nova 21, una iniciativa para transformar los métodos educativos y encaminarlos hacia un aprendizaje competencial. Durall sigue con su cámara los tres años de este proceso a través del testimonio de sus impulsores, sus iniciativas, mostrándonos también el desarrollo de las clases, y escuchando a expertos en la materia, y una película que habla de educación, de sociedad, de relaciones humanas y sobre todo, de cambiar un sistema educativo caduco e inservible, llevándolo hacia una educación moderna, libre y más cercana a las aptitudes de los alumnos y sus necesidades. De la sección WHAT THE DOC descubrí la película IL VARCO, de Michele Manzolini y Federico Ferrone. Los directores italianos, interesados en el documental con vocación histórica, como ya hicieron en Train to Moscow (2013) vuelven al pasado histórico, en este caso el de la Segunda Guerra Mundial, contando el trayecto de un soldado italiano que viaja de su país hasta Ucrania para luchar contra los soviéticos ayudando a los nazis. Imágenes poéticas de archivo del viaje y la llegada a Ucrania, nos sumergen en la locura de la guerra, la muerte y destrucción de un lugar, que setenta años después, continua siendo un lugar devastado y deshumanizado por la presente guerra contra Rusia. Un relato lleno de amargura y soledad que muestra el componente humano desde un prisma íntimo y sincero, dejando al descubierto el miedo, la necesidad de huir y sobre todo, la falsa idea del heroísmo y demás engaños.
De las SESSIONS ESPECIALS tenía pendiente la película CONSTEL.LACIÓ COMELADE, de Lluís Ortas Pau. Retrato íntimo y honesto del especial y mágico músico francés Pascal Comelade, en el que se muestra su lado más personal y oculto, sus procesos de creación y búsqueda artística, recurriendo a entrevistas con él, imágenes de actuaciones y grabaciones, y testimonios de sus más allegados como el dibujante Max, el pintor Miquel Barceló, y otros músicos como Pau Riba o Jaume Sisa, entre otros. El cineasta balear, que ya había trabajado en una película sobre Barceló, deja que la figura única e introspectiva del músico llene la pantalla a través de su música y su personalidad, en un viaje profundo e intenso sobre la música, la interpretación, el arte como forma única de expresar y expresarse ante los demás, y sobre todo, un trayecto sobre la magia de crear y sentirse libre y apasionado por la incesante búsqueda de encontrar aquello invisible y hacerlo visible de manera peculiar, personal e íntima. SALKA, EN LA TIERRA DE NADIE, de Xavi Herrero. La zona llamada “Tierra de nadie”, ubicada entre Mauritana y el Sahara occidental es el lugar testigo de este viaje de más de 1400 km por el desierto a bordo de un tren, siguiendo los pasos de la Salka, una joven disfrazada de hombre que ha decido inmigrar. A través de un paisaje distópico, abrumador, vasto y lleno de peligros, hacemos un viaje por lugares inhóspitos y vacíos, donde la vida resulta muy difícil, acompañándonos el incesante ruido del tren sobre las vías del tren. El director catalán aborda la inmigración, el empobrecimiento de Mauritania, uno de los países más pobres del mundo, a través de un documento que se mueve entre la poesía, la belleza del desierto y también, la pobreza y la desesperación de muchos para buscar vidas dignas y humanas.
THAT WHICH DOES NOT KILL, de Alexe Poukine. La directora francesa cuenta el doloroso proceso de las violaciones en entornos de confianza, a través del relato en primera persona de Ada, una joven de 19 años que sufrió tres violaciones en una semana de un amigo, contado a través de diferentes voces femeninas, que lentamente se convertirán en las protagonistas del relato de Ada contando los suyos propios. Una película muy potente y profunda, a través de un marco sobrio y desnudo, que indaga en este tipo de violaciones silenciadas y muy dolorosas, porque se producen en entornos domésticos, donde los abusadores son conocidos, en la que destapa sin victimizar a las mujeres, una realidad llena de trastornos, culpa, vergüenza y demás emociones difíciles de digerir y sobrellevar. Hasta aquí mi camino por el DOCSBARCELONA 2020 en esta edición especial online a través de la plataforma Filmin, que ha vuelto a llenarlos, los salones en este caso, de buen cine, cine que muestra realidades inquietas, arraigadas, doloridas, reivindicativas, amargas, feministas, cotidianas, ocultas y silenciadas por unos medios dominados por el capital, y conocer esas realidades nos aleja de la comodidad capitalista, y nos agita, nos despierta y nos devuelve la mirada del otro, llenándonos de sentimientos que nos hacen sentirnos más llenos de vida y algo más felices. Para finalizar, expresar mi enorme agradecimiento al equipo del festival, ya que en estas circunstancias tan raras, se haya podido llevar a cabo esta edición online a través de la imperdible plataforma Filmin. Hasta la edición del año que viene!!! Muchas Gracias por todo DOCSBARCELONA 2020!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA