My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang

LAS VIDAS DE VIVIAN BARRETT.

“La mentira es solo otra forma de contar la verdad. Debajo de todos los fragmentos subyace un mismo flujo. Lo esencial ni se dice ni se ve. Se busca, pero no se encuentra. ¿Qué es la realidad sino una reconstrucción continua e infinita? La voluntad de creer es la mano del hombre que cuelga del precipicio y que se agarra a la única piedra que parece que puede salvarle. Sin embargo, siempre acaba cayendo”

Paravadin Kanvar Kharjappali

Mucho del cine de ahora tiene mucha responsabilidad que el cine haya perdido su verdadera esencia, aquel misterio que impregnaban las imágenes y nos transportaba a otros mundos, otras formas de ver, de mirar, de sentir, de vivir, y sobre todo, durante hora y media, nos trasladaba a lo más profundo de nosotros mismos, imaginando y experimentando otras vidas, otras alegrías, otras tristezas, otras ilusiones, en fin, muchos universos dentro de este. Aunque, cada temporada nos tropezamos con películas que nos devuelven lo perdido, ese maravilloso legado que es mirar cine y verse reflejado.

My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang (Barcelona, 1976), debutante en el largometraje, es una de esas películas especiales que de tanto salen de algún lugar oculto, revelándose en su misterio y su honestidad, envueltas en un aura de búsqueda, de un secreto que desvelar, ya desde su maravilloso cartel, con una mujer en el mar, esperando una ola, ataviada con un traje de baño muy de los años cincuenta, de lado, a la que no podemos ver su rostro. Un imagen que nos seduce e inquieta a la vez, y nos desborda a cuestiones que quizás, la película, nos logre responder o no. Giménez Lorang no fue a buscar una película, la película fue a buscarla a ella. Después de la muerte de sus abuelos, encontró ocultas medio centenar de bobinas de 8 y 16mm filmadas por su abuelo Frank A. Lorang (1913-2010), durante las décadas de los 40, 50 y 60. Imágenes domésticas de los viajes de un matrimonio acomodado.

Unas imágenes bellísimamente filmadas, acompañadas por el diario ficticio de un personaje inventado llamado Vivian Barrett, una esposa elegante y sofisticada, que junto a su marido León, va descubriendo el mundo en sus viajes, y a través de su diario, vamos descubriendo otra vida, u otras vidas, que tienen que ver más con sus deseos, ilusiones, frustraciones e inseguridades, en la que vamos encontrándonos con otra mujer a la de las imágenes, un diario al que le acompañan las reflexiones sobre la condición humana de Paravadin Kanvar Kharjappali. Un ejercicio parecido al de Ainhoa, yo no soy esa (2018), de Carolina Astudillo, donde las imágenes filmadas chocaban de pleno con el diario de la joven, que nos descubría muchas vidas en una. La película opta por la estructura de una película muda, devolviéndonos la artesanalidad del cine, donde vamos leyendo el diario de Barrett sobreimpresionado en las imágenes, con algunos sonidos escogidos, creando esa escala de lecturas y vidas que emanan tanto las imágenes, la escritura y la falta de sonido.

La película nos va llevando sin ruido y con delicadeza hacia un estado hipnótico, subyugante y brutal, donde los espectadores vamos fabulando sobre la vida de Vivian, su esposo, y el amante mexicano, imaginándonos no solo sus vidas, sino el off, lo que no muestran ni desvelan las imágenes, y si el diario, y viceversa, en una película que es muchas películas a la vez, porque va desde un preciso y evocador ejercicio de found footage, fiel heredero del imaginario de Marker, el melodrama romántico y desolador que tanto cosecharon Stahl, Wyler o Sirk, con sus relatos sobre la falsa felicidad de los años cincuenta y sesenta, con sus historias de amor reales o no, en un retrato íntimo sobre las apariencias y tristezas de las mujeres acomodadas, una fantasía sobria al mejor estilo de los cineastas mudos, con sus fantasmas evocados, y sus abundantes secretos y mentiras ocultos o por desvelar, o incluso, todo lo que desvelan y no las filmaciones domésticas de tantos seres anónimos que creyendo que capturan sus vidas, no sabían que estaban también evocando lo que se no se ve, lo ausente, quizás la verdad que se resiste a dejar ver su propia naturaleza.

Una película de montaje tan exhaustivo y sobrio necesitaba a alguien como Cristóbal Fernández, que firma la edición junto a la directora, para ordenar y descifrar todos los enigmas que ocultan sus imágenes, y sobre todo, revelar el misterio que esconden, pero aunque la película encierra muchos misterios y algunos se revelan, y son mostrados frente a nosotros, hay otros, quizás más productos de nuestra imaginación e inventiva, que siguen ocultos, aguardando a otros espectadores, como ocurría con la extraordinaria Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín, sincero y rendido homenaje al cine como experiencia personal y universal, donde realidad, ficción y mentira se daban la mano creando un inquietante y fascinante juego de espejos, reflejos y espectros, que al igual que sucede con la película de Giménez Lorang, la experiencia cinematográfica como práctica evocadora a otras realidades y ficciones, en función de cada espectador y su forma de mirar, que desvela otro de los grandes aciertos de esta magnífica y fascinante obra de Giménez Lorang, que contando algo tan íntimo, personal y secreto, la película vuela por sí misma, y sus imágenes y relato se vuelven universales, y todos y cada uno de los espectadores que se acerquen a ella, no solo disfrutarán de sus infinitos misterios, sino que podrán intervenir en ella, fabulando e imaginando todo aquello que revelan sus imágenes, todo el fuera de campo que está ahí, y no vemos, y sobre todo, todos los fantasmas que se evocan, tanto los reales como los inventados, o los que se mantienen ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El nido, de Nicole Taylor

LLEVAR DENTRO EL HIJO DE OTRA PERSONA.

“Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde”

William Shakespeare

La dosificación de información en cualquier película es muy importante, pero es en el thriller cuando resulta capital para el resultado de la obra. Porque además de despertar el interés del espectador, alianza que necesita la obra, esa información necesita conducir al público y sobre todo, tensionarlo cuando sea necesario, convirtiéndole en un ente muy activo para el buen desarrollo de la trama en cuestión, porque esa información, la que mostramos y la que ocultamos, y cuando la presentamos, se convertirá en esencial para la fuerza dramática de la película. El nido (“The Nest”, en su idioma original) resulta un ejemplo esencial en el apartado de dosificación de información, enmarcando a los personajes en un thriller psicológico bien construido, en el que conocemos a unos personajes complejos, unas almas en conflicto interno y externo, que se guardan información relevante, y también, iremos conociéndolos a lo largo de la trama, redescubriéndolos constantemente, conociendo su pasado y todo aquello que, por necesidades personales, ocultan a los demás.

La creadora y guionista Nicole Taylor, de amplia experiencia en el medio televisivo, ha construido una miniserie de 6 episodios de 60 minutos cada uno, con un tema candente como la gestación subrogada, que gira en torno a una pareja exitosa Dan y Emily, un matrimonio que lo tienen todo, o todo lo que se puede comprar con dinero, aunque, pro muchos intentos que hagan, no se quedan embarazados. El último intento ha sido frustrado, cuando Hillary, hermana de Dan, pierde al bebé que esperaba. Casualidades del destino, la vida parece ofrecerles otra oportunidad, quizás la última, en la figura de Kaya, que Emily atropella accidentalmente, aunque todos los condicionantes hacen de la aventura, que Kaya sea el vientre de alquiler, una empresa muy complicada, ya que la joven apenas tiene 18 años, está acogida socialmente, por un pasado turbio que iremos conociendo a medida que avanza el metraje.

Andy De Emmony y Simen Alsvik, asiduos a las series televisivas británicas, dirigen con pulso firme y convicción, este laberinto humano lleno de pasadizos oscuros, habitaciones cerradas y pasados violentos, en una trama de idas y venidas, situada en la ciudad escocesa de Glasgow, con esos planos generales del río Clyde que divide la ciudad, la misma división con la que juega constantemente la película, en la que unos personajes se muestran contarios, la mayoría, de la locura de Dan y Emily, y el citado matrimonio y Kaya, pese a todas las reservas del mundo, se lanzan al abismo para llevar a cabo la aventura de ser padres. Una atmósfera inquietante, repleta de claroscuros y miradas temerosas y desconfiadas, son los elementos por los que se mueve un relato intimista y profundamente oscuro, donde encontramos personajes humanos, muy cercanos, que quizás el exceso de ambición y sus objetivos personales los llevan a caminar por la cuerda floja constantemente, obviando los peligros y las situaciones de riesgo venideras que trastocarán sus vidas y de qué manera.

Quizás, estamos ante unos personajes inconscientes o simplemente, llevados por la desesperación a no ser padres, a sentirse incompletos en sus vidas, lo que les lleva a introducirse en un caos imprevisible y lleno de incertidumbre. Un reparto estupendo llena la pantalla de credibilidad y complejidad, encabezado por Martin Compston como Dan, ese tipo de los arrabales hecho a sí mismo que oculta siniestras actividades, Sophie Rundle como Emily, la esposa y fiel compañera, pero que el sueño de ser madre la lleva por caminos demasiado terroríficos en los que no ha valorado las terribles consecuencias de su idea con Kaya. Fiona Bell como Hillary, la hermana mayor de Dan, y una especie de guía o faro en el que Dan encuentra mucho. Y Mirren Mack como Kaya, la auténtica revelación de El nido, en su primer rol protagonista, como una chica sola, no querida, que busca algo a que sujetarse, sentirse que tiene algo en la vida, y sobre todo, que tiene a alguien a quién amar, peor que guarda muy celosamente un pasado demasiado terrorífico que quizás, los Dan y Emily no puedan soportar.

El nido se alza como una historia tremendamente reflexiva e interesante, que no se queda en la superficie a la hora de manejar un tema con tanta controversia, en su forma de plantear un complejo dilema moral de mucha actualidad, la gestación subrogada y todo aquello que gira en torno a un conflicto de dimensiones importantes, en el que entran en liza muchos elementos que tienen que ver con la sociedad clasista, en el que unos con dinero deciden las vidas de los necesitados en el que todo se puede comprar, incluso una vida, o la idea que si hay acuerdo por las dos partes, se vaya adelante, en todo caso, una cuestión con muchas ideas y posiciones, como bien explica y detalla la película, en la que los espectadores nos sentiremos a favor o en contra según vayan presentándose los acontecimientos, reflexionando sobre todos los pros y contras que subyacen en tamaña cuestión, y más, ante otros elementos que plantea la miniserie como el miedo, la ambición, los deseos personales, el amor, la confianza o el sentimiento de sentirse que perteneces a algo o alguien, que tu vida tiene un sentido para alguien y sobre todo, para uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA