Entrevista a Sara Gutiérrez Galve

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve, directora de la película «Yo la busco», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sara Gutiérrez Galve, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tarip Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Claudia Vega

Entrevista a Claudia Vega, actriz de la película «Jean-François i el sentit de la vida», de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Vega, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Àgata Roca

Entrevista a Àgata Roca, actriz de la película «Jean-François i el sentit de la vida», de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Àgata Roca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Yo la busco, de Sara Gutiérrez Galve

UNA NOCHE, UNA CIUDAD. 

Parafraseando a Truffaut, y adoptando el título de uno de sus artículos más celebrados, aquel que empezaba con Una cierta tendencia del cine… Podríamos coger una parte de aquella idea y trasladarla al cine que se hace aquí y ahora, porque es característica común que muchas de las películas de debutantes hablan desde una mirada muy personal, hablando de sus vidas y las de sus amigos y entorno, y haciendo claras referencias al propio cine, la música, la literatura, etc… Las películas de Jonás Trueba o Marc Ferrer serían ejemplos de esta idea, así como Les amigues de l’Àgata o Julia Ist, retratos de jóvenes, de sus devaneos sentimentales y sociales, invadidos por el tedio, en algunos casos, o la imposición y carencia económicas, el silencio o la huida ante los conflictos emocionales, o las rupturas interiores que se producen en sus relaciones sentimentales, que suelen ser ambiguas, complejas e inclasificables. Seres que se sienten vacíos, encarcelados en una existencia triste y solitaria, incapaces de expresarse y la imposibilidad de exponer sus sentimientos.

La puesta de largo de Sara Gutiérrez Galve (Barcelona, 1994) surge como proyecto de final de carrera en la Universitat Pompeu Fabra, tutorizada por nombres tan importantes como Javier Rebollo, Mar Coll o el propio Jonás Trueba, convertida en una película sencilla y honesta, en la que la directora, junto a la coguionista Núria Roura Benito, nos propone un retrato de gente de su edad y entorno, y capturando un día en las vidas de sus personajes, una única jornada donde asistimos a una ruptura, una ruptura que se produce en Max, cuando, de casualidad, se entera que Emma, su compañera de piso, se ha cogido un apartamento junto a su pareja. Ese instante de cambio, ese momento en el que la relación que había entre Max y Emma ha pasado a otra situación, la amistad íntima y corporal que se sentían ha quedado rota, aunque Max está afectado, no enfrenta el problema, lo que siente, y decide, de una manera torpe y casi una huida interior, salir a la calle de noche, en busca de no sé sabe qué y a quién, ni dónde.

La directora catalana apoya todo su relato en Max, en la mirada de Max, en esa ruptura interior que está viviendo y sufriendo, capturando ese deambular espectral por la noche barcelonesa, una ciudad oscura y diferente, habitada por personas que le acompañarán o lo evitarán, capturando lo invisible, lo que no vemos, lo que se escapa, aquello que nos sucede interiormente, siguiendo esa mirada rota, como buscando alguien cercano, alguien que le acompañe en su desamparo, en su pesadumbre, en esos sentimientos encontrados, extraños y complejos. La cámara (con esa luz natural y rota de Carlos Rigo Bellver) se engancha a Max y lo sigue, lo escruta y no lo deja en ningún instante. Lo acompañamos por supers de pakis abiertos toda la noche, por pubs donde pasar un rato agradable o no, por calles solitarias en compañía de alguna mujer igual de sola, por trayectos en taxis que desprenden sentimientos distantes, algún kebab en bares pringosos donde se encuentran personas cercanas, compañías poco amables que despiertan recelo, y canciones para olvidar en sitios desconocidos.

Todos los espacios que podemos encontrar en una gran ciudad de noche, donde Max acabará sin muy bien saber porqué, en esta huida nocturna, encontrando ese camino o destino que evite volver a casa y enfrentarse con su problema, con enfrentarse a su ruptura, a esos sentimientos hacía Emma, hacía lo que tenían, a todo aquello que los unía, a esa amistad íntima, casi de pareja, hablando de proyectos futuros que ahora han quedado en suspenso, que están no se sabe dónde. Gutiérrez Galve nos habla de las relaciones actuales, del modo que se construyen y cómo se desarrollan, de amistad o amistades, de amor o amores, de sentimientos y de la incapacidad que tenemos para expresarlos, de hablar de lo que sentimientos a esa persona que nos hace sentir de una manera u otra, de tantas palabras por decir y dejándonos las importantes por decir, de la dificultad de amarse sin ser pareja, de ese instante donde los amigos emprenden caminos diferentes al tuyo, y tú te sientes diferente a tu pesar, a preguntarse dónde irán a parar todas esas promesas que te hiciste o se hicieron los amigos.

Yo la busco es una película fresca, divertida y ligera, porque es profunda sin pretenderlo, porque habla de muchas cosas que ocurren sin subrayados ni discursos, siempre dentro de un lenguaje cercano, de una intimidad que traspasa y dialogando con el espectador continuamente, que navega entre la comedia y el drama, y lo fusiona, lo mezcla, en la que nos habla en susurros de las rupturas interiores que se producen cuando no se dicen las cosas, cuando se oculta lo que sentimos, y de donde nos lleva todo eso, con un protagonista fascinante, seductor y frágil,  como Dani Casellas, este tipo perdido en la noche, y triste, moviendo su soledad por la noche, de aquí para allá, intentando encontrar algo a qué agarrarse, muy bien acompañado por Laia Vidal como esa Gemma, que tampoco sabe si quiere o no quiere, debutantes los dos. Un retrato que nos devuelve el aroma de aquel cine español de finales de los setenta y principios de los ochenta, realizado por Trueba, Colomo o Martínez-Lázaro, entre otros, donde unos personajes inquietos y curiosos por la vida, se perdían en su desazón vital, incertidumbre en el amor, y la complejidad de sus emociones, que iban y venían, sin acabar de saber su origen y causa.


<p><a href=»https://vimeo.com/263135872″>YO LA BUSCO – Trailer (V.O.S.Esp)</a> from <a href=»https://vimeo.com/nanouk»>Nanouk Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

En la playa de Chesil, de Dominic Cooke

CUANDO EL AMOR ERA INOCENTE.

Una pequeña ciudad costera fuera de temporada, en un día como otro cualquiera de la Inglaterra de 1962. Dos enamorados recién casados se alojan en un hotel para disfrutar de su luna de miel. Son Florence (violinista en un quinteto) y Edward (ingeniero) y tienen su amor fuerte e inocente y sobre todo, una vida por delante para disfrutarlo. Aunque, no queramos admitirlo, uno es preso del lugar donde nace y vive, y es preso de las circunstancias a las que tiene que enfrentarse. Podríamos decir que Florence y Edward se aman profundamente desde la primera vez que se vieron (en una recogida de firmas contra las armas nucleares) aunque pertenecen a mundos y costumbres diferentes, ella, de clase media alta, y él, de clase obrera. Ella al arte, y él, al mundo industria. Han crecido de maneras antagónicas, alejadas entre sí, y todo esas cosas que les unen y a la vez, les separan, confluirán en ese pueblo costero, junto al mar, en esa habitación de hotel, donde todo parece perfecto, sólo lo parece, y en esa tarde, sentados junto a una barca, donde sus dos mundos chocarán y nada ya será como antes. La puesta de largo de Dominic Cooke (Wimbledon, Londres, 1966) después de una larga trayectoria en el mundo del teatro, y dirigir para la BBC la serie The Hollow Crown en 2016, es la adaptación de la novela homónima de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) uno de los novelistas más prestigiosos de las letras británicas, libros que ya han sido llevadas al cine como Expiación, de Joe Wright (2007), entre otras.

Cooke construye una película de hechuras clásicas, donde podemos descubrir el mejor cine británico, aquel en el que abundan melodramas de corte clásico (con el aroma de Stahl o Sirk) en los que el amor y la familia son dos elementos fundamentales en el devenir de sus personajes. El cineasta británico nos habla de una época muy determinada, aquellos años donde después de la guerra, muchos se empeñaban en mantener las costumbres tradicionales de antaño, a pesar de todo, e inculcaban una serie de valores convencionales y ancestrales a sus hijos, basados en las buenas maneras y la rectitud de sus actos. Florence y Edward se debaten en ese momento de sus vidas, esos poco más de veinte años, en que el amor ha hecho acto de presencia en sus vidas, pero que todavía arrastran esas costumbres arcaicas que los encadena y no los deja vivir a su manera.

Los jóvenes han vivido un noviazgo como los de antes donde todos llegaban vírgenes hasta el matrimonio, ajenos a todo ese mundo de experiencias y descubrimientos, ajenos a sus propios cuerpos y su sexualidad. Estamos en ese tiempo de transición, el cambio aparecerá más adelante, donde Los Beatles, los Rolling Stones y demás aparecerán, los tiempos revolucionarios de la política, la liberalización sexual y los cambios sociales que harán despertar a todos a una manera de ser y expresarse al mundo, aunque esos tiempos todavía no han llegado, y Florence y Edward viven alejados de todo eso, prisioneros de su tiempo, de la castración familiar y abocados a unas vidas corrientes, muy convencionales y adaptadas a esa sociedad hipócrita, donde las miserias se siguen escondiendo bajo la alfombra. Cooke se reúne de grandes profesionales para crear una película hermosa en su forma, con la impecable luz en 35 mm de Sean Bobbut, que baña de grises esa playa, e ilumina de colores los tiempos de amor, con el magnífico diseño de producción de Suzie Davies (que ya estuvo en Mr. Turner) realizando un preciso trabajo para trasladarnos a aquellos años de inicios de los sesenta, y la sutil y conmovedora score de Dan Jones.

Una película donde destaca la sutilidad y el detalle de las situaciones que describe de manera desestructurada, porque la película arranca en esa playa donde todo dará un vuelco, para entre idas y venidas, explicarnos los detalles y circunstancias que han llevado a los protagonistas hasta ese lugar y ese instante. Estamos ante una sociedad a punto de explotar, pero todavía no ha llegado ese momento, Florence y Edward tendrán que sufrir ese ambiente y ese contexto histórico, un tiempo que anuncia cambios, como la película que verán en el cine Un sabor a miel, de Tony Richardson, uno de los emblemas del Free Cinema, por su forma y contenido, ya que nos habla de una adolescente embarazada que entablará amistad con un homosexual. Los enamorados de la película son inocentes, pero llenos de vida, aunque no pueden despegarse de esa sociedad malvada, porque no han sido educados de otra manera, sus rebeldías juveniles han sido atajadas y eliminadas de cuajo por el clan familiar. Sus contextos son diferentes, pero castrantes y maltratantes emocionales, que les han llevado a temer lo diferente, ese miedo a enfrentarse a lo desconocido, ese miedo a huir cuando no entienden lo que les sucede y a desconocer que la vida tiene su amargura y tristeza que convive plenamente con la amabilidad y la alegría.

Cooke consigue con su fantástica pareja protagonista componer unos personajes contradictorios y complejos a la altura de las imágenes, como la naturalidad de Saoirse Ronan (que era la adolescente vengativa en Expiación) La audaz inmigrante irlandesa de Brooklyn, y la rebelde adolescente de Lady Bird, convertida en una de las grandes actrices de su tiempo, bien acompañada por Billy Howle, que nos descubre a un actor de gran calado que ofrece unos recursos interesantes. Los acompañan actrices de la categoría de Emily Watson, en un personaje impertinente, entre otros intérpretes británicos resolutivos y sinceros, con los que logra una película que nos enfrenta a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, y al contexto social que nos ha tocado vivir, ya que somos víctimas de esas circunstancias, en una película centrada en esos primeros años sesenta, pero que también viajará hacia delante para conocer el devenir de este amor imposible, frustrante y triste, porque no decirlo, de unos enamorados que si hubieran nacido solamente unos años después, sólo unos cuantos, todo hubiera sido diferente para ellos, aunque esas circunstancias no se pueden prever, porque aunque nos convenzamos de ser dueños de nuestro propio destino, más lejos de esa realidad, porque en realidad somos víctimas de las circunstancias y la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Entrevista a Julia Solomonoff

Entrevista a Julia Solomonoff, directora de la película «Nadie nos mira», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el miércoles 2 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julia Solomonoff, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Nadie nos mira, de Julia Solomonoff

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

En una de las primeras secuencias de la película, vemos a su protagonista, Nico, 30 años, argentino y actor, cuidando de un bebé, junto a otras mujeres de origen latino que hacen lo propio, en un parque céntrico de Nueva York. De repente, ocurre algo, y una estadounidense avisa a la policía, y como si fuese un efecto rebote, casi todas las mujeres con sus respectivos bebés, huyen a escape del lugar. Un instante que marcará todo el estado de ánimo de la película, un lugar de oportunidades, sí, pero también, un lugar oscuro, donde si no eres legal, te conviertes en un perseguido, en un clandestino, en alguien en perpetua huida, situación, que vivirá constantemente el protagonista de la cinta. El tercer trabajo como directora de Julia Solomonoff (Rosario, Argentina, 1968) nos habla de soledad, desarraigo, huida y pérdida, temas que ya estaban en sus dos primeras películas, en Hermanas (2005) exploraba los años de la dictadura argentina a través del (des) encuentro de dos hermanas después de años de desaparición, y en El último verano de la Boyita (2009) se centraba en una niña en ese tránsito de la infancia a la adultez, a través del descubrimiento de la vida en un ambiente rural, ambas películas ambientadas en los ochenta.

En Nadie nos mira, la trama que pivota en el aquí y ahora, gira en torno a Nico, un tipo que se gana la vida cuidando un bebé de una paisana, y como camarero, instalado en Nueva York, huyendo de la fama de actor de telenovelas en Argentina, y también, dejando una relación tóxica. Su vida en la Gran Manzana no es la esperada, se mueve como si estuviese en un laberinto, de aquí para allá, con esa incertidumbre del que todo es temporal, de su sitio no está en ese lugar, porque simplemente está de paso no sabe hacia adonde. Nico sueña con encontrar la oportunidad de demostrar su valía como actor, en un país difícil y complejo, donde las oportunidades escasean y además, deberá enfrentarse a la durísima competitividad, y a los prejuicios propios del estadounidense medio. Un argentino rubio y de piel clara, no es el prototipo de latino que las barras y estrellas consideran como tal.

Solomonoff no juzga a su personaje, no emite ninguna posición ni emocional ni ideológica, lo filma desde todos los puntos posibles, y lo relaciona con personas de diferentes clases sociales, desde la argentina que se ha casado con el yanqui y se ha convertido en uno de ellos, de aquellos estadounidenses más liberales, pero que en el fondo sus ansías de posición económica los lleva a sentirse de una manera, pero actuar de otra, muy convencional, o el actor argentino, amigo de Nico, que viene de visita y se queda maravillado por el lugar, desde la perspectiva del turista, que no conoce los verdaderos cimientos en los que se sustentan toda esa maquinaria de luces y neones, o la propia perplejidad y contradicciones de Nico, que no sabe muy bien que hace en una ciudad que da poco y exige tanto, en un estado de extrañeza constante y pérdida de sí mismo, de desconocerse cada día un poco más, y de náufrago a la deriva en esa inmensa isla, donde tampoco las relaciones íntimas le ofrecen estabilidad emocional, porque todavía arrastra ese pasado que le agobia y le ha llevado a esta huida sin fin y traumática.

La fantástica y contenida interpretación de Guillermo Pfening dando vida a Nico, consigue traspasar su mirada y descubrir su interior, todo aquello que hierve en esa alma rota e inquieta, en ese cuerpo que se mueve de un lugar a otro, ya sea en bici o en metro, ya sea con un bebé que no es suyo, pero que lo quiere como tal, o a la espera de que ocurra algo, aunque a veces haya perdido toda fe en eso, o lo que es más grave, haya perdido la fe en sí mismo, porque no desconoce qué hacer, y sobre todo, hacia adónde ir. Y no sólo la composición de Pfening, sino cada uno de los intérpretes que aparece en la película transmite verdad y naturalidad, componiendo un caleidoscopio interesante y diferente de una ciudad cosmopolita, interesante, atractiva, pero también salvaje, despiadada y que en ocasiones, puede resultar muy hostil y oscura para los recién llegados o aquellos a los que les cuesta adaptarse a sus costumbres y reglas, y a su ritmo endiablado.

 Solomonoff es una gran todoterreno en esto del cine, ya que ha sido asistente de gente como Puenzo o Salles, ha producido a Celina Murga o Julia Murat, entre otros/as, y lleva años dando clases en EE.UU., y en Nadie nos mira, parece explicarnos su experiencia como extranjera en ese país de acogida, sus sentimientos y percepciones como diferente, como latina, aunque sea como su protagonista, rubia y de piel clara, rompiendo los estereotipos de ese ciudadano medio yanqui, en un relato que nos muestra como un diario del inmigrante que llega a esa ciudad querida y soñada, peor que se dará de bruces con la realidad del lugar, y sobre todo su propia realidad, porque como bien reflexionaba Muñoz Molina: “Uno cuando viaja, no deja sus problemas en casa, sino que los lleva consigo mismo”, y el bueno de Nico, tiene todavía muchas cuentas pendientes no con Argentina o Nueva York, sino consigo mismo, con sus emociones y sentimientos, con el hombre al que amó o todavía ama, y su destino como actor, y en un espacio ajeno y extraño, en una huida constante, no de nada ni nadie, sino de sí mismo.


<p><a href=»https://vimeo.com/265529148″>Trailer Nadie nos mira</a> from <a href=»https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Anxos Fazáns

Entrevista a Anxos Fazáns, directora de la película «A estación violenta», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 de abril de 2018 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anxos Fazáns, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Dede, de Mariam Khatchvani

UN ESPÍRITU INDOMABLE.

En un instante de la película, donde asistimos a una carrera de caballos, Dina, la protagonista, cabalga a lomos de un corcel negro, su determinación y sus maneras guiando al caballo, nos devuelven ese aire de libertad y determinación que tienen ciertas personas, desvelándonos algo que ruge en su interior, mostrándonos ese espíritu indomable y rebelde que demostrará a lo largo del metraje, un alma inquieta y fuerte que no se arrodillará frente a nadie ni nada que se le interponga en su camino. La puesta de largo en la ficción de Mariam Khatchvani (Ushguli, Georgia, 1986) después de un período dedicada al documental y al cortometraje, donde ha sido reconocida internacionalmente, es una película inspirada en la vida de su abuela, donde la directora pone el foco en una mujer, la joven Dina, que vive en una de esas aldeas, en la región de Svanetia, entre las montañas del Cáucaso, en Georgia. La directora nos sitúa en los albores de 1992, después del amparo soviético, los georgianos se enfrentaban a una guerra interna y a sus propios conflictos territoriales.

Aunque, Khatchvani nos habla de otra guerra, la que sufre Dina, que obligada por la familia a casarse con David, que vuelve de la guerra, aunque la joven está enamorada de Gegi, compañero de armas de David. Dina no es de esas mujeres obedientes y que se dejan amilanar, su carácter le hará enfrentarse a su familia y su futuro esposo, negándose a seguir la tradición y dispuesta a romper las normas y decidir su propia vida. La directora georgiana construye una ficción, pero que la hermana con el documental en muchos aspectos, y a las formas cinematográficas de Rossellini (por ejemplo en Stromboli, terra di Dio, cuando encerraba en esa isla-cárcel a Ingrid Bergman, extraña de sí misma y extraña para los lugareños) desde la elección del reparto, en el que sólo hay un actor profesional, George Babluani que da vida a Gegi (al que vimos en 13 Tzameti) el resto del elenco lo componen habitantes de la región donde se filmó la película, también, donde pasó la directora su infancia,  y otro dato significativo, la película se rodó en georgiano y en svano, un dialecto hablado por unas 30000 personas muy propio de la zona.

La película obedece a la tragedia clásica, donde alguien que sigue su propio instinto, se enfrenta al poder, aquí el sistema patriarcal atávico que impone su poder al de las mujeres, meros seres obedientes, esposas a su pesar (cuando no acceden son secuestradas, práctica deleznable que sigue vigente en las zonas rurales de otras repúblicas próximas como la de Kirguistán, como explicaba el documental Grab and Run, de Roser Corella) y sobre todo, madres bondadosas al servicio de su esposo y la familia de éste. Dina rompe esas reglas y lucha incansablemente para vivir su propia vida, aunque las cosas no serán nada fáciles y deberá estar alerta en todo momento. La cineasta georgiana compone un retrato fiel y sincero sobre la mujer rural georgiana de finales del siglo XX, sin caer en ningún discurso panfletario o condescendiente, la trama es dura y compleja, y crea una atmósfera inquietante y cruel, ya que mezcla la belleza de sus paisajes tanto primaverales como hibernales, mezclado con la execrable tradición machista que sigue vigente en las diferentes aldeas.

Dina, bellísima y magnífica la interpretación contenida de la debutante Natia Vibliani, que lo expresa todo de manera sobria, nos conduce por su historia, por encontrar su lugar en el mundo, a través de su perseverancia, sus conflictos interiores, y ese entorno conservador, tradicionalista y violento, una mujer vital, llena de energía, de amor y de vida, que no cejará en su empeño, a pesar de todos los reveses y palos que va encontrando en su existencia. Khatchvani construye una película que puede verse como una experiencia antropológica, retratando las formas y costumbres de vida de los habitantes de la zona, en la que hace gala de un gusto exquisito en su forma, combinando excelentemente los colores y el paisaje que rodea los pueblos, desde esos colores apagados y oscuros de las ropas rurales, a ese vestido rojo, que alberga todo el significado de libertad que desprende la protagonista, o esos planos, en sus mayoría fijos, que nos remiten a la prisión en vida que sufren las mujeres del relato, donde la cabeza más visible sería Dina, ya que ella ha decidido enfrentarse a lo inamovible para ser ella misma, tomar sus propias decisiones y mantenerse en pie, cueste lo que cuesto, y a pesar de quién sea, de su familia, su pueblo y sus malditas tradiciones.

Entrevista a Andrea Pallaoro

Entrevista a Andrea Pallaoro, director de la película «Hannah», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el miércoles 2 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Pallaoro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Oriol Jornet, por su grandísima labor como traductor, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.