“Los mitos que son creídos tienden a convertirse en verdaderos”
George Orwell
Los cineastas Helena girón (Santiago de Compostela, 1988), y Samuel M. Delgado (Tenerife, 1987), llevan desde el 2015 dirigiendo películas cortas que profundizan sobre la historia, los mitos y demás aspectos construidos por una historia oficial que olvida el aspecto humano y misterioso. De ellos hemos visto Sin dios ni Santa María, Montañas ardientes que vomitan fuegos, Plus ultra e Irmandade, amén de instalaciones y performance. Un cine que explora la mitología e irrealidades, sino que lo hace desde una forma experimental, tremendamente visual, en diferentes formatos y texturas, haciendo de cada trabajo una aproximación a unos universos únicos e irrepetibles. Para su primer largometraje Eles transportan a morte, no se mueven de esos lugares sin tiempo, espacios de la memoria que la historia ha olvidado para construir su mito y leyenda.
La película se abre de forma impresionante, mágica y fantástica, primero con la sobreimpresión en la pantalla del año 1492, y luego bajo el mar, con las imágenes ralentizadas, van entrando al agua los palos de vela y una vela que se confunde con el mar embravecido, y luego, tres figuras masculinas, tres hombres proscritos, tres individuos que huyen de una muerte que ya debería estar ejecutada, tres espectros que recalan en un islote de Las Canarias, transportando una vela, un vela que Colón quiere a toda costa para proseguir su viaje al que luego llamaran “Nuevo Mundo”. Con el 16mm que firma José Alayón, que ya había firmado las cinematografías de películas tan importantes como La ciudad oculta, de Víctor Moreno, Blanco en blanco, Théo Court y Entre perro y lobo, de Irene Gutiérrez, amén de coproducirlas, creando esa textura y cercanía, con esa pesadez que acompaña a los tres fantasmas en perpetua huida de los otros y de sí mismos, intentando esquivar a la muerte. El espectacular montaje de Manuel Muñoz Rivas, otro de la factoría de Alayón, que condensa de forma sencilla y rítmica los setenta y cinco minutos de metraje.
El cuidadoso y detallista trabajo de la banda sonora, que firman dos de los nombres más importantes en el cine colombiano de autor, tanto del sonido que firma Carlos E. García, componiendo toda una atmósfera absorbente, en el que cada sonido en off inunda cada plano y encuadre de la película, envolviéndonos en esa aura mística, misteriosa y oculta que inunda toda la historia. Y la composición musical de Camilo Sanabria, que aboga por los ritmos fantásticos e industriales para ir creando todo ese universo tanto físico como emocional que persigue la historia. Eles transportan a morte se estructura a través de dos caminos. El de los tres hombres huidos y/o fantasmales, en las Islas Canarias, que también fueron arrasadas en ese camino del “Nuevo mundo”, en el que los cineastas buscan la esencia y pureza cinematográfica, como hacían los pioneros, como Sjöström y Dreyer, el Tourneur de Yo anduve con un zombie, el universo de Pedro Costa, y el Zombie Child, de Bonello, con esos tintes propio del cine de terror y fantástico, y luego, el otro lado, el “Viejo mundo”, esa Galicia de mediados del XVI, con esas mujeres que les han llevado obligados a sus hombres a la conquista del “Nuevo mundo”, tildadas de brujas y peligrosas.
La película se sustenta en un relato muy físico, en el que apenas hay diálogos, donde todo se explica mediante el silencio, o mejor dicho, mediante los sonidos, el off, y la relación de los tres proscritos. Los intérpretes del que solo conocemos a David Pantaleón, actor y también, estupendo cineasta como corrobora en Rendir los machos, entre otras, como uno de los huidos, acompañado por Xoán Reices y Valentín Estévez, las gallegas Sara Ferro y Nuria Lestegás y Josefa Rita Míguez Cal, componen unas vidas ajadas, solitarias, aisladas, pero llenas de humanidad y verdad, toda la que les falta a esa otra realidad, la que ha quedado plasmado en los libros de historia. Eles transportan a morte se detiene en lo humano, en lo íntimo, acercándonos a los anónimos, a todos esos hombres y mujeres que también estuvieron y fueron, desmitificando toda la historia de la conquista, el “Nuevo mundo”, y demás, como se deja patente en esas imágenes apropiadas de Alba de América, de Juan de Orduña, producida en 1951 en pleno franquismo para dar rienda suelta a la falseada gloria del Imperio español conquistando nuevas tierras.
La película de Girón y M. Delgado es una película totalmente inmersiva, muy sonora, y espiritual, en la que es tan importante lo que vemos como aquello otro que no se ve, que queda oculto, que permanece en las sombras, en el misterio, en ese lugar que la película investiga y extrae del tiempo y el espacio, porque todo aquello remite indudablemente en nuestro presente, en nuestra cotidianidad, en lo que somos, y sobre todo, de dónde venimos, todo lo que se ha hecho y lo que no, todo lo que se ha contado y todo lo que se nos ha ocultado. Un viaje a nuestra historia, contada desde el lado opuesto a la oficialidad, en una propuesta que no estaría muy lejos de las de Albert Serra, en el concepto de hablar de los mitos y leyendas, desde la desmitificación y lo humano y cercano, respirando, comiendo, caminando y escuchando a estas personas totalmente ninguneadas por la historia, y dándoles el lugar que se merecen o al menos, recuperando sus relatos, sus rostros y sus cuerpos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El pasado domingo 8 de mayo, cerró sus puertas la XII Edición del D’A Film Festival de Barcelona. Después de 10 intensos días de cine, presentaciones, mesas redondas, jornadas profesionales y demás actividades relacionadas con el mundo cinematográfico. Las secciones, como vienen siendo habituales, se dividieron en Direccions, Talents, Transicions, Un impulso colectivo, programada por Carlos Losilla, y se volvió a apostar por los cortometrajes con varias sesiones al respecto. Como ocurrió el año pasado, el D’A se vuelve a confiar en la iniciativa del Tour, excelente iniciativa en que algunas películas del festival se podrán ver en poblaciones fuera del epicentro Barcelona. La noche del sábado, en el Teatre CCCB, antes de la película de clausura, se entregaron los galardones, entre las premiadas encontramos Petit nature, de Samuel Theis, La amiga de mi amiga, de Zaida Carmona, y Mi vacío y yo, de Adrián Silvestre, entre otras. Aunque la gran noticia de esta edición, esperadísima por todos los que nos acercamos a este festival tan querido y admirado, ha sido la vuelta al D’A de 2019, después de los años de pandemia, en el 2020 fue la edición online en Filmin, y el año pasado, una edición híbrida, donde en las sesiones presenciales se requería la mascarilla. Este año, todo vuelve a la edición del 2019, con la presencialidad al 100×100, sin mascarillas, y una edición muy esperada y sobre todo, una edición muy vivida.
Mi camino por el D’A arrancó en la queridísima sección UN IMPULSO COLECTIVO con la película LA CHICA DE DAK LAK, de Pedro Román y Mai Huyen Chi. El director madrileño, afincado en Vietnam, junto a la directora vietnamita, se centra en una joven campesina que viaja a la urbe de Saigón para trabajar como camarera. Un retrato íntimo, sensible y profundo sobre el despertar a la vida de una joven que, es a su vez, una mirada crítica sobre la transformación social y política de una megalópolis inmensa, superpoblada y devoradora. La película sigue a la protagonista a medio camino entre la ficción y el documento, en un retrato que nos recuerda a la soledad y el aislamiento de la filmografía de Tsai Ming-liang, cinematográficamente ejemplar que detalla cada paso, cada neón y cada momento emocional de la protagonista, huyendo del sentimentalismo, y trazando una realidad llena de amargura e inquietante. Después vi la película LOS CABALLOS MUEREN AL AMANECER, de Ione Atenea. Muchos descubrimos a Ione Atenea siendo una de las protagonistas de Young & Beautiful, de Marina Lameiro, precisamente en el D’A. Luego, vimos Enero (2019), su opera prima que retrataba la cotidianidad de dos mujeres octogenarias. Con su nuevo trabajo, vuelve al retrato, un retrato que ahonda en los otros, porque nos habla de tres hermanos, los antiguos habitantes de la casa que acaba de alquilar. A partir de los objetos, recuerdos y huellas de los ausentes, la directora retrata un tiempo, la de la Barcelona del siglo XX, con sus tebeos, películas del oeste, amores frustrados, y unas vidas ajenas, que se mezcla con la propia vida y la cotidianidad de Ione, en la que va creando un retrato de otros y propio, en un juego fascinante, muy sensible y profundo, de espejos deformantes, de presente y pasado, de todo lo que somos y lo que dejamos, y sobre todo, un retrato de todos, de los presentes y ausentes.
Seguí con CANCIÓN A UNA DAMA EN LA SOMBRA, de Carolina Astudillo Muñoz. La directora chilena, afincada en Barcelona, vuelve a los fantasmas de El gran vuelo (2014), para centrarse en las misivas que un combatiente republicano, primero y luego, un exiliado en Francia, le envía a su mujer que ha quedado en Barcelona. A partir de imágenes de Súper 8, recuperadas de diferentes archivos, y otras, en las que actrices lees las citadas cartas, la película nos convoca a un viaje sobre el pasado a partir del presente, haciendo referencia a todas las mujeres “Penélope” que esperan y cómo esperan, de forma activa y resistente. La película vuelve, o mejor dicho, sigue transitando por los temas preferidos de la directora: la relación sobre nuestra pasado más oscuro, la guerra civil y el franquismo, la evocación de los ausentes y todas las presencias que dejan en los otros, y finalmente, la condición de la mujer, de entonces y la de ahora, reivindicando su figura y su condición, recuperando su trabajo, sus vidas y sobre todo, sus memorias. TENER TIEMPO, de Mario Alejandro Arias, Gabriela Alonso Martínez y Nicolás Martín Ruiz. Con la excusa del trabajo de fin de carrera de tres alumnos de la Ecam, los tres directores del ramo de la no ficción, consiguen una película fresca, ligera y muy cercana sobre la juventud, sus ilusiones y sus tristezas, con el aroma de Premières solitudes, de Calire Simon, y Quién lo impide, de Jonás Trueba, en un estupendo ejercicio a medio camino entre la ficción y el documento, sobre tres jóvenes amantes del rap, les sirve para hablarnos de su presente, de su inquietante futuro, y sobre todo, del desánimo de unos jóvenes que les cuesta encontrar trabajo, y mantenerlo, sus amores y esa incertidumbre vital y emocional agravada por la pandemia y demás tintes políticos. Una película sin pretensiones, viva, de ahora y de siempre, íntima y sobre todo, una película sobre la juventud y sobre la sociedad en la que vivimos, unos ratos, agradable y muchos, que no lo son tanto.
CHUCK A-LUCK, de Adrián García Pardo. En Actos de primavera (2019), la primera película de García Pardo, que fue seleccionado en el D’A de 2019 online, en plena pandemia, muchos vimos a un cineasta que nos hablaba sobre la fascinación del cine, desde su casa, desde el Madrid por su ventana, con grandes dosis de humor, y sobre todo, donde abundaban las referencias cinéfilas, literarias y vitales. Con su segundo trabajo, lo doméstico, que también lo hay, da paso a las calles y azoteas de Madrid, nuevamente con humor, una imagen doméstica e íntima, para hablarnos de una existencia inquietante y sin futuro, en una cinta muy física, entre el documento y la ficción, y donde prima la imagen sobre las palabras, con un personaje que interpreta el mismo director, una especie de sobrino de Mr. Hulot y los de Bruguera, que parece metido en un limbo que no acaba de aceptar ni mucho menos sentirse bien. Un cine libre, directo y lleno de hallazgos. LES FILLES DU FEU, de Laura Rius Aran. En el D’A 2016, muchos nos quedamos gratamente sorprendidos con Les amigues de l’Àgata, codirigida por cuatro cineastas en su trabajo de fin de carrera en la UPF. Una de ellas es Laura Rius Aran, que nos la volvemos a encontrar con una película de treinta y nueve minutos filmada en Francia, donde reside. Un retrato sobre unas chicas que accidentalmente prendieron fuego a la casa de los tíos de una de ellas. Con una sorprendente imagen y estructura, a medio camino de la ficción y el documento, la directora traza un profundo y sensible retrato sobre la adolescencia y la primera juventud a través de la amistad, del recuerdo y todo lo que nos une y separa. Interpretada magistralmente y narrada con pulso firme y sin pretensiones, la película de la directora catalana se desmarca de muchas películas del estilo, para crear una historia magnética, hipnotizadora y magnífica.
De la sección TALENTS, me detuve en la película TIEMPOS FUTUROS, de V. Checa. La opera prima del director peruano es un fascinante y magnífico relato de ciencia-ficción distópica, noir, social y crítico sobre una ciudad gris y fantasmagórica, que tiene mucho que ver con la Lima actual y los efectos de la pandemia, en una película muy austera, íntima y cercanísima, sobre la construcción de una máquina para provocar lluvia y la relación entre un padre obsesionado y un hijo de once años que encontrará en una banda de espías jóvenes una forma de crecer como persona y conocer la verdadera naturaleza de su padre y su invento mecánico. Con aroma al cine de ciencia-ficción setentero estadounidense y la feroz crítica a una sociedad ensimismada en las máquinas, la sobreexplotación y la individualidad, Tiempos futuros es una película sobre nuestra condición humana y qué hacemos con todo lo que tenemos a nuestro alrededor, ya sea social como humano. Finalicé mi andadura por el D’A 2022 con la sección “SINFONIES DE CIUTAT”, auspiciada por el CCCB y la colaboración de “Dones visuals”. Un proyecto sobre miradas a la ciudad de Barcelona y periferia realizado por cineastas. Me acerqué a ESA FUGAZ ESENCIA QUE DEJARON LOS SUCESOS, de Carolina Astudillo Muñoz. Una película de catorce minutos que profundiza en el trabajo de memoria que reivindican los anteriores trabajos de Astudillo Muñoz, donde se detiene en los lugares y espacios de la ciudad de Barcelona y registra en un espléndido Súper 8, acompañado por la propia voz de la directora, donde la historia de la Guerra Civil y el franquismo se detuvo, reivindicando cada lugar, cada huella y cada vestigio, dotándolos de la importancia que el presente y los gobernantes le han negado, siempre desde el prisma de todas las mujeres olvidadas, borradas y silenciadas. Un hermoso y detallista trabajo memorístico, no solo sobre los ausentes, sino sobre sus pasos, sus huellas y todo el legado que nos dejaron a los que les seguimos. Una película que sabe a poco, porque nos hubiera gustado seguir descubriendo el pasado y el presente de todas las olvidadas de la mano de la directora, por su sensibilidad y su posicionamiento político y sobre todo, humano.
Y acabé con LA CIUTAT A LA VORA, de Meritxell Colell. La frontera, los márgenes y las personas que los componen son la estructura en las que se posa el cine de la directora catalana. En su nuevo trabajo de cincuenta y dos maravillosos minutos, nos invita a un pasea sensible y profundo sobre los espacios limítrofes de Barcelona con la sierra de Collserola. Con fascinantes imágenes en Súper 8, textos descriptivos y hipnóticos, y una tratamiento musical muy evocador y magnífico, Colell nos sumerge en un universo periférico lleno de magia y humano, donde conviven caminos, huertos y sus gentes, con sus historias, sus pasados, y sus presentes, siempre del lado humano y político, dando visibilidad a la invisibilidad, situando en el centro de todo a todos los olvidados, a todos lo que están pero no están, y sobre todo, una mirada especial y sencilla a todo lo que vive y sobrevive fuera de todos y todo. Y hasta aquí mi paso por la la XII Edición del D’A Film Festival de Barcelona. Un festival convertido en un referente magnífico para todos aquellos que amamos el cine, sus buenas historias, reflexivas, comprometidas y valientes, que nos hablan con personalidad y carácter de los problemas más cotidianos, políticos, sociales, económicos y culturales, un certamen que enriquece de manera extraordinaria la primavera cinéfila de Barcelona, y la edición de este año, tan especial por su vuelta a lo que era, a esa esencia del cine presencial, y sin mascarillas, y sobre todo, a su capacidad para elegir las películas y su calidad en todos los sentidos, tanto en programación, estructura, personal y ejecución, ofreciendo un nivel cinematográfico altísimo, donde han brillado películas de diferentes lugares del mundo, y las de aquí, se han convertido en un referente dentro del Festival, convirtiendo las sesiones de UN IMPULSO COLECTIVO, y sus posteriores coloquios en una fiesta del cine, en la pasión que lo envuelve y la fascinación intrínseca del ser humano por contar historias y otros, por verlas y apreciarlas. Hasta la edición del año que viene!!! Muchas Gracias por todo D’A FILM FESTIVAL 2022!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Meritxell Colell, codirectora de la película «Transoceánicas», en el marco del D’A Film Festival, en La Ikastola de Gràcia en Barcelona, el miércoles 12 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Serrana Torres, coproductora de la película, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Los amantes del cine solo conocíamos el cine georgiano a través de Otar Iosseliani, magnífico cineasta de películas como Adiós tierra firme (1999), Lundi matin (2002), y Jardines en otoño (2006), entre muchas otras. Un cine sobre el peso de la cotidianidad, la falta de alegría y el deseo de huir y sentirse vivo, siempre a través de comedias absurdas, donde hay mucho humor negro y una idea de la vida más emocional, excéntrica y despreocupada. Unas películas deliciosas, con la elegante música de Nicholas Zourabichvili, y la fascinante cinematografía del gran William Lubtchansky, toda una eminencia en el cine francés, ya que ha trabajado con tótems como Godard, Rivette, Straug &Huillet, Truffaut y Garrel, entre otros. El año pasado, el Festival de Cine de San Sebastián alumbró otro nombre del cine georgiano, el de Dea Kulumbegashvilli con su sorprendente opera prima Beginning, un intenso drama sobre la religión y los abusos sexuales, bajo un tono muy oscuro y denso. Y, en poco tiempo, volvemos a toparnos con otro gran valor de la cinematografía georgiana, ya que otro festival internacional, como la prestigiosa Berlinale, concedió el Fipresci de este año a Alexandre Koberidze (Tbilisi, Gerogia, 1984), por su segunda película ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?.
El director georgiano estudió cine en Berlín, y habíamos visto Let the Summer Never Come Again (2017), en la que relataba las vicisitudes de un joven de pueblo en la gran ciudad para ser bailarín, a través de un sólido drama sobre el amor y sus desilusiones. Con su segundo trabajo, nos sitúa en las calles de la ciudad de Kutaisi, la tercera ciudad más poblada de Georgia, antigua capital del país, en la que un día, por casualidad, Lisa, una joven investigadora y Giorgi, un joven futbolista, se tropiezan fortuitamente y se enamoran y quedan en una cafetería bajo el puente. Pero, un encantamiento se ceba con ellos, y Lisa, olvida quién es, y Giorgi, cambia su aspecto físico, y coinciden en la citada cafetería como trabajadores sin reconocerse. A partir de ese cruce de comedia sentimental y fantástico, la película, ya desde su onírico título, porque el director no se centra en lo que vemos en el cielo, sino en todo lo contrario, lo que hay a ras del suelo, como su maravillosa construcción en la secuencia que abre la película, la del encontronazo entre los dos jóvenes desconocidos, filmada desde el suelo, en la que solo vemos sus piernas y escuchamos en off su diálogo.
La cotidianidad del verano de Kutaisi, y más concretamente, la que recoge el período del Mundial de fútbol, un campeonato del que sabemos que se desea que conquiste la Argentina de Messi. Otro elemento fantástico de la película, porque los instantes que recoge la película se asemejan al Mundial 90 celebrado en Italia, que si bien Argentina jugó la final, no la ganó y además, el estandarte era el gran Maradona. De hecho en una estupenda secuencia de unos niños jugando al fútbol en un parque, vista de manera ralentizada, se escucha “Un’ estate Italiana”, himno oficial del citado mundial. A partir de un tono ligero, transparente y enormemente cotidiano, un narrador, el propio director, nos va describiendo la ciudad, y sobre todo, a sus habitantes, todo aquello que no se ve, y todo aquello que se escapa a las imágenes, esa otra historia que va sucediendo sin que nos vayamos percatando. También, nos habla de sus tradiciones de siempre, esos locales donde van a ver los partidos del mundial, así como, ese irreverente sentido del humor que recorre toda la película, como esos perros callejeros aficionados al fútbol.
La fragilidad y fugacidad de la vida se dan cita en esta película especialísima, con esa sensible y naturalista cinematografía que firma Faraz Fesharaki, que nos recuerda mucho al cine francés de los Rohmer y Truffaut, y a los trabajos del citado Lubtchansky y Néstor Almendros, donde la vida, el documento, y la magia se van apoderando de cada plano, cada encuadre y cada rincón de la ciudad, con su luz, su puente, y su realidad transformada, esa que solo el cine puede ver y mirar, aquella que la vida real no consigue ver ni capturar. El cine de Koberidze no está muy lejos del marco trágico, melancólico y cómico que tanto les gusta a cineastas como Tati, Kaurismäki y Roy Andersson, en esa forma tan desesperanzada y la vez, tan ilusoria de mirar la vida. Su cotidianidad, sus personajes, y las situaciones y circunstancias a las que se ven inmersos. Y qué decir de todos esos personajes que pululan por la película, a cual más extraño, excéntrico e inolvidable, como el señor mayor y dueño de la cafetería bajo el puente, un lugar al que no va nadie, un lugar en el que parece que todo se ha detenido, o los niños que van de aquí para allá, hipnotizados por la fiebre del fútbol con el mundial en marcha, los que juegan en el parque, los otros que van a por helado a la cafetería que no va nadie, o los que desafían el juego de aguantar en la barra que lleva Giorgi, un invento del dueño para atraer clientes a la cafetería que no va nadie.
Otros personajes llamativos son los empleados de la pastelería, en esa maravillosa secuencia donde su coreografía nos invita a un musical de los que hacía Demy, que resulta muy novedosa y cercana. La música ligera, romántica y romántica de Giorgi Koberidze, que recuerda mucho a la de grandes como Georges Delerue y Jean-Louis Valero. Sus ciento cincuenta minutos de metraje podrían parecer excesivos de entrada, pero a medida que va avanzando la película, nos parecen pocos, porque todo se cuenta desde la emoción, desde la tragedia del par de enamorados protagonistas, con esa inquietud que nos abruma, donde parece que no puede hacerse nada para romper el hechizo. Koberidze ha construido una película magnífica, arrolladora y llena de sensibilidad, con ese verano en Kutaisi que no es un verano más, es un verano con mundial, un verano donde nace el amor, aunque no se reconozcan, un verano lleno de cosas, acciones, cotidianidades, circunstancias, y sobre todo, un verano que cambiará las vidas de Lisa y Girogi, porque aunque no lo sepan, el amor está muy cerca de ellos, o mejor podríamos decir, que ellos están cerca del amor, que no es lo mismo, porque para enamorarse hay que creer que es posible, y este verano de Kutaisi, quizás es el mejor lugar para enamorarse, o al menos, para esta cerca del amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a David Martín de los Santos, director de la película «La vida era eso», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Martín de los Santos, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar”.
Antonio Machado
De todas las grandes frases del imperdible Quino, a través de su memorable personaje de Mafalda, hay una capital como la que la niña le pregunta a su madre: “¿Mamá que te gustaría ser si vivieras”. La pregunta que mejor define a toda una generación de mujeres que solo existieron para complacer a los demás, olvidándose de ellas mismas, y lo que es peor, olvidando sus vidas. El personaje de María es una de esas mujeres, aunque quizás ya haya llegado el momento de abrir la puerta y salir al mundo a vivir. El plano que abre la película define la sobriedad y la concisión con la que está contada todo el film. Un plano quieto, en el interior de un piso, escuchamos a María, la protagonista, como explica por teléfono que está sufriendo un infarto y que le envíen una ambulancia. Corte a habitación del hospital, donde María está acostada en una cama. Inmediatamente después, la cama de al lado se ocupará con Verónica. El director David Martín de los Santos, nacido en Madrid pero criado en Almería, del que habíamos visto sus interesantes películas cortas como Llévame a otro sitio (2004), En el hoyo (2006) y Mañana no es otro día (2015), entre otros. Relatos críticos sobre la sociedad actual, sus miserias económicas y la relación con el otro.
Para su opera prima, Martín de los Santos detiene su mirada en la generación de su madre, esas mujeres siempre al servicio de los demás, con vidas grises y anodinas, siempre calladas y siempre invisibles. María, de más de setenta años, emigró a Bélgica con su marido y allí ha tenido a sus hijos, ya mayores, y vive hace más de tres décadas. Frente a ella, Verónica, su compañera de habitación, veinteañera, también inmigrante, acuciada por los mismos problemas de antaño del país, que parece que nunca se resuelven y la historia vuelve a repetirse. Un encuentro que lo cambiará todo para María. Martín de los Santos construye una película partida en dos. En una primera mitad, somos testigos de la relación de las dos mujeres en la habitación del hospital, de la intimidad que se va generando, de la ayuda y la mirada hacia el otro, de dos mujeres que se llevan más de medio siglo, pero que son dos almas tan distintas, con vidas tan diferentes, pero que encontrarán esa mirada común, de aprendizaje y reconocimiento. En la segunda mitad, con una estructura western, la película se centra más en María, en su viaje buscando las raíces de Verónica en la provincia de Almería, en el Cabo de Gata, en Las Salinas, el pueblo que vivía de la Salinera.
En ese lugar aislado y deshabitado, María se descubrirá y redescubrirá toda esa vida que no ha vivido, todo ese mundo de respeto, de admiración y amistad que no conocía, incluso el sexo desde otro modo, a través de algunos personas que se irá encontrando. Se cruzará con Luca, un rumano de unos cincuenta tacos, excéntrico y motero, y que ahora regenta el único bar del pueblo, que la tratara de tú a tú, y sobre todo, la valorará como mujer. También, se tropezará con Juan, antiguo novio de Verónica, un tipo de la zona, con sus cosillas, como él dice, y con quién entablará una relación sana y cómplice. La parte técnica de la película es brillantísima, se asemeja a las producciones de Querejeta, cuando a los jóvenes directores los acompañaba de técnicos más experimentados, como el caso del gran cinematógrafo Santiago Racaj (que ha trabajado con Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carla Simón o Carlos Vermut, entre otros), consiguiendo esa luz contrastada respecto a la grisácea del hospital, con aquella más esperanzadora de Almería, siempre de forma sutil, y el sonido de otra máster como Eva Valiño (con trabajos tan importantes para Icíar Bollaín, Jaime Rosales y Manuel Martín Cuenca y Carla Simón, entre otros), y el estupendo montaje que condensa con serenidad y pausa los ciento nueve minutos de metraje, que firman Lucía Palicio, bregada en muchas series de televisión, y Miguel Doblado, en su haber títulos tan interesantes como Morir, de Fernando Franco y No sé decir adiós, de Lino Escalera.
El director madrileño-almeriense ha creado una película magnífica, un grandísimo debut en el largometraje, que esperemos que tenga continuidad, porque su mirada como la cercanía con la que cuenta su relato es todo una lección de vida y humanismo, en la que se lanza al vacío, ya que situa en el centro de todo a una mujer en su vejez, rara vez vemos que el protagonismo recaiga en las personas de la tercera edad, y no lo ha hecho de un modo triste y final del camino, sino todo lo contrario, envolviéndonos en un relato de oportunidades, de cambios, donde la edad no es un impedimento, donde cualquier edad es buena para despertar a la vida, para ser uno mismo, y sobre todo, para mirar y reconocer, y ser reconocida, como hace una deslumbrante Petra Martínez, curtida en mil batallas, que ahora le llega la increíble oportunidad de un protagonista absoluto, en un reflejo sensacional de lo que le ocurre a su personaje de ficción, creando la intimidad y el aplomo de una María que despertará a todo, peor de forma sencilla, sin aspavientos y comedida, eso sí, llena de vitalidad, alegría y desnudez absoluta.
El resto del reparto brilla por su naturalidad y humanidad, como la siempre natural y cercana Anna Castillo, con un personaje libre, sin complejos, pero igual de perdido que María, aunque en otro aspecto. Las interpretaciones de Florin Piersic Jr, como ese rumano loco y extrovertido, pero de buen corazón y un amigo entrañable, Daniel Morillo es Juan, el pasado de Verónica, un tipo sano y amigo que representa a los pocos que todavía resisten en los pueblos vaciados de la zona. Pilar Gómez es Conchi, una peluquera que ayudará a María en su búsqueda, y finalmente, Ramón Barea como José, el marido de María, un hombre anodino y gris, que sabe estar, y poco más, en las antípodas de lo que está sintiendo el personaje de Petra Martínez. Si tuviéramos que emparentar a La vida era eso con una película que aborda conflictos en la misma línea, nos viene a la cabeza Nebraska (2013), de Alexander Payne, que entre el drama cotidiano, la comedia inteligente y la relación con el otro, se construye también un viaje, tanto físico como emocional, que emprende el anciano protagonista, con un destino final que nos es otra cosa que una excusa para ser uno mismo y adentrarse en todo aquello desconocido de uno mismo. Woody Grant no estaría muy lejos de María, porque siempre hay vida, independiente de la edad que tengamos, porque la vida puede ser muchas cosas, y nunca es tarde para empezar y mirarla con otros ojos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Marc Ferrer y La Prohibida, director y actriz de la película «¡Corten!», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Ferrer y La Prohibida, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Prats y Gerard Cassadó de Filmin, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Marga Sardà, actriz de la película «¡Corten!», de Marc Ferrer, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marga Sardà, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Prats y Gerard Cassadó de Filmin, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todos nos utilizamos mutuamente. El amor es más frío que la muerte”.
El universo de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984), vive por y para el cine. Sus películas están llenas de referencias cinéfilas, desde las más profundas a las más populares, todo tiene cabida en el mundo de Ferrer, eso sí, posee una sensibilidad especial a todo aquello subgénero y oculto, a todos esos artistas en la sombra, a todo ese otro mundo, que muchas veces queda oculto. Su cine tiene infinitas ramas: el musical, con esas grandes actuaciones a ritmo de pop, sinvergonzonería y mucha pluma, esa comedia petarda y romántica, muy alocada y llena de humor irreverente, simpático y naif, esos toques de thriller, un noir de andar por casa, pero muy sugerente y con su atmósfera particular, y la gran visibilización que hace del mundo no normativo en todos sus aspectos, por donde pululan amores de todo tipo y formas, tanto gay como hetero, y demás, y finalmente, el cine, porque siempre son películas sobre el cine, tanto dentro como fuera, y donde sus personajes son amigos de Marc interpretando a otras personas muy parecidas a su propia realidad. Metrajes breves, apenas rondan la hora de duración. Un gazpacho muy de aquí, especialmente imaginativo, sorprendente y lleno de vitalidad y fiesta, y que se ríe constantemente de sí mismo, sin excepción. Un cine que te atrapa al instante o lo odias para siempre.
Desde el año 2016, Ferrer, licenciado en Comunicación Audiovisual por la UPF, no ha parado y ha despachado cada año su película de turno, ya sea largo o corto. Su opera prima Nos parecía importante (2016), a las que la han seguido La maldita primavera (2017), Puta y amada (2018), Mi odio en tu corazón (2019), Corazón rojo (2020), y ¡Corten!, que el propio Ferrer describe como un “giallo marica”, en la que su cine ha dado un gran paso, introduciendo por primera vez el género de terror, aumenta la duración de la película llegando a los 78 minutos, y pasa del digital al cine, rodando en 16 mm, que firma el cinematógrafo Nilo Zimmerman (que además de actor, ha firmado las películas de Tiger, de Aina Clotet, o Boi, de Jorge M. Fontana), consiguiendo esa textura ochentera que tanto demanda la película de Ferrer, con esa cercanía y esos primeros planos de los intérpretes, la indispensable música de Adrià Arbona, líder de los Papa Topo, que protagonizaban La maldita primavera, y autor de todas las bandas sonoras del cine de Ferrer, una score que va de los ritmos divertidos y desenfadados, a aquellos otros propios del cine giallo, con su suspense y sus lugares tenebrosos desde la cotidianidad. El arte de Erik Rodríguez Fernández, otro cómplice de Ferrer, que vuelve a hacer casi con los mínimos elementos lo máximo, llenando de colorido cada plano y encuadre de la película.
El director sabadellense no oculta sus referentes, sino todo lo contrario, los hace muy evidentes, y los muestra sin ningún tipo de pudor, como las películas de Corman, los universos de Fassbinder, y sus personajes melancólicos, tristes y perdidos, el cine giallo de Argento, en el que se menciona varias veces, incluso aparece un libro dedicado a su obra, el universo cutre de Waters y Divine, con ese aroma del cine trash, basura, y el desenfado de hacer lo que quieras con los medios escasos que tengas, el cine de Zulueta y todo lo cinéfilo que le rodea, como el vampirismo, los primeros Almodóvar y su mundo y submundo, con maricas, travestis y demás seres que pululan llenos de amor, desengaños y desilusión, con ese toque sucio, transgresor y lleno de incorrección y mucha risa y diversión. En ¡Corten!, Ferrer, que interpreta a un director de cine que hace películas de bajísimo presupuesto que no tienen nada de éxito, ha contado con un reparto nuevamente lleno de amigos como Marga Sardà, que interpreta a una deslumbrante secretaria de “Producciones Inmundas”, borde como ella sola, llena de tensión, agitadísima y sobre todo, un pedazo de descubrimiento para el cine de Ferrer, como antes lo habían sido Júlia Betrian y Zaida Carmona.
Acompañan a Sardà, los Gregorio Sanz, María Sola, Saya Solana, Paco Serrano y Álvaro Lucas, entre otros, más a La Prohibida, con la que ya había hecho videoclips, y Samantha Hudson, que se marca una de las grandes actuaciones de la película cuando interpreta el tema “Por España”. Marc Ferrer hace un cine popular, filmado con escaso presupuesto, de que más lejos de suponer un problema, él lo lleva su espacio y además de reírse de todas esas penurias económicas, saca el máximo rendimiento tanto artística como técnicamente, haciendo de sus carencias sus mejores virtudes, en el que la realidad y la ficción, o lo que es lo mismo, la vidas de Marc y sus amigos, no es más que un pretexto para mirarlas a través del cine, donde el reflejo es constante, donde cada espejo encadena las diferentes historias que pululan por sus películas, donde lo coral es una gran baza, donde cada encuadre está lleno de vida y misterio, en el que todo ocurre con una grandísima naturalidad y cercanía, sin sentimentalismos ni aspavientos, y sus defectos y errores están totalmente adaptados a la historia, y lo que pudiera parecer un obstáculo, la película lo acoge y lo adapta sin problemas, y aun más, les da una mirada diferente y muy honesta.
La omnipresente Barcelona, la ciudad-lugar de sus películas, convertida por la cámara de Marc Ferrer en un gran plató, donde visitamos esos pisos pequeños peor con glamur, esos bares de maricas, donde nacen y mueren amores y nos divertimos con esas actuaciones desenfadas de travestis y artistas de lo oculto, y las oficinas de la productora, que lugar y que cutrez, como alude uno de los personajes. Una ciudad que se la quiere y se la odia a partes iguales, porque como evidencia la frase que abre y cerrará la película, es una ciudad que atrae y repele, donde parece tranquila y también, está llena de peligros. Ojala podamos seguir viendo películas de Marc Ferrer, no solo por seguir desmenuzando esos mundos, submundos, y todo lo underground, cutre y bajo coste de su cine, como dice una de las actrices de su película: “Yo por el cine underground español hago lo que sea”, toda una sencilla y directa declaración de intenciones, porque eso sí tiene el cine de Ferrer, honestidad y diversión, y además, una equilibrada y profunda reflexión sobre las relaciones humanas y amores de ahora, con su locura, su naturaleza efímera, y sobre todo, sus caminos laberínticos, que sabes por dónde empiezan y nunca como acaban. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Xacio Baño, director de la película «Augas Abisais», en el marco del D’A Film Festival, en la Plaza Joan Corominas en Barcelona, el domingo 9 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xacio Baño, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Eva Herrero de Madavenue, y al equipo del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA