Entrevista a Laia Marull, actriz de «Brava», de Roser Aguilar. El encuentro tuvo lugar el lunes 3 de julio de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laia Marull, por su tiempo, generosidad y cariño, a Maria Guisado de La portería de Jorge Juan, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño, y a Toni de Cinemes Girona, por su amabilidad y cariño.
Entrevista a Roser Aguilar, directora de «Brava». El encuentro tuvo lugar el lunes 3 de julio de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roser Aguilar, por su tiempo, generosidad y cariño, a Maria Guisado de La portería de Jorge Juan, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño, y a Toni de Cinemes Girona, por su amabilidad y cariño.
Entrevista a Tomasz Wasilewski, director de «Estados Unidos del amor». El encuentro tuvo lugar el miércoles 28 de junio de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Tomasz Wasilewski, por su tiempo, generosidad y cariño, a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño, y a Toni de Cinemes Girona, por su amabilidad y cariño.
«Me gusta pensar que los momentos más importantes de la Historia no tienen lugar en los campos de batalla o en los palacios, sino en las cocinas, los dormitorios o las habitaciones de los niños»
David Grossman
La película arranca de forma magistral y concisa, situándonos en el Berlín de 1921, bajo una luz prodigiosa filmada en blanco y negro, y una sobria ambientación, asistimos al asesinato de Talat Pashá, uno de los autores del genocidio armenio de 1915 a manos de Turquía, llevado a cabo por el ciudadano armenio Soghomon Tehlirian, y su posterior juicio. El acusado que, se declara culpable, es absuelto. De esta apertura, pasamos a principios de los ochenta en la ciudad de Marsella, en la que conocemos a la comunidad armenia refugiada, y más concretamente a una de sus familias, la cual será el núcleo de la trama que se nos contará.
Robert Guédiguian (Marsella, Francia, 1953) se ha caracterizado por construir un cine contemporáneo, situado en su Marsella, y a partir de comedias con apariencia ligeras y cercanas, ha realizado películas de índole social, en las que habla de temas candentes de los ciudadanos de ahora, como el desempleo, la inmigración, las carencias sociales, todo ello, a través de personajes próximos, cálidos y humanistas, interpretados por los habituales Ariane Ascaride, Gérard Meyland y Jean-Pierre Darroussin. En su 19 película de su filmografía, vuelve a sus orígenes, al pueblo de sus antecesores, a Armenia, su padre era armenio, y se embarca en una reconstrucción histórica, como ya hiciera en el 2006 con Le voyage en Arménie, en la que nos contaba la vuelta de un exiliado y como se encuentra la tierra de su infancia, ahora, Guédiguian ha ido mucho más lejos, y se ha planteado una película compleja y difícil, tanto por lo que cuenta como por los temas que trata.
Guédiguian ha tomado una noticia real, la sucedida en Madrid en 1981, cuando el periodista José Antonio Gurriarán quedó paralítico a consecuencia de un atentando perpetrado por el ASALA (Ejército secreto Armenio para la liberación de Armenia), suceso que llevó a Gurriarán a investigar sobre el tema, y a conocer a sus verdugos, de la que salió la novela “La bomba”. El director marsellés nos cuenta la historia de Aram, uno de aquellos jóvenes armenios/franceses que, instigado por la madre, acaba enrolándose al ASALA, y en una de sus acciones, una bomba que hace volar el coche del embajador de Turquía en París, hiere, dejando paralítico, a Guilles Tessier, un ciclista que casualmente pasaba por allí. Guédiguian realizado una película primorosa, cuidando todos los detalles, filmando en los lugares donde se desarrollaron los hechos y centrándose en la complejidad de sus personjes, hablándonos de varias cosas, por un lado, tenemos a Aram y su lucha armada, con sede en Beirut, en el que asistimos a los conflictos, tanto internos como externos del joven, la cotidianidad en la vida clandestina y su lucha por que su pueblo sea reconocido. Y por el otro, a Guilles, el joven francés que, después de su ardua recuperación, quiere conocer a su verdugo, después que Anouch, madre de Aram, lo visitará en el hospital para expresarle sus condolencias.
El cineasta francés nos habla sobre la culpa y el perdón, en un relato político, que investiga la memoria y la identidad no solamente de un pueblo, sino también la de cada uno, sin olvidarnos, del tema más complejo que aborda la película, el posicionamiento sobre la legitimación de la violencia para defender una cusa justa. Guédiguian no toma partido, nos cuenta su película mostrándonos todas las razones que justifican sus personajes, sin decantarse por ninguno de ellos, no estamos ante un panfleto político, no hay nada de eso, y celebramos enormemente la decisión de Guédiguian, que logra mantenernos en vilo, consiguiéndolo a través de lo más mínimo, centrándose en las historias humanas, que jalonan su filmografía, unos seres que luchan por tirar hacia adelante, a pesar de las dificultades con las que se encuentran, gentes humildes, con dudas y miedos, que se equivocan mucho y pocas veces aciertan, esta vez, el realizador marsellés se ha adentrado en un freso histórico que recorre un siglo del pueblo armenio, que arrastra la desidia y lucha contra el olvido de muchas naciones que no reconocen su triste pasado.
Una película reflexiva, contundente y apasionante, que se va contando con pausa, sin prisas, que consigue apoderarse de cada uno de los espectadores de forma sutil, sin aspavientos ni desmesura, mostrándonos que a veces los ideales que defendemos obedecen más al miedo que a un pensamiento reflexivo, y en ocasiones, el único camino que nos queda es la lucha armada, aunque eso nos obligue a tomar decisiones que vayan en contra a nuestros principios morales. Guédiguian con su habitual Ariane Ascaride y un trío de jóvenes intérpretes, que ofrecen vitalidad y naturalidad a sus personajes, cimenta una historia donde no existen inocentes y culpables, sobre la necesidad de entender primero antes de juzgar, sobre las injusticias cometidas, aquellas que nadie responde, aquellas que se quedaron en el olvido, que hacen daño, pero que el pueblo armenio se niega a ese destino y sigue en pie, valiente y decidido, luchando por ser reconocido.
Entrevista a Guillaume Senez, director de «9 meses». El encuentro tuvo lugar el martes 7 de marzo de 2017 en la sala de cine del Instituto Francés en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillaume Senez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño.
“Recuerdo que cuando era niña mi mamá me llevó al oculista por primera vez y el doctor nos dijo que, yo había heredado la condición de mi madre, miopía progresiva, y que un día como ella, yo me quedaría ciega. Yo no sabía lo que era miopía progresiva, no sabía lo que era miopía, ni lo que era progresiva, pero cuando salimos de la oficina del doctor, le pregunté a mi mamá: ¿Mamá, cuando nos vamos a quedar ciegas? Y mi mamá me dijo: Nunca. Sí, me dijo que nunca”
En el magnífico documental El cielo gira, de Mercedes Álvarez, en la que su directora nos cuenta el pasado y el presente de su pueblo Aldeaseñor, filmando a los 14 habitantes del pueblo, entre ellos, al pintor Pello Azquera, que está perdiendo la vista, y sigue retratando los lugares que un día sólo existirán en sus lienzos y memoria. Un proceso parecido experimenta María Teresa Larraín (Santiago de Chile, 1951) en esta película, su Niña sombra es un retrato sobre su intimidad, sobre el proceso de su ceguera progresiva. El relato se inicia en Toronto (Cánada) donde la cineasta se exilió en el año 1976 huyendo de la represión de la dictadura de Pinochet. Allí, hizo su vida, estudió y se formó como directora de cine independiente en los que ha abordado en sus películas temáticas de índole social (diversidad, inclusión, minorías) dotando a sus historias de un gran carácter humano. Larraín nos cuenta en primera persona su pasado y su presente, desde el momento que su vida empezó a cambiar, cuando empezó a perder la vista, heredando así la enfermedad que también padeció su madre.
La realizadora chilena se embarca en un viaje que, como ella explica, será su última película, la película que registrará el proceso que está viviendo, en el que Larraín, con la ayuda de un pequeño equipo, registrará todos los acontecimientos que se sucederán en su vida. Arrancaremos en Toronto, en el exilio, en el que Larraín comenzará a vivir su enfermedad en soledad, por decisión propia, explicando a sus allegados lo que le está sucediendo, mostrándose sin ningún tipo de pudor, abriéndonos su alma, mencionando sus miedos, tanto presentes como del futuro, y sobre todo, todos los cambios que se producirán en su vida. Larraín envuelve a su película de un tono naturalista, sin caer en sentimentalismos, ni nada por el estilo, sino todo lo contrario, retrata a una mujer que se desnuda emocionalmente ante nosotros, filmando todos los cambios que se van produciendo en su cotidianidad. Su vuelta a Chile, después de la muerte de su madre, la visita a su único hijo a Costa Rica, y pasar un tiempo con sus nietas, y finalmente, su nueva vida en Chile, y descubrir a otros como ella, los vendedores ambulantes de La Alameda, la avenida principal de Santiago de Chile.
Larraín construye un diario personal sobre su enfermedad, y muy inteligentemente y con extrema sutileza, nos introduce la temática social que han estructurado toda su filmografía, capturando los diferentes vendedores que se va encontrando en su deambular por las calles de su ciudad, y dialogando con ellos, conociendo todas sus dificultades y problemáticas que viven en su precaria existencia. Larraín recoge el testigo de otros documentalistas que también han hecho de su experiencia vital el material fílmico de sus trabajos como Johan Van der Keuken que filmó su maravillosa Las vacaciones del cineasta, en la que se centraba en su pasado y presente familiar, las películas/retratos de Naomi Kawase sobre su orígenes, su abuela, su embarazo y posterior alumbramiento, o más recientemente, Luis Ospina en Todo comenzó por el fin, en la que el cineasta colombiano se filma enfermo de cáncer en el hospital, y registra todo el proceso y sus reflexiones. Una película que nos habla sobre la dignidad de las personas ciegas, de todo aquello que pueden seguir aportando a la sociedad a pesar de su discapacidad. Larraín edifica un maravilloso alegato sobre la dignidad, desde una mirada poética y humanista, filmando a sus “nuevos amigos” desde la proximidad, acariciando sus vidas, escuchando sus (des)ilusiones y tendiéndoles la mano.
Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, directores de «Psiconautas. Los niños olvidados». El encuentro tuvo lugar el miércoles 15 de febrero de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Alejandro Muñoz de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño, que además tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
“Todo se detiene, el tiempo se paraliza. Es hora de dormir, es tiempo de soñar. Porque nadie puede estar despierto hoy. Nadie puede ser testigo de lo que va a ocurrir aquí. Nada puede detener lo que está predestinado. La fiesta nacional el sueño ha comenzado. Todos duermen en Buenos Aires, menos nosotras, las plantas nocturnas. Llegué un poco tarde a la fiesta. Así que esto era la fiesta nacional del sueño? Todos duermen. Aviones de guerra. Que hacen acá? Nosotros estamos en medio de todo es y juntos somos únicos, somos únicos…”
Florencia tiene 17 años, acude al instituto y es un amante del anime y del baile que ensaya con un par de amigos. Además, visita a su madre hospitalizada y cuida de su hermano vegetativo. La existencia de la adolescente es cotidiana, aburrida y solitaria, las visitas de sus amigos apenas llenan el vacío de una vida no completa, en la que sus familiares ausentes, por un lado, y una casa con jardín, vacía y casi sin vida, por el otro, no acaban de completar la falta que tiene la vida de Florencia.
El cineasta Roberto Doveris, natural de Chile, aborda en su primer largometraje, un tiempo de transición, un tiempo de cambios, de descubrimiento, en el que Florencia pasará de ser una niña a coger las riendas de su vida y sobre todo, su cuerpo y sexualidad, afrontando los retos de cuidar de un hermano inerte, y de experimentar con sus deseos más íntimos, como vía de escape de esa existencia en el que las horas parecen pesar y los días se mantienen quietos, parados, como si el tiempo hubiera pasado de largo de su vida. Doveris plantea un relato íntimo y cercano, en el que las acciones repetitivas de sus trayectos al instituto, las horas compartidas con sus amigos, o las salidas con éstos, forman parte de algo que no acaba de hacer sentir a Florencia lo que debería. Doveris filma todos estos momentos desde la distancia, con planos y encuadres no frontales, siempre desde una perspectiva en la que los objetos o la poca luz invaden el espacio, como si fuésemos testigos ausentes de esa vida que ya no avanza, que se ha quedado detenida. Florencia descubrirá en internet, y a través de chat calientes, una forma de ser ella misma, de penetrar en un mundo oculto, donde dejarse llevar por sus deseos íntimos, en el que los jóvenes se masturbaran ante ella, a través de un cristal, sin atreverse a abrir la puerta y tocarse, ir más allá, dejarse llevar por un mundo que le atrae, pero también, le produce inquietud.
El cineasta chileno nos cuenta su cinta de manera pausada, sin sobresaltos ni estridencias, siguiendo a su criatura, el drama, que lo hay, es sutil y preciso, planteando una película que coquetea con lo social, el género fantástico, a través del universo paralelo que se plantea a través del cómic, una aventura en la que las plantas poseen el cuerpo de los humanos, algo así como ocurría en el clásico de serie B, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), en que la ficción es capaz de producir lo que la realidad no admite, en el que el estatismo de su vida, de su casa y su hermano, adquieren vida y movimiento. Doveris ha construido una película iniciática, con el aroma de Verano del 42 o No amarás, pero con la salvedad que aquí el objeto de deseo no es una mujer, sino un hombre, aquí es la niña-mujer (magnífica la interpetación de la joven Violeta Castillo, que a través de su mirada, su rostro y su cuerpo se convierten en el motor del relato) que experimenta su sexualidad, a través de esos encuentros en los que muestra su cuerpo y sus partes sexuales, experimentando un mundo a través del juego de la seducción y la pasión, en el que descubrirá un mundo nuevo, un mundo en el que las cosas pueden ser de otra manera, en el que la realidad no cuesta tanto, en el que su entorno parece con otro color, más vivo, más suave, en la que los sentidos adquieren su protagonismo, apartándose de esa realidad gris y oscura, y demasiado triste.
<p><a href=»https://vimeo.com/195323832″>Las Plantas</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Buró</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Entrevista a Lluís Galter, director de «La substància». El encuentro tuvo lugar el viernes 9 de diciembre de 2016 en la sede de la Acadèmia de Cinema Català en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Galter, por su tiempo, generosidad y cariño, a Sergi Moreno de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a Marta Cruañas de la ACC, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza esta publicación.
En la pequeña población de Torroelles de Llobregat, se alza “Catalunya en miniatura”, el parque temático más grande del mundo, en el que en sus 25000 metros cuadrados se exponen más de 100 maquetas de réplicas de monumentos de Cataluña. La segunda película de Lluís Galter (Figueres, 1983) navega entre el original y la réplica, entre la realidad y la mentira, entre el Cadaqués de Girona y el Cadaqués chino, llamado Kadakaisi. Galter que ya demostró sus credenciales como director con su primera película Caracremada que, a través de una forma entre la ficción y el documental, indagaba en los últimos días de uno de los maquis más emblemáticos de los pirineos. Aquí, Galter vuelve a las preocupaciones que ya se vislumbraban en aquella película, el hombre contra su entorno, el individuo en lucha fratricida sobreviviendo en un paisaje hostil que lo anula convirtiéndolo en invisible.
Galter nos habla de los dos universos, y lo hace centrándose en el componente humano, en Cadaqués, conocemos su entorno a través de la palabra y los recuerdos de Joan Manuel Tajadura, un habitante de la zona que nos habla de su memoria, de lo que fue el pueblo y en lo que se ha convertido, un lugar turístico amenazado por la masificación de visitantes. Y después, Galter nos filma su contrapunto, el reflejo del espejo, la réplica china, y nos la muestra siguiendo los pasos de Tingting, una joven china de Xiamen, situada al sudeste de China, que tiene comprada una casa en Kadadaisi (el Cadaqués chino). A través de esos dos universos, esos dos ambientes, esos dos estados de ánimo, Galter muy hábilmente, traza su mirada, convirtiendo su película en un tercer estado imposible, y sólo posible en su obra, en un viaje parecido como el que hacía Alicia cuando cruzaba el espejo y se adentraba en un mundo en el que ya nada era como lo había visto, aunque seguía manteniendo ese espíritu del otro lado, un mundo que mantiene a los dos Cadaqués, en una forma cambiante y de ensoñación, en un universo paralelo donde convergen los dos espacios, creando un nuevo ambiente en el que todo se mezcla, se confunde y ya nada parece tener sentido, o quizás, mantiene todo el sentido posible, y sólo una mezcla de los dos, una especie de simbiosis que crea un nuevo paisaje que convive con los otros dos.
Galter nos hace reflexionar sobre temas como la memoria, la identidad, la realidad o el tiempo, sobre la ferocísima explotación capitalista de los entornos, y como van cambiando de forma vertiginosa transformándose en otras cosas, artificiales e inhumanas, que acaban convirtiéndose en copia de la copia y así, sucesivamente, algo así como ciudades temáticas en las que todas se parecen demasiado, como si siempre fuesen la misma. En el que al final, personas como Tajadura (que recuerda al señor de los encantes que también almacenaba objetos en la excelente película Mercado de futuros, de Mercedes Álvarez) almacenan un archivo de imágenes y objetos, en el que en un futuro compondrán una valiosísima memoria para conocer la identidad de los lugares que desgraciadamente el progreso ha borrado y ya no recordamos cómo eran.
Una película que nos habla sobre nosotros, de dónde venimos y quiénes somos, en el que nuestras ciudades acabarán siendo como muestran en The World, de Jia ZhangKe, un mundo de miniaturas frío y desierto, en el que sólo somos un pálido reflejo de nosotros mismos, en el que ya no nos identificamos con nada y menos con nuestro espacio, nuestro paisaje, tan cambiante y deformante que ya no reconocemos, ni nosotros nos reconoceremos en él. Quizás la substancia de la que nos habla Galter (que nacía de una reflexión del escritor Josep Pla sobre tres cosas – el viento, la cocina de pescado y las fiestas- que formaban la identidad de su país) habrá que redescubrirla nuevamente, profundizar no ya en el paisaje que ha perdido su identidad y lo que era, sino en nuestro interior, en nuestra memoria, como hace Tajadura, que aunque sea una misión suicida e imposible, que parece inútil, ahora, ya veremos en el futuro, igual que la misión de Caracremada intentando derribar las torres de alta tensión, la función de alimentar el archivo se convierte en ese paisaje interior que nos sigue relacionándonos con nuestro entorno, aunque sea un puñado de tierra, una fotografía amarillenta, o la única cabaña vieja de pescadores que todavía sigue en pie, manteniendo su espíritu indomable, como Tajadura, Caracremada y otros.