The Rider, de Chloé Zhao

BUSCANDO TU CAMINO.

“Si este mundo es para los que ganan. ¿Qué queda para los que pierden? Alguien tiene que sujetar los caballos”. (Diálogo de la película Junior Bonner)

Brady Jandreau tiene 20 años y era una prometedora figura de los rodeos montando a caballos salvajes. Aunque, esos días de gloria han pasado a mejor vida. Ahora, Bady tiene que asumir su propia vida, ya que se recupera de un accidente sufrido en uno de los rodeos, que le ha provocado una durísima lesión cerebral que le ha afectado a otras partes de su cuerpo. Brady sólo sueña con seguir montando a sus caballos en los rodeos, pero tendrá que asumir su propia condición y en seguir con su vida a pesar de todo. La segunda película de Chloé Zhao (Pekín, China, 1982) se centra en una experiencia real, la del joven Brady y su entorno, la de esa América profunda que vive alejada del mundanal ruido, entre caballos salvajes, llanuras silenciosas y atardeceres solemnes, en el que todas las vidas están relacionadas con los caballos y los torneos de rodeos, donde los sueños, las esperanzas y los miedos se mezclan en una tradición ancestral que nace en los primeros colones de esas tierras rojizas y duras.

Durante la filmación de su primera película Songs My Brothers Taught me (2015) filmada en la reserva india Pine Ridge, en Dakota del Sur, Zhao conoció a los sioux Oglala Lakota (que se traduciría como los vaqueros indios) que viven y trabajan con caballos salvajes y sueñan con ser figuras del rodeo. Uno de esos chicos es Brady Jandreau y después de conocer los pormenores de su grave accidente y su habilidad para la doma de caballos, la directora enfocó su siguiente trabajo en contar su experiencia y su nueva vida. La directora chica-estadounidense nos habla de loosers (perdedores) pero no lo hace desde un prisma vacuo o superficial, sino desde las entrañas (como bien muestra su crudeza en el arranque cuando Brady, frente a un espejo, nos muestra sus heridas) y también, desde lo poético, filmando a su personaje y su entorno desde la intimidad, desde esos silencios que abruman esa tierra difícil de trabajar y de vivir.

Una película sobre la amistad y el compañerismo, como esos momentos donde Brady y sus colegas recuerdan sus hazañas, esas que no todos podrán vivir alguna vez y otros volverán a sentir (mientras un atardecer rojizo los va oscureciendo) filmando esa luz que los baña oscureciendo unos rostros de sueños rotos y esperanzas en el aire (obra del cinematógrafo Joshua James Richards, que vuelve a colaborar con Zhao) a través de ese tiempo detenido   que es ahora la vida de Brady (con esas visitas a su amigo Lane, que un accidente en el rodeo lo ha dejado en estado vegetativo) cuando los dos jóvenes sueñan con esos tiempos donde la luz brillaba con fuerza y el público los adoraba, ahora ya no hay nada de eso, ahora la vida sigue, pero pro otros caminos, unos caminos que deberán a hacer suyos, y sobre todo, adaptarse a que la vida ya es otra cosa. Zhao nos habla de sinceridad, adoptando un realismo que en ocasiones mata de lo sincero y terrible que llega a ser, donde no ha medias tintas, en un mundo feroz y salvaje, en el que humanos y bestias se relacionan de manera extrema, donde el amor y el odio se funden y confunden creando relaciones de fuerte cariño, pero también, de extrema crueldad, donde los animales son sacrificados si se hieren, pero los humanos siguen viviendo aunque estén heridos y no puedan seguir trabajando para su sueño.

Brady aunque le cueste aceptar su nueva vida y siga pretendiendo volver a los rodeos, a pesar de la negativa de su padre y hermana, una hermana que padece el síndrome de Asperger, pero tiene esos momentos emocionales con ese hermano al que adora, y la ausencia de su madre fallecida (con esa visita a su tumba, momento que recuerda al cine de Ford, donde los tipos duros también añoraban a los ausentes que les llevaban a otros tiempos con más luz). La narrativa de Zhao recoge ese aroma de los grandes títulos del western de perdedores, en el que el cine de Peckinpah estaría a la cabeza, con Junior Bonner, título emblemático ambientado en el mundo del rodeo, donde un tipo errante vuelve a su hogar, pero se encontrará una familia dividida y un tiempo que ya no le pertenece, como le ocurría a Jeff Mc Cloud (que interpretaba Robert Mitchum) que un accidente en el rodeo lo incapacita y vuelve a casa, y tiene que afrontar su nueva vida como entrenador de aspirantes al rodeo, en la estupenda The Lusty Men, de Nicholas Ray, o Unforgiven, de Clint Eastwood, buena parte de su cine, en el que retrata a esos hombres a vueltas de todo, donde su tiempo, cuando todo parecía brillar, se terminó y ahora tienen que afrontar el reto de vivir sin más, con otras ilusiones y sueños.

Zhao ha construido una película sencilla y honesta, donde a través de un documento anclado a la realidad, más propio del cine documental, ha creado un relato grandioso sobre los vaqueros actuales, su modo de vida y que se cuece en sus entrañas, que sigue la estela de los grandes western crepusculares, donde veíamos las aristas y sueños rotos de tantos aspirantes a la gloria que por algún motivo, quedaron en el camino, y ahora deben volver a levantarse y encontrar su camino y lugar en el mundo, esos tipos invisibles, sobre todo aquello que quedó truncado, roto en sí mismos, en un fidelísimo y sobrio film sobre esa América que nunca sale en los informativos, a no ser que sea por algún caso violento o cosas parecidas, esa América que vive en el campo, trabajando sus sueños a golpe de rabia y miseria, donde nunca hay tiempo de revolverse, porque la esperanza y los sueños se sujetan por hilos muy finos y frágiles, donde cualquier brizna de viento y mala suerte, puede acabar con ellos de un plumazo.

Miss Kiet’s Children, de Petra Lataster-Czisch y Peter Lataster

ELOGIO A LA MAESTRA.

“Hay una solución para cada problema”

En la escuela de un pequeño pueblo de Holanda, conoceremos a Kiet Engels, una maestra al cargo de una clase de recién llegados, niños inmigrantes en su mayoría refugiados de guerra. La señorita Kiet es una maestra digna de elogio, se muestra estricta, pero comprensible, cercana pero no condescendiente, sensible pero no maternal, es un faro para estos niños, una guía para enfrentarse a lo nuevo, a un nuevo país, nuevas costumbres, una nueva escuela, otro idioma y demás. Kiet se mueve entre ellos, escuchándoles, atendiendo sus peticiones, pero imponiendo una manera ordenada y disciplinada, sin ser severa o amenazante, sino todo lo contrario, empática con sus conflictos, armada de una infinita paciencia, va tejiendo las costuras emocionales de estos niños a los que la vida les ha dado una nueva oportunidad, una nueva vida. Los directores Petra Lataster-Czisch (Dessau, Alemania, 1954) y Peter Lataster (Amsterdam, Holanda, 1955) matrimonio de cineastas, y veteranos en estas lides, ya que llevan trabajando juntos desde 1989, no sitúan en las cuatro paredes de la escuela, en la aula, donde se desarrollará el grueso del filme, algunos pasillos, siempre desde el punto de vista de la aula, el recreo, y el gimnasio, adoptando la mirada de los pequeños alumnos (como hacía Ozu en su cine, donde la cámara se situaba a la altura de la mirada de sus personajes, cuando éstos se mostraban sentados al estilo oriental) en una posición adecuada, donde miraremos la película a través de las miradas de esos niños, conociendo este universo escolar, y sobre todo, a ellos, auténticos protagonistas de la película.

La señorita Kiet se agachará o se inclinará para encontrarse a la altura de sus miradas, los atenderá en orden, y les abrirá el mundo a la enseñanza, a la maravillosa tarea de aprender, desde el amor, la comprensión y la diversión. Kiet los escuchará atentamente cuando se muestran enfadados o reacios, intentando que se abran a ella y a los demás compañeros, explicándoles con atención, tratándolos como personas, hablándoles de las ventajas del aprendizaje, a través de la actuación, de las diferentes tareas que tienen que realizar, felicitándolos con recompensas como pegatinas o diplomas cuando acaban con éxito las tareas, y por el contrario, cuando no consiguen hacer la tarea, instándolos a seguir trabajando y estudiando las causas que han motivado esa actitud ante la tarea. Cualquier conflicto que sucede en el recinto escolar, la señorita Kiet lo ataja a través del diálogo y la actividad, exponiendo los hechos con los protagonistas y los diferentes puntos de vista de los testigos, aclarando las situaciones conflictivas, y mediando para que sus alumnos asuman sus actos y acepten al otro, así como sus complejidades y deseos, reconciliándolos y obligándolos a pedir disculpas y trabajar para que no vuelvan a producirse hechos semejantes.

Los directores han construido un bellísimo y necesario documento sobre el humanismo, sobre nosotros mismos, y sobre el otro, en el que adoptan la mirada de observación, dejando que la vida cotidiana escolar se desarrolle con normalidad, colocando su cámara desde una posición cercana y como un alumno más, capturando la naturalidad y la realidad que allí acontecen, sin entrevistas ni música, escuchando los sonidos propios de los diálogos entre los jóvenes protagonistas y el sonido propio del aula. Conoceremos a Haya, Leanne, Branche, Jorj y Maksim, niños refugiados sirios, y asistiremos a todo su proceso, desde sus primeros días, sus ilusiones y deseos, su adaptación a la clase, al idioma holandés, y sus relaciones con los demás compañeros, y con la señorita Kiet, todo contado con extrema intimidad y sensibilidad, filmando con paciencia y naturalidad todo este proceso, no exento de problemas y conflictos varios, pero, a través de la habilidad y el trabajo sencillo y cercano de Kiet, integrándose en el transcurso de las clases, y despertando el interés de cada uno de ellos, y el amor a aprender, a conocer, a descubrir un mundo infinito y apasionante.

La película está hermanada en muchos puntos en común con otro grandioso relato sobre la educación como es Ser y tener, de Nicolas Philibert, en el que también nos encontrábamos en un ambiente rural, con niños de diferentes edades, aunque sin el condicionante de niños refugiados de la guerra que hablan otro idioma, pero si emparentada con los métodos de enseñanza que empleaba el maestro Geroges López, muy parecidos a los de la señorita Kiet, profesionales vitalistas y humanistas, entregados al oficio de enseñar, aprendiendo de sus alumnos, de caminar junto a sus alumnos, a través del interés por las cosas, aunque sean mínimas, aunque a simple vista no tengan importancia, pero acercándose a ellas, se descubren cosas maravillosas, a dotarles de herramientas para conocerse más a sí mismos, y a relacionarse con los demás, a aceptarse y aceptar la diferencia, al otro, que aunque sea diferente, pude estar muy cerca de ellos, a aprender del conflicto, y dejarse llevar por el maravilloso mundo del aprendizaje, de sus inquietudes, de sus intereses, y sobre todo, abrazar la vida.


<p><a href=»https://vimeo.com/267785050″>Tr&aacute;iler castellano | Miss Kiet’s Children</a> from <a href=»https://vimeo.com/user34637086″>Pack M&agrave;gic</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Mariona Guiu y Ariadna Relea

Entrevista a Mariona Guiu y Ariadna Relea, directoras de la película «Singled (Out)». El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de junio de 2018 en La Bonne. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mariona Guiu y Ariadna Relea, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de La Bonne, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Singled (Out), de Mariona Guiu y Ariadna Relea

EL ESTIGMA DE LA SOLTERA.

«Los hombres buscan una mujer que ya no existe. Las mujeres buscan un hombre que aún no existe. En otras palabras, los hombres buscan una mujer del pasado y las mujeres buscan un hombre del futuro»

Albert Esteve, Centro de Estudios Demográficos de la UAB

En el mundo actual, la soltería todavía arrastra convenciones y prejuicios sociales, y sigue viéndose como algo negativo y perjudicial para la vida de las personas. En el caso de las mujeres, los problemas y las miradas juiciosas aumentan considerablemente, ya que la mujer es vista como un ser indefenso y maternal, que necesita la protección masculina o cualquier tipo de ayuda en su cotidianidad. Aunque todavía hay mucha tela que cortar, la película se centra en el caso de cinco mujeres y su soltería. Las directoras Mariona Guiu (Barcelona, 1980) y Ariadna Relea (Barcelona, 1977) tienen amplia experiencia en el campo documental, en los que han trabajado en proyectos sociales preocupándose por la situación de los más desfavorecidos de Cuba, Guatemala o el Sahara, o la memoria histórica, centrándose en la mujer, y sus entornos y contextos, para su primera película juntas, han viajado a cuatro lugares del mundo, muy distintos entre sí, donde ser mujer y soltera es toda una odisea, en una sociedad cada vez más preocupada del individualismo y el éxito económico y olvidada completamente de las emociones.

Todas las mujeres que conoceremos y miraremos son mujeres independientes económicamente, con empleos que les permiten unas comodidades y un estilo de vida moderna, y viven su vida conforme a sus valores y principios. La película viaja a diferentes lugares y entornos, donde nos explican sus singularidades sociales y culturales. En Melbourne, nos presentan a Jules, que tiene las páginas de contactos para encontrar pareja, aunque sin mucha fortuna, donde la película se centra en la falta de hombres en el país. Nos trasladaremos a Barcelona a conocer a Manu, de casi 40 años, también con la idea de la pareja, pero añadiendo el objetivo de ser madre. En Estambul, estaremos con Melek, una joven que quiere estudiar en el extranjero, y olvidarse de una sociedad que se mueve entre la modernidad y las tradiciones más arcaicas, y finalmente, en Shanghái, descubriremos a dos mujeres, a Shu y Yang, en un país donde la tasa de hombres es muchísimo menor que el de las mujeres, y eso ha provocado que muchas mujeres sean consideradas “sobrantes”.

La película sigue de forma honesta e íntima la cotidianidad de estas mujeres, entrando en sus viviendas, sus familias, y sus conversaciones, reflexiones y declaraciones sobre su presente y su futuro, sin entrar en ningún juicio de valores ni nada parecido, dejando que ellas comuniquen su vida y sus miedos e ilusiones, filmándolas desde el respecto y capturando su esencia, mujeres todas ellas, sinceras e inteligentes, que desnudan su alma delante de la cámara, en el que exploramos su vida desde una posición privilegiada, conociendo diferentes formas de soltería, aceptada o no, pero siendo consecuentes con sus actos y sobre todo, manteniéndose firme en un entorno hostil y juicioso, más preocupado de las apariencias que de los verdaderos sentimientos. Pero, la película no sólo muestra cinco solteras y sus modos de vida, sino que también, escuchamos a varios expertos en sociología, derecho y demografía, que nos explican las diferentes situaciones políticas, económicas, sociales y culturales de los diferentes países que visitamos, además, de reflexionar sobre el individuo, las diferentes formas de vida, y la decisión de estar solo, y las múltiples formas de aceptación personal, de vida y sociabilidad de los diferentes entornos.

Guiu y Relea, a través de su mirada inquieta y curiosa, nos descubren su película a través de la sencillez y la intimidad, como si estuviéramos mirándola a través de una agujero en la pared sin ser nunca descubiertos, con la libertad del que mira, adentrándonos en otras vidas, en otras formas de vida y valores, moviéndose por una sociedad que al igual que sucede en Turquía, se presenta como moderna, pero todavía, en lo más profundo, alberga raíces muy conservadoras sobre cómo vivir y sobre todo, con quién vivir, arrastrando convenciones y conductas sociales oscuras y medievales, que se niegan a aceptar que como dice la canción: “Que los tiempos están cambiando”, y existen tantas formas de vida como personas existen en el planeta, ni mejores ni peores, solamente diferentes, vidas que merecen ser escuchadas y comprendidas, vidas que viajaban libres, a pesar de las dificultades sociales, y ese estigma que las sigue como una sombra culpabilizadora, que las sigue sin descanso, aunque ellas, estas mujeres seguirán confiando en sí mismas, y dejándose llevar por sus vidas, sus sueños, sus miedos y hacía adelante.


<p><a href=»https://vimeo.com/227864197″>SINGLED [OUT] – TRAILER VO CAST</a> from <a href=»https://vimeo.com/singledoutthefilm»>SINGLED OUT FILM</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Caras y lugares, de Agnès Varda y JR

¡VIVA EL CINE! ¡VIVA LA VIDA!

Hay películas que sólo el mero hecho de verlas, uno se reconcilia, aunque sea un poco, con la humanidad, con aquello que nos hace peculiares, únicos y diferentes a todo aquello que nos rodea, eso sí, mirándolas sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, y sobre todo, dejándose llevar por su interior, por aquello que la obra muestra, por aquel viaje que nos lleva a conocer personas, lugares y estados de ánimo. Visages, Villages es una de esas películas, que nos atrapa y nos hipnotiza con sus imágenes cotidianas, con gentes corrientes, y situaciones sencillas. De sus autores podríamos decir que tenemos a JR (París, Francia, 1983) un fotógrafo urbano especializado en murales y por el otro, nada más y nada menos que Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928) una de las grandes cineastas de todos los tiempos, que lleva más de medio siglo construyendo cortometrajes, documentales y ficción, en los que ha hablado de su contexto político, social, económico y cultural de su tiempo, desde aquel maravilloso debut La pointe courte (1954) donde siguiendo los postulados Rossellinianos avanzaba lo que será la Nouvelle Vague.

El cine de varda se caracteriza, tanto en sus celebradas obras de ficción como Cleo de 5 a 7 (1962) o Sin techo ni ley (1985) en un cine híbrido que tiene un fondo de documento, de filmar lo más frágil y aquello invisible, un cine sobre la memoria, lleno de cotidianidad, de personas cercanas, y de lugares a tiro de piedra, con especial dedicación a lo femenino, a lo oculto, y a aquello que la frenética sociedad deja de lado, con especial dedicación al trabajo de las clases obreras y a lo popular de la cultura francesa, como así lo muestran títulos como Daguerréotypes (1976) en la que filmaba las personas de la calle donde vivía, o Mur Murs (1980) donde mostraba los murales de la ciudad de Los Ángeles, desde sus autores, sus reivindicaciones y vidas. En el nuevo milenio, son my celebrados trabajos como Los espigadores y la espigadora (2000) y su secuela Dos años después (2002), en la que registraba con su cámara de video, el mundo oculto de aquellos que vivían de lo que tiraba el resto, a través de un canto a la vida, capturando a las gentes anónimas, sus casas y sus vidas particulares. En Las playas de Agnès (2008) hacía un recorrido de su propia vida como cineasta, siempre con delicadeza y un gran sentido del humor que recorre toda su filmografía.

Ahora, Agnès, junto a la compañía de JR y su furgoneta-estudio fotográfica, emprenden un viaje por la Francia rural, acercándose a las vidas de aquellas personas anónimas y sencillas, con el propósito de hacerles un retrato de sus rostros, expresiones y miradas, imprimirlo y luego, colgarlo en alguna de las paredes, ya sea su casa o algo que tenga que ver con su persona. De esa manera, llegan a un pueblo de mineros ya abandonado, donde encuentran algunos familiares y a la única mujer, una hija de minero que sigue en su casa. Luego, irán a otro pueblo y así sucesivamente, por su cámara posan trabajadores de todo tipo: camareras, estibadores y estibadoras, agricultores, ganaderos y toda una serie de aldeanos del mundo rural, en el que la película rescata un muestrario de vidas anónimas, sencillas e invisibles, a las que Varda y JR, se acercan a ellas, les preguntan y las retratan para que decoren las paredes y muros de su pueblo. Tanto Varda y Jr, reflexionan de aquello que ven, y dialogan, en un viaje donde vida y cine se dan la mano, se mezclan, y se alimentan, donde la imagen fija y la imagen en movimiento se fusionan, se entremezclan y disfrutan una de la otra, en una perfecta simbiosis, en el que las vidas de los cineastas y su trabajo se convierten en uno sólo, donde la vida y lo que vemos se cuela de forma sencilla.

Toda la película está bañada de un gran sentido del humor, en el que las cosas más pequeñas o minúsculas tienen su grado de importancia y son esenciales para aquellas personas que nos transmiten alegría, tristeza y honestidad, como la señora que no quema los cuernos de sus cabras, como hacen el resto, sabiendo que será perjudicial para su negocio, o los estibadores, enfrascados en una huelga para defender sus trabajos, se prestan a relajarse un rato y hacerse el retrato que les sacará por unos instantes de la tensión, o la imposibilidad de que uno de los retratos-murales resista al embate de la marea, o aquellos peces retratados en el mercado que decorarán un depósito de agua, o finalmente, esos ojos de los autores que viajarán en tren mirando todo aquello que se encuentren. Varda y JR se complementan a la perfección, la sabiduría y el talento de los años con la energía y la mirada de la juventud, en el que logran retratar la Francia rural o una parte de ella, desde el azar, sus encuentros y el descubrimiento, esa mirada curiosa e inquieta de conocer lo cotidiano, lo más cercano a la tierra, a nuestros ancestros, olvidando el ruido y el frenesí de las ciudades.

Varda y JR han construido una película llena de vida, de cine, que nos emociona desde su intimidad y cercanía, en la que nos proponen dejarnos llevar por sus imágenes, en las que descubriremos una vida alejada a la nuestra, basada en la sencillez, done escucharemos historias olvidadas y presentes, donde hijos y nietos nos hablan de un tiempo que ya se fue, un tiempo que sigue en ellos, un tiempo siempre fugaz, incierto y esquivo, que la cámara recoge desde el respeto y la calidez, a través de una propuesta delicada y humanista, convertida en una road movie rural maravillosa y sentida, un cuaderno de viaje sobre la memoria de lo rural, dejándose llevar por aquello misterioso que encuentran por azar o a través de amigos, casi sin ningún itinerario preconcebido, lanzándose a la aventura, a descubrir y asombrarse por lo sencillo, con personas, relatos, lugares y objetos que les llenan, que los alegra, pero que también los entristece, como los momentos en los que rinden homenaje a los que no están como Nathalie Sarraute, Guy Bourdin o Cartier-Bresson, autores y fotógrafos que también se dejaron llevar por el azar, el asombro de lo cotidiano y la necesidad de vivir, descubriendo y descubriéndose, asombrándose por los pequeños detalles, con las gentes y sus costumbres, con amor, alegría, tristeza y mucho humor.

Entrevista a Fèlix Colomer

Entrevista a Fèlix Colomer, director de la película «Shootball», en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el domingo 3 de junio de 2018 en las oficinas de la productora Forest Film Studio en Sabadell.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fèlix colomer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tariq Porter y Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Shootball, de Fèlix Colomer

VÍCTIMAS Y VERDUGOS.

“Es tan importante ver con quién se habla cómo con quién no se puede hablar”.

La película se abre con una imagen terrorífica, y a la vez, esclarecedora del contenido de la película que veremos a continuación. Vemos a Manuel Barbero, un padre que muestra dos fotografías de su hijo, una, en la que su expresión es triste, y después, otra fotografía, en que la expresión es alegre. Dos imágenes, dos fotografías, las que explican el antes y el después, las que distan cuando su hijo abandono el colegio, y cuando entró en el centro. A partir de esta imagen, la de un padre que muestra a su hijo, en dos momentos, en ese espacio que su vida cambió para siempre, la película nos abre la puerta a la trama de abusos sexuales a menores más grande que ha ocurrido en España, y más concretamente, en diferentes colegios de los Maristas de Cataluña. El director Fèlix Colomer (Sabadell, 1993) que ya despuntó con su primera película Sasha (2016) opta, en su segundo trabajo documental, por la investigación periodística, asumiendo el rol de un personaje más, alguien que quiere saber, alguien que busca a las personas relacionadas con el caso para hablar con ellos, exponiendo los hechos, y dando buena cuenta de las investigaciones llevadas a cabo, y escuchando a los diferentes testimonios, desde su posición de cineasta, de aquella persona curiosa e inquieta que utiliza el documental como medio para filmar aquello que ha de filmarse, aunque haya algunos que lo impidan.

Colomer construye su película a través de dos miradas, la de las víctimas, a través de Manuel Barbero, el padre que ha luchado contra todos para que no quede impune lo sufrido por su hijo, y tantos otros, que sufrieron los abusos en un período de 30 años. Y en el otro lado, la de Joaquín Benítez, el profesor de educación física que aprovechó su posición para cometer los abusos. Como ocurría en Sasha, Colomer nos habla de un niño, o unos niños, la parte más vulnerable de la sociedad, un niño que sufre los abusos y el terror de los mayores, un niño que encuentra refugio lejos de su entorno, en otra familia, otra vez la familia como centro en la película. Pero, en Shootball (juego inventado por Benítez, una versión sofisticada del “juego de matar” de toda la vida, que la  película lo utiliza para hacer un símil con la palabra “shoot” que significa disparar, abusar como lo que él hacía a sus víctimas) el director sabadellense (graduado en la Escac en Montaje) habla con todos los que puede o dejan, ya que el documental también deja patente las estructuras del poder, cuando deja al descubierto la inoperancia de instituciones como la policía, Generalitat y los propios Maristas, en un sistema que parece no perseguir sus miserias y anteponer los principios e intereses conservadores, donde unos y otros ámbitos del poder se protegen, haciendo caso omiso a los problemas reales de la población.

Colomer expone los temas que van surgiendo de forma clara, a través de entrevistas, explicando aquellas que no pudo hacer, hablando de manera sencilla y trasnparente con los implicados en el caso, con los jóvenes de ahora que hablan a cara descubierta sobre los abusos sufridos cuando eran niños, con los padres, los representantes de las instituciones, y pedófilos, entre ellos, la entrevista con Benítez, donde este nos habla de sus problemas psicológicos, los abusos que cometió, y su aparentemente arrepentimiento. La película transmite verdad y honestidad, la cámara captura a las personas de manera directa, sin tapujos ni vericuetos, todo está pasando aquí y ahora, sin adornos, ni efectismos. Colomer construye una investigación fascinante y seria, que nos lleva de una oficina a otra, de un lugar a otro, como esa superficie de madera, a modo de puzle de la propia investigación, con fotografías y notas, conectados por hilos que se cruzan y entrecruzan (que actúa como metáfora de la trama compleja de los abusos de los Maristas). Una película que entra en diálogo con Capturing the Friedmans, donde se analizaba desde el material de archivo el caso de pederastia de un padre y su hijo a los niños del vecindario que acudían a sus clases particulares, donde como nos advierte la cita que abre la película de Colomer, en la que todos parecemos amables y buena gente, desconociendo aquello que se oculta en nuestro interior, por muy monstruoso y oscuro que resulte, pero completamente invisible ante los ojos de nuestro entorno más cercano.

La película es un durísimo, valiente, necesario, interesante y conmovedor documento sobre las miserias del poder, sobre la impunidad de los abusos a menores, sobre los mecanismos inoperantes de la ley para terminar con esta lacra que afecta diariamente a tantos menores, y todo lo cuenta desde la sinceridad, recopilando hechos y mostrándolos, cotejándolos con los implicados,  desde el medio documental, aquel medio que tiene que coger la pala cuando otros se han cansado de cavar, y también,  la crónica de un hombre valiente y firme, sobre la honestidad y el convencimiento de un padre, de alguien como nosotros, de un hombre corriente, de un hombre que no se esconde ante el horror, que ante la injusticia y el dolor se levanta y pregunta, moviéndose hacía todos los lados, investigando él porque suceden estas cosas, y no sólo eso, el porqué no se investigan, porque no hacen más aquellos que deben hacer más, pero Manuel Barbero no es un hombre derrotado, es un hombre fuerte, persistente y no cejará hasta que todo se aclare, en el juicio pendiente por celebrarse, y los culpables entren en prisión.

Sweet Country, de Warwick Thornton

EL DESIERTO ROJO.

Tierra difícil, tierra agreste, dura y sucia. Tierra roja, de sol abrasador, de roca clavada en el alma, de vidas duras, de vidas llenas de polvo, de vidas asfixiantes, de vidas en la cuerda floja, y así un día tras otro, esperando que el amo quiera, a su merced, a su antojo, y desprovistos de las tierras, de su vida. El cuarto trabajo de Warwick Thorton (Alice Springs, Australia, 1970) vuelve a centrarse en los aborígenes, en los suyos, en aquellos indígenas que por orden de la Corona Británica fueron despojados de sus tierras ancestrales, vestidos con ropas blancas, y dispuestos a trabajar gratis para sus dueños. Thorton sitúa su película en la década de los 20, más concretamente en el año 1929, y en la tierra donde creció, Alice Springs, en el interior de Australia, en el norte, y plantea un retrato que mucho tiene que ver con su debut, Sanson & Delilah (2009) y sus posteriores trabajos, las películas colectivas The Turning (2013) y Words with Gods (2014) donde explica los orígenes y las existencias de aborígenes. En Sweet Country, en la que ya desde su título, totalmente irónico por el devenir de los hechos que se sucederán en la película, nos presenta a Sam, un aborigen que vive junto a su mujer Lizzie y su sobrina, en la casa de Fred Smith, un predicador que trata a Sam con total respeto y educación, como uno más.

En ese ambiente tan seco y complicado, no todos los blancos adoptan la misma posición. Hay otro, Mick Kennedy, que trata a sus trabajadores aborígenes como bestias, y en especial al joven Philomac, al que maltrata y veja por cualquier nimiedad. Y más allá, otro de los granjeros, Harry Marck, un desquiciado veterano de la primera guerra mundial, aún va más allá, y utiliza a los aborígenes cometiendo delitos muy graves hacia ellos. Thornton, con la ayuda de su coguionista David Tranter, aborígenes los dos que crecieron en el mismo entorno, no hacen una película de buenos y malos, sino de un estado de ánimo de aquel momento, en el que unos tuvieron todos los derechos, y otros, no. Y no construyen una trama compleja, para nada, nos hablan de un caso en concreto, en el que Philomac desaparece y en esa búsqueda que emprenden acaban en el rancho del predicador donde se desata la tragedia. Todo sucede como otro día cualquiera.

El cineasta australiano compone un western duro y seco, muy crudo en algunos momentos, con tipos barbudos, que fuman sin parar y beben whisky, en el que el calor abrasa y quema sin piedad, en el que las reglas del juego han cambiado para los aborígenes, ya que sin ser esclavos son tratos como tal, casi sin nada, sin derechos, y con una existencia extrema y pobre. Los personajes de la película se mueven por instinto, casi como bestias salvajes, donde hay poco que perder o nada, en el que unos ordenan y los otros, con la cabeza cabizbaja, obedecen asumiendo su condición miserable. Encontramos elementos característicos del western clásico: la frontera, la confiscación de tierras, la subordinación y conquista de un pueblo, los problemas territoriales, y un paisaje bello y cruel a la vez, excelentemente cinematografiado por Thornton que también es un consumado cinematógrafo, extrayendo la belleza y la oscuridad que encierran esas tierras casi solitarias. Sam se defiende ante los ataques de Harry, aunque en este nuevo contexto social, parece que Sam debe soportar las maldades de Harry sin más, aunque no lo hace y se defiende. Aunque esto le obligará a huir junto a su mujer bajo el desierto rojo.

Thornton nos explica dos películas en una, en la primera mitad, la película muestra las duras condiciones de los aborígenes y demás, y luego, cuando sucede el conflicto con Harry, la película se convierte en una road movie por el desierto, donde el sargento Fletcher se lanza con la compañía de unos cuantos, a dar zaga al huido Sam. En una trama sencilla, sujetada a una estructura clásica, donde los personajes y sus conflictos se erigen como el centro de la trama, en el que tantos unos como otros se posicionan, según su conciencia y contexto social, por uno o por otro, en una aventura de tonos épicos, pero cerca de la mirada de Monte Hellman, y muy alejadas de esos relatos donde ensalzan al protagonista o sus hazañas. Aquí, la cosa va por otro lado, construyendo una trama honesta en la que se habla de la identidad de uno mismo, de quién eres cuando te lo han arrebatado todo, de cuál es tu camino, y hacía donde se encaminará tu vida, rodeados por un entorno muy duro, tanto físicamente como emocionalmente, en el que todo lo que habías conocido ha dejado de existir, y ahora, aunque no lo aceptes, debes vivir de otra manera que no es la tuya.

Un brillante reparto encabezado por los veteranos Brian Brown como el sargento, y Sam Neill como el predicador, bien acompañados por los rudos y malolientes (que más parecen una pareja de hermanos bandidos que granjeros) Thomas M. Wright y Ewen Leslie, como los malcarados Mick Kennedy y Harry March, respectivamente. Matt Day como el Juez Taylor. Y las grandes sorpresas de la película, los intérpretes aborígenes debutantes en la película, empezando por Hamilton Morris que da vida a Sam, su mujer Lizzie encarnada por Natassia Gorey-Furber, Gibson John como Archie y finalmente, los gemelos Tremayne y Trevon Dolan que hacen de Philomac. Unos intérpretes que componen personajes sobrios, solitarios, que hablan poco y miran mucho, que se mueven por unos ranchos donde la existencia duele, donde el aire a veces es tan denso que es insoportable, donde la tierra roja enmudece y entierra a todos, donde la belleza y la tragedia se mezclan en demasiadas ocasiones, donde cada día parece ser el último.

Marea humana, de Ai Weiwei

SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA.

“Ni en el cielo ni en medio del mar,

ni entrando en las grietas de las montañas,

no hay ningún lugar en el mundo,

en el que se pueda escapar de las malas acciones.”

Dhammaapada, Escritura budista, siglo III a.C.

Si leemos la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, fechada en 1951, define la condición de refugiado como una persona con un miedo bien fundado de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social concreto o a una opinión política, que está fuera del país de su nacionalidad, y que es incapaz o, debido a tal miedo, está poco dispuesto, a servirse de la protección de ese país. Es bien sabido que la naturaleza humana es migratoria, y desde los orígenes de la humanidad las personas se han ido moviendo según sus necesidades elementales, aunque ha sido a partir del siglo XX, un período salvaje en cuanto a guerras, en la que ha habido dos mundiales, en el que la segunda provocó graves consecuencias humanas con más de 50 millones de muertos y millones de refugiados que huían de la barbarie, tiempo donde más movimientos de personas se han producido en la historia de la humanidad. Ahora, vuelven a haber grandes migraciones humanas comparables a aquellas que se produjeron a mitad del siglo pasado.

Marea humana, dirigida por el artista y activista Ai Weiwei (Pekín, China, 1957) nos habla de esas personas obligadas a convertirse en refugiados de todo el mundo, los que ahora mismo se mueven son una cifra escandalosa y triste que se acerca a unos 66 millones de personas, seres humanos desplazados, seres humanos que un día tuvieron que abandonar sus casas y sus países por culpa de la guerra, el hambre o el cambio climático, y aventurarse a un viaje atroz y lleno de peligros con el fin de encontrar un lugar mejor para vivir, donde haya seguridad, oportunidades laborales y paz, sobre todo, paz. Weiwei es un artista comprometido con el ser humano y sus problemas, ya en su China natal dirigió películas e instalaciones museísticas para criticar el sistema clasista de su país que condena al hambre y a la invisibilidad a muchos de sus paisanos, feroces alegatos contra el sistema corrupto que no es capaz de alimentar y ayudar a una población olvidada dentro de un sistema cada vez más injusto, demente y terrorífico.

Marea humana es el trabajo más ambicioso de Weiwei, con una magnitud de producción brutal, ya que la cinta recorre 23 países en los que sigue a todas estas personas que recorren sin cesar y a pie caminos, carreteras, bosques, pueblos, haciendo frente a las insalubridades de los diferentes terrenos como el barro, la lluvia, el viento, el sol abrasador, el frío y la nieve, recorriendo cansados y hambrientos familias y pueblos enteros que han dejado todo para tener algo. Refugiados en la mayoría de sitios odiados y repudiados, solamente ayudados por cooperantes, que recorren países por tierra y agua, que no los acogen o los encierran en condiciones infrahumanas en campos amontonados y a la espera de que los países occidentales, de la Europa libre y democrática, abra sus fronteras para que estas personas tengan un oportunidad. Weiwei filma las vidas y los rostros de estas personas que vagan como almas en pena, como esas  almas invisibles, que los gobernantes quisieran que desaparecieran, que se olvidasen, que nadie las recordase, pero no es así, es una realidad triste e injusta, una realidad que malvive a las puertas de una Europa hostil que no asume su responsabilidad y prefiere mirar al otro lado.

El artista chino y su equipo, no sólo registra los males de la vieja Europa, también vemos la nefasta realidad de África, la de oriente medio o la de América, con tantos kilómetros de vallas, de alambres de espino, y demás métodos deshumanizados para retener a esta inmensa marea humana que huye del horror y el hambre. Una película necesaria y valiente, con altibajos, pero fundamental para dar voz a los sin vos, a los que no existen, pero siguen caminando sin cesar, arrastrando sus vidas y lo que les queda. Un trabajo sobre la dignidad humana, sobre el mundo actual, sobre los errores y barbaridades que se siguen produciendo en un planeta desigual e injusto, en el que la fraternidad y la justicia parecen papel mojado, pero la película describe y mira a los ojos a todos aquellos que se mueven sin cesar, a pesar de los males, para construir una vida mejor, porque eso es lo que buscan, mejorar sus existencias, como hacemos todos nosotros cada día.

El Cairo Confidencial, de Tarik Saleh

AL BORDE DEL ABISMO.

Una ciudad, El Cairo. Un tiempo, 15 de enero del 2011. Un Instante, los diez días previos al estadillo del pueblo contra el régimen autoritario de Mubarak, que darán paso a la denominada “Primavera Árabe”, en el que en varios países árabes se originaron revueltas que acabaron con el gobierno corrupto de turno. Y un hecho, el asesinato de una famosa cantante, en la que hay implicado un importante constructor que se relaciona con altas esferas del gobierno. Un personaje, el comandante Noredin, encargado del caso se persona en el escenario del crimen. El director Tarik Saleh (Etocolmo, Suecia, 1972) de origen egipcio, conjuntamente con Kristina Aberg, productora de todos sus trabajos, se inspiró en el caso real del asesinato de la cantante libanesa Suzanne Tamim en el año 2008 en Dubai, donde era sospechoso un alto cargo del gobierno. Un hecho, que conjuntamente con su idea de filmar en El Cairo (que debido a una prohibición estatal tuvo que reconstruir El Cairo en la ciudad de Casablanca, en Marruecos) ha construido una película de corte negro, con sus intensos 11 6 minutos de metraje, en el que se respira esa atmósfera decadente y revolucionaria que bulle en cada rincón de la ciudad, donde como es habitual en este tipo de tramas, cuando hay policía de por medio, la política está muy presente, y como no podía ser menos, la corrupción latente que contamina cada espacio del país.

Noredin (extraordinariamente interpretado por el actor Fares Fares) nos guía por todo tipo de lugares, desde las calles oscuras donde se realiza contrabando a plena luz del día, por los pisos y callejones lúgubres en los que malviven inmigrantes sudaneses (como la joven Salwa, testigo accidental del crimen que se investiga) o los espacios que contraponen los otros, como la casa señorial del constructor investigado, o el puticlub de lujo o los hoteles donde se chantajea a los poderosos, o esos espacios intermedios, como el apartamento triste del policía con el retrato de su boda, o la comisaría, donde se encarcela y tortura sin más, lugares por los que pululan, jefes de policía como Kammal, que sabiendo mucho calla a cambio de tajada, Shafiq, ese tipo de personajes que construye por un lado, y por otro, hace del engaño y el seño su modus operandi, y los otros, los explotados, como Salwa, la inmigrante sudanesa o las jóvenes que sueñan con hacer carrera como cantantes y acaban explotando su belleza prostituyéndose a las élites corruptas del país, supervivientes al amparo de un mundo sórdido, deprimente y deshumanizado.

Saleh mide con excelente ritmo,  agilidad y sobriedad la investigación criminal, junto con el respiradero político y social que arde en la ciudad (dando buena cuenta su labor en el campo documental en sus primeros trabajos)  una metrópolis pintada de altos contrastes en amarillo y negro, donde el tiempo cinematográfico, acotado en 10 días, irá contaminando el interior y los conflictos que van sucediendo en la película. Una trama en el que convergen personajes de distinta procedencia, en el que todos intentarán salir airosos del entuerto, donde asistimos a ese tiempo de monstruos (ese tiempo que abarca el mundo que se rompe con el que todavía no ha aparecido) tiempo de muertes en contenedores de basuras o tirados en la calle, fantasmas que pululan por una ciudad que se golpea y dispara en la calle, donde unos no quieren perder el estatus de corruptela que también les ha ido, y otros, los de abajo, luchan y a veces, hasta con su vida, para tener una vida mejor. Saleh plantea una película que nos interpela constantemente, a unos espectadores, también ciudadanos de países donde una clase dirigente ha hecho de la corrupción su modo de vida, como si se tratase de una organización criminal y mafiosa, donde la llamada ley los ampara y también recibe sus correspondientes beneficios económicos.

Noredin es ese policía solitario, triste, honesto y enamorado que pretende seguir haciendo justicia, si alguna vez existió o algo queda de ella, en un mundo a punto de caer o ya caído, del que solo quedan unos restos carcomidos, el agente de la ley idealista que se topará con la oscuridad de un mundo malsano y podrido que aparenta legalidad y honestidad, aunque sólo sea apariencia, porque en el fondo, todo se quede en un fajo de billetes llenos de sangre, mentiras y falsedades. Saleh recoge el aroma de los grandes títulos clásicos como El sueño eterno, La ciudad desnuda o Los sobornados, y los más modernos, aquellos que devolvieron al género el esplendor perdido con protagonistas más humanizados y loosers como en La noche se mueve, El príncipe de la ciudad, o los de aquí como El arreglo o La caja 507, títulos donde la investigación policial recogía el atmósfera de corrupción política y social de unos países abocados a la injustica y la desigualdad, como bien describe la película de Saleh, que además de medir la realidad social de un país, una ciudad y unas gentes, en la que todo está a punto de estallar y ya nada volvería a ser igual, o tal vez, sí.