Shootball, de Fèlix Colomer

VÍCTIMAS Y VERDUGOS.

“Es tan importante ver con quién se habla cómo con quién no se puede hablar”.

La película se abre con una imagen terrorífica, y a la vez, esclarecedora del contenido de la película que veremos a continuación. Vemos a Manuel Barbero, un padre que muestra dos fotografías de su hijo, una, en la que su expresión es triste, y después, otra fotografía, en que la expresión es alegre. Dos imágenes, dos fotografías, las que explican el antes y el después, las que distan cuando su hijo abandono el colegio, y cuando entró en el centro. A partir de esta imagen, la de un padre que muestra a su hijo, en dos momentos, en ese espacio que su vida cambió para siempre, la película nos abre la puerta a la trama de abusos sexuales a menores más grande que ha ocurrido en España, y más concretamente, en diferentes colegios de los Maristas de Cataluña. El director Fèlix Colomer (Sabadell, 1993) que ya despuntó con su primera película Sasha (2016) opta, en su segundo trabajo documental, por la investigación periodística, asumiendo el rol de un personaje más, alguien que quiere saber, alguien que busca a las personas relacionadas con el caso para hablar con ellos, exponiendo los hechos, y dando buena cuenta de las investigaciones llevadas a cabo, y escuchando a los diferentes testimonios, desde su posición de cineasta, de aquella persona curiosa e inquieta que utiliza el documental como medio para filmar aquello que ha de filmarse, aunque haya algunos que lo impidan.

Colomer construye su película a través de dos miradas, la de las víctimas, a través de Manuel Barbero, el padre que ha luchado contra todos para que no quede impune lo sufrido por su hijo, y tantos otros, que sufrieron los abusos en un período de 30 años. Y en el otro lado, la de Joaquín Benítez, el profesor de educación física que aprovechó su posición para cometer los abusos. Como ocurría en Sasha, Colomer nos habla de un niño, o unos niños, la parte más vulnerable de la sociedad, un niño que sufre los abusos y el terror de los mayores, un niño que encuentra refugio lejos de su entorno, en otra familia, otra vez la familia como centro en la película. Pero, en Shootball (juego inventado por Benítez, una versión sofisticada del “juego de matar” de toda la vida, que la  película lo utiliza para hacer un símil con la palabra “shoot” que significa disparar, abusar como lo que él hacía a sus víctimas) el director sabadellense (graduado en la Escac en Montaje) habla con todos los que puede o dejan, ya que el documental también deja patente las estructuras del poder, cuando deja al descubierto la inoperancia de instituciones como la policía, Generalitat y los propios Maristas, en un sistema que parece no perseguir sus miserias y anteponer los principios e intereses conservadores, donde unos y otros ámbitos del poder se protegen, haciendo caso omiso a los problemas reales de la población.

Colomer expone los temas que van surgiendo de forma clara, a través de entrevistas, explicando aquellas que no pudo hacer, hablando de manera sencilla y trasnparente con los implicados en el caso, con los jóvenes de ahora que hablan a cara descubierta sobre los abusos sufridos cuando eran niños, con los padres, los representantes de las instituciones, y pedófilos, entre ellos, la entrevista con Benítez, donde este nos habla de sus problemas psicológicos, los abusos que cometió, y su aparentemente arrepentimiento. La película transmite verdad y honestidad, la cámara captura a las personas de manera directa, sin tapujos ni vericuetos, todo está pasando aquí y ahora, sin adornos, ni efectismos. Colomer construye una investigación fascinante y seria, que nos lleva de una oficina a otra, de un lugar a otro, como esa superficie de madera, a modo de puzle de la propia investigación, con fotografías y notas, conectados por hilos que se cruzan y entrecruzan (que actúa como metáfora de la trama compleja de los abusos de los Maristas). Una película que entra en diálogo con Capturing the Friedmans, donde se analizaba desde el material de archivo el caso de pederastia de un padre y su hijo a los niños del vecindario que acudían a sus clases particulares, donde como nos advierte la cita que abre la película de Colomer, en la que todos parecemos amables y buena gente, desconociendo aquello que se oculta en nuestro interior, por muy monstruoso y oscuro que resulte, pero completamente invisible ante los ojos de nuestro entorno más cercano.

La película es un durísimo, valiente, necesario, interesante y conmovedor documento sobre las miserias del poder, sobre la impunidad de los abusos a menores, sobre los mecanismos inoperantes de la ley para terminar con esta lacra que afecta diariamente a tantos menores, y todo lo cuenta desde la sinceridad, recopilando hechos y mostrándolos, cotejándolos con los implicados,  desde el medio documental, aquel medio que tiene que coger la pala cuando otros se han cansado de cavar, y también,  la crónica de un hombre valiente y firme, sobre la honestidad y el convencimiento de un padre, de alguien como nosotros, de un hombre corriente, de un hombre que no se esconde ante el horror, que ante la injusticia y el dolor se levanta y pregunta, moviéndose hacía todos los lados, investigando él porque suceden estas cosas, y no sólo eso, el porqué no se investigan, porque no hacen más aquellos que deben hacer más, pero Manuel Barbero no es un hombre derrotado, es un hombre fuerte, persistente y no cejará hasta que todo se aclare, en el juicio pendiente por celebrarse, y los culpables entren en prisión.

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