Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, directores de «Psiconautas. Los niños olvidados». El encuentro tuvo lugar el miércoles 15 de febrero de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Alejandro Muñoz de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño, que además tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
Erase una vez una isla que sufrió un terrible accidente industrial que la convirtió en un enjambre de sombras y dolorosos recuerdos. Los adultos transmutaron en un férreo control religioso a sus hijos, que éstos, agobiados y con nulas expectativas laborales o sociales, sucumbían sus días entre drogas, aislamiento y grandes deseos de abandonar la isla y emigrar a la ciudad. Alberto Vázquez (A Coruña, 1980) y Pedro Rivero (Bilbao, 1969) son los artífices de esta película de animación fantástica, pero cargada de crítica a la sociedad actual, una cinta que nació como novela gráfica del primero, y luego fue un cortometraje Birdboy (2010) en el que se apuntaban ciertos rasgos de la película. Los directores nos conducen hasta un lugar en el que el tiempo se ha parado, sus personajes remiten al pasado, a ese espacio en el que las cosas funcionaban de otra manera, y nos presentan un no mundo lleno de horrores, tanto físicos como emocionales, unos padres dementes que tratan a sus hijos como reos, unos perros policía que matan para mantener un orden fascista, los niños sin esperanza que sucumben a todo tipo de drogas, y luego está el vertedero, donde se almacenan montañas de basura y suciedad, en el que las ratas sobreviven buscando cobre y comiendo desperdicios.
La historia gira en torno a Birdboy, un chico-pájaro angustiado por la pérdida de su padre y la incapacidad que tiene para abandonar la isla, y Dinki, una chica-ratón, con la que mantiene un romance, y los amigos de Dinki, Sandra, la chica-conejo, y Zorrito, tres amigos que emprenden un viaje para abandonar la isla e irse a la ciudad, y finalmente, el chico-cerdo, que tiene que cuidar de su madre enferma y se ha convertido en el traficante de la zona. Vázquez y Rivero (que ya debutó en la animación con La crisis carnívora, en el 2008) han realizado una cinta de indudable factura técnica, en el que abundan los contrastes, colores vivos con claroscuros, muy expresionistas, y en el que exploran, a través de una fábula fantástica, muchos de los problemas que acechan a la sociedad en la que vivimos: falta de expectativas laborales, control familiar y social, en el que se dispara a todo aquel diferente que se sale de lo establecido, el consumo de drogas entre los más jóvenes, una contaminación brutal, las enfermedades emocionales, y un sistema clasista que hunde a los más necesitados, y favorece a los que no les falta de nada.
La película conserva cierto aroma de la ilustración y el tono de Maus, el fabuloso cómic de Art Spiegelman, sobre el holocausto judío, en el que los gatos eran nazis y los ratones, judíos, así como del expresionismo, en los que las formas y los colores explicaban el mundo interior de los personajes, y con títulos de la animación para adultos, como El planeta salvaje, La tumba de las luciérnagas, Persépolis, Cuando el viento sopla… todos ellos trabajos oscuros y terribles que, no sólo manifestaban la buenísima salud de un género con infinitas posibilidades artísticas, sino que también eran vehículos para criticar con dureza todos aquellos conflictos a los que las personas nos enfrentamos diariamente. Vázquez y Rivero han construido una película magnífica, bellísima en su armazón, pero dolorosa en su argumento, que nos habla sobre la amistad, el amor y la esperanza, en el que sus personajes siguen en pie y en el camino a pesar de todo lo terrible que se encuentran, con unos admirables personajes secundarios con las voces de Ramón Barea o Enrique San Francisco, entre otros, que hablan de una película minuciosa en los detalles, no sólo con la historia que cuenta, sino también, con todo el mundo interior de los personajes, esos monstruos que anidan en cada uno de nosotros, y nos obligan a tener que lidiar con ellos, para de esa manera, seguir hacía delante, aunque duela.
Entrevista a Susana Casares, directora de «La invitación». El encuentro tuvo lugar el martes 27 de diciembre de 2016 en el Parc de la Ciutadella en Barcelona.
Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susana Casares, por su generosidad, sabiduría y tiempo, a Gemma Vidal de Avalon, por su trabajo, paciencia y amabilidad, y al turista francés, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza esta publicación.
La película se abre de forma contundente y reveladora, con una imagen filmada desde la distancia, pero que nos acerca al drama interior en el que está inmersa su protagonista, vemos a una niña sentada en una de las mesas del comedor de un colegio, ha empezado a comerse un flan, en ese momento, unas niñas que apreciamos de soslayo se levantan de la mesa y la dejan sola, e inmediatamente, las manos de una limpiadora le arrebatan el postre. Silvia cariacontecida mira a su alrededor, sin encontrar ninguna mirada cómplice, el murmullo continúa. Susana Casares (Barcelona, 1979) estudió Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, especializándose en Arte y Vídeo, de ahí pasó, con la ayuda de una beca de estudios de “La Caixa”, a formarse en EE.UU., siguiendo el mismo camino que otros jóvenes talentos como Carlos Marques-Marcet o Clara Roquet, en la prestigiosa Universidad de UCLA, donde ahora imparte clases como docente. Su trayectoria fílmica arranca en 2005 con el corto documental Dies extraños, al que siguieron tres trabajos más, en el 2011 realiza en EE.UU. y en 16 mm, la ficción Lily, en la que explica las preocupaciones de una niña de 11 años en mitad de los cambios propios de la pubertad, le sigue Tryouts (2013), también en EE.UU., describe los sentimientos contradictorios de Nayla, una adolescente de padres musulmanes que quiere ser animadora.
En La invitación (producida a raíz de la Semana de Cine de Medina del Campo) vuelve a plantearnos un relato íntimo y cercano, donde su heroína se siente atrapada en una situación compleja, un conflicto que investiga tanto su parte interna como social, en la que la familia continúa teniendo mucho protagonismo, como elemento fronterizo en el que surgen y desembocan todos los problemas. Conoceremos a Silvia, una niña de 9 años que se siente desplazada por sus amigas ya que no puede invitarlas a casa, y éstas le recriminan que hace mucho tiempo de la última vez. Casares nos cuenta su relato de forma tranquila, sin prisas, capturando de forma realista y natural, en sólo 14 minutos, describiéndonos las consecuencias de la crisis, de perderlo todo, de empezar de cero, y de cómo los problemas económicos afectan a los más pequeños, como las formas de aislamiento social se suceden desgraciadamente entre los más inocentes. Casares nos habla en primer a persona, siguiendo pacientemente el drama de su joven heroína, una niña destronada de la vida que tenía, un ser indefenso que tiene que batallar, a pesar de su corta edad, con los problemas familiares, y conseguir ser aceptada por sus amigas sin perder su pequeño reino. La enigmática y envolvente luz de Javier Aguirre (responsable de las magníficas Loreak y Amama) nos devuelve a los cuentos de toda la vida, aquellos que a través de una forma aparentemente sencilla, exploraban de forma crítica los conflictos sociales, económicos, políticos y culturales del entorno en el que se movían unos personajes que a pesar de las desgracias de la existencia, seguían en pie, reclamando su lugar en el mundo, y soñando con una vida mejor.
Casares ha construido una película sobre la triste realidad de muchas familias, sin hablarnos directamente de la crisis y sus penosas cifras, se ha detenido en su vertiente humana, y en los más pequeños, y lo ha hecho de una forma clara y honesta, profundizando en los pequeños detalles, en esos tan cotidianos que no se aprecian desde fuera pero que nos condicionan nuestras vidas, planteándonos una forma estilizada en la que sus planos y encuadres nos recuerdan constantemente en la situación que vive su joven protagonista: los barrotes de las escaleras que la dividen de sus amigas, la caminata y el autobús como símbolos de vivir en las afueras (en donde van a parar los desahuciados y los excluidos), ese cielo estrellado que sólo nos cuentan y que no vemos, la caravana ambulante (como aquellos cómicos que deambulaban por los pueblos) como símbolo de la falta de raíces y en lo que se ha convertido sus vidas, y finalmente, la ubicación de la caravana, en el jardín de esa casa, fuera y amparada en la oscuridad de la noche, como si fuesen unos clandestinos, de ese lugar que alguna vez por un tiempo les perteneció o eso creyeron sentir.
Un montaje ágil y de corte limpio obra de Cristina Laguna (colaborada de El niño o Ilusión) y el arte de Montse Sanz (habitual de Julio Medem) contribuyen a crear esa atmósfera entre realidad y sueño, una vida de pesadilla, de la que aparentemente continuar significa perder tantas cosas por las que se ha luchado, que parecían inamovibles, pero que ya no lo son. La mirada de Casares, apoyándose en el rostro angelical y trista de su joven heroína, magnificamente interpretada por la niña Patricia Arbués, que recuerda a la Ana de El espíritu de la colmena y Cría cuervos…, envuelve su película corta en este viaje a las entrañas de estos desheredados, a su peculiar descenso a los infiernos, a su cotidianidad, de esta niña y su familia, que como si fuesen náufragos ala driva, en ese espacio de transición de lo que fueron y ya no es, en ese tiempo de incertidumbre e inseguridad, de no saber que ocurrirá, con lo que eran, de continuar agarrados a una vida que ya no les pertenece, a una vida que intentan esconder o borrar, aunque quizás las ilusiones de su hija, y el querer ser una misma y seguir hacia delante, se anteponen a esos secretos difíciles de ocultar.
“Las películas explotan el amor para transformarlo en un negocio. Pero el amor es la evidencia más grande que hay de las cosas vivas. Arriba del planeta. Desde el punto de vista humano, el amor y el odio son primos hermanos. Pero la gran diferencia es que el amor es creador. Empuja por la multiplicación. Y el odio, es francamente destructor, y termina destruyendo al porpio agente que lo practica. Es pariente del egoísmo. Y el amor es pareiente de la solidaridad. Que nos igual a altruismo. Altruismo es doy porque doy. Solidaridad es hoy por ti, mañana por mi. Implica alguna forma de interés que no significa que me retribuya directamente y en lo inmeidato. Pero significa una actitud, que si practico solidaridad es posible que otros la practiques en otras circunstancias conmigo. El ser humano es poseedor de todas esas cosas. Todo está tendido en el banquete de la vida. El problema es qué elegimos”
José Múgica
Una de las cosas que más llama la atención de esta película es que nos habla a nosotros directamente, articulando un discurso que interpela directamente a los espectadores, pero no lo hace desde un discurso catastrofista y desmoralizante con la situación del mundo, como suelen hacerlo este tipo de películas, con el fin de invadir las emociones del público, sino que lo construye a través de todo lo contrario, sobre un discurso honesto y directo, interpelando a nuestra responsabilidad, dirigiéndose a nuestros actos más cotidianos, más ordinarios, los que hacemos diariamente. Y lo hace a través de una de las figuras políticas más representativas de los últimos años, José Múgica, el presidente de Uruguay en el momento en que tuvo lugar la entrevista, allá por el 2014, y su discurso, lleno de humanismo, de amor y libertad individual responsable, hacía uno mismo, y hacia todos los seres que compartimos este planeta. Múgica, con su voz serena y enriquecedora, actúa como narrador en este viaje que nos lleva hasta lugares extremos del planeta, donde se producen situaciones en las que el ser humano se enfrenta a sí mismo y a todo aquello que lo rodea.
El director Guillermo García López (Madrid, 1985) con experiencia en publicidad y en departamentos de dirección en películas de Pablo Berger o Julien Leclercq, entre otros, se ha liado la manta a la cabeza en su primera película, viajando por todo el mundo y filmando diversas situaciones extremas de vida de seres humanos y sus conflcitos, colocando el foco en los contrastes del mundo, desde los habitantes del llamado tercer mundo, que nunca tuvieron nada, pasando por aquellos del primer mundo, que tuvieron y las circunstancias los han llevado a perderlo todo y empezar de nuevo, y finalmente, a aquellos que viven teniéndolo todo y aún así tampoco se sienten satisfechos. El primer punto lo ha localizado en el Monte Gurugú, en Marruecos, a 10 kilometros de la valle fronteriza con Europa, un lugar donde se acinan cientos de africanos en condiciones de miseria. García López los filma desde la proximidad, escuchamos su cotidianidad que consiste en alimentarse como pueden, protegerse del intenso frío de las noches, no enfermarse, y prepararse para asaltar la valle de noche y conseguir su ansiado objetivo de entrar en Europa. El segundo lugar es España, y nos muestra a varias familias que han sufrido la crisis en primera persona, personas que han perdido sus trabajos, sus casas, sus ahorros, su vida, y cómo se agrupan y luchan para volver a la vida y sentirse personas. Por último, la película nos lleva al otro extremo de lo que hemos presenciado, a la megalópolis de Tokyo, donde conocemos las vidas de dos ejecutivos de grandes corporaciones que viven en la opulencia, adictos al trabajo y al consumismo más exacerbado, asfixiados por un trabajo y una vida que no les llena, y les produce un vacío infinito.
García López muestra los extremos del mundo, ha escogido algunos, hay muchos más, aunque la cinta se centra y explora estos, y lo hace desde la cotidianidad, no lanzado discursos aleccionadores, posándose en la guía que proporciona el discurso de Múgica, que profundiza más en la idiosincracia humana, y en todo aquello que tenemos, que nos hace ser como somos, únicos como especie, con nuestras cosas bellas, y nuestras cosas oscuras, no realiza un discurso simplista ni maniqueista, ni mucho menos, explica las cosas como son, explorando todo lo que tenemos a nivel de recursos y medios, y todo aquello que no somos capaces de vivir como especie, la sinrazón de un sistema económico que exclaviza y nos hace más infelices cada día, en el que cambiamos lo más preciado que tenemos, la vida y nuestro tiempo, por un trabajo que no nos llena, y bienes materiales que sólo nos ilusionan, porque en el fondo, tampoco nos hacen felices. Una obra que diagnostica el estado de las cosas, que nos habla del mundo aquí y ahora, y nos invita a reflexionar sobre las situación que entre todos hemos generado, y las causas que nos han lelvado a este punto, y sobre todo, investiga en las herramientas que tenemos para revertir esto y cambiar el rumbo hacia un crecimiento más humano y sostenible con el planeta.
<p><a href=»https://vimeo.com/188185155″>Frágil Equilibrio – Trailer (Castellano)</a> from <a href=»https://vimeo.com/sintagmafilms»>SINTAGMA FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
La película arranca introduciéndonos en la preparación de una celebración, a través de planos detalle, asistimos a los últimos retoques de diferentes exquisiteces de repostería, con sus cremas y chocolates, y también, el relleno de panecillos, con el acompañamiento del té que está caliente y listo para ser servido, alimentos que degustarán las cinco mujeres que conoceremos a continuación. El reloj toca las cinco de la tarde, hora exacta en el que aparecen las invitadas a la mesa, una mesa ornamentada y lista para la ocasión. Cinco mujeres: Teresa, Alicia, Angélica, Ximena y Gema, que se conocieron en el Colegio católico de Santiago de Chile donde estudiaron, siguen fieles a su cita mensual de encuentrarse. Ritual, que parece de tiempos pasados, pero que siguen escrupulosamente, desde que salieron del colegio, un ritual que sigue produciéndose desde hace más de 60 años.
La directora Maite Alberdi (1983, Santiago de Chile) que ya apuntó buenas maneras en su anterior trabajo El salvavidas (2011), vuelve al espíritu que regía su puesta de largo, y se adentra en la intimidad y cotidianidad de unas vidas anónimas en las que construye unos relatos de profunda humanidad y sensibilidad acompañados de grandes dosis de humor. Alberdi rescata un dicho popular chileno “tomar once”, que se dice cuando se queda para merendar, y filma esos encuentros, la intimidad del hogar, y más concretamente en los salones de estas mujeres que rozan o traspasan la ochentena. La directora, nieta de una de sus protagonistas, ha registrado durante cinco años los encuentros de su abuela y sus amigas, construyendo un relato breve (70 minutos) pero en el que a través de las miradas de estas mujeres conocemos un parte de la historia de Chile, filmado en primeros planos y planos detalle, todo lo que se comparte en esas citas. Mujeres de educación católica y conservadora, distinguidas y coquetas, que han llevado unas vidas de imponente moral religiosa y acomodadas de Santiago de Chile. Un retrato femenino, en el que unas mujeres se encuentran y hablan de política, de los cambios sociales, culturales y económicos que ha sufrido Chile a lo largo de más de medio siglo. También, discuten, dialogan, intercambian impresiones, a veces tienen criterios completamente diferentes, pero sobre todo, ríen, ríen mucho, no han perdido el sentido del humor, y las ansias de seguir viviendo y encontrándose con sus amigas del alma.
Aprovechan las citas mensuales, para hablar de ellas, de sus hijos y nietos, sus enfermedades, recordar a las ausentes, ya sea por fallecimiento o enfermedad, tener un pensamiento para sus esposos, los vivos o los muertos, su vida matrimonial, y sobre todo, hablan de sus inquietudes, de sus miedos e inseguridades, del tiempo que pasaron juntas, del tiempo que murió, el tiempo compartido, y la profunda amistad que las ha unido durante tanto tiempo. También planean excursiones, que Alberdi, en un acierto de guión, sólo nos las muestra mediante fotografías, su campo fílmico se centra en las cuatro paredes de los salones, algún plano de la cocina, pero breve y conciso, se limita a la mesa, mimada al mínimo detalle, y a sus personajes, mujeres acomodadas, distinguidas y de otro tiempo, con ideas y rituales que morirán con ellas, ya nadie, sus predecesores no continuarán con estas citas mensuales. Un tiempo que comparten, desde que eran niñas, un tiempo de amistad, de vida, de muerte, de alegrías e infortunios, de compañía y soledad, de certezas y dudas, viendo a un país que en los últimos cuarenta años ha pasado de la democracia de Allende a la dictadura de Pinochet, para volver a la libertad, otra vez. Una película sencilla y honesta sobre el paso del tiempo, la vejez y sobre todo, la extraordinaria capacidad para seguir viviendo a pesar de la vida, de todo lo que vivimos y lo que nos queda por vivir.
Encuentro con Leticia Dolera, actriz y directora de «Requisitos para ser una persona normal», con motivo del ciclo de las proyecciones de las películas candidatas a los premios Goya y Gaudí en la Filmoteca de Catalunya, con la participación de Octavi Martí, de la Filmoteca, Edmon Roch, Vicepresidente de la Academia de Cine Español, e Isona Passola, Presidenta de la Acadèmia de Cinema Català. El evento tuvo lugar el domingo 15 de noviembre de 2016, en la Filmoteca de Cataluña.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leticia Dolera, Octavi Martí, Edmon Roch e Isona Passola, por su tiempo, conocimiento y sabiduría, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, por su paciencia, amabilidad y cariño.
Encuentro con el actor Antonio Banderas, con motivo de la presentación de las proyecciones de las películas nominadas a los premios Goya y Gaudí en la Filmoteca de Catalunya, con la participación de Esteve Riambau, director de la Filmoteca, Edmon Roch, Vicepresidente de la Academia de Cine Español, e Isona Passola, Presidenta de la Acadèmia de Cinema Català. El evento tuvo lugar el jueves 12 de noviembre de 2016, en la Filmoteca de Cataluña.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Banderas, Esteve Riambau, Edmon Roch e Isona Passola, por su tiempo, conocimiento y sabiduría, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, por su paciencia, amabilidad y cariño.