Voy a pasármelo mejor, de Ana de Alva

LOS PITUS YA SON ADOLESCENTES. 

“La adolescencia es el momento de la vida en que los jóvenes dejan de creer en cuentos de hadas y comienzan a creer en el amor”. 

Anónimo 

Hace tres años vimos Voy a pasármelo bien, de David Serrano (Madrid, 1975), imaginativo, interesante y divertido musical con canciones de Hombres G, en la que contaban el último curso escolar de “Los Pitus”, en el Valladolid de 1989, con sus primeros amores, el acoso escolar y los tiempos donde reinaban la inocencia, la amistad con la oscuridad y demás. La gracia consistía en contar también partes de la edad adulta de los personajes principales, los David y Layla, y ese amor no resuelto. Tres años después… En Voy a pasármelo mejor vuelven “Los Pitus”, ya adolescentes, y hemos pasado de Valladolid a un campamento de verano, guiño a las películas estadounidenses a las que les debe mucho, por ejemplo, aquella maravilla de Cuenta conmigo (1986), de Rob Reiner. Estamos en 1992, si, ¡Vaya año!. Los David, Luis y Paco, a los que se añadió El Cabra, y por supuesto, el comodín que nadie quiere, Marotooo, y seremos testigos de esos cambios hormonales donde la existencia va transformándose en los primeros sentimientos fuertes o al menos así se creen en ese eterno capítulo no acabado que se llama adolescencia. 

El guion lo vuelven a firmar el dúo de la primera, Luz Cipriota y el mencionado David Serrano que ha cedido el testigo de la dirección a una conocida suya, Ana de Alva, una malagueña de 23 años, que la tuvo como actriz en el musical Grease, y además de la interpretación ha dirigido un par de cortos y estudiado en la Ecam. El amor de David y Leyla de la primera ha dejado paso a tres historias: el amor a distancia de los susodichos, porque recuerden que la joven marchó a México, el primer amor de Paco que se siente atraído por Tormo, y el de Luis, que se siente mayor con una de las monitoras que está embarazada. Les ayuda El Cabra, que ya tiene carnet de conducir, y Maroto anda por ahí, ayudando o incordiando, nunca se sabe. Vuelve a ser una comedia musical, donde hay canciones y bailes, ahora con grandes temazos de la época: “Lucha de gigantes”, de Nacha Pop, ya verán qué momentazo, o ese otro del “Amante…”, de Bosé, o el tema más popular de Seguridad Social, los de mi edad ya saben cuál es, o el de Chimo Bayo, sí, ese, y uno de Duncan Dhu, que mejor no desvelar para no estropear el pedazo de momento que se marca la película.

La película ha optado por un equipo técnico joven al que se le ha dado estupendas oportunidades como el cinematógrafo Joan Bordera, que estuvo al frente de La inocencia (2019), de Lucía Alemany, y las tres últimas películas de la directora María Ripoll, en un trabajo donde prima la intimidad y el cuadro visualmente poderoso para acercar las vidas agitadas de los protagonistas. La música de Alejandro Serrano, que ya estuvo con Serrano en Una hora más en Canarias (2010), maneja con inteligencia los intervalos de las canciones citadas y lo hace sin enmarcar demasiado y agilizando la trama. El montaje lo firma Miguel Ariza, con experiencia como cineasta con sus cortometrajes que, en sus 110 minutos de metraje, le da vida, concisión y entretenimiento, sin decaer en ningún instante. Cabe destacar el trabajo de ambientación de la película que, como sucedía con Voy a pasármelo bien, no existen elementos impostados o distorsionantes, sino una mirada cercana y natural a una época, la de finales de los ochenta y principios de los noventa, donde prevalece la transparencia en unos espacios que ayudan a crear esa idea de lo romántico y real que transita por toda la historia. 

Otro de los grandes elementos que funcionan a las mil maravillas en la película es su reparto, que repite tres años después, donde destaca una naturalidad desbordantes, y unas interpretaciones que muestran el coraje y la vulnerabilidad de unos personajes que podríamos ser nosotros, los que vivimos ese tiempo, devolviéndonos a la adolescencia. Un tiempo para vivir, para soñar, pero también, para saber quiénes somos. Un elenco encabezado por Izan Fernández dando vida al enamorado David, las gracias y el peculiar lenguaje de Luis con sus “efectiviguonder” y “yesveriwellfandando”, etc… al que interpreta un “salao” rodrigo Gibaja, el intelectual y reservado Paco lo hace Rodrigo Díaz, y la madura y rebelde Layal es Renata Hermida Richards, el cortito y cercano “El Cabra” es Michel Herráiz, Diego Montejo es Tormo, en un rol muy diferente que en la primera entrega, y javier García es Maroto, un “amigo”, quizás, no sabemos, jeje. Con la presencia de Alba Planas como monitora, una excelente actriz que nos impresionó en la reciente La virgen roja, de Paula Ortíz. No podemos olvidar a Raúl Arévalo y Karla Souza que son los David y Leyla de adultos y aquí reservan su “momento”.

La gran virtud de una película como Voy a pasármelo mejor no es copiar a las películas de adolescentes estadounidenses, sino a través de su herencia, coger todo aquello que las hace diferentes, como su esencia, su aroma y su vitalidad, y trasladarla a la idiosincrasia de España, sin caer en los tópicos ni en todo aquello que hacemos para los otros, sino rastrear nuestra forma de ser y actuar, rescatando aquel tiempo, un espacio donde todavía se podía soñar de otra manera, sin móviles, sin tanta tecnología y volviendo a lo humano, ahora envuelto y sometido a la nueva virguería del mercado. La juventud de Ana de Alva ha aportado frescura y sabiduría a una trama que sabe plantar la cámara y contarnos una aventura, pero también, la complejidad de la adolescencia, esos primeros amores donde se descubre la idea que nos vamos a hacer del amor, donde nos creemos adultos aunque no lo desamor, y donde las cosas parece que van muy deprisa y en el fondo, somos nosotros que nuestra impaciencia nos hace perdernos el tiempo y la paciencia que conlleva vivir y experimentar las situaciones emocionales que se producen en nuestro interior y no sabemos interpretarlas ni mucho menos disfrutarlas. No me enrollo más. Les dejo con “Los Pitus” y sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Asedio, de Miguel Ángel Vivas

LA JAULA DE HORMIGÓN. 

“Les creímos una vez y casi nos matan. Si les creemos otra vez, merecemos morir”.

Asalta a la comisaría del distrito 13 (1976), de John Carpenter

La policía antidisturbios Dani cree en su trabajo, en ayudar a los demás, y sobre todo, en servir, en estar al lado de los buenos y de la justicia. Pero, todo va a cambiar un día que van a uno de esos barrios periféricos, invisibles y ocultos de todos y todo. El efectivo es para hacer un desahucio más, aunque este será totalmente diferente, y no sólo por todo lo que encontrarán, sino porque entre los suyos, hay una corrupción boyante. Sexto trabajo de Miguel Ángel Vivas (Sevilla, 1974), que vuelve a enmarcarse en territorios del thriller, en Asedio se sigue la idea que transitaba por películas como Secuestrados (2010), y Tu hijo (2018), su anterior película, y decimos esto porque en los tres films cohabita una trama de un individuo enfrentado a un grupo en una atmósfera muy oscura y asfixiante, en el que el agobio del tiempo y la desesperación juegan un papel vital en el desarrollo de la trama. 

A partir de una idea original del propio director y José Rodríguez, otro sevillano de pro que ha escrito películas como Adiós, de Paco Cabezas y La maniobra de la tortuga, de Juan Miguel del Castillo, ambas protagonizadas por Natalia de Molina, nace un guion que firma Marta Medina del Valle, en el que se prioriza la experiencia de Dani, el hilo conductor de este policíaco con hechuras y solidísimo, en el que un edificio se convertirá en esa ratonera difícil de lidiar y muchos menos escapar con vida. Dani entrará en un infierno particular, huyendo de los suyos y encontrando a Nasha, una inmigrante ilegal que, al igual que ella, también se oculta de esa policía corrupta que ha convertido el bloque de viviendas en su campo de contrabando. La imprescindible presencia de la estupenda producción de Enrique López Lavigne con su inseparable Apache Films, responsable de los últimos grandes títulos de género en este país como Verónica, de Paco Plaza, Quién te cantará, de Carlos Vermut, y las dos últimas de Vivas. A partir de tremendos y agobiantes planos secuencia, como ese que abre la película de forma extenuante, en un formidable trabajo del cinematógrafo Rafael Reparaz, del que habíamos visto Maus, de Yayo Herrero, Ira, de Jota Aronak y Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre, entre otras, muy bien acompañada por la música del rockero mexicano Sergio Acosta Russek, que aumenta lo oscuro y la persecución sin tregua en la que se cimenta la historia, y el tenso y preciso montaje de Luis de la Madrid, con casi sesenta títulos en su filmografía con nombres tan ilustres del género como Jaume Balagueró y Guillermo del Toro, que también estuvo en la mencionada Tu hijo.

Asedio consigue que los espectadores seamos uno más en este thriller de corte social, que buena falta hace en el cine español, en el que hay pocas películas sociales, con aroma de los mejores títulos del género como aquellas maravillas que se hacían en Barcelona en la década de los cincuenta dirigidas por Francisco Rovira Beleta, Julio Salvador, Ignacio F. Iquino, Julio Coll, Juan Bosch y Francisco Pérez Dolz, entre otros, sin olvidarnos de todo ese inmaculado cine estadounidense setentera que hicieron los Carpenter y su citada Asalta a la comisaría del distrito 13, influencia más que notable en la película, Frankenheimer, Peckinpah, De Palma, Siegel, Pakula, entre otros, que vieron en el género una forma de hablar de los cambios sociales y económicos del país. Asedio es una trama bien construida, quizás tiene algún que otro exceso para encandilar a los espectador ávidos de espectacularidad, pero consigue entretenernos e ir un poco más allá, sumergiéndonos en un túnel oscuro, en ocasiones coqueteando con el terror, y destapando a todos los invisibles y ocultos que viven de forma ilegal a unos cuántos kilómetros de nuestras casas, en esos barrios a los que nadie quiere entrar, y dónde la policía sólo entra para hacer desahucios, detener a alguien y poco más. 

Un reparto brillante y extenso que ayuda a ir descubriendo ese laberíntico edificio en el que hay muchas sorpresas y algunas que quitan el aliento, encabezado por una grandísima Natalia de Molina, metido en el fregado más complejo de toda su carrera, interpretando a una mujer enfrentada a algo demasiado grande para ella, pero que sorteará con valentía y muchísimo coraje, y algo de suerte, y muy bien acompañada por Nasha, que interpreta una sorprendente Bella Agossou, a la que hemos visto en películas de Fernando González Molina, Salvador Calvo y Esteban Crespo, entre otros, que se convierte en la mejor compañía para Dani, en un tour de force abrumador que sostiene con solidez la trama, y otros intérpretes como el increíble Francisco Reyes como uno de los polis, una enorme presencia tanto física como emocional, Sesinou Henriette, otra de las inmigrantes que andará por ahí, y luego una retahíla de nombres como Fran Cantos, Chani Marín, Jorge Kent, Efraín Rodríguez, Luis Hacha, Fernando Valdivielso, Salman L-Mrabat, convertido en uno de esos capos de los ilegales, con una de esas secuencias sumamente inquietantes y agobiantes que podría haber filmado Tarantino. Dejense llevar por la película, porque una cinta como Asedio no vacila a los espectadores, ni tampoco va de tramposa, porque es una honesta y fiel con todo lo que cuenta, con todo lo que muestra y sobre todo, es honesta con todo lo que ocurre, que aunque nos pueda parecer muy heavy, son situaciones que ocurren a pocos kilómetros cerca de nuestra casa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Voy a pasármelo bien, de David Serrano

LA CHICA DEL CURSO DEL 89.

“Los primeros amores siempre están ahí”

Antonio Gala

No soy fan de los Hombres G ni tampoco de los musicales, pero Voy a pasármelo bien, me ha encantado. La primera razón fundamental es que la película se desarrolla en aquel curso de 1989, cuando el que escribe tenía quince años, como uno de los «repetidores”. Un tiempo de adolescencia, de chicas, de quioscos, de los primeros cigarrillos y primeros cubatas, de fiestas con los colegas, de comprarte el disco o casete de tu grupo favorito, de fords fiesta, de la cagaste Burt Lancaster y querer ser más mayor para salir de noche e ir al instituto como tus hermanos mayores. La cinta es una interesante mezcla de comedia romántica y musical, donde un amor del pasado vuelve, y unos personajes, tantos niños como adultos, frescos, cercanísimos, divertidos y llenos de vitalidad y amargura, según el momento. Pero, la razón de más peso sería su director David Serrano (Madrid, 1975), autor, entre otras, de las recordadas Días de fútbol (2003) y Días de cine (2007), alguna que otra comedia divertida sobre amores que van y vienen, sus libretos para el teatro musical, como Billy Elliot, Grease y West Side Stoy, entre otras,  sus guiones para comedias musicales como El otro lado de la cama (2002) y su secuela, cinco años después.

La quinta película de Serrano, Voy a pasármelo bien, estaría más cerca de las comedias citadas de Emilio Martínez-Lázaro que del musical sofisticado estadounidense, donde todo brilla, todo es espectáculo, y todo suele acabar bien, con los enamorados yéndose hasta el infinito. La historia de Serrano que firma junto a la actriz argentina Luz Cipriota, sigue el aroma de ese musical cotidiano, naturalista y vivo, lleno de relatos de aquí y ahora, de personas de barrio, de chavales que se enamoran de la chica, de la torpeza para conquistarla, de las tristezas y frustraciones de unos casi cincuentones a los que la vida no les ha ido también como esperaban, o quizás sus expectativas estaba muy alejadas de la realidad. La acción se sitúa en el citado 1989 (que coincide en el contexto de finales de los ochenta, donde también se desarrollaban Sufre mamón de 1987 y ¡Suéltate el pelo! de 1988, las dos películas que hicieron los Hombres G, dirigidas por el gran Manuel Summers), en una ciudad como Valladolid, otro acierto, porque se aleja de esa gran urbe donde pasa todo, durante el curso escolar, con la llegada de Layla, una rubia que deslumbra a David, y con la ayuda de sus “colegas” intentarán que la chica se fije en su amigo. Pero, la película también nos cuenta el presente, con David adulto, y la llegada de Layla, convertida en una famosa directora de cine a punto de recibir un merecido homenaje en la Seminci.

En un audaz y estupendo montaje de Alberto Gutiérrez (habitual del cine de Dani de la Orden, y también de películas como No matarás y series como Veneno), la película viaja indistintamente a los dos tiempos, contándonos la primera vez para David y Layla, y la segunda oportunidad para los mismos personajes, treinta años después. La música siempre maravillosa de una grande como Zeltia Montes (que la hemos escuchado en películas de corte dan diverso como Adiós, Uno para todos y El buen patrón), ayuda a crear ese ambiente de alegría y melancolía que tiene la película, y la inmensa cinematografía de un crack como Kiko de la Rica (con un currículum que asusta con gente como De la Iglesia, Medem y demás), con esa luz cálida y fresca de 1989, que recuerda a aquella otra que hizo para Kiki, el amor se hace (2016), de Paco León, y la luz del presente, más oscura y triste. Escuchamos muchas canciones de los Hombres G, pero muchas, pero esto no es un obstáculo para aquellos que no son fans del grupo madrileño ni de los musicales como ya había comentado, porque la película encaja con gracia y buen tono las canciones en el contexto de la película que es una comedia divertidísima, con amores, tropezones, y demás, que toca un sinfín de conflictos de ayer y de hoy.

Los números musicales con sus canciones y coreografías están muy ligados al cine de Jacques Demy, a algunos títulos de Donen, y otros títulos patrios de comedias pop como Diferente (1961), de Luis María Delgado, ¡Dame un poco de amooor…! (1968), de José M. Forqué, protagonizado por el grupo “Los Bravos”, Un, dos, tres… al escondite inglés (1969), de Iván Zulueta, entre otros. Mención especial tienen las responsables de casting Ana Sainz.Trápaga y Patricia Álvarez de Miranda, tándem que debutó con Serrano en Una hora más en canarias (2010), responsables de grandes reparto como los de Hermosa juventud, y series como Arde Madrid, Vergüenza y Maricón perdido, entre otras, porque lo que han hecho reclutando a los actores y actrices jóvenes es maravilloso, porque todos están excelentes – con lo que difícil que es manejar niños y niñas -, brillan en cada canción con sus voces naturales e íntimas, y en sus coreografías, cercanas y muy llamativas, usando mobiliario urbano, alejándose del estudio y haciéndolo todo más cotidiano y sencillo.

En la producción un máster como Enrique López Lavigne, que produce de todo con calidad y cercanía, a gente como Vermut, thrillers densos y muy negros, series como Veneno y Vergüenza, documentales y comedias ácidas como Los europeos, o grandes cuentos de terror de Plaza, un todoterreno que recuerda a los Pepón Coromina y Luis Megino, porque, al igual que ellos, entienden el cine como una forma de vida. La excelente pareja protagonista Renata Hermida Richards e Izan Fernández, dando vida a Layla y David, y los otros y otras, como Rodrigo Gibaja, Javier García y Gabriela Soto Belicha, entre otros que, además, interpretan a las mil maravillas, recreando unas vidas y una época de forma alucinante, con el mérito que es un tiempo que ni conocen de lejos. Los adultos están muy bien y comedidos y llenos de dudas e incertezas,  a la cabeza con un siempre interesante Raúl Arévalo como David de adulto, con la actriz mexicana Karla Souza como Layla, y otros acompañantes como Dani Rovira, Teresa Hurtado de Ory, Jorge Husón y raúl Jiménez, con ese momentazo de karaoke que se marcan.

Voy a pasármelo bien se estrena en verano, pero es una película no solo de verano, porque es tan chula, tan honesta y enamora con su sensibilidad, su belleza y esos chavales, que los que tenemos casi el medio siglo, nos sentiremos uno más, porque habla de nosotros, de lo que éramos, de las chicas que nos gustaban y las gilipolleces que hacíamos para enamorarlas, y cada cosa que hicimos y no hicimos, y el tiempo va pasando, y treinta años después, nos volvemos a reencontrar con nosotros, como esos maravillosos momentos impagables y acertadísimos en que David adulto pasea por el mundo del David niño, porque en definitiva, la película habla de amor, de lo que quedó en nosotros, y todo lo que amamos y todavía nos queda por amar, porque como dice el poeta: “Hay amores que se resisten a morir, no sabemos por qué, solo que todavía están en nosotros”, si no que se lo pregunten al David y a la Layla adultos, en fin… No se la pierdan. La disfrutarán muchísimo, al igual que el que escribe estas palabras, aunque no sean fans de los Hombres G ni tampoco de los musicales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Víctor Matellano

Entrevista a Víctor Matellano, director de la película «Mi adorado Monster», en El Setenta-Nou – Tu tienda de cine en BCN, el jueves 17 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Matellano, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de Comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Almudena Amor

Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La abuela», de Paco Plaza, en el Hotel Seventy en Barcelona, el martes 21 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La abuela, de Paco Plaza

SUSANA Y LA VEJEZ.

“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo”.

Jonathan Swift

Uno de los primeros trabajos de Paco Plaza (Valencia, 1973), fue el cortometraje Abuelitos (1999), una excelente fábula de terror sobre una misteriosa residencia de ancianos, cargada de una atmósfera inquietante, en la que se sugería mucho, se hablaba poco y se decía más. El tema de la vejez siempre ha estado presente en la filmografía del cineasta valenciano, de una forma u otra, aunque en La abuela, parecen haber convergido dos de los temas que ya había tratado en dos de sus anteriores filmes. En Verónica (2017), producida por Enrique López Lavigne, una adolescente debía hacerse cargo de sus pequeños hermanos en un espacio donde lo doméstico se convertía en una cárcel, donde el más allá irrumpía con fuerza, y en Quién a hierro mata (2019), la vejez en forma de residencia de ancianos era una parte fundamental de la trama, así como el legado y la herencia de nuestros mayores. En La abuela, escrita por el cineasta Carlos Vermut, vuelve a la vejez y al espacio único de lo doméstico, un piso donde habita el tiempo, la memoria y sobre todo, la cárcel de la vejez, y como los jóvenes se relacionan con ella.

La acción es bien sencilla y directa, Pilar, octogenaria sufre un derrame cerebral, y su único pariente es Susana, una modelo que vive en París de su belleza y su cuerpo. Susana viaja a Madrid y cuida de la abuela, como ella hizo a su vez cuando la joven era niña y perdió sus padres. Todos los intentos de Susana se encaminan en deshacerse de esa carga y buscar a alguien que cuide de la abuela, totalmente ausente y dependiente. Con el mismo aroma y tono de las películas inquietantes y domésticas de Polanski, amén de Repulsión, La semilla del diablo y La locataire, el terror irá tomando la casa, igual que le ocurría a Verónica, y convertirá la existencia de Susana en una pesadilla terrorífica, donde confluirán el tiempo, la memoria, la vejez, y sobre todo, la vivienda se tornará una cárcel imposible de escapar de ella. Todos los elementos confluyen para que todo cuadre de forma tenue y cotidiana, empezando por su luz, que en películas de este estilo es fundamental, la textura del 35 mm consigue esa sensibilidad en el espacio, tanto de sus objetos como su atmósfera, con ese peso en el aire y en cada espacio de la casa, un gran trabajo de cinematografía de Daniel Fernández Abelló, que había estado en los equipos de cámara de películas tan interesantes como Blog y Buried.

El ágil y preciso ejercicio de edición que firma David Gallart, un cómplice estrecho de Plaza, que ha estado en varias de sus películas, que usa con pausa e intensidad los cien minutos del metraje, la música de Fátima Al Qadiri, que puntúa con sabiduría y llena todos los silencios que explican mucho más de lo aparentemente parecen, una de las marcas más características que encontramos en la filmografía del autor levantino, como la presencia de esos temas musicales, que tanto dicen, como los de Vainica Doble, Estopa y Los panchos. La gran labor de arte de Laia Ateca, que repite después de Quién a hierro mata, adornada con todos objetos como los espejos y sus reflejos, los objetos del pasado común, y demás detalles que pululan por toda la casa, así como su impactante sonido, que viene de la mano de Diana Sagrista, que en una película de este calibre, donde se sugiere más que se muestra, como el terror más auténtico y clásico, el que hizo grande el género, sino que se lo digan a los monstruos de los treinta de la Universal, o a los grandes títulos de Tourneur o la Hammer. Una producción elegante y cuidadosamente bien ejecutada que corre a cargo del ya citado Lavigne, y la incursión de Sylvie Pialat, mujer del desparecido director francés, con hechuras de una película que toca temas muy cercanos y a la vez, universales y sin tiempo.

La abuela nos habla de grandes temas de ahora y siempre como el inexorable paso del tiempo, con la vejez convertida en una prisión que nos dificulta lo físico y lo emocional, dependiendo de los otros, y convirtiéndonos en espectros de nosotros mismos, y también, como nos relacionamos con todos esos problemas, como los más jóvenes, los que fuimos cuidados, hacemos lo impensable para quitarnos el conflicto de encima, no queriendo ver, no queriendo participar, sacándolo de nuestras vidas, donde la culpa y la traición entran en juego, como bien introduce la trama de la película. Como planteaba Verónica y Quién a hierro mata, la presencia de pocos personajes y dotados de una complejidad que casará con todo lo que se está contando, y lo consigue con dos actrices completamente desconocidas. Por un lado, tenemos a la brasileña Vera Valdez, modelo de profesión que enamoró a Chanel y compañía, con pocos títulos en el cine, consigue con Pilar una interpretación inconmensurable, en un rol mudo, que apenas emite sonidos o algunas risas inquietantes, escenifica una anciana llena de pasado y un presente que lo domina todo, un grandioso acierto de la película, porque llena la pantalla sin emitir ninguna línea de texto, como ocurría con las grandes heroínas del mundo como la Gish o la Swanson.

Frente a Valdez tenemos a la no debutante Almudena Amor, que ya vimos no hace mucho en la mordaz El buen patrón, de Fernando Léon de Aranoa, siendo una paternaire excelente de Javier Bardem, en un personaje de loba con piel de cordera, en La abuela, tiene un rol completamente diferente, siendo esa mujer joven que vive de su cuerpo y belleza, tiene que afrontar la vejez de su abuela, los secretos que se ocultan en esa casa y sobre todo, en la relación enigmática que irá descubriendo a medida que avance la acción. Con muchos elementos que la relacionan con la Verónica que hacía Sandra Escacena, su Susana es otra joven enfrentada a lo maligno, a lo desconocido, pero en su casa, en su pasado, en todo lo que ella fu y es, y no se atreve a reconocerse y admitir. Plaza ha construido un extraordinario cuento de terror, donde se huye del efectismo y lo espectacular, para adentrarse en una atmósfera muy terrorífica, todo muy bien contado, con su ritmo y su pausa, con tranquilidad, con ese tono en el que nada parece estar sucediendo, pero en realidad todo sucede, con ese toque psicológico que hiela la sangre, con ese crujir de puertas y sonidos que no sabemos de dónde proceden, quizás, todo viene de nosotros, o quizás somos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adiós, de Paco Cabezas

DENTRO DE MI PECHO.

“Cuántos sueños en el tiempo, cuántos puentes en el camino
Se iban perdiendo a lo lejos, con un sol como testigo
Y que el cielo a ti te acoja, que el infierno quede lejos
Que los pájaros te vean siempre como a uno de ellos”

(Fragmento del tema Un largo viaje, interpretada por Rosalía)

Amor, rabia, traición, mentira, pasado, violencia, sangre y fuego, son algunos de los elementos que intervienen en Adiós, la vuelta al cine español del internacional Paco Cabezas (Sevilla, 1976) un cineasta que sorprendió con Carne de neón (2010) que al igual que Adiós, también protagonizaba Mario Casas, un thriller urbano y familiar que le abrió las puertas a Hollywood con títulos de género más o menos interesantes como Tokarev (2014) o Mr. Right (2015) dirigiendo a intérpretes de la talla de Nicolas Cage, Sam Rockwell y Tim Roth, así como en series populares como Penny Dreadful o American Gods, entre otras. El regreso a su Sevilla, a su ambiente, a su idioma andaluz, viene de la mano de un guión firmado por dos debutantes José Rodríguez y Carmen Jiménez, en un relato duro, de piel y sangre, violento, situado en las 3000 viviendas, el barrio marginal por antonomasia de Sevilla, en una historia que arranca con Juan Santos, un tipo que cumple condena y sale con el tercer grado cada día. Fuera le esperan su mujer Triana y su niña Estrella. Todo parece indicar un futuro más o menos halagüeño, a pesar de la situación.

Todo eso se desbarata y de qué manera cuando en un accidente, la niña muere, y Juan clama venganza con los suyos, “Los Santos”, un clan gitano dedicado a la droga y expulsado de las 3000 viviendas por el otro clan, “Los Fortuna”, amos ahora del mercado de droga. Las pesquisas de Juan lo llevan a los citados Fortuna, pero en el asunto, también aparece la policía, encabezados por Eli, una policía que ha perdido a su hijo, y Santacana, un poli bregado en mil batallas. La trama, contada con brío y acierto, aunque en algunos instantes parece perderse dando demasiadas vueltas y subrayados innecesarios, el relato tiene fuerza y calidad, con una ambientación bien resuelta, con una grandísima fotografía de Pau Esteve Birba, todo un experto en imprimir esa luz sombría y apagada que pide tanto la historia, o el enérgico montaje de Luis de la Madrid (colaborador habitual de Balagueró) y Miguel A Trudu, sin olvidar la banda sonora incidental de Zeltia Montes, que interpreta a las mil maravillas el encaje de la música en la historia, que baña sus imágenes con mesura y acierto, consiguiendo esa música afilada que rasga los instantes, y los grandes temas que escuchamos que casan tan bien con la película como La estrella, del gran Enrique Morente, el Me quedo contigo, de Los chunguito, ahora con la voz armónica y dulce de Rocío Márquez, y finalmente, el temazo Un largo viaje, cantado por Rosalía.

Y que explicar del inmenso reparto de la cinta con la gran Laura Cepeda como directora de casting, en el que logra reunir quizás el mejor reparto del cine español de este año, encabezado por Mario Casas como Juan, un hombre que lidia entre su pasado oscuro y su necesidad de venganza, y los conflictos familiares del clan, a su lado, Natalia de Molina como Triana, esa esposa y madre que vivirá su propio vía crucis, Ruth Díaz, una policía que todavía cree en la justicia y se enfrentará a todos y a ella misma por buscar la verdad, Carlos Bardem en un rol de poli duro y violento, y esa retahíla de grandes intérpretes como Vicente Romero, Sebastián Haro, Mona Martínez (espectacular como esa matriarca gitana de armas tomar) Pilar Gómez (que como hace en las tablas demostrando que es una actriz fantástica componiendo una yonqui brutal) Moreno Borja como el jefe de Los Fortuna (que conocimos como padre en Carmen y Lola) Salva Reina como yonqui tirado y cobarde, Ramiro Alonso como Taboa, otro de los jefes del trapicheo, Mariola Fuentes como vecina amiga del protagonistas, y finalmente, Consuelo Trujillo, una madre que oculta mucho más de lo dice, entre muchos otros.

Cabezas ha hecho sin lugar a dudas su mejor título, por todo lo que cuenta, una tragedia amarga y fatalista de aquí y ahora, con todo lo que se le pide a los mejores thrillers desde amor, odio, violencia, sangre, familia, traiciones, mentiras, relaciones y mucha oscuridad, donde la mierda de la alfombra se irá escarbando para levantarla y que caiga quién tenga que caer, sin contemplaciones hasta el último mono implicado. Adiós, sintomático título que refleja el descenso de ida a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, con ese aire de tragedia lorquiana, situado en esa Andalucía deprimente, salvaje y cruel, donde mueren los inocentes sin piedad, en la que se mueve mucho dinero y muchas drogas, donde unos se matan lentamente su penosa existencia, y otros, engordan su vida con dinero manchado de sangre y brutalidad.

El director sevillano imprime energía y oscuridad a su película, con unos intérpretes entregados que defienden sus personajes con humanidad y complejidad, sacando lo mejor y lo peor de cada uno de ellos, situados en unas vidas rotas, amargas, con pasados tortuosos, que intentan dejar atrás como el personaje de Juan, pero como si fuese un tipo que tanto le gustaba filmar a Fritz Lang, el pasado los ata y por mucho que intenten huir de él, siempre se impone y va a su caza y captura, tiene esa atmósfera del thriller americano de los setenta donde hay crítica social y amargura por los cuatro costados, donde hasta el más pintado se acaba metiendo en la boca del lobo, o ese thriller seco, asfixiante y violento, que tanto vimos en el cine español de final de franquismo y transición como Furtivos o Pascual Duarte, entre otras. Cabezas ha vuelto al cine español por la puerta grande, bien guiado por Enrique López Lavigne en la producción, un tipo que lleva más de medio centenar de películas a sus espaldas, convertido ya en uno de los más importantes e interesantes, que le ha permitido sentirse libre y firme para filmar una película sólida, con algún altibajo, pero en su conjunto un buen título que hará emocionar a todos aquellos que les gusten los relatos duros y secos, pero también sensibles y conmovedores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez

CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE LIBERÓ.

“Demostrar que se puede ser a la vez un icono cultural de primer orden y el apóstol del trash”

(En referencia al cineasta John Waters)

Cine comercial, cine popular, cine industrial, cine de serie B español, cine de barrio, cine taquillero, cine de género o cine de explotación, solo son algunos de los calificativos que los expertos y aficionados  han utilizado para denominar a un cine español que nació en los 60 y llegó hasta los 80. Un cine en el que cabía de todo: desde spaguettis western, las denominadas películas de acción donde había films de guerra, de aventuras y cosas por el estilo, cine de terror. Después, con la muerte del dictador, apareció el cine del destape, comedias donde las señoritas aparecían ligeras de ropa, y cine quinqui, donde se hablaba sin tapujos de sexo y drogas. Películas que gustaban al público, convirtiéndose algunas en fenómenos sociales del momento, con vocacion internacional e intérpretes foráneos de renombre mediante las famosas coproducciones que, además de sortear a la temible censura, exportaban el cine fuera de nuestras fronteras. Un cine que ayudó y de qué manera al despertar social, sexual y moderno de muchísimos espectadores, después del oscuro pozo de la dictadura, y que visto desde la distancia se ha convertido en una crónica social y cultural de aquella España franquista, por un lado, y por otro, en aquella otra España que empezaba a caminar en la reciente democracia.

Los directores españoles Paco Limón, que algunos recordarán por dirigir una cinta de terror Doctor Infierno  (2007) y guionista de cómics, y Julio César Sánchez, periodista, realizador de televisión y productor asociado, juntan fuerzas para dirigir una película que no es solo un documento donde se hace una crónica sobre los hechos, las películas y las personas, sino que también, es una interesante reflexión de aquellas circunstancias desde la actualidad, con la ayuda de intérpretes y cineastas de antes y ahora, que no solo reivindican aquel cine con el que crecieron, sino que reivindican su autoría y su relevancia en la educación cinematográfica del público español. En la película escucharemos testimonios de gentes como  Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, los recientemente desparecidos Javier Aguirre, Álavaro de Luna y Jorge Grau, Eugenio Martín, Simón Andreu, Fernando Esteso, Lone Fleming, Emilio Linder, Enrique López Lavigne (uno de los productores del documental)  Antonio Mayans , Esperanza Roy, Loreta Tovar, José Lifante, Fernando Guillén Cuervo o Mariano Ozores, entre muchos otros. Testigos de un tiempo donde el cine más popular gozaba de la atención del público, en el que algunos explicarán aquellas ilusiones de chaval disfrutando con estas películas, y los profesionales que las hicieron, los que están y los que no.

La película a pesar de la cantidad de testimonios e imágenes no resulta en absoluto extenuante, sino todo lo contrario, emociona, es vibrante, y reflexiona sobre aquel cine de género y el que se hace hoy en día, haciendo un recorrido, deteniéndose en todos y todo, a veces cronológico y otros no, donde se repasan entre muchos otros títulos inolvidables como Condenados a vivir, de Romero Marchent, El bueno, el feo y el malo, de Leone, El diputado, de Eloy de la Iglesia, No profanar el sueño de los muertos, de Jorge Grau, La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, las películas de Chico Ibáñez Serrador, de Juan Piquer Simón, Carne apaleada, de Javier Aguirre, el cine de Paul Naschy, el de Jess Franco, el de Mariano Ozores, el de José A. de la Loma, o aquellas películas del destape con títulos imposibles donde prevalecía el humor del distribuidor. En la película también se hace mención del Videoclub, aquel lugar de barrio donde rebuscabas, recuperabas o descubrías películas que se acumulaban en aquellas estanterías, o preguntabas incesantemente por aquel título que ardías en deseo de ver.

Limón y Sánchez han construido una película con un grandísimo ritmo y energía, que combina a la perfección los testimonios, con cineastas actuales con aquellos profesionales que hicieron las películas, amén de los fragmentos de las películas de las que se hablaba, y ciertos aspectos de la historia del país muy significativos como los terribles problemas con la censura, donde el cine de terror gozaba de cierta libertad, siendo uno de los primeros en mostrar desnudos y demás, o el cine quinqui que mostró drogas, sexo o violencia, o indagó en temas de actualidad invisibles hasta entonces, y las relaciones con los intérpretes y profesionales extranjeros, y un sinfín de anécdotas que hacen de Sesión salvaje, uno de los grandes documentos no solo del cine más popular o comercial, sino una oda extraordinaria al cine en general, un grandioso a todos aquellos profesionales que hicieron este cine, y sobre todo, y esto es lo que eleva la película y su contenido, es la reivindicación sincera y veraz de muchos títulos denostados por muchos profesionales en su tiempo por el simple hecho de convertirse en taquilleros, o recibir durísimas críticas por desplazarse del cine de autor, muy duro con el franquismo, y de encaminarse por un cine de desahogo que a la postre muchas películas realizan una crítica igual o más que muchas películas, del franquismo y el sentir de los españoles de entonces. Limón y Sánchez consiguen hacer disfrutar al respetable con la película, en este viaje en el tiempo que evoca aquel cine y aquel tiempo, sino que lo recoloca en la actualidad, su legado en muchos profesionales de ahora, y sobre todo, en todas las virtudes, carencias y formas en las que se hizo y queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Vermut

Entrevista a Carlos Vermut, director de la película «Quién te cantará». El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Eva Llorach

Entrevista a Eva Llorach, actriz de «Quién te cantará», de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eva Llorach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.