Papicha, de Mounia Meddour

UN ESPÍRITU REBELDE.

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida”

Henrik Johan Ibsen

En sus primeros instantes, Papicha, la opera prima de Mounia Meddour (Moscú, Rusia, 1978) deja claros su forma y fondo, cuando arranca en mitad de la noche, filmando de forma inquieta la huida de dos jóvenes universitarias, Nedjma y Wassila, que salen a hurtadillas de la residencia donde viven. Cogen un taxi que les espera y las lleva a una discoteca en plena ebullición, donde en sus lavabos venderán la ropa que diseña y fabrica Nedjma. Estamos en la Argelia de 1997, el peor año de la escalada de violencia que arrancó a principios de la década de los noventa, cuando grupos extremistas religiosos se enfrentaron al gobierno, sembrando el terror en la sociedad con secuestros y asesinatos, la llamada “Década negra”. En ese contexto de conservadurismo atroz y horror, la película cuenta la realidad de Nedjam, a la que todos llaman “Papicha” (palabra típicamente argelina que significa “mujer divertida, bonita, liberada”) una joven universitaria que sueña con ser diseñadora de moda.

La cineasta argelina plasma buena parte de sus experiencias personales para hablarnos de un grupo de jóvenes rebeldes, combativas y resistentes en un país azotado por la violencia extrema, en el que reina el caos y la intolerancia a lo diferente, que persigue a todo aquel o aquella que protesta y crítica los abusos y la violencia que se hace en nombre de Dios. La cámara de Léo Levéfre (debutante en la ficción con Papicha, con amplia experiencia como cámara en las películas de Loach) consigue de forma intuitiva y transparente penetrar en el alma de Papicha y sus amigas, escrutando todas sus ilusiones y esperanzas a pesar del contexto tan hostil en el que viven, desde la mencionada Papicha, la citada Wassila que es una romántica empedernida, Samira, que sueña con exiliarse a Canadá o Mehdi, que desea respirar un poco más ante su inminente boda de conveniencia. Una luz tenue y llena de claroscuros que le viene como anillo al dedo a este relato de luces y sombras, que sigue a una joven que quiere romper las normas establecidas o el menos luchar contra ellas.

El montaje nervioso e incisivo de Damien Keyeux (estrecho cómplice del cineasta Nabyl Ayouch, un cineasta marroquí que crítica con dureza la falta de libertad en su país) se convierte en un elemento primordial, ya que se inserta con astucia y energía a ese rompecabezas troceado que demanda la historia de la película. Una fábula febril y combativa que no descansa en un solo instante, llevándonos de forma concisa e incisiva por todos los lugares en los que se desarrolla la película, en que cada vez la amenaza se cierne sobre Papicha y sus amigas, ya que la violencia extrema de los integristas va acercándose a ellas, como el elemento de los carteles que ordenan vestir el velo negro islámico radical a las mujeres, ejemplificando todo lo que va sucediendo, si en un principio aparece en las calles, pronto en las paredes de la residencia, hasta entrar en la habitación de Papicha y las demás, violentando e invadiendo sus espacios de libertad, donde sueñan, cantan, se visten y vibran, donde son ellas mismas sin ningún tipo de condena y mandato religioso. Meddour capta los detalles de la vida cotidiana de forma especial e íntima, recogiendo todo ese espíritu de documento de aquellos instantes que respira la película, bien enlazados con la ficción que explica la narración.

La joven Papicha tiene garra y fuerza, no se detiene ante las adversidades y la tragedia, su espíritu rebelde y resistente contagia a las demás y todas ellas se rebelan con el desfile de moda que quieren hacer, convertido en una acción política y de protesta contra la injusticia en la que están viviendo, enfrentando el “haik”, la pieza de tela de colores vivos que las mujeres se enrollan sobre el cuerpo, contra el “nicab”, el velo negro islámico importado del golfo, que escenifica la violencia, y el extremismo que quieren implantar los sectores más radicales de la sociedad. Aunque quizás el elemento que eleva la película, a parte de su estupendo y ágil guión firmado por Fadette Drouard y la propia directora, no sea otro que la maravillosa y naturalista composición de la joven intérprete Lyna Khoudri, que al igual que la cineasta vivió en sus carnes el exilio de Argelia, actriz de carácter y muy cercana, que ya había despuntado en la película Les bienheureux, de Sofia Djama. En Papicha se convierte en el alma de la función, en la guía y el motor que necesita la película para explicarnos los deseos y las ilusiones más íntimas de una mujer que no desea abandonar su país para estar bien, sino que quiere quedarse y construir su espacio de felicidad a pesar de todo, una elección que conmueve por su carácter rebelde y sobre todo, por sus ansías de cambiar las normas y luchar contra la injusticia.

Al lado de la magnífica Lyna Khoudri, destacan sus compañeras de rebelión que despuntan igual que ella, aportando naturalidad, energía y transparencia,  como Shirine Boutella como Wassila, la amiga inseparable y compañera de fatigas, muy diferente a Papicha, ya que cree en el amor como acto romántico y lleno de ilusión, aceptando la imposición masculina, bien acompañadas por Hilda Douaouda como Samira y Yasin Houicha en el rol de Mehdi, todas ellas reclutadas a través de las redes sociales. Papicha es una película humanista y certera en su discurso, con ese aroma que recogían las películas iraníes de Kiarostami o Panahi, o las más contemporáneas Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud, La bicicleta verde, de Haifaa Al-Mansour o El pan de la guerra, de Nora Twomey, entre muchas otras historias que han querido mostrar la lucha cotidiana y resistente de muchas mujeres árabes que se plantan ante el patriarcado y el extremismo religioso, que imponen su forma de vivir a través de una violencia atroz y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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