Entrevista a Lluís Quílez, director de la película «Bajocero», en la ECIB – Escola de Cinema de Barcelona, el miércoles 3 de febrero de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Quílez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, paciencia y cariño.
“Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro, y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz”.
Ana Frank
El universo cinematográfico de Zaza Urushadze (Tiflis, Georgia, 1965-2019), estaba condicionado por las continuas guerras en su país y alrededores. Sus historias siempre giraban en torno al conflicto bélico, ya fuese el de la Segunda Guerra Mundial como el reciente con Rusia. Aunque para el cineasta georgiano, la guerra siempre quedaba lejos, fuera del lugar de los hechos, no obstante, su sombra y sus consecuencias se mostraban de forma cruda y salvaje, porque los relatos de Urushadze giraban en torno a la existencia de unas personas sencillas que ven como al guerra irrumpe en sus apacibles vidas y las volvía completamente del revés, porque en sus películas, el asunto que más le interesaba retratar era el humanismo frente al horror de la guerra. En Anton, su amigo y la revolución rusa, adaptó la novela homónima de Dale Eisler, que se inspiró en hechos reales, además de ser uno de los coguionistas junto a Vadym Yermolenko y el propio director, en una cinta que ha convocado productoras de cinco países tan diversos como Ucrania, Georgia, Lituania, EE.UU. y Canadá.
El conflicto nos traslada a un pequeño pueblo de Ucrania en 1919, no muy lejos del Mar Negro, con los ecos todavía tan presentes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique. Un lugar donde conoceremos a Anton, hijo de inmigrantes alemanes y Jakob, hijo de inmigrantes judíos, dos niños que a pesar de sus diferencias religiosas y culturales, son dos buenos amigos, como demuestra el magnífico arranque de la película cuando observan el cielo e imaginan un mundo menos hostil que el que tienen abajo. La trama se desencadena cuando llegan al pueblo los bolcheviques completamente desatados y dispuestos a eliminar cualquier vestigio alemán en la zona, con una violencia crudísima y sin respuesta posible por parte de los aldeanos. Urushadze que, con la película Mandarinas (2013), conociendo las mieles del éxito, recorriendo decenas de festivales internacionales, incluso fue nominado a los Oscar y Globos de Oro, nos coloca en mitad de la acción, a través de la mirada de los dos niños.
Por un lado, tenemos la relación de amistad profunda y sincera de los dos niños, que son testigos del horror que se está apoderando del pueblo, con el invasor bolchevique, y por el otro lado, vemos las relaciones que se van generando en el pueblo y todo lo que se va cociendo en el mundo de los adultos, con el miedo y la angustia de la incertidumbre por la supervivencia. El director georgiano sabe manejar con soltura y muchísima habilidad el contexto bélico con lo humano, mostrando sensibilidad y humanismo sin caer en lo convencional y el sentimentalismo, con una historia difícil y muy compleja, donde la violencia salvaje siempre la vemos con la distancia prudente, y sobre todo, una película sabia ya que investiga las consecuencias de esa violencia desatada en los que quedan. La historia se cuenta desde la sobriedad y la austeridad, con pocos personajes, encuadres bien compuestos, una luz sombría pero llena de luz cuando aparecen los niños, y esos movimientos de cámara cuando la acción de los personajes lo demanda, y sobre todo, una composición mínima de los diferentes caracteres y actitudes de los personajes, que a medida que avanza el metraje, vamos descubriendo sus verdaderos deseos e intenciones.
Anton, su amigo y la revolución rusa, recoge de forma honesta y sencilla el aroma que desprendían películas como Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini, Juegos prohibidos (1952), de René Clement, La infancia de Iván (1962), de Andréi Tarkovski, Ven y mira (1985), de Elem Klímov, Adiós, muchachos (1987), de Louis Malle, o La tumba de las luciérnagas (1988), de Isao Takahata, entre otros, retratos profundos, sinceros y brillantes sobre niños en mitad de la guerra, que como les ocurre a Anton y Jakob, sus vidas no volverán a ser las mismas, y ese tiempo de guerra quedará marcado para siempre en el devenir de sus vidas. Como ocurría en Mandarinas, el reparto de la película destaca enormemente, desde su impresionante caracterización y sus miradas, en una película de poco movimiento, donde prevalece el buenísimo hacer de todos los intérpretes, y sobre todo, la forma en que Urushadze va creando y generando esa tensión que se nos agarra fuertemente y no nos suelta en toda la película, construyendo ese espacio de incertidumbre en el que viven todos los habitantes del pueblo, a la espera de las actuaciones violentas de un enemigo lleno de odio y vengativo, que se enfrentará a un pueblo organizado, resistente y muy valiente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todo en cuanto al amor es una cuestión de tiempo. No es bueno encontrarse con la persona adecuada muy pronto o muy tarde.”
Hay películas que van mucho más allá de la propia experiencia cinematográfica, ya sea por sus características técnicas, su contenido emocional o quizás, sea por lo que vive en nosotros, porque pasado el tiempo, siguen alimentándonos con su espíritu, algo así como una especie de dominio, como si nos poseyera, como si la propia materia intangible de la película se convirtiese en una segunda piel. Nunca sabremos los verdaderos motivos por el cual se produce este fenómeno indescriptible en nuestro cuerpo y mente, pero lo que si podemos afirmar que nosotros, tarde o temprano, siempre volvemos a sus imágenes, a aquel instante en que la vimos por primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado, en ese preciso momento en que entramos en un cine, las luces se apagaron, el silencio envolvió la sala, y las imágenes empezaron a proyectarse.
Después de la fantástica idea de la distribuidora Avalon de rescatar una serie de películas de Wong Kar-wai (Shanghái, China, 1958), en los cines, encabezada por Deseando amar (2000), con motivo de su veinte aniversario, debido a su éxito de público, reestrenan en más cines una de ese grupo de films estrenados bajo el título “El universo de Kar-wai”, y no es otra que 2046, la continuación de Deseando amar, donde volvemos a encontrarnos con el Sr. Chow, cuatro años después de la anterior, en ese 1966 tan vacío, sombrío y triste, convertido en un escritor afamado que vive en el Hotel Oriente de Hong Kong, en la habitación 2046, la habitación que compartió con la Sra. Chan, el espacio en el que no pudo consumar su amor. Después de un viaje a Singapur, debe ocupar la habitación 2047, ya que la suya está ocupada. El Sr. Chow se mueve por inercia, abrumado por el recuerdo del amor perdido, en una existencia más propia del que lo ha perdido todo, el que ya no desea más, ni sobre todo a nadie.
Kar-wai vuelve a hacer gala de un estilismo muy depurado y detallista, con esas imágenes ralentizadas, a las que incorpora otras a cámara rápida, donde la cámara sigue de cerca a los personajes, casi como una segunda piel, escrutándolos tanto a nivel físico como emocional, en una película muy fragmentada, donde cada encuadre nos muestra una ínfima parte del espacio, aprisionando a los personajes como si fuesen bestias enjauladas, oprimidas y vaciadas en su propio estado a la deriva, con esa amalgama de colores rojo, verde, amarillos, fluorescentes, pero sombríos y decadentes, como las no vidas de los personajes, con la cinematografía de Christopher Doyle, juntamente con Kwan Pun Leung y Lai Yiu-fai. La vida o no vida del Sr. Chan se llena de noches, de apuestas, de alcohol, y muchas mujeres, como si lo poco que le quedase de vida, quisiera encontrarla en el cariño femenino. Mujeres prostitutas en su mayoría, donde el amor se compra, donde todo vale lo que dura el dinero, donde todo se hace por un interés, quizás la metáfora más evidente de la no vida de Chan.
Chan conocerá a mujeres muy distintas entre ellas, una que se acuesta con el mejor postor, otra, Bai Ling (la natural y atractiva Zhang Ziyi, que despuntaba en el cine de Zhang Yimou, uno de los productores de la cinta), la joven y bella hija del dueño del hotel, enamorada de un japonés (la cercana y joven actriz) Faye Wong, y finalmente, Su Li-Zhen, con el mismo nombre que la añorada Sra. Chan. Ahora, una jugadora de cartas profesional, apodada como la “Araña Negra”, una femme fatale en toda regla, la típica mujer solitaria de un lugar oscuro y de perdición como los sitios de Singapur, en la piel de una extraordinaria Gong Li, durante muchos años la “musa” de Yimou, al que los más cinéfilos recordarán por títulos tan célebres como Sorgo rojo o La linterna roja, entre otros. El cineasta chino nos envuelve en una singular y maravillosa película, llena de personajes perdidos, que no encuentran su lugar, llevados por una decadencia tanto moral como física, donde las emociones intentan infructuosamente salvarse de lo inevitable, con el peso del tiempo otra vez como implacable con su ley de lo efímero y su fugacidad, en que el centro de la trama recae en el Sr. Chow, un extraordinario Tony Leung, que encarna a ese antihéroe del amor perdido, del recuerdo imborrable de la Sra. Chan, como el Rick de Casablanca, como un caballero sin armadura, un vagabundo del amor, deambulando sin destino, un aventurero errante, buscando un amor imposible, enamorado de aquella mujer que no puede olvidar, preso de sus recuerdos que, utiliza la ficción para recordar su amor, con ese viaje en tren solo de ida, donde sus personajes en su novela, que llama 2046, viajan a un futuro distópico, en el cual puede revivir recuerdos perdidos, una ficción donde va colocando a los personajes reales de su vida, en otro juego estupendo de la película, donde la vida no deja de ser un reflejo de todas las ficciones reales o inventadas que hemos vivido o no.
2046 es una tragedia, porque aunque no muere nadie físicamente, si que lo hace emocionalmente, acompañada con esa banda sonora que, al igual que ocurría en Deseando amar, es una interesantísima mezcla de versiones y brillantes temas como los del músico Shigeru Umebayasi, que vuelve a componer dos temas que son oro puro para los sentidos, o las dos versiones de “Siboney”, célebre tema de los sesenta, que por un lado escuchamos la instrumental de la Orquesta de Xavier Cugat, del que también oiremos “Perfidia”, y la versión en castellano de Connie Frances, alguna de Nat King Cole, y la joya de la corona, “Julien et Barbara”, el tema de Georges Delerue para Vivamente el domingo de Truffaut, otro drama romántico con amor oculto e imposible. 2046 es una desgarradora historia de amor imposible y vencido, como lo eran la citada Casablanca, de Curtiz o Tú y yo, de McCarey, bellas y tristes dramas románticos, que no solamente nos hablan de la parte oscura y difícil del amor, sino de su recuerdo, de ese recuerdo imborrable que no desaparece con el tiempo, que sigue alimentando nuestra alma y nuestra vida, que creemos inútil volver a reanimarlo con otras mujeres, peor es inútil, porque ninguna persona es igual a aquella, a aquella mujer que nos devoró el alma, o mejor dicho, aquel amor que nos embrujó, que nos dinamitó todo, que seguimos añorando, que nos descubrió la vida, el amor, sobre todo, a nosotros mismos, porque en este mundo hay muchas Señoras Chan que el tiempo no ha borrado, que siguen tan cercanas e íntimas en nosotros, porque el amor puede volver a nuestra vida, con otros rostros y en otros cuerpos y emociones, pero nunca como aquel que tuvimos, aquel que seguimos teniendo en sueños, aquel que sigue latiendo tan presente, aquel que el paso del tiempo no consigue borrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA.
Entrevista a Marta Cañas, Júlia Ferré y Fabián Castro, intérpretes de la película «Los pájaros no vuelan de noche», de Albert y Pau Sansa Pac, en el Monestir de Sant Cugat, el miércoles 3 de febrero de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Cañas, Júlia Ferré y Fabián Castro, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Pol F. Ryan, de producción de la película, por su amabilidad, paciencia y cariño.
Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola, directoras de la película «Descubriendo a José Padilla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 4 de febrero de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Figueras y Susana Guardiola, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su amabilidad, paciencia y cariño.
Entrevista a Albert y Pau Sansa Pac, directores de la película «Los pájaros no vuelan de noche», en su domicilio en Terrassa, el lunes 25 de enero de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert y Pau Sansa Pac, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Pol F. Ryan de producción de la película, por su amabilidad, paciencia y cariño.
“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachudos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.
Charles Chaplin en su libro de memorias.
Hace un siglo, en febrero de 1921, llegaba a los cines de EE.UU., The Kid (El chico), el primer largometraje de Charles Chaplin (1889-1977), luego vendrán La quimera del oro, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador, entre otras, películas que han trascendido al propio arte cinematográfico y se han instalado en nuestras vidas. Chaplin debuta en el cine mudo en 1914 con su personaje mendigo, y quiere llevarlo a un cine diferente, más largo y contando otro tipo de relatos. Será ese mismo año, en 1914, donde nació su “The Tramp”, de nombre Charlot, su vagabundo más pobre que las ratas, perdido, sin nada que hacer, comer, y sobre todo, un paria con una gran habilidad para meterse en líos, eso sí, un tipo que, a pesar de sus lamentables circunstancias, era un tipo refinado, con clase y de buenísimas maneras, porque lo cortés no quita lo valiente.
La primera vez que el cine vio a Charlot fue en Carreras sofocantes en 1914, de la compañía Keystone, aunque había sido en una película anterior Extraños dilemas de Mabel, donde ideó el atuendo de su célebre personaje, pero esta última película se estrenó después que la otra. Cien años después, nos llega a las pantallas, en una magnífica restauración con la exquisita técnica del 4K, El chico, donde Chaplin nos ofrece una delicadísima y magnífica película sobre la infancia, con esa ya imprescindible frase que abría la película: “Una película con una sonrisa, y quizá, una lágrima”. Una sentencia que sería el leit motiv de su carrera, porque Chaplin siempre buscaba esa idea en su cine, contar una historia apegada a la realidad más dura y desoladora, pero sin olvidar de sonreír, porque la existencia humana ya tiene mucho de drama en su propia idiosincrasia. Ver la nueva copia de El chico es una experiencia asombrosa, porque no solo engrandecen las imágenes filmadas por Chaplin cien años atrás, sino que nos envuelve en ese aura mágica que tiene el cine, esa emoción indescriptible cuando las luces se apagan y empiezan los sueños, y alguna que otra pesadilla.
Chaplin en aquel lejano 1921, quería ir más allá en su cine, y sobre todo, pretendía dar forma a una carrera en la que su vagabundo fuese el centro de atención en historias más dramáticas, ahí nació El chico, donde el genio nacido en Inglaterra, habla a tumba a vierta de su difícil y triste infancia, en la que, entre otras penalidades, sufrió verse separado de su madre, como rememorará en la extraordinaria secuencia cuando separan al vagabundo y al niño, en uno de esos momentos que han traspasado el cine, la pantalla y la historia. La historia que cuenta El chico es muy sencilla, un vagabundo encuentra por casualidad un bebé que cuidará como si fuese suyo, a pesar de las necesidades. Cinco años más tarde, los dos se han convertido en padre e hijo, y como dos granujas se ganan la vida como pueden y les dejan, inventando las triquiñuelas más imaginativas. Pero, todo cambiará cuando el niño enferma, aparece el médico y los servicios sociales quieren arrebatarle el niño ya que no es suyo. Charlot hará lo imposible para no perder al niño y que sigan estando juntos, situación que también desea el pequeño.
La indudable maestría de Chaplin es abrumadora, su composición del encuadre, sus maravillosas elipsis, el excelso tratamiento de los diversos conflictos, la infinita inventiva de mezclar drama y comedia en la misma secuencia, y con un dinamismo brutal, que nunca se agota, que siempre va a más, con un control sobre el tempo cinematográfico que ya era moderno y sigue siéndolo, donde todo va ocurriendo sin decaer en ningún instante, con una maravillosa intuición para mostrar lo oculto, y ocultar aquello que es necesario, en que el espectador se convierte en un agente despierto, inteligente y perspicaz. El crítico André Bazin lo describía a las mil maravillas en su “Introduction à une symbolique de Charlot”: (…) “Queda por señalar que las mejores películas de Chaplin pueden volver a verse una y otra vez sin que disminuya el placer, muy al contrario. Sin duda se debe a que la satisfacción que dejan determinados gags es inagotable por la profundidad que tienen, pero, sobre todo, a que ni la comicidad ni el valor estético son en absoluto deudores de la sorpresa. Ésta se agota una vez, y en su lugar queda un placer mucho más refinado que es la expectativa y el reconocimiento de una perfección”.
Para el personaje del niño, Chaplin optó por Jackie Coogan (1914-1984), un niño que lo enamoró mientras bailaba en un vaudeville. Porque el personaje del niño funciona como un doble del propio Charlot, una relación entre padre e hijo, pero también, una relación entre Charlot adulto y Charlot niño, en una simbiosis perfecta que funciona con elegancia y ritmo, dos almas necesitadas, sí, pero que irradian simpatía, sensibilidad y amor. Es un inmenso placer descubrir por primera vez el cine de Chaplin, y más aún, volver a descubrir y redescubrirlo cada vez que miramos una de sus películas, porque nunca se agotan, porque están llenas de inventos, de sueños, de alguna pesadilla, de humor, de alegría, y sobre todo, de humanismo, porque si Charles Chaplin y su añorado “Charlot”, han pasado a la historia del cine, y se han instalado en nuestra vida, es por sus características humanas, un cine sobre la condición humana, sobre lo que vemos y lo que ocultamos, un cine que se convierte en un reflejo de nuestras vidas, de lo que somos, y de lo que soñamos, esa humanidad que a veces nos olvidamos de ella, y nos empeñamos en ser quiénes no somos, Chaplin, a pesar de las injusticias, desigualdades y guerras, siempre nos habla desde el corazón, desde lo más profundo del alma, para que no olvidemos nuestra humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La migración es el camino hacia la muerte. Para sobrevivir, los pájaros deben formar parte de la bandada. Al acabar el invierno, las aves se dirigen con instinto a la primavera. Como grupo superan grandes distancias, manteniéndose unidas sin dejan a ninguna atrás. El líder y sus herederos deben guiar la bandada. Porque los pájaros como las personas crean una sociedad irrompible. Y por lo tanto, si un pájaro queda marginado de ella, su única opción será la muerte”.
Debutar en cualquier ámbito de la vida, siempre es una experiencia difícil y compleja. En el mundo artístico, y más concretamente en el cine, la tarea no solo resulta muy difícil, sino que conlleva la implicación de un equipo de personas que todos a una caminarán al mismo objetivo. Y cuando toda esa aventura, se hace cuando apenas se tiene experiencia en el medio, el trabajo va mucho más allá, ya que todo implica esfuerzos y sacrificios a nivel personal y profesional, donde cada jornada se hace más cuesta arriba y el aprendizaje para bien o mal, resulta constante.
Los pájaros no vuelan de noche es una primera película concebida desde el amor al cine, desde el infinito entusiasmo de un grupo de amigos que, siendo estudiantes de primero y segundo de la Escac, se lanzaron a hacer su opera prima, con una media de edad entre los 19 y 20 años, donde destacan los nombres de sus directores, Albert y Pau Sansa Pac, hermanos y gemelos de Palamós (Girona), del año 1998, el coguionista, junto a los directores, Biel Martí, el músico Eli Ben-Avi, el productor Pol F. Ryan, el cinematógrafo Iñaki González y el editor Oriol Domènech, entre un grupo de entusiastas, voluntariosos y firmes colegas, a los que se juntó, un grupo de intérpretes con Albert Salazar a la cabeza (conocido por su gran interpretación en la obra de teatro A.K.A. (Also Known As), todo un fenómeno de la escena independiente), Fabián Castro, Júlia Ferré, Marta Cañas y Xavi Soler. El relato arranca con Marc, que interpreta con soltura y sobriedad un inmenso Albert Salazar, un joven que después de un accidente, vuelve a la casa familiar donde les esperan sus amigos para intentar recordar su vida anterior.
Una sola localización, la casa en mitad del bosque, acotado a una sola jornada, donde la noche tendrá una gran importancia, pocos personajes, una luz elegante y muy sombría, y una planificación sencilla pero muy eficaz, moviéndose en un marco de thriller psicológico, con esa relación-reflejo de lo que ocurre a los seres humanos con el mundo de las aves, en que la ambigüedad tanto de los personajes, como del propio protagonista que, en algunos instantes se convierte en un tipo que recuerda y en otros, parece sumido en una especie de pesadilla por sus propios males. La película funciona mucho mejor cuando no se habla, en que la exquisita estilización con la que está contada, con momentos muy intensos y terroríficos, como la cena, donde el maravilloso juego de plano/contraplano, proporciona ese juego incómodo que tanto busca la película, o ese otro instante, con la piscina de por medio, donde al igual que le ocurre al protagonista, nos vemos inmersos en un kafkiano juego laberíntico en el que parece que no hay ni entrada ni salida, o ese otro conflicto con la escopeta de por medio, o ese otro, donde la seducción juega una baza esencial.
El tándem de directores nos lleva de la mano por esa casa, con sus encuadres íntimos y muy cerca de los personajes, descubriéndonos todo lo que ocultan y callan, mostrándonos un hogar/laberinto que cada espacio nos descubre algo inquietante y confuso, donde esos amigos, al igual que la desmemoria o no del protagonista, consiguiendo imponer una atmósfera fantástica, muy visceral, en que todos los elementos juegan al despiste, aunque sin alardeos innecesarios y piruetas narrativas o de forma excesivas, solo alguna secuencia algo atropellada, pero que en ningún caso desluce el tono general, porque la película se preocupa de guardar un tono sobrio y pausado, donde la pesadilla va subiendo sin prisas, ahogando al protagonista, con la tensión en aumento, y con una resolución que no se hace esperar en exceso, porque sus breves pero intensos setenta minutos de metraje también ayudan a no revelar ni a extender una duración porque si, sino ajustándose al relato y su propia resolución, que se convierte en un hallazgo que se agradece.
Un relato que consigue seducirnos con pocos elementos y sobre todo, con un gran trabajo del plantel de jóvenes intérpretes, el ya citado Salazar, bien acompañado por Fabián castro en la piel de David, el líder del grupo de amigos, siniestro y demasiado juguetón, quizás traspasando algún que otro límite, Marta Cañas (que habíamos visto y nos había enamorado por su naturalidad en películas como Les amigues de l’Àgata y Yo la busco), Júlia Ferré como Mónica, el personaje más complejo de la película, porque juega constantemente, al igual que hace la película, a la ambigüedad y el juego con Marc, que defiende con habilidad la joven actriz, y Xavi Soler como Víctor, un personaje que parece ausente, pero quizás son meras apariencias. Los pájaros no vuelan de noche, de Albert y Pau Sansa Pac, una película honesta y seductora, con todos los aciertos y dudas de cualquier opera prima, hermanada a El increíble finde menguante (2018), de Jon Mikel Caballero, otro thriller psicológico y debut, donde la protagonista, al igual que Marc, se verá sometida a un entramado confuso y desagradable en el que deberá encontrar su propio destino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Keyla Alterachs, Luz Portero y Leo Durán, intérpretes de la película «Voces rotas», de Héctor Fáver, en Barcelona, el jueves 28 de enero de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Keyla Alterachs, Luz Portero y Leo Durán, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.
“El derecho a tener derechos o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad debería ser garantizado por la misma humanidad”
Hannah Arendt
Una de las partes más importantes del cine es la de descubrirnos historias, y sobre todo, dar a conocer a las personas que hay detrás de esos relatos. Personas anónimas, personas que, la vorágine periodística narcotizada por la actualidad más gritona, suele olvidar con demasiada facilidad o no darle el protagonismo que merece su inmensa labor humanitaria. Lea Tsemel (Haifa, Israel, 1945), es una de esas personas, una persona que es israelí, pero está en contra de la política de su gobierno contra los palestinos. Tsemel se ha forjado un carácter indomable y férreo, además de convertirse en una ferviente luchadora de los derechos humanos en Israel, pero no lo hace contra los palestinos, sino a favor de ellos, porque esta letrada combativa y resistente, lleva más de medio siglo luchando contra la opresión y ocupación ilegal de Israel en Palestina, defendiendo a personas acusadas de actos muy violentos contra la seguridad de Israel. Una mujer que ejerce su profesión de abogado con entusiasmo y amor, a pesar de ser siempre derrotada por los tribunales penales de Israel, que, aún así, sigue creyendo en la justicia y mantiene la esperanza de salvar de la prisión a sus defendidos.
Rachel Leah Jones (EE.UU., 1970), se ha pasado toda su carrera cinematográfica planteando historias sobre el eterno conflicto entre palestinos e israelíes, pero en Advocate, que codirige con Philipe Bellaiche (Francia, 1967), uno de sus cinematógrafos, se pone en el otro lado del espejo, construyendo una película directa y en presente, aunque tenga algunos flashbacks, en los que se pone en relieve el inmenso trabajo que Lea Tsemel lleva desde hace más de cincuenta años, haciendo especial énfasis a su conversión que la llevo a una defensora de Israel a poner en duda sus políticas opresivas y de exterminio contra el pueblo palestino, pasando por sus casos más importantes, en los que se incluyen los cargos contra su marido, su ajetreada vida personal, su figura en un país que rechaza profundamente a los israelíes que defienden a los palestinos, y demás datos relevantes, que no ensalzan la figura de Tsemel, sino que sirven para investigar más profundamente a nivel personal y profesional, una mujer que cree en la justicia, y en la defensa de sus clientes, y trabaja incansablemente para conseguir su libertad.
La película, con esa estructura y transparencia propia del cine de Frederick Wiseman, en la que se muestra todo lo que lo dejan mostrar, y las personas que habitan esos lugares, espacios fríos y burocráticos, que ensombrecen la humanidad o simplemente, la inutilizan. Advocate se centra en la cotidianidad de la abogada, y más concretamente, en dos casos en cuestión: el de Ahmad, un niño de 13 años acusado de varios intentos de homicidio, y el de Israa Jaabis, una mujer acusada de intento frustrado de atentado suicida. La cámara se convierte en la sombra de Lea Tsemel, filmando su oficina, sus investigaciones, los kafkianos procedimientos en los tribunales, los encuentros con los acusados y familiares, componiendo una intimidad y sensibilidad admirables, manteniéndose en la distancia correcta para hablarnos de todo, sin caer en el sentimentalismo o en el mero documento superficial, aquí se muestra todo, todo lo que dejan, porque algunas partes, como el rostro de los acusados y algunos funcionarios, quedan ensombrecidos mediante la novedosa técnica de la ilustración partiendo la pantalla.
Jones y Bellaiche no solo han hecho un retrato concienzudo, sobrio y brillante de alguien ejemplar, tanto a nivel humano como profesional, una mujer que cree en la culpabilidad de sus acusados, pero con matices, yendo al problema importante del conflicto, la brutal opresión ejercida por el gobierno de Israel al pueblo de Palestina durante más de medio siglo, en la que una guerra abierta entre unos y otros, acaba por llevar al oprimido a hacer actos que son salvajemente condenados por el opresor. Cine humanista, cine que habla de las personas y sus circunstancias, de las personas más sencillas y humildes, las que se levantan cada día para hacer de este mundo un lugar mejor, aunque tan difícil resulte, y eso acaba generando la mirada y la forma que ejercen los cineastas (“La búsqueda de la humildad es lo más importante, especialmente si quieres edificar una ética, si quieres alcanzar una cierta moral”, en palabras de Rossellini. Porque al fin y al cabo, la película va más allá del mero retrato de alguien que es asombroso, sino que lo estudia y lo investiga para construir el relato más transparente, político, social y humanista que sea posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA