Los pájaros no vuelan de noche, de Albert y Pau Sansa Pac

UNA NOCHE PARA RECORDAR.

“La migración es el camino hacia la muerte. Para sobrevivir, los pájaros deben formar parte de la bandada. Al acabar el invierno, las aves se dirigen con instinto a la primavera. Como grupo superan grandes distancias, manteniéndose unidas sin dejan a ninguna atrás. El líder y sus herederos deben guiar la bandada. Porque los pájaros como las personas crean una sociedad irrompible. Y por lo tanto, si un pájaro queda marginado de ella, su única opción será la muerte”.

Debutar en cualquier ámbito de la vida, siempre es una experiencia difícil y compleja. En el mundo artístico, y más concretamente en el cine, la tarea no solo resulta muy difícil, sino que conlleva la implicación de un equipo de personas que todos a una caminarán al mismo objetivo. Y cuando toda esa aventura, se hace cuando apenas se tiene experiencia en el medio, el trabajo va mucho más allá, ya que todo implica esfuerzos y sacrificios a nivel personal y profesional, donde cada jornada se hace más cuesta arriba y el aprendizaje para bien o mal, resulta constante.

Los pájaros no vuelan de noche es una primera película concebida desde el amor al cine, desde el infinito entusiasmo de un grupo de amigos que, siendo estudiantes de primero y segundo de la Escac, se lanzaron a hacer su opera prima, con una media de edad entre los 19 y 20 años, donde destacan los nombres de sus directores, Albert y Pau Sansa Pac, hermanos y gemelos de Palamós (Girona), del año 1998, el coguionista, junto a los directores, Biel Martí, el músico Eli Ben-Avi, el productor Pol F. Ryan, el cinematógrafo Iñaki González y el editor Oriol Domènech, entre un grupo de entusiastas, voluntariosos y firmes colegas, a los que se juntó, un grupo de intérpretes con Albert Salazar a la cabeza (conocido por su gran interpretación en la obra de teatro A.K.A. (Also Known As), todo un fenómeno de la escena independiente), Fabián Castro, Júlia Ferré, Marta Cañas y Xavi Soler. El relato arranca con Marc, que interpreta con soltura y sobriedad un inmenso Albert Salazar, un joven que después de un accidente, vuelve a la casa familiar donde les esperan sus amigos para intentar recordar su vida anterior.

Una sola localización, la casa en mitad del bosque, acotado a una sola jornada, donde la noche tendrá una gran importancia, pocos personajes, una luz elegante y muy sombría, y una planificación sencilla pero muy eficaz, moviéndose en un marco de thriller psicológico, con esa relación-reflejo de lo que ocurre a los seres humanos con el mundo de las aves, en que la ambigüedad tanto de los personajes, como del propio protagonista que, en algunos instantes se convierte en un tipo que recuerda y en otros, parece sumido en una especie de pesadilla por sus propios males. La película funciona mucho mejor cuando no se habla, en que la exquisita estilización con la que está contada, con momentos muy intensos y terroríficos, como la cena, donde el maravilloso juego de plano/contraplano, proporciona ese juego incómodo que tanto busca la película, o ese otro instante, con la piscina de por medio, donde al igual que le ocurre al protagonista, nos vemos inmersos en un kafkiano juego laberíntico en el que parece que no hay ni entrada ni salida, o ese otro conflicto con la escopeta de por medio, o ese otro, donde la seducción juega una baza esencial.

El tándem de directores nos lleva de la mano por esa casa, con sus encuadres íntimos y muy cerca de los personajes, descubriéndonos todo lo que ocultan y callan, mostrándonos un hogar/laberinto que cada espacio nos descubre algo inquietante y confuso, donde esos amigos, al igual que la desmemoria o no del protagonista, consiguiendo imponer una atmósfera fantástica, muy visceral, en que todos los elementos juegan al despiste, aunque sin alardeos innecesarios y piruetas narrativas o de forma excesivas, solo alguna secuencia algo atropellada, pero que en ningún caso desluce el tono general, porque la película se preocupa de guardar un tono sobrio y pausado, donde la pesadilla va subiendo sin prisas, ahogando al protagonista, con la tensión en aumento, y con una resolución que no se hace esperar en exceso, porque sus breves pero intensos setenta minutos de metraje también ayudan a no revelar ni a extender una duración porque si, sino ajustándose al relato y su propia resolución, que se convierte en un hallazgo que se agradece.

Un relato que consigue seducirnos con pocos elementos y sobre todo, con un gran trabajo del plantel de jóvenes intérpretes, el ya citado Salazar, bien acompañado por Fabián castro en la piel de David, el líder del grupo de amigos, siniestro y demasiado juguetón, quizás traspasando algún que otro límite, Marta Cañas (que habíamos visto y nos había enamorado por su naturalidad en películas como Les amigues de l’Àgata y Yo la busco), Júlia Ferré como Mónica, el personaje más complejo de la película, porque juega constantemente, al igual que hace la película, a la ambigüedad y el juego con Marc, que defiende con habilidad la joven actriz, y Xavi Soler como Víctor, un personaje que parece ausente, pero quizás son meras apariencias. Los pájaros no vuelan de noche, de Albert y Pau Sansa Pac, una película honesta y seductora, con todos los aciertos y dudas de cualquier opera prima, hermanada a El increíble finde menguante (2018), de Jon Mikel Caballero, otro thriller psicológico y debut, donde la protagonista, al igual que Marc, se verá sometida a un entramado confuso y desagradable en el que deberá encontrar su propio destino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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