Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

DÍA EN FAMILIA EN LA TIERRA. 

“Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”. 

Robert Bresson 

De las 16 películas y media que componen la filmografía de Jim Jarmusch (Cuyahoga Falls, Ohio, EE. UU., 1953), encontramos algunas estructuradas en forma episódica: Mystery Train (1989), breves historias que suceden en Memphis, Noche en la Tierra (1991), pequeñas tramas a bordo de un taxi por medio mundo, y Coffe and Cigarettes (2003), conversaciones alrededor del café y el tabaco. Su última película Father Mother Sister Brother se une a lo episódico a través de tres fragmentos que tiene en común la familia, en la que tres visitas serán el epicentro de las situaciones. En la primera, que ocurre en uno de esos pueblos de montaña en New Yersey, un par de hermanos visitan a su padre. En la segunda, nos trasladamos a Dublín, en la que una madre espera la llegada de sus dos hijas, tan diferentes como distantes. Y en la última, la visita se desarrolla en París, en la que dos hermanos acuden, por última vez, al piso que compartieron con sus padres fallecidos. 

Después de una extensa y brillante filmografía como la del cineasta estadounidense sería inapropiado recordar sus grandes virtudes como narrador de la condición humana, aunque sí que podemos detenernos en su forma de representarlas, ya que, en ese sentido resulta uno de los mayores cineastas vivos en detenerse, observar y penetrar en esa oscuridad insondable que somos cada uno de nosotros. A partir de situaciones que se van a ir repitiendo en las tres historias como el agua y sus sabores, o un rolex falso, unos skeaters y los colores de los muebles y objetos, el director traza unas conversaciones a cerca de la familia, la memoria, los recuerdos, y sobre todo, en un leit motiv que se repite en todas sus películas, la relación de los presentes y los ausentes. La representación en el cine del norteamericano se basa en el vaciado, en aquello que Schrader mencionó en su magnífica obra “El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer.”, donde lo importante es aquello que no se ve, lo tangible y lo más cotidiano como forma de relación entre los personajes, la repetición de los diferentes planos y encuadres, y de las diferentes situaciones para indagar en la forma más pura y honesta de representación y sus múltiples variaciones. 

Como es costumbre Jarmusch se rodea de grandes técnicos como los cinematógrafos Frederick Elmes, con más de 60 películas al lado de Lunch, Cassavetes, Ang Lee y Todd Solondz, que ha estado en 6 títulos del director desde que hicieron juntos la citada Noche en la Tierra. El otro director de fotografía es Yorick Le Saux, con más de 40 películas, junto a Ozon, Assayas, Zonca, Guadagnino y Denis, y dos films con “Jimmy”. Los concisos y sobrios encuadres y planos en mitad de un quietud que traspasa, con esos planos cenitales tan hermosos como inquietantes, llena de tonos sombríos y tenues, y la idea de reposo absoluto donde los personajes miran y se mueven al son de una marcha silenciosa y muy cauta. La música la firman el propio director y Anika, artista de música electrónica y psicodelia, abraza ese tono realista y no acción que se impone en el tempo de la película. El montaje de Affonso Gonçalves, 5 películas con Jarmusch, amén de obras con Ira Sachs, Todd Williams y Todd Haynes, consigue esa idea de lo físico con lo metafísico en sus reposadas casi dos horas de metraje, en la que cada personaje asume un rol donde lo que hace y no dice tiene que ver con aquello que quiere expresar, pero no de un modo directo sino a partir de subterfugios inherentes que van emergiendo en las triviales y superficiales encuentros. 

Los repartos de las películas desde el lejano debut con Permanent Vacation (1980) siempre han estado poblados de su “rebaño”, es decir, sus amigos músicos y demás artistas de su espacio neoyorquino. El padre no podría ser otro que Tom Waits, desde los inicios en el universo de Jarmusch,. Un actor tan peculiar como los diferentes personajes que ha hecho en las pelis del director afincado en New York. Sus hijos son Adam Driver, que fue el silencioso conductor de autobuses de Paterson (2016), y Mayim Bialik, que muchos recordamos como la brillante Blossom. Charlotte Rampling es la madre dublinesa, y sus hijas son la preferida Cate Blanchett y la rarita Vicky Krieps. Luka Sabbat y Indya Moore son la pareja de hermanos parisinos, amén de la presencia de Françoise Lebrun, la inolvidable amante de La mamá y la puta (1973), de Eustache. Unos intérpretes que se apoyan en los silencios y en la “no actuación” para encarnar a unos personajes que ejercitan la inacción, a través de miradas, gestos y demás acciones invisibles en las que construyen unos personajes que hablan muy poco o lo justo, o quizás, no les hace falta verbalizar lo que ya sus acciones explican. 

El largo título de Father Mother Sister Brother no sólo ejemplifica esa idea de análisis certero y directo sobre el significado ya no sólo de la familia, de esos seres extraños que se confunden en la maraña de las relaciones y (des) encuentros, sino de algo mucho más profundo que encontramos en toda la filmografía y brillante de Jarmusch, y no es otra que esa idea de que los pequeños e insignificantes de la vida son la vida, es decir, que lo demás, la mayoría de cosas que hacemos en nuestra existencia, son cosas que sirven para lo que sirven, pero que las otras cosas, las que apenas apreciamos por nuestras estúpidas prisas y demás, son las que hacen la vida un lugar que vale la pena estar, no en un sentido de ociosidad y fervor alucinatorio donde las actividades físicas y experiencias de otra índole nos llenan la vida, pero la alejan del verdadero no significado de la vida, y que no es otro, que la de sentarse frente a un ventanal, con un té en la mano, y mirar detenidamente el agua azul del lago, el caer del día y los diferentes destellos de luz. Quizás de tanto buscar la vida nos olvidamos que la tenemos tan presente que no la miramos, y nos dedicamos a atiborrarla de cosas y más cosas, y nos perdemos la invisibilidad, lo que no vemos, y lo que sentimos en la cotidianidad de la quietud, del silencio y de lo espectral, rodeado de tantos fantasmas que nos acompañan como les sucede a los personajes de Jarmusch, rodeados de lo que no se ve y de los que no se ven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta el fin del mundo, de Viggo Mortensen

HISTORIA DE UN AMOR. 

“Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos. Aunque te parezca absurdo, yo he llorado cuando tuve conciencia de mi amor hacia ti, por no haberte querido toda la vida”

Antonio Machado 

Me gusta pensar que Hasta el fin del mundo (“The Dead don’t Hurt”, en el original), la segunda película de Viggo Mortensen (Watertown, New York, 1958), nace de dos películas que protagonizó el actor danés-estadounidense como Appaloosa (2008), de Ed Harris y Jauja (2014), de Lisandro Alonso. Dos western crepusculares, o como a mi me gusta describirlos: “No Westerns”, es decir, historias donde la épica y el heroísmo de los primeros años del género ha desaparecido, donde sus protagonistas son almas de vuelta, entrados en los cincuenta y sesenta, seres que fueron y ya no son, individuos perdidos y solitarios que ya no encuentran su lugar y mucho menos su paz, tipos que la modernidad materialista ha pasado muy por encima. Hombres a caballo que arrastran demasiadas derrotas, demasiados recuerdos y sobre todo, demasiados amores perdidos. En definitiva, fantasmas vagando por unos territorios ajenos, raros y vacíos. 

Mortensen se aleja de su primera película o quizás, se sitúa en otra perspectiva sobre el significado de amar. si en aquella Falling (2020), se centraba en la imposible relación entre un autoritario padre y su hijo homosexual. Ahora, el amor que nos explica es un amor maduro, un amor inesperado, y un amor entre dos seres independientes, libres y valientes. Dos almas que se encuentran o reencuentran, quién sabe. Durante la mitad del XIX, tenemos a Holger Olsen, un inmigrante danés que se agencia una abandonada y pequeña granja en Elk Falts en Nevada, un pueblo cerca de la frontera.  Un día, conoce a Vivienne Le Coudy, otra desplazada pero francesa, que es su alma gemela y los dos se enamoran, o lo que es lo mismo, los dos aceptan sus soledades y sus formas de compartirla. Tiene la película el aroma de Doctor Zhivago (1965), de David Lean, tanto en un amor imposible y una coyuntura política y violenta difícil de soportar. No voy a entrar en detalles del argumento, pero pueden imaginarse que la película está estructurada a través de los arquetipos del género: un pueblo miedoso, los típicos caciques, dueño del banco y del salón, que controlan el cotarro, y además, el matón de turno. Almas oscuras que, desgraciadamente, se verán las caras con la paz en la que viven Holger y Vivienne. Sólo decir que el guion, también de Mortensen, está dividido en dos tiempos, el presente y el pasado, o lo que es lo mismo, lo vivido y lo recordado, con la guerra de Secesión en la trama, aparta a él de ella y la deja sola, como si fuera Penélope esperando a Ulises, pero en una espera quieta sino muy activa, centrándose en su cotidianidad, en su trabajo, en su carácter y en la transformación de una granja sin más en un agradable hogar. 

Mortensen se ha rodado de dos grandes productores como Jeremy Thomas, toda una institución en la industria cinematográfica con más de 70 títulos a sus espaldas al lado de extraordinarios cineastas como Bertolucci, Wenders, Cronenberg, Frears y Skolimowski, entre muchos otros, y Regina Sólorzano, detrás de éxitos recientes como La isla de Bergman (2021), de Mia Hansen-Love y El triángulo de la tristeza (2022), de Ruben Östlund, amén de parte del equipo que ya estuvo con él en Falling como el director de fotografía Marcel Zyskind, habitual de Michael Winterbottom, consiguiendo esa luz tenue y acogedora en la que no sólo se detallan los pliegues de la intimidad, sino aquella leve brisa donde nada ocurre y en realidad, ocurre la vida o eso que llamamos vida, la edición de Peder Pedersen, que debuta con esta película, en una obra nada fácil que se va a los 129 minutos de metraje, pero que no es un hándicap, ni mucho menos, porque se cuenta sin prisa, con las debidas pausas, y sin embellecer nada, hurgando en las vidas pasadas y presentes de sus dos protagonistas y demás almas que se encuentran, y tres cómplices como los diseñadores de producción Carol Spier y Jason Clarke, y la diseñadora de vestuario Anne Dixon. 

Un reparto encabezado por la magnífica Vicky Krieps que, a cada película que vemos de ella, no sólo incrementa su altura como actriz, sino que nos deja alucinados con sus múltiples registros y detalles, en unos interpretaciones basadas en la mirada y el gesto, comedidos y sin estridencias, desde dentro, transmitiendo sin hablar todo el peso y la memoria de sus respectivos personajes. Estoy enamorado de la calidad interpretativa de una mujer que añade profundidad a cada gesto de la inolvidable Vivienne Le Coudy, tan misteriosa como sencilla, tan cercana como de verdad, un personaje que está a la misma altura de Lara que hacía Julie Christie en la antes mencionada obra cumbre de Lean. Dos almas enamoradas, dos almas inquietas, dos almas independientes y sobre todo, dos almas humanas. Mortensen que, a parte se encarga del guion como he comentado, de la coproducción, de la música, excelente composición, como ya hizo en las citadas Jauja y Falling, y de partenaire de la Krieps, en la piel de Olsen, un tipo maduro, un tipo que ha cabalgado mucho tiempo, y ya cansado quiere estar tranquilo y en paz consigo mismo, aunque todavía le quede algo de aventura y acción, con la misma sobriedad que su compañera de reparto, en el mismo todo y con la mirada llenando el cuadro. Les acompañan un elenco comedido y profundo, que con poco hacen mucho, como el chaval, que recuerda cuando el actor hizo La carretera (2009), de John Hillcoat y la compañía de grandes actores como los Danny Huston, Garret Dillahunt y Solly McLeod, el trío calavera de la cinta, volvemos a encontrarnos con Lance Henriksen que fue su padre en Falling, y los veteranos Ray McKinnon y W. Earl Brown, entre otros. 

No se pierdan una película como Hasta el fin del mundo, según el distribuidor, porque es una película que recuerda a aquellos westerns como El árbol del ahorcado, de Delmer Deaves, El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, Érase una vez el oeste, de Leone, La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, El juez de la horca, de Huston, Sin perdón, de Eastwood, y muchas más, que arrancó a finales de los cincuenta y cayó a finales de los setenta, con alguna excepción. Sólo son unas pocas porque los amantes del género sabrán muchas más, y tendrán sus favoritas. Un cine que dejó el falso heroísmo, tan propagandístico en el Hollywood que vendía felicidad, y comenzó a mirar el no western con nostalgia, centrándose en sus mayores, en lo quedaba después de años de deambular por el desierto y los pueblos, y por tantas llanuras y desafíos, que quedaba de esos hombres a caballo, pistola en el cinto y sin más hogar que el que cabía en las alforjas de su caballo. Hombres convertidos en meras sombras y espectros de lo que fueron, alejados de la leyenda y siendo hombres viejos, cansados y con ganas de paz y por qué, no, enamorarse. Quizás es mucho pedir, pero viendo sus biografías, era lo que desearíamos cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Más que nunca, de Emily Atef

QUÉ HACER CUANDO TE ESTÁS MURIENDO.

“Los vivos no pueden entender a los moribundos”.

No es la primera vez que la muerte está presente en el cine de Emily Atef (Berlín, Alemania Occidental, 1973), ya que la ha tratado en un par de sus películas. En Mátame (2012), en la que una adolescente, hastiada y desilusionada por la vida, le pide a un preso fugado que acabe con su vida, porque ella no se atreve a suicidarse. En 3 días en Quiberón (2018), se centraba en la actriz Romy Schneider que vive en una clínica de rehabilitación donde se recupera de sus adicciones y depresiones. Aunque es con esta última, que Más que nunca tiene sus conexiones, ya que ambas nos hablan de dos mujeres que deciden alejarse para encontrarse consigo mismas y aclarar sus existencias. Si en la citada, la cosa iba sobre una actriz a la deriva, ahora la situación la protagoniza Hélène, una mujer, también a la deriva, que no puede trabajar porque está enferma, una de esas dolencias raras que se llama “Fibrosis pulmonar idiopática”, que afecta a la respiración de forma severa. La enferma vive con su marido, Mathieu, en Burdeos, un lugar que para Hélène se ha convertido en una prisión, porque nadie la entiende, y la ciudad es una losa que le impide respirar y vivir. El descubrimiento de un blog escrito por otro moribundo, despertará en la mujer los deseos de salir de su espacio y viajar a Noruega, con el fin de descubrirse y perderse en la inmensidad de la naturaleza nórdica. 

La directora franco-iraní, que escribe el guion junto al alemán Lars Hubrich, del que conocemos sus trabajos para Fatih Akin en Goodbye, Berlín (2016), y Marcus Lenz en Rival (2020), nos sumerge en un relato extremadamente sobrio, con apenas tres personajes, donde abundan las miradas y los silencios, en una historia dividida en dos partes muy bien diferenciadas. En una, estamos en la mencionada Burdeos, una ciudad que apenas vemos, un lugar extraño y ajeno para la protagonista, un espacio filmado en planos cerrados y cortos, donde prevalece el diálogo y la sensación de miedo y dolor. En la segunda mitad, nos trasladamos a Noruega con Hélène, lo urbano deja paso a la inmensidad de la naturaleza, con esos planos largos y muy abiertos, donde vemos la diminutez humana comparada con el paisaje desbordante, rodeados de un lugar inhóspito por su luz, porque en verano no anochece, una hostilidad el inicio que dejará paso a un nuevo nacimiento para la enferma, que volverá a sentir las cosas, su cuerpo, su ser y sobre todo, su humildad y pequeñez ante la grandeza e inmensidad del paisaje de los fiordos. Allí, volverá a nacer, volverá a convertirse en alguien, esa persona que la enfermedad había anulado, allí, junto a Mister, o Bent, que la dejará en paz, con esas conversaciones donde Hélène encontrará a alguien que no la juzga, que no la trata como una inútil, y sobre todo, a alguien que la entiende sin imponer ni expresar nada, muy diferente que Mathieu. 

Atef construye una película minimalista, muy cercana, con un pequeño conflicto o muy grande, como cada espectador quiera ver o sentir, sin estridencias ni artificios innecesarios, contada de forma tranquila y reposada, como las historias grandes, donde las emociones se pueden sentir de verdad, cada gesto y cada tos, donde podemos escuchar el más leve sonido, incluso los silencios, donde hay vida, y también, muerte, donde lo humano se manifiesta y se hace cercano. Una cuidada, bellísima e hipnótica, que no redundante, cinematografía de uno de los grandes del cine francés como Yves Cape, que tiene en su haber películas con Alain Berliner, Bruno Dumont, Patrice Chéreau, Claire Denis, Gianni Amelio, Leos Carax, Michel Franco y Bertrand Bonello, entre muchos otros. El gran trabajo de montaje por el tándem Sandie Bompar, que ha estado en la reciente Fuego, de Claire Denis, y Hansjörg WeiBbrich, que montó 3 días en Quiberón, y películas de Aleksandr Sokurov, Bille August y Hans-Christian Schmid, entre otros. La excelente música del debutante Jon Balke, añade esa sutileza e intimidad que tanto pide una película de tema devastador, pero nunca regodearse en la tragedia ni sobre todo, que nunca cae en la estupidez ni en la sensiblería. 

Ya hemos comentado los tres únicos personajes que habitan la película. Tenemos al actor noruego Bjorn Floberg, que ha trabajado indistintamente en las cinematografías de su país y danesa, con nombres reconocibles como los de Erik Gustavson, Nils Gaup y Ole Bornedal, y más. Un personaje de la segunda parte de la historia, ese Mister/Bent, una especie de ángel de la guarda, o mejor dicho, alguien igual que ella, alguien moribundo que no sólo ha alejado ese positivismo estúpido que viene de los vivos, sino que se ha aislado y sobre todo, ha conectado mucho consigo mismo, una experiencia que tambiéne está viviendo Hélène, por eso se entienden casi sin palabras, porque no buscan respuestas ni tampoco falsas esperanzas, están conectándose con la vida sin falsos moralismos, y aceptando su muerte. Luego, tenemos al matrimonio de Gaspard y Hélène, él, que está sano, sigue a lo suyo, esperanzado, positivo y más cosas, muy de los vivos, que hace espléndidamente Gaspard Ulliel, al que va dedicada la película, porque cuando la películas estaba en proceso de posproducción, murió trágicamente mientras esquiaba. Su personaje Mathieu también hará su particular viaje, un proceso que es muy duro, pero inevitable y la más sincera y profunda prueba de amor. 

Frente a él, tenemos a Vicky Krieps, la actriz luxemburguesa, que descubrimos en Hilo invisible (2017), de Paul Thomas Anderson, y alucinamos cada vez que la vemos en la pantalla, porque es una actriz a la altura de la Davis, la Hepburn, la Streep, la Blanchett, y no exageró en absoluto, porque su mirada, su forma de moverse, su silencio, esa forma de bañarse en las aguas frías, y su paseos, y su tranquilidad, y sus ataques, sólo consiguen que nos creamos todo lo que hace en esta delicada y sincera película, porque Krieps hace y deshace a su antojo, y construye una Hélène en su trance más difícil porque debe conectarse consigo misma y con su enfermedad, y con el paisaje noruego, sólo para estar con ella, para sentir con ella, para liberarse de todos y todo, y sobre todo, para sentirse libre y flotando, como en algún que otro momento experimenta en los fiordos, y decidir su vida o lo que le quede de ella, y aún más, decidir como será el final de su vida, como será su despedida, sin tristezas ni agobios, sino en paz con ella misma y nada más, porque la vida es eso, ese período finito en el que todos y todas nos veremos en algún momento de nuestras vidas, y en ese proceso encontrarnos y encontrar nuestro lugar, sea aquí, allá o dónde sea, pero en libertad, con respeto, dignidad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los tres mosqueteros: D’Artagnan, de Martin Bourboulon

¡VIVAN D’ARTAGNAN Y LOS TRES MOSQUETEROS!. 

“Todos para uno y uno para todos”. 

Es de sobra conocido que la novela “Los tres mosqueteros”, de Alexandre Dumas (1802-1870), publicada en 1844, se convirtió desde su nacimiento en una de las novelas clásicas de aventuras por antonomasia, erigiéndose en uno de los libros de referencia para muchos lectores de todas las edades. El cine la ha adaptado en numerosas ocasiones, pero quizás faltaba “La adaptación”, y me refiero que la cinematografía francesa se pusiera en serio a hacer su versión, y lo digo porque la gran tradición de películas históricas francesas es muy importante, ahí tenemos grandes títulos como Cyrano de Bergerac, La reina Margot, Ridicule, entre otras. Un cine bien contado, de generosos presupuestos y un espectacular rigor histórico. En ese grupo exclusivo podemos introducir Los tres mosqueteros: D’Artagnan, dirigida por Martin Bourboulon (Francia, 1979), un director que hasta ahora le habíamos conocido la comedia disparatada de Papá o Mamá (2015) y su secuela del año siguiente, y Eiffel (2021), biopic sobre Gustave Eiffel, y la creación de su famoso torre. 

Con esta película, la filmografía de Bourboulon entra en otra dimensión, porque no sólo ha hecho, quizás, la mejor versión de la famosísima novela de Dumas, sino que ha construido una película que puede contentar a muchos espectadores de diferente naturaleza. La historia es de sobras conocida, el joven gascón D’Artagnan llega al  París de 1627 con la intención de convertirse en un mosquetero del Rey Louis XIII, y una serie de circunstancias le convierten en compañero inseparable de los tres principales guardianes del Rey: Athos, Aramis y Porthos, que tienen que lidiar con las conspiraciones del ministro Cardenal Richelieu y sus secuaces. Pero, la película no sólo se queda ahí, en contarnos las diferentes intrigas, traiciones, amores apasionados, ocultos y la serie de personajes, engaños y demás intríngulis de la tremenda agitación que se respiraba en la corte del Rey de Francia. Porque la película va muchísimo más allá, con una grandiosa recreación histórica, en la que podemos ver esa ropa usada, esos rostros sucios y malolientes, y esa atmósfera cargada y desafiante que tiene cada instante de la trama. Con unas espectaculares escenas de acción, donde las batallas a sable se suceden, pero con esa verdad que nos sumerge en ese ambiente complejo y lleno de peligros. Tiene verdad porque las secuencias tienen ese punto realista, donde es creíble lo que se cuenta y cómo se hace. 

No obstante, la película ha contado con grandes profesionales arrancando con la dupla de guionistas: Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, que han escrito una película de un par de horas, con un ritmo trepidante, que maneja con audacia las escenas más tranquilas, donde los diálogos están llenos de sabiduría y astucia, y las otras secuencias, las de acción y más físicas, son muy intensas y no dan respiro. La cinematografía de un crack como Nicolas Bolduc, que ha trabajado en Enemy (2013), de Denis Villeneuve, y en No llores, vuela (2014), de Claudia Llosa, entre muchas otras, en la que compone una luz muy cargada, llena de claroscuros, que escenifica con calidad y grueso la atmósfera de ese primer tercio del Siglo XVII, donde la vida y la muerte se mezclaban con demasiada facilidad. El montaje de Célia Lafitedupont, que fluye con gracia y esplendor en sus casi dos horas de metraje, la excelente música de Guillaume Roussel, que le da épica, intimidad y brillantez a todos los recovecos de la historia, el diseño artístico de Stéphane Taillason y el diseño de vestuario de Thierry Delettre, que ambos ya habían trabajado con Bourboulon en la mencionada Eiffel, y en otra gran recreación histórica como Cartas a Roxane. 

Si la parte técnica funciona a las mil maravillas, la parte artística no podía ser menos y ahí la película se ha marcado un gran tanto con un elenco fantástico, actores y actrices que actúan de manera sencilla, extraordinariamente bien caracterizados, que parecen como esos vaqueros de Hawks y Peckinpah, llenos de tierra, de grietas y desilusiones. Reparto de amplia experiencia y talento como François Civil, que hace de D’Artagnan, al que hemos unas cuantas veces en películas con Cédric Klapisch, los tres mosqueteros en la piel de Vincent Cassel, Roman Duris, que fue el citado Eiffel en la película homónima citada, y Pio Marmaï, la pareja de reyes con Louis Garrell y Vicky Krieps, la joven Constance en la piel de Lyna Khoudri, Eva Green como la terrible Milady de Winter, secuaz del Cardenal Richelieu que hace Eric Ruf, que se pasado por películas de Nicole García, Valeria Bruni Tedeschi, Yvan Attal y Roman Polanski, entre otros. Mención especial a los demás intérpretes porque dan profundidad y complejidad a todo lo que está cociendo en esa corte a punto de estallar entre católicos que quieren usurpar el poder y protestantes que también quieren instaurar una República sin Rey. Un sin Dios. 

Aplaudimos, aunque sería más apropiado hacer una reverencia, la película Los tres mosqueteros: D’Artagnan por su audacia, compromiso y belleza ante la grandiosa historia de Alexandre Dumas, porque se ve con todo su esplendor, toda su atmósfera de conspiraciones, traiciones, persecuciones, asesinatos, amores, y todo lo que hemos imaginado y mucho más. Disfrútenla como cuando eran niños, como cuando la vida era más y mejor, cuando la imaginación y el amor significan muchas cosas y todas ellas importantes, y digo como cuando eran niños, por suerte alguno no habrá perdido aquella inocencia, aquella forma de mirar, aquella magia que tenían todas las cosas, porque la infancia si fue feliz y querida, es la mejor época de nuestras vidas, y por eso les digo que vean la película como cuando eran niños, como cuando eran felices sin saberlo, como cuando la vida olía a días de sol y lluvia, cuando el mar era azul y las tardes nos la pasábamos jugando con los demás, niños y niñas también, que también, eran como nosotros, eran felices y reían, y demás, así que, véanla así, como cuando eran niños…  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Ningún arte traspasa nuestra consciencia y toca directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos de nuestras almas, como lo hace el cine”.

Ingmar Bergman

La isla de Farö, la isla donde Ingmar Bergman (1918-2007), rodó algunas de sus grandes obras como Como un espejo (1961) y Persona (1966), se convirtió en su lugar espiritual, un espacio donde creaba, pasaba largas temporadas y en el que murió y está enterrado. Un lugar de peregrinación para muchos cinéfilos, un lugar enigmático, anclado en un sitio remoto del mar Báltico, un espacio complejo, casi desértico, con muy pocos habitantes, un lugar para visitar, perderse y sobre todo, crear. La directora francesa Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), lleva desde el año 2015 visitando la isla de Farö, donde ha creado e imaginado sus películas, y donde nació La isla de Bergman, su séptimo largometraje. Una película que, al igual que ocurrían en sus anteriores trabajos habla de la vocación, en el que la naturaleza y el viaje vuelven a tener un protagonismo central, y sobre todo, las relaciones sentimentales.

La directora parisina ya nos había hablado del mundo del cine en aquella maravillosa y sensible que fue Le père de mes enfants  (2009), su segunda película. En esta ocasión, nos coloca en el centro, en el borde o vete tú a saber, de una pareja de cineastas que han viajado a la isla para encontrar inspiración, como muchos otros y otras, para sus próximas películas. Es una pareja que les mueve la pasión y la obsesión por el cine, peor que en el instante en que se desarrolla la trama, se encuentran muy alejados entre sí. Tony hace películas de terror comerciales y está a punto de empezar a rodar. En cambio, Chris, que hace películas de autor, no encuentra un final para su historia de amor en la que relata su primer enamoramiento, tan pasional y tan imposible. Hansen-Love nos cuenta varias películas en una, o quizás, podríamos decir que, nos cuenta una impresionante y enigmática fusión entre realidad y ficción, o lo que es lo mismo, entre cotidianidad e imaginación y sueño. En muchos momentos del relato no sabremos en qué situación o estado nos encontramos, si lo que está ocurriendo es real o no, y si estamos fuera o dentro o ambas opciones en la película, porque los procesos creativos tienen mucho de eso, de imaginar, de soñar, de construir una realidad ficticia, o simplemente dejarse llevar por unos personajes reales o no, que solo viven en la mente del creador o de aquello que nos imaginamos o creamos imaginarnos.

No es una película sobre la figura de Bergman, pero si sobre su legado, su huella en cada lugar de la isla, que va impregnándose en la realidad y ficción que vive e imagina la protagonista. Se habla del Bergman creador y también, del Bergman ausente, aquel que tuvo familia y no estuvo con ellos, aquel que amó a tantas mujeres y ninguna, al tipo que iba a la compra y no caía simpático, al creador famoso contra el mal padre y peor esposo. La dicotomía que tanto impregna el cine de la directora francesa, con esos profesores de filosofía, productores de cine, dj’s, periodistas, enfrentados a sí mismos, y al amor, a su trabajo, a sus vidas en constante construcción y deconstrucción, unas vidas en tránsito, que no cesan de caminar y emprender nuevas rutas y nuevas aventuras, pocas elegidas y muchas a su pesar. La isla de Bergman es una película que habla del cine, pero desde la trastienda, en el momento de creación, de las dudas, la vulnerabilidad, los miedos y demonios de los artistas, de todos los bloqueos creativos, y de la imaginación como motor indiscutible para la creación, y sobre todo, para vivir que, contamina toda la obra.

El cinematógrafo Dennis Lenoir, que ya trabajó con la directora en Edén (2014) y El porvenir (2016), amén de grandes del cine francés como Tavernier, Raoul Ruiz, Assayas y P. Claudel, vuelve a diseñar una luz tranquila y cálida, pero también inquietante y oscura, con el scope y en 35 mm, que no solo captura la indefinición de la citada isla, sino también, todas las tinieblas que se van pegando a los protagonistas y todo lo que les va sucediendo. El impecable y conciso trabajo de montaje de Marion Monnier, que ha estado en toda la filmografía de Hansen-Love, que consigue en sus ciento doce minutos de metraje, atraparnos desde su arranque, que recuerda al de El porvenir, y someternos a sus imágenes y todas las vidas y no vidas que se cuentan, así mismo como los diferentes tonos, texturas y miradas que se van moviendo por la película, como si se tratase de un laberinto-bucle infinito donde nunca sabemos cómo empieza y mucho menos como acaba, del que entramos y salimos o quizás, damos vueltas y vueltas completamente hipnotizados por la historia que nos cuentan.

Un reparto equilibrado y lleno de naturalidad encabezado por una maravillosa y encantadora, y dicho sea de paso, llena de demonios pasados y presentes, Vicky Krieps en la piel y el cuerpo y el alma de Chris, la directora de cine que no encuentra su final, bien acompañado del otro lado del espejo, de todos los espejos que coexisten en la trama, del tal Tony, la antítesis de Chris, o quizás su insensibilidad se acerca a una vulnerabilidad oculta, un sensacional Tim Roth, y los “otros”, los de ficción o realidad, según se mire, la fragilidad y el tormento de Mia Wasikowska en la mirada de Amy, otra directora o la misma, enganchadísima a Joseph, que hace tan bien y tan cercano como el resto, Anders Danielsen Lie, el intérprete fetiche de Joachim Trier. La isla de Bergman tiene mucho del cine del director sueco, o tal vez, de sus procesos creativos, de esa isla, tan llena de vida y de muerte, tan poderosa y tan frágil, tan fantasmal y demoniaca, porque se habla de su cine, de sus lugares en la isla, de todo ese mundo que sigue ahí, de las piedras, de los árboles, del mar, de las rocas esculpidas, de toda su sombra y toda su ausencia.

También tiene mucho de Viaggio in Italia (1054) de Rossellini, de ese matrimonio roto o a punto de romper, de esa mujer vagando y visitando la isla, sus monumentos, tropezándose con otros y otras fuera y dentro de ella, de sueños y vigilias, de una imaginación en diálogo constante y lucha contra la realidad, el pasado y lo que creemos haber vivido pero no vivimos, y en cambio, en aquello que vivimos y nos empeñamos en olvidar porque cuesta recordarlo o simplemente, hace tanto daño que lo hemos construido de otra manera, sin tanto dolor y tristeza, porque la película de Hansen-Love es otra muestra del rico universo de la cineasta parisina, de todos esos mundos e infiernos que la rodean, a ella y sus criaturas, a todo lo que nos muestra y todo lo que nos imaginamos, a sus personajes constantemente en una cuerda floja sentimental, creativa y vital, unos seres que aman y viven con pasión, anclados en sus mundos, ajenos al real, y ensimismados en sus espacios creativos, donde todo se mira de forma muy diferente, aunque como ocurría en el cine de Bergman, es inevitable que el paraíso que nos construimos, no tenga grietas por donde se cuelan nuestros demonios más ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

 MY SWEET ALMA.

“Convertir el amor en un sueño febril”

Reynolds Woodcock es un hombre maduro, de extraordinario talento para el diseño de vestidos para mujeres, profesión en la que ha volcado su existencia, dónde se muestra metódico, exigente y perfeccionista. “The House of Woodcock”, que lleva junto a su hermana Cyril, se ha convertido en la casa de modas más importantes del Londres de los años 50, por donde desfilan reinas, condesas, herederas, estrellas de cine y grandes damas, que llegan para tener el vestido más elegante y exclusivo de todos. Reynolds lleva su empresa como si se tratase de un regimiento militar, donde hay múltiples reglas que hay que cumplir a rajatabla, normas y más normas de un diseñador que se muestra quisquilloso, egocéntrico e irascible con todos y todo. Aunque todo ese aparente orden se viene abajo con la aparición de Alma, un joven inmigrante venida del este que Reynolds conoce una mañana. Alma entrará a trabajar con él, y sin quererlo, se convertirá en el centro de todas las cosas. El octavo trabajo de Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970) sigue la línea de sus últimos films, si bien es verdad que su cine arrancó con dramas corales como Sydney, Boggie Nights o Magnolia, poco a poco, si exceptuamos su anterior filme Puro Vicio (donde había drama coral salpicado de comedia surrealista) sus otras películas han derivado en retratos íntimos, con pocos personajes, donde la trama pivotaba en uno de ellos, que suelen tratarse de tipos solitarios y a la deriva, que les cuesta encajar en la sociedad, como ocurría en Punch-Druck Love, The Master o en Pozos de ambición, en el que el magnate fascista del petróleo no tenía nunca suficiente a pesar de amasar una desorbitada fortuna. Los personajes de Anderson suelen ser tipos sin fortuna, por lo general, o existosos en su trabajo, pero no en el amor, tipos perdidos, llenos de traumas y dolor, que se mueven por inercia, sin saber dónde ir, en el que les cuesta entender la sociedad y su entorno más íntimo.

Reynolds Woodcock es un hombre que se ha refugiado en su profesión – personaje inspirado en el célebre modisto español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) – y ha construido un reino sin fisuras y brillante, que, en realidad, esconde el trauma de la muerte de su madre (la persona que le hizo quién es y le enseño el oficio) dolor que le ha encerrado en sí mismo, rodeado de criados-empleadas, en un mundo femenino, que le siguen sin rechistar, incluida su hermana, a la que, sin embargo, hay una línea oculta que saben que ninguno de los dos nunca traspasará. La llegada de Alma a su vida cambiará todos sus esquemas, y resquebrajará su reino de cristal, y lo convertirá en alguien humano, un tipo débil y vulnerable, con sus miedos e inseguridades. El cineasta californiano apenas nos deja ver el Londres de posguerra, donde todavía la tragedia de la guerra seguía presente y había pocas distracciones. La película se muestra siguiendo el patrón del modisto, siempre entre cuatro paredes, como el mundo que se construye, en los salones de su casa de trabajo, en la mecanización de sus talleres cosiendo los vestidos, en restaurantes rodeados de gentes y comida, y en su refugio en el campo, donde cómo no, sigue obsesionado con su último diseño. Anderson, que también es el responsable de su fotografía (filmada en 35 mm) construye una luz brillante y esplendorosa en la casa-trabajo de Woodcock, y por el contrario, la ensombrece y la vela en los otros espacios, donde el personaje se muestra diferente, más débil, ataviado con sus gafas, su inseparable cuaderno y lapicero, un tipo que nunca descansa, siempre trabaja y trabaja. La llegada de Alma lo trastocará, lo que en principio parece la caza de una nueva musa, lentamente, se convertirá en algo más, debido al carácter de la joven, una mujer que protesta las continuas órdenes y reglas del modisto, que no quiere ser una más entre todas, que desea convertirse en alguien especial para Woodcock, y no dudará en traspasar todos los límites para desenmascarar al modisto, y convertirlo en alguien real, en alguien cercano y humano.

Anderson filma a sus personajes de manera íntima, en que el escenario lo define, como si pudiéramos tocarlos o caminar entre ellos, a través de una elegante mise en scene, que nos evoca a los grandes dramas victorianos con esas casas señoriales en los que todo sigue el orden previsto, donde la vida y las emociones parecen prediseñadas, como si alguien las hubiera pensado con anterioridad. La película nos hace recordar algunos relatos de Hitchcock, como Rebeca o Vértigo, donde los señores se empeñan en resucitar a los que no están, en un viaje obsesivo y demencial que les conduce a romper la línea temporal y dar vida a aquellos que ya se fueron (como Woodcock en su obsesión de que cada vestido resucite la imagen de su madre muerta) a través de los recién llegados, que se muestran sometidos y encerrados, en la línea de la novela de Frankenstein, aunque la película de Anderson no deriva al terror puro, y si al melodrama romántico, lleno de sofisticación y sobriedad, con el aroma del mejor Wyler con La heredera o a David Lean con sus películas donde sus enamorados se veían en las derivas de dejar lo acomodado para dar rienda suelta a sus emociones, como Breve encuentro, Amigos apasionados o Locuras de verano, por citar algunas, o Doctor Zhivago, con la que guardaría algunas similitudes como la irrupción de una mujer en la vida del protagonista que lo cambiará profundamente, arrastrándolo hasta las profundidades del amor más apasionado.

El formidable elenco de la película ayuda a contar este duro, violento y romántico melodrama, lleno de brillo y oscuridad, donde el amor se muestra obsesivo, fantasmal y competitivo, con unos intérpretes en estado de gracia que componen unos personajes llenos de humanidad y complejidad, como Reynolds Woodcock al que da vida Daniel Day-Lewis, que repite con Anderson, en otro personaje difícil y en ocasiones, muy extremo, en el que el actor británico mantiene su extraordinaria capacidad interpretativa, a través de la contención y las miradas, expresándolo todo a través de lo más íntimo y sencillo, Lesley Manville haciendo de Cyril, esa hermana doliente que sabe cuando callar y cuando replicar, que maneja un personaje que se mueve con rectitud y apoya su personaje en las miradas, y sus breves movimientos (como hacía la enorme Lola Gaos en Tristana) y finalmente, Vicky Krieps, interpretando a Alma, en un brutal y extraordinario tour de force con Day-Lewis, tarea nada fácil que la actriz sabe despachar con increíble fuerza y brillantez. Anderson ha construido un magnífico y elaborado melodrama romántico, donde el amor arrastra a sus personajes, mostrando sus debilidades ocultas y aquello que jamás dejan mostrar, y lo hace a través de una ambientación llena de sutileza y detalles, a través de unos personajes bien definidos y complejos, los cuales nos llevan casi sin quererlo, por un mundo de elegancia, lleno de colores y brillos, en el que aquello que no se puede ver ni tocar, nos hace más vivos y libres.