Entrevista a Júlia de Paz Solvas, directora de la película «Ama», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 6 de julio de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Júlia de Paz Solvas, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Laura Olaizola y Alexandra Hernández de Olaizola Comunica, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
Entrevista a Tamara Casellas, actriz de la película «Ama», de Júlia de Paz Solvas, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 6 de julio de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Tamara Casellas, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Laura Olaizola y Alexandra Hernández de Olaizola Comunica, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
“Los hijos no son un sustituto del amor; no reemplazan un objetivo de vida rota; no son un material destinado a llenar el vacío de nuestra existencia; son una responsabilidad y son un pesado deber”.
Simone de Beauvoir
La película se abe de forma muy contundente y sin respiro, porque nos sumergimos en mitad de la noche, a oscuras, y nos tropezamos con Pepa, una mujer de unos treinta años, sometida a su propia agitación y nerviosismo, parece en busca de alguien. Un flashback nos lleva a un lugar donde Pepa está fatal y se cae sin que su madre la pueda ayudar. Volvemos a la noche, Pepa se mete en una discoteca, se hace unas rayas y baila como si el mundo acabara esa noche. Al día siguiente, con el sol en la cara, vuelve a su casa, su compañera de piso, que ha cuidado a su hija Leire de 6 años, harta de tantas huidas a ninguna parte, le pide que se vaya. Pepa debe buscar un lugar donde dormir junto a su hija. Un arranque de una grandísima fuerza y tensión, como pocos recordamos para una primera película que firma Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallés, Barcelona, 1995), que ya conocíamos por dos anteriores trabajos, La filla d’algú (2019), el largometraje colectivo que dirigió junto a diez compañeros de la Escac, y un año antes, Ama, el cortometraje que ya se detenía en Pepa y Leire, en una sola jornada.
Ama tiene ahora su traspase al largometraje, que amplía sus jornadas en dos días más con sus noches, en una película muy física, en continuo movimiento, en un guion que vuelve a escribir junto a Núria Dunjó, y en la cinematografía cuenta otra vez con Sandra Roca, con esa cámara pegada al cogote de Pepa, otra piel, otro cuerpo, que la sigue incesantemente, sin descanso, traspasándola, radiografiándola, y convertida en otro más, en testigo de esta crónica de hoy y de ahora, pero completamente atemporal, que no solo nos habla del hecho de ser madre, de su significado y consecuencias, de esas “malas madres” que tanto se reivindica en la actualidad, quitando toda esa idea romántica y falsa de la maternidad y explicando sus oscuridades y miedos, enfrentándola a una realidad sincera que siempre se le había negado. Pero Ama, también nos habla de lo que se cuece en nuestro interior, de todo eso que nos conduce por la vida, nos hace enfrentarnos a los demás y sobre todo, a nosotros, de todos nuestros fantasmas, inseguridades y demás emociones que anidan en nuestra alma.
La jovencísima directora catalana construye su película como una fábula actual, en una ciudad turística, con su playa, sus visitantes, sus hoteles, que siempre se nos mostrará en off, con sus ruidos y sonidos fuera de campo, en cambio, sí que nos enseñará la otra ciudad, encaminándonos hacia su periferia, a todos esos lugares donde el turismo no va ni conoce, a la ciudad de verdad, a la que vive cada día como si fuera el último, a la que la necesidad y el desamparo obliga a deambular y buscarse cada día la vida o lo que quede de ella. Esos lugares reales que transitaban los chavales de Pullman (2019), de Toni Bestard, o los de The Florida Project (2017), de Sean Baker. Pepa es una mujer que debe aprender a ser fuerte, a perdonarse y perdonar, a no rendirse y seguir aunque cuesta la vida entera, porque debe mirar por su hija, que no puede continuar en esa existencia de aquí para allá, como dos vagabundas, esperando algún golpe de suerte o algo a donde agarrarse, como la condescendencia de una amiga cansada, o un ex novio engañado tantas veces, o un jefe que ya no le permite un descalabro más, o un dueño de hostal que prefiere los euros extranjeros a la necesidad de los de aquí.
Pepa con todo lo que arrastra se encuentra un mundo atroz, sin compasión, que no encuentra ayuda o simplemente, algo de cobijo, como mencionaban los Rossellini y Pasolini, en una mirada deshumanizada que se asemeja mucho la que encontraba Sandra, la mujer desesperada que intentaba convencer a sus compañeros para no perder su trabajo en la demoledora y magnífica Dos días, una noche (2014), de los hermanos Dardenne. Un reparto lleno de intérpretes estupendos bien dirigidos entre los que destacan Estefanía de los Santos, como la madre de Pepa, Ana Turpin como Ade, la compañera de piso, Diego, el ex cansado de Pepa, Chema del Barco como dueño del hostal, el veterano Manuel de Blas como su jefe, la niña Leire Marín como su hija, y Tamara Casellas, que vuelve a repetir su personaje de Pepa, ahora en el largometraje, que brilla con intensidad y luz propia, componiendo una de las grandes interpretaciones del año, premiada en Málaga, que transmite naturalidad, intimidad y sobriedad en un personaje humano y lleno de miedo y culpabilidad, una mujer rota y a la deriva, que va hacia la autodestrucción, y encima una hija a la que cuidar, en un extraordinario trabajo de la sevillana que es una batalladora de la interpretación, aquí se convierte en la auténtica alma mater de la función, en un trabajo inolvidable.
Júlia de Paz Solvas entra de lleno a esa talentosa, trabajadora y envidiable terna de cineastas surgidas de la Escac, las Mar Coll, Elena Trapé, Nely Reguera, Liliana Torres, Diana Toucedo, Andrea Jaurrieta, Marta Díaz, Belén Funes, Celia Rico, entre otras, que tienen en la mujer, su entorno y emociones, el abanico donde surgen las historias que cuentan, con grandísima sensibilidad e intimidad, siguiendo la estela de la Coixet, Bollaín y demás. De Paz Solvas ha tejido con aplomo y sabiduría una película de verdad, que maneja con muchísima soltura, y saliendo muy airosa de terrenos pantanosos, sabiendo sujetar al espectador y llevándolo hacia lugares que hay que mostrar y transitar, en un relato que va más allá del drama íntimo y social, situándose en ese difícil campo donde la vida se mezcla con las emociones, lo social, lo más íntimo, y sobre todo, la maternidad, y ser hija, de mirar al frente, de perdonar y sobre todo, vivir sin miedos, prejuicios y demás, mirando a las cosas por su nombre y en toda su plenitud, sin mentiras ni nada que se le parezca. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Mar Coll, directora de la película «Tres dies amb la família», entre otras, en la Plaza Concórdia en Barcelona, el jueves 11 de marzo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Mar Coll por hacer posible este encuentro, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.
“Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. Peligro de revolver en lo oculto y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío”.
Clarice Lispector
La película se sitúa en la España de principios de los setenta, más concretamente en el verano del 73, en uno de esos pueblos perdidos en la serranía de Málaga, de nombre Quintanar, en uno de esos lugares en los que aparentemente nunca pasa nada, o tal vez sí, porque en Quintanar, se cierne una leyenda macabra, un mito alimentado por las supersticiones de sus habitantes, una leyenda en torno a un ser que las noches de San Juan asesina niños. A ese lugar llega Antonio Prieto, un tipo de la ciudad, alguien que escribe, o al menos, escribió con éxito. Ahora está en mitad de una crisis literaria, y ha buscado una casa aislada para perderse en sus obsesiones, miedos, entre soledad, paz y mucho mezcal. La directora Macarena Astorga (Madrid, 1970), tiene una larga y variada trayectoria en el documental con trabajos sobre la memoria y las cineastas españolas, en la enseñanza como profesora de imagen y sonido, y en la ficción, con cortometrajes tan exitosos como Tránsito (2013).
Para su debut en el largometraje de ficción, Astorga ha elegido una historia basada en la novela homónima de Sandra García Nieto, que se encarga de firmar el guion, en un cuento de los de toda la vida, con alguien llegando a un pueblo que esconde un secreto, un enigma que iremos conociendo a medida que el protagonista lo va descifrando. La película se mueve entre el thriller psicológico, tanto los habitantes de la zona como el escritor tienen muchas cosas que ocultar y sobre todo, que callar, el drama rural a lo Lorca, Ramón J. Sender, y el “Pascual Duarte”, de Cela, con esa rabia, salvajismo y carpetovetónico, sin olvidar, lo más arraigado de los pueblos y las zonas rurales, todo ese misterio y leyenda que se cierne en sus espacios, como si las cosas imposibles de explicar o entender, siempre tuviesen un origen ancestral, más misterioso y fuera de este mundo. Juntando toda esa mezcla de texturas, acompañando una atmósfera asfixiante y unos personajes misteriosos, la trama avanza con aplomo y llena de tensión, manejando con soltura los diferentes ambientes del lugar, como esa taberna donde se corta con una navaja todo lo que allí se cuece, o ese bosque lleno ruidos extraños que separa el pueblo de la casa donde mora el escritor, y la casa, con esos caracoles que nos van dejando pistas por la historia del pasado que desvelarán los acontecimientos.
Un exquisito y sobrio ejercicio de luz que firma el cinematógrafo Valentín Álvarez, del que hemos visto trabajos tan fabulosos como los de Vidrios partidos, de Erice, y El Rey, que firmaban él mismo, y Alberto San Juan. El trabajado montaje de Beatriz Colomar, que ayuda a envolvernos en esa trama de deformes, al estilo del Jorobado de Notre Dame, encerrados en cobertizos, lobos y bestias que acechan el pueblo, y personas oscuras como la ciega que ve todo lo que quiere, o esos lugareños que odian a los forasteros preguntones. La sombra de El inquilino (1976), de Polanski, y El resplandor (1980), de Kubrick, sobrevuelan por La casa del caracol, que no rehúye de sus referentes, al contrario, los abraza y consigue mezclarlos sabiamente con esas películas tan setenteras del cine español como las de Saura, Borau y Gutiérrez Aragón que sabían explicar nuestra idiosincrasia más profunda, con la fantasía y la fábula más imaginativa.
Quizás la parte más inverosímil del relato es la inclusión del metalenguaje, elemento que resulta demasiado ajeno a todo aquello que se cuenta y sobre todo, le resta fuerza a ese ambiente negro y maldiciente que se respira en toda la película. Aunque, el grandísimo trabajo del plantel interpretativo con un superlativo Javier Rey, que no solo da naturalidad, oscuridad y complejidad a su escritor triste y solitario, sino que consigue una credibilidad absoluta, mostrando un personaje débil, cobarde y sobre todo, lleno de traumas sin resolver. A su lado, brilla intensamente una Paz Vega, que sabe ser de ese pueblo, mostrar dulzura y también, esconder alguna que otra cosa, las dos niñas que se mueven con soltura y naturalidad, que interpretan con gracia Luna Fulgencio y Ava Salazar, y luego la retahíla de lugareños que desde sus rostros marcados y sus cuerpos de vida y misterio, entre los que destacan Norma Martínez como Justa, esa criada callada y madre de las dos niñas, Carlos Alcántara como el cura, un personaje de esos que calan fondo, la pareja que forman Elvira Mínguez, que siempre está extraordinaria desde que nos dejase sin palabras en Días contados (1994), de Uribe, y Vicente Vergara, que regentan el bar del pueblo, y custodian al Esteban, el deforme que tienen encerrado, no solo una metáfora del pueblo, sino de todas esas creencias que más tienen que ver con el miedo a vivir que con la realidad que se vive en el lugar.
Finalmente, las presencias estimulantes de esos intérpretes mal llamados secundarios, que en realidad, en ocasiones, acaban aportando mucho y salvan muchas de esas tramas menos evidentes, dotando a esos momentos en apariencia intrascendentes, mucha vida y mucho armatoste para el resultado final que se persigue. Gentes como las grandes aportaciones de María Alfonso Rosso como la ciega, uno de esos seres que hablan poco y dicen mucho, y se erigen como uno de los personajes más tenebrosos de la película, y Pedro Casablanc como sargento de la Guardia Civil, uno de esos tipos que con unas pocas secuencias dejan huella en cualquier trabajo que se precie. La directora madrileña ha debutado con un buen relato, bien ejecutado, con algún elemento innecesario, pero en su conjunto una obra primeriza que sabe sacar el jugo a su inquietante atmósfera, una trama sencilla pero llena de tensión y oscuridad, y sobre todo, un grandísimo trabajo interpretativo que luce con gran intensidad, sumergiéndonos en mitos, leyendas y alguna que otro golpe de realidad, de esos que duelen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte correctamente serás un verdadero sabio”.
Antoine de Saint-Exupéry
Durante el momento más crítico de la pandemia, la plataforma Filmin estrenó Asamblea (2019), la opera prima de Álex Montoya (Valencia, 1973), de formación arquitectura, pero de vocación cineasta, oficio con el que lleva batallándose desde 1999, en los que ha dirigido la friolera de 14 cortometrajes, con los que ha cosechado más de 170 reconocimientos por todo el mundo. Asamblea era una película sencilla y directa, llena de tensión y sobria, sobre el transcurso de la última reunión de propietarios antes del verano, filmada en una sola localización, con el tono de tragicomedia, entre los que destacan unos finísimos diálogos y el extraordinario reparto que estaban en un gran nivel con nombres como los de Francesc Garrido, Cristina Plazas, Nacho Fresneda, Marta Belenguer, entre otros. Ahora, cuando la pandemia empieza a darnos tregua, y después de su exitoso paso por el Festival de Málaga, Montoya estrena su segundo largo, Lucas, que nace de un cortometraje que rodó en el 2012, recuperando así la existencia trágica de un chaval que, después de una accidente donde ha muerto su padre y él ha salido cojo, se ve viviendo con una madre en su vida que pasa bastante de su hijo, que tiene que soportar burlas y la condescendencia de sus compañeros de instituto.
La existencia de Lucas cambia cuando conoce a Álvaro, un fotógrafo al que le gustan las niñas, que le propone unas fotos para hacerse un perfil falso en los chats. Lucas desesperado por tanta carencia, ya sea emocional como material, acepta la propuesta. El director valenciano ha construido una filmografía desde una mirada hacia la periferia de su tierra, donde abundan seres que pululan entre la falta, ya sea emocional o de otra índole, personas que buscan desesperadamente que los atiendan un poco, en ese sentido, el cine de Montoya se acerca mucho al cine de Fassbinder, colocando en el centro de todo a esas personas con muy poco que andan a la deriva en busca de algo de consuelo y amor, perdidos en un mundo demasiado en el “yo”, y nada en el “nosotros”. Lucas nos pone el foco en un adolescente perdido, metido en un duelo duro por el que se culpabiliza, y sin encontrar la comprensión de una madre que no quiere que la llame así. Álvaro es esa persona a la que nunca debería conocer Lucas, pero la persona menos recomendable a priori, se convierte en ese ser que lo escuchará, lo atenderá y sobre todo, lo protegerá, aunque sea con fines personales.
Montoya plantea una película sobre los prejuicios que mueven el mundo, y por los que nos guiamos la mayoría, juzgando a la ligera sin antes conocer, y conocer de forma profunda y de verdad, planteamientos similares manejaba la película El bola (2000), de Achero Mañas. Ahora, la cosa no va de malos tratos, sino de pedofilia, donde encontramos pinceladas de películas como Harold y Maude (1971), de Hal Ashby, y La flaqueza del bolchevique (2003), de Manuel Martín Cuenca, muy bien mezclado con los ambientes que proponían tanto Rosetta (1999), de los Dardenne, o Sweet Sixteen (2002), de Ken Loach, donde niños debían coger las riendas de su familia ante la imposibilidad de tener una vida “normal”. El director levantino vuelve a contar con cómplices que han ido en su viaje todos estos años, como los de Sergio Barrejón, coguionista que ya estuvo en Lucas, cuando fue un cortometraje, Jon D. Domínguez en la cinematografía y producción, Siddhartha Barnhoorn, en la música, y en la interpretación los fieles Jorge Cabrera, Irene Anula y Jordi Aguilar.
Lucas consigue conmovernos, hacernos reflexionar y sobre todo, nos posiciona en el lugar del otro, para que lo miremos de verdad, sin titubeos ni prejuicios, para que conozcamos al otro, de frente, mirándolo a la cara, encontrándonos con su humanidad. Un guion donde encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, totalmente urbana, donde se refleja el agobio y la tensión que sufre Lucas en ese entorno asfixiante, y aparece Álvaro, casi como una especie de ángel de la guarda, que lo sacará de ese momento, y lo llevará fuera, donde arrancará la segunda parte, completamente desarrollada en los márgenes de la ciudad, en una casa frente a los arrozales y alejada de todos. Montoya ha construido una película transparente, de esas que calan muy hondo, que nos plantea como pensamos y como juzgamos, y nos coloca en el corazón de un relato que tiene mucho de nosotros y de los otros, bajo el rostro de dos personas que deben de esconderse de los demás, porque su “verdad”, aquello que ocultan, es demasiado doloroso para los demás, y deben alejarse para volver a sentirse personas, echando sus demonios interiores e intentando seguir adelante con mucha menos carga culpabilizadora.
Si su parte técnica destaca por su arrojo, transparencia, intimidad, y fisicidad, por la gran capacidad de sacar lo máximo con lo mínimo, donde lo urbano se convierte en un laberinto donde Lucas es obligado a estar. Aunque es en el apartado artístico donde la película arroja sus mejores y más brillantes momentos es en su magnífico trabajo interpretativo de todo su elenco, arrancando con Jorge Motos que da vida al desdichado Lucas, Jorge Cabrera, fogueada en mil personajes, tiene aquí su gran oportunidad con Álvaro, que maneja a las mil solturas y lo convierte en un tipo atormentado que debe huir para ser él mismo. Jordi Aguilar, que ya estuvo en Asamblea, vuelve al universo Montoya con Manu, el novio de Irene, que hace Irene Anula, la madre del chico, por decir algo. Lucas es ante todo una historia muy bien contada, la cámara se coloca donde toca, y sobre todo, sus intérpretes dan vida, y transmiten con claridad y logran componer unos personajes humanos, complejos y llenos de oscuridades, que andan a la espera de encontrarse con un poco de cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
(Del tema “10”, de los Quentin Gas & Los Zíngaros)
En la cinematografía española, como ocurre en cualquier otra, de tanto en tanto surge una película difícil de clasificar, por su idiosincrasia, estilo, forma, narrativa, historia y demás, estas películas rompen con lo establecido, con esos cánones inamovibles entre los que deben de moverse el cine del momento, se convierten en películas de culto al instante, por su cariz transgresor, su irreverencia, y sobre todo, su espíritu cañero, reivindicativo y profundamente personal, que la convierte extraña, fascinante y cautivadora a la vez. Por citar solo algunos ejemplos ese cine podría ser el de la película Diferente (1961), de Luis María Delgado, El extraño viaje (1964), de Fernando Fernán Gómez, Arrebato (1979), de Iván Zulueta, y Mamá es boba (1997), de Santiago Lorenzo, entre otras muchas. Destello bravío, puesta de largo de Ainhoa Rodríguez, una extremeña nacida en Madrid el año del naranjito, es una de estas películas, y lo es por todo lo que cuenta, y sobre todo, por como lo cuenta, en un relato sorprendente, arriesgado y muy personal.
La debutante cineasta se ha lanzado al abismo y ha cosido una película que bebe de muchas cosas, donde la directora lo mezcla todo y cuando digo todo es todo. A saber: tenemos la tragedia lorquiana, más pura y negra, con su luna, su muerte y todo lo demás, con su especial versión del “Anda jaleo”, la fábula clásica con fantasía a lo Sueño de una noche de verano, de Shakespeare o Esopo, también hay restos del western setentero de Hellman, con esa búsqueda existencialista, y las películas de Jodorowsky, tan realistas y extravagantes, la ciencia ficción de los ciencuenta de la serie B estadounidense, o las alucinadas de los setenta al estilo de El hombre que cayó a la tierra (1976), de Roeg, el surrealismo de entrañas de Buñuel, o alguna que otra alucinación propia del cine de Lynch, y también, pinceladas del musical al rollo The Rocky Horror Picture Show o El fantasma del paraíso, todo ello mezclado en un gazpacho infinito para hablar de despoblación, de la España rural abandonada, de crítica social, feroz y a degüello del distanciamiento de ese gobierno con lo rural, mezclado sabiamente y sin barreras, con la liberación de unas mujeres sometidas a siglos de patriarcado, liberándose de mucho machismo, de una cárcel imposible y lanzándose a la vida a través de la experiencia sexual más profunda y desatada.
Ainhoa Rodríguez nos cuenta todo este batiburrillo de géneros, miradas, expresiones y conflictos de una forma muy especial, con esa cámara latente y observadora, que mira y filma, con largos planos secuencia donde ocurre todo, lo que vemos y lo que no, en un grandísimo trabajo de Willy Jáuregui, en su primer largometraje, bien acompañado de un montaje seco, seguro y clarificador que nos sujeta a la butaca de forma intensa y brutal, que firma José Luis Picado (que ha trabajado incansablemente en numerosas series como Cuéntame cómo pasó, Hit o Fugitiva, entre muchas otras), y el extraordinario trabajo de sonido, en el que encontramos a dos grandes de nuestro cine como Alejandro Castillo y Eva Valiño, que por el día acogen todos los sonidos naturales del lugar, animales, quehaceres diarios de los personajes, y de la tierra, y por la noche, recogen todo un elaborado sonido con ecos del inicio con los simios de 2001, Una odisea en el espacio, de Kubrick, donde ese instala el misterio, el embrujo, y todo lo que se cuece en el interior y en espíritu de los que habitan ese lugar. Sin olvidarnos de los temas del grupo “Quentin Gas & Los Zíngaros”, con ese “10”, una mezcla singular de rock, pop y flamenco, deudores de “Triana” que acompaña uno de los momentos más impresionantes y desatados que ha dado el cine español en muchos años, que nos remite a los primeros Fassbinder, Waters y Almodóvar.
Y, luego están sus personajes, en su mayoría mujeres maduras no actrices elegidas en un arduo casting naturales de la comarca de Tierra de Barros en Badajoz (Extremadura), que con su naturalidad, sentimiento y sus historias, nos envuelven en sus existencias, su interior y sus conflictos como Isa, que se graba la voz porque cuando llegué el “Destello bravío” perderá la memoria, Cinta que desesperada en un triste y odioso matrimonio, rodeada de santos y vírgenes, intenta huir no sabe dónde, o María que vuelve a su pueblo escapando de su soledad, y ese pastor al cuidado de sus ovejas que se pierde en su trabajo cotidiano y en esa luz cegadora nocturna. Rodríguez, que ha contado con la coproducción de Lluís Miñarro, quizás el productor más estimulante y valiente más importante ahora mismo, que lleva décadas dando oportunidades a propuestas diferentes y audaces. La directora extremeña ha construido una película humana y transgresora, llena de amor y sensibilidad, pero también, de ruptura y batalla que, arremete con todo contra todos, no dejando ningún títere con cabeza, pero lo hace de forma inteligente, elegante y profundamente libre, tanto como las mujeres que retrata, donde la forma se adecúa completamente a ese mundo fascinante y complejo que habita cada una de las mujeres, donde se mezclan el realismo más exacerbado con el surrealismo más extravagante y espiritual, donde vida y sueños se funden, generando un nuevo mundo, una nueva forma de ver las cosas, y una liberación hacia un mundo nuevo, donde las mujeres explorarán más sus existencias, sus cuerpos y su sexualidad, porque ya viene siendo hora, porque ya todo ha explotado y no tiene vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No es la carne y la sangre, si no el corazón lo que nos hace padres e hijos”
Friedrich Von Schiller.
Tres dies amb la família o tres días finguiendo lo que no eres, o simplemente, lo que no te gusta ser. De esta manera podríamos definir este cuento oxuro de pesadillas, que vivie nuestra protagonista Léa, una joven de una veintena de años que viaja desde su exilio particular de Francia y deja atrás una relación de pareja en crisis y unos proyectos de vida que no parecen convencerla, para reencontrarse con su familia con motivo de la muerte del patriarca de los Vich i Carbó, una saga que pertenece a la burguesía catalana instalada en Girona. Allí vivirá tres jornadas que van desde el velatorio pasando por la misa hasta el entierro. En este retrato de todos nosotros -porqué, en cierto sentido, en algún momento de nuestra vida hemos tenido una familia o la tenemos- dentro el envoltorio de una película pequeña y sencilla, encontramos toda una serie de recursos de una madurez extraordinaria, una película llena de miradas furtivas, de silencios incómodos y de momentos donde reina la quietud en un grupo de gente que está más preocupada por ser lo que esperan de ellos que ser lo que son en realidad.
El artífice de este pequeña, sencilla e estimulante film tan bello como inquietante, tan conmovedor como demoledor, es la debutante Mar Coll, una barcelonesa de veintiocho años graduada en la ESCAC, que explica que la idea de la película le vino de una manera espontánea, estimulada por la muerte de su abuelo. La directora reflexiona sobre la arquitectura argumental de su film: “La película no quiere ser una respuesta, sino que está más próximo a una foto de familia de las que quedan en los álbumes y que, cuando las ves, si te fijas bien, puedes entrever todo lo que esconden detrás de cada gesto o cada actitud. Una foto de familia burguesa y catalana.” (Cines Renoir. Hoja de sesión. 26/06/08) Durante estas setenta y dos horas, guiados por Léa, iremos conociendo a sus padres, separados, sus tíos, su tía –la oveja negra de la familia que ha escrito un libro que no deja tan bien a su padre tal y como esperaban sus hermanos-, y sus primos, que se reencontraran a partir de los viejos recuerdos de la infancia.
La opera prima de Coll es un retrato íntimamente femenino, donde las mujeres parecen más liberadas de toda la hipocresía que rodea a los tres hermanos y que, a pesar de todo, huyen del velorio del difunto con traición y premeditación para refugiarse en un bar y dejarse llevar un rato por la vida mientras beben, brindan por el viejo patriarca muerto y bailan al son de una rumba de Manzanita, que es una versión de “Un ramito de violetas”, de la gran Cecilia. Se trata de uno de los pocos instantes liberadores en que la directora nos deja respirar un poco. La película avanza con esta contención hasta el final, donde Léa ya no puede aguantar más y explota: su catarsis la libera un poco, y el único consuelo que recibe es de parte de su padre, mientras el resto de los comensales reunidos alrededor de la mesa la miran un instante y continúan la comida, que les parece más interesante que no los sentimientos de Léa y, porque no decirlo, que los sus propios sentimientos. Belén Ginart describía las criaturas de Mar Coll como unos “minusválidos emocionales” (El País, 26/06/08) Vale la pena decir también que el rodaje de la película se ha hecho prácticamente siguiendo las escenas en orden cronológico, cosa que ayuda a este crescendo que marca el hilo de la narración.
Antes de acabar, merece una mención especial todo el reparto de la película: el padre de Léa -un magnífico Eduard Fernández-, los tíos, en la piel de Francesc Orella y Ramón Fontseré, su mare, la actriz francesa Philippine Leroy-Beaulieu, la inesperada presencia de la tía Virginia a la que da vida una increíble Amàlia Sancho, i, especialmente Léa, una adorable, inquietante, perdida y especial Nausicaa Bonnín, que aquí debuta como protagonista en un registro muy complicado, un excelente trabajo lleno de matices, introvertido y muy bien planteado, y ejecutado. Una película de muchos debutantes y gente muy joven en el equipo técnico, pero que, con todo, han conseguido resolver con nota el objetivo que se planteaban. No quiero acabar sin mencionar los premios que esta película obtuvo en el Festival de Cine español de Málaga: “Mejor dirección” y “Mejor interpretación” para Nausicaa Bonnin y Eduard Fernández. Les dejo con esta familia que está muy lejos de ser perfecta, pero, hay alguna que lo sea?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El desamparo, la necesidad y la falta de amor son algunas de las emociones que echa en falta Armonía, una niña que vive en el sur de Argentina, en la zona conocida como El bolsón, junto al río negro, con sus padres, unos progenitores alejados de la civilización, que echan pestes del sistema capitalista, y viven en una barca sin luz, gas y otras comunidades. Desde el primer instante de la película, nos dejan bien claros los sentimientos de la niña, con esa primera imagen, una imagen que se repetirá a lo largo de la película, en que la niña, echada junto a un árbol, reclama al cielo, mediante un walkie talkie, que vengan a buscarla, o lo que es lo mismo, que la escuchen y al rescaten de esa vida que no le gusta, que aunque tenga una vida tranquila y en plena naturaleza junto a sus padres, se siente sola, incomprendida, vacía, en un mundo donde los adultos hacen y deshacen sin contar con ella. La directora argentina, que despuntó en cortometrajes de carácter personal, se basa en su infancia, ya que vivió junto a sus padres hippies progresistas en más de diez países, entre los que se encuentra la zona donde se filmó Yo niña, su opera prima.
El relato se cobija en la mirada de Armonía, todo lo que sucede lo vamos a ver desde esa mirada infantil e inocente, de alguien que vive junto a unos padres que van hacia otro lugar, unos padres que llevan una existencia que nada tiene que ver con el cuidado y la educación de una niña, en un entorno que no resulta el más apropiado para el crecimiento de la niña. Arpajou impone un tono naturalista, en consonancia con el entorno, muy transparente e íntimo, en una cinta que tiene a solo tres personajes buena parte de su metraje, y nos enclava, en su mayoría, en ese entorno natural y salvaje, en hogares como una barco junto al mencionado río, una cabaña en mitad del bosque y sobre todo, desde la altura y la mirada de la niña, alguien criado en ese lugar y luego, cuando va a la ciudad, el choque tremendo al conocer la urbe, tan distinta a ella, con esas ideas de adultos demasiado para ella, una niña que le encanta relacionarse con otros niños de su edad y jugar a las muñecas, situaciones que no tiene en el sur junto a sus padres. Una niña que no entiende y se margina en las cuestiones que van sucediéndose en la película.
La directora nacida en Mar del Plata, no quiere hacer una tesis sobre la educación adecuada ni nada que se le parezca, sino que va planteando circunstancias y cómo se van desarrollando, para de esa manera el espectador tenga la distancia adecuada para emitir sus propios juicios, huye completamente del manido “buenos y malos”, adoptando una mirada abierta y global para no caer en la superficialidad o tratamiento demasiado “positivista” de otras producciones. La cámara registra la historia, que nunca resulta monótona y esperada, sino todo lo contrario, el relato avanza con paso firme, sin estridencias ni subrayados, todo se cuenta desde lo más profundo y las diferentes posiciones de los personajes que nos vamos encontrando en el camino, deteniéndose en esa complejidad y múltiples puntos de vista enfrentados, tanto entre los padres, entre amigos, familiares u otros padres. Yo niña habla de la infancia, de una forma diferente de crecer en un entorno demasiado difícil para una niña como Armonía, también explora los métodos educativos, y la complicada relación entre padres e hijos, profundiza en la dificultad de vivir alejado del capitalismo feroz, y en las herramientas ante una existencia en la que hay que estar dispuesto a pasar penurias, tristezas y alegrías, quizás demasiados altibajos para una pequeña niña.
Natural Arpajou no se sale del camino trazado, y no quiere sorprendernos con artíficos de ningún tipo, sabe dónde quiere llegar y cómo transmitirlo, amasando con paciencia su relato, y entrando con sigilo a las emociones de los espectadores, y por ese motivo se rodea de dos intérpretes maravillosos y naturales como Andrea Carballo, que ya había trabajado con la directora en uno de sus cortometrajes, da vida a la madre de la niña, Esteban Lamothe como el padre, y para Armonía se encontró en un arduo casting a la debutante Huenu Paz Paredes, que se convierte en el alma mater de la función, generando ese abandono y soledad de la niña con pocos detalles y asentándose en la fuerza de su mirada, con ese pelo rojizo y enredado, asumiendo ese rol de la niña a lo Gretel, atrapada en esa casita de ensueño, pero que si escarbas te encuentras con la mugre, lo triste y lo oscuro, que tiene muchos puntos en común con Baja marea, de Roberto Minervini, donde también nos encontrábamos a un chaval poco atendido y querido. Yo niña es una magnífica fábula moderna y de siempre, en la que nos encontramos a una niña perdida, demasiado sola y triste que solo desea conocer el mundo y sentirse cerca de los suyos, aunque solo sea por un instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Arnau Comas Quirante, Judit Cortina Vila y Oriol Llobet Avellaneda, intérpretes de la película «Les dues nits d’ahir», de Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 12 de marzo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arnau Comas Quirante, Judit Cortina Vila y Oriol Llobet Avellaneda, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Begoña de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.