Entrevista a Carolina Astudillo, directora de la película «Canción a una dama en la sombra», en su domicilio en Badalona, el miércoles 27 de julio de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carolina Astudillo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Sólo nosotras esperamos aún, con una espera de todos los tiempos, la de las mujeres de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo: la espera de los hombres volviendo de la guerra”.
Marguerite Duras
“Nadie sabrá de ti, Penélope, más que el diseño que te forjaron los homeros y las mitologías”
Olga Zamboni
En el imaginario de Carolina Astudillo (Santiago de Chile, 1975), cualquier imagen, sonido o texto escrito, sea cual sea su procedencia, casi siempre ajena, se descontextualiza por completo, como si la imagen se tratase de un objeto orgánico, un espacio que se abre, se profundiza y sobre todo, se resignifica, transformándose, en un minucioso trabajo de montaje, en otra imagen, y un significado completamente diferente al de su origen. Todo este proceso de Astudillo nos devuelve, no solo a reinterpretar constantemente el pasado de la historia, sino a resituarnos en relación a todas esas “nuevas” imágenes y como no, a todo el discurso que generan después de su vuelta a nacer.
Desde el primer trabajo que vi de la directora chilena afincada en Barcelona, aquel De monstruos y faldas (2008), y los posteriores siguientes, la mirada de la cineasta siempre se muestra atenta a la memoria, un cine que lucha contra el olvido, no solo de las imágenes, sino de todas aquellas personas que se vieron olvidadas por el discurso oficial. Su opera prima El gran vuelo (2014), ya buceaba en la historia de Clara Pueyo Jurnet, militante del Partido Comunista que desaparece sin dejar rastro después de su etapa en la cárcel, a través de otras imágenes que hacía suyas, y las voces que nos contaban su vida. Después de Ainhoa, yo no soy esa (2018), donde recuperaba la vida de joven y su desencanto vital, a través de sus huellas, en forma de diario, videos y voz. En Canción a una dama en la sombra, vuelve a la vida de Clara Pueyo i Jurnet, pero esta vez, en la peripecia vital de su hermano Armand, y la esposa de éste, Soledad Tartera, y nos convoca a las vidas olvidadas y fantasmales de una pareja separada por la guerra, un amor truncado por el exilio y la espera, que es como se divide la película, solamente esperanzada en las cartas que recibe la mujer desde el exilio francés, entre el septiembre del 39 a mayo del 40 cuando dejó de recibirlas.
El cine de Astudillo, siempre inquieto y curioso con la propia materia cinematográfica, en su incesante de búsqueda de imágenes, objetos y textos del pasado, va mucho más allá, adentrándose en otros espacios, en otras miradas. En primer lugar, vuelve a rodar material propio, como hiciera en la mencionada Ainhoa, yo no soy esa, eso sí, con una cámara de Súper 8, en el que acoge a dos actrices, Alicia González Laá y Padi Padilla, de reconocida trayectoria teatral, para que lean, respectivamente, las cartas de Armand a Soledad, y fragmentos de textos como el de El dolor, de Marguerite Duras, en el que escribía sobre la espera de su amor que fue encerrado en un campo nazi, y otros como los de Marcela Terra, entre otras. La realizadora chilena vuelve a sumergirnos en un profundo y magnífico caleidoscopio de imágenes, textos, sonidos, texturas y demás, en el que nos va envolviendo en una época triste, difícil y sumamente angustiosa, donde se juega a un elemento característico de la directora como la presencia-ausencia, y todo ese espacio límbico que queda, donde hay tiempo para la ilusión y la esperanza aunque sean efímeras y muy débiles.
Estamos ante la película de mayor duración de Astudillo, casi las dos horas de metraje, donde seguimos el periplo de una mujer, Soledad, que espera la vuelta de su marido, Armand, y un hombre que no puede volver a su vida, a su patria, y sobre todo, a una forma de vida que el fascismo ha roto. La directora vuelve a contar con dos de las cómplices más íntimas en su cine, Ana Pfaff en la edición, haciendo un grandioso trabajo de montaje, donde toda esa mezcla de imágenes, sonidos y textos de orígenes diversos, acaba adquiriendo una armonía increíble, llena de sensibilidad y reflexión, y Alejandra Molina en el diseño sonoro, una de las partes fundamentales en el cine de la chilena, porque el juego de diferentes y complejas capas, adquiere ese tratamiento sonoro capital que no resulta de acompañante, sino que va más allá, creando todo un espacio donde todo se desenvuelve hacia otros lugares. Destacamos las incorporaciones en el universo de Astudillo del cinematógrafo Américo Voltio, en el que consigue dotar de textura orgánica a las imágenes de Súper 8, y la excelente música de Carles Mestre que sabe dotar de intimidad y delicadeza a la dureza del tema que se trata en la película.
La cineasta chilena no habla de mujeres que solo esperan, como la Penélope de Homero, sino en ese sentido, también hay una mirada diferente al clásico, descontextualizándolo y creando una forma, más actual y feminista, donde Soledad, la mujer que espera en Canción de una dama en la sombra, espera activamente, trabajando en la fábrica y tirando hacia adelante a sus hijos, donde su historia es la historia de muchas mujeres que la guerra dejó solas pero no muertas, sino completamente resistentes, valientes, madres y mujeres, que la emparenta con Penélope (2017), de Eva Vila, donde hay también hay una mirada desde aquí al clásico, reinterpretándolo y sobre todo, situándolo en una visión más feminista y humanista. Astudillo crea imágenes muy potentes y reveladoras, porque dentro de su fusión de imágenes, sonidos, textos y texturas, construye un demoledor discurso sobre la importancia de la memoria, rescatando a tantas personas que se pierden en el olvido de la historia, desenterrando sus vidas, luchando ferozmente contra ese olvido que tantos gobiernos han pretendido inculcar.
Viendo el cine de Astudillo pensamos en la labor del cine o la idea del cine en los tiempos actuales, porque el cine, aparte de contar historias, debe generar reflexión, porque si no es cine, es otra cosa, es espectáculo y entretenimiento vacuo y superficial, y el cine de la directora chilena e mantiene firme y convencido en todo lo que quiere conseguir en el espectador, devolverle la historia de verdad, aquella que nos han ninguneado desde las élites poderosas, que no les conviene el pasado, porque rastrea sus orígenes que nunca son honestos ni humanos. El cine de la cineasta chilena lucha contra todo eso, desenterrando fantasmas, dándoles el espacio que otros les negaron, y sobre todo, devolviéndoles su dignidad, su valor, su valentía y su humanismo, para que las personas de ahora sepamos quienes fueron y además, rescatar la lucha en las sombras de tantas mujeres como Soledad, antes Clara, y tantas y tantas que desconocemos, porque también ellas hicieron su guerra, no en el frente, sino en casa, sobreviviendo y sobre todo, alimentando a sus hijos e hijas, las personas del mañana, y soportando una sociedad triste, beata, conservadora y militar, una vida que no fue nada fácil, y ellas también sufrieron su exilio y ausencia, sin amor, sin consuelo y sin vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Irene M. Borrego, directora de la película «La visita y un jardín secreto», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Hostal Cèntric en Barcelona, el domingo 20 de noviembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Irene M. Borrego, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Mariona Borrull de Comunicación de L’Alternativa, por su trabajo, amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un gran retrato es siempre más un retrato del pintor que de la pintada”.
Samuel Butler
De la cineasta Irene M. Borrego conocíamos muchas facetas en el oficio del cine. Amén de haber producido películas tan interesantes como El mar nos mira de lejos (2017), de Manuel Muñoz Rivas, Dos islas (2017), de Ariadna F. Castellanos y This Film is About Me (2019), de Alexis Delgado, y haber dirigido nueve cortometrajes entre los que destacan Vekne hleba i riba (2013) y Muebles Aldeguer (2015), piezas en las que prima la existencia cotidiana a través de lo mínimo, de aquello que no se ve, a partir de retratos donde se nos revela lo invisible y lo ausente. Los mismos elementos continúan en su primer largometraje como directora, La Visita y Un Jardín secreto, un relato breve, apenas sesenta y cinco minutos, doméstico, nunca salimos de las cuatro paredes de la vivienda de Isabel Santaló, una pintora que vive su vejez junto a su gato, la asistenta que le ayuda, alguna que otra visita y poco más.
La película aborda la figura de la pintora desde la más absoluta intimidad, sin alardes formales ni nada que se le parezca, desnudándolo todo, acercándose de manera tímida al principio, como si de un documental observacional se tratase, y luego, adentrándose más en la vida y obra de la pintora mencionada, todo contado desde la sensibilidad, delicadeza y tacto posibles, mostrando y mostrándose, porque la película no solo se queda en el retrato al uso, sino que va mucho más allá, porque recorre la vida de la pintora, dejando fuera hechos y datos, en un sentido emocional, en un sentido humano, a través de la voz del reconocido pintor Antonio López, que nos va contando los recuerdos sobre Isabel, colega de generación, situándose en ese espacio desde donde la película nos habla, rescatar la figura de Isabel, su obra, que nunca veremos, y sobre todo, su pensamiento y reflexión, pero desde la sutileza, desde lo íntimo, y desde el encuentro y desencuentro entre la pintora y la cineasta que la quiere retratar, dejando visibles todo el armazón cinematográfico, porque podemos ver la película como un ensayo de cómo se hace una película.
La película abraza ese espacio doméstico y lo muestra sin tapujos, ni formalidades ni tecnicismos, sino con toda la verdad, tanto cinematográfica como humana posibles. Encontramos a Rita Noriega, cinematógrafa de las recientes Cerdita y El cuarto pasajero, entre otras, y a Javier Calvo, que se encargo de la fotografía de Palabras para un fin del mundo (2020), de Manuel Menchón, construyendo esa luz natural y velada, en la que se acercan a la retratada de la forma más transparente y oscura que requiere la película, así como el trabajo de sonido que firman Nicolas Tsabertidis, que ya estuvo en Muebles Aldeguer, y es habitual de Jaime Rosales, y Hugo Leitâo, cómplice del cine de Pedro Costa, creando esa desnudez que tanto necesita el relato, y al citado Manuel Muñoz Rivas (montador de directores tan importantes como Eloy Enciso, Irene Gutiérrez, Mauro Herce y Théo Court, entre otros), como coguionista y coeditor junto a la directora, en un conciso y detallista en el que todo se envuelve en una aura de cercanía y misterio a la vez, porque es tan importante lo que se nos cuenta como todo aquello que se nos oculta.
Una película-documento que tiene ese aroma de búsqueda, de saber el pasado y dejar memoria de lo que fue y es, en la que la figura desconocida de Isabel Santaló va revelando y rebelándose a medida que avanza el relato, en una historia que cuenta y desentierra misterios y secretos ocultos o no, y otros, los entierra, en los que se habla de muchas cosas, desde la pintura, desde el proceso creativo, los miedos e inseguridades tanto del artista, como de la sociedad franquista y represora que le tocó vivir a la pintora, también, de la familia, ese espacio que se opuso a la decisión de Isabel, las diferentes luchas internas y externas de ser pintora, las dificultades de visibilizar su obra, tan radical y diferente a las corrientes del mundo del arte, el hecho de ser mujer y artista en una sociedad conservadora, aniquiladora y machista, y el retrato sobre la vejez y sus circunstancias, tan ausente en la mayoría del cine que se hace, en el que parece que la vejez es una enfermedad terrible que es mejor no analizar y mostrar en el cine y en cualquier arte.
La película también funciona como un misterio en sí misma, porque retrata aquello perceptible y aquello oculto, aquello que debemos intuir y en cierta forma, inventar, y en un entorno cercano y alejado a la vez, porque La Visita y Un Jardín secreto tiene ese aroma del cine doméstico y revelador que tanto tenía el cine de Chantal Akerman, en sus películas-retrato-hogar, en las que todo se cocía a fuego lento, deteniéndose en lo minúsculo, observando aquello imperceptible, descubriendo y emocionándonos con todo aquello que requiere de pausa y mirar, detenerse a mirar y sobre todo, a escuchar y escucharnos, como hace la película de M. Borrego que, a su manera, se erige como una revolución en toda regla, alejándose de este mundo mercantilizado en el que todo es rapidez y producción, donde hemos olvidado el gesto tan humano de detenerse, observar nuestro entorno más inmediato y cercano y escuchar al otro y a nosotros mismos, en el que podamos hablar, como hace la película, del olvido, la memoria, la pintura, el cine, la creación y nuestra percepción de un mundo que corre demasiado y se olvida de todo lo que importa y todo lo que tenemos delante que, quizás, es todo aquello que necesitamos para crecer y ser mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Laura Sisteró, directora de la película «Tolyatti Adrift», en su vivienda en Barcelona, el viernes 28 de octubre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Sisteró, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Alejandro Loayza Grisi, director de la película «Utama», en el Hotel Catalonia Gràcia en Barcelona, el viernes 21 de octubre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejandro Loayza Grisi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sylvie Leray de Reverso Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu”.
Mateo Alemán
La ciudad de Tolyatti, situada en la parte sudeste del país de Rusia, a orillas del Volga, creció enormemente en la extinta Unión Soviética a razón de su empresa automovilística AvtoVAZ, la compañía que inundó de modelos Lada todo el país y parte del extranjero, convirtiéndose en la imagen próspero de la industria soviética. En la actualidad, con la desaparición del gigante soviético y la competitividad capitalista, la ciudad se ha convertido en un espejismo de lo que fue, erigiéndose en una de las ciudades más pobres del país, donde los jóvenes están perdidos, deambulando en una especie de limbo-bucle y sin ninguna perspectiva de vida. Tolyatti Adrift (que podríamos traducir como “Tolyatti a la deriva”), no sumerge en esa realidad asfixiante que viven cientos de jóvenes rusos en la ciudad mencionada, y sobre todo, en su afición, en el que compran viejos coches Lada, los tunean, y los hacen derrapar, en un espacio de rebeldía, de resistencia y de felicidad, aunque sea solo por un breve espacio de tiempo.
La directora Laura Sisteró (Barcelona, 1986), pasó por la Emav, y luego fue a la Escac a estudiar documental, y conoció la realidad actual de Tolyatti a través de un artículo y se marchó a conocer in situ esa realidad. La cámara se posa en tres vidas, las de los jóvenes Slava, Misha y Lera, y sus respectivas circunstancias, uno de ellos quiere librarse del servicio militar obligatorio, el otro, siendo el alumno con mejores calificaciones, se ve abocado a un futuro incierto, y finalmente, la chica, que trabaja muchas horas como cocinera y sueña con tener un Lada y ser una más de este movimiento joven y rebelde. Durante un año, como esas vidas en continuo bucle, asistimos de forma íntima y profunda, a ser testigos de esas existencias detenidas, difíciles y llenas de incertidumbre, en una dualidad constante entre el pasado glorioso soviético y la miseria actual, entre los mayores y los jóvenes, entre lo de fuera y dentro, entre no saber qué hacer ni adónde ir, una especie de reflejo-doble donde los Lada y sus derrapes adquieren toda la fuerza y libertad para unos jóvenes que parecen zombies anclados en una realidad muy sucia y muerta, que deambulan sin rumbo esperando que suceda alguna cosa.
La directora catalana se ha rodeado de un excelente equipo como el cinematógrafo Artur-Pol Camprubí, debutante en estas lides y alma de la película, con esa luz, casi siempre nocturna, entre sombras y abstracta en ocasiones, que recuerda al cine de terror, y una cotidianidad dura, que duele. El trío de montaje con la magnífica Ariadna Ribas, Alissa Doubrovitskaia, que ha trabajado en los equipos de películas como La vida de Adèle, e Yves Saint Laurent, y la propia directora, que consiguen sumergirnos con precisión y sensibilidad a esa irrealidad tan real en unos setenta minutos breves de metraje. El gran trabajo de sonido que firman un grande como Jordi Ribas, que conocemos de sus películas con Albert Serra, Gerard Tàrrega Amorós, que ha trabajado con Mar Coll, Neus Ballús y Elena Trapé, etc… E Iban R. Gabarró, que ha firmado películas con Miguel Ángel Blanca. Y el fantástico equipo de producción con Boogaloo Films con Bernat Manzano y Miguel Ángel Blanca, y la francesa Les Films d’Ici, con la que vuelven a coproducir después de la experiencia del documental Hayati (2018), de Sofi Escudé y Liliana Torres.
Sisteró ha construido una película que va más allá de la propia realidad que retrata, porque en muchos instantes nos olvidamos del documento y nos adentramos en terreno de ficción, donde entran el cine de género, como Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven (2013), que imaginó unos vampiros vagando por esa fantasmal Detroit, también epicentro de la industria automóvil antaño, ahora una lugar reducido a cenizas y sombras. La película retrata una realidad fragmentada, una realidad espectral, una realidad que no tiene futuro, adentrándose en una juventud perdida y desorientada, sin rumbo ni nada qué hacer, solo con sus Lada, con ese mundo del motor, de sus piezas y los derrapes, mirando a una realidad durísima peor sin tremendismo, una mirada que se asemeja a las del citado Miguel Ángel Blanca en sus magníficas Quiero lo eterno (2017) y Magaluf Ghost Town (2021), sendas aproximaciones a la primera juventud, a ese limbo que parece irreal, donde unos jóvenes andan de aquí para allá, sin saber, sin hacer y sobre todo, sin sentir. Aplaudimos la opera prima de Laura Sisteró y nos alegramos no solamente que nos descubra la realidad de una ciudad como Tolyatt de la Rusia de Putin, y también, esa otra Rusia, más cotidiana y cercana, que alberga muchas vidas y almas como los jóvenes que aquí se retratan y otros que están también ahí, que difieren muchísimo de esa realidad tan superficial que continuamente nos venden desde los medios y el poder que los financia que, a la postre, no dejan de ser el mismo mecanismo de falsedad y sometimiento a su “verdad”, cuando vemos que la realidad siempre es diversa, complejísima y llena de subterfugios y demás zonas muy profundas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
En un momento de la magnífica Wild Bunch (1968), de Sam Peckinpah, el líder de la banda de forajidos mayores que se hace llamar Pike Bishop, que interpreta magistralmente un envejecido William Holden, al toparse con un automóvil, mira a los suyos que están atónitos ante semejante objeto, y se mira hacia sí mismo, sabiendo que el progreso acabará con sus vidas de caballos, libertad y paisajes. Un sentimiento parecido alberga Virginio, un pastor de llamas quechua que ha vivido toda la vida en el altiplano boliviano junto a su mujer, Sisa. Varios factores tambalean la existencia de Virginio y las otras vidas que todavía resisten en tan vasto y dificultoso lugar, como la tremenda sequía que sufren, la avanzada edad que viene acompañada de enfermedad y la visita inesperada de Clever, el nieto que viene de la ciudad con la intención de llevárselos consigo. Aunque, el anciano se resiste a dejar su lugar, a abandonar su paisaje y sobre todo, a si mismo, oponiéndose tanto a su mujer y su nieto, que ven con buenos ojos el traslado a la ciudad.
El director Alejandro Loayza Grisi (La Paz, Bolivia, 1985), ha dirigido cortometrajes y videoclips dando prioridad a la estética y la forma, debuta en el largometraje con Utama (traducido como “Nuestro hogar”), a medio camino entre el documento y la ficción, con el mejor aroma de Rossellini, Kiarostami y demás, adentrándose en el complejo y durísimo paisaje del altiplano boliviano, y sumergiéndonos en la existencia de una pareja de ancianos quechuas, mimetizándonos con su paisaje, el rebaño de llamas y el sonido y el movimiento de ese caminar diario. Un relato donde se habla poco, todo se construye a través de las miradas y el silencio entre los tres únicos personajes, amén de otros que condensan una realidad de sequía y dificultades para los pastores y agricultores. El director boliviano se ha rodeado de su familia con la que firma la producción de la cinta, junto al padre Marcos Loayza, santo y seña de los últimos casi treinta años del cine boliviano, con el que Alejandro ha trabajado en sus dos últimas películas hasta la fecha, encontramos a sus hermanos Santiago y Mario Julián.
En el apartado técnico encontramos a dos grandes de la cinematografía latinoamericana, como no podía ser de otra manera, conociendo el concienzudo trabajo estético del director en sus anteriores trabajos, como la cinematógrafa Bárbara Álvarez, que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, que algunos recordarán como los directores de Whisky, Lucrecia Martel, Dominga Sotomayor y Anna Muylaert, entre otros, dotando a la historia de belleza plástica que contrasta la dureza de los elementos naturales entre los que se mueven como mencionaba Renoir. Encontramos otro gran nombre en el montaje con Fernando Epstein, que amén de trabajar con los mencionados Rebella y Stoll, también ha trabajado con Lisandro Alonso, Marcelo Martinessi y Gabriel Mascaro, imponiendo un excelente ritmo para contar sus ochenta y siete minutos de metraje pausado para una historia que necesita que el espectador se detenga y la mire, se deje llevar por su no tiempo y su pesadez en el paso y en el hacer.
Otro elemento destacable de la película es su reparto, escogido minuciosamente entre las gentes mayores del altiplano, que no solo aportan veracidad y naturalidad a los personajes, sino que es imposible expresar tanto con tan poco, porque aportan sabiduría en muchos sentidos: la vital, la emocional y sobre todo, la experiencia vivida en un lugar que se pierde, en un espacio que ha dejado de ser, una vida que se aleja. Los tres enromes seres y debutantes en estas lides de lo cinematográfico, que dan vida a los personajes en cuestión son José Calcina dando vida a Virginio, el anciano terco como una mula, muy callado que, como los viejos hidalgos de antaño, se resiste a renunciar a su vida y a su paisaje, peleándose con todos y sobre todo, consigo mismo, como aquel que residía en algún lugar de la mancha… A su lado, Luisa Quispe es Sisa, la mujer de Virginio, la serenidad ante el final de la vida, adaptándose a las circunstancias adversas y a la vida, que también se termina, que apoya la idea de Clever, el nieto, que hace Santos Choque, un joven que intenta convencer al abuelo, aunque no le será nada fácil.
Loayza Grisi ha construido un relato que va desde el drama íntimo, el paisaje y las formas de vida como documento antropológico, muy en la línea de Flaherty y Grierson, y el western crepuscular, desenterrando las entrañas y la decadencia de una forma de ser y vivir, muy en el marco del citado Peckinpah y los Leone, Corbucci y los Pollack, Brooks, Penn y demás outsiders del otro cine estadounidense. Una película cocida a fuego lento, sin prisas, con ese temple y reposo un relato que retrotrae a las historias clásicas y universales, porque la localización del altiplano y el idioma quechua que saben los abuelos y no el nieto, podrían ser de cualquier otro lugar y cualquier otra época de la historia, porque de los que habla Utama, no es otra cosa que del final de la vida, de decir adiós a la vida, siendo agradecido y no dejando que el pasado se imponga al presente. Utama nos habla de vida, de memoria, de paisaje, y también, de olvido, de una vida que se termina, de un tiempo que ya fue, de una forma de vida que, como les ocurre a muchos de los personajes de Peckinpah, se resisten a dejar y vencerse, aunque ya el tiempo, el progreso y las nuevas formas de vida e ideas, haya pasado por delante y los haya dejado fuera de lugar, de tiempo y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Anna Giralt Gris, directora de la película «Robin Bank», en la oficina de la productora Gusano Films en la Incubadora Almogàvers en Barcelona, el lunes 26 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Giralt Gris, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Gusano Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todo el mundo quiere largarse de este barrio. Lo oyes cada día. La verdad es que lo llevo oyendo toda mi vida. Planes de mierda y sueños rotos que no se llegan a cumplir. Pensando en cómo irse para no volver”
La secuencia, a modo de prólogo, que abre Libélulas, muestra a las dos protagonistas Alex y Cata en ese estado de estar sin estar, deambulando por aquí por allá, sin nada que hacer ni rumbo que tomar, haciendo como si se divirtiesen o quizás, una propia representación de esa vida que les gustaría tener y que para nada tienen. Sumergidas en una existencia detenida, malviviendo en esos barrios de la periferia donde no ocurre nada que valga la pena, perdiéndose en las noches donde se drogan, juegan a divertirse y también, se pelean. Son dos jóvenes, amigas de toda la vida, que sueñan con huir de su realidad, pero su realidad hace mucho que las dejó tiradas o tal vez, todavía lo de escapar se ha convertido en un sueño, no en una realidad real.
El director Luc Knowles, que se fraguado en el videoclip y la publicidad, opta por un marco reconocible y atemporal, es decir, su aspecto y su imagen son muy próximas a ese cine del extrarradio, al cine de Larry Clark, Greg Araki, Harmony Korine y Sean Baker, entre otros, sin olvidar a películas como Rosetta (1999), de los Dardenne o Winter’s Bone (2010), de Debra Granik, donde abundan las casas baratas prefabricadas o esas caravanas, gentes sin trabajo o trabajos precarios, gentes sin alma que trapichean, se drogan y pierden su poca vida en noches tan largas que hacen del día un tiempo insoportable. La cámara de Iván Sánchez Boró (que ha trabajado en películas de Ramón Luque), es una cámara pegada al cuerpo y la piel de los protagonistas, metiéndose entre ellos, sumergiéndose en su irrealidad y en su intimidad, sin juzgarlos solo retratando su cotidianidad, sus conversaciones y esa soledad compartida que duele y que entristece. La música de Iván Espejo (aka John Vermont) resulta fundamental en este retrato de aquí y ahora, que sabe escrutar y describir los diferentes estados de ánimo de los diferentes individuos, sus montañas rusas emocionales y ese ir y venir intenso y muy loco.
Una banda sonora que incluye un temazo como los que se marcaba el gran Bambino, porque escuchar “Culpable”, mientras vemos el rostro desencajado de Milena Smit es oro puro, uno de esos momentos del cine español de esta temporada. La trama es sumamente sencilla, vemos las jornadas de estos jóvenes y sobre todo, sus noches de drogadicción y fiestas locas y sexuales, mientras seguimos a un par de polis, uno de ellos corrupto, que investigan quién o quiénes están moviendo por el barrio medio kilo de perico, donde el director usa para ver ese barrio o lo que queda de él, sumido en su depresión enfermiza, con tiendas cerradas y abandonadas, lugares convertidos en basureros, y una desolación que tiene que ver con ese aire fantasmal de los lugares donde la vida pasó de largo. Estos jóvenes podrían ser los hermanos mayores de Javi, Manu y Rai, los tres chavales que pululaban por Barrio (1998), de Fernando Léon de Aranoa, porque si uno de los grandes puntazos de la película es su increíble reparto, que destila alma y fisicidad.
Un extraordinario casting en el que mezcla algún que otro veterano con un reparto lleno de caras desconocidas y muchos debutantes o con poquísima trayectoria en esto del cine, si exceptuamos a Milena Smit como Cata, que nos flipa cada vez que la vemos en sus inquietos y sinceros personajes, con ese aire de fragilidad e inocencia, pero con un alma fortísima en su interior, como la chica oscura de No matarás o la madre-niña de Madres paralelas. Bien acompañada por Olivia Baglivi como Alex, con la que hace una pareja rompedora, que se comen la pantalla, traspasándola y conmoviéndonos a través de una pureza y cercanía maravillosas. Son dos grandes agitadoras ye inquietas y agitando cada secuencia en la que están presente, que no estarían muy lejos de las chicas de la reciente Las gentiles, de Santi Amodeo. Alex es la chica que planea pirarse con su chico Jota que hace Gonzalo Herrero, Pol Hermoso es el rubio, el que se lo hace con Cata, con sus rollos y demás, Lei Lei Wu es el chino, un cocinero al que le va Alex, y trabaja con Marina Esteve, la hermana de Alex. También encontramos a Javier Collado como Nico, el poli de armas tomar, yonqui y putero, toda una joya en la cinta, al que le acompaña Raquel Brel.
Libélulas, gran título que hace referencia a esa fragilidad fusionado con el continuado aleteo, un no parar en unas vidas que pueden deshacerse en cualquier instante. Una película atípica dentro del panorama del cine español, por su transgresora propuesta, su forma y fondo, en continua búsqueda como sus protagonistas, dos mujeres al borde todo y en la nada perenne. Un filme que recoge el aroma de ese cine indie estadounidense que tanto ha brillado a nivel internacional, mostrando las miserias humanas y sociales de aquellos que son expulsados del paraíso que nos hablaba el gran Jarmusch, o aquellos otros, más alejados que tanto le gustaban a Waters, en todo caso, celebramos el estreno de una película como esta, y nos alegramos de la llegada a nuestro cine de un tipo como Luc Knowles, y deseamos que su talento siga trabajando en el cine y sigamos conociendo su forma de hacer y deshacer, y sobre todo, esa intuitiva y humana mirada a los de abajo, a los excluidos y a los que nada tienen y sienten mucho, nos deje algunas obras interesantes, honestas y humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA