Caída libre, de Laura Jou

LA REINA DESTRONADA. 

“Esto no es un deporte. Esto es competición y competir significa ganar. Y a mi me gusta ganar”. 

Como de revelador resulta, a veces, la primera imagen elegida para abrir la película. En Caída libre no sólo cumple con esa intención, sino que advierte la historia que estamos a punto de ver. Un primer plano de Marisol en el que nos mira a nosotros, mientras va maquillándose de forma muy peculiar: deja marcada las líneas como si estuviera preparándose para la guerra como hacían los indios. Luego, la vemos en su flamante deportivo conduciendo ferozmente y más tarde, entrando en el Centro de Alto Rendimiento con peluca oscura con ese peinado recto sin fisuras, vestido ajustado y negro y andares seguros y altivos, mostrando su poderío y carácter. Una imagen poderosa y bella, que también oculta la verdadera naturaleza del personaje. Una mujer, antaño campeona de gimnasia, ahora entrenadora recta, estricta y exigente con métodos durísimos, salvajes y sin piedad. Y todo sin usar diálogo, sólo con imágenes, a partir de la imagen de una actriz como Belén Rueda, con una mirada impertérrita, la que mira con un objetivo, el de ganar, y de paso, dejar claro quién es la mejor, sin titubeos, sin sentimentalismos y sobre todo, sin dudar de la capacidad de una misma. 

Con la producción de cómplices y compañeros de viaje como Juan Antonio Bayona, Belén Tienza y Oriol Maymó, y el guion de Bernat Vilaplana, que conocíamos por su labor como editor junto a Juan Antonio Bayona y Guillermo del Toro, amén de otros, en su segundo trabajo como guionista después de la coescritura en La sociedad de la nieve, del citado Bayona, la directora Laura Jou (Barcelona, 1969), que se pone tras las cámaras después de su interesantísimo debut con La vida sense la Sara Amar (2019), que deja el drama con adolescentes y verano con una película sutil, vitalista y nada complaciente, para adentrarse en un terreno mucho más oscuro, sofisticado y elegante, centrándose en la edad adulta, donde traza sin titubeos y con pausa el retrato de Marisol, una mujer en el trono deseado y con capacidad para seguir en él, pero que verá cómo su reino se vendrá abajo de forma implacable, la película capta todo ese desmoronamiento y la actitud de resistencia que opone la citada protagonista, que luchará con todo para seguir manteniendo su poder. Un personaje que no está muy lejos de la famosa Irina Víner, la entrenadora rusa que prepara al equipo de gimnasia ruso, que la película Over the Limit (2017), de Marta Prus ya dió buena cuenta de sus durísimos métodos. 

La directora barcelonesa construye una película muy oscura, más cerca del thriller psicológico e incluso del cuento de terror, porque la caída de su protagonista está contada con sumo detalle y cercanía, es casi un diario de su caída en cámara lenta, sin pudor, sin lágrimos, despiadado y sin ningún tipo de rubor, con una tensión desbordante, donde el relato nos va asfixiando y sometiendo en ese espacio donde todo puede ocurrir, porque acompañamos a un personaje cayendo al abismo y por su carácter indómito, no se dejará ir y ya, sino que morirá matando. A través de un impecable trabajo de cinematografía de Marc Gómez del Moral, del que hemos visto sus trabajos en La hija, de Martín Cuenca y en series de corte policíaco como La línea invisible y El día de mañana, entre otras, donde imprime una imagen y cuadro bien definidos y mejor iluminados, en el que se imponen los claroscuros y los reflejos, tanto en espejos, como el que abre la película, y esas puertas y pasillos que debido a la estética del mobiliario va produciendo imágenes borrosas e inquietantes. El montaje de manuel de Guillermo de la Cal, especialista en thrillers en los que ha trabajado con Paco Plaza, Jaume Balagueró y Mateo Gil, entre otros, donde se ejerce una tensión brutal al espectador, creando esas situaciones de inquietud y oscurísimas, muy del estilo del primer Polanski, donde con pocos personajes y relatos oscuros conseguía someter a los espectadores. 

La música de Clara Peya, intuitiva y nada acomodadiza, con esos toques de tambores de guerra, ayuda a conducir al respetable por este cuento de terror doméstico de narrativa clásica y llena de sorprendentes momentos. Ya hemos hablado de la gran capacidad de Belén Rueda que, este año año se cumplen dos décadas de su gran debut en el cine como actriz en Mar adentro, de Amenábar, y no me canso de seguir en esa línea, porque lo que hace con Marisol es pura magia, con esa mirada que sin hablar lo explica todo, y mucho más, porque es un personaje muy metódico, que todo se lo guarda para no mostrar ningún tipo de debilidad frente a los demás, y la actriz madrileña sabe manejar todo eso, y dar mucho más, mostrando una mujer fuerte y de carácter, pero también, esa vulnerabilidad que oculta a los demás y sus momentos de caída al abismo son oro puro, porque Rueda se funde con el personaje, con su mirada, su piel, su cuerpo y su rabia y tristeza sin lágrimas. Otra composición digna de una de las grandes actrices de este país, y no sólo por su gran trayectoria, sino porque está cumpliendo años con dignidad, aplomo y haciendo mejores interpretaciones, más maduras, más contenidas y sobre todo, acercándose a aquellas actrices clásicas que eran capaces de todo con sólo una mirada.  

Le acompañan la naturalidad y cercanía de Irene Escolar, que fue gimnasta de Marisol y ahora es su segunda, que tendrá su momento y le expondrá a Marisol los peligros a los que se enfrenta con su actitud destructora, Ilay Kurolovic es Octavio, que hace de marido de la principal, que después de foguearse en series lo vemos en un personaje que será el contrapunto y otro espejo deformante de Marisol, Maria Netavrovana es Angélica, la gimnasta que entrena la protagonista, y que sufrirá su ira y su carácter, y Manuela Vellés es una mujer que se cruzará en el camino de la protagonista, muy a su pesar. Si se acercan a ver Caída libre que, sin ser una película redonda, se parece a las que hace Oriol Paulo, mantiene su capacidad para sumergirnos en la oscuridad del personaje, sin grandes alardes ni florituras, y consigue mantener al espectador sujeto a su butaca y haciéndolo disfrutar pasándolo mal, no se asusten, de tanto en tanto, también está bien ir al cine y que nos vapulean un rato, que sintamos la tensión de la oscuridad y de las mentes perversas, y estarán viendo una forma de condición humana, aquella que no acepta la negativa, porque todo debe seguir según sus principios y acciones, en ese universo que han construido con tesón, manipulación, narcisismo y sobre todo, sometiendo a los demás, no sólo para ganar las competiciones, sino para demostrar que nadie les hace sombra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Faus

Entrevista a Miguel Faus, director de la película «Calladita», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Faus, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Violeta Rodríguez y Nany Tovar

Entrevista a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, actrices de la película «Calladita», de Miguel Faus, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calladita, de Miguel Faus

DIARIO DE UNA CRIADA.  

“Los pobres somos el prado humano donde crecen las cosechas de la vida y de la alegría que recogen los ricos… A fuerza de abusar de nosotros”

Frase de la película “Le journal d’une femme de chambre” (1964), de Luis Buñuel 

La película Calladita se abre de forma contundente y sutil, es decir, vemos un cuadro de postal veraniega, con una costa de casitas blancas y la playa llenando el cuadro. Una imagen esteticista del sumun del placer consumista. De repente, el ruido de un spray y el líquido se impregna en el encuadre del lado derecho por abajo. Una joven vestida de criada limpia con un trapo el cristal de la ventana. Una secuencia que recuerda a aquella otra que también abría La piel quemada (1967), de Josep Maria Forn. En el siguiente plano vemos a la mujer que limpiaba apoyada en otro cristal mientras viaja en el lado posterior de un automóvil. Dos imágenes capitales que dan comienzo a una película que pone el foco en la mirada de Ana, una interna que trabaja para los Roca, una familia de burgueses catalanes que se dedican a marchantes de arte. Esos espacios limitantes que separan la vida de la servidumbre de los señores. Un cristal/espejo los separa y los define, como el cristal de la barra de la cocina, que sube y baja según conveniencia, creando ese no mundo en el que unos viven y los otros trabajan para ellos. 

La puesta de largo de Miguel Faus (Barcelona, 1992), nació como un cortometraje del mismo nombre en 2020 como trabajo de fin de carrera en la prestigiosa London Film School, donde también había hecho The Death of Don Quixote (2018), y después de una pionera en Europa, laboriosa y exitosa campaña de mecenazgo NFTs (non-fungible tokens) creada por el propio director vendiendo fotogramas del corto, en una cinta que nos sumerge en la dura existencia de Ana, una colombiana sin papeles en el mes de agosto en una casa lujosa en la Costa Brava sirviendo a los Roca, en un tono que se mueve entre el realismo y la sátira, a partir de la mirada de la criada, que se irá abriendo a su nueva experiencia, aprendiendo el modus operandi de sus señores y toda su oscuridad. El guion del propio Faus huye del relamido ricos y pobres y se centra en la complejidad de unos y otra, captando todo lo que les separa y les une, en el que emergen la transparencia y oscuridades de sus relaciones, y la vida que desvelamos y la que ocultamos dentro de una cotidianidad tan cercana que abruma por su naturalidad, compuesta por unos días de quehaceres domésticos y unas noches donde las cosas adquieren una extrañeza que revelará lo que esconden cada uno de los personajes. 

Una parte técnica bien equilibrada que juega a mostrar todos los matices del relato como la cinematografía del debutante Antonio Galisteo que resulta fundamental para entrar en ese espacio donde se funden la tranquilidad y la tensión in crescendo, con ese aspecto muy Chabrol, donde conjugaba con talento los desencuentros entre burgueses y servidumbre, y ese tono entre lo real y lo onírico de Buñuel, cineasta del que es muy deudora Calladita, así como el estupendo montaje de Iacopo Calabrese, otro debutante que, maneja con precisión el tempo con esos magníficos 94 minutos de metraje, llenos de momentos donde las relaciones se ennegrecen en ese juego de espejos y reflejos muy hitchockiano en su último tramo, dándole viveza a una película donde lo cotidiano se impone pero de forma pasoliniana donde los roles adquieren mucha confusión. La excelente música de Paula Olaz, que ha trabajo con cineastas tan interesantes como Lara Izagirre, Ibon Cormenzana, Sílvia Munt y Gerardo Herrero, entre otras, genera esa inquietud constante entre la apariencia y lo que se oculta que casa con elegancia y sencillez todo lo que se remueve en la historia. 

Si la parte técnica brilla con sello propio, la parte artística no se queda atrás, y tenemos una protagonista magnífica en la piel de la debutante Paula Grimaldo, que ya protagonizaba el mencionado cortometraje, siendo Ana, una mujer aislada en esa casa lujosa junto al mar, una mujer que cuidado de los suyos desde ahí, que expresa sin alardes toda esa inquietud de la promesa de sus señores del contrato soñado en septiembre y así conseguir sus papeles, que tiene un proceso brutal en la película, porque empieza invisible y poco a poco va despertando y revelándose y haciendo sus cosas, a espaldas de sus burgueses. Le acompañan un elenco extraordinario como la familia Roca, con una Ariadna Gil maravillosa, que bien se mueve, mira y habla, Luis Bermejo, con esa ridiculez de su bicicleta, su huerto y demás caprichos de rico idiota, y los hijos, Violeta Rodríguez, que comparte película y parentesco ficcional con su madre por primera vez, siendo esa joven libre sin ataduras físicas ni psicológicas que es la persona más cercana a Ana, y luego, el otro lado, Jacobo que hace Pol Hermoso, que también estaba en el corto, es el hijo consentido, pijo a rabiar, tonto y aprovechao como el que más. Y luego, Gisela, la otra criada y colombiana que será un aire fresco a la soledad y clausura en la que vive Ana, que hace con naturalidad la venezolana Nany Tovar. 

Una película como Calladita tiene todos los ingredientes para convertirse en una obra que no sólo guste a los espectadores, sino que les haga reflexionar, porque todo lo que cuenta es de una verdad abrumadora, con toda esa hipocresía y violencia de los diversos componentes de la familia, con su exquisitez y apariencias de pacotilla, y toda la estupidez en la que viven y se mueven, y el sometimiento que imponen a una empleada que la tienen en una prisión, sin seguro ni condiciones laborales justas, y luego, está la criada, una mujer que aprenderá rápido y jugará en el mismo espacio que sus señores, escondiendo sus miserias y mostrando su pompa y demás. Una cinta que recoge con inteligencia todo el legado y universo de Buñuel en su capacidad para mostrar todo lo que no vemos, todas esas oscuridades y silencios en el que también existimos, entre lo que mostramos y lo que ocultamos, entre esos mundos de imaginación, donde lo onírico y la mentira se imponen, en el que lo importante no es lo que somos, sino en cómo nos miran los demás, con todas las grietas por las que se escapan las cosas, con detalles que aumentan la profundidad como esos gatos invasores, objetos importantes en la trama como la piscina y el flamenco hinchable y demás, como todo lo que vemos, lo que no, lo que creemos ver o escuchar, y sobre todo, las vidas que tenemos en nuestro interior o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paula Grimaldo

Entrevista a Paula Grimaldo, actriz de la película «Calladita», de Miguel Faus, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Grimaldo, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa, de Álex Montoya

EL DUELO Y LOS CUIDADOS. 

Cuando estaba a punto de llamarlo me acordé de que papá ya no estaba”. 

Del cómic La casa, de Paco Roca

El dibujante Paco Roca (Valencia, 1969), se ha consolidado como uno de los grandes del género con obras de la calidad de Las calles de arena, El invierno del dibujante, Los surcos del azar y Regreso al Edén, entre muchas otras. Dos de ellas, Arrugas y Memorias de un hombre en pijama han sido llevadas al cine en películas de animación, y la otra, que combinaban dibujos animados e imagen real. La casa es la tercera adaptación al cine del universo del dibujante valenciano, en la que sigue hablándonos de sus temas preferidos: la familia, el paso del tiempo, y las heridas y pequeñas alegrías de la cotidianidad, con leves dosis de humor. El film escrito por Joana M. Ortueta, de la que hemos visto su trabajo en series como Servir y proteger, y Heridas, y el propio director, nos sitúa en apenas cuatro días, que van de jueves a domingo. Un largo fin de semana en el que tres hermanos se reúnen con sus respectivos núcleos en la casa familiar donde pasaron su infancia, llena de recuerdos, de memoria, de alegría, pero también de dolor, tristeza y ausencias. 

Unos pocos días en los que a modo de despedida se reunirán, mirarán al pasado y verán su futuro en que la casa se pondrá en venta, o eso es lo que pretenden. A partir de miradas y pequeños gestos se va construyendo el tono y la forma de la historia, con grandes momentos de sensibilidad y dulzura, que tanta falta hacen a los tres hermanos, que están demasiado lejos. Tenemos a Vicente, resentido y difícil de llevar, José, el escritor que estuvo muy ausente, y Carla, la que lo cuidó y la que intenta restablecer los puentes emocionales. Y, luego los otros, sus respectivas parejas e hijos, que actúan como testigos participantes en los reproches y tensiones entre los hermanos. La película crea un espacio sensible e íntimo, alejado de las sensiblerías y condescendencias de este tipo de obras que nos tiene acostumbrados el cine más comercial y vacío.  La casa demuestra que se puede hacer una película profunda y cercana, sin caer en aspavientos llorones y en esa moralina tan facilona y estúpida. Y hace todo eso desde la humildad, heredada del universo Paco Roca, donde todo se puede tocar, se puede oler y sobre todo, abrazar, rodeados de unos personajes que podríamos ser nosotros, en otras circunstancias, pero igual de vulnerables y contradictorios y perdidos. 

Al director Álex Montoya (Valencia, 1973), con un buen puñado de cortometrajes que le han otorgado valiosos premios, y autor de dos largometrajes muy estimables, Asamblea (2019), y Lucas (2021), cine hecho con pocos recursos, pero grande en su forma, fondo y mirada a un grupo de personajes en constante huida y en encontrarse a sí mismos. Con La casa, de la que también es coproductor y comontador, sigue sumergiéndonos en esos mundos domésticos y tangibles, ahora en el interior de una casa, una casa con mucha historia, en un guion que va y vuelve, y que se mezclan presente y pasado, recuerdos y memoria en continuo movimiento y muy activa, donde los personajes viajan en el tiempo y rinden cuentas a lo que fueron, y sobre todo, a la ausencia y a los ausentes, y las huellas imborrables que les han dejado. La magnífica cinematografía de Guillem Oliver, que ya estaba en Asamblea, con esos encuadres y detalle en el plano y la composición, y esa textura de Súper 8 para rememorar el pasado, al igual que su estupendo montaje que firma Lucía Casal, que ha editado tres películas de Jaime Rosales (Hermosa juventud, Petra y Girasoles silvestres), en una película con su tiempo justo con sus 83 minutos de metraje, donde pasado y presente se convierte en un sólo tiempo, en que la casa almacena ese “tiempo” sin tiempo, un tiempo que no existe y a la vez, está tan presente y activo. 

Mención aparte tiene la maravillosa música de un grande como Fernando Velázquez que, es la mejor compañía para las imágenes, pero no acompañando sin más, sino creando ese espacio fílmico donde el tiempo, parte crucial del relato, es un ente vivo que deambula por y dentro de los diferentes personajes, creando todo el entramado y diálogo emocional con cada uno de ellos. Una composición que  sabe recoger todo ese tiempo condensando, mostrando lo invisible y buceando con respeto por las emociones de las diferentes almas tan perdidas y tristes que, en esos cuatro días se enfrentarán a demasiadas cosas, tanto con y contra ellos mismos, y los demás. Un reparto coral en el que destacan el trío de hermanos con un siempre natural y transparente David Verdaguer como José, qué fácil parece interpretar cuando lo hace este inmenso actor, junto a Óscar de la Fuente en Vicente, que recordamos como el enfadado de El buen patrón, y Lorena López como la hermana reconciliadora, que participó en Asamblea, al igual que Marta Belenguer y Jordi Aguilar, la gran presencia de Luis Callejo como el padre, ahora fantasma que está tan presente, Olivia Molina como la pareja de José, María Romanillos, la hija de Vicente, y Miguel Rellán, siempre tan bien como un amigo del pasado del padre. 

La historia de La casa, que se abre y se cierra como Pauline en la playa (1983), de Éric Rohmer, con esa puerta-verja custodia de todo un universo pasado y feliz. Una película emparentada con Las horas del verano (2008), de Olivier Assayas, en la que también había tres hermanos (dos hombres y una mujer), que se reunían en la casa familiar para llegar a un acuerdo y venderla. Dos historias con un denominador común: relatos humanos sobre las diferentes formas de afrontar el duelo y la ausencia, y sobre cómo nos cuidamos los unos con los otros, y cómo afrontamos nuestras emociones, todos nuestros infiernos interiores, y la dificultad de expresarse, cuidarnos y hacer nuestra vida sin olvidar a los nuestros, a los que están pero un día dejarán de hacerlo, y tendremos que seguir sin ellos, arrastrando recuerdos, huellas y demás pinchazos emocionales que, la mayoría de ellos, serán difíciles de llevar, porque la vida y el paso del tiempo siempre nos pone en nuestro sitio, y siempre olvidamos la vulnerabilidad de nuestras existencias, lo rápido que va todo, que pasa todo, y cómo nos olvidamos, muy frecuentemente de lo que importa y lo que no tiene tiempo, porque sucede y se va para no volver. De todo esto habla una película que me ha encantado, porque entre sus muchas miradas tiene eso que tanto me gusta ver en el cine: unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos vemos muy reflejados, en muchos casos, demasiado, tanto que da miedo, de ser cómo somos, aunque, mientras sigamos aquí, tenemos tiempo para no mirarnos tanto el ombligo y mirar a los otros, porque un día ya no estarán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Léa Todorov

Entrevista a Léa Todorov, directora de la película «Maria Montessori», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Léa Todorov, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, a Alba Sala, a la inmensa labor de la intérprete Sílvia Palà, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maria Montessori, de Léa Todorov

LA MUJER QUE CAMBIÓ LA ENSEÑANZA. 

“Para educar a estos niños, lo primero que hicimos fue quererlos”

Maria Montessori 

Erase una vez… Una mujer llamada Maria Montessori (1870-1952), doctora, filósofa, psiquiatra y pedagoga, y un carácter indomable y una pasión desbordante, vive en la ciudad de Roma, por allá en 1900, trabajaba junto a su compañero en una institución para niños discapacitados. Maria aunque era codirectora del centro, no constaba en ningún registro oficial. aunque su amor y dedicación por los niños y su forma cercana y apasionada y observadora en sus métodos de enseñanza, cambió la forma rígida y conservadora e impulsó una nueva forma de educación en la que el niño sería el centro del universo, atendiendo sus capacidades, sus tiempos y sobre todo, enseñándolo a ser libre e independiente. Su forma acuñó el “Método Montessori” que, a día de hoy, sigue siendo la forma más adecuada e inteligente de educar. Esta es su historia y María Montessori (“La nouvelle femme”, en el original), de Léa Todorov (París, Francia, 1982), es la película que cuenta esta historia. Un relato situado en 1900, que arranca en las calles y los cabarets de la bohemia de París, en el que conocemos a Lili d’Alency, una famosa cortesana de gran éxito, que mantiene en secreto a una hija discapacitada, y para quitarse el “muerto” de encima, llegará hasta Montessori, donde la niña aprenderá a ser querida y sobre todo, donde será una más y respetada y visibilizada y tratada con amor y cariño. 

A partir de un personaje de ficción, la citada cortesana, y uno real, Maria, la película es un magnífico retrato del patriarcado de entonces, donde las mujeres estaban sometidas y oprimidas al marido, encontramos a dos mujeres libres e independientes, tanto vital como económicamente, que luchan con todas sus fuerzas para seguir siendo lo que son y demostrar a los hombres y a la sociedad conservadora que hay otras formas de vivir, muy alejadas a los convencionalismos y presiones sociales. También, la película es una excelente biopic, no al uso Hollywoodense, en el que se ensalzan los éxitos y se disfrazan los fracasos, aquí hay verdad, contratiempos, contradicciones (Maria debe ocultar a un hijo porque al no querer casarse, legalmente no puede vivir con él), dramas personales (entre el amor y el deseo contra la prisión del matrimonio), y con la educación (esa lucha entre la modernidad que propone Montessori frente a los carcas hombres que abogan por un sistema que oculta y discapacita al diferente. Una película que ensalza la diversidad y la diferencia, no como problemas, sino como retos para el que enseña y para la sociedad, tratándolo como lo que son, personas como nosotros pero diferentes. 

Una película nacida a partir del documental School Revolution: 1918-1939 (2017), sobre pedagogía alternativa, escrito por Todorov, en el que descubre a Montessori, y por encargo del productor Grégoire Debailly nació un guion coescrito por Catherine Paillé, que ha trabajado con directores tan importantes como Sarünas Baratas, Kiyoshi Kurosawa y Guillaume Brac, entre otros, y la propia directora, que recoge una parte de la vida de Maria Montessori, con la calidad y el detalle que tienen las películas históricas francesas, tanto en su forma como en su fondo, con una luz natural y concisa del cinematógrafo Sébastien Lowe, del que conocemos su trabajo en películas como Una historia de amor y deseo (2021), de Leyla Bouzid, el estupendo y rítmico montaje de Esther Lowe, que se ha fogueado en los equipos de cámara de grandes películas como Los miserables, de Ladj Ly, y La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love, y su debut en Softie, de Samuel Theis, en una película ajustada en sus 99 minutos de metraje, que se pasan con atención y emoción. El ejemplar y sobrio sonido de un experto como Cédric Berger, con más de medio centenar de títulos a sus espaldas, y la delicada música de Rémi Boubal, que tiene en su filmografía a directores como Éric Zonka, y películas que hemos visto como Plan 75, de Chie Hayakawa. 

El tono sencillo e íntimo de la película debía tener unas actrices capaces de expresar mucho con nada y esto se consigue con creces con dos intérpretes magníficas como Leïla Bekhti, que tiene en su haber nombres tan importantes como Jacques Audiard, Cédric Khan y Joachim Lafosse, se mete en la piel de Lili d’Alency, una cortesana que hará su gran y personal travesía para ver con otra mirada, dejándose de prejuicios morales y sociales que la llevará a mirar de otro modo, como si mirase por primera vez, gracias al método de Montessori, que hace una fascinante e hipnótica Jasmine Trinca, una actriz que ya conocíamos de su capacidad en la cinematografía italiana al lado de monstruos como los Taviani, Moretti, Castellitto, Ozpetek, y sus “exilios” con Bonello, fue una de las cortesanas en la maravillosa L’Apollonide (Souvenirs de la maison choice), y con Ildikó Enyedi. Su Maria es cercanísima, se mueve con ligereza y camina con firmeza y valentía, y cómo mira a los niños, con dulzura, con sensibilidad, y sobre todo, con amor, ofreciéndoles toda la humanidad que se les ha negada, con dedicación, con atención y una voluntad y paciencia de hierro. 

No podemos dejar de alentar al respetado público que vaya a ver una película como Maria Montessori, por su inagotable belleza plástica y por su forma honesta y transparente de acercarse a la vida extraordinaria y dura de una mujer que se enfrentó a todos y todo para, sin hacer ruido y sin ningún atisbo de egolatría y ambición materialista, se acercó a los niños y niñas más necesitados, a aquellos que nadie quería y con un sólo gesto que fue mirarlos, cogerles de la mano y sobre todo, quererlos, los cambió para siempre, con mucho trabajo, saltando los obstáculos y presiones de esos hombres añejos y roñosos que le impedían y se mofaban de sus métodos y dedicación a un colectivo que creían inútiles. Maria rompió con lo establecido y generó una nueva forma de mirar, de educar, de sentir y de estar, a través del amor y el cariño, pusó unas nuevas formas de enseñanza donde el niño era un todo, donde el maestro aprendía con él, y no imponía nada, y se adapta a las necesidades del niño, en compañía, siendo el guía de su aprendizaje y formación, no a través de sólo conocimientos, sino a través de su personalidad, carácter y empatía, donde los sentimientos son la parte fundamental de su enseñanza. Una revolucionaria como Maria Montessori no sólo fue moderna en su época, sino en cualquier época, esta película es un buen ejemplo de cómo acercarse a su figura y descubrirla, para todo aquel/lla que no la conozca, porque seguro que le cambiará muchas cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paola Cortellesi

Entrevista a Paola Cortellesi, directora de la película «Siempre nos quedará mañana», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el sábado 20 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paola Cortellesi, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, a la intérprete del festival por su gran labor, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Patrick Ryborn y Mikael Persbrandt

Entrevista a Patrick Ryborn y Mikael Persbrandt, productor y actor de la película «Hammarskjöld. Lucha por la paz», de Per Fly, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el lunes 22 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patrick Ryborn y Mikael Persbrandt, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, a Alba Sala, por su gran labor como intérprete, y a Sílvia Lobo de Stendhal Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA