Madres paralelas, de Pedro Almodóvar

MADRE HAY MÁS QUE UNA.

“Madre es un verbo. Es algo que haces, no algo que eres”.

Dorothy Canfield Fisher

El universo cinematográfico de Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), está plagado de madres, madres de todo tipo, algunas dulces, otras oscuras. Madres amargadas y condenadas con familias egoístas como la Gloria de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Madres emocionales como la transexual Tina de La ley del deseo, o la madre castrante de Antonio en la misma película. Las madres madrazas a la que echan de menos tanto Pepa en Mujeres al borde de una ataque de nervios y Marina en ¡Átame!. La madre rival de Rebeca, a la que se idolatra y se odia a partes iguales en Tacones Lejanos, y esa otra, anclada en una cama, entre la locura y la ironía del juez Domínguez. La madre del pueblo que siempre da paz a la Amanda Gris de La flor de mi secreto. Manuela, la madre rota por la pérdida de su hijo que la vida da otra oportunidad en Todo sobre mi madre. La madre Raimunda que quiere recuperar a su madre, aunque sea en modo fantasma en Volver. La madre que pierde a una hija que no la quiere de Julieta, o esa madre sincera que le reprocha a su hijo Salvador que no ha sido lo que esperaba en Dolor y gloria.

Madres paralelas va sobre madres, dos madres muy diferentes entre sí, que se conocen en el hospital a punto de parir. Janis, pasa de los cuarenta, y recibe a su hija Cecilia con esperanza y amor. En cambio, Ana, adolescente, espera a su hijo con rencor, miedo y desilusión. Janis es fotógrafa, independiente, y una mujer libre y sin ataduras, como le explica al padre de su hijo, Arturo Buendía, un antropólogo forense que ayuda a Janis a abrir la fosa donde está su bisabuelo que fue fusilado por los falangistas. Ana es una niña no querida, sus padres separados, un padre ausente, una constante en el cine de Almodóvar, y Teresa, una madre imperfecta y actriz, que es la antítesis de la madre que será Janis. El director manchego sigue en el melodrama, en el de rompe y rasga, con ese aroma de piel y cuerpo de las películas de John M. Stahl, Douglas Sirk y el Ophüls de Almas desnudas, pero repasando sus anteriores melodramas protagonizados por madres, en su nuevo trabajo, la cosa va muchísimo más allá, porque el instinto maternal que plantea la película, nunca se había visto en su cine, porque aquí se detiene en esos primeros años donde la madre y la recién nacida es solo una, y con mucha intensidad, puro amor y pura vida. Aunque los melodramas de Almodóvar no son de corte clásico sino que lo mezcla con todos los elementos, a modo de gazpacho, porque hay elementos de romanticismo, con las varias historias de amor interrumpidas que van y vienen por la vida de los personajes, los elementos de thriller que tanto le gustan al cineasta, con esos toques de comedia negra o cine negro al uso, donde lo más cotidiano se vierte en oscuridad, y luego, la comedia, esos puntos de humor tan necesarios, que consiguen respirar después de tantos momentos de corazón en un puño.

Madres paralelas obedece a una estructura lineal, la historia se cuenta de forma cronológica, eso sí, con continuas elipsis, donde el director es todo un maestro, como demuestra en cierta secuencia, que no desvelaremos su contenido, por supuesto, en la que necesita que el espectador sepamos cierta información, y demuestra sus grandísimas dotes de narrador y un uso muy brillante del espacio, donde casa objeto, cada mirada y cada pausa, siempre ha de estar al servicio de lo que se cuenta y sobre todo, como se cuenta. El elemento que más llama la atención en la nueva película de Almodóvar no es otro que su especial acercamiento a la memoria histórica, porque es su primera vez, una novedad que se agradece mucho, porque la repercusión es instantánea, y lo hace desde la persona preocupada por su pasado, por todo lo que ocurrió, que abre y cierra su película, bien complementado con las dos madres que estructuran y mueven el relato. Podríamos decir que tanto La mala educación (2004), Los abrazos rotos (2009), en mayor medida, y Dolor y gloria (2019), desde otro ángulo, son películas que abordan el cine dentro del cine, y donde el director repasa su cine de antes, de ahora y quizás, de su futuro, como advertía un cartel de una película llamada Madres paralelas en Los abrazos rotos.

El rostro y las emociones de un personaje como Janis, un alma de rompe y rasga, uno de los personajes más difíciles y complejos en la filmografía de Almodóvar, porque en el interior de esa madre hay toda una batalla emocional, una guerra interna de mil pares de cojones. Un mujer debatiéndose en esa doble moral que la angustia y destroza, y que no puede compartir con nadie, debe vivirla en soledad, porque hay algo que ha sucedido y la mujer no sabe qué hacer, si contar lo que sabe o callarse, situación que la hace polvo. Además, lo que sabe, cambiará su vida para siempre, y por eso, hay anda entre dudas de dar el paso o seguir martirizándose. Uno de esos personajes capitales en el cine del director, que tanto le gustan, movidos por la pasión y el deseo como motor de sus vidas, quizás lo único por lo que vale la pena luchar, lo único que tenemos y a lo que podemos aspirar, aunque nos haga daño y sobre todo, en muchas ocasiones, no sepamos qué hacer con todo lo que tenemos encima y seamos incapaces de poner en orden tantos sentimientos, si es que se puede. El equipo técnico vuelve a brillar como es habitual en el cine del director. José Luis Alcaine, un colaborador imprescindible que consigue esa textura de alma que tanto le gusta al cineasta, una cinematografía luminosa y sombría, mezclando esas dos pieles que contaminan las vidas de los protagonistas, tanto la que vemos, como la que ocultan. El montaje que vuelve a firmar Teresa Font como sucedía en Dolor y gloria, sigue siendo sublime, con esas brillantes elipsis, y esa capacidad de condensar el espacio, en un relato de pocos lugares, donde casi siempre hay interiores, como lo que les pasa a los personajes, unas vidas muy hacia adentro, porque en realidad, todo lo que les sucede vive y muere dentro. Y la música de Alberto Iglesias, una compañía íntima y sin agobiar que engrandecen cada encuadre y cada mirada.

El reparto que reúne Madres paralelas tiene esa marca que tanto caracteriza el cine de Almodóvar, personajes de ahora y aquí, que siempre se están moviendo entre el quiero y no puedo, con una extraordinaria Penélope Cruz en la piel de Janis, y nunca mejor dicho, capaz de todo y de nada, una mujer que hace fotos, que mira y investiga a los demás, que hace y deshace, y que ser madre la ha hecho muy feliz, y ahora, debe saber vivir, pase lo que pase. A su lado, Milena Smit, que nos encandiló en No matarás, en un personaje muy diferente, la desvalida Ana,  alguien atrapado, alguien perdido que, encontrará en Janis una especie de madre, de hermana mayor y de algo más. Estupendísima Aitana Sánchez Gijón como Teresa, la madre de Ana, que nos recuerda a la Emma Suárez de Julieta, pero esta vez más cabrona, más dura e igual de elegante y sofisticada. Israel Elejalde hace de Arturo Buendía, el hombre presente de la película, antropólogo forense y amante de Janis, que entra y sale de la película, convirtiéndose en una especie de guía en la vida de Janis, tanto cuando está como cuando no. Y finalmente, dos breves presencias marcas de la casa del cineasta manchega, Rossy de Palma y Julieta Serrano.

Un director que después de más de cuarenta años de carrera haciendo películas ha cimentado todo un imaginario desde la comedia madrileña loca, sexual y divertida que llenaron sus ochenta, al melodrama que se ha apropiado de su mirada a medida que ha cumplido años, sin olvidar de sus orígenes en sus veintidós títulos, que no solo nos dan una imagen de lo que ha sido el devenir de aquella España que dejaba el franquismo y ah crecido en una democracia todavía débil, peor con otro tono, donde abunda el color, y donde, aunque todavía de forma residual, mira a su pasado e intenta poner las cosas en su sitio. Almodóvar ha logrado una grandísima película, con su elegancia y sobriedad habituales, donde el melodrama marca el tono y la textura, donde nos invita a  mirar el pasado como necesidad para cerrar sus heridas y poder mirar con esperanza a lo que vendrá, de forma clara, valiente y sin condescendencia, con amor y sin miedo, acompañando a unas madres muy reales, muy alejadas de esa perfección que tanto nos venden y tan falsa. Sus madres son de carne y hueso, felices y tristes, brillantes y torpes, sinceras y mentirosas, independientes y dependientes, bellas y feas, amantes y solas, mujeres que en las películas del manchego sienten y lloran, se ríen, follan, y además, viven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Malmkrog, de Christi Puiu

LOS BURGUESES Y LOS OTROS.  

“Cada extravío, al menos cada extravío del que valga la pena hablar, contiene en sí mismo una verdad indudable y tiene solo una desfiguración de esta verdad de mayor o menor profundidad. Por esa verdad, ese extravío se sostiene, por ella es atractivo y también por ella es peligroso, y a través de esa verdad solo puede ser bien comprendido, apreciado y definitivamente rechazado”.

Vladimir Soloviev

De las cuatro películas que conocemos de Christi Puiu (Bucarest, Rumanía, 1967), podríamos analizarlas a través de dos mitades bien diferenciadas. En la primera, encontramos La muerte del Sr. Lazarescu ((2005), y Aurora (2010), sendas películas que abordaban desde una mirada crítica la realidad de los últimos años de la dictadura de Ceaucescu y los primeros años de la democracia, a partir de dos casos de dos hombres. Uno, gravemente enfermo, era sistemáticamente abandonado. El otro, agobiado por su separación, deambulaba por la ciudad en soledad y sin encontrar donde agarrarse. En la segunda, nos detenemos en Sieranevada (2016), que nuevamente, a través de un hombre descubríamos su familia, y las dificultades de encontrar una mirada cómplice, mirando la desolación de una realidad social rumana que no acababa de arrancar, pérdida en su idiotez y vacío.

Con Malmkrog, fiel reflejo de la anterior, vuelve a sumergirnos en una película coral, y encerrada en un único escenario, donde un grupo de personas, antes, familiares, y ahora, amigos, se relacionan entre ellos, mediante la palabra, basándose en “Los tres diálogos” y “Relato del anticristo”, del filósofo ruso cristiano Vladímir Soloviev (1853-1900).  El relato es bien sencillo, nos encontramos a finales del XIX, en el Reino de Rumanía, donde el terrateniente Nikolái, antiguo seminarista, reúne a unos cuantos amigos en su mansión en las afueras de Transilvania. Celebran la Navidad, mientras hablan y hablan sobre Dios, Jesucristo, la religión, la moral, la política, la muerte y la existencia del bien y el mal. Los participantes son: el citado anfitrión, que mantiene una postura de contradicción hacia los temas que se abordan, que expone con suma inteligencia y sabiduría, luego, tenemos a Ingrida, esposa del general ruso, gravemente enfermo que descansa en una de las habitaciones, con una posición militarista y mantenimiento del orden burgués, como alimenta Édouard, político francés, que apoya el colonialismo, y la occidentalización del mundo, y sobre todo, mantener el orden establecido por el capital. Frente a ellos, tendríamos dos visiones muy diferentes, las de Madeleine, pianista francés, soltera y liberal, que sostiene que la vida debería regirse por otras cosas, más humanistas y respetuosas, Olga, escritora y cristiana ortodoxa, mantiene que la moral viene construida por Dios, y el mal se pude combatir con todas sus fuerzas por la palabra del altísimo. Y finalmente, István, el mayordomo húngaro, que trata con dureza al resto del servicio.

El cineasta estructura a través de seis episodios con los nombres de los seis personajes principales, acompañada de una planificación formal contundente y magnífica, con un par de planos generales exteriores, completamente nevados, la acción se desarrolla en su totalidad en el interior, y en cuatro de los episodios los personajes están de pie, seguidos por un plano secuencia, y en dos de ellos, sentados en la mesa mientras cenan, en el que todo se vuelve más clásico, con planos y contraplanos, eso sí, los personajes están filmados de forma frontal, como hacía Ozu en su cine. Malmkrog, no es una película para todos los paladares, sino que requiere una gran concentración por parte del espectador, porque Puiu ha cimentado una película de la escucha, porque se habla mucho y de muchos conceptos diferentes, todos en torno al bien y el mal. Si bien los participantes parecen tener claras sus pertinentes observaciones, a medida que vayan avanzado los días, veremos que las ideas empiezan a contradecirse, y entramos en una especie de bucle verbal donde nada parece tener sentido y sobre todo, no tener fin. Un extraordinario plantel de grandísimos intérpretes que componen con delicadeza y extremada naturalidad cada uno de sus personajes, saboreando cada una de sus intervenciones dialécticas, y sobre todo, acercándonos la humanidad de unos individuos que hablan mucho, se contradicen, y se ven abocados a la vulnerabilidad de sus ideas y observaciones.

La película tiene ese aroma que tanto le interesaba a Visconti cuando mostraba a esa burguesía ensimismada y excluyente que giraba la cara y su fortuna a los problemas reales de la mayoría, como sucede en Malmkrog, con esos ruidos de disparos a lo lejos, y el tema de las conversaciones de sus protagonistas, más arraigadas al espíritu que a la realidad de fuera, como sucedía en El gatopardo (1963), donde los ecos revolucionarios del pueblo parecían no inquietar a esa burguesía decadente que se encerraba y protegía con ahínco sus privilegios. O la irreverencia y patetismo que describía Buñuel en El discreto encanto de la burguesía (1972), donde todos se perdían en su ego y su estupidez. La inquietante y claroscura cinematografía de Tudor Panduru (que ya conocíamos por su trabajo en Los exámenes, de Christian Mungiu), dota al relato de un asombrosa atmósfera llena de sutilezas y detalles que aún más engrandece la posición de cada uno de los personajes y su composición dentro del cuadro, provechando al máximo la luz natural con esas figuras oscuras y detenidas, con la mirada hacia fuera pero que sin ver nada, o sin querer ver nada, que recuerda a la pintura de Hammershoi, y por ende, al universo de Dreyer.

Una película de 200 minutos de duración, reposada y muy pausada, donde toda la acción se vierte en el diálogo, necesitaba un montaje medido, muy rítmico y sobre todo, ágil, en un portentoso trabajo que firman Dragos Apetri, Andrei Iancu y Bogdan Zârnoianu. Una exquisita ambientación, donde cada objeto, mueble y detalle consigue un sombroso y extraordinaria utilización del espacio fílmico, contribuyendo en crear cercanía y lejanía mediante la posición y composición tanto de los intérpretes como de la cámara, aprovechando toda la amplitud y longitud de cada encuadre, con esa profundidad de campo con las puertas abiertas donde vemos las diferentes estancias de la mansión como ocurría en El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. Puiu ha conseguido una película que queda en la memoria, que necesita más de una visión por su profundísimo contenido, por todas las innumerables reflexiones acerca de elementos tan sumamente complejos que salen a relucir en las conversaciones de sus personajes, que también es una durísima crítica a esa posición de la burguesía en pos a la historia y su tiempo, en relación a las clases más desfavorecidas que recogen las migajas de estos señores y señoras que, siguen manteniendo sus privilegios y sobre todo, siguen ensimismados en sus conversaciones, por otro lado, muy interesantes, pero muy alejadas de la realidad social del otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El retorno, la vida después del ISIS, de Alba Sotorra

LAS MUJERES DEL ISIS.

“En la medida en que realmente pueda llegarse a superar el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió.”

Hannah Arendt

Los tres largometrajes que hemos visto de Alba Sotorra /Reus, Tarragona, 1980), giran en torno a la guerra y al mundo árabe, y dos de ellas a las mujeres. En Game over (2015), relataba la tristeza de un joven que le aburre la guerra real y se inventa otra virtual en el que todo es más como a él le gusta. Su siguiente trabajo, Comandante Arian (2018), se centraba en un batallón de mujeres kurdas luchando cuerpo a cuerpo contra el Daésh (ISIS), a través de una intimidad sobrecogedora, la directora filmaba la guerra y la recuperación de las heridas de la protagonista, a través de una película sobre la lucha por la libertad de unas mujeres fusil en mano. De su experiencia en Comandante Arian, nace su nuevo trabajo, El retorno: la vida después del ISIS, que sería el contraplano de la anterior, en el otro lado, sumergiéndose en el enemigo, en todas esas mujeres occidentales, algunas muy jóvenes que, fascinadas por la propaganda del Estado Islámico, dejaron sus países y se enrolaron en el ISIS. La cineasta catalana entra con su equipo en uno de los centros de detención al noroeste de Siria, que se parece más a un centro de desplazados, y coloca su mirada en estas mujeres, odiadas por Occidente y perdidas en una especie de limbo, un espacio en el que quieren dejar atrás su terrible pasado, y volver a sus países de origen y empezar de cero, cosa que se les niega rotundamente.

Sotorra realiza una radiografía física y emocional de estas seis mujeres Shamima, Hoda, Hafida, Ouidet, Nawal y Kimberly, a través de descarnados testimonios de su pasado, su enrolamiento en el ISIS, su experiencia, sus hijos, sus maridos, la guerra, y luego, su momento actual, apoyándose en algunas imágenes de archivo (por primera vez en el cine de la directora), que ayudan a contextualizar cada una de las vidas, y dar profundidad a sus testimonios. También, asistimos al proceso personal y profundo de cada una de ellas, en que la película las desnuda emocionalmente, sin caer en los juicios y prejuicios, sino escuchándolas, olvidando la idea de odio construida por Occidente, y penetrando en el alma de estas seis mujeres, con todos sus sentimientos, ilusiones, tristezas, dolor y esperanzas. La película nos convoca a un viaje muy emocional sobre nuestras ideas y prejuicios como occidentales, que es en mayor medida todo el núcleo del trabajo de Sotorra, acercarnos las mujeres del mundo árabe y construir una mirada más humana, más personal, y sobre todo, limpia de prejuicios, para que cada uno de nosotros se haga su propia idea, alejada de las informaciones oficialistas más preocupadas de alimentar un odio visceral al mundo árabe.

Un guion que escriben la propia directora junto a Júlia Parés, que ya estuvo en la producción de Comandante Arian, Lara Vilanova, Gris Jordana y la experimentada Núria Roldós construyen la cinematografía basada en la naturalidad, la cercanía y la limpieza visual para enmarcar a estas seis mujeres, Michael Nollet y Xavier Carrasco se encargan de firmar un montaje que sabe manejar con sensibilidad las imágenes y dotar de ritmo a una película donde hay mucha información y testimonios, pero mostrados de manera clara, sencilla y concisa. El retorno la vida después del ISIS, no es una película más, es, ante todo, un ejercicio brillante y sensible, que no solo nos habla de unas mujeres arrepentidas que quieren empezar una nueva vida, sino de la posición de los kurdos, que lucharon contra el ISIS, y ahora, entre ellas, la activista kurda que trabaja con ellas en el centro, quieren perdonar para avanzar y dejar el odio atrás, como esa grandísima conversación entre ella y su padre, donde el progenitor le insta que hay que mirar al enemigo, ver a la persona que hay detrás y escucharlo, para avanzar juntos en una vida en paz. Toda una gran lección de humanidad, de perdón y sobre todo, de enterrar el odio y empezar a construir para que el mundo sea menos feo cada día.

La cineasta reusense mira sin acritud ni rencor, sumergiéndonos en el alma de estas seis mujeres, en todo aquello que fueron y en todo aquello que quieren ser, porque la película también es una mirada hacia las mujeres árabes, y todas las mujeres del mundo, en su capacidad para seguir hacia delante, en perdonarse y en mostrarse de forma descarnada asumiendo sus errores para poder recuperarse, y sobre todo, que los demás, aquellos que las odian, las puedan mirar de otra manera, de frente y al rostro, a esas miradas que siguen rotas, desoladas y llenas de tristeza, porque todo aquello que creían sobre el ISIS, casi un paraíso en la tierra y los preceptos del islam, cayeron en saco roto, y se enfrentaron en la mayoría de los casos, a una represión y machismo absolutos, como menciona una de ellas “Salimos de un infierno y nos encontramos con otro peor”. No dejen de ver esta película, porque habla de las mujeres que estuvieron en el ISIS, y también, habla de todos nosotros, de cómo vemos al otro, como valoramos sus errores, y sobre todo, habla de nuestra capacidad de perdonar, y la humanidad que hay en nuestro interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Ángela Molina

Encuentro con la actriz Ángela Molina, acompañada de Judith Colell, cineasta y presidenta de l’Acadèmia del Cinema Català, en el homenaje de la institución por su Goya de Honor 2021, en la Antiga Fàbrica Estrella Damm en Barcelona, el jueves 9 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángela Molina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Comunicació de l’Acadèmia, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Cry Macho, de Clint Eastwood

ELEGÍA DEL COWBOY.

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Gabriel García Márquez

Después de Mula (2018), parecía que Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930), dejaba de actuar y dirigir en sus películas. Tres años después, la cosa no ha sido así, y el bueno de Clint nos ofrece una de sus películas. En Cry Macho, sigue con esa mirada hacia los perdedores y olvidados que tanto llenan sus casi cuarenta títulos como director. Basándose en la novela homónima de N. Richard Nash, que además firma el guion con Nick Schenk, guionista de Gran Torino y Mula, el grandísimo cineasta californiano nos sitúa en el año 1979, en Texas, en la piel de Mike Milo, una vieja gloria del rodeo ahora retirado en su casa añorando un tiempo que jamás volverá. La cosa anda así: su antiguo jefe, un tipo al que parece que le debe su vida cuando los malos tiempos apretaban de lo lindo, le pide que vaya a México y traiga de vuelta a su hijo Rafo. Milo viaja hacia el otro lado, cruza la frontera y el Río Grande a lomos de su vieja camioneta. Da con el chaval y Macho, su gallo de pelea, y emprende el camino de vuelta. Hay será cuando empiecen los conflictos, con los esbirros de la madre pisándoles los talones y atrapados en los distintos pueblos fronterizos pasaran el tiempo como pueden.

El director estadounidense maneja el cine de manera formidable, coloca la cámara en el lugar que mejor retrata los personajes y los paisajes por los que van, con ese aire clásico que tenían los grandes westerns, si bien las grandes praderas y aventuras han pasado a mejor vida, y la película retrata pequeños pueblos donde la vida parece detenida, muy olvidados de todos y todo, con esas cantinas regentadas por viudas amables que están dispuestas a echar una mano o dos, o esos propietarios de caballos que necesitan que un viejo y experimentado cowboy le eche un cable con sus nuevos animales. Eastwood nunca se sale de su camino, sabe hacia dónde se dirige su película, construyendo con pausa y reposo, como una brizna de aire, la relación de sus personajes, en este caso, la del viejo cowboy y el niño mexicano, muy diferentes y distantes, pero que irán acercándose más de lo que creen, y sin dejar de lado las otras historias, aquellas que ayudan a alimentar la película y sobre todo, a dotarla de profundidad, como la de la viuda mexicana y la historia de amor que va fraguándose.

El realizador americano sigue admirando a los clásicos, sin perder de ojo las nuevas circunstancias que les ha tocado vivir, porque si formalmente su cine tiene un aroma indiscutible de los westerns crepusculares que arrancaron a finales de los cincuenta hasta finales de los setenta, donde El último pistolero (1976), de su admirado Don Siegel, tiene mucho que ver con el tono y sobre todo, en el que Milo sería un reflejo muy cercano del protagonista, un John Wayne muy envejecido decía adiós al cine y a la vida, despidiéndose con una forma de hacer cine que ya no existía. La habilidad de Eastwood de construir un relato donde coexisten de forma natural y calmada, el drama íntimo, el thriller elaborado, la road movie personal y profunda, y el western, no solo nos felicitamos por volver a ver al gran cineasta tanto delante como detrás de la cámara, sino que, si Cry Macho, sin pretenderlo, resulta una película muy redonda, llena de grandes hallazgos formales y un gran vestido para la vuelta a la actuación de un tipo demasiado grande para el cine que se hace ahora.

La exquisita y cálida cinematografía de Ben Davis, la delicadísima música de Mark Mancina, y el magnífico ejercicio de montaje de David S. y Joel Cox, que lleva editando las películas de Eastwood desde Ruta suicida (1977), acompañándolo en casi toda su filmografía como director. El reparto vuelve a ser creíble, conciso y soberbio, empezando por el propio Eastwood, que además de cimentar un personaje digno y honesto, se acerca a la vejez no desde la enfermedad, sino desde la vida, desde la mirada tranquila y experimentada del que debe cumplir su cometido, mirando a los demás sin juzgar a unos ni a otros. Un tipo de los que ya no quedan, un tipo que arrastra su pena pero no la contagia a los demás. Un gran tipo, que sabe que su tiempo ha finalizado, y ahora debe ayudar a los demás para seguir su vida. Bien acompañado por Eduardo Minett, el joven debutante que da vida al rebelde Rafo. Dwight Yoakam, como su amigo y padre del niño mexicano, uno de esos intérpretes de reparto que hemos visto en las mil y una películas, la actriz chilena Fernanda Urrejola como la madre del chaval, Natalia Traven como la cantinera mexicana.

Quizás Cry Macho sea la última película que veamos del genial cineasta, deseamos que no sea así, y que podamos disfrutar de algo más, solo el tiempo lo dirá. En todo caso, es un gran privilegio seguir viendo películas de este señor del cine. Un tipo que arrancó su carrera de actor a finales de los cincuenta, y la de director doce años después, o dicho de otra manera, de los ciento veinte años de historia del cine, Eastwood ha estado más de la mitad, toda una proeza para un hombre que se moría en una serie de televisión, y una llamada de un tal Sergio Leone, no solo le cambió la vida como intérprete, sino que lo llevó con el tiempo a ponerse tras las cámaras y convertirse en uno de los grandes cineastas del siglo XX, y por lo que todavía podemos disfrutar, del primer tercio del nuevo siglo. Solo nos queda desear buena salud a Mr. Eastwood y que siga alimentando el cine con sus relatos de hombres maduros y mayores, personajes perdidos en el infinito, paisajes olvidados que todavía tienen vida y qué vida, y sobre todo, miradas hacia todo ese cine que hizo grande el cine, y nos hizo mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benedetta, de Paul Verhoeven

LO MíSTICO Y LA CARNE.

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”.

Franz Grillparzer

El cine de Paul Verhoeven (Ámsterdam, Holanda, 1938), se ha cimentado a través de relatos íntimos, extremadamente psicológicos, sexualmente liberadores y muy oscuros, a través de personajes encerrados en mundos hostiles, sórdidos y tenebrosos, individuos que harán todo lo posible para ser quiénes desean ser y sobre todo, romper unas cadenas demasiado pesadas. Una primera etapa en su país natal con títulos tan reveladores como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Katty Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) y El cuarto hombre  (1993), entre otros, donde la forma y la historia formaban parte de un todo para hablarnos de un modo descarnado y explicito de la condición humana. A partir de 1985 hasta el año 2000, su cine se internacionaliza dirigiendo producciones estadounidenses entre las que destacan Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), e Instinto básico (1992). En el 2006 vuelve a su tierra para hacer El libro negro, sobre una espía judía en la Holanda invadida por los nazis. Diez años después realiza Elle, un sofisticado thriller psicológico y sexual sobre malos tratos.

En la filmografía de Verhoeven abundan las mujeres atrapadas en historias turbias y negrísimas, donde las circunstancias las llevan a luchar enérgicamente para sentirse libres, donde siempre se impone la dualidad entre verdad o mentira, entre aquello que nos muestran y aquello que creemos, entre lo psicológico y lo carnal, mujeres que sienten el sexo y lo practican de forma salvaje, sin prejuicios y de forma liberal, y es de esa forma tan natural y descarnada que la muestra el director holandés. En Benedetta, construye su relato basándose en el libro “Afectos vergonzosos”, de Judth C. Brown, un guion escrito con David Birke, su guionista en Elle, para hablarnos de Sor Benedetta Carlini, una monja teatina en la ciudad de Pescia, en la Toscana, durante el siglo XVII; en una atmósfera donde rige el poder sobrenatural de la iglesia, su corrupción e hipocresía, y el catastrófico avance de la peste que asoló Italia. En ese contexto, conocemos a una mujer que dice hablar con el Señor, una mujer al que le brotan estigmas, y parece poseída por el mismísimo Jesucristo. Además, la llegada de Bartolomea, una joven que escapa de los abusos de su padre, aún trastocará la vida de Benedetta, ya que mantendrá relaciones sexuales con la recién llegada.

La férrea vida espiritual y física impuesta por la dictatorial abadesa llevarán a las amantes a rendir cuentas frente al nuncio, en la que Benedetta será juzgada por herejía y relaciones sexuales prohibidas. Verhoeven opta por una estructura clásica, donde vamos conociendo la existencia de Benedetta de primera mano, hurgando en su vida cotidiana, y en sus supuestos milagros, que como era de esperar, dividen a la comunidad, con la oposición de la abadesa y el beneplácito del párroco mayor, aunque el director holandés nunca se decantará por ninguna de las dos opciones, si estamos frente a una farsante y manipuladora, o todo lo que vemos está en manos divinas, en esa cuestión reside la verdadera virtud de la película, dejando esa duda en manos de los espectadores. El contexto social, económico y cultura impuesto por el clero es otro de los elementos más interesantes de la historia, centrándose en todos los tejemanejes de los poderes eclesiásticos ante los estigmas de Benedetta, la reacción de cada uno de ellos, y la supuesta imposición de la que todos hacen gala, en que la película va dejando caer algunas situaciones que nos hacen reflexionar sobre la manipulación construida frente todas aquellas cosas relativas al sexo que rigen en la madre católica apostólica iglesia romana.

El tono naturalista y cercano que usa Verhoeven ayuda a sumergirnos en un relato sobre la fisicidad y psique humana, con una grandísima ambientación de recreación histórica, con la excelente cinematografía de Jeanne Poirier, que ha trabajado con nombres tan importantes del cine francés como Techiné, Ozon, Corsini y Bruni Tedeschi, entre otros, dotando a la historia de esos oportunos claroscuros y ese maravilloso juego con las cortinas, y todo lo relacionado con el interior/exterior, es decir, convento/ciudad. El exquisito y rítmico montaje de Job Ter Burg, que ya estuvo en El libro negro y Elle, que sabe dotar de agilidad y pausa a una historia llena de personajes, intrigas y silencios, y la excelente partitura de Anne Dudley, otra conocida de Verhoeven, ayuda a envolvernos en ese mundo de espiritualidad, hipocresía, manipulación y sexo que anida en toda la película. Benedetta se engloba en todas esas películas que han abordado de manera honesta y realista el mundo de las comunidades de monjas como Los ángeles del pecado, Narciso Negro, La religiosa, Los demonios, Thérèse y Extramuros, entre otras, películas que abordan el universo cerrado de la vida de las monjas desde la naturalidad, desde los deseos reprimidos, las ilusiones no contadas, y toda esa cotidianidad llena de crueldad, sufrimientos y misticismo.

Un reparto asombroso y sobrio interpretan unos personajes que miran y sienten más de lo que hablan, donde sus silencios están llenos de ruido, de rabia y de incomprensión, encabezados por una fascinante y magnética Virginie Efira como Sor Benedetta, llena de vida, mística y sexo, una actriz llena de sabiduría que hipnotiza con su mirada profunda y su cuerpo dolorido y sexual, bien acompañada por la joven Daphné Patakia como Bartolomea, ese cuerpo lujurioso y libre que será clave para la espiritualidad y sexualidad de Benedetta, una llama llena de vida, de amor y de sexo. La grandísima Charlotte Rampling se pone el hábito de la abadesa, recta, rigurosa y atormentada que se impondrá a los supuestos milagros de la protagonista, y hará lo imposible por exterminarlos. Lambert Wilson, con su poderío y elegancia es el Nuncio, que representa toda esa hipocresía y maldad de la iglesia, que debe anteponer el orden a la libertad, y finalmente, Olivier Rabourdin, un actor de gran prestigio en la cinematografía francesa, da vida al cura que defiende los milagros de Benedetta. Verhoeven ha construido una película llena de misterio y enérgica, muy física y espiritual, donde hay tiempo para todo, para conocer los estigmas de Benedetta, su sexualidad de forma natural e íntima, y sobre todo, para conocer el funcionamiento del poder de la iglesia, que se regía por el orden establecido y anulaba de forma tajante cualquier revuelo que tuviese que ver con sentir de forma diferente, hablar fuera de los códigos establecidos, y sobre todo, eliminar cualquier atisbo de pensamiento que condujese a una vida libre y más, si venían de una mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA