El segundo acto, de Quentin Dupieux

ESO QUE LLAMAMOS REALIDAD Y FICCIÓN.  

“Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”.

Jorge Luis Borges

Descubrí el mundo de Quentin Dupieux (París, Francia, 1974), con la película Mandíbulas (2020), la extraña aventura de dos fumaos que encuentran a una araña gigante y deciden adiestrarla para ganarse la vida con ella. Una comedia diferente, alocada y tremendamente absurda que me sacó varias carcajadas, momentos llenos de ternura y sobre todo, una radiografía irreverente y nada complaciente del estado actual de las cosas y de la estupidez de la sociedad en la que vivimos. El entusiasmo por su cine me llevó a recuperar un par de títulos que encontré en la imperdible Filmin. Au poste¡ (2018) y Le Daim (2019), sendos policíacos disparatados en los que se burlaba de esos aparentemente sofisticados y pulcros thriller estadounidenses tan elegantes como vacíos de contenido. De los 12 títulos hasta la fecha del director francés, desde su debut con Steak (2007), la cosa va de comedias muy absurdas donde nada ni nadie hace algo con sentido, en las que se lanzan críticas para reírse de todo y de todos, siempre usando un tono punzante y directo. 

Sus tres últimas películas son Daaaaaalí¡ (2023), en la que una reportera intenta inútilmente hacer una entrevista al pintor que se va desdoblando en múltiples clones que escenifican las diferentes etapas de su vida. Le siguió Yannick (2023), en la que un actor detenía la obra que estaba haciendo para retomar el control. Y la que nos ocupa El segundo acto (“Le deuxieme acte”, en el original), con sus 80 minutos de duración, acogiéndose a esa duración de hora y cuarto que tienen sus films. Tres obras en las que Dupieux da un paso hacía adelante en su carrera, es decir, introduce el elemento de la representación, a eso que llamamos realidad y ficción, los contradice, los contrapone y sobre todo, inventa y fabula en un interesante ejercicio de farsa o no, de realidad o no, y de ficción o no, dividido en tres actos bien diferenciados, de ahí su toque onírico con el título, donde dos parejas: la que forman dos amigos David y Willy que hablan en plano secuencia panorámico ya que David quiere que seduzca a Florence, la mujer con la que sale y que no le gusta. El diálogo velocísimo y descacharrante habla de esos temas tan en boga en la actualidad de la corrección política y de tolerar todo y a todos y caer en repetidas contradicciones y estupideces varias. En la segunda secuencia, rodada igual que la anterior, encontramos a Florence, la chica de la que David quiere deshacerse hablando con su padre. En la última, ya en el restaurante y los cuatro intérpretes se tropiezan con el camarero, en su debut como figurante, muerto de nervioso que no da una. 

Tres instantes en los que la película rompe constantemente la cuarta pared de modo directo y frontal, donde se representa y nos representamos, en un continuo cruce de miradas, gestos e interpretaciones de aquello que llamamos realidad y ficción. Dupieux que se encarga de la cinematografía y el montaje, brilla de modo inteligente en su retrato al mundo superficial y falso del cine y sus personajes, como el padre, que pierde el culo ya que le ha llamado un famoso director de Hollywood, también se ríe del modelo de calco de cierto cine de autor tan manido como efectista, vacío en la forma y en su fondo, y todavía hay más, reírse de el significado de tanto cine y tan dramático como estúpido, y si alguien se daba por aludido, arremete contra los efectos de tolerar tantas extrañezas que finalmente habra que condenar al que no lo es. El director profundiza en cómo la sociedad ha entrado en una deriva de tontería sin fin, donde lo anormal es cada vez lo imperante, y sobre todo, atiza contra lo políticamente incorrecto que ya parece más correcto que lo correcto. Vuelve a retratar a una sociedad occidental a la deriva, llena de prejuicios y vanidades, donde lo importante es venderse y mercantilizar todo, en una carrera sin sentido donde todo vale para coronarse. 

Destacar el magnífico reparto de la película, como suele ser marca de la casa en el cine del cineasta francés, donde encontramos a intérpretes de primer nivel de la cinematografía francesa. Tenemos a los dos amigos: Louis Garrel como David, que debuta en el universo de Dupieux, junto a Willy que hace Raphaël Quenard, en su tercera colaboración después de Mandíbulas y el protagonista en Yannick. Y el padre y la hija: Vincent Lindon y Léa Seidoux, ambos debutantes, y Manuel Guillot, el nervioso extra que tiembla como un flan. No desvelaremos el toque final que nos reserva bajo la manga el talento de Dupieux, que con El segundo acto se ha metido a jugar en una liga superior, porque sin dejar su humor grotesco, alocado y muy absurdo, se ha sumergido en la esencia del cine mismo, en sus innumerables cuestiones de sus diferentes formas de representación y en la investigación que existe en cada plano, encuadre, mirada y demás, eso sí, lanzando pullas por doquier, porque que sería la crítica siendo condescendiente con todos, por el contrario, si una se pone a tirar piedras, que sea a todo lo establecido, y más en el mundo del cine, donde hay muchos edificios inamovibles y donde todo acaba siendo tan efectivo como grotesco y las buenas intenciones siempre dan grima. Chapeau, Quentin! Pasen y disfruten. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Bertrand Bonello

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo”.

El amenazado, de Jorge Luis Borges 

No es la primera vez, ni será la última que, coinciden dos obras basadas en el mismo original, tanto La bestia en la jungla, de Patric Chiha, estrenada el pasado 8 de marzo, como esta, The Beast (La bestia), de Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), parten del cuento homónimo de Henry James publicado en 1903. No voy a comparar las dos películas, ni mucho menos, no es de recibo, y si que me voy a dedicar a la de Bonello, como hice en su momento cuando se estrenó la de Chiha. El universo del cineasta francés se ha caracterizado por retratar a personajes torturados, seres envueltos en un momento de sus vidas, donde la realidad y el tiempo les traspasan y les devora, deambulando perdidos sin entender nada, y mucho menos, sin nada a lo que agarrarse y de esa forma, encontrar algo de esperanza. 

Un cineasta que se ha sumergido en las infinitas posibilidades narrativas y formales, reflexionando sobre su oficio y las innumerables cuestiones que le amenazan con las nuevas tecnologías y demás inventos materiales. Recordamos a Jacques, el director del cine de adultos en Le Pornographe (2001), el realizador Bertrand en De la guerre (2008), o sus miradas al cine biográfico a través de Saint Laurent (2014), o al terrorismo con el thriller de Nocturama (2016), la mezcla de fantástico y terror en Zombi Child (2019). Con su nuevo trabajo vuelve al universo femenino que también retrató en L’apollonide (2011), en el París de 1899, sumergiéndonos en la intimidad, miedos y conflictos de un grupo de prostitutas. Con The Beast vuelve al universo femenino, ahora de forma individual, con el personaje de Gabrielle (que lleva la voz cantante, al contrario que el cuento de James), una mujer del año 2044 que, para borrar sus emociones, ha de volver a tres momentos de sus vidas pasadas para volver a empezar, al modo dickensiano. Con ese magnífico prólogo de Léa Seydoux/Gabrielle rodeada de croma verde con un intenso primer plano (que recuerda al arranque de Cara a Cara, de Bergman, con el rostro de una inquietante Liv Ullman, que nos perforaba). 

Bajo una premisa de ciencia-ficción cotidiana, que resulta más una apariencia que una estética definida, Bonello vuelve a profundizar en el melodrama romántico con tintes de terror y fantástico, saltando de un género a otro de forma natural y nada artificial, tejiendo una forma que coge de aquí y allá, para destrozar cualquier convencionalismo y ponerlo patas arriba, siempre con la intención de envolver al espectador en una historia que pueda parecer enrevesada, pero no es así, porque el cineasta francés se envuelve como pez en el agua en los tres mundos y tiempos que nos retrata. En el primero, estamos en 1910, unos pocos años después del cuento de James, en los albores de la Gran Guerra, el año de la inundación de París, donde los dos no amantes se conocen y se expresan, aunque la citada Gabrielle rechaza a Louis, con una atmósfera de película de Lubitsch y Ophüls, desbordados de elegancia, glamour y exquisitez. El segundo encuentro se produce en 2014, un siglo después, en la ciudad de Los Ángeles, donde Gabrielle trabaja de modelo a tiempo parcial y cuida de casas lujosas, y vuelven a reencontrarse con Louis y ambos se reprimen, con el joven convertido en un acosador peligroso, donde el ambiente ha cambiado con respecto al anterior, porque se nos muestra una ciudad banal, vacía, llena de soledades, donde las tecnologías se han apoderado de las personas y sus falsas y superficiales vidas y relaciones. 

El último capítulo con el año 2044, donde la Inteligencia Artificial mueve el mundo y es capaz de todo, como de borrar las emociones y recuerdos, en ese sentido, la película se hermana con aquella delicia que fue  Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), de Michel Gondry, donde una mujer accede a borrar todos los recuerdos de la relación sentimental que tuvo con un hombre, que se niega a borrarlos. La cinta no oculta sus referencias, todo lo contrario, las hace evidentes, porque el cine de Bonello no huye de su representación, ni de la propia ni de la apropiada, aunque en su caso es tal la mezcla y la fusión que resulta tarea difícil encontrar las huellas, que las hay, porque el director francés nos invade con géneros tan dispares en su piel pero llenos de similitudes en sus profundidades, así como su forma y sus texturas, desde el 35 mm con el que construye el 1910, al digital que le sirve para retratar nuestro mundo, tan directo, tan agitado, tan acelerado y tan vacío, donde las relaciones y el supuesto amor se ha mercantilizado. El espectacular trabajo de cinematografía de Joseé Deshaies, siete películas con Bonello, amén de Nicolas Klotz, Denis Coté, Monia Chokri e Ira Sachs, entre otros. Unos encuadres y planos que hurgan en la intimidad y la cotidianidad, y escapan del habitual recurso de la decadencia y la hipérbole tecnológica de otras películas, para conseguir una atmósfera tan real que parece que el 2044 es el año que vivimos. 

Una historia que empieza con calidez y cercanía y cada vez se adentra en un espacio más gélido, con ese aire de frialdad y automatización que también describe la actualidad en la estamos. En la misma sintonía trabaja el cadente y pausado montaje de Anita Roth, que hizo el de Zombi Child (2019), y las últimas películas de Robin Campillo, en una película que se erige como todo un desafío tanto físico como psicológico para los espectadores, porque nos descompone en todos los sentidos, tanto en su trama, en su forma, y en su duración, ya que se va a los 145 minutos de metraje, en que Bonello opta por una película igual de larga que Saint Laurent, donde impone el tiempo en una sociedad acelerada, prevaleciendo la mirada y la reflexión del espectador y todo aquello que se cuece en nuestro interior. Como es habitual, he dejado esta parte para hablar de la pareja protagonista, un dúo que resulta especial y muy bien escogido. Por un lado, tenemos a George MacKay, que le hemos visto en películas como Pride, Captain Fantastic, El secreto de Marrowbone, y siendo uno de los soldados de 1917 (2019), de Sam Mendes. Su Louis es también un personaje visto durante tres tiempos, siendo primero un caballero de la alta sociedad parisina seducido por la inteligencia y la sofisticación de Gabrielle a la que no podrá conseguir. Cien años después, convertido en un psicópata misógino muy peligroso, y muy reprimido. Y finalmente, en alguien incapaz de disfrutar y perdido. Una interpretación que exigía un actor con gran capacidad camaleónica y entereza y MacKay lo consigue en su mejor papel hasta la fecha. 

Frente a él, tenemos a la mencionada Léa Seydoux, en su tercer trabajo con Bonello después de las experiencias breves de De la guerre y Saint Laurent, en un personaje/actriz donde la actriz francesa interpreta y se interpreta, en un viaje muy fuerte el que le propone la película, porque ha de ser la actriz y las múltiples representaciones, que forman la trama, que van de la más profunda intimidad a lo más alejado, a recordar y a olvidar, a no saber amar o simplemente, a tener miedo de amar, un mal de nuestro tiempo. Un personaje atrapado en su existencia por su constante huida, por estar y no estar, en la piel de una mujer que huye desesperadamente del amor, que espera ansiosa y tranquila una cosa fuerte que le ha de pasar y desconoce totalmente. Una persona acechada por la bestia que, quizás, la tiene en su interior, y/o no sabe que está ahí, o tal vez, su drama es que siente de verdad y no puede materializar esos sentimientos en la otra persona. Gabrielle no para de saltar en los diferentes tiempos, en un bucle incesante donde el miedo es una constante, el miedo a todo, a recordar, a olvidar, a amar, a no amar, en fin, un reflejo de la actualidad, de eso que llamamos realidad, eso que, en un tiempo no muy lejano, no sabremos descifrar de la realidad que hemos conocido con esas realidades simuladas de la IA. En fin, seguramente, seguiremos tan perdidos, zombies y tan solitarios como Gabrielle. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una bonita mañana, de Mia Hansen-Love

SANDRA EN LA MUERTE Y EN EL AMOR. 

“Nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía”. 

Virginia Woolf

El cine de Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), es de una gran belleza, y no sólo por lo que reflexiona, sino como lo muestra, porque en su aparentemente superficialidad y ligereza, oculta todo un entramado emocional complejo e inquietante, en el que sus personajes se mueven siempre entre contradicciones, paradojas y callejones de difícil salida. En Una bonita mañana, que nos llega con apenas ocho meses de diferencia respecto a su anterior película, La isla de Bergman, pone el foco en la vida de Sandra, una joven y viuda madre que vive junto a su hija Linn de ocho años y trabaja como intérprete, y acude a menudo a ver a su padre Georg, eminente profesor de filosofía, ahora muy delicado de salud. Dos situaciones van a alterar considerablemente su existencia. Por un lado, su padre debe ingresar en una residencia porque su estado empeora, y por otro, ha comenzado una relación intermitente con Clément, un antiguo amigo casado y con un hijo. Y así están las cosas para Sandra, debe despedirse de un padre que todavía está vivo pero ya no es él, y embarcarse o no en una relación con un casado. 

Desde su maravilloso arranque cuando la protagonista explica a su padre como abrir la puerta de casa desde el otro lado, deja bien claro que, a veces, los momentos más duros e insalvables se encuentran a una puerta de por miedo, que puede significar un gran obstáculo por el que hay que pasar inevitablemente, aunque no queramos. La familia, siempre importante en el imaginario de la directora francesa, tiene aquí un importancia abrumadora, como la tenía en su ópera prima Toda esta perdonado (2007), en la que también una hija debía pasar cuentas con su padre desaparecido, y en El porvenir (2016), cuando una esposa y madre tenía que volver a reconstruirse cuando su marido se iba de casa con una más joven. Como en casi toda su filmografía, la mujer es el centro de todo, mujeres de diferentes edades y una posición acomodada, mujeres con problemas sentimentales, casi siempre esperanzadas en un amor que les salve de la vida o de los conflictos internos que padecen, que en realidad están escondiendo esos miedos e inseguridades que todos tenemos a lo largo de nuestra vida, ya sean unos u otros. Sandra debe lidiar muchos frentes, batallas diarias que lleva con mucha entereza a pesar de todo, navegando por este temporal en una existencia anodina hasta ahora, en esos cinco años de soledad, o mejor digamos, de aparente felicidad, no por deseada sino porque no ocurría nada que altere esa vida o eso qué hacemos con nuestra vida o algo que se le parezca. 

En poco tiempo, Sandra se ve inmersa en dos frentes de órdago, dos luchas en las que se sumerge como puede, como hacemos todos, dos elementos contradictorios y sumamente complejos, porque debe decir adiós a su padre, a su referente y a su guía, que le ha enseñado el mundo del pensamiento y la palabra, y por otro lado, llega Clément, con su “problema”, que le ofrece una no relación de idas y venidas, en la que el cuerpo y la carne lo son todo. La imagen de 35mm, que usa en sus ocho películas hasta la fecha, si exceptuamos Edén (2014), da a cada encuadre y cada secuencia esa ligereza de la que hablábamos, ese tono tan cercano e íntimo que emanan los instantes del cine de Hansen-Love, como sus añorados Varda, Rohmer y Truffaut, con esos planos de paseos por París, por sus calles empedradas, sus largos escalones, sus plazas y miradores, en la que vuelve a contar con la mirada de Denis Lenoir, al igual que en el montaje, en la que la presencia de Marion Monnier, fiel compañera en toda su filmografía, dota de pausa y encanto a las casi dos horas de metraje, una duración que vemos sin prisa, pero con mucha intensidad y emoción. 

El tema musical “Liksom en herdinna”, de Jan Johansson, actúa como leitmotiv, porque lo escuchamos en varias ocasiones durante la película, que dice mucho de los entresijos emocionales por los que están pasando sus individuos. El buen manejo de la directora a la hora de componer sus personajes junto a intérpretes tan especiales como Léa Seydoux, que nos lleva de la mano con su inolvidable Sandra, una mujer entre dos frentes, y vaya frentes, despedirse de la persona que más has querido, y sobre todo, la persona que te ha guiado a ser quién querías ser, y esa otra persona que llega a tu vida con luz e ilusión, aunque traiga una mochila muy pesada, quién dijo que la felicidad venía fácil no sabía que era la felicidad y mucho menos la vida, esa cosa que nos da vida y nos mata y nos confunde, nos desoriente y sobre todo, ese densidad agridulce de no sé sabe qué. Al lado de Seidoux, nos cruzamos con el actor Rohmeriano Pascal Greggory en el papel de padre de Sandra, ese hombre que no ve, que ya no lee ni sus palabras ni las de otros, (Qué momentazo cuando la hija menciona que lo siente más en sus libros que cuando lo visita en la residencia), ni en su vida, sólo en el amor de su compañera.

Tenemos a otro pupilo de Rohmer como Melvil Poupaud haciendo de Clément, el casado que se ha enamorado de Sandra, con la que vive un amor de ida y venida, un amor de sexo y la complicidad y ternura que Sandra necesita en ese momento, no el mejor pero si el que necesita. Una estupenda Nicole García, con ese rollo de concienciada burguesa a su manera, con sus batalliltas sociales, como la exmujer y madre de Sandra, que después de 25 años divorciados, aún está presente cuando el padre se vuelve dependiente. Una bonita mañana habla sin estridencias ni sentimentalismos de temas muy importantes y muy difíciles emocionalmente hablando, de esos momentos cuando la vida te castiga y te lanza contra la tristeza y la desesperanza, temas que Hansen-Love los aborda desde una mirada desacomplejada y de verdad, en el que sentimos de todo y nos emociona, cuando caminamos por esas residencias, por esos lugares donde la vida se detiene y de qué manera, cuando los “otros” como Sandra miran a su alrededor y miran a su padre, al padre que ya no las conoce, al padre ausente, a la vida que se le va por un lado, y a la vida que empieza por otro, la vida en lo que es, una maraña de contradicciones y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fantasías de un escritor, de Arnaud Desplechin

EL ESCRITOR QUE AMA A LAS MUJERES.

“No puedes hacer que alguien diga la verdad más de lo que puedes obligar a alguien a amarte”

Philip Roth

En el cine de Arnaud Desplechin (Roubaix, Francia, 1961), encontramos individuos que aman y desaman, nunca en un orden establecido, siempre con dudas, con miedo a perder al amado/a y con miedo a seguir en la relación. Sus personajes son un sinfín de dudas, de idas y venidas, de seres fuera de lugar, que son incapaces de encontrar su lugar en el mundo, y mucho menos, de encontrarse a sí mismos. Un cine que lo ha catapultado al panorama internacional con un cine muy reflexivo, que profundizaba como ningún otro en las relaciones sentimentales, y sobre todo, mira sus historias desde el retratador sin juzgar, solo acompañando, pero con audaz crítica a la sociedad y las personas o no que la juzgan. El director francés ha construido una interesante filmografía con títulos tan recordados como los de Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996), Reyes y reina (2004), Un cuento de navidad (2008), Recuerdos de mi juventud (2015), Jimmy P. (2013), y Los fantasmas de Ismael (2017), entre otros. Doce películas, o lo que es lo mismo, doce instantes sobre las existencias de un grupo de personas o lo que queda de ellas.

”Engaño”, de Philip Roth (1933-2018), se ha convertido en la obsesión de Desplechin, y ha tenido varios intentos de adaptación a lo largo de su carrera. La pandemia desbloqueó la forma de encarar un relato estructurado a través de las conversaciones entre un maduro escritor y su joven amante en el estudio de trabajo del primero. El realizador francés ha adaptado la novela, junto a la guionista Julie Peyr, que ha trabajado en las cuatro últimas películas del director, en una historia que no solo nos sitúa en los encuentros del escritor con su amante inglesa, sino que tiene algunas salidas a otros lugares, tanto en el tiempo como en sus espacios. Asistimos a la cotidianidad de la vida conyugal del escritor junto a su esposa, a las llamadas de teléfono del escritor a una antigua amante que está tratándose de un cáncer, a un encuentro con una exiliada checa que le explica su historia, otra cita con una antigua alumna del escritor cuando era profesor en la universidad, y algunas llamadas telefónicas y otros tantas citas en cafés con la amante inglesa.

Estamos en el Londres de 1987, en la piel de un casi sesentón escritor estadounidense exiliado en la capital británica, conviviendo junto a él en su estudio de trabajo, austero, lleno de notas, documentos y libros esparcidos, con su amante inglesa, en el que los vemos entregándose al sexo, manteniendo conversaciones sobre las dificultades matrimoniales de la amante, sus tristezas y sus desilusiones, en una relación sexual y emocional que tendrá euforia, parones y sobre todo, muchas idas y venidas. Desplechin es un director que construye sus historias a través de personajes complejos, inquietos y sumamente emocionales, donde los vemos en sus quehaceres diarios y también, en sus deseos ocultos y muy personales, los que solo comparten con ellos mismos y personas muy cercanas, en una total discreción. La película está ambientada a finales del ochenta y siete, con el bloque comunista todavía en pie, y como es inevitable, nos habla de exiliados: en el caso del escritor totalmente decidido y convencido, peor en el caso de las otras, las mujeres, todas son condenadas al exilio: la amante inglesa a uno solitario y oculto y triste, Rosalie, la enferma, al de una habitación fría de hospital, la checa, al forzoso por las autoridades de su país, la estudiante, a la oscuridad de una enfermedad mental.

Fantasías de un escritor (“Tromperie”, engaño, en el original), no es una película sobre la bondad y la belleza femenina, no se habla de las mujeres, sino de la mujer en particular, a través de la visión del escritor, y sus visiones propias, en la se crea esa intimidad de ir más allá de lo mera superficialidad, con esa maravillosa y cercana luz del cinematógrafo Yorick Le Saux, toda una institución en el país vecino, con una filmografía excelente con nombres tan importantes como los de Resnais, Ozon, Denis, y otros, como Jarmusch, Guadagnino y Gerwig, entre otros. Un montaje que firma Laurence Briaud, que ha montado todas las películas de Desplechin,  que brilla por su sencillez y concisión para condensar esos ciento cinco minutos de metraje, con agilidad e interés, en una película en la que el movimiento se traspasa a la palabra, a la escucha, al contenido de las conversaciones y los saltos en el tiempo y en el espacio que la hacen muy interesante todo lo que se cuenta y también, lo que se calla.

La dirección de actores es un elemento importantísimo en el cine de Desplechin, y en Fantasías de un escritor, vuelve a hacer gala de esa maestría que tiene a la hora de elegir a sus intérpretes y sobre todo, dotarlos de vida, humanidad, complejidad e inquietud, como vemos en su elenco, que repiten con el cineasta francés, como Denis Podalydès en la piel de Philip, el maduro escritor y judío, que habla y sobre todo, escucha y toma notas para sus futuras novelas, sobre los judíos, sobre la familia, que siente la cercanía de la muerte, que recuerda su juventud, sus experiencias y sus amantes, a las que llama, o simplemente añora. Emmanuelle Devos, otra de la factory Desplechin desde la primera película, se mete en el cuerpo y el rostro de Rosalie, la amante enferma, en una de las secuencias más sobrecogedoras y divertidas de la película. Anouk Grinberg es la esposa del escritor, una mujer en la sombra o no tanto, Madalina Constantin es la mujer checa exiliada, y Rebecca Marder, la estudiante con problemas mentales. Y finalmente, una cómplice del universo del director como Léa Seydoux, dando vida a la triste, fascinante y reveladora amante inglesa, una mujer sin nombre pero con una vida insulsa, que los encuentros con el escritor le resultan placenteros, pero también, son una especie de huida al abismo, a la nada, a no sabe qué. Desplechin consigue seducirnos con su relato de la palabra y la escucha, con su sencillez y honestidad, envolviéndonos en todo ese pequeño y grandioso universo del mundo del escritor y todas las mujeres que lo componen, las de ahora, las de ayer y sobre todo, toda su imaginación, sus ensoñaciones y sus vidas y no vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La historia de mi mujer, de Ildikó Enyedi

EL AMOR QUE SOÑAMOS.

“No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. Inocencia primera Abolida en deseo, Olvido de sí mismo en otro olvido, Ramas entrelazadas, ¿Por qué vivir si desaparecéis un día?”.

Luis Cernuda

Muchos conocimos el inmenso talento de la directora Ildikó Enyedi (Budapest, Hungría, 1955), a través de la fascinante y magnífica En cuerpo y alma (2017), una sublime e inquietante historia de amor que jugaba con todo tipo de géneros para envolvernos en un amor difícil y tierno. Con su nuevo trabajo, La historia de mi mujer, en la que adapta una novela por primera vez después de seis película, la del autor húngaro Milán Füst, y la vertebra en siete capítulos, para contarnos el amor de Jakob Störr, una capitán de barco, un tipo de mar, un hombre seguro y valiente en el mar, y en tierra firme, un mar de dudas e inseguro. Frente a él, Lizzy, una francesa joven y atractiva, que se casará con Jakob. Un amor que aparentemente parece ejemplar, pero todo esa apariencia irá resquebrajándose por los celos y las inseguridades de Jakob.

Una película bajo el prisma del capitán, a través de su mirada, a través de su vida y sus sentimientos, magníficamente envuelta en el período de entreguerras, en la década de los veinte, salidos de la Gran Guerra, y disfrutando de un tiempo que será una especie de oasis ante el terror que vendrá en la década siguiente. La cineasta húngara apenas usa un par de personajes, a los que se añadirán algunos otros, pero de forma breve, toda la historia está compuesta por dos almas, dos almas que solo conoceremos a través de una, el capitán de barco que es una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide, porque navega siempre en aguas turbulentas cuando se encuentra en tierra firme, comido por los celos, por la amistad sólida e íntima de Lizzy y Dedin (un aspirante a escritor de tío millonario), ahogado por la vida liberal de su mujer, una vida que no entiende, una vida muy alejada a su existencia tranquila, rutinaria y triste en el mar. Enyedí envuelve su relato con la elegancia y la melancolía de muchas novelas que tratan el amor romántico con sus sombras como lo hacían Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Henry James, Edith Wharthon, con esas miradas críticas a una burguesía infeliz y amargada que tampoco conseguía en el amor sus dichas.

La película habla de dos mundos, de dos formas de ver la vida, de dos almas que se aman pero son como el sol y la luna, y todo lo que conocemos lo vemos desde Störr, todo lo que podemos imaginar o soñar, porque el amor tiene esa estructura de ensoñación, de irrealidad, de imaginar e imaginarse, de sentirse otro, de ser aquello que anhelamos, de una fantasía real y falsa a la vez, de sentimientos contradictorios, de ilusiones perdidas, y sobre todo, de idas y venidas, de caminar juntos y por separado, de un tiempo y un mundo imperfectos, de belleza y maldad, de héroes y traidores, de besos y lágrimas, de esperanzas y muerte. La directora húngara consigue una película bellísima, con esa luz que brilla y duele, creando esa inquietante y hermosa atmósfera en un grandísimo trabajo que firma el cinematógrafo Marcell Rév (del que conocemos por sus trabajos para Kornél Mundruczó), el formidable ejercicio de concisión y ritmo del exquisito montaje de Károly Szalai (que ya trabajó en En cuerpo y alma, y en la reciente Preparativos para estar juntos un período de tiempo desconocido, de Lili Horvát), que condensa sus 169 minutos en un relato lleno de capas, de sombras y contornos difíciles de descifrar, y el extraordinario trabajo de arte de Imola Láng, que también estaba en En cuerpo y alma.

Tanta sabiduría técnica y formal, tenía que acompañarse de un buen reparto, un reparto a la altura de unos personajes llenos de complejidad y tan humanos, como el capitán de barco Jakob Störr que hace el actor holandés Gijs Naber, auténtica alma mater de la película, que habíamos visto a las órdenes de Verhoeven en El libro negro, un hombre de mar perdido en tierra, lleno de dudas, de tristezas, un enamorado arrastrado por un amor que lo mata que, probablemente no existe, porque la película nunca desvelará sus sospechas de celos y demás conflictos que él cree de su mujer. Frente a él, la siempre maravillosa Léa Seydoux que, a cada trabajo que hace nos deslumbra con su enrome naturalidad, toda esa luz que irradia y sobre todo, toda su elegancia y ambigüedad, toda la que demuestra en su Lizzy, esa femme fatale que deslumbra y ensombrece a Jakob, incapaz de navegar en el mundo bohemio, díscolo y nocturno de su esposa, una mujer enigmática, sensual y llena de vida, quizás demasiada para el bueno y torpe de Jakob. Y finalmente, el amante o no de Lizzy, el actor Louis Garrell, siempre apuesto y cercano en ese traje del escritor que quizás no escribe o si lo hace, no quiere mostrar, un tipo de la vida, de la noche, de las mujeres, aunque apenas sepamos si todo eso es real, porque nos lo cuenta el atribulado y a la deriva capitán de barco.

Recorremos esa Europa despreocupada e íntima después del horror de la guerra, dejándonos seducir por los ambientes parisinos en plena década de la alegría, la libertad y el amor, donde nos toparemos con la presencia de una fascinante Romane Bohringer, entre otros muchas y muchos, tan alejados de la existencia de Jakob, y también, pasearemos por la neblina y la melancolía de Hamburgo, donde el amor de Störr y Lizzy se vuelve diferente, donde el capitán querrá ser quién no es, y donde su esposa seguirá amándole a su manera, o a la manera que él cree que lo ama. Enyedi ha construido una película fascinante y sensual, llena de erotismo y belleza, de amor y desamor, de deseo y muerte, y sobre todo, un relato donde el amor que siente Jakob siempre pende de un hilo, no porque ocurran cosas que lo lleven a esas conclusiones, sino porque su vida y sus ausencias por su trabajo, le imponen un amor lleno de dudas y sombras, porque si queremos amar, o creer que amamos, hay una cosa que nunca debemos olvidar, la otra persona siempre será otra persona, con sus decisiones y sus vidas, y por mucho que creamos que la relación depende de algo racional, olvidamos que la mayoría de nuestras acciones carecen de racionalidad, y mucho de impulsos, circunstancias y hechos totalmente ajenos a nuestra voluntad, y por mucho que queremos ir contra eso, no es posible, y solo nos queda una cosa, algo que realmente podemos hacer, y esa no es otra que, dejarnos llevar por lo que sentimos, así sin más, y disfrutar de cada instante, porque puede ser el último que abracemos a nuestro amor, y no pensar en lo que vaya a ocurrir, porque  pasará hagamos lo que hagamos, porque el destino siempre nos espera a la vuelta de la esquina, y finalmente, nos alcanzará y nada podremos hacer ante él. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Grand Central, de Rebecca Zlotowski

20534616_20130702111026946Explotados y enamorados

El segundo trabajo de Rebecca Zlotowski (París, 1980), es un drama social íntimo, donde se aborda de manera realista y directa, la explotación laboral a la que son sometidos unos empleados que trabajan en la zona no controlada de una central térmica. La historia arranca con Gary, -interpretado por Tahar Rahim, que algunos espectadores lo recordarán por su personaje en Un profeta (2009)- un joven de pasado oscuro, que subsiste a través de trabajos temporales, encuentra un empleo de alto riego radiactivo, ya que supone trabajar en las entrañas del reactor principal de la central, la zona más peligrosa. Su vida gira entre ese trabajo arriesgado y durísimo, donde los accidentes son el pan de cada día, y sus nuevos compañeros, -estupendos secundarios con Olivier Gourmet, habitual de los Dardenne, y Denis Ménochet- que como él,  se alojan en un poblado de caravanas cerca de la central. Todo estalla, cuando a raíz de un accidente laboral, (como sucedía en Silkwood, filmada en 1983, de Mike Nichols, ambientada también en una central nuclear) Gary, por miedo que lo despidan, miente cuando es sometido a sus niveles de radiación, además comienza una relación sentimental clandestina con Karole, la prometida de uno de sus compañeros. Zlotowski, vuelve a los personajes y ambientes que caracterizaban su opera prima, Belle épine (2010), protagonizaba por Léa Seydoux, que repite en esta, se centraba en la existencia de Prudence Friedman, una joven de 17 años que andaba sola y a la deriva y que encontraba consuelo y amistad en Marilyne, una chica inadaptada que la introduce en las carreras ilegales y peligrosas de Rungis. Zlotowski maneja con sinceridad y honestidad todos los elementos, aportando el equilibrio necesario para una historia que se mueve entre dos mundos. Por un lado, los interiores, la central térmica, filmada a través de planos cortos y muy cercanos, donde la cámara se mueve como pez en el agua entre la marabunta de hombres. La descripción milimétrica que la realizadora parisina hace del lugar de trabajo es extraordinaria, nos sumerge en la tensión y el nerviosismo a los que están sometidos estos empleados que trabajan con unas medidas de seguridad muy frágiles, que los exponen diariamente al peligro de la radiación, y el posterior despido. La cineasta, en cambio, en los exteriores, insufla de vida y amor a su cinta, -muy cercano al tratamiento del maestro Renoir- las comidas en grupo, los baños en el río, y sobre todo, los encuentros sexuales de los jóvenes, apartados y ocultos entre la maleza y los árboles del bosque,  -hermosa la travesía nocturna en barca-,  respiran vida y se contagia la carnalidad y el erotismo que desprenden. Una provocativa y sexual Léa Seydoux, maravillosa en su personaje, que pasaría por una digna heredera de la Susan George de Perros de Paja (1971). Una relación que se mueve a hurtadillas y entre sombras, que actúa de forma magistral como eficaz metáfora de la existencia de estos desplazados que sobreviven en un trabajo explotado y peligroso, y que respiran un aire contaminado que les deja sin aliento y los aparta de los pocos resquicios de luz que puedan encontrar en sus vidas.