Lío en Broadway, de Peter Bogdanovich

LIOENBROADWAY_POSTER1-e1435582680900NUECES A LAS ARDILLAS

Después del crack del 29, en EE.UU. surgieron las screwball comedy, comedias que mediante talento e ingenio burlaban el recién aparecido Código Hays, que se dedicaba a censurar el contenido de las películas. Sus argumentos solían girar en torno a personajes femeninos de fuerte carácter y liberales que se relacionaban con el protagonista que acababa en noviazgo y posterior boda, tenían diálogos rápidos, situaciones ridículas, y una clara vocación de evadir al espectador.  Sus guionistas fueron Dudley Nichols, Ben Hecht y Billy Wilder, entre otros, que escribieron películas para directores de la talla como Frank Capra en Sucedió una noche (1934), Gregory La Cava en Al servicio de las damas (1936), Howard Hawks en La fiera de mi niña (1938), Ernest Lubitsch en El bazar de las sorpresas (1940), Leo McCarey en Mi mujer favorita  (1940) o George Cukor en Historias de Filadelfia (1940), entre muchos otros…

Toda la esencia y el aroma de aquella época irrepetible ha sido recogida por el cineasta, crítico, historiador Peter Bogdanovich (Kingston, New York, 1939) en su última película, no obstante siempre ha sido uno de los grandes defensores de la época clásica de Hollywood. Desde que debutase en 1968 de la mano de Roger Corman en Targets, Bogdanovich ha tenido una carrera llena de obstáculos, si bien es cierto que sus primeros años fueron realmente brillantes, en 1971 con The last picture show, alcanza un gran éxito, que repetirá al año siguiente con ¿Qué me pasa, doctor?, donde homenajeaba a La fiera de mi niña, en 1973, realiza Luna de papel, que cosechó buenas críticas y el favor del público. Después llega un período en que su carrera se entronca y sus películas son vapuleadas. Cogerá un poco de aire con la deliciosa comedia  Todos rieron (1981), pero a partir de ese instante, ya serán contadas las ocasiones donde su cine alcance la excelencia de sus primeros años de carrera. En 1990, Texasville, una secuela de The last picture show, logrará buenos resultados. Bogdanovich llevaba 13 años sin dirigir, si exceptuamos la dirección de un capítulo para la serie Los soprano, donde además actuaba, y una tv movie sobre Natalie Wood. Ahora se enfrenta a una película que nació en 1979, mientras rodaba en Singapur, tuvo que contratar a dos prostitutas que le produjeron tal lástima porque las jóvenes se apenaban por la vida que llevaban, y Bogdanovich les dio dinero para que cambiasen de vida. Pensó en dirigir la película pero John Ritter, su actor escogido para el protagonista, murió súbitamente y dejó aparcado el proyecto.

 Ahora recupera una historia, financiada por dos de los directores más interesantes del cine estadounidense, Wes Anderson y Noah Baumbach, y nos presenta a Isabella, una joven prostituta que pasa una noche con un director teatral que le da un cheque de 30000 dólares para que cambie de vida. Hasta ahí el cuento de cenicienta parece encajar bien, pero todo se desmorona cuando la joven se presenta a un casting del director teatral, en una obra que trabaja su mujer, otro actor que fue amante de su mujer, y el dramaturgo que se enamora de la actriz en ciernes, además este último tiene una ex que es psiquiatra y está loquísima que además ha tratado a la actriz, y también a un abuelo salido que está obsesionado con Isabella, inlcuso aparece un detective, que es padre del dramaturgo. Presentado los actores de la farsa, tanto dentro como fuera del escenario, la trama no tiene más que empezar. Bogdanovich hace un ejercicio profundo de nostalgia y recupera el espíritu de las screwball comedy con todos sus ingredientes, no falta de nada, enredos, vodevil, situaciones rocambolescas, persecuciones, amor, mucho amor y pasión, más pasión, y personajes perdidos y alocados, al borde de una neurosis o un ataque de ansiedad. También hay espacio para la comedia sofisticada y el romance, sin olvidarse del cine de Woody Allen. Unos intérpretes encabezados por Owen Wilson y la británica Imogen Poots (magnífica como la heroína llena de energía que arrasará con todo) llenan la pantalla con un derroche de comicidad brutal. El título original ya deja claro los objetivos de la película: She’s funny that way, que sería, “Ella es divertida de esa manera”. Diversión de la buena, carcajadas por doquier, cachondeo puro y duro, disfrute con la pantomima de la vida, directores y actores del teatro, y no sólo del que se finge por dinero, sino del que se practica constantemente en la vida de cada día. Atención al toque final, que bien podría haber firmado el mismísimo Lubitsch, donde se nos desvela el origen de las nueces de las ardillas de Central Park, de la mano de uno de los directores más populares y brillantes de ahora.

 

Mi familia italiana, de Cristina Comencini

Mi_familia_italiana-248488928-largeEL GALÁN QUE NOS AMÓ

En la película de Fellini Y la nave va, un grupo de amigos, familiares y amantes, se embarcaban con los restos mortales de una diva de la ópera para rendirle tributo en su último adiós. Ahora, el homenajeado es un actor, Saverio Crispo (trasunto de los Mastroianni, Delon, Belmondo, Trintignant…) que falleció hace una década, y su pueblo, situado en la región de Puglia, ha preparado una fiesta donde le dedicará una plaza y una proyección, por ese motivo se reúnen sus mujeres: dos de sus ex, y cuatro de sus cinco hijas. Cristina Comencini (Roma, 1956), que comenzó su carrera como guionista junto a su padre a principios de los 80, Luigi Comencini (1916-2007, uno de los padres de la commedia all’italiana, con más de 40 títulos en su filmografía, entre los cuales destacan éxitos del calibre de Pan, amor y fantasía -1953-, Todos a casa  -1960- o Sembrando ilusiones -1972-, producida por Dino de Laurentiis, que contó con un reparto estelar, Alberto Sordi, Bette Davis, Joseph Cotten y Silvana Mangano). Ahora, la Comencini se enfrenta a una  película de mujeres, muy coral y deudora del talento paterno, una comedia con el estilo de las de antes, en el que reúne en una villa italiana a la familia disfuncional y heterodoxa del artista fallecido, que ejemplifica a la perfección la vida díscola del actor, de ahí el título original Latin lover.

Por un lado tenemos la anfitriona, Rita (Virna Lisi), la que se presenta como la esposa oficial, y una hija, Susanna, presidenta de la fundación del actor, organizadora del evento y que mantiene en secreto a su novio de los ojos de su familia, luego, está el paréntesis francés, donde el intérprete tuvo un affaire de un par de años con una actriz, del que no queda rastro, pero si una hija, Stephanie (Valeria Bruni Tedeschi), que ha heredado la promiscuidad paterna, con tres hijos de tres parejas diferentes, después llegó España, y ahí conoció a Ramona (Marisa Paredes), que si se presenta, la acompaña su hija Segunda (Candela Peña), aunque sea la tercera hija, ésta viene con dos hijos y un marido (Jordi Mollà), don juan de tres al cuarto que pondrá sus ojos en Solveig, la cuarta hija, sueca, de la época en que el actor trabajó allí, y de la etapa americana, hay una hija, Shelley, pero no aparece en el homenaje. También, pululan un crítico admirador del divo, un paparazzi que sueña con arrancar algún secreto no desvelado, y por último, Pedro del Río (Lluís Homar), doble del actor en su etapa del spaguetti western en España. Presentados los contrincantes de esta comedia que se mueve por muchos tonos y ambientes, desde la tragicomedia, el vodevil, donde pasa de todo, revelaciones de secretos ocultos, risas por las situaciones disparatadas que van sucediendo, puertas que se abren y cierran, personajes surgidos del pasado que algunas no quieren volver a ver, alguna lágrima por el tiempo pasado, y sobre todo, muchísimo amor por el ausente.

Comencini con un buen plantel de intérpretes, unos comediantes en estado de gracia, que mueven a sus personajes la mar de bien, la directora los pelea, los hace reír, llorar, los discute entre sí, y también, les saca sus miedos y anhelos, porque en el fondo, aunque apenas se conozcan, son una familia, todos pertenecen al mismo hombre, al actor estrella, aclamado por todo el mundo, pero que fuera de los focos, sólo fue alguien que amó de verdad a cada una de las mujeres que conoció, aunque fuera sólo por un tiempo. La cineasta romana se destapa ofreciéndonos un lúcido e interesante tributo a aquel cine europea que asombró a todo el mundo a partir de los años cuarenta hasta finales de los setenta como el cine italiano de comedia, que hacía su padre y sus coetáneos, al cine filosófico y existencial de Bergman, al cine de la Nouvelle Vague en Francia, al spaguetti que se hizo en España, y también un guiño al cine de Hollywood. Una manera de hacer cine ya extinguida y desaparecida que sólo forma parte de los recuerdos, de la memoria, de lo que en cierta medida nos habla la película, somos lo que vivimos y también, como nos recuerdan.

 

 

 

Pasaporte para Pimlico, de Henry Cornelius

1949 Passport to Pimlico - Pasaporte para Pimlico (ing) 01¡VIVA BORGOÑA LIBRE!

«Somos ingleses, hemos sido ingleses y siempre seremos ingleses, y precisamente por ser ingleses tenemos derecho a ser borgoñeses».

Los Estudios Ealing fueron inaugurados por Will Baker en  1896. Pero no fue hasta el año 1938 y capitaneados por Michael Balcon, que empezaron a llamarse de esa manera haciendo honor al barrio de Londres situado en West End. En las décadas de los 30 y 40 realiza más de 60 películas protagonizadas por estrellas como George Fomby y Will Hay, y documentales de guerra, aunque será en el período de posguerra donde alcanzaría su fama y notoriedad realizando comedias satíricas que afianzaron el término british, durante el período de 1947 a 1956. Dirigidas por Alexander Mackendrick, Whisky a go gó (1949), El hombre del traje de blanco (1953) o El quinteto de la muerte (1955), Michael Crichton, Oro en barras (1951), Los apuros de un pequeño tren (1953), La lotería del amor (1954), ó Ocho sentencias de muerte, dirigida por Robert Hamer (1949), entre otras, y protagonizadas por actores de la talla de Alec Guiness, Stanley Holloway, Margaret Rutherford, David Niven, Peter Sellers, Joan Greenwood… Un sello característico y muy notable en unas películas que abordaban los temas más candentes y cotidianos, desde un prisma cómico, crítico y en ocasiones grotesco.

Pasaporte para Pimlico, producida en 1949 y dirigida por Henry Cornelius es una de las comedias más características de la época y punta de lanza de la compañía. La película se sitúa en el barrio londinense formado por cuatro calles, y una zona sin edificar que mantiene en litigio feroz a las fuerzas vivas del distrito, los unos, quieren un espacio de jardines y juego para todos, los otros, quieren edificar y comercializarlo para sacarse un dinero. Este tira y afloja se ve interrumpido cuando por accidente unos niños hacen estallar una bomba abandonada de la guerra, la explosión origina un boquete y en el que un padre y su hija descubren un tesoro que según una historiadora, conocedora de la zona, atribuye a los antiguos propietarios del lugar, los borgoñeses. A partir de ese momento, se desata la locura en el barrio, y sus habitantes se declaran borgoñeses, y fundan un país independiente de Inglaterra. Crean un gobierno e implantan sus propias leyes, los estraperlistas invaden la zona, y los problemas comienzan a florecer. Ante la libertad que se crea en Borgoña, el estado británico incapaz de aceptar la nueva nación, contraataca imponiendo fronteras, impuestos y leyes amenazantes y restrictivas a los nuevos borgoñeses, incluso los declaran país non grato y los condenan al ostracismo, deteniendo su abastecimiento de alimentos y productos de primera necesidad. Encima, Londres está sufriendo una grave sequía y la falta de agua, genera más dificultades. Ni la llegada del Duque de Borgoña, heredero legítimo del nuevo estado, paliará las dificultades.

Una maravillosa y ejemplar sátira política en el que se descojonan de todo lo british (el sentimiento nacional y patriótico, muy vapuleado en aquel momento, después de la guerra, las costumbres cotidianas tan arraigadas en los ciudadanos, un orgullo altivo que es llevado hasta sus últimas consecuencias…), hay espacio para ridiculizar las leyes y los burócratas, las estructuras políticas que hacen funcionar hipócritamente las naciones también son pasto de la risa, el cinismo de las autoridades con respecto a las necesidades ciudadanas. La película funciona como una irreverente, sencilla y brutal alegoría de la situación del país durante la terrible posguerra, donde la escasez y el racionamiento estaban a la orden del día. La respuesta del gobierno británica de represión y hostilidades contra el nuevo estado encuentra una respuesta contraria tanto en los propios borgoñeses y en el pueblo británico, que se lanzan a ayudarse, en un ejemplo de la camaradería y solidaridad que reinaba en aquella Inglaterra de escasez y hambrienta. Destacar su magnífica ambientación, y composición, así como su excelente plantel de intérpretes que componen un extraordinario mosaico de la agitación y el espíritu que se manejaba en la época, donde los maravillosos diálogos afilados y punzantes que no dejan títere con cabeza. Una obra para el cine británico como es Roma, ciudad abierta, de Rossellini para la cinematografía italiana, o Bienvenido Mr. Marshall, de Berlanga, para la española. Durísimas sátiras políticas y sociales de la terrible situación que se vivía, que funcionaban como respuestas ante esa realidad triste y gris de cada día, una realidad imperante que consume toda incipiente humanidad y desarrollo, a la que sólo queda hacer frente con todas nuestras fuerzas y luchar incansablemente para derribarla.

<p><a href=»https://vimeo.com/47769446″>Pasaporte para Pimlico</a> from <a href=»https://vimeo.com/user11868406″>Yochacal</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Aprendiendo a conducir, de Isabel Coixet

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La directora barcelonesa Isabel Coixet, nacida en 1960, ya ha pasado de la decena de títulos en su filmografía, a parte de alguna que otra incursión en el cine documental, su cine se ha posado en relatos que se originan a partir de una situación dramática, que acarrean duramente dos personajes, un hombre y una mujer. A pesar de haber debutado con Demasiado viejo para morir joven  (1989), de resultados poco satisfactorios, será con su segunda película Cosas que nunca te dije (1996), rodada en inglés y con actores norteamericanos, y con un presupuesto independiente, que la revelará como una cineasta sumamente interesante con una voz propia que escarbaba en las emociones más profundas a partir de historias melodramáticas. En la misma línea rueda A los que aman (1998), ésta rodada en España y en castellano, le siguen Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005), la fallida Mapa de los sonidos de Tokio  (2009), en el 2013 vuelve a España y con dos actores filma la durísima  Ayer no termina nunca, luego se acerca al género de terror en Mi otro yo (2014).

En el año 2008, y basada en la novela de Philip Roth, Coixet rueda Elegy, con Penélope Cruz y Ben Kingsley, sobre la relación sentimental de un sesentón y su alumna. Rescatando a dos intérpretes de aquel filme, el citado Kingsley y Patricia Clarkson, y con Manhattan de escenario, la directora se mete de lleno en un guión firmado por Sarah Kernochan, un texto basado en la historia real de la escritora del New Yorker Katha Pollit, que vivió un suceso parecido al que relata la cinta. A saber, Wendy, una escritora de New York acaba de ser abandonada por su marido que se ha ido con otra más joven, a partir de ese instante, y con el agravante de no disponer de vehículo propio para visitar a su única hija que se ha trasladado a las fueras, decide sacarse el carnet de conducir, su profesor es Darwan, un refugiado político hindú de la casta sij, que además trabaja de taxista. Si bien la película parte de una situación dramática, como nos tenía acostumbrados el cine de Coixet, aquí la historia se desarrolla por otros derroteros, el tono es de comedia romántica, nos cuecen la relación de dos supervivientes, dos almas perdidas que tienen que afrontar los duros golpes de la existencia y tirar pa’lante.

Coixet no cae en la lágrima fácil ni en el parternalismo, consigue en buena parte de la película crear un ambiente de comedia ligera con esos toques de negrura que le vienen como anillo al dedo, introduce los momentos de tensión, y también los gags humorísticos de forma brillante, quizás el único pero de la trama, es no haber sacado más provecho de los dos personajes, se echa en falta algo de más complejidad e incorrección, aunque el excelente trabajo de la pareja protagonista, auténticos talentos de la actuación, mantienen con dignidad y humanidad sus dos personajes. A destacar la presencia de Thelma Schoonmaker en labores de montaje, colaboradora habitual de Scorsese. Una cinta de segundas oportunidades, sobre la amistad que nace desde el corazón, desde la diferencia que nos acerca más de lo que pensamos, de lo iguales y diferentes que somos los unos y los otros, de sentir que la vida es una carrera de obstáculos y problemas, y en tratar con estos alcanzamos lo que somos, y sobre todo, sentirnos bien con nosotros mismos.

Encuentro con Jírî Menzel

Presentación del ciclo dedicado a la figura del director Jírî Menzel. El encuentro tuvo lugar el martes 10 de marzo de 2015, en la cafetería de la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jírî Menzel por su tiempo, sabiduría y su maravillosa carrera cinematográfica, a Sandra Ejarque, de Vasaver, por su paciencia y generosidad, y a Pilar García, de la Filmoteca, por acogerme y tratarme con amabilidad.

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Adersson

Una-paloma-se-poso-en-una-rama-a-reflexionar-sobre-la-existencia¿QUÉ HACEMOS, ADÓNDE VAMOS?

Primero fue Canciones del segundo piso (2000), donde se planteaba el tema de milenarismo, luego llegó La comedia de la vida (2007), que representaba un atrevido recorrido hacía los sueños, ahora nos llega Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, título cervantino y quilométrico que cierra la trilogía Viva, y además, nos devuelve a la palestra el genio y la sabiduría del inclasificable Roy Andersson. El cineasta sueco, nacido en Gotemburgo en 1943, posee una filmografía brevísima, a parte de los ya mentados, encontramos su debut en 1970 con Una historia de amor sueca, y Giliap, de 1975, rotundo fracaso que le llevó a estar un cuarto de siglo alejado del largometraje, encontrando ubicación en el mundo de la publicidad, donde ha cosechado numerosos galardones.

Su nuevo título, que se alzó con toda justicia y por unanimidad con el León de Oro de Venecia en la última edición, vuelve a plantearse las mismas inquietudes de las predecesoras: lo banal y esencial, lo trágico y cómico de las absurdas y cotidianas existencias humanas, todas ellas con la paloma del título como testigo omnipresente de las vidas de esos humanos, impregnando a las situaciones de una mirada etérea en algunas ocasiones, y en otra sarcástica y crítica. Andersson arranca su relato a modo de preludio, con “Tres encuentros con la muerte”, donde nos sitúa en tres instantes, donde se produce la muerte por parada cardíaca de un señor mientras intenta abrir una botella, y su mujer sigue en la cocina sin percatarse de lo ocurrido, en otra, una madre moribunda en el hospital se aferra endiabladamente a su bolso lleno de joyas, cuando sus tres hijos intentan arrebatárselo, y finalmente, un hombre que ha fallecido mientras elegía su comida, y la camarera ofrece su almuerzo gratis a los demás clientes. El realizador sueco nos sumerge en ese mundo compuesto de una estética abstracta, con esa luz neutra que invade el plano, y esos rostros blanquecinos e impertérritos, en la que asistimos a 39 escenas diferentes, 39 cuadros, planos secuencia que suelen cerrarse con la proclama insistente y repetitiva por parte de los personajes de la frase: Me alegro de que estés bien. Escenas donde suena una música de cuerda que actúa como leit motiv a lo largo del metraje, en la que Andersson clava la cámara, efectuando un excelente manejo de la profundidad de campo, el fuera de campo y los espacios, imprimiendo a cada situación una historia en sí misma independiente, pero estructurada dentro de la película. Se detiene en las existencias de Sam y Jonathan, que vertebran el relato, dos vendedores de artículos de fiesta, que se pelean constantemente, y que moran en un albergue. A partir de estos dos seres tristes y frustrados, Andersson compone una radiografía del mundo moderno, a través de una fusión de diferentes géneros, que van desde la comedia surrealista, el musical, lo social, y lo histórico, repasando las estructuras caducas y viles que sostienen las sociedades actuales, creando unas secuencias como si se tratasen de recuerdos o ensoñaciones. Personajes vulnerables y sensibles, que anhelan algo que ni saben ni conocen, como la profesora de flamenco que no se muestra ningún tipo de pudor en mostrar su deseo, o las protagonizadas por el rey Carlos XII (1697-1718), donde se le caricaturiza, se le dota de un sexo distraído y además se le introduce en la más absoluta de las trivialidades, y demás seres que pululan por esta magnífica obra.

Andersson recurre a referentes de toda naturaleza, desde los grabados pictóricos de Brueghel el viejo, donde su obra “Cazadores en la nieve”, sería una fuente de inspiración inagotable, el Quijote de Cervantes, o “Esperando a Godot”, de Beckett, y sus criaturas estarían cerca del hidalgo caballero y Sancho Panza, los individuos que retrata Stenbeck en su “De ratones y hombres”, en el cine de Bresson o Buñuel (al que homenajea en la secuencia del bar con el rey, cuando escuchamos el célebre twist de Ashley Beamunt, “Shimmy Doll”, que cerraba Viridiana), y en los dúos cómicos del Hollywood clásico como Laurel y Hardy, o lo que es lo mismo, el Gordo y el Flaco, sin olvidarnos de Buster Keaton, Chaplin, Tati…Cine de gran altura, de encomiable factura y diseño, que maneja la tragicomedia, Lebenlust (ganas de vivir), y un respeto fundamental por el ser humano, donde en la sociedad vive sin ningún tipo de resistencia, y muy a nuestro pesar, sufriendo la humillación del opresor frente al oprimido, la triste y anodina existencia del señor de negro perdido que, sobrevive a trompicones, a bandazos, y sin ningún tipo de esperanza ni ilusión ante una prosperidad igual de triste, oscura y desoladora.

Rueda de prensa de «Els veïns de dalt»

Rueda de prensa con el equipo de la obra de teatro «Els veïns de dalt», escrita y dirigida por Cesc Gay. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de Marzo en el Teatre Romea de Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que ha hecho posible este encuentro: Sandra Costa de La Costa Comunicació, por su tiempo y generosidad, y al equipo del Teatre Romea, por su amabilidad y complicidad.

Mis hijos, de Eran Riklis

557338LA PIEL DEL OTRO

El director Eran Riklis, israelí de nacimiento, con una trayectoria amplia que abarca más de tres décadas, convenció a crítica y público con Los limoneros (2008), donde contaba de forma audaz, brillante y sincera, el conflicto palestino-israelí a través de un campo de limoneros, propiedad de una viuda palestina, que se convertía en la causa de litigio con el Ministro de Defensa de Israel.  En su nueva aventura, basada en dos novelas semibiográficas del escritor palestino Sayed Kashua, vuelve a centrarse en los problemas y dificultades de convivencia de la comunidad árabe en Israel, que son 1’6 millones de personas que representan el 20% de la población. Si en aquella, el conflicto nacía a raíz de un problema banal, ahora Riklis ha explorado un tema más profundo y difícil. La acción arranca en 1982, y se prolonga durante una década, en el contexto del estadillo de la primera Intifada cuando el gobierno de Israel lanzó una ofensiva contra el Líbano. Nos encontramos en Tira (Israel), en un barrio árabe, donde una familia joven, compuesta por el padre, – que arrastra un pasado oscuro, ya que estuvo preso acusado de terrorista, hechos que le obligaron a dejar sus estudios-, que se dedica a recoger fruta, junto a la madre y la abuela, y los tres hijos, entre ellos, Eyad. Las buenas calificaciones del niño le permiten conseguir una beca para estudiar en el instituto israelí más prestigioso de la ciudad. Allí, empezará su verdadero conocimiento interior y personal, deberá enfrentarse a los insultos y menosprecio de sus compañeros, la complejidad de expresarse como uno mismo, la soledad que siente al estar alejado de su familia y su abuela, con la que mantiene un vínculo muy especial. Las dudas y miedos a los que se enfrentan Eyad y su novia israelí, Noemi, que ocultan su relación a los demás. El joven estudiante encontrará refugio en casa de un chico de su edad, Jonatan, que padece una enfermedad degenerativa, y al que acompaña como voluntario. Riklis imprime a esta fábula política y social un arranque costumbrista muy próximo al tono de comedia italiana de los 50,  con abundantes secuencias irónicas y  llenas de un humor irreverente y divertido. A medida que avanza la acción, y el protagonista se ve inmerso en el trasfondo negro y oculto que se ve obligado a llevar por ser diferente, la cinta se va envolviendo en un tono más crítico y duro, donde el humor del principio deja paso a unas situaciones más propias del melodrama más punzante y duro. Riklis se aleja de la cuadratura de buenos y malos, su mirada adopta la de observador y testigo de los hechos, sacude al espectador con temas candentes que forman parte de la triste cotidianidad en la que se ven inmersos muchas personas. Individuos que quedan en un limbo extraño, porque han crecido con otra cultura y costumbres diferentes, y ahora se ven en tierra de nadie, donde el otro, en este caso, los israelíes, los tratan como una minoría, que rechaza y expulsa de su casa. La supervivencia en un entorno totalmente hostil, provoca que Eyad se cuestione su verdadera identidad, de quién es en realidad, y las formas y caminos que tendrá que adoptar para sobrevivir en un lugar, que  pertenece por méritos propios, pero que el entorno de la mayoría al que es sometido diariamente, le llevan a plantearse su vida y  los mecanismos que tiene para sobrevivir.

The Skeleton Twins, de Graig Johnson

11179342_800Recomponiendo los pedazos 

La película arranca con un joven en la treintena que se encuentra en su piso, está borracho y pone música. Al rato, se mete en la bañera y vemos como la sangre comienza a teñir el agua. Corte a una chica de la misma edad, que se mira al espejo y tiene en una mano un vaso de agua y en otra, un puñado de pastillas. Cuando está a punto de tomárselas, le suena el móvil. Después de este prólogo, a todos nos daría por pensar que estamos ante un drama de corte existencial, una de esas películas donde unos personajes hartos de todo buscan un sentido a sus pobres vidas. Pero no, Graig Johnson, en su segunda obra, (la primera, True adolescents -2009-, no se ha estrenado por estos lares) no nos introduce en ese tipo de berenjenal metafísico, aunque si nos presenta a dos personas con vidas maltrechas, pero su tono es completamente diferente, y tampoco nos quiere transmitir ningún mensaje de laboratorio. The Skeleton twins, nos habla de Maggie y Milio, dos hermanos gemelos que llevan una década distanciados por algo que sucedió entre ellos, y además arrastran un pasado tormentoso con su progenitora, que les ha conducido a no encarrilar sus existencias. Tras el intento de suicido frustrado de Milo, Maggie se lo lleva a su casa, situada en Nueva York, en los días fríos de Halloween, donde vive con Lance, un marido bueno pero inmaduro, con la intención de recuperar la relación con su hermano. Milo, por su parte, es un actor en paro, que se gana la vida sirviendo cafés, y también, arrastra una ruptura no superada con Billy, su profesor de inglés, con el que volverá a cruzarse. Johnson sazona su relato de grandes dosis de comedia, también hay drama, aunque no uno de rompe y rasga, sino el de mirarse a la cara, de frente, y sacar todo lo que hemos guardado durante años, esas cosas o momentos de nuestras vidas donde nos hemos sentido mal y nunca nos hemos atrevido a sacarlo, a expresarlo, a hablarlo para sanar las heridas y continuar con el camino. Si Milo anda de capa caída, su gemela Maggie no se queda atrás, su matrimonio no le satisface sexualmente, y frecuenta a otros hombres. Dos almas rotas, dos seres que son incapaces de expresar sus emociones ante el otro, en este caso, el hermano que tienen delante. Johnson plantea una historia intensa, emotiva, divertida y sobre todo, una cinta donde seamos conscientes de nosotros mismos, de los errores que cometemos, y seamos lo suficientemente valientes para admitirlos a las personas que queremos, para empezar a perdonarnos a nosotros y a los que nos rodean. Quizás en algunos momentos, la trama fuerza algunas situaciones, apartándose del tono que ha caracterizado buena parte del metraje, aunque la buena labor de la pareja protagonista hace el resto. La excelente química que desbordan, no obstante empezaron juntos en el programa de humor de tv Saturday Night Live. Kristen Wiig, vista en La boda de mi mejor amiga (2011), y Bill Hader, que hacía de amigo con gafas del protagonista en la reciente La desaparición de Eleanor Rigby. Rescatar el maravilloso momento del playback, donde cantan a dúo la canción Nothing’s gonna stop us now, de los Starship, que nos recuerda a otra reciente igual de divertida, el I’m so exited, de The pointer sisters, que se marcan los azafatos de vuelo en Los amantes pasajeros (2013), de Almodóvar. Dos jóvenes talentos dotados para la comedia más clásica y también, para sufrir, en esta cinta agridulce que reflexiona sobre los seres ajados que arrastran trastornos emocionales y sentimientos de culpabilidad que les impiden estar bien.

Torrente 5: Operación Eurovegas, de Santiago Segura

Torrente_5_Operaci_n_Eurovegas-241259676-largeVuelta a los orígenes

En 1998, Santiago Segura, sorprendió a propios y extraños con Torrente, el brazo tonto de la ley, dónde ejercía las funciones de guionista, director y protagonista de una comedia que recogía las andanzas y desastres de un policía español, fascista, machista, racista, alcohólico y del atleti, a través de un humor soez y grueso, donde hilvanaba de forma ingeniosa una trama de tráfico de drogas. La película arrolló en taquilla y dio el pistoletazo de salida a una saga insólita en el cine español, cinco entregas del mismo personaje ha filmado Segura hasta la fecha, algunas más conseguidas que otras, pero siempre ofreciendo lo que el público pide, humor e historias políticamente incorrectas, donde el realizador madrileño, se despacha a gusto contra políticos, banqueros, y demás poderosos. Sus referencias son múltiples y muy variadas, el inspector Clouseau, Jerry Lewis, los dibujos animados, Hommer Simpson, los tebeos de Bruguera –Mortadelo y Filemón, Anacleto agente secreto…- las comedias de Lazaga y Ozores, el cine del destape, el esperpento, la picaresca, el splastick, el cine trash, las películas de James Bond, las comedias blancas italianas, Louis de Funes… Las historias se plantean a través del alter ego, José Luis Torrente, y una retahíla de freaks, a cuál de ellos más retrasado, anormal y excluido social, que tienen una misión totalmente descabellada y gamberra entre manos, en la que deberán acabar con algún millonario psicópata. Un cine popular, un cine para el gran público, que sólo pretende hacer reír y divertir, que devuelve a la palestra a actores de aquel cine popular como Tony Leblanc, Fernando Esteso, Andrés Pajares, y algunos humoristas de los nuevos tiempos como Chiquito de la Calzada o los componentes de Muchachada Nui. La última entrega de la saga, Torrente 5: Operación Eurovegas, es una vuelta a empezar, donde recupera la buena sintonía y el espíritu de la primera aventura, un giro de tortilla, Torrente, el defensor de la «ley», se pasa al lado oscuro. Una película donde nos volvemos e encontrar con el personaje de Cuco, -visto en la 2ª parte- ahora interpretado por Julián López, con Rafi (Javier Cámara), los personajes-escudero más conseguidos de la saga. Segura nos hace viajar en el tiempo, nos fija su relato en el año 2018, España sigue siendo un país desolador, nos han echado de Europa, hemos vuelto a la peseta y los únicos empleos que se encuentran son precarios. Torrente sale de la cárcel, y se encuentra con un mundo desconocido, el suyo ha desaparecido, está fundido en ruinas, así que la única salida posible que se encuentra, es el delito y nuestro antihéroe se convierte en un fuera de la ley, y planea junto a unos descerebrados, como no podía ser de otra manera, el golpe del siglo, atracar el casino de Eurovegas, siguiendo la ayuda del diseñador americano del sistema de seguridad del casino, que conoció en prisión. En el ambiente, todo el tinglado nos recuerda a El quinteto de la muerte, Atraco a las 3, La cuadrilla de los 11, Rufufú, todos ellos, ladrones de pacotilla y por necesidad, metidos en jaleos de muy señor mío. El cine de Segura es divertido, conecta con un público, que lo ha convertido en un fenómeno sociológico, a través de ese humor irreverente tan de aquí, de la burla, la grosería, de muchachas en bolas, bares de carretera, puticlubs, todo con mucha mugre y grasiento, donde no falta la crítica social, y sobre todo, las abundantes carcajadas y risas.