Los amores de Anaïs, de Charline Bourgeois-Tacquet

ANAÏS SE ATREVE A VIVIR.

“Lo realmente bueno es luchar con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión, perder con clase y atreverse a ganar, porque el mundo pertenece a quienes se atreven a vivir, la vida vale demasiado como para ser insignificante”

Charles Chaplin

Anaïs tiene treinta años, va de un lado a otro, no se detiene, es inconstante y extremadamente despreocupada, se deja llevar por lo que siente, por lo que desea, no tiene punto medio, conoce la incertidumbre y la fragilidad de la vida y la fugacidad de los sentimientos. Su vida es pura agitación, inquietud, se deja llevar por la vida, por la pasión de vivir, en el aquí y ahora, se entrega al sexo, y quizás, al amor, sin pensar en lo pasado y mucho menos en lo que vendrá. Anaïs habla sin parar, es arrolladora, no escucha, solo habla, y siempre está en movimiento, porque si se detiene se pondrá a pensar, y Anaïs quiere vivir la vida. La directora francesa Charline Bourgeois-Tacquet debuta en el largometraje con una película escrita por ella misma que se mueve entre la comedia ligera y el drama más intenso, pero que, al igual que su protagonista, no se detiene en lamer sus heridas, porque la vida continúa.

El relato se posa completamente en su criatura, la citada Anaïs, que tiene a una arrolladora y fascinante Anaïs Demoustier como la piel, el cuerpo y la mirada de un actriz en estado de gracia, el timón de mando de una película que habla mucho de los tiempos actuales, de los jóvenes actuales, de las mujeres que cumplidos los treinta, empiezan a darse cuenta que la vida era esto, o quizás, nunca habían pensado que sería de sus vidas y se la encuentran de bruces al otro lado de la esquina. Anaïs cree que está enamorada de su novio, pero no lo sabe con certeza. ¿Hay alguien que lo sepa?. Conoce de casualidad a Daniel y se enrolla con él. Daniel es un hombre maduro, ¿felizmente casado?, con una vida aburguesada sin más. Aunque todo cambiará para Anaïs cuando se tropieza con Émilie, la mujer de Daniel, y además una escritora a la que admira, porque, entre otras cosas, Anaïs quiere o no, nunca se sabe con ella, dedicarse a escribir o quizás eso era antes. La joven se queda fascinada por la escritora madura y se pega a ella, olvidándose de su trabajo y de todo lo que no tenga que ver con este nuevo y maravilloso encuentro y amistad.

La vida agitada e inquieta y apasionada y apasionante de Anaïs tendría un precedente en la película corta Pauline asservie (2008), que Bourgeois-Tacquet, en un personaje con muchos parecidos a Anaïs, que también interpretaba la propia Anaïs Demoustier, y tenía al cinematógrafo Noé Bach en la luz, esta luz soleada y libre, que baña con claridad y cercanía esos lugares, sobre todo, rurales y costeros. Una vida agitada e inquieta y apasionada con la compañía de la maravillosa música de Nicola Piovani, un compositor con más de 200 bandas sonoras realizadas, entre los que destacan Fellini, los Taviani, Moretti, Benigni, entre muchos otros, y el montaje de Chantal Hymans (la editora habitual de Christophé Honoré), un trabajo que respira y se mueve a la misma velocidad de crucero que la protagonista, eso sí, con algunos momentos, pocos, de detenerse y mirarse, como la magnífica secuencia de la playa. Anaïs Demoustier, con su apariencia juvenil, sensual y arrolladora, compone una fascinante e increíble Anaïs, en un personaje que le va como anillo al dedo, con toda esa fragilidad del mundo, con todo su encanto, con toda su locura, con todo su no parar, toda su despreocupación, toda su complejidad, que cae bien pero con matices, que se enfrenta al drama, con movimiento, sin pensar, sino haciendo, aunque tenga sus indecisiones y deseos frustrados y demás.

Le acompañan una magnífica Valeria Bruni Tedeschi, una actriz enorme que nos sigue asombrando con sus personajes tan diferentes y humanos. Su rol es el espejo contrario de Anaïs, la madura escritora, con aparentemente vida burguesa y tranquila, con esa mirada en paz y una vida apasionante con la literatura como deseo inquebrantable y profundo. En una película tan femenina, la presencia de un personaje como Daniel, interpretado fabulosamente bien por Denis Podalydès, que ejerce como ese hombre maduro y machito que no quiere perder su estatus aunque no lo valore en su profundidad. Los amores de Anaïs es una comedia romántica bien ejecutada, y perfectamente contada y llena de vida, amor, pasión y deseo, con ese aroma que tenían las películas morales de Rohmer, con sus paisajes veraniegos, rurales y llenos de encanto y tristeza, donde ocurrían las cosas y las circunstancias más inesperadas, y también algunas películas de woody Allen y Desplechin, con esos personajes inseguros, vitales y llenos de dolor y humor, porque la vida, al fin y al cabo, tiene todo de eso, depende de uno de cómo le afecten las cosas que nos suceden y cómo las enfrentamos a los demás, y las consecuencias que tienen todas esas acciones, cosa que Anaïs lo sabe o no, pero sí que es cierto, que la joven lo vivirá y luego, ya veremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dylan Moreno

Entrevista a Dylan Moreno, productor de la película «La mancha negra», de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dylan Moreno, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hive (Colmena), de Blerta Basholli

UNA MUJER VALIENTE.

“Me gustan las personas que tienen que luchar por obtener algo, los que teniéndolo todo en contra salen adelante. Esta es la gente que me fascina. La gente fuerte”

Isabel Allende

El conflicto de Kosovo (1998-1999), en que la etnia albanesa se opuso a la etnia serbia y el gobierno serbio ocasionando la desaparición de 13000 personas. En el pueblo de Krushe e Madhe, en el municipio de Rahovec en el oeste de Kosovo, la cifra de desaparecidos dejó 140 viudas y más de 500 niños sin padre. La película se centra en una de esas mujeres viudas, en Fahrije Hoti, y en su experiencia real. Tenemos a una mujer que cuida de su suegro y de sus dos niños todavía en edad escolar, trabaja en la pequeña colmena de su marido desaparecido y acude a encontrar a su esposo cuando las autoridades encuentran alguna fosa común. Pero, la economía doméstica se resiente, el dinero no llega y están pasando por penurias, al igual que las otras viudas. Fharije, con todo en contra, decide sacarse el carnet de conducir y abrir un negocio de verduras en escabeche junto con las otras mujeres. Encontrará la resistencia machista del pueblo, hombres acostumbrados a trabajar y que las mujeres se queden al cuidado del hogar, los niños y los ancianos.

La directora debutante en el largometraje Blerta Basholli (Pristina, Kosovo, 1983), encontró en la historia real de Fahrije Hoti la inspiración para construir no solo una película sobre un grupo mujeres que rompen con las barreras e imposiciones patriarcales para ser ellas mismas, sino que nos habla de la valentía y la fuerza de unas mujeres sumidas en el dolor, sobreviviendo a una pérdida irreparable, y continuando hacia adelante a pesar de todo. La directora kosovar sitúa su película en la mirada de la protagonista, el eje en el que gira toda la historia, presentándonos a una mujer que debe hacer frente a una realidad y reinventarse, con la ayuda de las demás, para hacer frente a su situación de miseria, y la cineasta lo hace desde la honestidad y la autenticidad, sin edulcoramientos ni sensiblerías, sino acercándose a sus personajes desde la sinceridad y sobre todo, desde la mirada del que quiere mostrar sin embellecer ni sobre todo, huyendo de esas historias relamidas de la dichosa superación y demás, aquí todo tiene verdad, todo tiene intimidad, y la protagonista se enfrenta a sus miedos, sus dudas y la inmensa hostilidad de los hombres de su pueblo, pero no se amilanará a pesar del miedo y la soledad.

Todo se cuenta a partir de dos elementos muy visibles. La intimidad del hogar con los conflictos entre la madre y su hija, que es una adolescente, y su suegro, anclado en el pasado y en la memoria de su hijo, que lo ha detenido, y luego, lo social, en que las mujeres se enfrentarán a ese machismo ancestral, que las obliga a ser sumisas a pesar de su dolor y su pobreza, donde la colmena actúa como riquísima metáfora de todo lo que está sucediendo en el pueblo. Basholli no construye una película superficial y moralista, donde hay buenos y malos, ni tampoco hay una mensaje aleccionador, no hay nada de eso, solo un relato sencillo y cercanísimo, donde se explica una realidad dura y difícil, sin medias tintas, una realidad dolorosa y a pesar de todo, las mujeres se mueven para salir adelante cuando tienen todo y todos en contra. La película se cimenta en las miradas y gestos de las protagonistas, más que en los diálogos, porque es una película de acción, en el mejor término de la palabra, donde la actividad y la valentía de estas mujeres se traduce en su negocio, en el que somos testigos de todos los pasos de creación, funcionamiento e ilusión.

Una cinta de estas características donde se habla de personajes y sus conflictos, personas de carne y hueso, necesitaba un actriz tan portentosa, especial y humana como Yillka Gashi, auténtica revelación de Hive (Colmena), convirtiéndose en la punta de lanza del relato, con esas miradas que encogen el alma, con ese coraje y esa fuerza irrompible, toda una referencia para todos, una persona que a pesar de todo y todos creyó en sí misma y se atrevió a hacerlo venciendo dos miedos: sobrevivir a un marido desaparecido y a una comunidad machista y hostil. Sin olvidar el resto de mujeres como las impresionantes Çun Lajçi, Aurita Agushi y Kumrije Hoxha, entre otras, que acompañan con credibilidad y sinceridad a la protagonista. La opera prima de Blerta Basholli es un cuento sobre mujeres para todos los públicos, porque es una película potentísima, llena de grandes ideas y sobre todo, es una maravillosa fábula humanista como las que hacían Renoir, Rossellini, Kiarostami y demás, de las que permanecen en la memoria, de las que no se olvidan, de las que consiguen vencer al tiempo y a sus circunstancias, porque habla de seres humanos y sus formas de encarar la vida, el dolor, la tristeza y todo aquello que nos paraliza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mancha negra, de Enrique García

DOÑA MATILDE CISNEROS HA MUERTO.

“Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad”.

“Bodas de sangre”, de Federico García Lorca

Estamos en 1971, en Aljarria, uno de esos pueblos del interior de Andalucía, perdidos de la mano de Dios. Son los años duros de los setenta con los últimos coletazos del franquismo. Tiempos de incertidumbre, de rencores y de odios a punto de explotar después de años de silencio. Unos odios y rencores instalados en la familia de los Cisneros. La matriarca Doña Matilde acaba de morir. Con ella se va un tiempo de odio, de silencios y sobre todo, un tiempo que advierte un porvenir difícil. Al mismo tiempo, el único varón de la familia, Eugenio, viene de vuelta al pueblo después de más de quince años, acompañada de su mujer Emilia. Parece que las cosas le han ido bien, o al menos eso parece. En Aljarria, se encontrará con sus tres hermanas, Modesta, la servicial, la callada y la sumisa, Manuela, la independiente, la señalada y la de carácter, y finalmente, Mercedes, que perdió la cabeza y ahora se ha convertido en un muerto.

El recién llegado se enfrentará a Doña Julia, una arpía que, compinchada con Don Andrés, el cura, ya que traman arrebatarles todo el dinero a la familia, y sin olvidarnos, del hermano de Doña Julia, el Juaneque, un pobre infeliz y retrasado que quería con locura a la finada. La llegada del antiguo habitante del pueblo, no solo desatará las envidias y demás entre los lugareños, sino que generará el mayor de los cimas en casa de los Cisneros. De Enrique García (Málaga, 1971), conocíamos su trabajo en el cortometraje, y sus tres largometrajes, 321 días en Michigan (2014), Manic Tales (206), en la que dirige uno de los segmentos, y Resort Paraíso (2016). Un cine que ha buceado por el thriller, el terror y el drama, tres géneros que se dan la mano en su cuarto trabajo La mancha negra, coescrita con su guionista habitual Isa Sánchez (de la que hemos visto hace poco Alegría, de Violeta Salama), en una película carpetovetónica, centrada en una sola jornada, en un velatorio y entierro de armas tomar, donde los Cisneros pondrán sus cartas sobre la mesa, donde muerta la madre, ya nada podrá detener tantos años de odio y maldad.

La excelente cinematografía de José Antonio Crespillo, que ya estaba en Manic Tales y Resort Paraíso, conjuga con habilidad la luz asfixiante que recorre todo el metraje, con esos primeros planos y encuadres cerrados bien compuestos, para generar esa fragmentación que existe entre los cuartos hermanos, con un brillante manejo del tempo en el montaje de Ana Álvarez-Ossorio (que es habitual en los trabajos de Paco León), y la cortante música de Jesús Calderón, una eminencia en el mundo del corto, que sabe atraparnos desde el primer minuto. Nos encontramos ante una película donde el universo lorquiano juega un papel fundamental, con esas mujeres enlutadas, esas miradas que echan fuego y esa violencia soterrada a punto de explotar. El imaginario de Delibes, y sus santos inocentes, con ese caciquismo que representa el cura del lugar, y esa Mercedes, que no está muy lejos de la “niña chica”, y esa España negra con la violencia extrema de se palpa en cada rincón de “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, o el fatalismo que recorre el mundo de Aldecoa y Benet. En el cine, amén de las adaptaciones de los autores ya citados, bebe mucho de La caza, de Saura y Furtivos, de Borau, donde existen esos pueblos llenos de amargura y miseria, donde la violencia es el pan de cada día.

Tenemos lo más intrínseco de nuestra forma de vivir y sentir, bien fusionado con el thriller estadounidense de los setenta que marcó una época con los Peckinpah, Boorman y Frankenheimer, entre muchos otros, unos policíacos sucios, llenos de vidas autodestructivas, muy violentas, fatalistas y amargas, donde nunca hay esperanza, solo disparar y rendirse a la violencia. Y claro, un relato que juega mucho a todo lo que nos e dice, a todo lo que se oculta, y a todo lo que quema por dentro, tenía que componer un reparto muy coral y digno de unos personajes complejos, derrotados y amargados. Un grupo de intérpretes, entre los que hay compañeros de viaje del director, entre los que destacan las presencias de Natalia Roig, Virginia Demorata y Noemí Ruíz, como las tres hermanas Cisneros, junto a un gran Pablo Puyol como el hermano, Virginia Muñoz como Emilia, Cuca Escribano, fea y malvada como Doña Julia, Ignacio Nacho, que conocemos como director de El intercambio (2017), dando vida a Juaneque, toda una gran sorpresa, Aníbal Soto como el boticario, Juanma Lara como el cura, con ese corpachón y su vozarrón, y las presencias más breves de María Alfonso Rosso como la que se muere, Sebastián Haro y Joaquín Núñez.

Dylan Moreno que ya coprodujo Manic Tales y El intercambio, vuelve a producir una película de Enrique García. La mancha negra no esconde su modestia, pero tampoco hace alarde de ella, porque sabe el relato que tiene entre manos, seco, duro y violento, y lo va contando poco a poco, sin prisas pero sin pausa, en un in crescendo que hiela el alma,  dosificando con acierto la información, al modo del western, de cuando alguien volvía a un pueblo y nunca sabíamos cómo éste lo iba a recibir, generando esta tensión, ese calor que ahoga y vuelve más violenta a las personas, enhebrando don decisión todas las relaciones, todas las miradas y gestos. García ha conseguido una película muy honesta, bien equilibrada y compuesta, en el que la forma y el fondo casan con astucia y fuerza, porque cuenta lo que conoce y lo hace con lo que tiene, sin entrar en terrenos pantanosos. García ha construido una película con hechuras, con un ritmo pausado que coge velocidad en su último cuarto, donde todo explota, donde cada personaje reclama su sitio y sobre todo, su pasado, un pasado que saldrá a la superficie, y nada ni nadie podrá detenerlo y lo cambiará todo, porque cada uno de los individuos en cuestión ya está cansado de estar callado, una metáfora que define mucho el sentir de aquel país de tantos de dictadura, terror y silencio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Curvy Crew, de Ida Joglar

LAS CHICAS GORDAS PODEMOS.

“Querer ser otra persona es malgastar la persona que eres”

Marilyn Monroe

Hay mucho cine y literatura que nos habla del relamido tema de la superación, cayendo, en muchos casos, en la falsa idea que trabajando, esforzándose y sacrificándose, las cosas llegarán, y no es cierto en todos los casos, porque existen otros factores externos que influyen en tu contra. Existe otro cine y literatura que olvida completamente el tema de la superación, para centrarse en otros ámbitos más reales y sobre todo, más humanos, y no lo hace de forma condescendiente y sensiblera, sino mostrando a personas que se aceptan a sí mismos después de un durísimo proceso de soltar y vencerse a uno mismo, y atreverse a mirarse al espejo y no estar triste, sino todo lo contrario, más que una superación, conquistando a una aceptación de sí mismas. La directora Ida Joglar, originaria de San Juan (Puerto Rico), se estableció en el 2009, formándose en estudios relaciones con la imagen audiovisual, y trabajando como montadora y realizando películas cortas.

Con Curvy Crew debuta en el largometraje con una película sobre veinte mujeres gordas, veinte mujeres que tienen un reto ante sí, un reto mayúsculo para cualquiera como subir el Kilimanjaro, en Tanzania, una montaña de 5895 metros de altura. Joglar compone un relato que sigue la aventura diaria de la subida al Kilimanjaro, enlazándolo con los meses previos de preparación y organización del grupo, con las reflexiones de después, en los que iremos conociendo a cada una de ellas, sus pasados, sus tristezas, sus alegrías, las barreras sociales y el estigma de los demás que se han encontrado en sus vidas debido a sus cuerpos no normativos, y sobre todo, la aceptación de cada una de ellas en quererse y centrarse en ellas mismas, encontrando en este grupo maravilloso un lugar donde no son señaladas ni juzgadas, sino todo lo contrario, mujeres que se miran de frente, cara a cara, compartiendo y abrazándose. En Curvy Crew hay de todo: muchísimo esfuerzo, trabajo y sacrificio, pero también, hay grupo, hay personas, hay amor, hay esperanza y una ilusión inquebrantable, peor real, con sus dudas, sus miedos y sus cansancios, con sus caídas y sus vueltas a empezar.

La directora portorriqueña huye de la típica película de mensaje, aquí no hay nada de eso, ni un atisbo de edulcoramiento de nada de lo que se cuenta ni el cómo, porque lo que busca la cineasta es hablarnos de personas humanas, de sus cuerpos, de sus dificultades, de sus vidas y de su aventura de subir una montaña, un reto que podría ser otro cualquiera a personas que aparentemente no pueden hacerlo, ellas no demuestran nada a los demás, sino a ellas mismas, y no solo es conseguirlo o no, porque eso es lo de menos, sino tener la fuerza y la valentía de que es posible, de que esa aventura se puede hacer, experimentarlo con las otras veinte mujeres gordas y aprender y desaprender tantas cosas. Veinte mujeres muy diferentes entre sí, veinte mujeres de lugares diferentes y existencias completamente opuestas, pero emocionalmente tan parecidas, porque todas han sentido el desprecio y el aislamiento de los demás por su cuerpo no normativo. Subir una montaña y mientras hacer grupo con las demás, escucharse y ayudarse para seguir, no detenerse y aceptar y aceptarse y mirarse con amor, respeto y dignidad.

Ida Joglar no solo ha hecho una película sobre mujeres gordas, decididas, valientes y fuertes, sino una película sobre mujeres gordas para todos los que alguna vez o muchas veces, se han sentido desplazados y ninguneados por ser como son, una historia para todos aquellos que se han sentido desencajados en esta sociedad por ser así o asa, por no pertenecer a esa mayoría aparentemente normativa y aceptada, es una película para todos aquellos que se han visto excluidos del paraíso construido por una sociedad que alimenta el individualismo, el ego y la apariencia física y material como claves del éxito, y olvida al resto que no son así, y sobre todo, no encajan en esos estereotipos alimentados por cierto tipo de cine, literatura, televisión, publicidad y moda, en fin. Cruvy Crew  es toda una lección de cine humilde y sencillo, un cine que va sobre personas, un cine que resiste ante lo normativo y lo superficial, un cine que habla de forma honesta y directa sobre los problemas que atañen en nuestra cotidianidad, y en el fondo, un cine que habla de cómo somos como sociedad, y cómo nos relacionamos los unos con los otros, las bases de cómo amamos y cómo nos aman. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Guarnizo

Entrevista a Iván Guarnizo, director de la película «Del otro lado», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el recinto de la Universidad de Barcelona, el martes 30 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Guarnizo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pau Calpe

Entrevista a Pau Calpe, director de la película «Tros», en la terraza del Hotel Arts en Barcelona, el viernes 18 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pau Calpe, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un pequeño mundo, de Laura Wandel

EN EL COLEGIO DURANTE EL RECREO.

“En el patio, todo el mundo intenta ocupar su sitio. La infancia es la época de los primeros descubrimientos, cuando la vida y las relaciones son muy intensas. También es cuando diseñamos y construimos nuestro paisaje interior. Los primeros años de colegio influyen en ese paisaje, que a menudo determina nuestra opinión del mundo cuando somos adultos”.

Laura Wandel

El cuadro que abre esta inmensa y sobrecogedora película es uno de esos planos que se instalan de por vida en nuestra retina. Nora, de 7 años, muerta de miedo, en la puerta del colegio, se abraza fuertemente a su hermano mayor Abel, mientras llora desconsoladamente. Es su primer día de escuela, no quiere entrar, no quiere despedirse de su amparo familiar y adentrarse en ese mundo desconocido donde no están los suyos para cuidar de ella. La cámara está muy cerca del encuadre, casi pegada a ellos, como una extremidad más. Sentimos su aliento, su pena y sus emociones. El plano la seguirá hasta el interior del reciento, en un maravilloso plano secuencia, y el ruido ensordecedor del vestíbulo cortará este arranque espectacular por su contención, su narrativa, y su forma de explicar cada detalle sin la necesidad de explicar demasiado. Una apertura que nos acompañará durante el resto del metraje.

Con esos planos secuencias que serán la tónica de todo el relato, y sobre todo, la altura de la cámara, a la misma altura que Nora, porque veremos la película a través de ella, a través de sus sentimientos, alegrías y tristezas. Pertenecer a ese microcosmos que es el colegio y su recreo es la razón de ser de cada niño y niña, ser reconocido, ser uno más, jugar y relacionarse con los otros, no ser juzgado y sobre todo, no ser violentado y apartado por la razón que sea. La adaptación de Nora se emancipará de su hermano mayor, y la historia girará en torno al acoso que sufre Abel por parte de sus compañeros. Nora quiere ayudarlo pero no es fácil, todo es nuevo y diferente, y nada es sencillo. La cineasta Laura Wandel (Brussels, Bélgica, 1984), que había destacado en sus películas cortas, debuta con un largometraje directo, que se olvida del exterior para centrarse en las paredes del colegio, y sobre todo, en todo lo que ocurre durante el recreo, en ese espejo deformante de la sociedad, donde cada uno quiere ocupar su espacio, pertenecer a sus quehaceres de juegos, carreras y demás actividades.

La cineasta belga opta por el sonido ambiente, en un magnífico trabajo de sonido de Thomas Grimm-Landsberg, donde no hay música incidental, creando esa atmósfera de ruidos, gritos y golpes, que marca aún más en situar en off, en fuera de campo, toda esa violencia cruel y desatada. Dos colaboradores en su película corta Les corps Étrangers (2014), vuelven a trabajar con Wandel, como Frédéric Noirhomme, del que habíamos visto su trabajo en Hedi( 2016), de Mohammed Ben Attia, realiza una grandiosa cinematografía componiendo una película llena de intensidad, con una cámara convertida en Nora, su sombra, su mirada y su todo, y Nicolas Rumpl en la edición, agilizando y poniendo un gran ritmo a los breves setenta y dos minutos de Un monde, en su título original. Si la parte técnica brilla con luz propia, los intérpretes están a la misma altura, con los adultos, que apenas se ven o simplemente se agachan para hablar con los niños y entrar en plano, en los que encontramos a Karim Leklou, que hace de padre de los dos protagonistas, que hemos visto en Un profeta (2009), de Jacques Audiard, entre muchas otras, y Laura Verlinden como la maestra de Nora, un gran apoyo para ella, que era una de los integrantes de la inquietante familia de Happy End (2017), de Haneke.

Mención aparte tienen los dos niños de la película, porque aparte de soportar todo el entramado, se convierten en las piezas clave para explicar todo lo que vemos en sus poderosas imágenes. Infantes que nos recuerdan a los que retrataron en Ponette (1996), de Jacques Doillon, en Nana (2011), de Valérie Massadian, y Verano 1993 (2017), de Carla Simón, y aquellos párvulos del recreo de Récréations (1998), de Claire Simon. Tenemos a Günter Duret como Abel, que había tenido alguna pequeña experiencia previa, en un personaje complejo, la víctima que quiere guardar silencio por vergüenza, por miedo y sobre todo, por no sentirse desplazado, y la debutante Maya Vanderbeque como Nora, la auténtica heroína de la película, que quiere ayudar a su hermano peor nos abe como, y luego, se siente perjudicada por la situación que no sabe manejar, uno de esos personajes llenos de energía, con esa mirada que traspasa y explica tanto de lo que está sucediendo en el interior de esa niña, que no quiere sentirse fuera de esa sociedad del colegio, y por otra parte, tiene la necesidad de ayudar a su hermano, porque sabe que nadie le va a ayudar si ella se calla. Dos grandísimos descubrimientos por parte de la directora porque sin ellos la película sería otra cosa o quizás, no sería película.

Habrá que estar muy atentos a la filmografía de Laura Wandel, que esperemos que se siga desarrollando y podamos seguir disfrutando de su mirada, de su sensibilidad y sobre todo, de su inteligencia cinematográficas, de su manera de filmar y de sentir, de adentrarse en temas complejos y difíciles de plasmar en una película sin caer en el sentimentalismo y la condescendencia, alejándose de estereotipos de buenos y malos, y sumergiéndose en todos los aspectos que cohabitan en ese patio, como en todos los patios de cualquier colegio. Temas que dejan sin aire, pero que con la sabiduría que ella lo hace, creando esa atmósfera penetrante, dura y llena de violencia y crueldad, y como los niños y niñas reaccionan ante ese espacio de odio y sin sentido, y dentro de sus posibilidades se hacen comprender e interactúan con los demás, todo un mundo como explica la película, todo un universo que se desarrolla en el tiempo del recreo, en ese espacio que tanto dice de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de lo que en definitiva, somos cada uno de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA