Karen, de María Pérez Sanz

LA VIDA DESPUÉS DE TODO.

“No hay nada más extraño en una tierra extraña que el extraño que viene a visitarla”

Todos, absolutamente todos, somos muchas personas, quizás demasiadas, o no, muchas almas anidan en nuestro interior, la que somos, la que fuimos, la que queríamos ser, la que soñábamos con ser, y todas aquellas que imaginábamos y finalmente no fuimos. La escritora Karen Blixen (1885-1962), también fue muchas mujeres, con muchos nombres, como los de Tania, Tanne, Isak Dinesen, pseudónimo con el que firmó grandes novelas como la famosa “Memorias de África”, que Sydney Pollack adaptó en 1985 haciendo una bellísima película. Hacer una película sobre su vida entraña muchos desafíos, aunque María Pérez Sanz (Plasencia, Cáceres, 1984), ya sabía lo que era cuando un extranjero visita una tierra extraña y se hace con ella en un sentido emocional, como ya contó con el artista alemán Wolff Vostell en su ópera prima Malpartida Fluxus Village (2015).

En Karen, con un guion que firma junto a Carlos Egea, opta por el otro lado del espejo, más bien por su reflejo, porque filma todo lo que queda de una vida, todo aquello que no se relata, todo aquello que queda suspendido en el aire, todo lo irrelevante, o tal vez no, porque la película nos sitúa en África, en el particular paraíso de Karen en Kenia, en la que ya no hay lugar para las grandes aventuras, los amores apasionados, ni nada de épica ni heroísmo, solo la persona, con sus quehaceres cotidianos, como esos maravillosos encuadres con los que arranca la película, y ese caminar pausado y sin rumbo de Karen y su criado-escudero que es Farah Aden, el musulmán somalí, que no solo actúa como su sombra, sino como su confesor, su interlocutor, su guía, su guardián y sobre todo, como su hermano al que consultar cada aspecto de su vida o lo que queda de ella. La cineasta extremeña hace una pieza de cámara, como las que le encantaban a Brecht, construida a partir de silencios, de esa cadencia rítmica, en la no pasa nada y está pasando todo.

En Karen no escuchamos música, apenas un tema al inicio, y otro, que acompaña a los títulos finales, el resto es el sonido de la vida, el de la sábana africana, aquí imaginada en la dehesa extremeña cerca de Trujillo, licencia que se permite la película, como el idioma castellano de los personajes, licencias que casan con asombrosa naturalidad en el relato, acompañando la vida y la cotidianidad de estos personajes, mientras descansan y sueñan con todas esas vidas que no vivieron, rodeados de ausencias, de fantasmas y de la calidez, el desasosiego y la tranquilidad de unos días, que seguramente serán los últimos, aquellos que despiden África y por consiguiente la vida. La desmitificación que hace del personaje convirtiéndola en la persona, con ese aroma que tienen los mejores anti westerns de Hellman y Peckinpah, los experimentos de Albert Serra y Lisandro Alonso, en la que toda la grandeza de los personajes queda reducida a las cuatro paredes de la vida doméstica, a aquello que pasa desapercibido, a la vida cuando no hay vida, a las emociones cuando las que creíamos verdaderas ya no nos ilusionan, a la vida en sus pliegues, en sus contornos, en sus márgenes, como deja demostrado ese momento cuando la célebre escritora desayuna comiéndose un huevo y masticando una tostada acompañada de café.

Sus largos paseos por sus tierras, sus silencios como sus conversaciones aparentemente intrascendentes entre Karen y Farah, o mejor dicho entre una mujer herida y cansada, Sabu, término que utiliza el criado para dirigirse a Karen, en las que hablan de las estrellas perdidas como ellos bajo la luna africana, o el instante en que ella come un melocotón y Farah le insiste que ha vuelto un hombre al que debe dinero, o esa otra, cuando reparten los sueldos a los aparceros Kikuyu, o los continuos rezos de Farah, o los paseos nocturnos de Karen, solo interrumpidos por una escena en que Amelia, una amiga de Karen, le visita y le cuenta una historia muy personal, el resto son la mujer y su criado, una relación que sin ruido y con mucha parsimonia los va acercando más de lo que imaginan, mucho más de lo que aparentemente se podría pensar, igualándolos, haciéndolos una unidad de destino como menciona Karen. El aspecto técnico de la película es prodigioso con el magnífico 16mm de Ion de Sosa en la cinematografía, que consiguen darle esa piel y textura a la atmósfera cargada e íntima, y sobre todo, ese otro aspecto espiritual que recorre cada fotograma de la película, y el laborioso montaje que firman Sergio Jiménez (que había editado El año del descubrimiento) y Carlos Egea, componiendo una película que vive de lo que captura con una sencillez y sensibilidad abrumadora, y aquello que no se ve, con esas elipsis y esos instantes donde la vida va a través del tiempo detenido.

Una pareja protagonista maravilloso, que brilla con luz propia en una película que tiene la misma importancia cuando callan y se miran, que cuando dialogan y comparten la vida y el más allá. Por un lado, tenemos a Christina Rosenvinge, más dedicada a su faceta musical, que no veíamos en cine desde Todo es mentira y La pistola de mi hermano, allá por los noventa. Aquí, deslumbra en su persona de Karen, haciéndola humana, pequeña y real, con esa intimidad que traspasa su piel y su cuerpo, con ese gesto y mirada de perdida, de vida mirada, de tiempos pasado, de vidas vividas y aceptadas. Frente a ella, Alito Rodegers Jr. Como Farah, que lo hemos visto en muchos papeles en televisión y en cine, a las órdenes de nombres tan importantes como Olea, Almodóvar y Chus Gutiérrez, entre otros, da vida a ese criado, y la presencia estimulante de Isabelle Stoffell, que habíamos visto en las películas de Jonás Trueba. Farah es mucho más que un sirviente para Karen, un hermano, un guía, su sombra y su reflejo en sus últimos días en África donde los recuerdos se acumulan, donde la vida se mira desde la distancia, donde las cosas adquieren un valor espiritual. Pérez Sanz no ha hecho un biopic al uso, ni ha cogido nada de ese género tan grandilocuente y vacío, sino todo lo contrario, porque la directora extremeña ha construido el anti biopic, la no biografía, o mejor dicho, la biografía sin más, todos aquellos instantes de la vida, y del vivir, que parece que a las grandes historias no les interesa, o podríamos decir, que las historias pasan de estos aspectos vitales de la vida, que si los miramos con detenimiento y pausa, acaban siendo los más importantes, los que cuentan más de nosotros, de quiénes somos y cómo sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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