Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Tània Balló

Entrevista a Tània Balló, directora de la película «El caso Wanninkhof-Carabantes», en el marco del DocsBarcelona, en la terraza del Hotel Seventy en Barcelona, el sábado 29 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Tània Balló, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Haize G. Viana de Netflix España, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno

LAS MISMAS ILUSIONES, LOS MISMOS MIEDOS.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

Hace un par de años vimos No nacimos refugiados, de Claudio Zulian, documento profundo y magnífico sobre las vidas rotas de personas que, por circunstancias ajenas, luchaban por levantarse de nuevo en Barcelona, contadas por ellas mismas. Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno (Talavera la Real, Badajoz, 1982), posa su mirada en la vida de los refugiados también, pero lo hace dese otro prisma, lo hace desde ellos pero en relación a los otros, los de aquí, en este caso, la ciudad de Sevilla. Moreno siempre se ha inclinado por relatos de personas que sufren la guerra, el hambre, la persecución o la inmigración, a través de títulos como Boxing for Freedom (2015), donde exploraba a una mujer boxeadora afgana y sus múltiples problemas para salir adelante. En  Palabras de caramelo (2016), y en Refugio (2020), sendas películas cortas que abordaba la condición de refugiado y el hecho de vivir en otro lugar.

En Bienvenidos a España arranca con un centro de acogida de refugiados de la capital andaluza, que anteriormente fue un nombrado puticlub, para acercarnos en las realidades de diferentes personas a la espera de su legalidad como refugiado. Conocemos a Omnia, una niña que ha llegado del Yemen junto a su familia huyendo de la guerra, a Marouane, un chaval de Marruecos, que su condición de homosexual le ha llevado a España, a Jorge del Prete, empresario huido de Venezuela, a Mady, joven maliense que vive en una pensión a la espera de ser refugiado legal, a Alma y Marta, una pareja lesbiana de El Salvador, que por fin puedo huir de la terrible violencia de su país y pasear su amor sin miedo. La familia Fares de Libia, con sus 11 miembros, dejando una buena vida y empezando de nuevo, y finalmente, Amelia, también venezolana, jubilada que ha llegado a Sevilla para trabajar y enviar dinero a su familia. Vidas que dejan la oscuridad de sus tierras para enfrentarse a una nueva vida, llena de ilusiones y miedos, como se menciona en varios momentos en la película, vidas que fueron muy buenas en un momento, y las consecuencias externas las han cambiado de raíz, llevándolos a sus protagonistas a empezar de la nada.

El director pacense no quiere hacer una película triste y sin esperanza, motivos no le faltan viendo las vidas de sus personajes, sino construir una mirada que los analice desde la verdad, y sobre todo, desde la humanidad, con algún que otro toque de humor, y porque no, hacer una película sobre el encuentro entre los refugiados de naturalezas y culturas muy diferentes, y los de aquí, los sevillanos, donde queda patente en las procesiones de Semana Santa, cuando el recién llegado las mira con asombro e interés, y pregunta por sus orígenes y estructura. Moreno no opta por la condescendencia de la mirada, sino que los mira desde la misma altura, frente a frente, mostrándonos que ellos podemos ser nosotros en cualquier instante, reflejando realidades muy cercanas, personas que tuvieron sus estudios, sus empleos y debido a motivos muy ajenos a ellos, lo han perdido todo, y han tenido que empezar de cero en otro país, conociendo otra cultura, otras costumbres y todo lo que ello conlleva. También, escuchamos a Moreno que asume el rol de narrador, no omnipresente, sino en algunos momentos donde va explicando y analizando algunos aspectos que vemos que necesitan alguna aclaración.

El director extremeño vuelve a contar con algunos de sus antiguos colaboradores que le han ido acompañando a lo largo de su filmografía como el cinematógrafo Alberto González Casal, y el editor Nacho Ruiz Capillas, y la coproductora Silvia Venegas, dándole al acabado de la película ese plus que no solo es interesante y reflexivo lo que cuenta, sino también como lo cuenta, desde la mirada del que muestra una intimidad con muchísimo respeto y además, profundiza tanto a nivel social como humano. Bienvenidos a España es una película realizada desde el alma, desde la emoción, retratando no solo a los que llegan a nuestro país, sino también a nosotros y la relación que mantenemos con ellos, en la película lo vemos, como ese maravilloso instante de la maestra en clase explicando los diferentes cultos religiosos, y ese otro momentazo en el Benito Villamarín con los aficionados de toda la vida, compartiendo sentimiento y emociones viendo a su Betis. Una película que actúa como espejo deformador donde todo se mezcla, todo se funde, y los que vienen somos nosotros y viceversa, porque en realidad todos somos humanos en busca de un hogar, un trabajo y un bienestar, una vida, simplemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dani Karavan, de Barak Heymann

LA BELLEZA Y EL COMPROMISO.

“Solo la moralidad de nuestras acciones puede dar belleza y dignidad a nuestra vida”

Dani Karavan

 (Texto en la escultura “Mifgash”, en Villa Lemm, Berlín, Alemania)

La película arranca en el Monumento Negev en Beerseba, Israel, un anciano Dani Karavan (Tel Aviv, Israel, 1930-2021), ayudado por su hija, camina con dificultad hacia la estructura. Se detiene frente a una de las puertas, y mirando a la cámara, explica como el viento colándose por unos tubos, emite ese sonido, aseverando que “Si la naturaleza te ofrece algo, serías estúpido no cogerlo, hay que escucharla porque la naturaleza te habla”. El documento-retrato de este singular, mágico y humanista artista, nos llevará a países como Israel, Francia y Alemania, en los que visitaremos acompañados de Karavan, todas sus obras. Admiraremos su belleza, su funcionalidad, su entorno, ya sea natural o urbano, escucharemos los enormes enfados del artista quejándose del deterioro y el mal mantenimiento de sus estructuras. También, le acompañaremos a sus visitas al médico, y conoceremos el lado humano y comprometido de un gran artista, que no solo se inspira en la naturaleza, sino que trabaja incansablemente en pro de los derechos humanos, levantando grandiosas estructuras en parques en mitad de la ciudad, o en el desierto, para ser admirados, para recordar el holocausto, y sobre todo, como herramienta de reflexión ante las injusticias y abusos del mundo.

El artista se acompaña de colaboradores, otros artistas, historiadores, incluso otros creadores como el cineasta Wim Wenders, en uno de los momentos más bellos que contiene la película, en el emocionante y existencialista diálogo que se genera entre los dos. Barak Heymann (Israel, 1976), que junto a su hermano Tomer, y a través de su compañía Heymann Brothers han producido más de treinta documentales, se encarga de la dirección, donde se deja de estridencias narrativas y argumentales, para centrarse en Karavan, en su vida personal, su obra y su malhumor, un carácter que le ha ayudado a defender sus obras y también, a que sean respetadas una vez instaladas, porque como menciona el artista: “El tiempo y el progreso son fundamentales en mi obra”. Karavan es un artista, y como tal, es un artista político, encauza su trabajo a hablarnos de frente y de forma transparencia, sobre el pasado, sus memoria, peor desde el presente de su trabajo, reivindicando el espacio público, ya sea urbano o natural, en que el arte promueva conciencias y sobre todo, ayude a generar reflexión en un mundo capitalista abocado al negocio y no al humanismo que si representa el trabajo de Karavan.

El artista israelí como todo artista que se precie se autoafirma como inconformista, irreverente, enérgico, con una vitalidad envidiosa que, a pesar de sus achaques de salud, sigue en la brecha, siguiendo un camino de mirar el entorno y sacar el máximo provecho a todos los materiales y elementos naturales como el agua, básico en su arte, con ese continuo movimiento que ayuda a seguir caminando, y se enfada muchísimo cuando en sus esculturas falta, por desidia y dejadez. En ¿Puedes oírme?, de Pedro Ballesteros, que hacía un interesante y formidable retrato sobre el escultor Jaume Plensa, se convierte en un espejo donde Dani Karavan, también se mira, y las dos películas no solo quieren trazar un retrato fidedigno y humanista de los artistas, sino que la propia película tenga una voz propia de cómo filmar las obras en cuestión, desde el silencio y las diferentes perspectivas necesarias para admirar toda su belleza.

Hace pocos días, en concreto el pasado 29 de mayo, que el artista Dani Karavan nos dejó, la muerte se llevó a uno de los más grandes artistas del siglo XX, por la calidad de su obra, sus reflexiones, y su posicionamiento político a favor de un Israel que viva en paz entre judíos y palestinos. Su vastísima obra, repartida por el mundo, en lugares tan lejos como Japón, o más cercanos como Italia o España, donde su homenaje a Wlater Benjamin en Portbou es sublime, donde se realza una de las cualidades de la belleza, su sencillez, y su forma de catalizar el significado de refugiado, la oscuridad y la negritud de una vida en constante huida y peligro. Una obra que reivindica la película y el propio Karavan en ella, sigue perdurando, a pesar de su deterioro, sigue viva, y sigue cambiando, son trabajos orgánicos, que nunca dejan de moverse y ofrecer vistas, reflexiones y almas a todo aquel espectador que quiera admirarlas, y también, introducirse en sus entrañas, en todo su ser, ampliando sus pensamientos, sus inquietudes y sus formas de mirar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Victor Kossakovsky

Entrevista a Victor Kossakovsky, director de la película «Gunda», en el marco del DocsBarcelona, en el Best Western Premier Hotel Dante en Barcelona, el viernes 28 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Victor Kossakovsky, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ainara Vera, primer ayudante de dirección y coeditora de la película, por todas las facilidades para propiciar este encuentro, y por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Gunda, de Victor Kossakovsky

ANIMALES COMO NOSOTROS.

«No hay ninguna diferencia fundamental entre los humanos y los animales en su capacidad de sentir placer y dolor, felicidad y miseria»

Charles Darwin

El universo cinematográfico de Victor Kossakovsky (Leningrado, URSS, 1961), tiene mucho del cine de los orígenes, el cine que observaba su entorno y lo filmaba con toda su grandeza y miseria, donde la imagen lo era todo, donde la imagen se componía a través del ritmo y la cadencia de lo que filmaba, unas imágenes que filmaban aquello que nunca había sido filmado, creando una forma de mirar a través del cine, o quizás, el cine provocaba esa forma de mirar. El cine de Kossakovsky está estructurado a través del componente de la pausa, de detenerse a mirar, a observar la vida y todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero de manera reposada y en perfecta armonía con lo que nos rodea, mirando cada detalle, cada esencia viva, cada diminuto organismo por invisible que parezca. El cine como documento de incesante búsqueda, de observación de la vida, la visible e invisible, mirando su cotidianidad y su perplejidad, de detenerse en aquello que se nos escapa, aquello que tiene un universo vital, cotidiano y sumamente complejo. Un cine sin voz en off, sin estridencias técnicas, devolviendo a la imagen su idiosincrasia primigenia, cuando las imágenes retrataban el mundo inexplorado por el cine, un mundo que jamás había sido filmado.

Un cine inquieto, político, humanista, reflexivo, muy alejado de modas, corrientes y tendencias. Un cine sobrio, sólido y rompedor, que ha mirado los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron en la Unión Soviética en los noventa con películas como Miércoles, 19-7-1961 (1997), la vida de la calle donde vive en San Petersburgo en ¡Silencio! (2003), el asombro de mirarse a un espejo por primera vez en Svyato (2005), en ¡Vivan las antípodas! (2011), mostraba ocho puntos opuestos del planeta, su belleza, su naturaleza, y su urbanidad, los contrastes de un mundo lleno de poesía y catástrofe, en Demonstration (2013), las imágenes desordenadas y caleidoscópicas de un grupo de alumnos del Máster de documental de creación de la UPF, muestran la calle, sus protestas, sus movilizaciones, su ruido, en Aquarela (2018), se lanza a filmar el agua, en todos sus estados, su belleza, su dureza, su hegemonía en la tierra, su grandeza.

Con Gunda, Kossakovsky va mucho más allá, y se aleja de la película animalista reivindicativa y de denuncia, porque el cineasta ruso nunca mira por mirar, o mira para resolver algún enigma, solo mira para conocer, para contemplar aquello que ha de ser mirado, aquello que nadie mira, y no lo hace desde la compasión o el sentimentalismo Su cine lucha contra eso y lo hace a través de las herramientas del propio cine, sin utilizar voces que nos guíen o nos conmuevan, sino construyendo una película sin diálogos ni voz en off, solo imagen, una imagen portentosa en blanco y negro, lúcida y sobria, que firman Egil Håskjold Larsen y el propio Kossakovsky, y el apabullante sonido, donde escuchamos lo más leve, obra de Alexander Dudarev, un sonido que traspasa la imagen y se anida en nuestro interior, un sonido de carácter como si lo escuchásemos por primera vez. Gunda nos cuenta la cotidianidad de una cerda y sus hijos, en una granja como cualquier otra, ajenos al destino que les espera, pasan los días apartando moscas, rastreando gusanos, jugando entre la hierba y revolcándose en el barro.

El director ruso coloca la cámara a ras de suelo, en que la cámara se convierte en un animal más, en un ser extraño al principio para los animales, pero luego aceptada como una más, donde miramos a Gunda y sus hijos, a su altura, frente a frente, siendo testigos privilegiados de sus existencias cotidianas, de sus ratos en la granja, escuchando sus respiraciones ruidosas, devolviéndoles alguna que otra mirada que nos dedican, la cámara mira y filma, sin barreras ni obstáculos, con una cercanía asombrosa e íntima, como pocas veces habíamos visto en el cine, describiéndonos la vida de una cerda y sus hijos, una existencia que traspasa la pantalla, que nos provoca la risa, y nos conmueve, con esos pasos pesados, y la jauría de cerditos que la sigue esperando a agarrarse a mamar. Si bien la mayor parte de la película se centra en Gunda y sus hijos, también hay tiempo para ver un grupo de pollos saliendo de su jaula y disfrutando del entorno natural, y un espacio más para unas vacas que salen de su corral, movidas por su libertad y la alegría de verse corriendo, saltando y pastando en perfecta armonía con el paisaje.

Gunda ya forma parte de esos animales que traspasan la pantalla, erigiéndose en el reflejo de lo que los humanos hemos perdido, nuestra humanidad, paradojas de la vida, la encontramos en la cotidianidad de unos animales, que al igual que Gunda, convertida en una imagen pura y sensible como Baltasar, el burro, quizás el animal más importante del cine de reflexión. Dos seres vivos de los que hemos de aprender y pensar en que nos hemos convertido, y sobre todo, que hacemos en nuestra cotidianidad para que este mundo sea un poco menos deshumanizado, y permitamos que la industria alimentaria asesine indiscriminadamente millones de animales cada año. Gunda es una experiencia humana asombrosa y maravillosa, una de esas películas que traspasa la pantalla y nos traslada a ser uno más, a mirar desde dentro, no desde fuera, en la misma posición y a la misma altura, por todo su aprendizaje en mirar de otra forma, desde otra posición, agachándonos y observar a esos animales de granja, esos animales que viven para el beneplácito de otros, animales privados de libertad y sobre todo, de vida. Kossakovsky nos obliga a mirarlos con detenimiento, con paciencia, sin acritud, sin benevolencia, sino todo lo contrario, como uno de nuestros semejantes, otro animal, otro ser vivo, que también tiene sentimientos, actitudes y ganas de vivir, ansiosos de tener una existencia cómoda y disfrutar de su vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Josep Maria Vilà

Entrevista a Josep Maria Vilà, protagonista de la película «Balandrau, infern glaçat», de Guille Cascante, en el marco del DocsBarcelona, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 13 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Josep Maria Vilà, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Ana Hurtado

Entrevista a Ana Hurtado, directora de la película «Herencia», en el Parque Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el viernes 14 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Hurtado, por su tiempo, generosidad y cariño, a Marga de Mallerich Films, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Natura Bizia, de Lexeia Larrañaga

EL ALMA DE LA NATURALEZA.  

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”.

Henry David Throeau

La serie “El hombre y la tierra”, del grandísimo Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), emitida en Televisión Española desde 1974 a 1981, ayudó a cientos de miles de generaciones de este país, a experimentar la naturaleza y su biodiversidad con otra mirada, descubriéndonos mundos ocultos, y nos educó a admirar y respetar nuestro entorno natural y animal. Un legado impresionante que todavía perdura a día de hoy. A partir del siglo XXI, y a partir de la instauración de Wanda Natura, productora dedicada al documental sobre naturaleza, han aparecido películas que recogen el legado del enorme divulgador y defensor de la naturaleza Rodríguez de la Fuente, como los Joaquín Gutiérrez Acha que ha dirigido los interesantísimos Guadalquivir (2013), Cantábrico (2017), y Dehesa, el bosque del lince ibérico (2020), o Arturo Menor con su aplaudidísimo Barbacana, la huella del lobo (2018), películas que vienen a alimentar y renovar nuestra mirada a la naturaleza, y todo aquello que nos rodea.

A este grupo de cineastas, ha llegado Lexeia Larrañaga (Oñati, Guipuzkoa, 1985), que junto a Alex Gutiérrez han creado Avis Producciones para desarrollar películas documentales sobre naturaleza. Su primer trabajo es Natura Bizia (que podríamos traducir como “Naturaleza Viva”), una película que se sitúa en Eusakdi y Navarra, y nos hace un recorrido extenso, profundo, detallado y magnífico por su biodiversidad, arrancando en las profundidades del Mar Cantábrico, desde el microorganismo más invisible y oculto, pasando por los cetáceos más enormes de todas las profundidades del mar, deteniéndose en las aves marinas, y adentrándose en tierra firme, para seguir con las aves y sus dificultades para tener descendencia y los peligros a los que se enfrentan. Luego, descubriéndonos la vida en las altas cumbres empinadas y las cabras que habitan en lugares tan hostiles, y nos adentramos en los bosques, con sus ríos, sus plantas, sus animales, su supervivencia, y también, en las montañas calizas y erosionadas por el viento y el agua, y en su peculiar estructuras y formas, creando imposibles dibujos e ilustraciones.

La película nos invita a un viaje infinito, de una belleza sobrecogedora, arrancando durante lo más crudo del invierno y llegamos hasta el esplendor de la primavera, bien acompañados por una voz en off de José María del Río, que no solo detalla de manera admirable y concisa, sino que escarba en su memoria e historia, haciéndonos todo un proceso vital entre lo que fue y lo que es, dejándonos llevar por sus admirables y maravillosos 81 minutos de metraje, que saben a muy poco, porque la película nos habla de naturaleza salvaje y sobre todo, vital, de una vida que se nos escapa, que no llegamos a admirar, y sobre todo, que sobrevive a pesar de nosotros, en toda su belleza, en todo su esplendor, y crudeza, deteniéndose en transformaciones como la radiante metamorfosis de un gusano hasta llegar a la exultante belleza de la mariposa, el hábitat de los visones, en peligro de extinción, la berrea de los ciervos, los quebrantahuesos esperando carroña, o los pequeños animalillos que sirven de comida a las aves y demás depredadores.

El grandioso trabajo de cinematografía y montaje que firma Alex Gutiérrez, ayuda a mirar con detalle y armonía tanto descubrimiento y huecos inaccesibles, con el tiempo necesario para descubrir, para mirar y absorberse por la inmensidad de la naturaleza viva, como indica su ejemplar título, o la excelente composición de Julio Veiga, una música que se nos clava en el alma que posibilita que todo aquello que vemos, lo miremos con atención y asombro constante, dejándonos llevar por la belleza y el esplendor de la vida y la muerte. Natura Bizia entra con carácter, solidez e inteligencia a ese grupo de películas citadas anteriormente, que no solo muestran nuestra naturaleza en toda su biodiversidad y complejidad, sino que se convierten en muestras documentales únicas de un grandísimo interés divulgativo y científico, y no solo eso, sino en magníficas películas que van más allá de la documentación de un tiempo y una historia sobre la naturaleza y todos los seres vivos que la habitan, porque se convierten en estupendos retratos de una naturaleza que sigue sobreviviendo a pesar de todos los enemigos que la acechan que no son pocos, porque nuestra vida, la única que tenemos, depende única y exclusivamente de nuestro trato a la naturaleza y todo lo que no llegamos a ver ni comprender. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA