Ernest y Célestine, cuentos de primavera, de Aurélie Raphaël

LA EXTRAÑA PAREJA.  

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. 

Rosa Luxemburgo 

Érase una vez… en un universo como el nuestro pero con algunas diferencias, ya que se divide entre osos que viven en la superficie y ratones que están bajo tierra, enemigos acérrimos, en el que nos encontramos con una ratita llamada Célestine, audaz y brillante, que vivía bajo el subsuelo, rodeada de los suyos y sometida a una educación restrictiva que la obliga a robar dientes de oso de la superficie para ser dentista, cosa que detesta, y además, a tener miedo a los osos. Pero, un día, cuando se encuentra arriba, conoce a Ernest, un oso bonachón, idealista, gruñón y músico, y entre los dos nace una profunda y sincera amistad porque los dos son dos almas curiosas, inquietas y desplazadas, porque los dos son seres de luz, que se cuestionan las estúpidas y convencionales normas de una sociedad que aniquila al diferente y al extraño para enderezarlo a un camino lleno de prejuicios, miedos y alineador. De esta extraña pareja que nació en 1984 de la autora Gabrielle Vincent se han publicado 30 libros en Francia con enorme éxito. 

Hemos visto Ernest y Célestine (2012), de Benjamin Renner, Stéphane Aubier y Vincent Patar, que relata en 75 minutos cómo se conocen esta singular e inolvidable pareja. Cinco años después vimos Ernest y Célestine, cuentos de invierno, de Julien Chheng y Jean-Christophe Roger, compuesto por cuatro cortometrajes en los que profundizaban en los avatares vitales de la pareja cuando arreciaba el frío invernal, en 2022 llegaba El viaje de Ernest y Célestine, largometraje de 80 minutos en los que el peculiar dúo aterrizaron en Charabia, la ciudad natal del oso, donde se enfrentaban a un conflicto sobre la necesidad de ser uno mismo y la libertad. Finalmente, llegamos a la cuarta entrega, Ernest y Célestine, cuentos de primavera, que bajo el mismo espíritu del título que hacía referencia al invierno, nos presentan cuatro cortos: Buen trabajo, artistas!; El viento de Charabia; Firmado, Augustin; y La fiesta de las flores. Cuarto episodios que continúan el mismo espíritu de los anteriores, contando relatos cotidianos, humanistas y tremendamente íntimos, donde prevalecen valores como la amistad, la cooperación, la fraternidad, la libertad del otro y sobre todo, el elemento que vertebran todas las películas de la pareja, la diferencia como valor de encuentro y no como diferencia irreconciliable. 

Cuatro guionistas firman las cuatro historietas entre los que encontramos a Jean Regnaud, Christophe Poujol y Hadrien Soulez Larivière y el director artístico Jean-Louis Nomus, y la gran dirección de Aurélie Raphaël, que se encargó de la parte artística de la mencionada Ernest y Célestine, cuentos de invierno, construyen un mundo donde prima la naturaleza y los pueblos a partir de las gentes anónimas y cercanas con un plasticidad tan sencilla como elaborada en la que prima la belleza de un gran colorido y detalle, donde osos y ratones viven aislados unos de los otros, y sintiendo miedo. La capital y excelente música de Vincent Courtois, que ha estado en las cuatro entregas de la saga, que sabe dotar de esa armonía alegre y triste que acompaña a este dúo increíble.  La pareja romperá con esa tendencia y establecerá un encuentro que se tornará muy estrecho, donde no existen diferencias ni convencionalidades, y crean una armonía que se complementa muy bien, porque el oso todo lo que tiene de grande, tanto como tamaño, fuerza y corazón, es muy bruto y nada delicado, y le mueve la pasión por la música. En cambio, la ratita es muy sensible y cercana, llena de inteligencia y audacia, un personaje que recuerda a otros animados como la abeja Maya y Vickie el vikingo, míticos personajes de la televisión ochentera, porque ante la emergencia y la idiotez de los adultos, los tres se dedican a elucubrar grandes ideas y cambios que ayudan a enfrentarse a los diversos conflictos que se van encontrando. 

Nadie que les guste el cine de verdad y amen la vida por encima de esta estúpida sociedad tan injusta, desigual e insolidaria, debería perderse por las historias de Ernest y Célestine, por todas y cada una de ellas, porque volverán a creer en las pequeñas cosas, en todo lo invisible que nos escapa diariamente, volverán a sentir que la vida no va de a ver quién corre más o quién consigue más cosas, sino de todo lo contrario, de ser uno mismo, de cada cuál elija su propio camino, y da igual que sea muy diferente al del resto, porque lo importante es dejarse llevar por lo que uno siente, eso sí, con cabeza, caminando firme, con una voluntad de hierro y siendo constante en sus deseos y propósitos. El oso y la ratita son ejemplos que la vida siempre nace desde uno dentro y la felicidad no se busca ni se encuentra, se trabaja cada día en el interior de uno, para así compartirla con los demás, con la gente que quieres, con la gente que está por tí, que te apoya, que te quiere, y huyendo de aquellos que te juzgan, que quieren cambiarte y sobre todo, de todos aquellos que dicen quererte y no respetan lo que tú quieres. Dos largometrajes y ocho cortometraje convertidos en dos mediometrajes son el cómputo de las aventuras, desventuras, amores, estaciones, relaciones, encuentros, desencuentros, viajes, vientos y demás cotidianidades y esas ganas de experimentar la vida, con sus sabores y sinsabores de la posiblemente pareja más extraordinaria, sensible, romántica y fraternal que haya dado no sólo el cine de animación sino el cine en general, con el permiso de Rick y Louie, por descontado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

L’àvia i el foraster, de Sergi Miralles

EL CUENTO SOBRE TERESA Y SAMIR.   

“Toda nuestra humanidad depende de reconocer nuestra humanidad en los demás”. 

Desmond Tutu

Érase una vez… un pueblo valenciano llamado Alcalà de la Sierra. Un pueblo como cualquier otro, un pueblo al que llega Enric, alguien que es del pueblo pero su inmigración lo ha convertido en un “forastero”. Enric viene al funeral de su abuela Teresa, la costurera del pueblo, que fue inmigrante de joven en Francia. Allí, sabrá de la existencia de Samir, un paquistaní, que ha llegado al pueblo, el tercer inmigrante, que conoció a Teresa y entre los dos se ayudaron para confeccionar el vestido de la elección del Rey y Reina de las fiestas patronales del pueblo. L’àvia i el foraster, la ópera prima de Sergi Miralles (Pego, Alicante, 1985), está contada como si fuese un cuento, una fábula sobre las actitudes que nos hacen humanos y las que no. Un relato sobre la fraternidad y la solidaridad, y nos es para nada una película condescendiente, ni mucho menos, es una historia que nos habla de nosotros mismos, de todos nosotros, de cómo miramos al otro, al diferente, y sobre todo, cómo nos relacionamos, y cómo nos definimos con nuestras acciones. 

Miralles que se ha fogueado a través de cortometrajes como Un domingo cualquiera (2016), y Confeti (2020), y series de la televisión valenciana como La forastera (2019), recupera vivencias personales de su abuela paterna para construir una historia llena de sensibilidad y muy cercana, recogiendo mucho de la idiosincrasia de su tierra, eso sí, sin ser localista ni sainetero, sino mostrando una forma de ser y hablar y estar, en un guion que firman María Mínguez (que ha coescrito películas como Vivir dos veces, Amor en polvo y Unicornios), Mila Luengo, coproductora de la cinta, y el propio director, a modo de cuento costumbrista y totalmente desdramatizado, en el que nos cuentan la pericia de Teresa, una mujer que cosa para los demás, y debido a una serie de circunstancias, Samir, uno de los fruteros del pueblo, le pide ayuda, porque necesita su máquina de coser para confeccionar el vestido de fiestas de su hijo. Entre metros de tela, pespuntes, dobladillos y dedales, nace una peculiar relación clandestina entre los dos, donde no hay diferencias de color y origen, sino un sinfin de intercambios y de pequeños lazos fraternales donde tanto uno como otro, se miran y se ayudan, conociéndose y queriéndose como hermanos, como iguales, en un entorno de bondad y generosidad. 

Miralles ha contado para su primera película con muchos de los cómplices que le han acompañado en su difícil viaje de hacerse una carrera como cineasta en este país, como el cinematógrafo Víctor Entrecanales, del que hemos visto La banda, otra buena muestra de cine valenciano, el documental Mujeres sin censura, y la reciente Llobàs, de Pau Calpe, entre otras, imprimiendo esa luz tranquila y mediterránea que nos acerca a los personajes y sus situaciones, en el que prevalece esos barrotes y aislamiento que siente el personaje de Enric. La delicada música del dúo Jorge Tortel y Jordi Sapena, que ya firmaron juntos en el citado Confeti, crean una banda sonora que ayuda a ver toda esa maraña de sentimientos que a veces, se muestran y otras, se ocultan. El montaje, que también firma Miralles, es reposado, sin prisas pero tampoco sin pausa, en esa idea de dos tiempos, los vividos por Teresa y Samir y luego, con la llegada de Enric, el nieto que a modo de investigador, va descubriendo todo lo que sucedió en la casa de la abuela y el objeto en cuestión: la máquina de coser, macguffin de la historia y clave en la trama. 

El reparto debía tener esa intimidad y naturalidad que emana de la película, y se acierta en esa interesante mezcla entre intérpretes más conocidos con otros del audiovisual valenciano. Tenemos a Carles Francino, que transmite con seguridad todas las dudas y miedos de alguien que ha emigrado a Manchester y ahora, se siente un extraño en los dos lugares. Un actor con carácter que desprende en ese mar de conflictos interiores y la galopante crisis personal que arrastra durante su estancia en el que fue su pueblo. Le acompañan la actriz valenciana Isabel Rocatti, con casi medio centenar de títulos, como la madre de Enric, que le urge vender la casa de la abuela por problemas con las dichosas naranjas. L’àvia Teresa que hace l a alcoyana Neus Agulló, que ha estado en película como Tierra y libertad, de Loach y Son de mar, de Bigas Luna, entre otras, transmite esa ternura y transparencia en cada mirada y gesto en un trabajo muy especial en el que llena la pantalla, junto a ella, la revelación de Kandarp Mehta, un actor indio que hace un Samir adorable, cercanísimo y humano, que crea una pareja inolvidable junto a Neus Agulló. Como todas las películas de este tipo, el reparto está muy bien y bien escogido entre los que destacan intérpretes de la “terreta” como Maria Maroto haciendo de Eva, ese amor del pasado que nunca olvidamos, Empar Ferrer como Encarnita, la madrastra de todos los cuentos, Jordi Ballester y Aïda Ballmann, entre otros que dan esa amplitud tan necesaria en películas de esta índole. 

No deberían dejar escapar una película como L’àvia i el foraster, de Jordi Miralles, porque a pesar de ser una producción modesta hace de esa carencia su mejor cualidad, porque habla de lo cercano de forma sencilla, construyendo un relato sobre valores humanos, algunos, desgraciadamente, difíciles de ver con asiduidad, como la solidaridad, la fraternidad, el ayudar para ayudar y muchas más que irán descubriendo los espectadores que elijan ver la película. En una no sociedad tan lanzada a la mercantilización de todo, extasiada por la felicidad efímera y la superficialidad materialista, se agradecen películas como esta en la que nos proponen sentarnos en una butaca de cine, acomodarnos con tranquilidad, y esperar a ver una historia que tiene un ritmo reposado, descubriendo historias pequeñas y muy cotidianas, donde se reflexiona sobre nuestra naturaleza, nuestros prejuicios y nos cuestiona nuestra forma de ver y relacionarnos con los demás, con los diferentes a nosotros, con diferentes orígenes, culturas y formas de vivir. Tiene el aroma de las fábulas clásicas donde se exponen conflictos que nos interpelan a ver de qué pasta estamos hechos, y eso, se agradece y mucho en los tiempos que vivimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Fitoussi

Entrevista a Marc Fitoussi, director de la película «Las cícladas. Escapada de amigas», en el marco del BCN Film Festival, en la terraza del Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 27 de abril de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Fitoussi, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Rara, de Pepa San Martín

EL DESPERTAR DE SARA.

La cámara sigue a una niña, a la que no vemos el rostro, mientras camina entre el patio de su colegio, entra en uno de los edificios y después de bajar unas escaleras, se dirige hacia unas voces que escucha, se encuentra a unos compañeros de clase besándose, una niña la llama, pero ella sale corriendo. El primer plano de la película, que parece extraído de una película de los Dardenne, describe minuciosamente el entorno que nos será mostrado a lo largo del metraje, la sutileza y la elegancia narrativa con la que se nos cuenta una historia aparentemente sencilla y cotidiana, pero que explica con detalle y sensibilidad el despertar de una niña a la edad adulta, y todos los cambios de identidad que comporta, cómo se enfrenta a sus deseos, sus pérdidas, sus conflictos internos y demás comportamientos en un ambiente que comienza a resultar extraño, forzado y lleno de incertidumbre, y todo ello, en un entorno familiar diferente, conviviendo con su madre, que ahora tiene una novia, y su hermana pequeña, situación que su padre, de vida acomodada y monótona, no ve con buenos ojos.

La cineasta Pepa San Martín (Curicó, Chile, 1974) empezó de meritoria en varias películas, para luego despuntar con su cortometraje La ducha (2011) que tan buenas críticas obtuvo en la Berlinale. Ahora, en su primer largo, se adentra en la existencia de Sara, una niña de 13 años, en pleno proceso de cambios en su vida, en un período de tránsito, donde dejará de ser esa niña con coletas para convertirse en una mujer. San Martín no ser regodea en el drama, ni estira innecesariamente el conflicto, su mirada es diferente, libre y auténtica, convierte su fábula en un encuentro que constantemente interpela al espectadora, haciéndole partícipe de los conflictos de su protagonista. La película se posa, y con gran acierto, en la mirada de Sara, esa mirada inquieta, curiosa, y que acabará siendo desubicada provocada por ese entorno de prejuicios, de sociedad cerrada, esa Viña del Mar donde se desarrolla la película, aquí muy alejada de esa imagen turística. San Martín construye una oda sobra la diferencia, desde el más absoluto de los respetos, mirando con naturalidad y ternura hacia lo que incomoda a una mayoría conservadora, que se rige por unos principios obtusos y moralistas, que se rebela contra lo que considera antinatural, como representa la figura del padre, en cambio, la madre, que en ocasiones parece demasiado involucrada en su trabajo, parece llevar con respeto y naturalidad su relación y la convivencia con sus hijas.

Sara, excelentemente interpretada por la debutante Julia Lübbert, se siente desplazada y rara, como explica el título, todo su mundo, el que conocía, desaparece, y ahora, está en continuo cambio en su existencia, pero San Martín, en un alarde de síntesis argumental, nos lo cuenta como en un susurro, como si a Sara le diese vergüenza, como si tratase de ocultarlo, como guardarse secretos que antes compartía con su mejor amiga, revelarse ante su madre y querer celebrar el cumpleaños en casa de su padre o sentirse tonta cuando tiene cerca al chico que le gusta, cambios que forman parte del proceso de vivir, de hacerse mayor, dentro de un entorno que pretende y aparenta ser moderno, pero se resiste a seguir modelos familiares de otro tiempo, que hoy día se han quedado caducos y forman parte de un tiempo de represión, desconfianza y retrogrado. San Martín que ha tenido en la escritura del guión la colaboración del director compatriota Roberto Doveris (que hace poco también nos sorprendía con Las plantas, en la que también exploraba el despertar sexual de una niña pero en un entorno social de aislamiento y soledad). Rara se suma a las nuevas miradas del cine latinoamericano, que triunfa en festivales internacionales, que se preocupan del ocaso de la infancia, a través de sutiles e inteligentes propuestas que escarban de manera profunda y bellísima los avatares de ese proceso tan convulso que nos provoca el despertar a la adolescencia, como Juana a los 12, de Martin Shanly o Paula de Eugenio Canevari, entre otras. Propuestas sencillas, que a través de una admirable contundencia formal y sutileza narrativa, se sumergen en terrenos fangosos saliendo airosos de manera brillante.

Gabrielle, de Louise Archambault

gab1La Joie de vivre (La alegría de vivir)

 Gabrielle tiene 22 años y vive en un centro para personas con discapacidad intelectual, porque padece el Síndrome de Williams.  Su cotidianidad gira en torno a las clases que recibe, las excursiones que realiza junto a sus compañeros, y los ensayos en el coro de Las musas del centro, donde manifiesta un talento excepcional para el canto. Algunos días los pasa junto a Sophie, su hermana mayor -en conflicto emocional porque se debate entre estar con su pareja en la India de cooperantes o el cuidado de su hermana discapacitada-, que la tutela debido a la ausencia de la madre, que está demasiada ocupada con su profesión y su novio. Su vida toma un giro inesperado cuando se enamora de Martin, uno de sus compañeros con los que comparte confidencias y risas. Pero la relación de los dos jóvenes choca frontalmente contra la oposición materna. Por un lado, la madre de Martin, lo sobreprotege y anula cualquier síntoma de desarrollo emocional de su hijo. Por el otro, Sophie, apoya a Gabrielle a nivel personal y emocional, y se manifiesta a favor de la relación. Louise Archambault, de origen canadiense, nos plantea en su segunda película, hablada en francés, un relato sobre la aceptación de la diferencia, el derecho a ser felices a pesar de  ser “diferentes”. Un relato emotivo y tierno donde emerge la figura de Gabrielle – maravillosa la composición de la joven Gabrielle Marion-Poulin, que padece la misma enfermedad que el personaje- un personaje que nos contagia con sus ganas de vivir, y combate con uñas y dientes por ser aceptada como una más, una joven que luchará a pesar de sus limitaciones para demostrarse a sí misma y a los demás, su capacidad para vivir su vida y disfrutar de su amor con Martin. Filmada de manera naturalista, apoyándose en un estilo directo, cercano y sencillo, la cámara de Archambault no juzga en ningún momento, se reserva el personaje de observadora/cronista del relato. Gabrielle es la figura omnipresente en el transcurso del conflicto, conocemos la historia bajo su punto de vista, reímos y disfrutamos con ella, pero también, nos angustiamos y emocionamos, cuando no sale airosa ante los embates de la vida que se cruzan por su camino. Gabrielle es una soñadora, una persona con grandes dosis de entusiasmo, que a veces se siente incomprendida y sola, y en otras,  se comería su mundo, que es a la vez muy frágil y de una contundencia aleccionadora. Su manera de enfrentarse a sus problemas es contagiosa, de una pureza inocente y fuerte. Destacar la interpretación de Alexandre Landry (Martin), que consiguió el premio al mejor actor en el Festival de Gijón. La cinta premio del Público en Locarno, es un maravilloso cuento contemporáneo fabricado desde la  intimidad y la sensibilidad, que huye de  apuntes condescendientes, mirándonos de frente y apropiándose de nuestra mirada ante esta fábula contemporánea sobre la felicidad, la diferencia y el sentido de la vida, a patalear ante las injusticias y luchar por seguir siendo lo que queremos ser.