La vida inesperada, de Jorge Torregrossa

Cartel LA VIDA INESPERADAPerdidos en la Gran Manzana

Existe un momento en la vida en que debemos dejar de lado nuestros sueños y mirar hacia nuestro interior, y reconocer que nuestra realidad se aleja mucho de lo que soñamos que iba a ser. Tres décadas después que Fernando Colomo nos contará en La mitad del cielo  (1983), la vida de Gustavo (Antonio Resines), un fotográfo que viajaba a Nueva York para triunfar. Chus gutiérrez hacía un mismo viaje,  en Sublet (1991), cuando Laura, una jovencísima Icíar Bollaín escapaba a la misma ciudad para superar un desengaño sentimental. Otro director español, Jorge Torregrossa, nos presenta una experiencia parecida. Esta vez se ocupa de los españoles que viven allí. Retomando un antiguo proyecto, vuelve a sus orígenes, viaja a la ciudad de Nueva York, donde se pasó diez años de su vida estudiando cine. Su película nos remite a Desire (1999), cortometraje que filmó en Central Park, donde una pareja madura se encontraba con dos marineros, y se jugaba de forma ingeniosa a lo que podía haber sido y lo que no. Después de Fin (2012), su opera prima, y con guión de Elvira Lindo, con experiencia en estos lindes y también vecina de la ciudad de los rascacielos, nos llega una comedia romántica que nos habla de segundas oportunidades, de lo que aparentamos, de lo queremos y lo que ansiamos. La película se centra en Juan  (espléndido Javier Cámara y sus impagables conversaciones vía skype con su madre) un español de mediana edad, que lleva diez años en la ciudad que nunca duerme, (cómo nos recordaba Fitz Lang), que sobrevive con un trabajo de actor en un teatro de segunda fila realizando repertorio español que va de Mihura a Lorca. Sus sueños de actor se acaban ahí, para tirar «palante» tiene que hacer un curso de cocina española para norteamericanos a pesar de que no sabe cocinar, y para rematar la faena pone copas en un club. Todo ello para llegar a final de mes. Su vida se tambaleará con la llegada de su primo,  diez años más joven que él, que viene a la ciudad a pasar su últimas vacaciones de soltero, ya que se encuentra prometido a su novia que le espera en Alicante, ciudad natal del director. El choque entre los dos primos, la diferencia social que los separa, uno, actor fracasado, y el otro, ejecutivo de éxito, además de la convivencia, hará estallar conflictos y diferencias soterradas entre ellos dos. Además, para redondear el conflicto, los dos primos conocen a dos americanas, Juan a Jojo, una joven aventurera que lleva el vestuario y duerme en el teatro, y el primo a Holly, una madre soltera que sueña con abrir su propio restaurante. Una amable comedia agridulce con ecos del cine de Woody Allen, cómo no podía ser de otra manera, donde abundan personajes reales, de esos que nos podemos encontrar en cualquier lugar, que sueñan con enamorarse y ser felices, aunque a veces, las cosas que queremos resultan muy díficiles de conseguir, aunque no imposibles.

El viento se levanta, de Hayao Miyazaki

Kaze-ga-Tachinu-cartel-620x875Hermoso canto a la vida

¡Le vent se lève!

Il faut tenter de vivre.

 (¡El viento se levanta! Hay que intentar vivir)

Paul Valéry

La frase extraída de la estrofa final del poema “El cementerio marino” del genial poeta francés, abre y actúa como leit-motiv en la nueva película de Hayao Miyazaki. El maestro de la animación vuelve a regalarnos una espectacular sinfonía visual de extraordinaria belleza y construida con extrema delicadeza, intimidad y detalle. En esta ocasión, Miyazaki se basa en su manga que, a su vez, está inspirado en una novela corta de Tasuo Hori, en la que se centra en la figura de Jirô Horikoshi (1903-1982) diseñador aeronáutico que creó los cazas japoneses que participaron en la 2ª Guerra Mundial.   Miyazaki haciendo alarde de su desbordante e infinita imaginación nos cuenta la vida de Jirô, desde su infancia en la que sueña con ser piloto, hasta la edad adulta, en la que se convertirá en el ingeniero más importante de la compañía Mitsubishi. Estamos ante la película más realista del cineasta japonés, y la primera centrada en un personaje histórico, otra de las novedades más significativas con respecto a su obra anterior es que la habitual linealidad del relato, deja paso a una estructura compleja, con abundantes capas y saltos en el tiempo. Su discurso sigue centrándose en los temas que caracterizan toda su obra: un  marcado antibelicismo, el hombre y la naturaleza, el individualismo y la responsabilidad. El viento, elemento indispensable en su filmografía, vuelve a tener relevancia en esta película, cómo lo había tenido en su segunda película,  Nausicaá del valle del viento (1984), la que podríamos considerar la primera de su compañía Ghibli, si bien el sello fue creado dos años después, esta película funciona como piedra angular de las líneas temáticas y formales que desarrollará en el resto de su obra. Porco Rosso (1992), ambientada en los años 30 y protagonizada por un cerdo aviador, podría ser vista como una predecesora de El viento se levanta. El extraordinario talento del director japonés para mezclar la realidad y la fantasía, fusionándolas en un nuevo y novedoso mundo donde todo es posible, y a la vez, se erige como refugio para soportar las tristezas y pérdidas de la vida.  El viaje de Chihiro  (2001), cénit de su carrera (Oso de Oro en Berlín, Oscar y reconocimiento de su trayectoria en Venecia) sería la obra cum laude de su filmografía. En El viento se levanta, los sueños del protagonista le ayudan a seguir manteniendo su ilusión e imaginación, a pesar de las circunstancias negativas que tiene que vivir: el terremoto de Kanto, de 1923, la gran depresión, la epidemia de tuberculosis y la entrada de Japón en la 2ª Guerra mundial. Miyazaki crea secuencias bellísimas donde mezcla de forma brillante el lirismo, la épica y la tragedia a lo largo del relato. Destacan la reconstrucción del terremoto, las superpobladas ciudades, la poesía visual de las escenas campestres, y las protagonizadas por Jiro y Nahoko, la pareja protagonista y las ambientadas en el hotel de verano y su juego íntimo con el avión de papel, donde se evoca a Thomas Mann y su libro La montaña mágica. Miyazaki es un gran artesano y humanista del cine como lo fueron Renoir, Rossellini u Ozu, sus películas respiran vitalidad y humanismo, son trozos de vida alegre y desbordante, donde tanto sus personajes imaginarios y fantásticos (Porco, Totoro, Gato autobús, Dios ciervo, Princesa pez, etc…) como sus niños/as manifiestan una extraordinaria ilusión por la vida y por el mundo de los sueños. El verano pasado, Miyazaki anunció su despedida del cine, quizás continuará creando historias pero en su actividad preferida, ilustrador y dibujante de manga. Nos deja sus 11 magníficas películas, (acompañadas de la maravillosa música de su inseparable Joe Hisaishi), que seguiremos devorando con esa mirada propia de los niños, que siguen creyendo que los sueños es el único camino posible para que las cosas se conviertan en realidad, pero sin que esos sueños se transformen en nuestras peores pesadillas.

 

Joven y bonita, de François Ozon

Joven_y_bonita-Jeune_et_jolie-CartelEl despertar sexual de Isabelle

Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Joven y bonita (Jeune & jolie, 2013), de François Ozon. La cámara del cineasta francés tiene especial debilidad por su mirada a la adolescencia. El difícil tránsito que nos lleva de la infancia hacía la etapa de la madurez juega un papel fundamental en el cine de Ozon. En todas sus películas se desarrollan argumentos de la complicada relación entre adolescentes y adultos Y los problemas que acarrean esas relaciones. Su anterior película, En la casa (Dans la maison, 2012), -basada en el texto teatral de Juan Mayorga y galardonada con la Concha de Oro- estaba ambientada en un Instituto y planteaba la compleja relación que mantenían un profesor y uno de sus alumnos más aventajados, a través de un juego epistolar donde se destapaban los miedos y los anhelos ocultos.  Joven y bonita se desarrolla en el seno familiar y la historia que cuenta es sumamente sencilla. Isabelle, una joven de 17 años descubre el sexo un verano con un alemán que pasaba por allí. A partir de ese instante, la chica vivirá una doble vida, por las mañanas es una estudiante y el resto del tiempo se convierte en una prostituta de lujo. Ozon plantea su película a través de las estaciones, arranca en verano con un breve prólogo, para pasar luego a otoño, invierno y deja la primavera para resolver el conflicto. Isabelle es de familia acomodada, así que no se prostituye por dinero, de hecho todo lo que saca, lo guarda celosamente en un rincón de su armario. No conocemos sus razones, Ozon tampoco nos las cuenta. Isabelle le gusta el sexo y encuentra una manera de practicarlo con hombres maduros que la puedan guiar en su camino hacía el deseo y el placer. Ozon conoce los sutiles mecanismos para adentrarnos en su planteamiento. Los espectadores nos vemos sumergidos en un terreno que a ratos es muy inquietante, y en otros juega con su habitual humor cínico e irónico. Estaríamos frente a una película que nos acomete moralmente, para dibujar un discurso sobre la tesitura de unos progenitores que se enfrentan a su hija que disfruta de su cuerpo a través de un sexo sin complejos y ataduras. Isabelle vendría a ser una alumna aventajada de Sévérine, la bellísima y frígida aburguesada que retrató magníficamente la mirada de Luis Buñuel en Belle de jour (1967). Aunque las dos películas plantean historias parecidas, sus caminos toman direcciones opuestas. La película de Don Luís es más cínica y sobretodo, más perturbadora. Comparten eso si, la detallada descripción que hacen de una burguesía acomplejada y vacía. Marine Vacht, la actriz protagonista, se suma a otras jóvenes como  Joe, -interpretada por Stacy Martin- la heroína de Nymphomniac (2013), de Lars von Trier. Adolescentes que encuentran en el sexo un manera de liberación, que se aleja de los postulados de la sociedad. Isabelle es un espíritu libre que choca frontalmente con una sociedad hipócrita, que se encuentra más pendiente de la apariencia y  lo correcto que de dar rienda suelta a lo que siente.

Paris, je t’aime – 14e arrondissement, de Alexander Payne

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Los viajes emocionales

“Viajar es más que ver lo que hay para ver; es iniciar un cambio en nuestras ideas sobre lo que es vivir que continúa en nosotros de manera profunda y permanente”.

Miriam Beard

El cine de Alexander Payne está vertebrado a través de un viaje. En algún momento, durante la travesía, sus personajes se sienten embargados por una mezcla de alegría y tristeza que no saben describir, pero que nos revela muchas cosas íntimas de ellos. Y sobretodo, de nosotros mismos. 14e arrondissement, forma parte de la película colectiva Paris, je t’aime (2006), 18 piezas cortas ambientadas en los distritos de la ciudad de París y dirigidas por directores de diversa procedencia y estilo, entre los que podemos encontrar a los hermanos Coen, Gus Van Sant, Oliver Assayas entre otros. El segmento de Payne cuenta la experiencia de Carol, una cartera de Denver (Colorado, EE.UU.) que relata en primera persona y en un francés con marcado acento anglosajón, y en off, las experiencias que ha vivido en su primer viaje a la ciudad de la luz. La propuesta del realizador norteamericano nos sumerge en la visión cotidiana de alguien anónimo que desmonta todos los prejuicios e ideas preconcebidas de la ciudad. Y nos aproxima hacía la persona, que bajo un análisis irónico de las situaciones que va viviendo, nos va sumergiendo en su realidad, provocándonos una sensación agridulce. Las criaturas de Payne son habitantes de la América profunda, seres que se mueven en profesiones y actividades corrientes, que no anhelan otras cosas, porque en su mayoría, no saben si les harían más felices. Personajes de vidas sencillas que moran en lugares en los que no pasa gran cosa, pero buscan sentirse mejor consigo mismos: Quizás es lo único que les sacará de su rutina diaria y mejorará su estado de ánimo. Seis películas han bastado a Alexander Payne para demostrar su talento cinematográfico y convertirse en una de las voces más interesantes del actual panorama americano. Junto a otros realizadores, Paul Thomas Anderson,  Richard Linklater, David Fincher, Wes Anderson, James Gray… han aportado nuevas miradas en contraposición a la industria de Hollywood que se mira demasiado a sí misma.

Alabama Monroe, de Felix Van Groeningen

The Broken Circle BreakdownMecanismos del dolor

«Todos los momentos de placer se hallan contrapesados por un grado igual de dolor o de tristeza»

Jonathan Swift

Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Alabama Monroe (The broken circle breakdown, 2012), de Felix Van Groeningen. Recordando la máxima taurina de más cornás da la vidaGroeningen nos cuenta la historia de Didier que toca el banjo en una banda de country, y de Élise trabaja como tatuadora, amén de tener su cuerpo tatuado. Se conocen y se enamoran a primera vista. Nace su hija, Maybelle, que enferma a los seis años de cáncer. Crónica amarga sobre el amor, la pérdida y el dolor a través de la música. Lúcido, contenido y sobrio ejercicio de cómo soportar los embates de la vida refugiándose en lo que podemos, quizás la música nos pueda ayudar a pasarlos.  El realizar neerlandés resquebraja su relato, ofreciendo un discurso discontinuo, empleando numerosos flashbacks, para contarnos 7 años de la vida de estos dos seres, que tienen que empezar de nuevo, después del duro golpe de perder a su hija. Una película que huye del típico drama de tres al cuarto en el que el dolor se convierte en el foco de atención, y no cesan de buscar la lágrima fácil. Se relatan hechos duros y tristes, pero de una manera respetuosa y con la debida distancia para huir de posicionamientos pornográficos emocionales de ciertas películas. Quizás se le puede achacar a la película un cierto manierismo, cuando plantea el discurso  político estadounidense en lo referente al estudio de la genética para tratar enfermedades. En esos momentos, la película cae en lo planfetario y simplista en la manera que plantea estas situaciones. También, hay que añadir que esos instantes dónde la cinta se empeña en sacarnos o adormecernos, no desmerecen el resultado final. Resulta aleccionador y estimulante la manera que estos dos individuos afrontan la pérdida, mientras él trata de buscar culpables y se refugia en la música para continuar hacía delante soportando el dolor, ella, en cambio, toma otro camino, encuentra refugio en otro tipo de culpa, abrazando la religión católica. Dos maneras de soportar un mismo dolor. Tiene la película, de nacionalidad belga, pero hablada en holandés, ciertos rasgos  argumentales que la aproximan a Declaración de guerra (La guerre est déclarée, 2011), de Valérie Donzelli, dónde también se narraba la historia de una pareja que se enamoran y tienen un niño con cáncer. La película se centraba en la vida cotidiana de cómo afrontaban el golpe y cómo eso ocasionaba grandes fisuras en su relación. Alabama Monroe es una película vitalista, en ciertos momentos, pero en otros, en cambio, se sumerge en la desesperación. Su discurso puede resultar pesimista, pero es entonces cuando la música entra en escena, actuando cómo refugio, demostrando su razón de existir, una manera de exorcizar los miedos, el dolor, la culpa para seguir adelante, porque no queda otra.

A propósito de Llewyn Davis, de Ethan y Joel Coen

Cartel-A-proposito-de-Llewyn-Davis_02“Es una película hecha en Nueva York, por neoyorquinos, llena de neoyorquinos, sobre un tiempo en Nueva York que cambió este país y creo que también el mundo”.
Oscar Isaac
 
«No tienes que ser genial para nadie, solo se genial para ti.» 
Bob Dylan

Tarde de cine en los Renoir Floridablanca. La elegida es A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013). Estamos en 1961, en la ciudad de New York. Nos encontramos en Greenwich Village y más concretamente en un local llamado Gaslight, – que recibe el mismo nombre que aquella espléndida película de Cukor dónde un malvado Charles Boyer martirizaba a una joven y bella Ingrid Bergman-, sobre el escenario, bajo una luz mortecina y apagada, que le acompaña toda la película, Llewin Davis, un joven músico de folk. De esta manera, arranca la nueva película de los hermanos Coen, unos cineastas que llevan más de treinta años relatándonos los sinsabores, amarguras e infelicidad de la otra cara de los EE.UU., la que no nos quieren enseñar otro tipo de películas. ¿De qué trata esta cinta?  Tenemos a este joven, que a modo de Ulises deambula por esta road movie intentando, sin conseguirlo, hacerse un hueco en el difícil mundo de la escena musical neoyorquina, un éxito que se le niega. En cierto momento, un magnate judío, en un club vacío como entorno, después de escucharlo le suelta que no ve dinero. Quizás, así se podría resumir la vida de este personaje homérico, este individuo que todos sus intentos en llevar una vida más «normal», resultan vanos y cada vez peores. Los Coen vuelven a su tema predilecto, el viaje, y a La odisea, de Homero, cómo ya habían hecho en O brother! (O brother, where art you?, 2000), dónde tres fugitivos, en plena Gran depresión, hacían lo imposible para volver a casa, también con la música como telón de fondo. Llewin Davis nos recuerda  a aquellos y en muchos aspectos a Barton Fink (1991), otro artista sin suerte que viaja a Hollywood y se veía incapaz de escribir la película que el magnate le exigía. Libremente inspirado en el libro de memorias de Dave Van Ronk, El alcalde de la Calle MacDougal  (The mayor of MacDougal Street), nos sumerge en un personaje fiel a sí mismo, con su guitarra a cuestas y una bolsa con sus cosas, que es todo lo que posee Un naufrago sin isla, un vagabundo que transita por ambientes amargos y no tiene dinero para comprarse un abrigo para combatir el  frío invierno, que duerme en los sofás prestados por amigos, y tiene una hermana que le reprocha la existencia que soporta por seguir fiel a sus principios,  y además, un padre ido, al que nunca ve, que pasa sus últimos días en una residencia. Para redondear su triste existencia, hay una chica, maravillosa Carey Mulligan, que ha dejado embarazada pero resulta que es la novia de su mejor amigo. Una vida que se mueve por antros oscuros,  días sin fin, y mendigando por las frías y heladas calles sin alma de una ciudad sin vida. Su viaje a Chicago tampoco mejora las cosas, quizás las empeora más. Un artista que no logra ganarse la vida con su música y si colecciona palos por doquier. Podría haber sido ese tipo de películas en las que asistimos a un dramón de no te menees con semejante panorama, pero el talento de los Coen se niega a plantearse una historia de tales características, en cambio, vemos mucha ironía, quizás es la película más triste y desoladora de los Coen, pero tiene momentos muy suyos, su universo sigue plagado de seres curiosos y extraños, la retahíla de personajes secundarios que se topan con el músico no tiene desperdicio, la pareja de ancianitos judíos que regenta la discográfica que acumula discos que no encuentran compradores, el matrimonio judío esperpéntico y grotesco, que son dueños del gatito pardo, de nombre Ulises, no podía llamarse de otra manera, que acompaña a Llewyn en su periplo diario, el soldado músico, y John Goodman, un seboso, cínico y yonqui, y su criado, un joven macarra y silencioso, que algunos les recordará a uno de los matones de Fargo (1996), que interpretaba Peter Stormare, en uno de los momentos más raros y siniestros de la película, ese viaje a Chicago que parece que va a ocurrir cualquier cosa, muy en la línea de los planteamientos que pululan por el universo Coen. Destacar el buen hacer de Oscar Isaac, actor nacido en Guatemala de padre cubano y criado en florida, que nos brinda una hermosísima interpretación, dotado de una gran mirada que expresa todo su malestar y ese sentimiento fundido que rompe el alma.  Una maravillosa balada triste y nostálgica, como es la música folk, que nos interpela a nosotros. Su estructura circular, a modo de bucle, aún hace la existencia de Llewyn más difícil, en que aparentemente y  atendiendo el discurso de la cinta parece no tener salida, aunque los cineastas norteamericanos no se decantan por ninguna opción y en una estrategia que les honra, nos ceden el testigo de la elección a nosotros, sus espectadores. Una nueva clase magistral de estos cineastas que no se cansan en ofrecernos la otra cara del sueño americano, o mejor dicho, su pesadilla que quizás nunca existió. Una buena película que nos devuelve la mejor tradición del cine americano, aquella que nos contaban los Ray, Penn, Fuller, Peckinpah… historias de loosers, personajes perdedores que no encuentran su camino y los que encuentran les llevan a sentirse más perdidos y abocados a un fracaso personal y existencial.

Family Tour, de Liliana Torres

Family_Tour-Liliana_Torres-PosterDes (Encuentros) con la familia

Family tour, opera prima de Liliana Torres comparte el mismo punto de partida que Tres dies  amb la familia (2009), de Mar Coll, obra también producida por Escándalo Films, compañía del Escac. Si en aquella, Léa, una joven volvía procedente de Francia, dónde residía, a la casa familiar debido al fallecimiento de su abuelo. Ahora, la protagonista, Lili, alter ego de la directora, vuelve, después de ocho años, desde México, dónde vive y trabaja, a pasar unos días de vacaciones. Hasta aquí las comparaciones, porque las dos películas bifurcan en sentidos opuestos. Una propuesta fresca y divertida que nos adentra en un juego de espejos, en el que la directora introduce un elemento de ficción, a la actriz Núria Gago para que haga de ella y se enfrente a su verdadera familia. No obstante, en los créditos reza el título: Una película de Liliana Torres y su familia. Su dispositivo cinematográfico es una suerte de exorcismo personal e interior en el que se sumerge la directora, ofreciéndonos una película que nos muestra la cotidianidad de alguien que se enfrenta a lo que ha dejado, a la vida que tenía antes de marcharse y al volver se encuentra con un entorno familiar quieto, que parece inamovible, como si el tiempo se hubiera detenido. Las visitas para ver a la familia, que a Lili no le entusiasman, filmadas en interiores, trayectos en coche, de compras en el super y otras situaciones que le transportan hacia otro lugar, a reencontrarse con unas personas que se encuentran alejadas de ella, pero que le hacen volver a quién era antes, a aquella mirada infantil que sentía ausente, a la niña que soñaba con hacer cine. Relato híbrido entre lo vivido y lo ficcionado, mostrándose sincero,  que hace de su modestia y sencillez su marca de estilo, despojada de todo artificio, como es el caso de la música, pues la que escuchamos es diegética. Historia principalmente de mujeres, donde encontramos a una madre que la trata como la niña que se fue, una hermana pequeña que se agobia si le cogen el coche y un padre que no entiende su expresión artística, y abuelos, tíos y primos que  le expresan su cariño y entusiasmo al verla pero que, Lili los observa con escepticismo y extrañeza. Destacar el conmovedor pasaje del cementerio que tiene en la muerte del perro su reflejo. Sólo el encuentro con una amiga música le hace sentirse más cerca de lo que es ahora que de lo que fue. Cinta de marcado carácter circular, que acaba como empieza, la pantalla fundida en negro y el sonido del aterrizaje/despegue de un avión, signo evidente que nos insinúa que las cosas mutan y continúan. Nuevo brote de talento surgido del Escac, que se suma a otras voces femeninas como las de Roser Aguilar (Lo mejor de mí, 2007), la citada Mar Coll, que el año pasado presentó su segundo largo (Tots volem el millor per a ella) y Elena Trapé (Blog, 2010), que vienen a renovar el actual panorama ofreciendo obras modestas, pero maravillosamente estimulantes.

Vida en sombras, de Llorenç Llobet-Gràcia

'Vida en sombras'El 13 de febrero es una fecha especial en mi vida. Ese mismo día, pero de 1895, los Hermanos Lumière patentaron el invento del cinematógrafo. Por este motivo he querido homenajear al cine recuperando la crítica que escribí sobre Vida en sombras (1948), de Llorenç Llobet-Gràcia para Cineclub Sabadell, el Jueves 11 de noviembre de 2010.

«Quien ama el cine, ama la vida”

François Truffaut

 Esta cita del genial director francés, que junto a un nutrido grupo de colegas, revolucionó este invento llamado cine, a finales de los cincuenta y lo dotó de un nuevo lenguaje que cambiaría para siempre los conceptos cinematográficos, podría atribuirse a Llorenç Llobet-Gràcia, un cineasta que amó el cine y la vida, y ya desde su adolescencia comenzó a hacer películas en el campo amateur hasta que por fin pudo dar el gran salto al terreno profesional y se metió en la aventura y desventura que significó su “opera prima” Vida en sombras,  un proyecto que empezó con recortes al guión por parte de la censura que, tras realizar algunos cambios, fue aceptado y pudo empezar el rodaje. A medio rodaje el productor se quedó sin dinero y Llobet-Gràcia, que no quería que su película quedase en vía muerta, se empeñó hasta las cejas pidiendo dinero a sus amigos para concluir lo que era la ilusión de su vida. Al terminar la película, Llobet se enfrentó a un nuevo problema: la Junta de Clasificación, no le otorgó la primera categoría y, después de luchar frenéticamente, pudo conseguir la segunda categoría, pues en un principio se le había concedido la tercera categoría. Esto significó que la película se estrenó cinco años más tarde, con más pena que gloria, por las salas cinematográficas, dónde por entonces se nutrían de un cine muy afín al régimen franquista: Alba de América, Inés de Castro, Doña María la brava o Locura de amor, de Juan de Orduña, que se convirtió en todo un acontecimiento en aquel tiempo, dónde la maldita posguerra se había instalado en un país hambriento, perseguido y donde reinaba la ley del silencio, impuesta por la hordas fascistas. En aquellas circunstancias se estrenó Vida en sombras, una película a contracorriente, atípica, diferente, extremadamente moderna y radical, antes y ahora, que ha trascendido su tiempo y que hay que reivindicar por su valía, su grandeza, y sobretodo, hay que aplaudir que exista y dar las gracias a todos aquellos que la hicieron posible y a todos los que – y me acuerdo de Ferran Alberich-  la rescataron del injusto olvido al que fue sometida y nos la mostraron a las nuevas generaciones para que pudiéramos disfrutar de tamaña obra, convertida en un clásico imperecedero de nuestro cine. Llobet-Gràcia nos muestra un relato que es un homenaje a su pasión, el cine, a los maestros que admiraba – Meliès, Chomón, Chaplin, Grifith, Murnau, entre otros- y a imaginar la vida a veinticuatro fotogramas por segundo. El héroe/antihéroe de su historia, Carlos Duran, viene al mundo en una barraca de feria dónde se hacía una sesión de cinematógrafo, la fotografía en movimiento. Desde entonces la vida de ese niño gira en torno al nuevo invento, y asistiremos al cine con Carlos y su amigo Luis, veremos Cartas animadas, del genial Meliès, La moneda rota, Carlot en la calle de la Paz, también a Eddie Polo. Luego presenciaremos como intercambia cromos para conseguir uno de Charlot. Más adelante, con una cámara Pathé Baby, rueda su primera película, con la ayuda de Luis, y así, poco a poco, el sueño infantil se va convirtiendo en una pasión adulta, que le proporciona un trabajo como operador. Nuestro protagonista se enamora y da su primer beso viendo el Romeo y Julieta, la adaptación que hizo George Cukor de la célebre obra de William Shakespeare. Aunque será su amor por el cine lo que lo llevará a una profunda depresión y un alejamiento total de su pasión, y será con el mismo cine, y más concretamente, con la genial película del maestro Alfred Hitchcock, Rebeca, la que le devuelve al ruedo cinematográfico. Estamos ante una película de estructura circular donde se hace uno de los más importantes y admirables homenajes al cine y a la pasión que despierta en los individuos. Uno de los mejores testimonios que se han hecho sobre el cine en nuestro país, a la altura de obras, como: La noche americana (La nuit americaine, 1973), de François Truffaut, dónde los cineastas dan rienda suelta a su cinefilia y nos proponen un viaje maravilloso a las entrañas del cinematógrafo. En palabras del crítico y cineasta, Esteve Riambau: Aquests elements, expressats a través d’insòlits moviments de càmera i, fins i tot, un pla seqüència de vuit minuts, fan d’aquest film una obra decididament anticipada al seu temps. Tot i les deficències tècniques pròpies d’una producció absolutament modesta, la modernitat que destil.len les seves imatges és absoluta i, a través del que Borau denomina “passió letal pel cinema”, s’anticipa a una altra pel.lícula maleïda del cinema español, com és Arrebato d’Ivan Zulueta. Vida en sombras m’angoixa i m’espanta, va dir Borau, “perquè revela la bogeria pel cinema que ens afecta a molts dels que estem presents en aquesta sala. La película está llena de hallazgos cinematográficos, el maravilloso tratamiento de la elipsis, -el encuentro de Carlos y Ana en el quiosco, se suben al tranvía, y en el siguiente plano, Carlos cuelga un retrato de la pareja posando en el campo- sólo por citar uno de ellos;  amén del espectacular plano secuencia de ocho minutos y las transiciones del relato, brillantemente resueltas, a pesar del ajustado presupuesto del que disponía la película. Film muy influido por el expresionismo alemán, en uno de los momentos vemos a Carlos escribiendo con máquina de escribir el guión de su película, mientras en la pared se proyecta la sombra de un zootropo primitivo girando. Destacar tanto el equipo técnico, habitual del director Carlos Serrano de Osma, amigo personal de Llobet-Gràcia, y el plantel artístico, encabezado por el genial Fernando Fernán Gómez, haciendo aquí su primer papel dramático, y realizando aquí uno de su mejores trabajos junto a María Dolores Pradera, su esposa por entonces, e Isabel de Pomés… Disfruten de una de las grandes películas de nuestro cine, y parafraseando a nuestro protagonista, Carlos, les dejo con una de sus citas: El veneno del cine, ese tóxico tan actual, al que no sabe uno nunca renunciar.

 

 

Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont

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«No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa jamás de explorar, un paisaje (ya sea árido o apacible) de una belleza única. No hay experiencia mas noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía».

Carl Theodor Dreyer

Tarde de cine en los Boliche. La elegida es Camille Claudel 1915 (2013), de Bruno Dumont. La austeridad y la sobriedad son los pilares en los que se fundamenta esta aproximación del cineasta francés a la figura de la famosa escultora. La película, séptima de su carrera, huye del biopic al uso, a Dumont no le interesa la vida, obra y milagros del personaje, su película va más allá, quiere mostrarnos a la persona, no al personaje. Nos sitúa en 1915, en los albores de la Gran Guerra y nos muestra una mujer de unos 50 años, desesperada y aislada,  abandonada por su familia, encerrada tanto física como emocionalmente en las cuatro paredes de un sanatorio situado en Montdevergues, cerca de Avignon, dónde estuvo los últimos 40 años de vida. Solamente las visitas de su hermano Paul le ayudan a soportar tan tremenda e injusta situación, una vida alejada de su París y su trabajo de escultora. Estructurada a través de algunas jornadas, un relato dónde abundan los planos fijos y las tomas largas, apenas se aprecian leves movimientos de cámara, y sin música, y apenas diálogos, apenas tres situaciones, el hermano de Camille con ella, con el clérigo y con el director del sanatorio. El realizador se apoya en dos conceptos: la magnífica interpretación y el rostro/primer plano de Juliette Binoche. Es la primera vez que Dumont trabaja con una actriz profesional, en las anteriores películas utilizaba gente anónima de la calle. Su ejercicio resulta admirable, despoja la imagen que tenemos de Binoche y la convierte en un ser no ser, que soporta una no vida, una no persona, en un muerto viviente rodeada de enfermos mentales reales, los espectadores nos convertimos en lo que siente la actriz y sentimos su aislamiento. Una obra plagada de pequeños detalles que la hacen más profunda y extraordinaria, he rescatado dos momentos: en uno de ellos, Camille camina por un jardín y coge un trozo de barro que empieza a moldear, pero en ese instante, detiene sus manos y estruja el barro y lo lanza, o el arranque de la película, cuando se nos muestra a Camille de espaldas a nosotros, le despojan su ropa, nos fijan un plano de la bañera y de golpe, por la derecha, entra el cuerpo desnudo de Camille que se introduce en la bañera. La película juega a presentarnos un estado de ánimo, el de Binoche/Claudel, a presenciar unas situaciones de alguien que sufre por su pasado, por un amante que la dejó, por la obsesión que la persigue, por una familia que no la entiende y que por miedo, la encierran y la destrozan. Una mujer de su tiempo y muy avanzada, que intentó vivir cómo ella sentía, pero se encontró con la oposición de una familia y una sociedad demasiado tradicionalista y superficial. Una mujer que nos recuerda a otras heroínas particulares que a pesar de la sociedad lucharon por ser ellas mismas. Tomando como referencia el libro de Paul Schrader, El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson y Dreyer, dónde encontramos afiliaciones y paralelismos con la obra de Dumont. Tres autores y tres maneras de filmar: Yasujiro Ozu y la trilogía de Noriko, Primavera tardía (Banshun, 1949)El comienzo del verano (Bakushû, 1951)Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), Robert Bresson con El proceso de Juana de Arco (Procès de Jeanne d’Arc, 1962) y Mouchette (1967) y Carl Theodor Dreyer con La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Gertrud (1964), obras protagonizadas por mujeres libres y solas, como actitud ante la vida, que huyen de lo establecido y quieren vivir su vida, pero debido a la idea imperante de una sociedad acomodada y tradicional y exasperadamente conservadora, se sienten empujadas a vivir según lo establecido y a sentirse infelices ya que hacen lo que no quieren y se sienten encerradas en una manera de vivir que no es la suya. Formalmente, Dumont también se acerca a la obra de estos cineastas, los espacios desnudos, los planos estáticos, la economía en los diálogos, una narrativa cinematográfica que busca un estilo alejado de lo puramente visual, apelando directamente hacía nuestro interior, a lo que sentimos, a nosotros mismos, a un estado de ánimo, que tiene que ver más con el espíritu. Una manera de sentir y mirar lo que se nos cuenta, mucho más allá de lo que vemos en la pantalla. Les dejo con una reflexión de Bresson: No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres o mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese ‘corazón’ que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia.


¡Viva la libertad!, de René Clair

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«La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse».
Jean-Jacques Rousseau

Tarde dominical de Filmoteca, la elegida, todo un clásico de la cinematografía vecina, ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931), de René Clair. Era mi primera vez, y ha sido en la gran pantalla. Todo un lujazo para mis sentidos, a veces, los que amamos el cine, no somos conscientes de la gran fortuna que tenemos de poseer un cine que realice sesiones de clásicos como éste. Vayamos al asunto en cuestión, que no es otro que dar habida cuenta de lo visto esta tarde. Fábula sobre la vida, sobre las circunstancias que nos llevan a hacer una cosa u otra, fíjense en su sencilla trama: dos compañeros de cárcel deciden fugarse, el día de autos, las cosas se tuercen y uno de ellos, al verse sorprendido por los guardias, decide no poner en peligro a su compañero y le facilita la huida sacrificando la suya propia. Una vez fuera, el huido, buscavidas por naturaleza, se hace riquísimo con el fructífero negocio de las gramolas. Posee una inmensa fábrica dónde se trabaja esclavizado y en cadena fabricando aparatos en masa. Aquí, hasta el espectador más despistado verá que todos estos elementos influirán posteriormente al genio de Chaplin en su «Tiempos modernos», recordarán algunos que incluso el propio Goebbles, si recuerdan bien, ministro de propaganda nazi, al percatarse de las semejanzas entre las dos películas, insto a Clair a denunciar a Chaplin por plagio, la demanda no prosperó, Clair se sentía muy halagado por haber servido de inspiración al gran cómico. Pues bien, recuerdan a los dos amigos de la cárcel, pues la trama se dispara cuando por azares de la vida, o del amor, más bien. El compañero se evade de la cárcel, en una secuencia que nos recuerda a Jean-Pierre Leaud intentando suicidarse en aquella fábula tragicómica de «Contraté a un asesino a sueldo», de Aki Kaurismaki. Los dos antiguos compañeros se vuelven a encontrar, hombre rico, hombre pobre, pero se ayudan y se divierten. Qué grande y esperpéntica la cena en la que presentan digamos en sociedad al viejo amigo. Relato de perdedores, de seres que no logran lo que quieres, porque otro u otros llega antes que ellos y se lo arrebata. El bigotudo, rico con el gramófono, se ve estigmatizado por su pasado carcelario, y el otro, se enamora de la joven que quiere a otro. La película no cae en la desgracia, ni mucho menos, saca lo mejor de estos individuos desgraciados y desplazados por la caprichosa fortuna. Clair fabrica un canto hermoso a la vida, a la amistad, y al amor. Su ritmo vertiginoso vertebrado a través del sonido y sobretodo de la música, la cinta es una mezcla de géneros magistral, hay melodrama, comedia, romanticismo, musical, incluso vodevil y esperpento, no falta de nada. Estamos en 1931, los nazis están a punto de asolar con su maldita guerra Europa y posteriormente el mundo, a pesar de eso, de esos aires negruzcos que comienzan a aparecer, Clair nos insufla de puro optimismo, de alegría y buenos sentimientos. He rescatado la imagen del final, los dos amigos, ahora vagabundos, viendo ese mundo utópico donde sólo trabajan las máquinas y los humanos se pasan el tiempo divirtiéndose y sobretodo viviendo. Imagen que nos lleva a «Boudou salvado por las aguas» que realizará al año siguiente el talento maravilloso de Jean Renoir, que plantean la situación que quizás para ser completamente libres no hay otra que no tener nada. Las máquinas trajeron muchas cosas, pero no las que necesitamos, que no era otra cosa que tiempo para vivir, reír, soñar y ser nosotros mismos, al fin