El viento se levanta, de Hayao Miyazaki

Kaze-ga-Tachinu-cartel-620x875Hermoso canto a la vida

¡Le vent se lève!

Il faut tenter de vivre.

 (¡El viento se levanta! Hay que intentar vivir)

Paul Valéry

La frase extraída de la estrofa final del poema “El cementerio marino” del genial poeta francés, abre y actúa como leit-motiv en la nueva película de Hayao Miyazaki. El maestro de la animación vuelve a regalarnos una espectacular sinfonía visual de extraordinaria belleza y construida con extrema delicadeza, intimidad y detalle. En esta ocasión, Miyazaki se basa en su manga que, a su vez, está inspirado en una novela corta de Tasuo Hori, en la que se centra en la figura de Jirô Horikoshi (1903-1982) diseñador aeronáutico que creó los cazas japoneses que participaron en la 2ª Guerra Mundial.   Miyazaki haciendo alarde de su desbordante e infinita imaginación nos cuenta la vida de Jirô, desde su infancia en la que sueña con ser piloto, hasta la edad adulta, en la que se convertirá en el ingeniero más importante de la compañía Mitsubishi. Estamos ante la película más realista del cineasta japonés, y la primera centrada en un personaje histórico, otra de las novedades más significativas con respecto a su obra anterior es que la habitual linealidad del relato, deja paso a una estructura compleja, con abundantes capas y saltos en el tiempo. Su discurso sigue centrándose en los temas que caracterizan toda su obra: un  marcado antibelicismo, el hombre y la naturaleza, el individualismo y la responsabilidad. El viento, elemento indispensable en su filmografía, vuelve a tener relevancia en esta película, cómo lo había tenido en su segunda película,  Nausicaá del valle del viento (1984), la que podríamos considerar la primera de su compañía Ghibli, si bien el sello fue creado dos años después, esta película funciona como piedra angular de las líneas temáticas y formales que desarrollará en el resto de su obra. Porco Rosso (1992), ambientada en los años 30 y protagonizada por un cerdo aviador, podría ser vista como una predecesora de El viento se levanta. El extraordinario talento del director japonés para mezclar la realidad y la fantasía, fusionándolas en un nuevo y novedoso mundo donde todo es posible, y a la vez, se erige como refugio para soportar las tristezas y pérdidas de la vida.  El viaje de Chihiro  (2001), cénit de su carrera (Oso de Oro en Berlín, Oscar y reconocimiento de su trayectoria en Venecia) sería la obra cum laude de su filmografía. En El viento se levanta, los sueños del protagonista le ayudan a seguir manteniendo su ilusión e imaginación, a pesar de las circunstancias negativas que tiene que vivir: el terremoto de Kanto, de 1923, la gran depresión, la epidemia de tuberculosis y la entrada de Japón en la 2ª Guerra mundial. Miyazaki crea secuencias bellísimas donde mezcla de forma brillante el lirismo, la épica y la tragedia a lo largo del relato. Destacan la reconstrucción del terremoto, las superpobladas ciudades, la poesía visual de las escenas campestres, y las protagonizadas por Jiro y Nahoko, la pareja protagonista y las ambientadas en el hotel de verano y su juego íntimo con el avión de papel, donde se evoca a Thomas Mann y su libro La montaña mágica. Miyazaki es un gran artesano y humanista del cine como lo fueron Renoir, Rossellini u Ozu, sus películas respiran vitalidad y humanismo, son trozos de vida alegre y desbordante, donde tanto sus personajes imaginarios y fantásticos (Porco, Totoro, Gato autobús, Dios ciervo, Princesa pez, etc…) como sus niños/as manifiestan una extraordinaria ilusión por la vida y por el mundo de los sueños. El verano pasado, Miyazaki anunció su despedida del cine, quizás continuará creando historias pero en su actividad preferida, ilustrador y dibujante de manga. Nos deja sus 11 magníficas películas, (acompañadas de la maravillosa música de su inseparable Joe Hisaishi), que seguiremos devorando con esa mirada propia de los niños, que siguen creyendo que los sueños es el único camino posible para que las cosas se conviertan en realidad, pero sin que esos sueños se transformen en nuestras peores pesadillas.

 

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