La mirada del silencio, de Joshua Oppenheimer

la_mirada_del_silencio_35840LA MEMORIA OLVIDADA

Desde que presenciamos estupefactos y aterrados las filmaciones del exterminio nazi durante la II Guerra Mundial, el debate sobre la representación del horror está latente, y seguirá presente y generando posturas y controversias de diversa naturaleza. Noche y niebla, de Resnais o Shoah, de Lanzmann, no utilizaron las imágenes de archivo y se centraron en los lugares del horror y cedieron la palabra a los verdugos y las víctimas. Un ejercicio parecido fue el que hizo el cineasta camboyano Rithy Panh, en su magistral S-21: La máquina de matar de los jemeres rojos, aunque Panh no disponía de imágenes y se las ingenió para llevar a los verdugos a los lugares de tortura y de esta manera escenificar los horrores que allí sucedieron. Después, y con la ayuda del novelista francés Chritophe Bataille, escribió La eliminación, donde relataba los horrores de su infancia y la desaparición de toda su familia a manos de la dictadura de Pol Pot (1975-1979). En 2013, filmó la magnífica La imagen perdida, donde adaptaba el libro, y sustituía con indudable maestría e ingenio la falta de imágenes, creando un mundo donde las personas eran figuritas talladas en barro.

El trabajo de Joshua Oppenheimer (Austin, Texas. 1974) sigue la misma línea que Rithy Panh. Con La mirada del silencio, cierra el díptico iniciado en 2012 con The act of killing, donde representaba los horrores del genocidio indonesio (1965-1966) con la participación de los verdugos de Suharto (un período donde la dictadura asesinó a un millón de personas acusándoles de comunistas), una película que filmaba a los verdugos, que muchos de ellos siguen en el poder y gozan de impunidad, representaba los horrores y lugares donde se cometieron las atrocidades en un tono que profundizaba en la banalidad y lo grotesco. La cinta recibió críticas por el tono utilizado por Oppenheimer, recriminándole su sensacionalismo y no tomar la debida distancia y caer en la fascinación de filmar el mal. Ahora, con este nuevo trabajo, nuevamente producido por Werner Herzog y Errol Morris, cambia su posición, realizando un giro de 180º, y cediendo la voz a las víctimas, en este caso a Adi, un optometrista que vive en su barrio junto a los asesinos de su hermano. Resulta esclarecedor que la profesión del hilo conductor del film, sea un profesional que devuelve la luz a los que no ven, metáfora de la impunidad en la que viven los verdugos de la dictadura, que siguen amparados por el gobierno, que continúa al frente del país.

La película sigue  Adi en su tarea de desenterrar el pasado y así desde el presente, mirar al futuro de manera diferente. Visitar a los verdugos que viven puerta con puerta, asesinos que no se arrepienten de sus atrocidades, en un país donde el gobierno sigue vanagloriándose de los horrores del pasado y no pide perdón a las víctimas ni a sus familias, un país sumido en la oscuridad y en la injusticia, donde no hay espacio para la reconciliación. Oppenheimer se introduce en el difícil y tortuoso camino que emprende Adi, las tensiones que provoca en su familia su decisión de hablar con los asesinos, y el deber que tiene todo ser humano de conocer la realidad por muy cruda y horrible que resulte. Un cine mayúsculo y profundamente humano que desentierra el silencio y el miedo que lleva más de medio siglo conviviendo con los vencidos y sus familias, un cine necesario, construido desde la honestidad y el respeto hacia los que ya no están, y hacía los que los recuerdan y luchan por mantener viva su memoria.

Entrevista a Juan Schnitman

Entrevista a Juan Schnitman, director de «El incendio». El encuentro tuvo lugar el lunes 27 de abril de 2015, en el hall del Teatro CCCB de Barcelona, dentro del marco del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Schnitman, por su tiempo y generosidad, al equipo del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, por su paciencia y amabilidad, y a Oscar Fernández Orengo, magnífico fotógrafo, autor de la imagen que ilustra la publicación.

Los caballos de Dios, de Nabil Ayouch

les_chevaux_de_dieu_afficheLA SEMILLA DEL MAL

Volad, caballos de Dios, y  las puertas del paraíso se abrirán para vosotros

La relación del cineasta Nabil Ayouch (París, 1969) con el barrio de chabolas de Sidi Mumen, en Casablanca (Marruecos), nació en 1999, cuando rodó algunas secuencias de su primera película Ali Zaoua. Después de los atentados suicidas de mayo del 2003, volvió al barrio y filmó una pieza de 16 minutos donde hablaba con las víctimas, los supervivientes y sus familias. Aquel cortometraje fue el germen de hacer una película sobre los suicidas de los atentados, Adquirió los derechos del libro Les Étoiles de Sidi Mumen, de Mahi Binedine, donde el enfoque se parecía al pensado por Nayouch.

El cuarto trabajo del realizador francés-marroquí se centra en dos hermanos, Yachine y Hamid, y su familia, y arranca en el año 1994 y se cierra en el año 2003, los dos viven junto a su madre, que acarrea con todos, su padre depresivo, un hermano en el ejército, el otro casi autista y ellos dos. Hamid es el jefe del barrio y protector de Yachine, al que apodan “la araña negra” como el famoso portero, por su afición al fútbol. Cuando Hamid es enviado a la cárcel por traficar con drogas. Entonces, Yachine se dedica a trabajar con el chatarrero del poblado, y así huye de la violencia, la miseria y las drogas. Cuando sale de prisión, Hamid vuelve convertido en un fundamentalista islámico, y convence a su hermano y los amigos de éste para que acudan a la mezquita, donde serán adoctrinados como mártires contra los enemigos del Islam. Ayouch apoya su relato en la relación de los dos hermanos, como Caín y Abel, dos formas de entender la misma situación, dos hermanos que a lo largo del metraje, pasan por distintas fases, cambiando sus propios roles de actitud y creencias. Una película donde no hay ningún tipo de mensaje de adoctrinamiento del islam ni nada parecido, ni siquiera existe nada a modo de panfleto a favor de los suicidas, sino todo lo contrario, el realizador se introduce en el alma de estos jóvenes, en la humanidad de unos seres sin futuro, unos hombres dejados por el estado a su desdicha, que sobreviven en un poblado lleno de peligros y maldades.

Una película divida en dos partes, en la primera, la violencia y las drogas que reina en el barrio se convierten en el pan de cada día, y en la segunda mitad, el fundamentalismo religioso se apodera de la cinta, convirtiéndose la película en un estudio de cómo este tipo de líderes espirituales captan a los jóvenes desarraigados y a través de sus métodos de acercamiento a Dios, los van alejando de sí mismos, y de su entorno, para de esta manera, convertirlos en terroristas suicidas. Una obra contundente y visceral, como un puñetazo en el estómago que deja sin aliento, que atrapa desde lo más sencillo, una película necesaria y honesta, que se alzó con la Espiga de Oro en la 57 edición de la Seminci. Un ejercicio que nos retrae a obras como American history X, donde se expone el sinsentido de la violencia, ¿dónde nace?, ¿cómo se origina?, ¿qué fin busca? ¿Por qué existe?, muchas preguntas las planteadas en el film de Ayouch, preguntas difíciles y complejas que requieren una profunda reflexión por parte de la sociedad y sobre todo, los gobiernos, y sus políticas exteriores.

 

Encuentro con Jaume C. Pons Alorda

Presentación del libro «Apocalipsi UUUUUUUAAAAAAA», de Jaume C. Pons Alorda (Diario de rodaje de la película Història de la meva mort, de Albert Serra), presentado por el escritor Vicenç Villatoro, el director Albert Serra, el poeta Vicenç Altaió, y Joan Sala, editor del libro. El encuentro tuvo lugar el miércoles 15 de abril de 2015, en el auditori del CCCB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume C. Pons Alorda, por su tiempo y generosidad, a Anna Ibáñez, del CCCB, por su recibimiento, amabilidad y acogida, y a la Editorial Comanegra, por apostar por el libro y publicarlo. A todos ellos, Gracias por organizar este encuentro tan especial.

El padre (The Cut), de Fatih Akin

The-Cut3FE ANTE LA BARBARIE

«Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis.»

Nos encontramos alrededor de 1915, en Mardin, ciudad turca cercana a la frontera de Siria. Allí, Nazaret Manoogian, un joven herrero vive en compañía de su mujer y sus dos hijas gemelas, y el resto de su familia. Estalla la I Guerra Mundial, y muchas minorías pasan a considerarse enemigas del Impero Otomano. Una noche, el ejército turco lo detiene junto a los demás hombres y los llevan al desierto a trabajos forzados lejos de su familia. Después de escapar in extremis de la muerte, se alía con un grupo de desertores y durante un ataque, un conocido le habla de un lugar, en medio del desierto, donde llevaron a su familia.

Con El Padre (The Cut), Fatih Akin (Hamburgo, 1973), finaliza su particular trilogía “El amor, la muerte y el diablo”, que arrancó en Contra la pared (2004), que le valió el Oso de Oro en la Berlinale, donde relataba la relación tormentosa de una turca y un hombre de origen turco alemán con aires fatalistas, le siguió Al otro lado (2007), donde el destino de seis personas se cruzaban a través de la muerte. Akin emprendió el trayecto de esta aventura personal y brutal, como nos tiene acostumbrados en su cine, después de leer el libro 1915: Ermeni Soykirim (1915: El genocidio armenio), del conocido periodista turco Hasan Cemal. El realizador turco-alemán asegura haberse documentado leyendo más de 100 libros sobre el tema. Su película desentierra un pasado oscuro que las autoridades turcas incluso hoy día siguen negando. Akin utiliza el genocidio contra el pueblo armenio como telón de fondo en su película, para centrarse en la terrible y épica odisea que tiene que vivir el joven Nazaret, que arranca en su pueblo en 1915 y sigue por los tortuosos caminos y las tormentas de arena del desierto de Mesopotamia, para encontrar asilo en una fábrica de jabón reconvertida en hogar para refugiados, seguir visitando orfanatos y prostíbulos en busca de la huella de sus hijas, cambiar de continente y llegar hasta La Habana (Cuba) para con la ayuda de un paisano seguir la búsqueda y finalmente, llegar hasta el año 1922, 7 años después, y encontrar su destino y el final de su viaje en un pequeño pueblo helado de Dakota del Norte, en los EE.UU.

Akin nos cuenta dos historias, dividida en dos partes, la primera relata la supervivencia de Nazaret, y luego, una pausa, en el que su vida emprende un nuevo objetivo, y ahí se inicia su segundo segmento, la incesante y difícil búsqueda de sus hijas que creía fallecidas. El cineasta de origen turco, muestra el horror y la muerte en su crudeza, el camino interior de alguien, que después de lo que ha vivido, ha perdido su fe, ya no cree en Dios, sólo cree en sí mismo, y sobrevive a duras penas con el objetivo de reencontrarse con los suyos. Akin nos ofrece una película histórica, un fresco sobre la vida y la muerte, sobre la maldad y la solidaridad humanas, una odisea que alterna en su viaje por la mezcla de géneros, desde el western épico y crepuscular, hasta las cintas exóticas de aventuras por el desierto, y el género social, la descomposición y composición familiar, la emigración al nuevo mundo, la intolerancia de los unos contra los otros, elementos que tendrían como espejos transformadores títulos de la grandiosidad de Centauros del desierto, de John Ford, o América, América, de Elia Kazan.

Una película construida a partir de la figura de su protagonista, Tahar Rahim, único punto de vista y la mirada del cineasta, (que fue contratado por su magnífica composición en Un profeta, de Jacques Audiard), además de realizar un trabajo brillante, tiene la desventaja de pasarse casi toda la película sin hablar, por el corte que le producen, el elemento musical juega un papel fundamental, pues sitúa palabras allí donde no las hay. Además, Akin ha podido contar en el guión con la grandísima aportación de Mardik Martin, (el guionista estadounidense de origen armenio, que había trabajado con Scorsese en Toro Salvaje y New York, Ney York, que llevaba más de tres décadas sin trabajar para el cine). Otro de los grandes momentos del film se desarrolla cuando en 1921, una noche, el protagonista ve El chico, de Chaplin, bajo un cielo estrellado, instante mágico donde el cine capta la emoción de los sentimientos y anhelos del protagonista. Una película contundente, de gran belleza plástica, que a ratos enmudece y en otros, sobrecoge. Una de esas cintas como las que se filmaban antes, de las que firmaba David Lean, con su grandiosidad y su épica, que recorre los años terribles y sobrecogedores de un ser humano en busca de su familia y sobre todo, de sí mismo.

Aprendiendo a conducir, de Isabel Coixet

7zryOagCOGER LAS RIENDAS

La directora barcelonesa Isabel Coixet, nacida en 1960, ya ha pasado de la decena de títulos en su filmografía, a parte de alguna que otra incursión en el cine documental, su cine se ha posado en relatos que se originan a partir de una situación dramática, que acarrean duramente dos personajes, un hombre y una mujer. A pesar de haber debutado con Demasiado viejo para morir joven  (1989), de resultados poco satisfactorios, será con su segunda película Cosas que nunca te dije (1996), rodada en inglés y con actores norteamericanos, y con un presupuesto independiente, que la revelará como una cineasta sumamente interesante con una voz propia que escarbaba en las emociones más profundas a partir de historias melodramáticas. En la misma línea rueda A los que aman (1998), ésta rodada en España y en castellano, le siguen Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005), la fallida Mapa de los sonidos de Tokio  (2009), en el 2013 vuelve a España y con dos actores filma la durísima  Ayer no termina nunca, luego se acerca al género de terror en Mi otro yo (2014).

En el año 2008, y basada en la novela de Philip Roth, Coixet rueda Elegy, con Penélope Cruz y Ben Kingsley, sobre la relación sentimental de un sesentón y su alumna. Rescatando a dos intérpretes de aquel filme, el citado Kingsley y Patricia Clarkson, y con Manhattan de escenario, la directora se mete de lleno en un guión firmado por Sarah Kernochan, un texto basado en la historia real de la escritora del New Yorker Katha Pollit, que vivió un suceso parecido al que relata la cinta. A saber, Wendy, una escritora de New York acaba de ser abandonada por su marido que se ha ido con otra más joven, a partir de ese instante, y con el agravante de no disponer de vehículo propio para visitar a su única hija que se ha trasladado a las fueras, decide sacarse el carnet de conducir, su profesor es Darwan, un refugiado político hindú de la casta sij, que además trabaja de taxista. Si bien la película parte de una situación dramática, como nos tenía acostumbrados el cine de Coixet, aquí la historia se desarrolla por otros derroteros, el tono es de comedia romántica, nos cuecen la relación de dos supervivientes, dos almas perdidas que tienen que afrontar los duros golpes de la existencia y tirar pa’lante.

Coixet no cae en la lágrima fácil ni en el parternalismo, consigue en buena parte de la película crear un ambiente de comedia ligera con esos toques de negrura que le vienen como anillo al dedo, introduce los momentos de tensión, y también los gags humorísticos de forma brillante, quizás el único pero de la trama, es no haber sacado más provecho de los dos personajes, se echa en falta algo de más complejidad e incorrección, aunque el excelente trabajo de la pareja protagonista, auténticos talentos de la actuación, mantienen con dignidad y humanidad sus dos personajes. A destacar la presencia de Thelma Schoonmaker en labores de montaje, colaboradora habitual de Scorsese. Una cinta de segundas oportunidades, sobre la amistad que nace desde el corazón, desde la diferencia que nos acerca más de lo que pensamos, de lo iguales y diferentes que somos los unos y los otros, de sentir que la vida es una carrera de obstáculos y problemas, y en tratar con estos alcanzamos lo que somos, y sobre todo, sentirnos bien con nosotros mismos.

Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini

1932ALMAS EN EL PAISAJE

“Este film abre una brecha, por la que todo el cine debe pasar bajo pena de muerte”

“Con la aparición de Viaggio in Italia, todas las películas han envejecido diez años”

Jacques Rivette

Viaggio in Italia, estrenada en nuestro país con el título Te querré siempre, nace a partir de la experiencia frustrada de Rossellini de no por finalizar la película Dov’è la libertà?.  Situación que lo llevó a un nuevo proyecto, rodar una novela de la escritora francesa Colette llamada Duo, a la que ya había adaptado un relato en el cortometraje L’invidia. La historia se centraba en un matrimonio a la deriva porque el hombre no podía responder a las necesidades sexuales y emocionales de su mujer, muy parecido a la propia realidad de su matrimonio con Ingrid Bergman, que estaban en medio de una gran crisis.  Contrató a George Sanders (actor criado en Hollywood, pero de origen ruso) e Ingrid Bergman (tercer largometraje juntos de los cinco que hicieron en total) para encarnar a la pareja protagonista. Se instalaron a principios de febrero de 1953 en Nápoles, pero fue cuando Rossellini se enteró que los derechos de la novela ya habían sido vendidos. Entonces se encontró con un equipo dispuesto  rodar pero sin guión. Así empezó la aventura, ponerse a rodar una película sin una situación dramática previa.

La película arranca con Alexander y Katherine Joyce, un matrimonio inglés de viaje en automóvil de Londres a Nápoles, se dirigen a la ciudad para vender una villa que han recibido por herencia. Alejados de su realidad e introducidos en un paisaje exterior, sin nada que hacer, pronto florecen las distensiones e incomunicación de la pareja, mientras él se aburre soberanamente y se escapa a la vecina Capri para conseguir sin éxito una aventura amorosa. Ella se refugia visitando la ciudad y sus museos, observando las figuras hieráticas –bustos o conjuntos marmóreos- , que la enfrentan a su doloroso presente desde el pasado más antiguo, también visita las catacumbas, con la compañía de una amiga, pero la observación de los muertos la conduce a verse a sí misma y la realidad sin vida y monótona que la rodea, luego se traslada a visitar  la erupción de los volcanes y demás ruinas, sintiéndose completamente identificada emocionalmente con lo que observa. La vuelta del marido y la visita de las ruinas de Pompeya, donde contemplan los cuerpos abrazados de una pareja calcinada durante la destrucción de la ciudad por la erupción del Vesubio, será ese encuentro con ese pasado y el lugar donde estallará la crisis matrimonial y los llevará a decidir separarse.

Rossellini lleva en Viaggio in Italia sus postulados cinematográficos hasta sus últimas consecuencias (que ya había investigado en sus anteriores obras como Roma, ciudad abierta, Paisà, Alemania año cero o Stromboli), con la incesante búsqueda de la realidad como forma cinematográfica, fundamental en su cine, conceptos que los críticos del momento los bautizaron como la modernidad cinematográfica, temas como la ausencia del guión, el documento (la realidad exterior) totalmente mezclada y fundida con la parte de ficción (la realidad interior), a modo de espejo transformador del interior de los personajes, un manejo brillante de los vacíos o tiempos muertos, donde la inacción prevalece en la mise en scène, un ritmo cadente y pausado donde la imagen lo es todo, donde la búsqueda de la película reside en las emociones de los personajes, una trama que construyen los espectadores que se convierten en partes esenciales para el desarrollo del film, y sobre todo, la construcción de la película se edifica a través de la relación entre lo narrado y lo mostrado. Conceptos que Rossellini encontraba a través de la búsqueda de la improvisación, de la interacción de los personajes con el entorno elegido, donde la película ni no tiene un inicio ni un fin, sino un desarrollo para explicar lo que no vemos a través de lo que se nos sugiere.

Cine mayúsculo, realizado desde la más absoluta convicción de un magnífico creador que se enfrentaba a cada película, desde la búsqueda incesante de nuevas formas y maneras de representación cinematográfica que, le ayudasen a seguir investigando conceptos complejos y extremadamente difíciles, que van desde la filosofía y otros estudios de la condición humana, donde el cineasta italiano reflexiona sobre la soledad, la angustia, y la incomunicación de la pareja. Un film capital en la historia del cine que provocó e inspiró a otros grandes cineastas que llegaron después como Antonioni, Godard, Rivette, Rohmer, Wenders… y muchos más.

Los Castores, de Nicolás Molina y Antonio Luco

unnamedLA DESTRUCCIÓN DEL ENTORNO

Una plaga de castores está destruyendo el ecosistema hostil y agreste de Tierra del fuego, en la Patagonia chilena. Una pareja de biólogos y enamorados, Derek y Giorgia, son enviados a la zona con la misión de acabar con los castores y restaurar el entorno natural. El tándem de directores chilenos, Nicolás Molina (1985) y Antonio Luco (1986), nos introducen en una película que maneja varios géneros, desde la comedia más surrealista hasta el sentido del humor más cínico y grotesco, pasando por las películas de aventuras en entornos duros y complejos, deteniéndose en los films de terror con un look muy semejante a las que afloraron en los 70, incluso se atreven con la ciencia-ficción más terrenal y psicológica, muy alejada de la sofisticación edulcorada de algunas obras. Pero todo tiene un inicio, y para analizar con detenimiento el origen de la plaga hay que remontarse al año 1946, cuando unos lunáticos codiciosos de dólares, trajeron a la zona 25 parejas de castores con el único fin que se multiplicaran para vender sus pieles. Pero, el negocio no fructífero y los animales no fueron devueltos a su lugar de origen, invadiéndolo todo y adueñándose del lugar, principalmente a que no era su entorno natural y carecían del acecho de ningún depredador.

En la actualidad, destrozan el ecosistema talando árboles y construyendo represas para los suyos, provocando el desvío del cauce natural de los ríos y múltiples contaminaciones. Los realizadores sudamericanos, en poco más de una hora de metraje, se enfunden el traje de exploradores y sabuesos para localizar a estos animales y acabar con ellos. Una película que pone en cuestión diversos temas de extrema dificultad y complejidad, como el modus vivendi de los castores tan parecido al de los seres humanos, que destruye el entorno natural para su beneficio individual, que invade y contamina las zonas naturales sin estudiar detenidamente las desastrosas consecuencias que vendrán en el futuro, poniendo en cuestión la difícil convivencia del hombre con la naturaleza, incluso también, la idea de eliminarlos, no son animales con derechos que simplemente fueron sacados de su lugar para vivir en otro, que ahora han hecho suyo, y el tema de los gobiernos, que por tratarse de un lugar donde apenas existen recursos naturales que se puedan explotar económicamente, han provocado la desidia de los gobernantes. Temas y reflexiones que la película, utilizando un tono suave y tranquilo, aborda mostrando un tono serio y reflexivo, sin olvidarse de los puntos de humor que jalonan con buen criterio el relato. Cine serio pero con sentido del humor. Cine que nos muestra un problema difícil adoptando una forma pausada, que se detiene en todos los puntos de vista, los testimonios resultan muy contundentes esclarecedores, además de reflejar las necesarias y diferentes opiniones, y posturas de los habitantes del entorno.