La infiltrada, de Arantxa Echevarría

EL SILENCIO DE UNA MUJER. 

“Miedo es lo que estás sintiendo. Valentía es lo que estás haciendo”.

Emma Donoghue

Recuerdo la impresión que me supuso ver en el cine la película Días contados (1994), de Imanol Uribe. Aquel otoño de entonces, mi conocimiento sobre ETA era mínimo, por no decir nulo. Así que, el cine, como siempre, venía a rescatarme de mi ignorancia. Aquella historia fue durante mucho tiempo mi ventana a la realidad que se ocultaba detrás de atentados y asesinatos. Sabía que era una historia de ficción, salida de una novela de Juan Madrid, pero para mi significó un comienzo para saber algo más. Uribe había tratado el entorno ETA en otra de sus grandes obras La muerte de Mikel (1984), y más tarde, volvió con Lejos del mar (2015). Viendo La infiltrada, de Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968), he vuelto a las imágenes de Días contados, por su proximidad al tema, y también, por su acercamiento al género policíaco de aquí, es decir, un cine negro que hable de temas sociales y políticos, muy alejado de la convencionalidad en la que se ha instalado un género que calca las producciones hollywodiense de puro entretenimiento y muy blanditas.

La película surge de una idea de la productora María Luisa Gutiérrez para llevar a cabo la historia de Aranzazu Berrade, la policía de tan sólo 22 años que se infiltró durante 8 años en las entrañas de ETA, del que surge el guion que firman Amelia Mora, que ha sido guionista de la exitosa serie La unidad, y la propia directora que, aparentemente, parece que se ha embarcado en otro tipo de película, aunque en la realidad no lo es tanto, porque también estamos ante un drama social protagonizado por una mujer enfrentada a un enemigo muy fuerte, como sucedía en dos de sus anteriores largos como Carmen y Lola (2018) y Chinas (2023), situados en entornos íntimos, cercanos, invisibles y naturales. Eso sí, la realidad humana es evidente, aunque ha virado al género, en este caso, al mencionado policíaco, muy popular e interesante años atrás, casi desaparecido de nuestra cinematografía en años posteriores, salvo contadas excepciones como El arreglo, las citadas de Uribe, Fanny Pelopaja, la excepcional serie sobre Carvalho que protagonizó Poncela y dirigió Aristaraín, los de Garci y Urbizu, y las que tienen a ETA como epicentro, La voz de su amo, Todos estamos invitados y Lobo (2004), de Miguel Courtois, sobre Mikel Lejarza que se infiltró en la banda terrorista entre 1973 y 1965,  y alguna que otra película más. Así que estamos de enhorabuena porque La infiltrada es una gran policíaco, porque tiene a un ser anónimo y frágil enfrentado a un enemigo muy poderoso y sanguinario, y todo se filma con el mejor aroma de Melville como hacía en la espléndida Le samouraï, con un enorme Delon, donde se consigue una profunda e íntima atmósfera muy alejada de los estereotipos del género. 

La magnífica cinematografía de Javier Salmones, con casi 100 títulos en su carrera, al lado de grandes cineastas como Colomo, Fernán Gómez, Cuerda, Gonzalo Suárez, entre otros, consiguiendo capturar el plomizo y grisáceo de esos cielos del País Vasco, con esos encuadres agitados que escenifican con determinación todos los avatares emocionales de la protagonista Arantxa, acompañada de la excelente música de Fernando Velazquez, otro grande de nuestro cine, con más del centenar de títulos, que le ha llevado a trabajar con Bayona, Koldo Serra, Scherfig, Del Toro, Wenders, y muchos más, con una composición elegante, nada embellecedora, sino contándonos la interesante mezcla que hay en la historia, entre la invisibilidad de una joven cualquiera metida en la boca del lobo, y después, todos esos instantes de tensión  dificultad en la que se inmersa. Un montaje que, a priori, entrañaba muchos problemas, bien ejecutado por Vicky Lammers, que estaba en Patria, una serie con el tema de ETA como epicentro, donde nos conduce con maestría por el laberinto complejo por el que se mueve una mujer en soledad y sin ayuda, entregada a una labor en la pone su vida en peligro constantemente en sus asfixiantes dos horas de metraje. 

Como ocurría en los anteriores trabajos de la directora vasca, el reparto está muy bien escogido, porque transmiten, sin necesidad de estridencias ni de artimañas de otra índoles, todo el caudal emocional de unos personajes nada convencionales, como la extraordinaria Carolina Yuste, la actriz fetiche de Arantxa que, después de su espléndida interpretación de Conchita en Saben aquell, de David Trueba, del año pasado, vuelve a demostrar su enorme valía metiéndose en la piel de Arantxa, otro reto mayúsculo que la actriz pacense salda con una gran composición, dando vida a una mujer valiente con miedo, pero decidida en su trabajo, muy humana, mostrando su vulnerabilidad y su coraje, ahí es nada. Uno de esos personajes capitales del último cine español. Le acompañan un siempre convincente Luis Tosar, que hace de jefe de Arantxa, un actor que lo da todo desde la sencillez, metido en un tipo temido por los suyos y empecinado en demostrar que la policía es capaz de todo. Tenemos a los etarras. Por un lado, el joven idealista en la piel de Iñigo Gastesi, y el asesino despiadado con el rostro de Diego Anido, y los otros polis como Nausicaa Bonnín, Víctor Clavijo, y otros, que ayudan a darle la profundidad necesaria a la película, porque aunque el relato se centra en la mirada y el rostro de Yuste, los “otros” ayudan a relajar la trama. 

Nos alegramos que se haya producido una película como La infiltrada, de Arantxa Echevarría, porque habla de la organización terrorista ETA, que actúo durante sesenta años, y lo hace desde el rigor y la transparencia necesarias para comprender su complejidad, y no sólo eso, sino que lo hace desde una policía infiltrada en sus catatumbas, a partir de la cotidianidad de alguien que sacrificó su vida y su alma para ser una de ellos y así capturarlos. Además, de ser un convincente y estupendo policíaco que nos devuelve al mejor noir, aquel que era una radiografía del país, de sus gentes, de sus formas de ser, de su idiosincrasia, de su economía y de todo lo que no vemos, siendo muy fiel y a la vez, muy cinematográfico para retratar aquellos años noventa, en los que una mujer completamente desconocida para todos se volvió invisible y adquirió una nueva identidad para ser otra más de ETA. Por todo esto y mucho más, no se pierdan la película que ha construido con gran acierto Echevarría que, después de La infiltrada, y esto lo digo para sus haters, ha demostrado que es capaz de meterse en líos tan gordos como los de esta película, y sobre todo, salir con un contundente, ejemplar y fascinante noir que no dejará a nadie insatisfecho, y lo hace, es que no debería ver buen cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Péter Forgács

Entrevista al cineasta Péter Forgács, con motivo del ciclo del Centenari del cinema amateur de Catalunya, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el jueves 14 de marzo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Péter Forgács, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los destellos, de Pilar Palomero

LA TERNURA DEL CORAZÓN.  

“Hay tantas formas de amor como momentos en el tiempo”. 

Jane Austen

En Los destellos, tercer largometraje de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), no dista mucho de sus anteriores largometrajes. Tanto en Las niñas (2020), y en La maternal (2022), la historia se construía a través de la relación íntima, profunda y distante entre una hija y su madre, envueltas en un conflicto exterior que las acerca o aleja según las circunstancias. En la primera, la cosa iba de la educación cristiana de una niña en contraposición a los cambios del país en la España del 92, y en la segunda, el tema rondaba en un embarazo adolescente.  Si bien es cierto que, en esta última, a la relación de madre e hija, se le añade la cercanía de la muerte, a través de la enfermedad del padre y ex, respectivamente. La cineasta, de modo casi natural, ha ido añadiendo años a sus hijas, y ahora, estamos frente a una joven universitaria, manteniendo, eso sí, en las dos primeras, a madres solas, ya no en esta última, donde la madre tiene pareja y vive junta a ella. La historia nace del relato “Un corazón demasiado grande”, de Eider Rodríguez, donde se habla de cómo nos enfrentamos al hecho de la muerte, de su gestión y sobre todo, de ese eterno presente en el que vivimos. 

Como sucedía en sus anteriores trabajos, el relato naturalista y nada efectista cambia lo urbano para adentrarse en nuevo espacio, muy cercano a la directora, ya que es el pueblo de su familia, el Horta de Sant Joan, en Tarragona, en las Terres de l’Ebre y del Matarraña. Un rural que se aleja de lo primario para mostrar un espacio lleno de cotidianidad, de intimidad, con esa atmósfera tan cercana que se puede tocar, donde escuchamos respirar a los personajes, como si pudiéramos escuchar cada uno de sus latidos, cada una de sus emociones, en un equilibrado guion donde todo lo que vemos y escuchamos emana verdad, una verdad tranquila, nada impostada, ligera y reposada como cualquier día, donde la vida va pasando sin sobresaltos, o quizás, sin darnos cuenta, entretenidos a nuestros quehaceres cotidianos y nuestros futuros. Esa aparente tranquilidad se ve trastocada con las visitas de la hija, Madalen, que pasa los findes junto a su madre y visitando a su padre enfermo, Ramón, hasta que, la hija pide a su madre, Isabel, que visite a su padre y ex. Un hecho que reaviva el pasado, después de 15 años separados, donde volverán sentimientos que se creían superados y hará que el presente se convierta en sumamente trascendental. 

La delicada cinematografía de Daniela Cajías, que ya hizo la de Las niñas, y se coronó con la de Alcarràs (2022), de Carla Simón, se instala capturando con extrema sencillez la luz mediterránea, con sus contrastes y sus atardeceres, creando ese ambiente donde la vida y la cercanía de la muerte van creando esa luz viva, que nos deslumbra y también, nos ensombrece un poco, avivando todo ese interior complejo que está gestionando Isabel. La música de Vicente Ortíz Gimeno, del que conocemos sus trabajos en series como El día de mañana y La línea invisible, entre otras, huye de la sensiblería recurrente en este tipo de historias, para adentrarse en otros espacios, el de acompañar sin hostigar, el de estar sin entrometerse, el de estar callado sin interrumpir. El excelente montaje de Sofi Escudé, tercera película con Palomero, donde en sus 101 minutos de metraje se aleja de lo habitual para crear esa atmósfera donde cotidianidad y enfermedad se van dando la mano, como novios tímidos, y poco a poco, sin prisas ni agitaciones, se van acercando, acogiéndose y estando, acompañándose los unos a los otros, compartiendo el presente echando la vista al pasado que vivieron, que estuvieron, pero desde ese instante actual en que la vida parece detenerse e ir muy rápido, entre esas aristas donde se instala la película. 

El reparto de la película, magnífico bien escogido, con una Patricia López Arnaiz en el papel de Isabel, tan contenida como íntima, que traspasa la pantalla a partir de una naturalidad tan emocionante, muy bien acompañada por Antonio de la Torre como Ramón, que lleva con dignidad su enfermedad aunque se muestre distante al principio, también tendrá, como les ocurre a todos los personajes, un proceso que no le resultará fácil, con Julián López como Nacho, la pareja de Isabel, que va dejando sus personajes más cómicos para atreverse con tipos diferentes, más comedidos, en que prevalece la mirada y el gesto a la palabra. Finalmente, tenemos la presentación de Marina Guerola que hace el personaje de Madalen, otro grandísimo acierto de la directora zaragozana, como ya hiciese con Andrea Fandós en Las niñas, y con Carla Quílez en La maternal, otro gran rostro para el cine español, en una interpretación que ha sido todo un gran desafío para la actriz debutante, porque su personaje, que hace de puente entre sus padres, es una de esas composiciones que suponen todo un tránsito entre el pasado y presente, a través de dos seres que no se conocen, que son dos perfectos desconocidos, o quizás no tanto. 

Celebramos y aplaudimos una película como Los destellos, de Pilar Palomero que, además de convocarnos a una historia tan natural como real, nos conmueve con pequeños y leves detalles, sin caer en el manido relato de la compasión y la tristeza, sino en toda una lección de vida, del hecho de vivir, de enfrentarse a lo que somos, a lo que fuimos y lo que, quizás seremos, siempre desde el amor, el cuidado y el de mirarse en el alma del otro, o al menos, comprenderla y estar a su lado, porque en estos tiempo actuales donde las prisas y la acumulación de tareas se ha convertido en el sino de todos y todas, la película reivindica el tiempo detenido, olvidándonos un poco de nuestro ego, de nosotros y acercarnos a los otros. El tiempo para los otros como la mejor herramienta para conocernos y querernos, el hecho de estar, relajados y tranquilos observando un atardecer con una copa de vino o charlando sin más, como las mejores cosas que podemos hacer, olvidándonos de nuestras vidas mercantilizadas, y mirándonos en los demás, en sus cosas, ya sean la enfermedad, los recuerdos, los buenos y no tan buenos, así, sin más, sin nada que hacer, sólo compartiendo, un hecho que ya pocos hacen, sometidos a sus vidas y a sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Daniel Faraldo y Ramon Térmens

Entrevista a Daniel Faraldo y Ramon Térmens, intérprete y director de la película «Societat negra», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el martes 15 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Daniel Faraldo y Ramon Térmens, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marcos Zan y Chacha Huang

Entrevista a Marcos Zan y Chacha Huang, intérpretes de la película «Societat negra», de Ramon Térmens, en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el martes 15 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcos Zan y Chacha Huang, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Andreu Martín

Entrevista a Andreu Martín, autor de la novela homónima en la que se basa la película «Societat negra», de Ramon Térmens, en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el martes 15 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andreu Martín, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amal, de Jawad Rhalib

SOBRE LA TOLERANCIA.  

“Leed, haceos preguntas, desarrollad vuestro pensamiento crítico, y seréis libres”. 

Si recuerdan El joven Ahmed (2019), de Jean-Pierre y Luc Dardenne, en la que un chaval de 13 años tenía el dilema entre la pureza que le ha enseñado su imán o entregarse a las pasiones de la vida. Una dicotomía parecida a la que se enfrentan los alumnos de la clase de Amal, una profesora árabe de un instituto a las afueras de Bruselas. Con un guion muy bien construido que firman el trío David Lambert, cineasta y guionista de 9 meses, de Guillaume Senez, Chloé Leonil, que tiene en su haber películas como Un amor tranquilo, de Joachim Lafosse, y el propio director Jawad Rhalib (Marruecos, 1965), en el que a modo de thriller psicológico van desgranando una realidad muy actual en muchos institutos europeos: hijos de inmigrantes que viven entre la educación libre de los países occidentales enfrentada al radicalismo de muchos que usan la religión para manipular a los jóvenes. El relato huye del maniqueísmo y va generando unos conflictos muy complejos, en que los diferentes personajes, alumnos y profesores, se enfrentan a estos como pueden, detenidos en un mar de dudas, miedos y demás.  

De los 7 títulos que ha filmado Rhalib, 5 son documentales, donde ha mirado a las realidades sociales de su país, profundizando en temas como la desolación de muchos pescadores que ven cómo las multinacionales europeas saquean su modo de vida en Los condenados del mar (2008), la desesperanza de muchos jóvenes sin futuro en El canto de las tortugas (2013), la identidad musulmana y la expresión artística en When Arabs Danced (2018), entre otros. Con Amal, su segundo largometraje de ficción, coproducido por una grande como Geneviève Lemal, (con más de 200 títulos, entre los que destacan los citados Dardenne, Costa Gavras, Terence Davies, Ozon, Carax, Bonello, etc…), donde aborda como la citada profesora se enfrenta a un dilema complicado, enseñar valores humanos, de respeto y tolerancia a sus alumnos cuando estos acosan, amenazan y golpean a una compañera de clase que se declara homosexual, influenciados por islamistas radicales camuflados como hombres integrados en la comunidad. Una película sobre el miedo, sobre nuestros límites ante la violencia de los otros, ante no callarse cuando otros imponen una forma de vivir y de pensar. La película rastrea todos esos aspectos y lo hace de forma admirable, honesta y de verdad, sin caer en condescendencias ni nada que se le parezca, extrayendo todas las emociones de sus diferentes personajes en mitad de una situación muy oscura. 

La excelente cinematografía de la debutante Lisa Willame consigue atraparnos en ese pequeño microcosmos por el que se mueve la historia: las aulas del instituto y las calles del barrio, donde se instala la desconfianza, el miedo y la violencia. A través de asfixiantes y tensos encuadres, muy cercanos a los personajes, con el mejor aroma de los mencionados Dardenne, deudores del Neorrealismo italiano, cuando la cámara era un personaje más, es decir, un observador muy atento y no juzgante de la realidad que quería atrapar, siempre de forma reposada, austera y real, que fuese el propio espectador que extrajera sus propias conclusiones, interfiriendo lo más mínimo. Estamos ante una película cortante, que no da tregua, muy emocional que no sensiblera, y muy física, donde las situaciones van en un in crescendo endemoniado, sin concesiones, hacia el abismo. el montaje de Nicolas Rumpl, que tiene en su haber películas recientes como Un pequeño mundo, El caftán azul y Nuestro último baile, entre otras, es un ejercicio magnífico de tensión y solidez que nos coge desde el primer instante y no nos suelta hasta el final, generando esa paz tensa que somete a toda la historia, en sus 111 minutos de metraje. 

Una película de estas características debía tener una actriz a la altura de un personaje como Amal, una profesora vocacional, que no se amedrenta ante nada ni nadie, firme y trabajadora ante una educación que despierte el pensamiento crítico, que construya personas conscientes y no trabajadores sumisos. Una actriz como Lubna Azabal, que es el mejor vehículo para contarnos el relato, con su humanidad enfrentada a su miedo, las imperfecciones, que son muchas, de un sistema, y de esos otros, tan amables y simpáticos, que esconden la maldad personificada. Le acompañan Fabrizio Rongione como Nabil, ese otro maestro, más dado a otro tipo de educación, que lo enfrentará a Amal, y Catherine Salée, la directora del instituto, que se ve abrumada por todos los sucesos que caen sobre el centro. Y luego, un grupo de estupendos intérpretes debutantes escogidos en un arduo casting como Kenza Benbouchta que hace de Mounia, la golpeada por Ethelle Gonzalez-Lardued que es Jalila, entre otras. Amal, de Jawad Rhalib tiene el aroma de películas como Entre les murs (2008), del recientemente desaparecido Laurent Cantet, La ola (2008), de Dennis Hansel, o la reciente Sala de profesores, de Ilker Catac, buenas muestras de la importancia de una educación en valores humanos, respeto, igualdad, equidad y tolerancia. No es una tarea nada fácil, pero no imposible. Todo un reto mayúsculo para los profesionales de la enseñanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Montse Germán y David Arribas

Entrevista a Montse Germán y David Arribas, intérpretes de la película «Societat negra», de Ramon Térmens, en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el martes 15 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Germán y David Arribas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Great Absence, de Kei Chika-Ura

LA MEMORIA DE MI PADRE. 

“Después de deambular por tu ciudad natal todo el día sin ninguna esperanza de encontrarte, el joven solo podía mirar el mar, y sintió que… la vista que tenía delante era como tú”. 

La película se abre con un prólogo muy significativo. Vemos al protagonista, Takashi, un actor ensayando una obra de Ionesco. La ficción nos introduce en la historia, una ficción que vertebra la frágil memoria de Yohji, el padre de Takeshi, con el que ha tenido una nula relación cuando 20 años atrás se divorció de su madre. Transcurrido ese tiempo, Takeshi visita a su padre que ahora vive con Naomi, donde el abismo que les separa es muy evidente. Son dos extraños, la misma sensación cuando una llamada de teléfono informa al joven actor de la enfermedad de su padre, ahora volverá con la compañía de su mujer. La ficción sirve para llenar tantos espacios vacíos de la memoria de Yohji, y Takeshi, por su cuenta, investigará la verdad de toda esa “mentira”, averiguando lo ocurrido durante todos esos años de ausencia y sin saber la vida de su padre y su entorno, en un deambular entre pasado y presente en el que sabiamente se instala el relato.

El director Kei Chika-Ura (Japón, 1977), que ya había debutado en el largometraje con Complicity (2018), en la que seguía la vida de un trabajador chino en Japón comprando una identidad para mejorar las condiciones de su vida. En cierta forma, su segundo largo también habla de identidad, de inventarse una cuando la memoria falla, a partir de un guion que firman Keita Kumano y el propio director, que tiene cierto aroma del magnífico cómic El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, porque también habla de la relación de un hijo con su padre que hace años que no ve, y la reconstrucción de su vida en su ausencia. La historia se mueve entre el pasado y el presente, pero de forma sutil sin esas transiciones tan efectistas, sino con elegancia y sensibilidad, con ese tempo japonés, donde no hay enfatizaciones ni nada que se le parezca, con ese ritmo muy pausado en que la cámara apenas se mueve o permanece quieta, atenta y observando en silencio el no movimiento de los respectivos personajes y sus diálogos tranquilos y en calma, como si estuvieran susurrando. La memoria sirve como contrapunto en la relación de padre e hijo, en la no relación de tantos años alejados, y ahora, en este tiempo presente, el hijo tiene la necesidad de saber para quedarse tranquilo. 

La elegante y sofisticada cinematografía que firma un grande como Yutaka Yamasaki, habitual de inmejorables cineastas como Hirokazu Koreeda y Naomi Kawase, basada en la ejemplaridad del encuadre y una luz tenue, que parece acariciar cada rostro y cuerpo y cada espacio que vemos en la película, donde la cámara en 35 mm parece estar y no estar, con esa habilidad de mostrar situándose en una invisibilidad extraña, como si no estuviera. Un prodigio de la luz y el plano. Bien acompañada por la excelente composición del músico Koji Itoyama, que tenía un reto duro por delante, porque no debía acompañar demasiado tantas miradas, gestos y silencios que hay entre los personajes. El montaje que firma el director, seduce con lo mínimo, en una película de 133 minutos que, algunos espectadores les resultará difícil de seguir, porque el conflicto es mínimo, casi inexistente, porque la película se detiene en contarnos esos interiores ocultos de los personajes, y cómo gestionan el deterioro mental del padre y esa otra vida pasada y las circunstancias que la produjeron. En Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi, en que la película guarda similitudes, también proponía un viaje emocional al pasado, las emociones y la identidad. 

El cuarteto protagonista compone unos personajes nada sencillos, llenos de complejidad, con demasiadas heridas emocionales todavía sin curar. Tenemos a Takeshi, el hijo ausente de vuelta, que interpreta Mirai Moriyama, que le hemos visto en alguna de Naomi Kawase, que hilvana toda la historia con sus idas y venidas y su profunda investigación del pasado para entender, bien acompañado por Yoko Maki que hace de su mujer, que tiene en su haber películas con Shimizu, Koreeda y Miike, Hideko Hara es Naomi, la segunda mujer de Yohji, una mujer muy humana y silenciosa, que también tiene muchas respuestas para Takeshi, y finalmente, la presencia de Tatsuya Fuji en el papel de Yohji, un legendario intérprete japonés con más de 60 películas en más de 60 años de carrera, siendo el inolvidable protagonista de El imperio de los sentidos (1976) y El imperio de la pasión (1978), ambas de Nagisa Ôshima, amén de otras producciones, siendo el anciano profesor jubilado que ya no tiene memoria y se va inventando ficciones para todavía pertenecer a su mundo, que ya no es este. Quizás Great Absence no es una película fácil, pero si tienen la paciencia necesaria la podrán ver sin desinterés, porque explica emociones y conflictos sobre relaciones paternofiliales en un contexto como los problemas de memoria y lo más interesante, cómo gestionarlos de manera tranquila y en compañía y mucha comprensión. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Societat negra, de Ramon Térmens

LOS QUE PIERDEN SIEMPRE. 

“El infortunio, el aislamiento, el abandono y la pobreza son campos de batalla que tienen sus héroes”. 

Víctor Hugo 

De las siete películas que he visto de Ramon Térmens (Bellmunt de Segarra, 1974), todas están instaladas en el noir, en esos espacios que los turistas nunca visitan, habitados por seres marginados y aislados que viven de pequeños hurtos y sin esperanza, escabulléndose de una policía que los persigue y los somete a unas leyes injustas y deshumanizadas. El director lleidatà ha conseguido, a fuerza de mucho esfuerzo y talento, ir construyendo una filmografía muy a contracorriente, porque ha optado por el género negro clásico y atemporal a la vez, bastante desértico en la cinematografía de estos lares, barrido por un thriller muy al estilo de los nuevos códigos del Hollywood actual, llenos de historias empequeñecidas, de pocos personajes y la tarea simple de averiguar un entuerto, muy alejado de la crítica social, política y económica que siempre había caracterizado los grandes títulos del género. 

Térmens mira a los grandes del noir, y no sólo eso, sino que se nutre de historias locales y muy cercanas, dándoles un carácter humanista y nada maniqueo, a partir de historias muy entretenidas e interesantes, protagonizadas por seres perdidos, que deambulan por una sociedad excluyente, almas perdedoras pero no vencidas, donde lo ilegal llena la pantalla. Con Societad negra, basada en la novela homónima de Andreu Martín, sigue instalado en los ambientes de La mujer ilegal (2020), aunque la inmigración ilegal ha dejado paso a la comunidad china, a las mafias que controlan las mercaderías que llegan a Barcelona, y también, a aquellos otros, que viven como pueden en la mencionada ciudad. En la historia que mira a toda la invisibilidad de las ciudades, en este caso, la de Barcelona, pululan ladronzuelos de poca monta, gángsters chinos, policías amigas y una trama donde un robo hará saltar la mecha de unos individuos que, como suele ocurrir, en el género negro, no deberían haber cruzado sus caminos. Una trama escrita por Daniel Faraldo y el propio director, en el quinto guion que escriben juntos, muy desestructurada en torno al citado robo que estructura toda la trama, como hace la novela en la que se basa, llena de tensión, muy asfixiante y oscura que se desarrolla en apenas un mes. 

Como sucedía en La mujer ilegal, la cinematografía vuelve a ser clave en la película, firmada por Àlex Sans, del que nos entusiasmó su trabajo en El fred que crema (2022), de Santi Trullenque, de aquellos paisajes invernales ha pasado a las calles negruzcas de Barcelona, tan poco representadas en el cine, y unos espacios aislados vistos en tonos grisáceos, pesados y alejados de la estética convencional, con esos neones propios de los noir asiáticos, creando esos encuadres en los que la cámara se desliza por muchos lugares creando esa unidad en una película coral y cargada de ambientes. La excelente música de David Solar, que ya hizo lo propio en La mujer ilegal, consigue crear esas continuas sombras y reflejos que acompañan constantemente a unos personajes inquietos y vulnerables a medida que avanza la caleidoscópica trama. El estupendo montaje de Anna Térmens, cuatro títulos con el director, que se enfrentaba a una tarea nada sencilla, en una película que se va a los 136 minutos de metraje, bien contados y construidos con reposo, imponiendo una claridad esencial para que los espectadores no se líen con tanto lugar y personaje, además de una trama puzzle que se va contando con múltiples saltos tanto hacia delante como atrás. 

Como ocurría en sus anteriores trabajos, el reparto de Societad Negra está muy bien escogido, porque consigue una mezcla de intérpretes más conocidos con otros menos, pero que todos transmiten mucha naturalidad y cercanía, en una trama que se bebe mucho de lo clásico pero sin olvidar el lado humano y actual, arrancado por el trío chino de la película, con un Alberto Jo Lee grande en su personaje, una especie de líder de los invisibles, con su antagonista en la persona de Chacha Huang, una de esas femme fatale magníficas, con muchas sorpresas, y Marcos Zen, el hombre de negro que viene de China a arreglar los desaguisados, tan frío como malvado, el incombustible Daniel Faraldo, fiel cómplice de Térmens desde que rodasen Negro Buenos Aires (2009), metido en la piel de un pobre diablo metido a ladrón de poca monta, y David Arribas, el típico joven, poco esbailado de gran corazón, que pone los toques de humor que rebajan la tensión de la historia. Completan el reparto Montse Germán como una policía curtida en mil batallas, Adrian Pang es el jefe de la mafia china en Barcelona, María Galiana es la mamá de Faraldo, y Abel Folk, es el jefe de Montse, tan entregado como vendido.

Aplaudimos el coraje de una película como Societat negra que nos devuelve aquel cine policíaco tan popular que tuvo su apogeo en la Barcelona de los cincuenta con los Iquino, Coll y Rovira Beleta, Bosch y tantos otros, y luego otros grandes títulos en los ochenta con Fanny Pelopaja (1984), de Vicente Aranda, también basada en una novela de Andreu Martín, la serie La aventuras de Pepe Carvalho (1986), de Adolfo Aristaraín, y más actuales, como las grandes películas de Enrique Urbizu y más, que han visto en el policíaco, que emulaba a los clásicos de Hollywood, unas ventanas para hablar de la sociedad, de la política y de esos grandes olvidados de las ciudades, los que nunca tienen suerte, o si la tienen, siempre acaban en líos tremendos, como esos tipos que salen en las películas de Huston, que no andan muy lejos los que se mueven por Societat negra, unos pobres individuos, tan derrotados como invisibles, que encuentran en un robo a las tríadas una vía de escape para saldar sus vidas y su futuro, o algo que se le parezca, sin pensar en las terribles consecuencias, o quizás, si las saben, pero como no tienen nada y nada que perder, se lanzan a esa empresa que tiene pocas oportunidades, pero no tiene  otra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA