Entrevista a Montse Alcoverro y Enrique del Pozo

Entrevista a Montse Alcoverro y Enrique del Pozo, intérpretes de la película «El cas Àngelus. La fascinació de Dalí», de Joan Frank Charansonnet, en el hall de los Mooby Cinemas Bosque, el viernes 15 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Alcoverro y Enrique del Pozo, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Stéphane Demoustier

Entrevista a Stépane Demoustier, director de la película «Borgo», en la terraza del Instituto Francés en Barcelona, el martes 19 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Stéphane Demoustier, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Philipp Engel por su gran labor como intérprete, y a Stefania Piras de Festival Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las chicas de la estación, de Juana Macías

LAS NIÑAS NO QUERIDAS. 

“El llanto es, a veces, el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras”. 

Concepción Arenal 

En septiembre pasado se estrenaba el film Noemí dice que si (2022), de Geneviève Albert, de nacionalidad canadiense, que denunciaba como las menores tuteladas se veían abocadas a la indefensión y la prostitución como vía de escape. En Las chicas de la estación, de Juana Macías (Madrid, 1971), se cuenta una historia parecida, también basada en un hecho real, en la que tres chicas usan la prostitución para ganarse unos euros y salir un poco del centro de menores y de unos padres y madres que no los quieren. Las dos películas se mueven en terrenos fangosos, mostrando, sin caer en sensiblerías y racanería estética, una realidad dura, áspera y nada humana, donde las mencionadas jóvenes se mueven en el filo de la navaja, donde todo está en venta, incluso sus abandonadas vidas. Unas existencias difíciles, sin futuro o con muy poco, meras sombras de vidas, de aquí para allá, muy agitadas e inquietas, que transitan entre la poca tutela de los centros y la calle, como vida y muerte, es decir, un lugar donde conocerán el lado oscuro de las personas y sus actividades delictivas. 

De Macías conocíamos su gran ópera prima Planes para mañana (2010), para después dirigir películas industriales con vocación comercial como Embarazados (2016), Bajo el mismo techo (2019), Fuimos canciones  (2021) y El favor (2023). Este año ha vuelto al cine de autor y más personal que estructuraban su debut como la serie Las abogadas y Las chicas de la estación, a partir de un guion con Isa Sánchez, que ha trabajado en series tan exitosas como El ministerio del tiempo, Malaka, y películas de Enrique García, donde a través de las miradas y las no vidas de las tres protagonistas: Jara, Alex y Miranda, vamos conociendo sus cotidianidades, sus sueños e ilusiones, y también, sus zonas oscuras, tristes y malas, incluyendo unas voces interiores muy presentes que acorta mucho la empatía con estas vidas tan maltrechas, con una cámara que las sigue, las traspasa y es una parte corporal de ellas, en un gran trabajo de cinematografía de Guillermo Sempere, que ha trabajado en 2 cortos y 3 largos con Macías, imponiendo ese aroma de inmediatez y velocidad de crucero en el que viven las tres protagonistas. Otro cómplice como Maria Macías, se encarga del vertiginoso montaje que captura con acierto y naturalidad todo ese enjambre de movimientos, texturas y colores que se mueven por una trama que se va a casi las dos horas de metraje. Al igual que la música de Isabel Royán, que ayuda a conectarse, con cero enfatizaciones, con los altibajos emocionales que pasan por estas tres niñas. 

Si la parte técnica gestiona de forma creíble lo que cuenta la película, la parte interpretativa resulta magnífica, porque es un grandísimo acierto haber escogido a tres debutantes para encarnar a las tres protagonistas. Tenemos a Julieta Tobio como Jara, Salua Hadra como Alex y María Steelman como Miranda que, al igual que Kelly Depeault y Emi Chicoine, protagonistas de Noemí dice que si, transmiten toda la fuerza y vulnerabilidad de sus personajes. Las tres son la película. Las tres transmiten verdad, la que traspasa y emociona. Sus vidas son nuestras vidas, con la citada cámara que las acompaña en sus respectivos viajes a la tristeza, a la soledad y el desamparo. Tres mujeres que solo se tienen a ellas mismas, y eso lo es todo, con la omnipresente música y bailes como herramientas donde transmiten lo que no se puede con palabras. Bien acompañadas por los adultos Elena Gallardo, Xóan Fórneas, Daniel Mantero, Saida Santana, Pepo Llopis y Arantxa Aranguren, entre otros. Un grupo de intérpretes que captan muy bien el espíritu de la película, con todos los detalles y matices, destilando esa verdad que mencionamos con anterioridad, elemento crucial porque si no la película no sería auténtica y mucho menos caería en el panfleto y no en la denuncia que pretende. La trama nos cuenta una verdad demasiado real, pero no por eso va a caer en estereotipos ni lugares comunes, sino en transmitir esa desazón de soledad y callejón sin salida en el que se encuentran las niñas.  

Una película como Las chicas de la estación no es una película agradable ni mucho menos, pero tampoco es una película desesperanzadora, porque aunque la historia que nos cuenta y su trama sean duras, ásperas y muy oscuras, con una atmósfera parecida a la que había en Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en el mundo del cine de adultos. Aunque se mueva por esos espacios sin vida, donde los adultos se aprovechan sexualmente de los niños y niñas, la película denuncia y cuenta esas oscuridades de la condición humana, pero lo hace para que el respetable lo sepa y lanzar un grito de auxilio para que estas cosas no sucedan, o que pasen menos, o quizás, es mucho pedir, pero, entre otras cosas, el cine sirve para contar verdades, o al menos, explicarlas con la mayor verdad posible, y la película de Macías lo hace y no duda en mostrar una realidad demasiado cercana, demasiado pública, que la mayoría ha decidio no mirarla o simplemente, hacerse el despistada, sea como fuere, el cine hace bueno en explicarlas y explicarlas así, con verdad, con intimidad y sin condescendencia, y siendo fiel a sus personajes, sus verdades y todo lo que le rodea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Borgo, de Stéphane Demoustier

LA FUNCIONARIA DE PRISIONES. 

“Todos tienen buenas y malas fuerzas trabajando con ellos, contra ellos y dentro de ellos”. 

Suzy Kassem

A partir de la familia y un hecho concreto que tensiona toda esa aparente tranquilidad, se construye el cine de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), ya lo vimos en sus dos primeras películas Terre battue (2014) y Allons enfants (2018), pero sobre todo en La chica del brazalete (2019), donde la acusación de asesinato de una hija de 16 años, a los que sus padres creen fielmente, desencadenará, a medida que avanza el juicio, en la sombra de la duda. En Borgo, basada en un hecho real como sucedía con La chica del brazalete, conocemos a Melissa que acaba de instalarse en Córcega con su marido e hijos para empezar una nueva vida alejada del mundanal ruido de la capital parisina. En su trabajo como funcionaria de prisiones se relaciona de forma estrecha con algunos reclusos, sobre todo con el joven Saveriu, situación que le comporta introducirse en un terreno muy pantanoso. El tono y la atmósfera de la trama, muy alejada de lo oscuro y grisáceo del género noir, se compone de mucha luz, naturalidad y cercanía, para acentuar la idea de la trabajadora corriente que se va metiendo en un mundo demasiado bestia para ella. 

A partir de un guion del propio director en colaboración con Pacal-Pierre Garbarini, con el que ya coescribió la citada La chica del brazalete, la cámara se posa en la mirada y actitudes de la mencionada Melissa, un joven treintañera, con dificultades económicas, su marido no trabaja, y además, envuelta en una prisión muy diferente a las que ha trabajado, con un régimen muy abierto para los presos, donde hay camaradería y buen trato con los funcionarios, sin olvidar la idiosincrasia de un lugar como Córcega, vital para la película, como también lo era en Regreso a Córcega, de Catherine Corsini, que vimos hace pocos meses, donde las cosas en la isla funcionan muy distintas a Francia. Todos estos elementos están divididos en dos frentes para Melissa, si bien, en su buena parte de la historia, estamos ante una película muy carcelaria, que vive de grandes títulos que nos vienen a la mente, en cierto momento, la película vira y mucho, al thriller psicológico, donde la fina línea que separa entre el deber y la necesidad, articula completamente el relato, llevándolo a una película donde la construcción es fundamental, porque los dos ejes principales de la película irán convergiendo de forma intensa y muy áspera, generando unas buenas dosis de suspense. 

La excelente cinematografía de David Chambille, que trabajó con el director en la serie L’Opéra (2021), antepone la intimidad y lo naturalista ante lo convencional del noir, donde abunda la luz diaria y los espacios cotidianos, donde no se incurre en los manidos tan recurrentes en este tipo de films. La magnífica música de Philippe Sarde, un grande entre los grandes, con un sinfín de trabajos, ayuda a conducirnos por una trama donde se evidencia lo fácil que resulta convertirse en alguien muy ajeno a ti mismo debido a las circunstancias y la necesidad individual, donde se tienen interpretaciones muy diferentes el significado de ayudar o de la amistad. El trabajado montaje de Damien Maestraggi, que ha trabajado en tres de las cuatro películas de Demoustier, amén de un cortometraje, y otros títulos tan importantes como La batalla de Solférino (2013), de Justine Triet, y Nuestras madres de César Díaz (2019), entre otras. Su edición es un gran trabajo de precisión y concisión, porque lo social y lo noir están muy bien mezclados, y las dos tramas, la de Melissa y la de la investigación están muy bien explicadas y generan la tensión y la asfixia necesarias en sus inolvidables 117 minutos de película. 

Si hablamos de grandes aciertos de la cinta, el que más relevancia tiene es, sin lugar a ningún tipo de duda, la elección de Afasia Herzi en el papel principal de Melissa, porque sabe transmitir, sin imposturas ni sensiblerías, todas las emociones, dudas e inseguridades de un personaje transparente y cotidiano, en alguien que no llama la atención, en alguien que ve una oportunidad sin pensar en las consecuencias, o quizás, pensando en ellas pero no viendo la temeridad. Le acompañan Moussa Mansaly como el marido, Michel Fau como un peculiar comisario, que hemos visto en películas de Ozon, Techiné y Dupontel, entre otros, y luego, otros intérpretes naturales que dan la profundidad necesaria para hacer creíble la historia. No se pierdan Borgo, de Stéphane Demoustier, porque tiene trazas del mejor cine social, el noir más humano, lo carcelario, tan diferente como bien contado, y sobre todo, tiene una trama que no les dejará indiferente, ya que nos cuenta la experiencia de alguien que podríamos ser uno de nosotros/as, porque, en algún momento de nuestras existencias, quizás nos veamos expuestos a hacer algo que va en contra de nuestros valores pero, por el contrario, nos reportaría una solución a nuestros conflictos. Un dilema difícil de manejar, y si no que pregunten a Melissa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Júlia Creus y Ricard Balada

Entrevista a Júlia Creus y Ricard Balada, intérpretes de la película «El cas Àngelus. La fascinació de Dalí», de Joan Frank Charansonnet, en el hall de los Mooby Cinemas Bosque, el viernes 15 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Júlia Creus y Ricard Balada, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet

DALÍ Y EL ENIGMA DEL ÁNGELUS. 

“En junio de 1932 se presenta de súbito en mi espíritu, sin ningún recuerdo próximo ni asociación consciente que permitan una explicación inmediata, la imagen del ángelus de Millet (…) se convierte para mi de súbito en la obra pictórica más turbadora, más enigmática, la más rica en pensamientos inconscientes que jamás ha existido”. 

Salvador Dalí 

En un instante de Viridiana (1961), de Luis Buñuel, se escenificaba “El Ángelus”, de Jean F. Millet (1857-1859). Desde el mismo gesto y planteamiento nace la película El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet (La Vall de Santa Creu, Port  de la Selva, 1971), arrancando desde el cesto de manzanas y poco a poco ir abriendo hasta encuadrar la pintura. Porque el séptimo largometraje de Charansonnet, el quinto en solitario, se ve envuelto en la fascinación que sentía Salvador Dalí (1904-1989), en pos de ese cuadro. Un lienzo que desde que lo miró por primera vez en los años treinta, lo siguió toda su vida, estudiando a fondo y encontrando sus enigmas. 

El director gerundense, a partir de un guion junto a Alba López, con la que ya coescribió su anterior film Terra de telers (2020), nos sitúa en los años sesenta, más concretamente en 1963, cuando un día cualquiera en la vida de Dalí y su eterna Gala, van a pasar el día en la casa del Sr. Roig para celebrar el aniversario de éste. La misma jornada en que Dalí recibe la visita de un periodista al que le contará su relación con el cuadro de Millet. Un presente continuo anclado en un día, con los evidentes flashbacks para ir conociendo algunos momentos de la relación del famoso pintor y el cuadro en cuestión. La nueva película de Charansonnet abre una nueva etapa en el cine del director porque añade algunos elementos técnicos que ayudan a que la película tenga el empaque necesario para no sólo meternos de lleno en el universo daliniano, sino que consigue una interesante mezcla entre la vida más cotidiana, con todos esos personajes de reparto que amplían y dan profundidad a la trama,  y ese otro espacio donde la fabulación, a modo de cinta noir, nos embarca el testimonio-relato del pintor. No obstante, después de la escenificación de la citada pintura, el relato se inicia con Dalí reflejado en un espejo y entra Gala para reflejarse también. La idea de vida y ficción mezcladas, donde los reflejos y ficciones se fusionan. 

La parte técnica de la cinta está muy cuidada empezando por la excelente cinematografía de Ona Isart, de la que vimos su trabajo en Y todos arderán, en su gran concepción en el encuadre y la luz, capturando toda la naturalidad posibles, y las enigmáticas secuencias en un poderoso blanco y negro que tienen los mencionados flashbacks. En el apartado musical, Charansonnet vuelve a contar con Marcus Jgr, que trabajó en tres películas con el desaparecido Agustí Villaronga, y ya estuvo en la citada Terra de telers, donde consigue una extraordinaria banda sonora donde capta a la perfección todos los aspectos visibles e invisibles que encierran en la película. El montaje de Rubén Vilchez, que ya ha trabajado con el director en diversos apartados como codirección y sonido, se cierra en sus formidables 87 minutos encajando todo el viaje y la historia que nos va relatando Dalí, con sus tres décadas de vida y arte, mezclando con acierto la historia, la vida, y sobre todo, la intimidad y lo más personal del genio y su entorno. Mención especial tienen el resto de apartados como el sonido con Marçal Cruz, con mucha experiencia en series, amén de los Marcus Jgr y Vilchez, el vestuario, la caracterización, y los espacios naturales donde se ha rodado.

Como sucedió en Pàtria (2017) y en la citada Terra de telers, el director catalán-francés vuelve a contar con un extenso reparto que arranca con él mismo haciendo uno de los papeles de su vida, expresando toda la fortaleza y vulnerabilidad de Dalí, hemos visto a muchos Dalí en el cine pero éste nos ha gustado mucho por todos los matices, con esas constantes performances e intimidad que desprende el personaje, que se aleja de la caricatura y se adentra en su carácter más cercana y personal. Le acompañan una magnífica Montse Alcoverro haciendo de Gala, Ricard Balada y Esther Nubiola son los Dalí y Gala jóvenes, y luego están la troupe Charansonnet, es decir, todos los intérpretes cómplices que le van acompañando en sus aventuras como Miquel Sitjar, Eduard Alejandre, Ramón Godino, Montse Ribadellas y Jaume Najarro, entre otros, y los “fichajes”, Josep Massotkleiner, Enrique del Pozo, Núria Hosta, Silvia Sabaté, Júlia Creus, y algunos más. Un reparto que da lo mejor de sí en unos personajes tan naturales y tan cercanos, contribuyendo a la mezcla de noir, comedia costumbrista y drama que van decorando toda la trama. 

Quizás han visto mucha veces al Dalí de verdad y de ficción, y luego todo el material que existe y existirá alrededor de su figura, incluso puede que conozcan las películas, pocas eso sí, que existen sobre su vida, pero déjenme decirles que El cas Àngelus. La fascinació de Dalí, de Joan Frank Charansonnet es una película que, a pesar de su modestia, no se lanza a embellecer ni a la sensiblería, sino a todo lo contrario, y lo hace desde lo íntimo y personal, mostrando a un Dalí muy pocas veces visto, ya sea en la realidad y la ficción, un Dalí de verdad, de emociones, un Dalí abriéndose en canal y recreando su relación con el cuadro de Millet, con sus alegrías y tristezas, sus miedos y valentías, sus aciertos y errores y sus momentos duros de su vida hasta los sesenta. La película se aleja del biopic al uso, porque no quiere aglutinar toda una vida, sino un momento que resignificó toda la vida del artista, ese momento en que la belleza del arte y la vida más terrenal se cruzan y ocultan algo misterioso, algo invisible y Dalí, perplejo y fascinado por ese momento, comenzó una investigación hasta dar con lo que se escondía, porque él sabía que algo había detrás, al igual que hace la película, descubrimos la parte de atrás, la que no se ve, la que se oculta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jean-Gabriel Péirot

Entrevista a Jean-Gabriel Péirot, director de la película «Regreso a Reims», en el marco de L’arxiu subterrani. Found footage. Centenari del cinema amateur a Catalunya, en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Gabriel Péirot, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Rafael Dalmau, por su gran labor como intérprete, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Góndola, de Veit Helmer

EL AMOR EN LAS ALTURAS. 

“Soy humorista porque miro al mundo con sentido crítico, pero con amor”. 

Jacques Tati 

Durante sus tres primeras décadas de vida el cine fue privado del sonido, y como consecuencia del diálogo. Esto provocó que el cinematógrafo usase la expresión del intérprete y el decorado como herramientas de comunicación muy expresivas. Con la llegada del sonoro, el cine hablado dejó en segundo plano los elementos de expresión citados para prevalecer el diálogo que, con el tiempo, se impuso a los otros aspectos, dejando huérfano el cine de su esencia. De vez en cuando, algunos cineastas miran al pasado y recogen todo aquel legado de los pioneros y consiguen devolver al cine su magia y su expresión auténtica, aquella que no necesitaba diálogos para contar cualquier historia. Quizás el maestro de maestros sea Jacques Tati (1907-1982), el cineasta que mejor ha recogido todo esto de lo que estoy mencionando. El director francés y su eterno alter ego Monsieur Hulot, un tipo que, sin palabras, definió como nadie el hombre enfrentándose a la maquinaria autodestructiva del progreso y la estúpida velocidad de la modernidad en pos a lo humano en la inolvidable Playtime (1967). 

El cine de Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), se mueve a partir de sencillas e íntimas historias protagonizadas por personas corrientes, de vidas anodinas y comunes que, sin pretenderlo, van descubriendo las alegrías y tristezas de la vida, a partir de atmósferas que nacen de la fábula y el cuento, siempre sin diálogos, favoreciendo enormemente la expresión del intérprete, la imagen, el color y el decorado, donde emergen lugares rurales con encanto y casi imperceptibles, donde el sonido y la música, elementos capitales en su cine, van estructurando cada detalle y gesto. De sus 8 largometrajes desde que debutó con Tuvalu (1999), otros como Absurdistan (2008), y The Bra (2018), maravillosa historia de amor de un conductor de tren de mercancías que busca a la propietaria de un sujetador que ha encontrado protagonizada por una maravillosa Paz Vega, en la que sale Denis Lavant que ha trabajado en dos de sus películas. En Góndola, nos sitúa en las inhóspitas montañas del Valle de Adjara en el sudoeste de Georgia, en el teleférico que une un remoto pueblo con la ciudad, donde Nino, una chica trabaja como cobradora y aguanta al antipático y dictador jefe. Un día, llega Iva que cobrará el otro teleférico, que se junta con el otro en mitad del recorrido cada 30 minutos. 

Con una concisa y detallada cinematografía de Goga Devdariani, donde a partir de una rica gama de colores y texturas, va componiendo desde el color y los encuadres todo el relato, como la excelente música del dúo Malcolm Arison (que ya trabajó con el director en Quatsch un die Nasenbärbande de 2014), y Sóley Stefánsdóttir, que recuerda a aquella maravilla que hizo Carlos D’Alessio para Delicatessen (1991), de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, con la que guarda muchas similitudes de tono y demás. El conciso y reposado montaje de Mortiz Geiser, con sus breves 78 minutos de metraje, donde todo fluye sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino contando esa poética y sensible love story desde la más absoluta cotidianidad y sencillez. La fantástica pareja de actrices compuesta por la georgiana Nino Soselia como Nino, la mujer que sueña con ser azafata de una gran compañía de aviones, y la “nueva” que hace la francesa Mathilde Irrmann como Iva, la recién llegada que, entre viajes de ida y vuelta, va conociendo a Nino, riéndose y jugando a la vida y a al amor, y relacionándose con los “otros”, los pocos pasajeros como una pareja de niños que también juegan al amor, una madura y viuda huraña y un vaquero, un discapacitado con permiso para soñar y demás pasajeros. 

Si recuerdan al ex payaso Louison y a la triste y apocada Julie Clapet y cómo se conocieron, también en las alturas y a partir de la música, en la mencionada Delicatessen, les encantará el relato que nos cuenta Góndola, de Veit Helmer, porque demuestra que hay películas que no necesitan de los diálogos para emocionarnos y transportarnos a aquella magia que tenía el cine, y de tanto en tanto, vuelve a brotar frente a nosotros. Porque el cine después de 129 años de vida todavía tiene la capacidad de seducirnos con lo más básico y tangible, eso sí, acertando en las dosis adecuadas para que toda esa intimidad se convierta en algo mágico, ya sea en el lugar más remoto y tranquilo del mundo, en esos sitios donde no es pase nada, es que nunca pasa absolutamente nada, y si pasa, casi nadie lo percibe porque ocurre muy desapercibido, en Góndola se detienen en esos personajes que pasaban por ahí, en un teleférico que va y viene, como la vida, como el amor, como los habitantes de este pueblo sin nombre en un lugar que quizás, no aparece en los mapas, o de pasada, pero que también ocurre la vida y todas sus consecuencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Querer, de Alauda Ruiz de Azúa

MIREN Y SU FAMILIA.  

“Las mujeres, primero que nada, queremos vivir sin miedo”. 

Isabel Allende

Después de cinco cortometrajes, la primera película de Alauda Ruiz de Azúa (Barakaldo, 1978), Cinco lobitos (2022), el relato sobre una madre primeriza y sus dificultades para afrontar la maternidad y su relación con sus padres, en especial, con su madre, significó una de las películas del año, llevándose el reconocimiento del público y de la crítica. Después vino Eres tú (2023), vehículo convencional de enredo romántico financiado por Netflix. Ahora, nos llega su próximo trabajo, Querer, una miniserie de 4 episodios, encabezado por las productoras Kowalski Films y Feelgood Media, que tiene en su haber películas de Fernando Franco, Handia, Akelarre, Maixabel y la reciente soy Nevenka, ambas de Icíar Bollaín, y Movistar+, con Susana Herreras y Fran Araújo a la cabeza, que han apostado por unas series de calidad que, principalmente, despachan unos cuantos episodios que empiezan y finalizan como si se tratase de un largometraje como por ejemplo, La zonaMatar al padre, Libertad, La fortuna, Arde Madrid, El día de mañana, Apagón, entre otras. Así que vamos a tratar a Querer como lo que es, una película de 200 minutos. 

La directora vizcaína se ha acompañado de Eduard Sola, brillante guionista ahora en boga por las recientes Casa en flames y La virgen roja, y de Júlia de Paz, que ya nos deslumbró por su impactante debut en solitario en el largo con Ama (2021), para construir una historia donde una mujer Miren Torres, después de 30 años de matrimonio, deja a su marido, Iñigo Gorosmendi, pide el divorcio y denuncia a su esposo por violación continuada, dejando en shock a todos, incluidos sus dos hijos, Aitor y Jon. La trama siempre en presente continuo, en el aquí y ahora, sitúa primero a la madre y después a los demás actores del suceso, bailando entre los cuatro puntos de vista, tan diferentes como extraños, en los que están la madre, por un lado, y el padre, por el otro, y los dos hijos: Aitor, el mayor, que opta por creer la versión paterna, y Jon, el menor, que mantiene sus dudas, se acerca más a la madre. Como ocurría en la citada Cinco lobitos, Ruiz de Azúa, vuelve a diseccionar la familia, a partir de un hecho concreto, si en aquella era la maternidad de la hija, aquí es la decisión de separarse de la madre. En ambos casos, la decisión provoca un distanciamiento o lo contrario, entre sus miembros. Al no haber flashbacks ni nada explicativo de las causas, la película nos da a los espectadores la maza de juez y a modo de investigación, siempre en el presente, debemos ir dilucidando a qué personajes creemos más o menos, o nada. 

El cielo gris y plomizo de Bilbao ayuda a dotar de una gran atmósfera, casi fantasmagórica, donde prevalecen los planos cerrados y recogidos de los personajes, es una maravilla formal todo su arranque, parece que estemos asistiendo a una película de terror, con la agitación y la tensión de la huida de Miren, en un magnífico trabajo del cinematógrafo Sergi Gallardo, que ya había trabajo con la directora en el corto Nena (2014) y en la mencionada Eres tú. La excelente música de Fernando Velazquez, con más de 100 títulos en su carrera, que vuelve a trabajar con la directora bilbaína después de los cortos Dicen (2011) y Nena (2014), componiendo una música que encaja perfectamente a las imágenes, generando todos esos matices y detalles de los altibajos emocionales de unos personajes nórdicos que todo se lo guardan, que nada expresan, y eso se alarga a la contención de todos los aspectos del relato, como el estupendo trabajo de montaje de Andrés Gil, tres cortos con Alauda, amén de la citada Cinco lobitos, que mantiene ese ritmo cadencioso, sin sobresaltos ni desajustes, donde van sucediendo los 200 minutos de metraje, encajando todo el tiempo que va transcurriendo y, a golpe seco, sin enfatizar ni sentimentalismos, a lo crudo que, en algunos momentos, nos recuerda al cine de Lumet y Chabrol en su forma y ritmo,  construyendo esas ricas idas y venidas entre los personajes. 

Tal y cómo ocurría con el cuarteto protagonista de Cinco lobitos, la cineasta vasca ya dio muestras de su buen hacer en la elección del reparto, y en Querer vuelve a hacer gala de su buen trabajo en juntar a los cuatro, otra vez cuatro, integrantes de la familia Gorosmendi Torres. Tenemos a una extraordinario Nagore Aranburu como Miren, que bien interpreta sin decir nada, con esa mirada y esos gestos, su forma de caminar, de esperar, de mirar entre los barrotes, que no es baladí, de ser y sentir un personaje complejo y nada fácil, que pasa por todos los estados emocionales habidos y por haber. Una actriz en uno de sus mejores papeles desde que, un servidor la descubriera en aquella maravilla que fue Loreak, hace una década, de Jon Garaño y José María Goenaga. Su Miren es una de esas composiciones que deberían estudiarse en cualquier escuela de interpretación, porque está presente en toda la película, incluso cuando no sale. Le acompañan un brutal Pedro Casablanc, ejerciendo ese rol de marido y padre protector, enormemente narcisista y victimista, un tipo odioso sin usar la violencia física, pero sí usando otro tipo de violencia, la psicológica y la que deja más huella, la que no se te va. Y los dos hijos, que son como Rómulo y Remo, tan diferentes como distantes. Tenemos a Aitor que hace con convicción y naturalidad Miguel Bernardeua, que ha heredado mucha de las conductas agresivas del progenitor, y por el otro, Jon que hace el joven actor Iván Pellicer, más cercano a la madre, a sus silencios, angustias y huida. Mención especial tienen los respectivos abogados que interpretan con veracidad y aplomo  Loreto Mauleón y Miguel Garcés. 

Si tienen ocasión, no se pierdan Querer y sus cuatro episodios: Querer, Mentir, Juzgar y Perder. Porque nos habla de los límites del consentimiento dentro del matrimonio, de todos sus aspectos y matices, a partir de una mujer que se ha sentido durante treinta años abusada, intimidada y golpeada sin haber recibido una hostia física, porque emocionales las ha recibido de todos los colores. Es también una película que habla sobre el miedo, de todos sus elementos y texturas, del fingimiento como herramienta no ya para vivir, sino para sobrevivir, de esas angustia y asfixia de sufrir diariamente la ira y la vejación de alguien que te somete, te anula y te menosprecia continuamente, de alguien que no cree hacer daño, y eso es lo peor, de alguien que en su entorno no es visto como un maltratador. A todo eso y más se enfrenta Miren Torres, una mujer de unos cincuenta años que, después de años anulada e invisibilizada por su marido y en su propia casa, habla y dice basta y abre su ventana, y denuncia a Iñigo Gorosmendi, el hombre que aparentemente la quería y padre de sus dos hijos. Querer es de las pocas películas que pone el foco en el consentimiento en el matrimonio, el que se sufre en silencio, con miedo y sola. Celebramos el nuevo trabajo de Alauda Ruiz de Azúa, y estaremos especial atentos a sus nuevos trabajos y seguiremos viendo y recomendando este, por todo lo que cuenta y sobre todo, cómo lo cuenta, como si fuese uno de esos thrillers psicológicos tan buenos que hacían los mencionados Lumet, Chabrol y algunos otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La habitación de al lado, de Pedro Almodóvar

EL ÚLTIMO VIAJE.  

“(…) Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”. 

De la película “The Dead” (1987), de John Huston 

El largometraje número 23 de la filmografía de Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), es una película diferente a todas las que ha hecho. Es la primera vez que rueda un largo en inglés, ya lo había hecho con un par de mediometrajes The Human Voice (2020) y Strange Way of Life (2023). Vuelve a basar su guion en una novela, la cuarta vez que lo hace, en este caso ha sido “Cuál es tu tormento”, de la escritora estadounidense Sigrid Nunez. Deja su Madrid eterno, como hiciese en Todo sobre mi madre (1999), para trasladar la acción a New York. Y finalmente, como dato más significativo, el tema va sobre la muerte y el hecho de despedirse de los allegados, aunque ya había tocado la muerte y la enfermedad, en por ejemplo Dolor y gloria (2019), en este todo gira en torno a esos dos aspectos. 

La trama de La habitación de al lado (en el original, The Room Next Door), tiene su génesis en Ricas y famosas (1981), de George Cukor, a la que el cineasta manchego ya homenajea en el cierre de La flor de mi secreto (1995), con esas dos mujeres que se conocen en el New York de los ochenta trabajando para un magazine, Ingrid, ahora convertido en autora de novelas de autoficción y Martha, que fue reportera de guerra. Cuatro décadas se reencuentran, la una, presentando una nueva exitosa novela, y la otra, enferma terminal de cáncer. A pesar de los años transcurridos y las diferencias que hay entre ellas, entablan una amistad de nuevo. Martha le pide que le acompañe a una casa alejada del mundanal ruido porque ha decidido morir y necesita tener a alguien en la habitación de al lado. Bajo esta premisa, sencilla y directa, a la vez que compleja y crucial, Ingrid la acompaña, y es entonces cuando la historia se encierra en las cuatro paredes de esa casa entre árboles, perdida en un bosque, o lo que es lo mismo, una casa para dos mujeres, la que va a morir y la que espera que este hecho se produzca. Almodóvar compone una sutil elegía sobre la vida, con sus errores y aciertos, con todos esos momentos vividos y narrados, repasando los años pasados, los amores truncados, las decisiones equivocadas, las experiencias que nos han hecho lo que somos, y la maternidad, hecho capital que vertebra la filmografía del director español, con sus dimes y diretes, con sus alegrías y tristezas, con sus presencias y ausencias, amén de sus continuas referencias al arte, la literatura, el cine y todo lo que rodea a la cultura. 

Volvemos a rendirnos en la elegancia y sutileza de los planos y encuadres de la película, en una cinematografía que firma Eduard Grau, su primera vez con el director, con una filmografía al lado de nombres tan interesantes como Albert Serra, Tom Ford, Carlos Vermut y Rodrigo Cortés, entre otros, donde prevalece la intimidad y la cercanía con la que nos cuentan un tema tan difícil y doloroso, pero sin caer en el sentimentalismo ni el dramatismo, sino todo lo contrario, haciendo una oda a la vida, pero sin ser empalagoso, con leves detalles que nos ayudan a repasar la vida de Martha, con sus luces y oscuridades, con y sin arrepentimiento, pero sin enfatizar como es marca de la casa del director afincado en Madrid. Para la música vuelve a contar con Alberto Iglesias, casi tres décadas haciendo películas juntos en 15 títulos desde la citada La flor de mi secreto, en una composición que reúne la maestría del músico donostiarra donde la melodía tiene ese aroma elegíaco muy natural y nada impostado que nos acompaña sin ser molesto, sino con toda el alma necesaria. Para el montaje, otra cómplice como Teresa Font, cuatro películas juntos, si contamos los mediometrajes, en una película de 106 minutos de metraje, con apenas dos personajes y casi única localización, pero que contiene todo el ritmo pausado y cadente, sin esos momentos de subidón sino manteniendo el tempo reposado, para contar la historia y capturando la emoción que va in crescendo, un aspecto muy del agrado de Almodóvar. 

En el aspecto interpretativo, el cineasta manchego siempre ha mantenido un cuidado obsesivo en la elección de las personas que los interpretan. Vuelve a contar con Tilda Swinton, que ya protagonizó la mencionada The Human Voice, ahora en la piel de Martha, la moribunda que quiere morir con dignidad, la reportada curtida en mil batallas enfrentada a la muerte, pero siempre en compañía. Una actriz portentosa que compone a su Martha desde el más absoluto de los respetos, con gran naturalidad y sensibilidad que nos hace conmovernos y acompañarla en su último viaje, sin condescendencia ni medias tintas, sino de verdad y cercanía. Le acompaña en este viaje, una maravillosa Julianne Moore como Ingrid, que actúa como la mejor amiga posible, sin querer contradecirla en su decisión, sino estando junto a ella, a su lado, en la habitación contigua, recordando y esperando el momento, que no sabe cuándo se producirá. Como es habitual en las películas del realizador, la presencia masculina siempre es un aspecto muy importante, aquí es Damian que hace John Turturro, un tipo que hace conferencias de cambio climático, y además, y esto nunca es baladí en el cine de Almodóvar, fue amante de las dos mujeres, cerrando así el triángulo de la película. 

El largometraje número 23 de Almodóvar La habitación de al lado no es una película más sobre la necesidad de la muerte digna para aquellas personas que así lo quieren, es también una película sobre la libertad individual de cada uno y una de vivir y morir como le plazca. También es una película sobre las vidas vividas y las no vividas, sobre todas las cosas que hicimos y las que no, sobre todos los amores que experimentamos y los que no, los amores que no fueron y los que sí, y lo que se quedaron a medio empezar o a medio acabar. Es una película dura y terrible por lo que cuenta, pero que bien lo cuenta, y que sutileza y elegancia para hacerlo, sin caer en los estúpidos y melodramáticas historias donde el tremendismo hace gala en cada instante, aquí no hay nada de eso, todo se cuenta desde el alma, desde la convicción de la vida como experiencia total, con sus tristezas y desilusiones, pero al fin y al cabo, con lo que es y lo que somos, sin más, sin hacer alabanzas ni cosas de ese tipo, sino encarando la vida y la muerte como lo que es, una experiencia grande o pequeña, íntima y profunda, y nada dramática, sino con el deseo de vivir y morir con total libertad que es lo que todos deseamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA