La reconquista, de Jonás Trueba

la-reconquista-definitivo-cartelEL TIEMPO EN EL AMOR.

“Pongo mi corazón en el futuro. Y espero, nada más”

Juan Antonio González Iglesias

(del poema “Confiado”)

La película se abre con el rostro de Manuela (la mirada mágica que nos enamora de Itsaso Arana, la protagonista que descubrimos en Las altas presiones) que, a continuación, la vemos esperando, llega una moto de la que se baja Olmo (Francesco Carril, alter ego de Trueba, y protagonista de tres de sus films), y sube unas escaleras hasta su encuentro, los dos jóvenes se miran, sonríen y se abrazan. Manuela y Olmo fueron pareja a los 15 años y 15 años después, vuelven a reencontrarse. El cuarto trabajo como director de Jonás Trueba (Madrid, 1981) es una película que nos habla sobre el paso del tiempo, sobre lo que fuimos, y lo que somos, sobre las ilusiones que tuvimos siendo adolescentes, y cómo todo aquello ha ido cambiando según hemos ido creciendo, sobre un tiempo añorado, perdido, un tiempo de inocencia, en el que soñábamos con un futuro positivo y lleno de esperanza, y el tiempo de ahora, un tiempo de incertidumbre, de futuro incierto, de incomodidad, y de pasos a ciegas.

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Trueba nos cuenta el relato en dos tiempos, primero, se centra en el presente, en el aquí y ahora, en el reencuentro de los dos amantes, ahora con 30 años, y los captura con suma delicadeza y belleza, durante una noche interminable, una jornada en la que dialogaran, se miraran, se abrazaran y también, recordaran aquel tiempo que soñaban con ser otros, aquel tiempo que se amaban, aquellos años de primera juventud, mientras toman cerveza, acuden a un concierto del padre de ella, en el que escuchamos las canciones de Rafael Berrio, tres canciones que definen la relación de los que fueron amantes ahora reencontrados, y sobre todo, una de ellas, Somos siempre principiantes, que se convertirá en el verdadero leit motiv del conjunto, y que volveremos a escuchar en un par de distintas fases de la película (en una de ellas cuando son adolescentes en un equipo de música de la época) también, habrá espacio para tomar algo en un bar rodeados de gente, para ir a bailar swing en una secuencia de auténtica locura en la que el sonido inunda todos los planos, momentos para mirar un cuadro en el que observamos una barca con un globo rojo en mitad de una tempestad, quizás una imagen que describe con elegancia el momento emocional por el que atraviesan Manuela y Olmo, ella, a caballo entre Madrid y Argentina, y que utiliza las noches para acostarse con un amante distinto cada vez, y él, acabado de mudarse con su novia a la que parece querer, a un piso lleno de cajas y trastos.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/181459867″>La reconquista – Tr&aacute;iler Invierno</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Trueba filma a sus criaturas en movimiento, tanto físico como emocional, por las calles y cafés en el invierno de Madrid, con esa luz colorista, envolvente y reposada –muy del estilo de los cineastas de la Escuela de Lodz, sobre todo, en la secuencia del concierto en el interior del bar- de Santiago Racaj (cómplice que ha estado en sus cuatro films) capturando todos esos momentos de esa posible reconquista – a la que alude el título – en el que las cosas, por mucho que deseemos nunca son como las imaginamos, ahora ya no son como eran, porque ellos ya no son los mismos, lo que imaginaron, el tiempo los convirtió en otras personas, el recuerdo del primer amor continúa vivo, quizás no se acabe nunca, latente en sus almas, aunque las sensaciones frente al otro, no son como esperaban, han sufrido variaciones, sienten de otra manera, más llenas de misterio y ambigüedad. Trueba, a la mañana siguiente, deja a Manuel y Olmo, el reencuentro, el amor a los 30 años, (en la que asistimos al viaje de vuelta de Olmo, cogido desde atrás, – secuencia que nos lleva a Moretti y su viaje en vespa – mientras volvemos a escuchar las notas de Berrio, en la que Olmo vuelve a su realidad gris) y se adentra, con una preciosa transición, con ese árbol mecido por el viento, como si el viento nos pudiese trasladar a aquellos años de juventud que recordamos con tanto cariño, a finales de los 90, durante el verano, tiempo en el que asistimos al amor a los 15 años (tiempo con el que ya coqueteó Trueba en Más pena que gloria, en calidad de coguionista) cuando Manuela y Olmo se enamoraron (estupendos los debutantes Candela Recio y Pablo Hoyos, componiendo con detalles y gestos sus personajes) entre paseos, notas en medio de las clases, llamadas furtivas escondiéndose de los padres, besos y abrazos a la orilla del río (que nos recuerdan a Una historia de amor, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Eustache, dos bellísimos retratos, vivos y amargos, de los amores entre adolescentes).

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Trueba filma la luz que los acoge de forma cálida y transparente, no hay nubes negras entre ellos, se quieren y se reconocen en el otro, se cuidan y se hablan entre susurros, se aman y se acarician, mientras se miran a los ojos. Aunque no todo sigue el curso esperado, el primer amor también es la primera herida, en la que Manuela siente que todo ha ocurrido demasiado pronto, que el amor ha llamado a sus vidas con urgencia, y que todo eso les hará perderse muchas cosas. Trueba ha construido una película sobre la conciencia del tiempo, sobre nuestros anhelos e ilusiones frustrados, sobre el fracaso del amor, sobre cómo queremos a los demás, y cómo nos quieren a nosotros, envolviendo a sus personajes en palabras, gestos, melodías, sonidos, colores miradas, y sobre todo miradas. El realizador madrileño deambula junto a sus criaturas, mirándolas con honestidad, inquietud y desasosiego, sin caer en sentimentalistamos, en los que hay muchos espacios difíciles de descubrir del alma humana, explorando y haciendose preguntas y reflexiones sobre el tiempo y el amor, recogiendo el testigo de autores como Truffaut, Garrel, Rivette, Linklater o Hong Sang-Soo… cineastas que han mirado el amor y sus devaneos sentimentales de manera adulta y seria, construyendo sólidos retratos de la fragilidad de nuestras emociones acosadas por el implacable paso del tiempo.

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Trueba está construyendo una filmografía magnífica y coherente, que describe a una generación muy perdida en sus existencias, llena de incertidumbre, que se mueve en el alambre constantemente,  estructurada a través de dibujos sentimentales insatisfechos, oscuros y llenos de dudas, protagonizados por personas de su misma edad, desde Todas las canciones hablan sobre mí (2010), piedra angular de Los ilusos (en la que se encontraban sus habituales colaboradores, el ya mencionado Racaj, la editora Marta Velasco, el arte de Miguel Ángel Rebollo, y Javier Lafuente, en labores de producción) en la que se adentraba en el terreno del desamor, dejó paso a Los ilusos (2013), filmada en blanco y negro, que hablaba del cine dentro del cine, en el que asistíamos a los primeros instantes de una relación amorosa, (que podrían tratarse de los Olmo y su pareja), y Los exiliados románticos (2015), en la que un viaje de tres amigos servía para capturar el amor más pasional alejado de la realidad. La reconquista es un viaje emocional hermosísimo, filmado con una delicadeza que asombra, reposada y acogedora en su discurso, y ensencialmente, una magnífica exploración sobre la naturaleza humana, el amor y el tiempo que nos devora.


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Caballo Dinero, de Pedro Costa

caballo-dinero-1LA MEMORIA DE VENTURA.

“Siempre decimos que esta película la hicimos para olvidar, una boutade que responde a ese lugar común de la crítica sobre el cine y la memoria. Pero sí, nosotros queríamos olvidar la pobreza y los recuerdos dolorosos. Olvidar nuestro fracaso, el de Ventura y el mío”

Pedro Costa

La película se abre con un bellísimo prólogo en el que vemos una serie de fotografías de Jacob Riis, fechadas en 1900, inmigrante danés que retrató su vida y su entorno en aquel Nueva York de primeros de siglo. En ellas, observamos prisioneros, interiores, sótanos, habitaciones sombrías,  catacumbas… Un tiempo de pasado que podría tratarse de nuestro presente. Seguidamente, nos encontramos en los pasillos oscuros, y en penumbra de un hospital, quizás un psiquiátrico, en el que un anciano negro, de nombre Ventura, recorre unos lugares vacíos, en los que se va encontrando con personas que pertenecen a su pasado y con los que revivirá episodios de su vida.

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El cineasta Pedro Costa (1959, Lisboa) vuelve a filmar a su personaje fetiche, Ventura, el inmigrante caboverdiano que encontró en el barrio lisboeta de Fontainhas, un paisaje ya desaparecido (sólo existente en el cine) ubicado en la periféria y habitado por gentes humildes, desplazados e invisibles, a los que la mirada de Costa se ha acercado de forma humanista rescatando sus vidas errantes, mutiladas y vejadas, dedicándoles varias películas como En el cuarto de Vanda (2000) en los que en sus casi tres horas construía un retrato íntimo y devastador de la vida de una toxicómana, en los que ya aparecía la sombra de Ventura, al que se dedicaría en cuerpo y alma en Juventud en marcha (2006) donde su cámara filmaba un proceso de cambio en el que Ventura dejaba su chabola de pedazos en Fontainhas, en la que había vivido casi cuatro décadas, para trasladarse a su nueva vivienda social, en los que cambiaba de hogar, pero seguía padeciendo la explotación, el hambre y el racismo del país de acogida. En el 2009, el cine de Costa alcanza sus cotas más profundas y conceptuales con Ne change rien, en la que a través de una filmación de claroscuro (más propia del cine de serie B de Lang, Mann, Tourneur, etc…, que se ha convertido en una de las señas de identidad de su cine) conmovía a través de una gran sencillez y una cercanía asombrosa, en la que nos sumergía en el retrato de la cantante Jeanne Balibar.

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En su segmento Sweet exorcism, perteneciente a la película colectiva Centro histórico (2012) ya apuntaba ciertos temas y elementos de Caballo dinero, centrándose en la secuencia/plano del ascensor, y la huida por el bosque, que recogen todo el espíritu que recorre la película/viaje que define la naturaleza de Caballo Dinero, la mirada de Ventura (que se convierte en onmipresentedurante todo el metraje) nos guía por este recorrido por los lugares que han estructuado su existencia, como el hospital, que más parece una prisión que otra cosa, el asilo donde voluntariamente se encarcela Ventura, una fábrica abandonada, un taller lleno de polvo, o una oficina en penumbra, lugares que ya han perdido su memoria, lugares vacíos de tiempo, un tiempo que no existe, que se ha desvanecido, que ha perdido su identidad y se ha convertido en otra cosa, un tiempo sin tiempo, en el que pasado y presente conviven en espacios que almacenan una memoria desaparecida, que el tiempo desvaneció, que ya no respira. Costa sigue a su cansado y desesperado Ventura, una figura fantasmal que se desplaza sin rumbo, perdido, sin alma, un hombre devastado por el tiempo, por años de sufrimiento y precariedad, de un hombre que se reencuentra con las personas de su pasado, sus paisanos caboverdianos u otros africanos (angoleños, guineanos) llegados de las antiguas colonias a mediados de los setenta, con los que comparte canciones de su patria perdida, recuerdos de sus primeros años, la dictadura, el trabajo, los amigos…, años de revolución, de cambio (con el fin de la dictadura que alcanzó medio siglo) años de ilusión en los que se soñaba con un mundo mejor, un mundo de derechos para los obreros y vidas dignas para todos, que los recién llegados nunca vieron materializarse. Todo aquello se consumió con el paso del tiempo, y lo que queda son recuerdos vagos, espacios sombríos, cansancio y locura.

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Costa construye su película a través ligeras cámaras digitales y un reducido equipo técnico, en el que filma a Ventura en planos dilatados y estáticos (hay pocos movimientos de cámara durante la película) en el que prima la acción y la palabra, sujetos a espacios limitados, más propios de una prisión, a través de su habitual claroscuro que escenifica ese mundo oscuro, entre sombras y espectros, más propios del cine de terror, en los que se ha convertido Portugal, y la vieja Europa, y en mayor medida, los inmigrantes que han sufrido la vida miserable de una Europa egoísta, injusta y a la deriva. Ventura ( que podría ser un trasunto del profesor Borg de Fresas salvajes, el Luis de La prima Angélica o el cineasta de La mirada de Ulises) se mueve entre el documento y la ficción, entre un espacio indefinido en el que Costa captura con su mirada 40 años de la memoria ahogada de un país roto y devastado por la crisis, centrándose en la mirada cansada, desesperada y mutilada de Ventura, alguien que no se mueve, se desplaza por espacios sin vida, oscuros, sin tiempo, en los que su memoria se amontona en infinidad de pedazos que aparecen de manera pausada y accidentalmente. El cine de Costa es un cine poético, artesanal y paciente, filmado con una textura agobiante e hipnótica, dotando a su obra de una atmósfera que fascina y aterra a la vez, cimentando un cine sólido, sin fisuras, en el que cada instante nos provoca una meditada reflexión, creando un espacio fílmico de una contundencia sobrecogedora, convirtiendo a su cine en una experiencia única, como la ya mencionada secuencia del ascensor, que a través de ínfimos elementos logra condensar en un mismo espacio, y sólo con dos personajes, todo un conglomerado del devenir histórico de no sólo Portugal, sino de Europa, en todo lo que podía haber sido, un continente de unidad y humanidad, y en lo que finalmente se ha convertido, el fin de la utopía, un lugar enfermo, en el que reina la precariedad y la injustica.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/176600295″>Trailer oficial CABALLO DINERO (Pedro Costa, 2014)</a> from <a href=»https://vimeo.com/numax»>NUMAX</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Café Society, de Woody Allen

cafe-societuAQUEL AMOR, EN AQUEL TIEMPO Y EN AQUEL LUGAR.

“La vida es una comedia escrita por un humorista sádico”.

El arranque de la película resulta revelador y conciso, recogiendo de forma magistral y concisa el espíritu con el que está construido el relato que estamos a punto de ver. Un hermoso travelling avanza por el borde de una piscina en mitad de una fiesta en una mansión lujosa, en la que luce el sol de mediodía,  y mientras sortea algunos de los invitados camina firme hasta encontrarse con uno de los protagonistas, Phil Stern, uno de esos agentes de estrellas, de traje impecable, orgullo intacto y Martini seco en los labios,  que fanfarronea de sus logros y amistades delante de unos “amigos” orgullosos de escucharlo. Estamos en el Hollywood en la década de los 30, quizás la época más glamurosa del cine estadounidense.

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El cineasta Woody Allen (1935, Brooklyn, Nueva York, EE.UU.) sigue fiel a su cita anual escribiendo y dirigiendo una nueva cinta, la que hace 46 en su carrera (si no han fallado mis cálculos). Esta vez nos introduce en un mundo de lujo por doquier, de apariencias, de mentiras, de postureo, de espejos deformantes y muchos dólares,  y de un quiero y no puedo. Conocemos a agentes de estrellas, jóvenes inocentes que llegan con las maletas cargadas de sueños con vocación de convertirse en una movie star, empresarios de modelos, putillas que quieren ser actrices, secretarias que aman el cine, y la parte de Nueva York, porque la película se mueve entre las ciudades, con personajes que van y vienen, y a veces se encuentran, una gran manzana en el que hay la familia judía de Bobby (el hilo conductor de esta farsa sobre la vida y el amor), en la que hay madres nodrizas que insultan cariñosamente a sus maridos, esposos relajados que hacen joyas en un oscuro sótano, hijos con vocación de gánster que aman el dinero, las mujeres y los asesinatos, hijas casadas con intelectuales, comunistas y católicos, y luego están ellos, el joven ingenuo y sagaz Bobby Dorfman que llega a la meca del cine queriendo triunfar y convertirse en alguien, con la ayuda de su tío, un hombre felizmente casado o al menos eso es lo que dice y parece. Pero, llega el amor en la vida de Bobby, en forma de la joven inteligente y atractiva secretaria de su tío, Vonnie, que en un tiempo atrás también llegó con intenciones de ser alguien en el mundo del cine, pero ha acabado tomando notas y mecanografiando órdenes. Pero Vonnie, que congenia a las mil maravillas con Bobby, tiene novio, un periodista llamado Doug, eso dice ella. Y así anda la cosa, Bobby perdidamente enamorada de Vonnie, pero sin ser correspondido, quizás una de las máximas de la vida y del cine de Allen, los no correspondidos. Desear a alguien que pertenece a otro. Pero, una noche, todo cambia, el misterioso Doug abandona a Vonnie, y poco tiempo después, cuando parece que no hay nada que impida el amor, Bobby y Vonnie se enamoran. Pero ahí no acaba la cosa, aunque pudiera parece ser que sí, todavía se encontrarán con otras dificultades, más cercas de lo que se imaginan.

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Allen vuelve por donde solía, a construir una película magnífica que contiene todos los ingredientes que le han encumbrado en el cine, convirtiéndolo en uno de los grandes, en la que encontramos su humor irreverente, irónico, trágico y sobre todo, su mirada pérfida e incisiva en las cuestiones del amor, las relaciones humanas, y todo aquello invisible y lleno de misterio, que nos empuja de un estado de ánimo a otro, nuestros miedos, inseguridades, complejidades, y demás emociones verdaderas, falsas, inventadas o proyectadas. Una cinta que se mueve entre dos paisajes, por un lado, el Hollywood cinematográfico luminoso y romántico, donde todo es posible o no, de playas desiertas, cuchitriles de comida mexicana que huelen a cercanía, cines extremadamente decorados en los ver la última de Tracy o la Crawford, y mansiones con aire de tristeza y soledad, y Nueva York, el lado opuesto, oscuro y violento, lleno de barrios obreros, de familias judías, de clubs nocturnos (tan de moda en la época en los que se reunían todos aquellos que eran o querían ser alguien)  en los que escuchamos jazz a todas horas… Una cinta sobre el amor, sobre lo que inventamos del amor, sobre ese ideal que creemos que es, sobre todo aquello que somos, que hemos sido, y posiblemente, no seremos, de todo aquello que sentimos y nos engañamos, de emociones que nos decimos que no sentimos y de engañarnos constantemente en aquello que nos hace felices o nos entristece. Una película bañada con esa fina luz acogedora y fría del gran Vittorio Storaro que ilumina el Hollywood soleado que contrasta con el Nueva York nublado y urbano.

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Desde aquel lejano 1969 y su Toma el dinero y corre, la comedia, y elementos del cine negro, han estructurado todo el cine de Allen, que ha pasado por todos los estados que se puedan imaginar después de una carrera tan frenética en la que hay títulos para todos los gustos y paladares, que abarca casi medio siglo, desde el cine de los 70 con grandes obras como Annie Hall o Manhattan, a los 80, con memorables películas como Zelig, La rosa púrpura del Cairo o Hannah y sus hermanas, y los 90, en los que nos regaló cintas como Maridos y mujeres, Balas sobre Broadway o Acordes y desacuerdos, y en el nuevo milenio, donde siguió a su cita anual con películas como Match point o Blue Jasmine, algunas obras, una ínfima parte de su extensísima carrera, pero que describen buena parte de los temas, referencias y elementos que han protagonizado su filmografía. Un cine caracterizado de una fuerte personalidad y carácter, en el que todas las ideas que han perseguido a la figura de Allen han encontrado su momento: los hipocondríacos, las histéricas, los sabiondos, los ingenuos, los que aparentan lo que no son, y demás personajes, personajillos, y sombras humanas que han pululado por el universo cotidiano y de apariencias de esa clase pudiente artística, preferiblemente, que se movían por el Nueva York que tanto ha amado Allen.

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Una city en la que suena jazz, el sol baña los atardeceres de verano, en la que siempre apetece tomar una copa en algún club nocturno rodeado de amigos al caer la noche, o deambular por Greenwich Village buscando libros o discos descatalogados, caminar sin rumbo por Central Park pensando en ese amor no correspondido o en las dificultades de amar… Una ciudad retratada de mil maneras, de infinitos ángulos, a veces con alegría, y otras con tristeza, incluso con melancolía, en la que hay (des)ilusión, (des)esperanzas, y seres que buscan (des)apasionadamente el amor, y rara vez lo encuentran, o cuando lo hacen, resulta problemático, complejo y muy difícil, aunque eso sí, no cejan en su empeño, siguen empecinados en lo suyo, en lo que sienten, en lo que les empuja a seguir viviendo, porque quizás no existe otra manera de vivir, si no esa, esa en la que sus personajes sueñan y viven por sus sueños, aunque estos sean equivocados, confundidos o simplemente irrealizables, porque como los dos enamorados intermitentes y fatalistas (y remitiendo al hermoso cierre de la película) que retrata la película, comentan en algún instante, y en clara evocación a Calderón, los sueños, sueños son.

Entrevista a María Valverde

Entrevista a María Valverde, actriz de «Gernika». El encuentro tuvo lugar el jueves 8 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Renoir Floridablanca de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Valverde, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvieron el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

Entrevista a Koldo Serra

Entrevista a Koldo Serra, director de «Gernika». El encuentro tuvo lugar el jueves 8 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Renoir Floridablanca de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Koldo Serra, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvieron el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

Sparrows, de Rúnar Rúnarsson

sparrows_cartel_70x1002ENCONTRAR EL CAMINO.

“Necesito tener un vinculo emocional con aquello que estoy intentando retratar”

Rúnar Rúnarsson

La película arranca con Ari, un adolescente de 16 años, de voz prodigiosa para el canto, que tiene que dejar Reikiavik donde vive con su madre, ya que esta tiene que marchar de cooperante a África, y trasladarse al norte, a Westfjords, un pequeño pueblo de pescadores junto a un padre alcohólico y una abuela protectora a los que no ve hace 6 años. El segundo largo de Rúnar Rúnarsson (1977, Reikiavik, Islandia) después de una exitosa carrera de cortometrajes, y una ópera prima que se llamó Volcano (2011) , que estuvo en la Quincena de realizadores del Festival de Cannes, en la que retrataba también la historia de un viaje emocional, en este caso lo realizaba Hannes, un anciano que volvía con su familia para cuidar de su mujer enferma, después de varios años de separación.

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El realizador islandés posa su foco en la mirada de su joven protagonista, un chaval en plena pubertad y cambios, adaptarse a un lugar extraño y diferente para él no será fácil, además tiene que convivir con un padre con el que apenas ha tenido relación, con alguien de difícil carácter que se ha refugiado en la bebida para superar inútilmente sus problemas sociales. Encuentra algo de desasosiego y ternura en la abuela, el ser protector de la familia, aunque también encuentra obstáculos con Làra, una amiga de la infancia que le atrae y que ahora sale con un novio de mal carácter y posesivo. Con estos ingredientes, la forma empleada por Rúnarsson es pausado, de ritmo conciso y preciso, envuelve a su personaje en medio de un ambiente gélido y desangelado, en un espacio de complejas relaciones, construido a base de silencios y miradas, en que los personajes deambulan sin rumbo y se encierran en sus conflictos personales aislándose de los que les rodean, unos seres que tienen heridas que cerrar, pero no lo conseguirán sino se enfrentan a ellas, y después las comparten con los que más quieren.

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La película se centra en el difícil tránsito por el que tienen que pasar los adolescentes, en el que dejan su infancia para convertirse en adultos, un mundo ajeno y oscuro, en el que los sentimientos se esconden y las emociones no se expresan como debería. Ari se enfrenta a este mundo, y a este lugar con las pocas armas que tiene a su alcance, viene de otro ambiente, más cálido y acogedor, y ahora cae en un mundo cerrado, machista y falto de cariño, en el que se siente un extranjero, o alguien de otro planeta, alguien que deberá enfrentar sus miedos, y sus anhelos para encontrar su camino y seguir caminando. La etérea y azulada fotografía de la película obra de Sophia Olsson baña con serenidad y frialdad todo lo que viven los personajes, haciendo hincapié en la idea de aislamiento y lejanía que existe entre padre e hijo, la falta de comunicación pronto dejará espacio a los reproches y acusaciones, en los que la relación paterno filial pasará por distanciamientos complicados de resolver. A diferencia de otros títulos que encaran la adolescencia como un tiempo de alegría y libertad, en el que todo es posible, la propuesta de Rúnarsson se decanta por otros términos, más propios de la reflexión, dando importancia a los problemas que se derivan, en el que se explora la naturaleza de las emociones y las dificultades de nuestro interior, desde un punto de vista sincero y honesto, dejando en todo momento al espectador el espacio suficiente para que sea él quien extraiga sus propias deducciones.

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La película ganadora contra todo pronóstico de la última Concha de Oro del Festival de San Sebastián, es otro brote de talento del pequeño país de Islandia, en los parámetros parecidos a Corazón gigante, de Dagur Kári, vista aquí hace poco, guarda con aquella la mirada reposada y afilada sobre los poblemas emocionales de sus ciudadanos. Sparrows, que podríamos traducir como «gorriones», con unas interpretaciones de Atli Óskar Fjalarsson, Ingvar E. Sigurdsson, Kristbjörg Kjeld y Rakel Björk Björnsdóttir,  que consiguen dotar a sus personajes de humanidad y credibilidad, a pensar del entorno helado en el que se mueven, quizás los males de una sociedad decadente y fría, muy fría. La cinta minimalista y cercana, tanto en su forma como en su fondo, contaminando cada uno de sus planos por la atmósfera del lugar, está  filmada con aplomo y entereza, capturando la sensibilidad de unos personajes solitarios y llenos de amargura, algunos, y otros, intentando entenderse y entender lo que le rodea, sumergiéndose en los problemas derivados de un tiempo difícil en un entorno complejo, tomándose su tiempo, acariciando cada instante de la película, dejándose llevar por el caminar de sus personajes, sus quehaceres diarios en la fábrica de pescado, o las salidas nocturnas con sus amigos, descubrir las drogas o el sexo, en los que va descubriendo la realidad cruda y atroz de un mundo ajeno pero del que pronto no tendrá más remedio que formar parte.

Gernika, de Koldo Serra

gernika_cartelAMOR BAJO LAS BOMBAS.

Nos encontramos en Bilbao, en abril de 1937, en plena Guerra Civil, el frente vasco es un hervidero de balas y muertos, la lucha es encarnizada, se pelea por cada metro, por cada soldado, por cada pueblo… En ese marco histórico nos sitúan en un escenario, la oficina de propaganda del ejército republicano. Allí, en ese espacio donde deambulan periodistas de toda índole y condición, y funcionarios idealistas republicanos que hacen todo lo posible por mantener el espíritu y la moral de un ejército cada vez más maltrecho, trabaja Teresa, una joven atractiva que quería ser escritora, pero debido a su don de lenguas, acaba trabajando para la oficina, donde traduce textos y censura el contenido de las crónicas periodísticas si van en contra del ideario de la República, su mando es Vasyl, un soviético estalinista que asesora al gobierno, un hombre fiel a su país, y secretamente enamorado de Teresa con la tuvo una relación. El tercero en discordia e hilo conductor, junto a Teresa, de la trama, es Henry Howell (basado en las experiencias de George Steer, periodista de “The Times” que fue el primero en escribir sobre el bombardeo) un periodista norteamericano venido a menos, los años de gloria y pasión por su trabajo han desaparecido, convirtiéndolo en un borracho de tres al cuarto que ha perdido la ilusión y la autoestima, que se encuentra en medio de una guerra de la que quiere huir en cuanto pueda.

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Tres almas que deambulan por esta historia, en la que la guerra y el bombardeo del pueblo de Guernika son utilizados como telón de fondo para contarnos un drama épico, en la segunda incursión cinematográfica de Koldo Serra (1975, Bilbao) que después de debutar en el 2007 con Bosque de sombras (drama rural violento con aires de Peckinpah protagonizado por Gary Oldman) se ha dedicado casi la década que separan las dos cintas, a trabajar en televisión realizando películas y series, y la dedicación a tres proyectos que finalmente no salieron, resulta caprichoso el destino, porque su segundo film no es un proyecto propio, sino ajeno, una iniciativa de un par de productores sevillanos, José Alba y Víctor Clavijo (también autor del guión junto al estadounidense Barry Cohen), en el que se han enfrascado en una producción internacional, filmada en inglés, y ambientada en plena guerra civil, en la que su objetivo era rodar el bombardeo de Guernika, un suceso que conmovió al mundo entero provocando una gran repercusión internacional. Serra filma con brío, mano firme y elegancia este drama romántico al estilo de los grandes clásicos, cuando el amor surge en el momento más inesperado y en las circunstancias más adversas, provocando el caos emocional en las personas en cuestión.

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La película asombra por su grandísimo esfuerzo de producción en la que ha conseguido crear una ambientación exquisita y realista de la época retratada, en la que conviven varios idiomas con naturalidad (inglés, castellano, euskera…) un acontecimiento histórico que cambió el curso de la guerra (en la que la Alemania nazi utilizó como banco de pruebas para la Segunda Guerra Mundial) y de todas aquellas personas que participaron. Serra se centra en las semanas anteriores al bombardeo, que se produjo el 26 de abril, en la que la oficina rinde a plena ebullición, entre recepciones con el ayuntamiento, y sensación que todo está bajo control, se pasan los días en una oficina en la que coexisten todo tipo de personajes, unos implicados y otros venidos de vuelta, hay fotógrafas americanas (que podría ser una Gerda Taro o Capa) que se juegan la vida buscando la foto del frente, periodistas de todas las nacionalidades (semejantes a los Hemingway o Dos Passos) franceses, o portugueses fascistas que se hacen pasar por quiénes no son, cronistas españoles que se pierden por las carreteras, policías de Stalin que se pasean a la caza de algún enemigo, personajes de toda índole y con diferentes objetivos, en un tiempo de guerra, de caos, de miseria y muerte.

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La película reluce y de qué manera en la parte técnica, las secuencias bélicas están filmadas con gran verismo y contundencia, y el plato fuerte de la obra, el bombardeo de Guernika, que representa el tramo final de la película, no tiene nada que envidiar a ninguna producción estadounidense, rodado con gran despliegue de medios técnicos, su veracidad y autenticidad quedan suficientemente demostradas, consiguiendo que asistimos en primera persona a todo lo que aquel fatídico día aconteció, sus habitantes sorprendidos corriendo como hormigas indefensas y huyendo despavoridos a protegerse de tal magnitud, las bombas explotan delante nuestro, miramos con rabia y espasmo la barbarie que se cometió contra un pueblo indefenso e inocente. Los intérpretes resuelven con solvencia y honestidad sus personajes, en los que sobresale el inmenso trabajo de María Valverde componiendo a la joven Teresa, una mujer fuerte, idealista y temperamental que se erige con un valor inquebrantable que representa a todas aquellas mujeres que en los años 30 y gracias a la República sacaron la cabeza y empezaron a ser protagonistas en un mundo dominado por los hombres (las Montseny, Kent, Ibarruri, Campoamor…), James D’arcy como el periodista Henry y Jack Davenport como Vasyl, son dos rostros que parecen una cosa y acabarán por sacar su verdadero rostro, enfrentándose entre ellos por Teresa y sobre todo, por las diferentes posiciones políticas frente a la contienda.

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Amén del resto del reparto, entre los que destacan Bárbara Goenaga, Alex García, Ingrid García-Jonsson, Irene Escolar, intérpretes jóvenes pero de largo recorrido, que actúan con oficio y provocan algunas tramas paralelas que algunas no llegan a funcionar o son prescindibles. La luz precisa y cálida de Unax Mendía (que ya colaboró con Serra en Bosque de sombras, y en otras como No habrá paz para los malvados, de Urbizu) ayudan a envolver este drama bélico romántico que reflexiona sobre la propaganda, los ideales, la pasión, la honestidad en el trabajo, la relación con los semejantes, y la lucha por lo que uno siente a pesar de todo, como Teresa y Henry, dos almas atrapadas y presas de su destino y los intereses del poder, que raras veces tienen relación con los derechos de los ciudadanos, ellos, dos personas de carne y hueso que no tienen más remedio que enfrentarse a la guerra, a los que eran sus colaboradores, y a todos los elementos habidos y por haber, para salvar lo que sienten el uno por el otro, pese a las gravísimas circunstancias en las que se encuentran con todo en su contra, porque como decía el poeta que cuando todo está perdido, ya no nos quede nada, lo único que le aliviaba era aquel bello rostro de su amor que jamás podrá olvidar.


<p><a href=»https://vimeo.com/177211111″>Gernika – Trailer VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/pecadofilms»>Pecado Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>