La habitación de al lado, de Pedro Almodóvar

EL ÚLTIMO VIAJE.  

“(…) Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”. 

De la película “The Dead” (1987), de John Huston 

El largometraje número 23 de la filmografía de Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), es una película diferente a todas las que ha hecho. Es la primera vez que rueda un largo en inglés, ya lo había hecho con un par de mediometrajes The Human Voice (2020) y Strange Way of Life (2023). Vuelve a basar su guion en una novela, la cuarta vez que lo hace, en este caso ha sido “Cuál es tu tormento”, de la escritora estadounidense Sigrid Nunez. Deja su Madrid eterno, como hiciese en Todo sobre mi madre (1999), para trasladar la acción a New York. Y finalmente, como dato más significativo, el tema va sobre la muerte y el hecho de despedirse de los allegados, aunque ya había tocado la muerte y la enfermedad, en por ejemplo Dolor y gloria (2019), en este todo gira en torno a esos dos aspectos. 

La trama de La habitación de al lado (en el original, The Room Next Door), tiene su génesis en Ricas y famosas (1981), de George Cukor, a la que el cineasta manchego ya homenajea en el cierre de La flor de mi secreto (1995), con esas dos mujeres que se conocen en el New York de los ochenta trabajando para un magazine, Ingrid, ahora convertido en autora de novelas de autoficción y Martha, que fue reportera de guerra. Cuatro décadas se reencuentran, la una, presentando una nueva exitosa novela, y la otra, enferma terminal de cáncer. A pesar de los años transcurridos y las diferencias que hay entre ellas, entablan una amistad de nuevo. Martha le pide que le acompañe a una casa alejada del mundanal ruido porque ha decidido morir y necesita tener a alguien en la habitación de al lado. Bajo esta premisa, sencilla y directa, a la vez que compleja y crucial, Ingrid la acompaña, y es entonces cuando la historia se encierra en las cuatro paredes de esa casa entre árboles, perdida en un bosque, o lo que es lo mismo, una casa para dos mujeres, la que va a morir y la que espera que este hecho se produzca. Almodóvar compone una sutil elegía sobre la vida, con sus errores y aciertos, con todos esos momentos vividos y narrados, repasando los años pasados, los amores truncados, las decisiones equivocadas, las experiencias que nos han hecho lo que somos, y la maternidad, hecho capital que vertebra la filmografía del director español, con sus dimes y diretes, con sus alegrías y tristezas, con sus presencias y ausencias, amén de sus continuas referencias al arte, la literatura, el cine y todo lo que rodea a la cultura. 

Volvemos a rendirnos en la elegancia y sutileza de los planos y encuadres de la película, en una cinematografía que firma Eduard Grau, su primera vez con el director, con una filmografía al lado de nombres tan interesantes como Albert Serra, Tom Ford, Carlos Vermut y Rodrigo Cortés, entre otros, donde prevalece la intimidad y la cercanía con la que nos cuentan un tema tan difícil y doloroso, pero sin caer en el sentimentalismo ni el dramatismo, sino todo lo contrario, haciendo una oda a la vida, pero sin ser empalagoso, con leves detalles que nos ayudan a repasar la vida de Martha, con sus luces y oscuridades, con y sin arrepentimiento, pero sin enfatizar como es marca de la casa del director afincado en Madrid. Para la música vuelve a contar con Alberto Iglesias, casi tres décadas haciendo películas juntos en 15 títulos desde la citada La flor de mi secreto, en una composición que reúne la maestría del músico donostiarra donde la melodía tiene ese aroma elegíaco muy natural y nada impostado que nos acompaña sin ser molesto, sino con toda el alma necesaria. Para el montaje, otra cómplice como Teresa Font, cuatro películas juntos, si contamos los mediometrajes, en una película de 106 minutos de metraje, con apenas dos personajes y casi única localización, pero que contiene todo el ritmo pausado y cadente, sin esos momentos de subidón sino manteniendo el tempo reposado, para contar la historia y capturando la emoción que va in crescendo, un aspecto muy del agrado de Almodóvar. 

En el aspecto interpretativo, el cineasta manchego siempre ha mantenido un cuidado obsesivo en la elección de las personas que los interpretan. Vuelve a contar con Tilda Swinton, que ya protagonizó la mencionada The Human Voice, ahora en la piel de Martha, la moribunda que quiere morir con dignidad, la reportada curtida en mil batallas enfrentada a la muerte, pero siempre en compañía. Una actriz portentosa que compone a su Martha desde el más absoluto de los respetos, con gran naturalidad y sensibilidad que nos hace conmovernos y acompañarla en su último viaje, sin condescendencia ni medias tintas, sino de verdad y cercanía. Le acompaña en este viaje, una maravillosa Julianne Moore como Ingrid, que actúa como la mejor amiga posible, sin querer contradecirla en su decisión, sino estando junto a ella, a su lado, en la habitación contigua, recordando y esperando el momento, que no sabe cuándo se producirá. Como es habitual en las películas del realizador, la presencia masculina siempre es un aspecto muy importante, aquí es Damian que hace John Turturro, un tipo que hace conferencias de cambio climático, y además, y esto nunca es baladí en el cine de Almodóvar, fue amante de las dos mujeres, cerrando así el triángulo de la película. 

El largometraje número 23 de Almodóvar La habitación de al lado no es una película más sobre la necesidad de la muerte digna para aquellas personas que así lo quieren, es también una película sobre la libertad individual de cada uno y una de vivir y morir como le plazca. También es una película sobre las vidas vividas y las no vividas, sobre todas las cosas que hicimos y las que no, sobre todos los amores que experimentamos y los que no, los amores que no fueron y los que sí, y lo que se quedaron a medio empezar o a medio acabar. Es una película dura y terrible por lo que cuenta, pero que bien lo cuenta, y que sutileza y elegancia para hacerlo, sin caer en los estúpidos y melodramáticas historias donde el tremendismo hace gala en cada instante, aquí no hay nada de eso, todo se cuenta desde el alma, desde la convicción de la vida como experiencia total, con sus tristezas y desilusiones, pero al fin y al cabo, con lo que es y lo que somos, sin más, sin hacer alabanzas ni cosas de ese tipo, sino encarando la vida y la muerte como lo que es, una experiencia grande o pequeña, íntima y profunda, y nada dramática, sino con el deseo de vivir y morir con total libertad que es lo que todos deseamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

May December (Secretos de un escándalo), de Todd Haynes

EL ESPEJO Y SU REFLEJO.  

“¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”.

La doctora a su paciente/actriz en Persona, de Ingmar Bergman

El cine tiene una capacidad enorme para acercarse a unos hechos y ficcionarlos. Así mismo, esa misma capacidad se ve aprisionado en las limitaciones de la propia ficción, es decir, nunca tendremos la seguridad que los hechos ocurridos sean conocidos y explorados con las herramientas apropiadas, o dicho de otra manera, los hechos son de propio motu una ficción que se convertirá en otra ficción y así sucesivamente. Deberemos aceptar que los hechos llamados “reales” son y serán una ficción al conocerlos, nunca tendremos la certeza de saber la “realidad” de los hechos mencionados, eso sí, podemos fabular a partir de todos los intermedios, sumergirnos en los espacios que hay entre la supuesta realidad y la propia ficción. 

No es la primera vez que Todd Haynes (Los Ángeles, California, EE.UU., 1961), ha escogido unos hechos “reales” para convertirlos en una película, ya lo hizo, por ejemplo, en la fascinante I’m Not There (2007), sobre la vida del músico Bob Dylan, que dividía en varios intérpretes que escenificaban varios momentos de la vida del artista, cambiándolo de sexo y color. En Aguas oscuras (2019), retrataba de forma más convencional, aunque no evidente, la pericia de un abogado enfrentado a grandes corporaciones. Con May December (término que designa una relación entre alguien más joven y alguien mucho mayor), en su título original, Secretos de un escándalo (según el distribuidor, citado por Esteve Riambau), vuelve a enfrentarse a un hecho “real”, el que protagonizaron una mujer de 34 enamorada de un niño de 13 años, ocurrido a finales de los noventa. El cineasta, a partir de un guion de Samy Burch, traslada la acción veinte años más tarde, cuando la pareja vive en un pequeño pueblo de Savannah (Georgia), con sus dos hijos están a punto de graduarse para ir a la universidad. Una acción que arranca con la llegada de una actriz que quiere investigar sus vidas porque interpretará a la mujer en una película. 

Gracie Atherton-Yu es la mujer, y su marido Joe Yoo, se ven expuestos a las cuestiones de la actriz Elizabeth Berry. Haynes plantea un juego fascinante de espejos y reflejos, en los que la citada Persona, de Bergman, se convierte en ese espejo donde realidad y ficción se mezclan, incluso se fusionan, creando un espacio límbico donde nada ni nadie es ni actúa como tal, porque todo lo acontecido, el pasado que vuelve al presente, y el propio presente, se convierte en centro de cuestionamiento, de dudas, de inseguridades y miedos, en que la supuesta realidad o quizás, es mejor decir, la ficción que vamos construyendo de esos hechos pasados y el relato que inventamos en el presente, en todo lo que contamos a los demás, y todo aquello, sobre todo aquello, que no contamos, que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. La película se instale casi en una trama de género, como si estuviéramos en un thriller de investigación, donde los roles de cazador y presa se van diluyendo y cambiando constantemente, donde la realidad parece una ficción y la ficción es una actitud ante tanto espacio oscuro y sobre todo, ambiguo. La ambigüedad, posición que domina Haynes,donde la moral es una forma de ser sin ser, de estar sin estar, de ir y no ir, de quedarse en una posición que parece y no es. Una ambigüedad que ya estaba en grandes obras del cineasta californiano como las recordados Lejos del cielo (2002), donde homenajea al gran Douglas Sirk, la miniserie Mildred Pierce (2011), y Carol (2015), grandes retratos sobre mujeres, sobre las cárceles sociales y sobre las prisiones personales, las reales y las inventadas. 

El aspecto técnico, siempre riguroso y certero en el cine del realizador estadounidense, donde nada queda al azar, todo está muy pensado y donde la cámara no sólo muestra sino que atraviesa a sus personajes, de forma emocional,  aspectos que conforman una excelente filmografía que abarca ya más de tres décadas. Una forma de haces que se adapta completamente a lo que se está contando, con esa música pausada e incisiva del brasileño Marcelo Zarvos, que ya estuvo en la mencionada Aguas oscuras, y ha trabajado con cineastas de la categoría de Barry Levinson, Bruno Barreto y Tod Williams, entre otros. La estupenda cinematografía de Christopher Blauvelt, habitual del cine de Kelly Reichardt, que reincide en la idea de fantasmagoría, donde los silencios, los gestos y las diferentes capas de los personajes juegan un papel fundamental en esa ambigüedad moral y oscura que planea en cada encuadre. Y finalmente, el exquisito, ágil y rítmico uso del montaje que firma Affonso Gonçalves, editor de 5 títulos con Haynes, que se mueve como pez en el agua por la cotidianidad de lo íntimo y lo colectivo, en esos espejos distorsionantes que estructuran la trama, pasando por el drama y el terror de forma transparente, donde cada gesto y cada mirada está llena de varias lecturas y rodeados de misterio. 

Una película construida a partir de la fabulación de lo que se cuenta, generando un misterio en sí mismo, sobre todo, al espectador, que debe descifrar o quizás, sólo examinar los personajes, como si de un detective amateur se tratase. Sus personajes y sus composiciones son indispensables para crear esa idea de verdad y mentira por la que transita esta May December, por eso, las interpretaciones de su magnífica pareja protagonistas. Ese tour de force entre Julianne Moore, 5 películas con Haynes, y Natalie Portman, no sólo es la clave de lo que se cuenta y cómo se hace, sino que crea esa posición de intimidad, secretos, mentiras, verdades y demás sentimientos y emociones donde el relato se crea, se destruye y se transforma, sin saber nunca si todo lo que se cuenta es verdad o no, tampoco es importante, porque aunque tengamos la capacidad de contar historias, también tenemos la incapacidad de no comprender la “realidad” tan compleja que nos rodea. El curioso y frágil equilibrio que se genera entre ellas dos, lo completa el carismo y la sobriedad del actor Charles Melton, que conocemos de la serie Riverdale, que hace de Joe Yoo. No se pierdan la película de Todd Haynes, uno de los mejores cineastas de la actualidad, porque no sólo sabe construir historias atrayentes y estupendas, sino que lo hace desde la sutileza, la sofisticación, lo conciso y la sobriedad, y desde la complejidad y la ambigüedad de nuestras almas, nuestro entorno y nuestro pasado. Una maravilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

Maps to the Stars, de David Cronenberg

maps_to_the_stars_cartelLA PARADA DE LOS MONSTRUOS

Un guionista de tercera conoce a estrella de cine mudo olvidada encerrada en un caserón envejecido en El crepúsculo de los dioses; Un productor ejecutivo recibe anónimos amenazantes que hacen peligrar una carrera de blockbusters en El juego de Hollywood; Dos actrices, una de ellas amnésica, se mueven entre las sombras de Hollywood a la espera de un papel que no llega en Mulholland Drive. Tres retratos despiadados y feroces del submundo hollywoodiense firmados por Wilder, Altman y Lynch, respectivamente, que miraron de forma crítica y profunda ese otro escenario alejado de los focos. Ahora, el turno es de David Cronenberg (Toronto, 1943) uno de los nombres más importantes del cine actual, acreedor de más de 20 títulos, con una carrera que alcanza más de tres décadas y responsable de obras de la talla de Videodrome, Inseparables, Crash o Una historia de violencia, entre muchas otras. Películas donde se sumergía en los infiernos particulares que nos acechan, eliminando las fronteras y los límites de lo humano, mecánico, físico o psicológico, creando un sinfín de realidades y atmósferas tanto subjetivas como objetivas. En esta ocasión, se enfunda el traje de observador y cirujano para escrutar y escisionar todo lo que rodea la meca del cine, esos lugares de calles sin fin, de mansiones lujosas envueltas en cristales, ropa de diseño, liftings y máscaras por doquier, y de individuos que se mueven como fantasmas a la caza de un buen personaje que les contamine de fama y dinero. El realizador canadiense se mueve por estos escenarios como pez en el agua, sabe manejarse por estos inframundos helados y artificiales, sus personajes viven en el abismo, rozando la locura o traspasándola, sobreviven encarcelados en sus particulares infiernos, y se arrastran por las pulsiones y encantos más nocivos y peligrosos. El relato arranca con la llegada de Agatha (maravillosa la composición de Mia Wasikowska, en un personaje con referencias al que hizo en Sólo los amantes sobreviven, donde también ejercía de elemento perturbador) se sube a una limusina que conduce Jerome (Robert Pattinson repite con Cronenberg, después de Cosmopolis, ahora es un trepa aspirante actor que acaba sus servicios con final feliz), llegan hasta un lugar abandonado donde antes hubo una casa. Agatha, con medio cuerpo quemado por un incendio que ella provocó, vuelve del pasado para rendir cuentas, para enfrentarse a su padre, el Dr. Stafford (brillante John Cusack, en un rol de gurú terapeuta, de matasanos de tres al cuarto, que vende bestsellers, con la excusa de curarlas de todo mal, le saca los cuartos a las actrices deprimidas y esquizofrénicas como Havana (una Julianne Moore en estado de gracia) que sufren pesadillas junto a su madre difunta y mueren por un papel que las saque del ostracismo más caótico. Para redondear el panorama, también tenemos al hijo del Dr., una estrella televisiva adolescente adicto a la coca y perturbado, y cerrando la familia malsana, una madre sobre protectora que vive en un paraíso ficticio que le impide ver. Personajes todo ellos a un paso de la locura, que se desplazan sin sentido y ahogados por sí mismos y por una vida enfermiza contaminada por flashes y miradas perversas. Cronenberg describe un paraíso sucio y mugriento, que no sería ni cielo ni infierno, sino más bien un limbo de espectros alucinados de alcohol, cocaína o pastillas que matan por un trozo del pastel de esa popularidad y fama que ansían a toda costa, como único objetivo vital que viaja a velocidad de vértigo hacía el abismo en un solo sentido. Un cuento moderno sobre esa fábrica de pesadillas, perversión, drogas, locura, donde no faltan incendios, incestos, pedofilia, orgías y polvos en el asiento trasero, niñas vengativas con tendencias homicidas, y sobre todo almas a la deriva que ni saben dónde están ni adonde van.