La isla del viento, de Manuel Menchón

lidv-cartel-laureles-bajaEL POETA COMPROMETIDO.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”.

Miguel de Unamuno

La película arranca en aquel fatídico 12 octubre de 1936, en Salamanca, con la Guerra Civil en total ebullición, en la que Miguel de Unamuno (1864-1936) como rector de la Universidad, se dispone a abrir el curso académico en presencia de las autoridades franquistas. Una mujer joven, Cala, le recrimina su actitud de benevolencia frente a los fascistas. Después de este breve e intenso prólogo, la película viajará hasta 1923, a la isla de Fuerteventura, en Puerto Cabras, un pequeño pueblo de campesinos y pescadores, lugar en que el insigne escritor pasó 6 meses de exilio forzoso por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera y al Rey.

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Manuel Menchón (Málaga, 1977) que ya había demostrado sus dotes para las historias humanas y críticas a favor de la justícia y contra el fascismo, en su debut en el largometraje con el documental Malta Radio (2009) donde filmaba la odisea de los nueve días que vivieron unos pescadores que rescataron unos inmigrantes del mar, y se vieron obligados a mantenerlos en su pequeño barco, debido a que Malta se negaba a auxiliar a los refugiados. En La isla del viento (hermoso titulo que obedece a ese lugar aparentemente bello, pero también, lleno de dolor) Menchón recoge un corto período donde seguimos a Unamuno, aquí interpretado de forma soberbia y primorosa por José Luis Gómez (que deja momentaneamente aparcado su teatro que tanto le ha dado) en la que nos olvidamos del magnifico actor onubense (que realiza una composición de alta escuela, donde la contención y la mirada componen de forma concisa todo lo que encierra el interior de Unamuno) para centrarnos en la figura del hombre, un hombre cansado, vilipendiado y huido, alguien que llega a la isla y se enconde de todos, y sobre todo, de sí mismo, alguien que ha sido expulsado por alzarse contra la barbarie de aquellos que gobiernan y mantienen al pueblo en la ignorancia y la miseria.

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Menchón cimenta su relato a través de la mirada del escritor, la camera lo sigue por la isla, inicialmente como un paisaje extraño y agobiante para Unamuno, pero que el tiempo, convertirá en su hogar, en un escenario donde también la injusticia y la maldad se extienden, apaleando la frágil voluntad de un pueblo hambriento y triste. Aquí nos olvidamos de la parte más conocida del escritor (estamos hablando de su extensísima obra con decenas de cuentos y relatos cortos, sus novelas de gran calidad como Niebla, La tía Tula, Abel Sánchez o San Manuel Bueno, Mártir, entre otras, su faceta como filosofo, como académico, en el que brilló como trabajador incansable por una universidad moderna y pedagógica, y no menos, su labor como político, a favor de la República y los valores de libertad y humanismo). Menchón dirigí nuestra mirada al alma del poeta, a su interior, al armazón que cubre esa severidad y hastío del inicio que lentamente dará paso al hombre comprometido con su tiempo, su tierra y su gente.

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La envolvente y excelente luz del cinematógrafo Alberto D. Centeno (autor de la extraordinaria imagen de El árbol magnético, de Isabel de Ayguavives, ente otras) ayudan a plasmar las emociones que marcan ese paisaje que emana más tristeza que alegria y más penurias y soledad, que risas y abrazos. Unos secundarios de peso ayudan a fortalecer la trama de la película: el cura con crisis de fe que no cree en los niños, el hermano del cacique que se compromete con el poeta, la mujer que admira al poeta y hará lo imposible por seguirlo, y la niña harapienta que descubre otro mundo, personajes que forman parte del paisaje en el que se mueve Unamuno, el hombre de su tiempo, el humanista que no puede callar las injusticias, y que se enfrentará a todos por el bien social y ayudar al desvalido a que su vida mejore, aunque le cueste incluso su propia vida.

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La película volverá al presente que nos habían mostrado en la apertura, reconstruyendo de forma realista el momento histórico en que Unamuno, como cabeza visible de la Universidad de Salamanca, estalla contra el terror fascista enfrentándose al General Millán Astray, que clama muerte a los intelectuales, y a lo que responde Unamuno, con su habitual destreza con el lenguaje gritando el texto que encabeza esta crítica, entre los gritos y amenazas de los militares facciosos allí concentrados. La cinta de Menchón se cierra con la muerte del poeta, sólo y en silencio. Otro de nuestros más ilustres poetas, Antonio Machado, moriría al terminar la Guerra en un pequeño pueblo de la frontera francesa, momentos de tristeza que marcaran el devenir de esta España moribunda, a la que, tristemente, los que más la quieren, son aquellos que más daño le hacen.

O los tres o ninguno, de Kheiron

af_guia_o_los_tres_o_ninguno_5259LA FAMILIA COMPROMETIDA.

Nos encontramos en una aldea del sur de Irán alrededor de 1955. Conocemos a una familia numerosa, 12 hijos, entre ellos, nos presentarán a Hibat Tabib, el hilo conductor de la historia que a continuación nos contarán. Un salto en el tiempo, nos traslada hacía 1972, Hibat se ha convertido en un opositor al régimen dictatorial del Sha de Persia, es detenido y encarcelado. Cuando es liberado, estalla la revolución, pero todo se tuerce, el Ayatolá Jomeini y sus radicales islamistas llegan al poder e instauran un régimen autoritario. Hibat conoce a Fereshteh, y se enamoran, y siguen en la lucha política.

La opera prima de Kheiron, alias del nombre Nouchi Tabib, cómico de gran éxito en Francia en el El club de la comedia, y antiguo educador social, nos cuenta la historia de sus padres, y de todos aquellos resistentes que lucharon contra la injusticia en Irán, y tuvieron que exiliarse a Europa y seguir desde el exterior la lucha por la libertad de su pueblo. Kheiron adopta la tragicomedia para contar la existencia de sus progenitores, una vida llena de dificultades con años de cárcel, vida clandestina, y el penoso viaje por las montañas cruzando la frontera hasta Turquía, y más tarde, una nueva vida desde cero en Francia. El cineasta iraní sigue directrices y propuestas similares de Persépolis (2007), en la que Marjane Satrapi, junto a Vincent Paronnaud, a través de la animación y en clave de tragicomedia, contaba su vida en Irán durante el régimen de Jomeini, desde el punto de vista de la mujer, la principal perjudicada de la falta de libertad. Kheiron construye una fábula como las de antaño, sin olvidarse de los momentos durísimos de la vida en Irán, y los difíciles comienzos en Francia. El director cuenta su película en francés, en la que vivimos una historia de amor sensible y delicada, en el que reinan la tolerancia y el compromiso por un mundo mejor. Su película es imaginativa, divertida, y humana, pero también, terrorífica y trágica, eso sin perder en ningún momento el punto de vista de la comedia, arrancando sonrisas e ilusión en todos los momentos, incluso también en los duros.

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No es una película panfletaria, ni bienintencionada, explica la resistencia con muchísimo humor de alguien que creía en un mundo diferente, y allá donde estuvo, siempre siguió con esa premisa para los suyos y él mismo. Tampoco es una película política, aunque está muy presente durante todo el metraje, Kheiron la tiene en cuenta, pero su mirada se encamina hacía su familia, como siguieron unidos y todos fueron a una, a pesar de las dificultades por las que tuvieron que pasar. La incursión de la actriz Leïla Bekhti, con ese carácter y temperamento (como todas las mujeres que se describen en la película) aporta las dosis necesarias que necesita el personaje del padre para tocar de pies a tierra, y centrarse en su familia. Una luz en la que priman los rostros y las miradas, y los tonos oscuros, cuando el film se endurece y áspera, acompañada de una divertida y mágica banda sonora que sigue a los protagonistas a ritmo de pop y música tradicional. Una película sobre la familia, pero a partir de un concepto humano y realista, alejándose de esa idea anglosajona de la familia como idea central del desarrollo del individuo, aquí, la idea se sustenta en algo totalmente diferente, se cimenta en que el grupo familiar como soporte para realizarse como persona, y los otros miembros apoyarán y construirán una vida a pesar de las diferencias y el entorno hostil en el que vivan. Kheiron recoge el testigo de los grandes como Chaplin, Keaton, Hermanos Marx, etc… que nos explicaron que por muy duras y terribles que sean las experiencias que vivamos, siempre hay que ofrecerles una sonrisa, tratarlas con humor, para reírse de ellas y sobre todo, reírse de uno mismo, porque quizás la comedia es lo único humano que nos queda.

Entrevista a Haliam Pérez

Entrevista a Haliam Pérez, director de «Marina». El encuentro tuvo lugar el sábado 17 de octubre de 2015, en un patio interior de la Universidad de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Haliam Pérez, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a la Muestra itinerante de Cine Independiente Cubano, por descubrirme la película.

Entrevista a Lara Izagirre

Entrevista a Lara Izagirre, directora de «Un otoño sin Berlín». El encuentro tuvo lugar el martes 3 de noviembre de 2015, en el hall de los Cines Verdi Park de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lara Izagirre, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Sonia Uría y Alex Tovar (autor de la fotografía que ilustra esta publicación) de Suria Comunicación, por su paciencia, amabilidad y cariño.

El gran vuelo, de Carolina Astudillo Muñoz

elgranvueloINVOCAR A UN FANTASMA

“Hay muertos a los que nadie recuerda porque duelen demasiado para querer recordarlos, otros, se han vuelto incómodos. ¿Cómo hacerlos regresar?”

En Anatomía de un instante, el escritor Javier Cercas partió de una imagen (la que se produjo en el congreso cuando Tejero irrumpió a punta de pistola aquella tarde fatídica del 23 de febrero del 81, el instante en que Suárez y Carrillo no se refugiaron en sus escaños y se mantuvieron firmes ante los civiles) para reconstruir la memoria de la transición a través de un magnífico ensayo político que indagaba en las zonas más oscuras de la historia reciente de este país. Carolina Astudillo Muñoz (Santiago de chile, 1975) ha realizado un proceso similar al de Cercas, su punto de partida eran algunas fotografías y cartas de Clara Pueyo Jurnet, una de aquellas mujeres nacidas en Barcelona, que se afilió al PSUC y luchó primero a favor de la República, y luego en contra del franquismo, y continúo en la resistencia contra la dictadura hasta su desaparición en 1943, cuando salió de la prisión de Les Corts de Barcelona con un permiso falso. Ahí se pierde su huella para siempre, nadie sabe de ella, que fue de ella, que ocurrió después.

Astudillo descubrió esa imagen perdida, (como hace Rithy Panh en su obra, donde reconstruye la memoria no filmada del terror de Camboya) la de Clara, durante la realización de su pieza De monstruos y faldas (2008), donde recorría el desgraciado devenir de las mujeres que pasaron por la prisión de Les Corts. Fue en ese instante cuando arrancó el proceso de investigación histórica, en este maravilloso y emocionante viaje que se materializa con el encuentro de la cineasta con su personaje a través del cine, donde la vida y la muerte forman uno sólo, como explicaba Joan van der Keuken en Las vacaciones del cineasta (1974). Astudillo se sumió en una ardua y laberíntica investigación sobre la memoria de Clara y todos los personajes que la rodearon, no encontró imágenes, debía construirlas, en su caso optó por la reconstrucción, por el material de archivo o el found footage, rebuscó en las filmotecas películas familiares de la alta burguesía catalana y valenciana de los años 30, 40 y 50 (los lugares vitales de Clara), que recogen hechos cotidianos y explosiones de alegría, un material que con la ayuda de las dos montadoras, Georgia Panagou y Ana Pfaff, convierte esas películas ajenas en propias, en las imágenes que faltan de Clara, en esa vida no filmada, en dar luz donde no la hay, en que los espectadores sintamos que pertenecen a Clara y los suyos, unas imágenes que son de otros, de aquellos que vivían bien, ajenos y alejados a la lucha política y el terror del franquismo. Y no sólo eso, Astudillo Muñoz, además de reconstruir la biografía de Clara, fabrica un imponente ensayo fílmico en el que reflexiona y estudia esas filmaciones, como se registraban los cuerpos femeninos que hay detrás de cada retrato, la puesta en escena que escenifica como educaban a los niños en la lucha de clases.

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Dos voces, una que nos explica el itinerario desgraciado de Clara, la juventud ilusionante, y la guerra, el exilio, y la clandestinidad, el terror del franquismo, y la paranoia comunista que ajustició a compañeros, la desilusión y el desencanto por una izquierda que acabó matándose y enterrándose a sí misma. La otra voz, nos lee las cartas de Clara, y los suyos, los amores frustrados, el desarraigo familiar, las amistades rotas, las dudas de la militancia, y la huida constante, todo aderezado con una música vanguardista, barroca, y popular, que funciona como testigo de esas imágenes que nos envuelven en las heridas del pasado que no cicatrizan. Astudillo no sólo desentierra la memoria silenciada y olvidada de Clara Pueyo Jurnet de una forma ejemplar y contundente, sino que se pregunta constantemente a sí misma, y expone unos hechos y lanza muchas cuestiones de dificultosa resolución, cediendo constantemente la palabra al espectador, para que seamos los que reflexionemos sobre lo contado. Una película humanista, honesta y tremendamente sencilla que, en ocasiones parece una película de terror y en otras, en un documento contra el olvido, cimentada en una estructura férrea plagada de sombras y espectros que escenifican a aquellas personas que siguen vagando por una historia, la oficial, que sigue negándolos, sin reconocerlos y no documenta sus vidas, porque como bien advierte el arranque de la película, hay muertos incómodos, molestos, tanto para unos como otros, quizás esa la metáfora terrible que lanza como dardo envenenado Astudillo Muñoz, que desenterrar la memoria, y ver qué y cómo sucedió, no sólo molesta a los de un lado, sino también a los del otro lado.

Regreso a Ítaca, de Laurent Cantet

regreso_a_itaca_32042LA REVOLUCIÓN OXIDADA

Amadeo vuelve a Cuba después de 16 años en España, sus cuatro amigos le han preparado una calurosa bienvenida en una azotea, donde beberán, se reirán y sobre todo, rendirán cuentas de sus propias experiencias y sobre la revolución. Apoyándose en esta premisa, el cineasta francés Laurent Cantet, autor de grandes títulos como Recursos humanos (1999), El empleo del tiempo (2001), y su aclamada La clase (2008), que le valió la Palma de Oro en Cannes. El realizador francés sigue fiel al realismo social, a sus personajes idealistas que luchan lo indecible contra lo establecido, pero que finalmente sucumben. Cantet vuelve a La Habana (en el año 2012 dirigió el segmento La fuente para la película colectiva 7 días en La Habana). Ahora se ha aliado con el escritor Leonardo Padura y en uno de sus libros, La novela de mi vida, para adaptar libremente algunos de sus pasajes. El resultado es un retrato agridulce y honesto de cinco amigos que soñaron con que la revolución traería una nueva vida y sueños realizables, pero el impecable paso del tiempo y la frustración se ha apoderado de ellos, aquel tiempo donde los sueños eran posibles ha dejado paso a una vida cotidiana de enormes dificultades donde el lema es sálvese quien pueda.

Cantet nos sitúa en una azotea, un lugar privilegiado desde donde tenemos una vista espectacular del mar y somos testigos del enjambre de patios y azoteas, donde se puede divisar la ebullición de la vida habanera con sus ruidos y sus gentes. En ese espacio, y acotando su relato en una noche, los cinco amigos recordarán, mientras beben whisky de contrabando y comen arroz con frijoles, sin caer en esa nostalgia sensiblera de algunas películas, lo que fueron y ya no son. Una noche donde se enfadarán, discutirán, se reprocharán y también se reirán y reconciliarán, recordando aquellas jornadas interminables recogiendo caña de azúcar, los conciertos de Serrat, el espíritu romántico de The Mamas  & the Papas o rememorando los bailes con Formula V, la sensibilidad de Bola de nieve… Los amores que tuvieron, que desearon y que dejaron escapar, momentos y canciones que los trasladan a aquellos años jóvenes que creían que todo era posible, que el mundo cabía en una mano y en el que todos conseguirían ser felices. Aunque no fue así, los tiempos de euforia y romanticismo pasaron, y la realidad se fue imponiendo, Amadeo dejó de escribir y se exilió a España donde tuvo que empezar de cero, Rafa, renunció a la pintura y se ahogó en el alcohol, Tania vio como sus hijos emigraban a EE.UU. y se quedó sola aguantando el hundimiento de Rafa y la muerte de su mejor amiga Angela, Aldo, se quedó solo después que lo abandonase su mujer, y se gana la vida clandestinamente, y finalmente, Eddy, abandonó sus sueños socialistas para abrazar fielmente al capitalismo más ególatra.

Sueños e ilusiones que se cayeron en el olvido, que sucumbieron a una realidad durísima que encogió y oxidó los ideales socialistas para convertirlos en un país aislado y moribundo que se mantiene gracias al espíritu de resistencia e imaginativo de sus gentes. Cantet se ha mirado en películas como En Septiembre (1981, Jaime de Armiñán), Reencuentro (1983, Lawrence Kasdan), o Los amigos de Peter (1992, Kenneth Branagh), donde se cuentan reencuentros de amigos que compartieron un tiempo de juventud que ya pasó, y que ya no volverá, porque aquellos jóvenes ya no son los mismos, el tiempo y la vida los han llevado por otros caminos y diferentes ideas, aunque les queda la amistad que les une, con sus alegrías y tristezas.