Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

DÍA EN FAMILIA EN LA TIERRA. 

“Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”. 

Robert Bresson 

De las 16 películas y media que componen la filmografía de Jim Jarmusch (Cuyahoga Falls, Ohio, EE. UU., 1953), encontramos algunas estructuradas en forma episódica: Mystery Train (1989), breves historias que suceden en Memphis, Noche en la Tierra (1991), pequeñas tramas a bordo de un taxi por medio mundo, y Coffe and Cigarettes (2003), conversaciones alrededor del café y el tabaco. Su última película Father Mother Sister Brother se une a lo episódico a través de tres fragmentos que tiene en común la familia, en la que tres visitas serán el epicentro de las situaciones. En la primera, que ocurre en uno de esos pueblos de montaña en New Yersey, un par de hermanos visitan a su padre. En la segunda, nos trasladamos a Dublín, en la que una madre espera la llegada de sus dos hijas, tan diferentes como distantes. Y en la última, la visita se desarrolla en París, en la que dos hermanos acuden, por última vez, al piso que compartieron con sus padres fallecidos. 

Después de una extensa y brillante filmografía como la del cineasta estadounidense sería inapropiado recordar sus grandes virtudes como narrador de la condición humana, aunque sí que podemos detenernos en su forma de representarlas, ya que, en ese sentido resulta uno de los mayores cineastas vivos en detenerse, observar y penetrar en esa oscuridad insondable que somos cada uno de nosotros. A partir de situaciones que se van a ir repitiendo en las tres historias como el agua y sus sabores, o un rolex falso, unos skeaters y los colores de los muebles y objetos, el director traza unas conversaciones a cerca de la familia, la memoria, los recuerdos, y sobre todo, en un leit motiv que se repite en todas sus películas, la relación de los presentes y los ausentes. La representación en el cine del norteamericano se basa en el vaciado, en aquello que Schrader mencionó en su magnífica obra “El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer.”, donde lo importante es aquello que no se ve, lo tangible y lo más cotidiano como forma de relación entre los personajes, la repetición de los diferentes planos y encuadres, y de las diferentes situaciones para indagar en la forma más pura y honesta de representación y sus múltiples variaciones. 

Como es costumbre Jarmusch se rodea de grandes técnicos como los cinematógrafos Frederick Elmes, con más de 60 películas al lado de Lunch, Cassavetes, Ang Lee y Todd Solondz, que ha estado en 6 títulos del director desde que hicieron juntos la citada Noche en la Tierra. El otro director de fotografía es Yorick Le Saux, con más de 40 películas, junto a Ozon, Assayas, Zonca, Guadagnino y Denis, y dos films con “Jimmy”. Los concisos y sobrios encuadres y planos en mitad de un quietud que traspasa, con esos planos cenitales tan hermosos como inquietantes, llena de tonos sombríos y tenues, y la idea de reposo absoluto donde los personajes miran y se mueven al son de una marcha silenciosa y muy cauta. La música la firman el propio director y Anika, artista de música electrónica y psicodelia, abraza ese tono realista y no acción que se impone en el tempo de la película. El montaje de Affonso Gonçalves, 5 películas con Jarmusch, amén de obras con Ira Sachs, Todd Williams y Todd Haynes, consigue esa idea de lo físico con lo metafísico en sus reposadas casi dos horas de metraje, en la que cada personaje asume un rol donde lo que hace y no dice tiene que ver con aquello que quiere expresar, pero no de un modo directo sino a partir de subterfugios inherentes que van emergiendo en las triviales y superficiales encuentros. 

Los repartos de las películas desde el lejano debut con Permanent Vacation (1980) siempre han estado poblados de su “rebaño”, es decir, sus amigos músicos y demás artistas de su espacio neoyorquino. El padre no podría ser otro que Tom Waits, desde los inicios en el universo de Jarmusch,. Un actor tan peculiar como los diferentes personajes que ha hecho en las pelis del director afincado en New York. Sus hijos son Adam Driver, que fue el silencioso conductor de autobuses de Paterson (2016), y Mayim Bialik, que muchos recordamos como la brillante Blossom. Charlotte Rampling es la madre dublinesa, y sus hijas son la preferida Cate Blanchett y la rarita Vicky Krieps. Luka Sabbat y Indya Moore son la pareja de hermanos parisinos, amén de la presencia de Françoise Lebrun, la inolvidable amante de La mamá y la puta (1973), de Eustache. Unos intérpretes que se apoyan en los silencios y en la “no actuación” para encarnar a unos personajes que ejercitan la inacción, a través de miradas, gestos y demás acciones invisibles en las que construyen unos personajes que hablan muy poco o lo justo, o quizás, no les hace falta verbalizar lo que ya sus acciones explican. 

El largo título de Father Mother Sister Brother no sólo ejemplifica esa idea de análisis certero y directo sobre el significado ya no sólo de la familia, de esos seres extraños que se confunden en la maraña de las relaciones y (des) encuentros, sino de algo mucho más profundo que encontramos en toda la filmografía y brillante de Jarmusch, y no es otra que esa idea de que los pequeños e insignificantes de la vida son la vida, es decir, que lo demás, la mayoría de cosas que hacemos en nuestra existencia, son cosas que sirven para lo que sirven, pero que las otras cosas, las que apenas apreciamos por nuestras estúpidas prisas y demás, son las que hacen la vida un lugar que vale la pena estar, no en un sentido de ociosidad y fervor alucinatorio donde las actividades físicas y experiencias de otra índole nos llenan la vida, pero la alejan del verdadero no significado de la vida, y que no es otro, que la de sentarse frente a un ventanal, con un té en la mano, y mirar detenidamente el agua azul del lago, el caer del día y los diferentes destellos de luz. Quizás de tanto buscar la vida nos olvidamos que la tenemos tan presente que no la miramos, y nos dedicamos a atiborrarla de cosas y más cosas, y nos perdemos la invisibilidad, lo que no vemos, y lo que sentimos en la cotidianidad de la quietud, del silencio y de lo espectral, rodeado de tantos fantasmas que nos acompañan como les sucede a los personajes de Jarmusch, rodeados de lo que no se ve y de los que no se ven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benedetta, de Paul Verhoeven

LO MíSTICO Y LA CARNE.

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”.

Franz Grillparzer

El cine de Paul Verhoeven (Ámsterdam, Holanda, 1938), se ha cimentado a través de relatos íntimos, extremadamente psicológicos, sexualmente liberadores y muy oscuros, a través de personajes encerrados en mundos hostiles, sórdidos y tenebrosos, individuos que harán todo lo posible para ser quiénes desean ser y sobre todo, romper unas cadenas demasiado pesadas. Una primera etapa en su país natal con títulos tan reveladores como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Katty Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) y El cuarto hombre  (1993), entre otros, donde la forma y la historia formaban parte de un todo para hablarnos de un modo descarnado y explicito de la condición humana. A partir de 1985 hasta el año 2000, su cine se internacionaliza dirigiendo producciones estadounidenses entre las que destacan Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), e Instinto básico (1992). En el 2006 vuelve a su tierra para hacer El libro negro, sobre una espía judía en la Holanda invadida por los nazis. Diez años después realiza Elle, un sofisticado thriller psicológico y sexual sobre malos tratos.

En la filmografía de Verhoeven abundan las mujeres atrapadas en historias turbias y negrísimas, donde las circunstancias las llevan a luchar enérgicamente para sentirse libres, donde siempre se impone la dualidad entre verdad o mentira, entre aquello que nos muestran y aquello que creemos, entre lo psicológico y lo carnal, mujeres que sienten el sexo y lo practican de forma salvaje, sin prejuicios y de forma liberal, y es de esa forma tan natural y descarnada que la muestra el director holandés. En Benedetta, construye su relato basándose en el libro “Afectos vergonzosos”, de Judth C. Brown, un guion escrito con David Birke, su guionista en Elle, para hablarnos de Sor Benedetta Carlini, una monja teatina en la ciudad de Pescia, en la Toscana, durante el siglo XVII; en una atmósfera donde rige el poder sobrenatural de la iglesia, su corrupción e hipocresía, y el catastrófico avance de la peste que asoló Italia. En ese contexto, conocemos a una mujer que dice hablar con el Señor, una mujer al que le brotan estigmas, y parece poseída por el mismísimo Jesucristo. Además, la llegada de Bartolomea, una joven que escapa de los abusos de su padre, aún trastocará la vida de Benedetta, ya que mantendrá relaciones sexuales con la recién llegada.

La férrea vida espiritual y física impuesta por la dictatorial abadesa llevarán a las amantes a rendir cuentas frente al nuncio, en la que Benedetta será juzgada por herejía y relaciones sexuales prohibidas. Verhoeven opta por una estructura clásica, donde vamos conociendo la existencia de Benedetta de primera mano, hurgando en su vida cotidiana, y en sus supuestos milagros, que como era de esperar, dividen a la comunidad, con la oposición de la abadesa y el beneplácito del párroco mayor, aunque el director holandés nunca se decantará por ninguna de las dos opciones, si estamos frente a una farsante y manipuladora, o todo lo que vemos está en manos divinas, en esa cuestión reside la verdadera virtud de la película, dejando esa duda en manos de los espectadores. El contexto social, económico y cultura impuesto por el clero es otro de los elementos más interesantes de la historia, centrándose en todos los tejemanejes de los poderes eclesiásticos ante los estigmas de Benedetta, la reacción de cada uno de ellos, y la supuesta imposición de la que todos hacen gala, en que la película va dejando caer algunas situaciones que nos hacen reflexionar sobre la manipulación construida frente todas aquellas cosas relativas al sexo que rigen en la madre católica apostólica iglesia romana.

El tono naturalista y cercano que usa Verhoeven ayuda a sumergirnos en un relato sobre la fisicidad y psique humana, con una grandísima ambientación de recreación histórica, con la excelente cinematografía de Jeanne Poirier, que ha trabajado con nombres tan importantes del cine francés como Techiné, Ozon, Corsini y Bruni Tedeschi, entre otros, dotando a la historia de esos oportunos claroscuros y ese maravilloso juego con las cortinas, y todo lo relacionado con el interior/exterior, es decir, convento/ciudad. El exquisito y rítmico montaje de Job Ter Burg, que ya estuvo en El libro negro y Elle, que sabe dotar de agilidad y pausa a una historia llena de personajes, intrigas y silencios, y la excelente partitura de Anne Dudley, otra conocida de Verhoeven, ayuda a envolvernos en ese mundo de espiritualidad, hipocresía, manipulación y sexo que anida en toda la película. Benedetta se engloba en todas esas películas que han abordado de manera honesta y realista el mundo de las comunidades de monjas como Los ángeles del pecado, Narciso Negro, La religiosa, Los demonios, Thérèse y Extramuros, entre otras, películas que abordan el universo cerrado de la vida de las monjas desde la naturalidad, desde los deseos reprimidos, las ilusiones no contadas, y toda esa cotidianidad llena de crueldad, sufrimientos y misticismo.

Un reparto asombroso y sobrio interpretan unos personajes que miran y sienten más de lo que hablan, donde sus silencios están llenos de ruido, de rabia y de incomprensión, encabezados por una fascinante y magnética Virginie Efira como Sor Benedetta, llena de vida, mística y sexo, una actriz llena de sabiduría que hipnotiza con su mirada profunda y su cuerpo dolorido y sexual, bien acompañada por la joven Daphné Patakia como Bartolomea, ese cuerpo lujurioso y libre que será clave para la espiritualidad y sexualidad de Benedetta, una llama llena de vida, de amor y de sexo. La grandísima Charlotte Rampling se pone el hábito de la abadesa, recta, rigurosa y atormentada que se impondrá a los supuestos milagros de la protagonista, y hará lo imposible por exterminarlos. Lambert Wilson, con su poderío y elegancia es el Nuncio, que representa toda esa hipocresía y maldad de la iglesia, que debe anteponer el orden a la libertad, y finalmente, Olivier Rabourdin, un actor de gran prestigio en la cinematografía francesa, da vida al cura que defiende los milagros de Benedetta. Verhoeven ha construido una película llena de misterio y enérgica, muy física y espiritual, donde hay tiempo para todo, para conocer los estigmas de Benedetta, su sexualidad de forma natural e íntima, y sobre todo, para conocer el funcionamiento del poder de la iglesia, que se regía por el orden establecido y anulaba de forma tajante cualquier revuelo que tuviese que ver con sentir de forma diferente, hablar fuera de los códigos establecidos, y sobre todo, eliminar cualquier atisbo de pensamiento que condujese a una vida libre y más, si venían de una mujer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Andrea Pallaoro

Entrevista a Andrea Pallaoro, director de la película «Hannah», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el miércoles 2 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Pallaoro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Oriol Jornet, por su grandísima labor como traductor, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

45 años, de Andrew Haigh

CartelLA FRAGILIDAD DE LO QUE SENTIMOS.

“La tierra esconde secretos, cosas que se hacen invisibles, pero que no desaparecen”.

Kate y Geoff Mercer forman un matrimonio longevo y avenido, viven su retiro en el campo cerca de un pequeño pueblo inglés. Una mañana, Geoff recibe una carta que le explica que han encontrado el cadáver de Katya, su primer amor, fallecida trágicamente durante una excursión a los Alpes en 1962. A partir de ese instante, y a una semana de celebrar sus 45 años de casados, la apacible vida marital se verá sometida a los celos, las angustias y los fantasmas del pasado.

El cineasta Andrew Haigh (1973, Harrogate, Reino Unido) realiza en su tercer largometraje, un retrato del amor maduro realista y sincero, alejado del paternalismo recurrente en otras producciones. Nos muestra un matrimonio integrado por una pareja que ha pasado los setenta años, y el pasado, un pasado ocultado pro Geoff, hace peligrar y llenar de dudas e incertidumbres a Kate. Haigh cede la mirada y el punto de vista de su película a su personaje femenino, a esta madura serena y atractiva, maestra jubilada, que comienza a mirar con recelo a su compañero de toda la vida, a no entenderlo y sobre todo a cuestionarlo, y más aún a cuestionarse ella misma su matrimonio y sus propios sentimientos, olvidados por la cotidianidad de la vida en pareja. Haig ha armado una película llena de sutilezas y detalles, apoyadas en los gestos y las miradas, sabe captar de forma delicada la negritud que se va apoderando lentamente en estos siete días que acotan el desarrollo de la trama. La estructura del filme se hilvana a través de lo que no se dice, de las cosas que se guardaron al otro, de esas vivencias del pasado que llenan de nubarrones el presente que cada vez se muestra más gris y confuso. Curiosamente, esta película y la anterior de Haigh, Weekend (2011), donde se mostraba los primeros pasos de una relación amorosa de dos homosexuales, forman un interesante díptico sobre las relaciones sentimentales, la exposición emocional frente al otro, la vulnerabilidad de nuestros sentimientos, que partes ocultamos y que mostramos al que amamos.

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En la película de Haigh todo sucede de forma cadenciosa, como a susurros, no hay discusiones ni nada altisonante, el conflicto se cuece a fuego lento, casi sin darnos cuenta, todo parece suceder según lo planeado frente a los amigos, pero las cosas no son así, bajo esa apariencia ante los demás, algo ha cambiado, Geoff ha vuelto a fumar, a refunfuñar por asistir a una comida de donde trabajaba (su puesto substituido por la tecnología, amigos liberales que se han vuelto extremadamente conservadores.. ) a rebuscar en el desván recuerdos de aquel amor, que desapareció en una grieta, la que ahora atraviesa su relación, aunque él parece no darse cuenta, la que si vive esa ruptura es Kate, ella se muestra pensativa, distante y analizando cada gesto y movimiento del marido, y poniendo en seria duda su matrimonio, sus sentimientos y toda su vida. Dos actores magníficos y soberbios, Charlotte Rampling y Tom Courtenay (premiados en la Berlinale) componen estos personajes humanos y llenos de dudas, sacudidos por ese pasado espectral que está derribando su relación aparentemente tranquila y sincera. Una estupenda película que nos habla de amor, de sentimientos, de los sesenta, del pasado vivido y las cosas que se perdieron y en lo que nos hemos convertido, donde las canciones de antes ya no suenan como entonces, donde cada uno ha caminado su propio camino, incluso a veces, olvidando quién era y a quién amaba. El realizador británico nos envuelve en esa maraña tan dificultosa de las emociones, de lo complicado del amor y sentir de verdad, mostrándose sinceramente y sin medias palabras al otro, tal y como somos.