Transeúntes, de Luis Aller

172725ROSTROS ENTRE LA MULTITUD.

Luis Aller (1961, Toral de los Vados, León) es un cineasta en el sentido más amplio de la palabra, como lo fueron los Godard, Truffaut, Rohmer, entre otros, que desde las páginas de la mítica Cahiers du Cinema revindicaban esa condición. Personajes de todo terreno, que se empapan de cine en todos sus ámbitos: como espectadores, atiborrándose de sesiones en la Filmoteca, ejerciendo la crítica y la docencia, materializando sus teorías en el campo del cortometraje y haciendo películas. Aller arrancó en el largometraje con Barcelona lament, filmada en 1991, un film noir de aquella Barcelona preolímpica muy influenciado por el cine de Godard. Hemos tenido que esperar más de veinte años para ver su nuevo trabajo. Transeúntes es una película que comenzó a filmarse en 1993, después de las Olimpiadas y en plena crisis económica, y ha estado en perpetua construcción durante dos décadas. Filmada inicialmente en 35 mm, ha ido trabajando en diferentes soportes cinematográficos, formatos y texturas para desarrollar el concepto personal sobre la concepción y el montaje del universo cinematográfico de Aller.

Asistimos a una película-experiencia, donde pasan delante de nuestros ojos la friolera de 7000 planos (según fuentes de la productora), donde observamos múltiples ventanas que se abren y se cierran, retratos de gentes anónimas que van de un lugar a otro, película fragmentada y en constante evolución, envuelta en el caos reinante de la cotidianidad de una ciudad como Barcelona, asfixiada por la crisis y el deambular de unos y otros. Aller viaja por varios géneros y temáticas, desde el cine ensayo, la ficción y el documental, la sinfonía urbana o la lucha de clases, filmando la ciudad que ama y vive, fabricando un relato multidisciplinar, un retrato demoledor y contundente de esa Barcelona alejada de los focos, de ese extrarradio en descomposición, de la desnudez urbana, de seres que se mueven con sus problemas de siempre, amores frustrados, trabajos precarios, y vidas errantes e insatisfechas que permanecen anquilosadas y vacías. El cineasta, barcelonés de adopción, edifica su película en una mutación sin fin, filmando los pliegues y las costuras de una urbe sumida en el caos, deshumanizado y triste. Nos sumerge en una hecatombe de imágenes algunas inconexas y otras unidas por las vidas cruzadas que se dirigen de un lugar a otro, tanto a nivel físico como emocional.

transeuntes

Una película que habla de la crisis de antes, de ahora y de siempre, que parece un tiempo anclado, que no evoluciona, o si lo hace, es para siempre seguir igual, oxidado y sin cambios. Una zambullida violenta a la falta de humanidad y amor que parece guiar nuestras vidas. Vidas incompletas, perdidas y totalmente desorientas. Vidas que sufren y no logran ser felices, que parece que están y no están, que siguen con su inercia cotidiana que parece conducirles a la nada o simplemente a no sentir lo que les gustaría. Vidas dañadas y despedazadas que vagan sin rumbo por el caos urbano lidiando los continuos conflictos de la existencia, la falta de trabajo, la ausencia de amor o los problemas emocionales. Aller nos zambulle violentamente en un maremágnum de imágenes que viajan por nuestras retinas a velocidad de crucero, deteniéndose y desplazando nuestra mirada en función de una necesidad de revelarnos ante nosotros la brutalidad y transgresión de nuestra propia cotidianidad. Una película que nos remitiría a aquellas experiencias de Vertov, en su concepto de cine-ojo, o Ruttmann, o las ideas múltiples de pantallas sin fin del cine ensayística o experimental, sin olvidarnos del cine de Godard, en su búsqueda constante de la representación de las imágenes y el valor de la narración cinematográfica. Aller ha parido una película revolucionaria, una épica de lo cotidiano, de mirar esas vidas donde los males de este mundo siguen siendo los de siempre, la soledad e incomunicación de los individuos que se mueven como autómatas en un espacio carente de sentido e inadecuado a sus necesidades vitales. Aller nos invita a reflexionar sobre el torbellino de imágenes y ventanas sin fin que se abren ante nosotros, a sentirnos parte de su entramado cinematográfico, a participar en un viaje experiencia en conitnuo movimiento que, quizás no sea nada más que el principio de algo que acaba y empieza constantemente.


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La juventud, de Paolo Sorrentino

poster_lajuventudEL DESENCANTO DE VIVIR.

El universo del cineasta Paolo Sorrentino (1970, Nápoles, Italia) está plagado de personajes maduros desencantados con la vida, inquilinos de su propia existencia, cansados de la futilidad de vivir y perdidos en su hastío existencial. Como le ocurría a Titta di Girolamo, el cincuentón aburrido que arrastraba su soledad viviendo en un hotel sin nada que hacer, ni tampoco sabiendo hacía donde ir en Las consecuencias del amor (2004), a Giulio Andreotti, el capo del estado italiano que se aferraba al poder por miedo a desaparecer en Il Divo (2008), y a Jep Gambardella, el periodista cansado que se movía entre la decadencia y la desesperación de una clase miserable e insustancial en La gran belleza (2013).

Sorrentino, que vuelve al idioma inglés, como hiciera en la fallida Un lugar donde quedarse (2011), se ha ido hasta los Alpes suizos, y ha situado su película en un hotel de vacaciones, donde nos encontramos a Fred Ballinger (maravilloso Michael Caine), un músico octogenario retirado que rechaza los cantos de sirena de la mismísima Reina Isabel II que quiere que dirija la orquesta para celebrar el cumpleaños del príncipe, le acompaña Micky Boyle (Harvey Keitel), su amigo de la infancia, cineasta, que con la ayuda de unos jovenzuelos guionistas, está metido en la construcción del guión que significará su testamento fílmico, junto a ellos, se suma Lena (Rachel Weisz), la hija del primero, que acaba de ser abandonado por su marido, hijo del segundo. También, se encontrarán con otro huésped, Jimmy Tree (Paul Dano), un joven actor que se halla inmerso en la preparación del personaje de su próximo trabajo, y para redondear el cuadro, las apariciones de Maradona, sometido a una cura, que arrastra su obesidad y asfixia, junto a los tiernos cuidados de su joven enfermera. Sorrentino nos sitúa en un balneario lujoso, rodeado de naturaleza y de un paisaje de belleza evocadora, en ese espacio de quietud y sin nada que hacer, el realizador italiano nos lo muestra de forma estilizada, donde lo visual se apodera del cuadro, no obstante, no deja que esa belleza nos cautive y sigue sometiendo a sus criaturas a sus inquietudes como cineasta, tratando temas que le continúan obsesionan, como la crisis existencial y artística, la decadencia de vivir, la futilidad de la existencia, la memoria y los recuerdos olvidados, el amor, las relaciones humanas y paterno-filiales, y la falta de deseos e ilusiones en la vejez, y el inexorable paso del tiempo, entre otros.

Michael Caine, Director Paolo Sorrentino, and Harvey Keitel on the set of YOUTH. Photo by Gianni Fiorito. © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

Sorrentino no olvida a sus maestros, y como sucedía en La gran belleza, el universo Felliniano está muy presente en la película, encontramos las huellas de Guido Anselmi, el personaje que interpretaba Marcello Mastroianni, en 8 ½ (1963), el cineasta en crisis, que también paseaba su existencia en un balneario, donde repasaba su vida, sus amores, sus inquietudes, sus recuerdos y el tiempo que se extinguía a su alrededor, y otros personajes Fellinianos como los de Ginger y Fred, que bailaban en el ocaso de su vida rodeados de un mundo televisivo que había olvidado a sus referentes, o aquellos otros, de Y la nave va, que despedían al amigo durante una travesía en barco. Seres perdidos, que no encontraban, por mucho que buscaban, la verdadera existencia de la vida, y se refugiaban en sus sueños para soportar el peso vital. Sorrentino deja a sus personajes que hablen, que sientan el peso de su frustración, que naveguen por un camino sin sentido, que la espera de la desaparición sea lo más digna posible, o no. Los dos amigos evocan su vida, lo que hicieron, y dejaron de hacer, las mujeres que amaron, o creyeron amar, de un mundo que se extingue frente a ellos, al que ya no pertenecen, que les ha olvidado. Un mundo decadente y vacío, tanto para los que están en su ocaso como para los jóvenes, que no consiguen encontrarse a sí mismos, llenos de miedos e inseguridades, y disfrutar de su existencia, aunque sea así de superficial y solitaria. En un momento de la película, el personaje de Keitel, recibe la visita de Brenda Morel (extraordinaria Jane Fonda) que parece la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses, una actriz fetiche para él, que le insta a dejar todo su propósito y en descansar de su cine y sobre todo, de sí mismo, porque su mundo ya ha desaparecido y jamás volverá. Quizás la idea de Sorrentino no sea otra, que sea cual sea tu vida, por muy placentero que pueda llegar a ser, con el tiempo, cuando seas mayor, ni siquiera se acordarán de ti, o por el contrario, tú ni te acordarás.

Truman, de Cesc Gay

truman_40911DESPEDIRSE DEL QUE SE VA

En Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, un grupo de amigos se reunían para despedirse de uno de ellos que tenía cáncer terminal. El séptimo título de Cesc Gay (Barcelona, 1967) anda por esos parámetros, no se trata de un grupo de gente, sino de uno, Tomás, que recorre medio mundo para despedirse de su amigo Julián, enfermo de cáncer, que ha decidido dejar el tratamiento y esperar el final, junto a su perro Truman. Gay sigue explorando sus temas preferidos, las relacionales de unos personajes incapaces de mostrar sus emociones, y relacionarse con los que más quieren, en definitiva, de mostrase a sí mismos. Seres torpes e ineficaces a la hora de abrirse a los demás, de explicar lo que sienten, y comunicar lo que les sucede, Bergman los denominaba paralíticos emocionales.

El cineasta barcelonés tiene la habilidad de conducirnos por una historia que a priori podría verse como un drama de muy y señor mío, pero Gay renuncia a cualquier tipo de sentimentalismo que arrastre al espectador a su drama, por el contrario, fabrica un admirable y contundente ejercicio de contención que traspasa nuestras miradas, que nos introduce en un encuentro entre dos amigos que hace la tira que no se ven, pero que siempre han estado juntos. Dos tipos que se quieren y admiran, como muestra una de las secuencias, donde Julián le dice a Tomás que admira su generosidad, y éste le devuelve el cumplido anunciándole que le encanta su valentía. Dos hombres que pasarán los próximos cuatro días hablando, discutiendo, y sobre todo, viviendo el instante, nada más que eso. El pasado no importa, importa el aquí y ahora. Dos amigos con vidas opuestas y muy diferentes, Tomás vive en Canadá junto a su mujer e hijos, y Julián, en Madrid, actor de profesión que vive sólo junto a su perro. Un animal que le ayuda a no estar sólo, que quizás es el único que lo entiende, o es el único que lo soporta.

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Como sucedía en anteriores trabajos de Gay, vuelve a contar con su habitual cómplice, Tomàs Aragay, en labores de escritura, para desarrollar una historia que sigue el camino que arrancó con En la ciudad, siguió con Ficció, luego con V.O.S., y finalmente Una pistola en cada mano, historias corales, situadas en Barcelona o alrededores, donde las relaciones sentimentales componían la sinfonía de su trama, personajes de clase media, pero sin mucha suerte con las dichosas emociones. Aquí, Gay vuelve a hacer gala de sus dotes de narrador, para relatar un encuentro entre dos amigos, pero a la vez, hay espacio para otros desencuentros, los amigos que fingen que no te vieron, y no tienen excusa, los que si te ven, pero tenían razones para no hacerlo, al hijo que cuesta contarle la verdad de uno, la ex mujer que pasaba por allí, elegir los ornamentos y cómo será tu funeral, o sobre todo, la preocupación de Julián, por el futuro de su perro, con quién se quedará y cómo vivirá sin él. También conoceremos a Paula, la prima de Julián, que representa esa parte que muestra su desacuerdo por la decisión tomada por su primo. Tomás llega con esa idea, pero poco a poco, irá desistiendo y aprovechará ese tiempo, el último que va a vivir junto a su amigo, para disfrutar de su compañía y de esos momentos que ya no volverán. Gay se muestra habilidoso en parir secuencias que muestran el interior de los personajes que va más allá de lo que a simple vista vemos, sumergiéndonos en una desnudez brutal que nos enfrenta a nuestros propios miedos e inseguridades. El tándem actoral, Darín y Cámara, (premiados en el Festival de San Sebastián) que vuelven a repetir con Gay, nos regalan unas composiciones humanas y sensibles, donde las razones ya no importan, lo que prevalece son los sentimientos, la amistad, el encuentro con el viejo amigo, compartir una comida, unas copas, un viaje y sobre todo, saber que tenemos a alguien cerca y en quién confiar, sin pedir nada a cambio, sólo con amor, ofreciendo el corazón, como cantaba Sosa.

Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour

Una-chica-vuelve-a-casa-sola-de-nocheLOS AMANTES DE LA NOCHE

Noche cerrada en Bad City, una joven con chador y completamente de negro, camina lentamente por las calles desiertas. Se encuentra con un joven y se abalanza hacía él mordiéndole el cuello. La debutante Ana Lily Amirpour (Gran Bretaña, 1980), de padres iraníes, abre el telón en el campo de los largometrajes con una película atípica, a contracorriente, y muy absorbente. Nos cuenta los paseos nocturnos de una joven vampira con chador que impone justicia social asesinando a los corruptos, marginados  y deshechos de una ciudad desolada y alejada de todo, sumida en la desesperación y el caos. La joven directora define su película: “Es como si Sergio Leone y David Lynch hubiesen tenido un hijo rockero, y entonces Nosferatu hubiera venido a hacerle de canguro”. El origen de la historia nació en un corto homónimo rodado en el 2011 por la directora, y el proyecto va más allá, porque también ha saltado a la novela gráfica donde continúa el deambular de esta vampira romántica y asesina.

La directora, residente en Bakersfield (EE.UU.), encontró en Taft, a 72 km de distancia, una ciudad petrolera abandonada en el desierto de California, el escenario propicio para rodar su película. Filmada en un oscuro y prominente blanco y negro, donde abundan los contrastes y las persistentes sombras, la cámara de Amirpur penetra literalmente en los cuerpos de sus criaturas, con esos travelling que los siguen incansablemente, seguidos de primeros planos y medios, cuadros donde el tiempo se dilata e incómoda (el plano final es una buena muestra de ello, que recuerda al que cerraba Stray dogs, de Tsai Ming-liang), colocando al espectador en una situación absorbente y especulativa, intrigado por el devenir o destino final de lo que sucederá a los personajes. Amirpour apenas recurre a unos pocos personajes, la joven vampira, sin nombre, muy deudor del western, del que tanto le debe la película, el joven romántico y desesperado, asfixiado y sin rumbo, que malvive con un padre yonqui que no ha podido superar la muerte de su esposa, un niño que deambula por las calles sin saber qué hacer, un proxeneta y camello que extorsiona a sus víctimas y empleados, y finalmente, una prostituta guapa y perdida que busca que alguien la quiera. Seres sin alma, incrustados en una ciudad “mala”, un lugar sin vida, sin esperanza, sin nada. La joven directora de origen iraní se vale de pocos diálogos (y los que hay son en farsí, la lengua de Irán, y también la de los orígenes de la directora). La película se instala en miradas que sobrecogen y detalles que explican lo que las palabras no hacen, un filme envuelto con la complicidad de ese manto negro nocturno que desdibuja a unos personajes convertidos en sombras, que se difuminan entre las calles y el interior de las casas que parecen iluminarse apenas con la tímida luz de las velas. Una cinta aderezada con una música de baladas tristes, aires sinfónicos, guitarras a lo Morricone, y ritmos electrónicos, que acrecientan ese aroma triste y romántico que recorre toda la película.

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Amirpour deja evidente las múltiples referencias que conforman el andamiaje y el espíritu de su historia, desde el western crepuscular y decadente de la década de los 60, el cine de loosers que tanto gustaba a Rossen, Ray o Fuller, entre otros, que recuperaron a finales de los 70 y principios de los 80 gente como Jarmusch, Lynch, Wenders…, y el cine vampírico que ha propuesto nuevos caminos y miradas interesantes, sin olvidar ni traicionar la esencia del género como Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), y el personaje de Claudia, la niña de 12 años que interpretaba una memorable y sedienta Kirsten Dunst, The Addiction (1995, Abel Ferrara) con Lili Taylor, estudiante de filosofía que se veía consumida por unos vampiros en un Nueva York triste, desolado y gélido, o Eli, la niña vampira que conocía a Oskar, su tímido vecino de 12 años en la excepcional Déjame entrar (2008, Tomas Alfredson) ambientada en la tenebrosa y fría Estocolmo de comienzos de los 80, y finalmente Jim Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven, de hace un par de temporadas, con esos románticos chupasangres Eve y Adam, que contaba con la maravillosa presencia Tilda Swinton, en un ruinoso y vacío Detroit, y luego en un Tánger cálido e igual de decadente, unos almas que seguían amándose en un mundo que ya no era el suyo, y parecía abocado a la autodestrucción. Amirpour se vampiriza de estos referentes y otros tantos, haciéndolos propios y convertirlos en elementos que respiran lentamente en su película, una puesta de largo que destila romanticismo, una love story de dos seres solitarios, que vagan por sus existencias sin saber que hacer ni adónde ir. Cine que nos devuelve el ímpetu de los buenos trabajos, que mezcla y fusiona géneros de diversa naturaleza, que continúan renovando el género fantástico y de terror, y sobre todo, incluyendo miradas personales y honestas y rompedoras que no sólo nos seducen y conmueven, sino que también ofrecen alternativas serias y huidizas al imperante y trasnochado género comercial que sigue en sus trece, con la idea fija e imperiosa de volatizar taquillas a base de traicionar ideas y géneros, abocándolos a otra cosa, a ideas que ya nada tiene que ver con el género, perdiendo completamente la identidad de un modo extremadamente superficial.

Entrevista a Irene Gutiérrez

Entrevista a Irene Gutiérrez, directora de “Hotel Nueva Isla». El encuentro tuvo lugar el Lunes 1 de junio en Barcelona, en el hall del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Irene Gutiérrez, por su tiempo, generosidad y sabiduría, a un amigo de la cineasta Marta Andreu, que tomó la fotografía que ilustra la publicación, y al equipo del Cine Zumzeig, por su trabajo, complicidad y lo estupendamente bien que me tratan cada vez que los visito.

Nunca es demasiado tarde, de Uberto Pasolini

109115Rastreando la memoria

John May tiene unos cuarenta años y es un humilde empleado del Servicio Público del Ayuntamiento, su trabajo consiste en localizar a los familiares de los difuntos. Su principal virtud es la meticulosidad, la pulcritud, el orden, la obsesión y el tacto con el que lleva los casos en los que se ocupa. Su vida profesional ocupa todo su tiempo, vive sólo en Londres en un pequeño piso. Su vida dará un giro brutal, cuando debido a los recortes, lo despiden después de 22 años dedicados a ese oficio, aunque antes de marcharse, el Sr. May pedirá acabar con su último caso: Billy Stoke. Uberto Pasolini, romano del 57 y descendiente de Visconti, afronta su segunda película (Machan -2008-, no estrenada comercialmente en España, se centraba en la inmigración ilegal a través de unos hombres de Sri Lanka, que pretenden entrar en Alemania con la excusa de un torneo de balonmano), utilizando una forma calculada, sencilla y muy honesta, fabricada a través de los detalles más íntimos, aprovechando cada rincón para expresar de modo natural y directo las situaciones que se van contando. Su relato podría, a priori, resultar molesto por el tema que trata, pero Pasolini, que fue productor de la exitosa The Full Monty (1997), nos acerca de manera delicada, como susurrada al oído, una historia de un alma solitaria que no trabaja en cuerpo y alma, para que sus “difuntos”, estén acompañadas en su último adiós. Aunque su estilización pudiera haber derivado en una película demasiado fría y alejada, el resultado es todo lo contrario, es una hermosísima cinta que bucea de forma admirable en las emociones, en el despertar de los sentidos, y en todo aquello que nos conmueve y emociona. La elección de Eddie Marshan para el papel principal, también es otro de los apuntes a destacar, su interpretación es soberbia y realista, de cum laude, un intérprete británico visto en registros muy variados donde ha demostrado gran versitalidad, series tv, producciones de entretenimiento y en títulos de autor muy interesantes y brillantes como los trabajos para Mike Leigh, Paddy Considine en Redención (20011) o incluso Spielberg en su War Horse (2011). John May un personaje que podría ser un cruce entre Buster Keaton y el Monsieur Hulot de Jacques Tati y su Playtime  (1967). Una obra maravillosa, galardonada con 4 premios en Festival de Venecia del pasado año, un cuento de ahora y de siempre, que atrapa desde el primer instante, y además contiene una lúcida y hermosa reflexión sobre muchos temas: la memoria,  los recuerdos, la soledad, la amistad, la familia y el amor, y sobre esos seres que transitaron por nuestras vidas un tiempo y por circunstancias se alejaron, quizás para siempre o quizás no…