La caja de cristal, de Asli Özge

TODOS CONTRA TODOS. 

“Quizás todos tienen miedo de los demás en este condenado mundo”

John Steinbeck

Cuando todos estábamos sumidos en la pandemia, y por ende, sometidos a un miedo irracional, un miedo en el que todo y todos nos inspiraban desconfianza, el exterior se convirtió en un campo de minas en la que nadie quería tropezar con el virus. El miedo se apoderó de todos nosotros, un miedo que controló nuestras vidas y lo que es peor, nuestra forma de pensar. La amenaza exterior estaba ahí, aunque quizás, no era tan temible como parecía. La historia que cuenta La caja de cristal (“Black Box”, en el original), tiene mucho que ver con aquellos tiempos de pandemia, porque el relato nos encierra en una comunidad de vecinos de un edificio céntrico berlinés, y más concretamente, en su patio interior, donde los inquilinos van y vienen porque fuera existe una amenaza desconocida, y la policía ha acordonado la zona sin dejar salir a nadie. Y todavía hay más, la inmobiliaria, propietaria del edificio, acosa a los vecinos para quedarse con sus viviendas, remodelarlas por su estado viejuno, y hacerlas de lujo para vecinos ricos. 

Detrás de las cámaras de la película está la directora turco-alemana Asli Özge (Estambul, Turquía, 1975), de la que conocemos Men on the Bridge (2009), y Para toda la vida (2013), ambas filmadas en Turquía, de corte social y la otra, la descomposición de una pareja, y All of a sudden (2016), ya en Alemania, sobre una pequeña comunidad y la violencia que se cierne entre ellos. Muchos elementos de esta última, que tiene como coproductores a Jean-Pierre y Luc Dardenne, los podemos reconocer en su último trabajo, porque volvemos a enfrentarnos a un pequeño grupo de personas, ya tensionados por el mobbing de la inmobiliaria y ahora, con esa amenaza exterior, los irá enfrentando unos a otros, en el que emergerá viejas rencillas no resueltas, con ese magnífico comienzo con los operarios introduciendo la famoso caja negra del título colocada a un lado del patio, una especie de oficina de control, el Big Brother del lugar, que todo lo ve y lo juzga. La directora impone una certera e interesante película muy de nuestro tiempo, y desgraciadamente, de cualquier tiempo, porque la tensión que se va generando, provocada por el miedo que se va instalando en cada uno de los personajes, que podríamos ser nosotros mismos, los va aislando y creando esos grupos maliciosos donde se va tomando partido más por las entrañas que de forma racional, enfrentándose todos contra todos, en una historia in crescendo de puro ritmo y tensión que nos va asfixiando sin tregua. 

Estamos ante una película social, pero es que muchas cosas más, tiene ese corte de thriller agobiante a contra reloj, donde la atmósfera se va enturbiando sin necesidad de efectismos propios del cine de terror, aquí todo pasa de día, a plena luz del día, pero el terror se siente y se padece, a partir de espacios cotidianos, y otros, también naturales, que irán descubriéndose y teniendo su importancia, como el ático y el subterráneo, que irán quitando las máscaras y destapando las verdaderas intenciones de la inmobiliaria, y los demás vecinos. La cinematografía de Emre Erkmen, que ha trabajado en todas las películas de Özge, del que vimos por aquí la excelente Un cuento de tres hermanas (2019), Ermin Alper, impone esos planos secuencia muy cortantes, donde se priman los rostros y hace hincapié en las diferentes reacciones de los diferentes individuos a medida que van conociendo los planes, o mejor dicho, todas las hipótesis que salen a relucir en una situación que los traspasa sin piedad. Al igual que el fantástico y medido montaje de Patricia Rommel, una veterana en la cinematografía germánica con más de 40 años de trabajo en películas como La vida en obras, de Wolfgang Becker, La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, y sus películas con las directoras Caroline Link y Angelina Jolie, entre otras, en un gran ejercicio de dosificación de información y tensión sin florituras, sino a través de los rostros y los (des) encuentros de los personajes, en una película nada fácil con un metraje de un par de horas.  

El gran trabajo del reparto es otro de los elementos indiscutibles de la cinta con una magnífica Luise Heyer, que ha trabajado con Petzold, en la serie Dark, y ya estaba en All of a Sudden, en el rol de Henrike Koch, una actriz que llena la pantalla con su rostro e hilo conductor de la película, agobiada por la falta de trabajo y la imposibilidad de salir del edificio para una importante entrevista, cosa que le hará discutirse con su marido, Felix Kramer es el antipático administrador Johannes Horn, al que hemos visto recientemente en Algún día nos lo contaremos todo y Bastarden, el fascinante Christian Berkel, con más de medio siglo de trayectoria como actor con nombres como los de Tavernier, Hirschbiegel, Verhoeven, Tarantino, y más, siendo el tipo que se enfrenta al administrador recogiendo firmas entre los vecinos, y otros intérpretes igual de estimulantes y cercanos como Timur Magomedgadzhiev, Manal Issa, André Szymanski, Sacha Alexander Gersak, Anne Ratte-Polle y Jonathan Berlin y otro gran veterano como Hans Zichler, viejo conocido de la directora. No se pierdan una película como La caja de cristal porque tiene mucho que ver con nuestros mundos consumistas sin piedad que, anhelan riqueza a costa de todo y todos, y se relacionarán con el término de gentrificación, seguro que ya saben su significado, porque muchos de ustedes lo han sufrido o lo sufrirán, no le den más vueltas, la cosa es así, siempre ha sido así, pero no desesperen, si nos juntamos, unas con otras, podremos hacer algo, no piensen que es imposible, porque el sistema les va a hacer pensar que es así, que no tiene solución, no lo crean, sino ya estarán muertos, y sigan en la lucha, en la lucha de vivir mejor y sobre todo, de forma humana, que se nos olvida constantemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Sunny Maad, de Michaela Pavlátová

LAS MUJERES AFGANAS. 

“No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar, estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar”.

Angela Davis

La novela “Frista”, de la corresponsal de guerra y activista humanitaria Petra Procházková, en la que explica su experiencia personal de su matrimonio con un afgano desde un modo realista, crudo, muy profundo y sensible, a través de aquellos viviendo en el Kabul post talibán. La cineasta Michaela Pavlátová (Praga, Chequia, 1961), encontró en la novela de Procházkova la materia perfecta para hablar de una mujer checa en mitad de una sociedad completamente diferente en la que su amor se verá sometido a la voluntad de una sociedad machista. Un guion escrito por Ivan Arsenyev y Yaël Giovanna Lévy, donde nos explican de un modo muy cercano y transparente la vida de Herra, una joven solitaria universitaria que conoce a Nazir del que se enamora, y con él se van a vivir a Kabul en Afganistán, ese país aún militarizado y recogiendo los escombros de años de dictadura talibán. En ese contexto tan extraño para ella, vivirá con la familia de su amado: un abuelo liberal que defiende los derechos de la mujer, una cuñada maltratada por un marido celoso y estúpido, y la llegada de Maad, un niño discapacitado y abandonado que Herra y Nazir acogen como su hijo. 

La película muestra con claridad y solidez el conflicto social que impregna la atmósfera de la historia, con el trabajo en la embajada estadounidense y el choque entre una vida conservadora y patriarcal con otra más moderna y equitativa. El exterior de Kabul queda reflejado al detalle y sin estridencias de ningún tipo, en el interior del hogar, donde se desarrolla la trama de la película, en la que con intimidad e intensidad sorprendentes, vamos conociendo los diferentes roles de las mujeres frente a los hombres, la invisibilidad en la que viven y el sometimiento continuo. La cinta huye del manido film de buenos y malos, para adentrarse en una investigación profunda y magnífica desde la posición de la mujer, pero sin caer nunca en discursos y proclamas panfletarias, todo está muy bien medido y ajustado a la personalidad de cada mujer, de cómo cada una reacciona ante la injusticia y demás situaciones adversas que se producen en el interior de ese hogar afgano. Seguimos la experiencia de Herra en su eterno conflicto de una europea avanzada y capacitada en un rol completamente diferente siendo la esposa de un hombre, aunque veremos su evolución y su resistencia a no ser solo eso, a ser más, a ser ella y tener un trabajo y ser madre de un modo diferente muy alejado a lo convencional. 

La película se detiene en la mirada y el gesto de las mujeres, en sus diálogos y confidencias y apoyo emocional. En ese sentido, la película nos habla como a susurros, sin alzar la voz, ni recurrir a recursos tramposos y condescendientes, sino optando por acercarse a una realidad que, a veces puede ser muy compleja y llena de oscuridades. Con un estilo visual impecable y lleno de concisión, la película trabaja a partir de una animación realista, en la que consigue mostrar y ser explícito cuando la situación lo requiere, donde la animación se convierte en el mejor vehículo para contar todo aquello que está ahí, pero que no vemos sino escarbamos con decisión. La parte técnica es magnífica, porque nos acerca y a la vez, nos sitúa en esa posición de testimonio asistiendo a esa mezcla de dureza, incertidumbre y humor, a partir de la entrada de Maad, el niño discapacitado que aporta madurez, inteligencia y muchas risas, por su forma de enfrentarse al conflicto y la injusticia. Tenemos a los músicos y hermanos Evgueni y Sacha Galperine, que han compuestos bandas sonoras originales para nombres tan importantes como los de Asghar Farhadi, Andrey Zvyagintsev, François Ozon, Kantemir Balagov, Marjane Satrapi, Audrey Diwan, entre otras, que componen una música muy especial que detalla esas partes duras de la historia, así como esos otros instantes donde la armonía y la familiaridad se tornan más evidentes y cercanas. 

Creo que sería una buena noche de cine la sesión doble que compondrían My Sunny Maad, por un lado, y Las golondrinas de Kabul (2019), de Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec, otra joya incontestable de la animación, en la que nos sumergían en la situación de Zunaira y Mohsen, dos jóvenes enamorados, en medio de ese Kabul dominado por los talibanes, que resisten a pesar de todo y todos. Déjense de las fábulas simplistas y las mentiras que les han contado desde los medios internacionales que abogan por la transparencia y el rigor informativo, cuando solo son escaparates de la política internacional interesado y especulativa, que cuentan una versión muy alejada de la realidad y sobre todo, de la intimidad de la vida real y cotidiana de las afganas y demás, en un país que lleva décadas azotado por la cruenta e inútil guerra que ha destrozado anímicamente y físicamente un país lleno de riquezas y no me refiero a las materiales, sino a las emocionales, a las que valen de verdad. My Sunny Maad, de Michaela Pavlátová es uno de esos estrenos que merecen y mucho el coste de la entrada de un cine, porque debemos aplaudir el gesto y el esfuerzo de las distribuidoras Pirámide Films y BarloventoFilms por estrenarla en nuestro país y difundirla, entre tanto estreno superfluo e intrascendente que sólo ocupa un espacio valioso que impide que valiosísimas películas como esta y otras, no dispongan de su espacio para llegar al público que quiere conocer esas vidas anónimas que están ahí y a nadie parece importarles, y son las que mejor explican la situación de las mujeres y también, a nivel político y económico de un país como Afganistán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Razzia, de Nabil Ayouch

LAS REVOLUCIONES ÍNTIMAS.

“Dichoso aquel que puede actuar de acuerdo a sus deseos”

(Proverbio bereber)

La película arranca en las Montañas Atlas en Marruecos en 1982, hablándonos de Abdallah, un maestro rural apasionado e inquieto, que debido a la islamización del gobierno, que viene acompañada de las imposiciones de la lengua y las enseñanzas radicales árabes, tiene que abandonar su pueblo y emigrar a la ciudad huyendo del gobierno. Luego, el discurso de la cinta se traslada a la Casablanca del 2015, en pleno bullicio de esa población joven desamparada e invisible que protesta enérgicamente en las calles debido a su dura situación social. En ese entorno, y con algunos flashbacks donde los dos tiempos se irán explicando, donde entenderemos como el estallido revolucionario de la situación actual, tiene su origen en aquellos primeros años 80 con la radicalidad del gobierno. Nabil Ayouch (París, Francia, 1969) ha construido una interesante filmografía en la que explora de manera crítica la sociedad marroquí, la tierra de sus orígenes, un entorno donde la población sobrevive a pesar de los pesares, centrando su mirada en la intimidad de sus personajes, y su cotidianidad más cercana.

Abrió su carrera con Mektoub (1997) donde ofrecía un brutal retrato de una mujer violada y su posterior estrés postraumático,  en Ali Zaoua, príncipe de Casablanca (2000) explicaba las dificultadas de un puñado de niños que viven en la calle en condiciones infrahumanas y albergan el sueño de viajar a Europa, Los caballos de Dios (2012) se adentraba en un grupo de jóvenes  de los arrabales de Casablanca, en su proceso de radicalización y empujados a un atentado suicida, y en Much Loved (2015) retrataba la durísima cotidianidad de unas prostitutas en Marraquech, película que levantó las iras de los más radicales, incluso agrediendo a una de las protagonistas. Ayouch hace un cine incómodo, un cine político, un cine de preguntas, de personas, de situaciones adversas, de almas castigadas, de seres diferentes, extraños en su propia tierra, seres desfavorecidos, personas que sueñan en un mundo diferente, mejor, un mundo más tolerante, menos fiero, y sobre todo, menos difícil.

En Razzia, en un guión construido con la actriz Maryam Touzani (que interpreta a Salima) como viene siendo habitual en su cine, construye un mosaico coral de varias almas en la ciudad de Casablanca, una ciudad dura, áspera, bulliciosa y ahora, levantada en cólera, en la que nos encontramos a Salima, una mujer atractiva y sensual, que sufre las críticas por su forma de vestir, y además, tiene que soportar la intolerancia de un marido que va de moderno, pero todavía se muestra excesivamente tradicional. También, conoceremos a Hakim, un joven homosexual que sueña con ser músico y vive señalado tanto por su padre como por sus vecinos de la Medina más tradicional y pobre, y a Joe, judío dueño de un restaurante que sufre el antisemitismo de una joven prostituta, e Inés, una adolescente rica, encerrada en una vida vacía, que se mueve entre la modernidad y la tradición, mientras explora su sexualidad. Cuatro almas inquietas, diferentes y llenas de vida, en una sociedad que las persigue, las insulta, las reprueba, y las castiga por ser cómo son, por desviarse del camino correcto o convencional, por soñar con una vida alejada de toda esa radicalidad, intolerancia y violencia.

El cineasta de origen marroquí retrata con detalle y gestualidad a sus cuatro criaturas encerradas en ese agujero negro, en ese microcosmos de una ciudad a la deriva, de un espacio inquietante y radicalizado, un lugar lleno de sombras despechadas, de vidas rotas y sin futuro, en el que estas cuatro almas se convierten en un interesante y ejemplar de esas personas silenciadas, que viven sin vivir, que se mueven como espectros, que cada huyen más de sí mismos, envueltos en esa paranoia intolerante de los más radicales, que quieren un mundo uniforme, sumiso y sin alma. Ayouch penetra con suma delicadeza y sensibilidad en el alma de sus personajes, sumergiendo al espectador en sus miedos e inseguridades, a través de pequeños detalles, de retratarlos sin juzgarlos, de adentrarse en sus caracteres con proximidad pero sin conducirlos, dejándolos libres para que se muestren como son, sin explicarlos en exceso, y detallándolos con sumo cuidado, dejando a los espectadores que saquen sus propias conclusiones y evidencias, envolviendo su relato en esa mayoría silenciosa, que intenta adaptarse a un mundo imposible, sumergido en sus tradiciones deshumanizadas y atentado contra todo aquello que muestra libertad individual y nuevos aires.

Una película magnífica en su forma y fondo, describiéndonos todo ese material humano con pulcritud y sinceridad, llevándonos por las diferentes vidas a lo Altman, donde cada personaje acaba erigiéndose como un tema a tratar, sin caer en lo esquemático, sino en todo lo contrario, buceando con astucia y ritmo en los diferentes vínculos emocionales que los atraen y los separan, pero siempre desde el deseo de contarnos esas almas desde puntos de vista diferentes, extrayendo lo mejor y lo más profundo de cada uno, en el que la película se convierte en un mapa humano de primer orden, en el que Casablanca se convierte en esa ciudad, sólo mágica y exótica en el cine (con esos guiños a la famosa película) porque su realidad más inmediata nos viene a decirnos que la ciudad arde en deseos de cambio, de caminar de otra manera, de romper con lo tradicional y levantarse en una nueva sociedad, más tolerante, más viva y sobre todo, más humana, respetando a todos y cada uno de sus habitantes, sean como sean, y quieran lo que quieran.

La puerta abierta, de Marina Seresesky

LPA poster 700x1000 ESP AFALGUIEN QUE NOS CUIDE.

El arranque de la película nos pone sobre la mesa sus intenciones y los caminos por donde transitará el relato, escuchamos la canción “Fantasía”, de Sara Montiel, tema que también despedirá la película, acercándonos a la mirada de Rosa, una prostituta que roza los cincuenta, una mirada que describe la amargura y el desaliento de una vida machacada y triste. Después de una dura jornada nocturna, Rosa vuelve a su diminuto piso que comparte con su madre Antonia, una ex prostituta senil, inválida y tierna, que ha creado su propia fantasía y se cree Sara Montiel. En el piso de al lado, tenemos a Lupita, un travesti de 180 cm, tiarrón y lleno de bondad, con el que se relacionan como uno más de la familia. Viven  en una corrala en la que el patio que comparten con los demás vecinos se ha convertido en el microcosmos de este mundo, en el que conviven otras prostitutas con las que se discuten, pelean y se gritan, bajo la atenta vigilancia de Juana, la portera metomentodo. El conflicto se desata cuando una de las vecinas, una joven rusa yonqui que ejerce la prostitución aparece muerta, su hija Lyuba se esconde en el piso de Rosa y la policía la busca.

Todas en sillón LA PUERTA ABIERTA

La directora Marina Seresesky (1969, Buenos Aires, Argentina) ya había demostrado sus dotes para la cámara en sus anteriores trabajos, en los que abordaba la vida de gente humilde y sus quehaceres diarios, en El cortejo (2010), se adentraba en la vida de un sepulturero que esperaba paciente la llegada de una mujer que venía a poner flores a una tumba, y en La boda (2012), donde describía la vida de una inmigrante cubana que trabaja de limpiadora, en el día de la boda de su hija, dos piezas con las que obtuvo el reconocimiento en numerosos festivales. En su puesta de largo, Seresesky aborda el relato desde el drama y la comedia negra, la película se mueve con facilidad transitando por los dos géneros, aunque a veces la risa contenga algo de amargura, sus personajes se mueven dentro de ese espacio doméstico en el que viven con poco, ganándose el pan cada día, sin más expectativas que las que da el momento. La directora huye de la sordidez que implica la prostitución, se basta de algunas pinceladas para mostrarnos la crudeza del oficio. Su película se adentra en otro terreno, el de la humanidad de sus criaturas, y la dignidad que manifiestan en las situaciones que van viviendo. Rosa, que se erige como el hilo conductor, arrastra una vida amargada y consumida por el dolor, no soporta a su madre, ni su trabajo y vive anclada en una existencia vacía y a un amor perdido, su viaje será de dentro hacía afuera, descubriendo una vida diferente en la que puede haber algo de luz, Antonia, vive en su mundo, aunque ficticio, pero ella es feliz, disfruta de sus recuerdos, y ha logrado sentirse bien en su unvierso, Lupita, es pura bondad, es toda una madraza y llena de optimismo y alegría la vida ajada de Rosa, y finalmente, Lyuba, la niña que descubre otro mundo, un lugar donde la quieren y la protegen, un espacio donde sentirse niña otra vez, alejada de la vida solitaria y oscura en la que vivía.

Rosa y Lyuba casa LA PUERTA ABIERTA

Una obra que destila el aroma de aquel cine alemán de primeros de los 70, el que hacían Wenders o Fassbinder (testigo que recogerá de este último Almodóvar en su primer cine), rodeado de personajes cotidianos que se movían en ciudades frías y vivían en entornos miserables y tristes, pero hacían lo posible para salir de esas vidas, aunque raras veces lo conseguían, pero dando todo lo que tenían, su humanidad y bondad. Un equipo técnico que ya había trabajado con seresesky en sus cortos, acompañado de un cast de altura, la inmensa Carmen Machi, que con un leve gesto o detalle, dota a su triste personaje de dignidad, solamente con su mirada, el pelo oxigenado y consumiendo un cigarrillo, Terele Pávez, con esa fuerza y ese vozarrón, llena la pantalla con los enfrentamientos con una hija a la que quiere, pero a su manera, Asier Etxeandía, en uno de sus trabajos más potentes hasta la fecha, es el travesti que se ha convertido en la madre protectora de todas, que hará lo imposible para mantenerlas todas juntas y en paz, y finalmente, Lucía Balas, la niña que con su madurez y esa tierna mirada conseguirá ser aceptada. Seresesky se ha puesto el traje de faena construyendo una película sobre la maternidad, el hecho de ser madre, y las segundas oprtunidad, las que ofrece una vida que a duras penas aguanta, sobre como nos comportamos con nuestros semejantes, sobre las relaciones y las familias que se crean a partir de vínculos emocionales que nada tienen que ver con los de sangre, grupos de personas que lo único que quieren es lo que queremos todos los seres humanos, que alguien esté ahí, cuidándonos y queriéndonos, aunque sea un poco, sólo eso, nada más.