La mujer de la fila, de Benjamín Ávila

LA MADRE QUE RESISTE. 

“Resistir supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva”

Stéphane Hessel 

El arranque de la película es brutal y te deja en estado de shock. La historia se abre con una madre que se ha quedado dormida, mientras su hijo mayor de 18 años lleva a sus dos hermanos pequeños al colegio. Ella se levanta y relajada toma algo sentada en el sofá. De repente, la policía entra en su casa y empieza a removerlo todo. La escena es rápida, caótica y llena de incertidumbre y miedo. Una secuencia parecida vivió Andrea Casamento cuando en 2004 detuvieron a su hijo de 18 años y lo llevaron a la cárcel. A partir de ese momento, comenzó un vía crucis para ella y su familia en el que removió cielo, tierra, mar y aire para conseguir su liberación. A partir de ese hecho real, sucedido en Argentina, el director Benjamin Ávila (buenos Aires, Argentina, 1972), ha coescrito un guion junto a Marcelo Müller, con el que ya había trabajado en Infancia clandestina (2012), y en la serie encerrados (2018), en el que relata la experiencia dura y resistente de la citada Andrea, ahora convertida en una madre de tres hijos de clase media. 

La historia camina entre la crónica social y el thriller, mezclando las dos texturas, donde vida cotidiana se fusiona con la intensa actividad de una madre que se adentra en un universo de esperas, de visitas a la cárcel, de conocer a personas de otro extracto social y sobre todo, a esperar, desesperar, resistir, luchar, llorar, y demás situaciones emocionales que llevará como pueda, gracias a la ayuda de su madre, de un reo de su edad, compañero de su hijo, y las ganas de querer que las cosas cambien y se parezcan a lo que era su vida de antes, de antes de todo. Tiene la película ese aire de película sobre lo humano y sus consecuencias, muy del estilo de los Loach y los Dardenne, que siguieron el testigo de aquellos neorrealistas italianos y los británicos del Free Cinema. Un cine que mire la complejidad y la vulnerabilidad de lo humano enfrentado a sus problemas diarios con entereza, voluntad y sensibilidad, sin caer nunca en esos dramas sensibleros que conectan tanto con el público pero que son demasiado inverosímiles y buscan la lágrima fácil. Aquí no hay nada de eso, porque el director argentino, que empezó haciendo documentales sobre la memoria escarbando en hechos de la dictadura, nos cuenta un relato de verdad, con personajes de carne y hueso, y alejándose de ese heroísmo tan falso como estúpido. 

La película cuenta con un trabajo excelente en el apartado técnico en el que destaca la extraordinaria cinematografía del chileno Sergio Armstrong, que tiene en su haber casi medio centenar de películas con autores de su país como Pablo Larraín, con el que ha trabajado en 6 títulos, Marialy Rivas, Maite Alberdi, entre otros. Una luz mortecina que ayuda a impregnarse de todo esa dureza y dolor que cae como una losa en la vida de Andrea, en la que se acompañan de planos cerrados donde la cámara escruta cada gesto, mirada y silencio. La excelente música del dúo Daniel Godfrid y Sebastián Expósito, a partir de una composición que acompaña a los personajes y sus acciones de forma clara, expresiva y muy observadora, y también un par de temas que describen la desazón y la locura que se ha convertido la existencia de la atribulada protagonista. Otra pareja de editores con una extensa filmografía firman el montaje: Delfina Castagnino, con más de 37 títulos al lado de Lisandro Alonso, Matías Piñeiro y Santiago Mitre y más. Andrea Chignoli, con más de 70 filmes, con Andrés Wood, los citados Larraín y Rivas, y José Luis Torres Leiva. Una edición que se va a los 105 minutos de metraje en el que retratan con intensidad, reposo y sensibilidad el particular a los infiernos y la esperanza de Andrea. 

El estupendo reparto encabezado por la impresionante Natalia Oreiro, dando vida a Andrea. Un personaje que visita a su hijo en la cárcel como Emma Suárez en Josefina (2021), de Javier Marco. Una actriz con más de tres lustros de trayectoria que ya trabajó con Ávila en la mencionada Infancia clandestina, y otros como Mignona, Lucía Puenzo, Campanella, la chilena Amparo Nogueira como la 22. Una mujer de vida dura y gastada, vital para la protagonista, con casi 40 años de carrera al lado del citado Larraín, y películas como Carne de perro y Una mujer fantástica, de Leilo, y la presencia de Alberto Amman, un actor que transmite mucha verdad en su rol de Alejo, un tipo de pasado ajado. También participan en la película, las mujeres reales que visitan a sus hombres en la cárcel. Si tienen curiosidad de las historias reales bien contadas, que emanan verdad y sinceridad, y no olvidan lo humano y lo transmiten con pureza, sensibilidad y profundidad, su película es La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, un duro drama sobre Andrea, una mujer resistente, coraje y valiente que se mete de lleno en un submundo de las mujeres que visitan las cárceles para ver a sus allegados, y lo hacen con un poso de tristeza, esperanza, rabia y no se sabe que más.   JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La puerta abierta, de Marina Seresesky

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El arranque de la película nos pone sobre la mesa sus intenciones y los caminos por donde transitará el relato, escuchamos la canción “Fantasía”, de Sara Montiel, tema que también despedirá la película, acercándonos a la mirada de Rosa, una prostituta que roza los cincuenta, una mirada que describe la amargura y el desaliento de una vida machacada y triste. Después de una dura jornada nocturna, Rosa vuelve a su diminuto piso que comparte con su madre Antonia, una ex prostituta senil, inválida y tierna, que ha creado su propia fantasía y se cree Sara Montiel. En el piso de al lado, tenemos a Lupita, un travesti de 180 cm, tiarrón y lleno de bondad, con el que se relacionan como uno más de la familia. Viven  en una corrala en la que el patio que comparten con los demás vecinos se ha convertido en el microcosmos de este mundo, en el que conviven otras prostitutas con las que se discuten, pelean y se gritan, bajo la atenta vigilancia de Juana, la portera metomentodo. El conflicto se desata cuando una de las vecinas, una joven rusa yonqui que ejerce la prostitución aparece muerta, su hija Lyuba se esconde en el piso de Rosa y la policía la busca.

Todas en sillón LA PUERTA ABIERTA

La directora Marina Seresesky (1969, Buenos Aires, Argentina) ya había demostrado sus dotes para la cámara en sus anteriores trabajos, en los que abordaba la vida de gente humilde y sus quehaceres diarios, en El cortejo (2010), se adentraba en la vida de un sepulturero que esperaba paciente la llegada de una mujer que venía a poner flores a una tumba, y en La boda (2012), donde describía la vida de una inmigrante cubana que trabaja de limpiadora, en el día de la boda de su hija, dos piezas con las que obtuvo el reconocimiento en numerosos festivales. En su puesta de largo, Seresesky aborda el relato desde el drama y la comedia negra, la película se mueve con facilidad transitando por los dos géneros, aunque a veces la risa contenga algo de amargura, sus personajes se mueven dentro de ese espacio doméstico en el que viven con poco, ganándose el pan cada día, sin más expectativas que las que da el momento. La directora huye de la sordidez que implica la prostitución, se basta de algunas pinceladas para mostrarnos la crudeza del oficio. Su película se adentra en otro terreno, el de la humanidad de sus criaturas, y la dignidad que manifiestan en las situaciones que van viviendo. Rosa, que se erige como el hilo conductor, arrastra una vida amargada y consumida por el dolor, no soporta a su madre, ni su trabajo y vive anclada en una existencia vacía y a un amor perdido, su viaje será de dentro hacía afuera, descubriendo una vida diferente en la que puede haber algo de luz, Antonia, vive en su mundo, aunque ficticio, pero ella es feliz, disfruta de sus recuerdos, y ha logrado sentirse bien en su unvierso, Lupita, es pura bondad, es toda una madraza y llena de optimismo y alegría la vida ajada de Rosa, y finalmente, Lyuba, la niña que descubre otro mundo, un lugar donde la quieren y la protegen, un espacio donde sentirse niña otra vez, alejada de la vida solitaria y oscura en la que vivía.

Rosa y Lyuba casa LA PUERTA ABIERTA

Una obra que destila el aroma de aquel cine alemán de primeros de los 70, el que hacían Wenders o Fassbinder (testigo que recogerá de este último Almodóvar en su primer cine), rodeado de personajes cotidianos que se movían en ciudades frías y vivían en entornos miserables y tristes, pero hacían lo posible para salir de esas vidas, aunque raras veces lo conseguían, pero dando todo lo que tenían, su humanidad y bondad. Un equipo técnico que ya había trabajado con seresesky en sus cortos, acompañado de un cast de altura, la inmensa Carmen Machi, que con un leve gesto o detalle, dota a su triste personaje de dignidad, solamente con su mirada, el pelo oxigenado y consumiendo un cigarrillo, Terele Pávez, con esa fuerza y ese vozarrón, llena la pantalla con los enfrentamientos con una hija a la que quiere, pero a su manera, Asier Etxeandía, en uno de sus trabajos más potentes hasta la fecha, es el travesti que se ha convertido en la madre protectora de todas, que hará lo imposible para mantenerlas todas juntas y en paz, y finalmente, Lucía Balas, la niña que con su madurez y esa tierna mirada conseguirá ser aceptada. Seresesky se ha puesto el traje de faena construyendo una película sobre la maternidad, el hecho de ser madre, y las segundas oprtunidad, las que ofrece una vida que a duras penas aguanta, sobre como nos comportamos con nuestros semejantes, sobre las relaciones y las familias que se crean a partir de vínculos emocionales que nada tienen que ver con los de sangre, grupos de personas que lo único que quieren es lo que queremos todos los seres humanos, que alguien esté ahí, cuidándonos y queriéndonos, aunque sea un poco, sólo eso, nada más.