La puerta abierta, de Marina Seresesky

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El arranque de la película nos pone sobre la mesa sus intenciones y los caminos por donde transitará el relato, escuchamos la canción “Fantasía”, de Sara Montiel, tema que también despedirá la película, acercándonos a la mirada de Rosa, una prostituta que roza los cincuenta, una mirada que describe la amargura y el desaliento de una vida machacada y triste. Después de una dura jornada nocturna, Rosa vuelve a su diminuto piso que comparte con su madre Antonia, una ex prostituta senil, inválida y tierna, que ha creado su propia fantasía y se cree Sara Montiel. En el piso de al lado, tenemos a Lupita, un travesti de 180 cm, tiarrón y lleno de bondad, con el que se relacionan como uno más de la familia. Viven  en una corrala en la que el patio que comparten con los demás vecinos se ha convertido en el microcosmos de este mundo, en el que conviven otras prostitutas con las que se discuten, pelean y se gritan, bajo la atenta vigilancia de Juana, la portera metomentodo. El conflicto se desata cuando una de las vecinas, una joven rusa yonqui que ejerce la prostitución aparece muerta, su hija Lyuba se esconde en el piso de Rosa y la policía la busca.

Todas en sillón LA PUERTA ABIERTA

La directora Marina Seresesky (1969, Buenos Aires, Argentina) ya había demostrado sus dotes para la cámara en sus anteriores trabajos, en los que abordaba la vida de gente humilde y sus quehaceres diarios, en El cortejo (2010), se adentraba en la vida de un sepulturero que esperaba paciente la llegada de una mujer que venía a poner flores a una tumba, y en La boda (2012), donde describía la vida de una inmigrante cubana que trabaja de limpiadora, en el día de la boda de su hija, dos piezas con las que obtuvo el reconocimiento en numerosos festivales. En su puesta de largo, Seresesky aborda el relato desde el drama y la comedia negra, la película se mueve con facilidad transitando por los dos géneros, aunque a veces la risa contenga algo de amargura, sus personajes se mueven dentro de ese espacio doméstico en el que viven con poco, ganándose el pan cada día, sin más expectativas que las que da el momento. La directora huye de la sordidez que implica la prostitución, se basta de algunas pinceladas para mostrarnos la crudeza del oficio. Su película se adentra en otro terreno, el de la humanidad de sus criaturas, y la dignidad que manifiestan en las situaciones que van viviendo. Rosa, que se erige como el hilo conductor, arrastra una vida amargada y consumida por el dolor, no soporta a su madre, ni su trabajo y vive anclada en una existencia vacía y a un amor perdido, su viaje será de dentro hacía afuera, descubriendo una vida diferente en la que puede haber algo de luz, Antonia, vive en su mundo, aunque ficticio, pero ella es feliz, disfruta de sus recuerdos, y ha logrado sentirse bien en su unvierso, Lupita, es pura bondad, es toda una madraza y llena de optimismo y alegría la vida ajada de Rosa, y finalmente, Lyuba, la niña que descubre otro mundo, un lugar donde la quieren y la protegen, un espacio donde sentirse niña otra vez, alejada de la vida solitaria y oscura en la que vivía.

Rosa y Lyuba casa LA PUERTA ABIERTA

Una obra que destila el aroma de aquel cine alemán de primeros de los 70, el que hacían Wenders o Fassbinder (testigo que recogerá de este último Almodóvar en su primer cine), rodeado de personajes cotidianos que se movían en ciudades frías y vivían en entornos miserables y tristes, pero hacían lo posible para salir de esas vidas, aunque raras veces lo conseguían, pero dando todo lo que tenían, su humanidad y bondad. Un equipo técnico que ya había trabajado con seresesky en sus cortos, acompañado de un cast de altura, la inmensa Carmen Machi, que con un leve gesto o detalle, dota a su triste personaje de dignidad, solamente con su mirada, el pelo oxigenado y consumiendo un cigarrillo, Terele Pávez, con esa fuerza y ese vozarrón, llena la pantalla con los enfrentamientos con una hija a la que quiere, pero a su manera, Asier Etxeandía, en uno de sus trabajos más potentes hasta la fecha, es el travesti que se ha convertido en la madre protectora de todas, que hará lo imposible para mantenerlas todas juntas y en paz, y finalmente, Lucía Balas, la niña que con su madurez y esa tierna mirada conseguirá ser aceptada. Seresesky se ha puesto el traje de faena construyendo una película sobre la maternidad, el hecho de ser madre, y las segundas oprtunidad, las que ofrece una vida que a duras penas aguanta, sobre como nos comportamos con nuestros semejantes, sobre las relaciones y las familias que se crean a partir de vínculos emocionales que nada tienen que ver con los de sangre, grupos de personas que lo único que quieren es lo que queremos todos los seres humanos, que alguien esté ahí, cuidándonos y queriéndonos, aunque sea un poco, sólo eso, nada más.

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