Entrevista a Belén Funes, directora de la película «Los tortuga», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Funes, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir”.
Almudena Grandes
Con La hija de un ladrón (2019), de Belén Funes (Barcelona, 1984), que seguía el coraje de Sara, una joven madre de 22 años que intentaba vivir dignamente, que se basaba en el personaje de su aplaudido cortometraje Sara a la fuga (2015). Una película que demostró la enorme capacidad de la cineasta que creció en Ripollet, haciendo un cine social y político y situándonos en lo más profundo de la periferia y de las gentes que vivían en ella. Con su segundo largometraje Los tortuga, sigue escarbando los espacios y los sentimientos que subyacen en los territorios del contorno de las ciudades, esos lugares amenazados de desahucios, con individuos en constante peligro, con viviendas precarias y trabajos que penden de un hilo muy fino, casi invisible. Vidas de prestado, como alguien las llamó. No vidas que se mueven entre nosotros, con sueños e ilusiones como nosotros, pero al borde del abismo cómo podemos acabar nosotros.
Con la ayuda en el guion de Marçal Cebrián, como ocurrió en las anteriores citadas, construyen sus “tortugas” (con la mítica fotografía de Miserachs de 1962 que aparece en la película), a partir de la joven Anabel, que no está muy lejos de la mencionada Sara, que con 18 tacos estudia cine y echa de menos al padre muerto. Vive junto a Delia, su madre que conduce un taxista por la noche y hace lo que puede para que su primogénita siga materializando su sueño. Pasan sus vidas así, y visitando a la familia jienense del padre y pensándolo a través de los olvidos que le legó a Anabel, como nos deja claro la secuencia que abre la película que, de un modo plenamente documental, asistimos a la recogida de olivas por parte de toda la familia. Funes sitúa el foco en los interiores, tanto físicos como emocionales, que recorren las existencias de madre e hija, otra vez en un conflicto maternofilial, como sucedía en la citada La hija de un ladrón, que era entre padre e hijo, sobre todo, planta su mirada en todos esos tiempos muertos o silenciosos en los que sus personajes están pensando o simplemente recogiéndose en sí mismos, o en compañía hablando de lo difícil que está todo, de las pocas oportunidades para los jóvenes y para todos y todas, pero no cae en el pesimismo, sino en pequeñas y leves esperanzas que van apareciendo a golpes de codo, con muchas dificultades, pero que luchan por hacerse un pequeño hueco.
Como ocurría en su anterior largometraje, el equipo técnico brilla con soltura y se acoge a ese cine sobre las intermitencias y las oscuridades cotidianas. Tenemos a Diego Cabezas, que coincidió con Funes en la serie La ruta, con una cinematografía que consigue una imagen de “verdad”, es decir, un encuadre que sigue con intensidad las vidas agitadas de las dos mujeres, sin caer en positivismos de pandereta ni en estúpidas proclamas sobre la valentía de escaparate y demás banalidades. La música de Paloma Peñarrubia, que hemos escuchado hace poco en películas como ¡Que caigan las rosas blancas!, de Carri, y Caja de resistencia, de Alvarado y Barquero, que ayuda a acompañar con honestidad y sencillez las vicisitudes de las protagonistas. El montaje conciso y magnífico de un grande como Sergio Jiménez que, en sus 109 minutos de metraje, nos da espacio para reflexionar sobre lo que sucede, tanto lo que vemos como lo que se guardan los personajes, unas almas en continua agitación, encarceladas en unas vidas duras y nada complacientes, además, de pasar un duelo que está siendo peor de lo que imaginaban, porque cada una hace y huye de la empatía necesaria para ayudarse y ayudar a la otra.
En el aspecto interpretativo, Funes vuelve a elegir un gran reparto encabezado por la debutante Elvira Lara interpretando una natural y sublime Anabel, siguiendo la estela de Dunia Mourad de Sara a la fuga y de Greta Fernández de La hija de un ladrón. Una mirada profunda y real que traspasa la pantalla, tanto cuando sonríe como cuando la vida se pone cabrona. Una gran elección que deseamos que siga llenando su talento en próximas películas. Le acompaña Antonia Zegers haciendo de una madre cansada, con poca vida y mucho menos feliz, con su taxi a cuestas como los “tortuga” con sus cosas. La actriz chilena de la que hemos disfrutado en muchas obras, consigue esa cercanía y la complejidad que respiran tanto ella como la complicada relación con su hija y los familiares de su marido ausente. Destacamos la presencia de Mamen Camacho que, algunos espectadores reconocerán como integrante del reparto de la serie diaria Servir y proteger, crea uno de esos personajes-puente, cuñada y tía de las protas, que sabe y hace todo para generar esa unión que parece algo rota. Bianca Kovacs es una vecina rumana que también lucha como puede para seguir, y Sebastián Haro, un actor de raza andaluz visto en mil y una. Y luego una retahíla de intérpretes naturales que forman la familia jienense.
Volvemos a aplaudir con fuerza la honestidad y el humanismo que destila cada imagen que vemos en Los tortuga, porque es un cine de aquí y ahora, centrado en las gentes de la periferia, esa que está ahí sin que nadie les haga ni puto caso. Un cine bien hecho, un cine social y política, insistimos ya que en este país se ve bien poco, y además contado con sutileza, con fuerza y valentía, deteniéndose en los problemas reales como la falta de una vivienda digna y un trabajo sólido y duradero. Belén Funes vuelve a mirar hacia adentro, su padre jienense que vino a Barcelona siendo un tortuga más, y ella, hija de la periferia que estudió cine como la mencionada Anabel, donde el cine y la vida actúan como espejo-reflejo como medio para reflexionar sobre lo que nos sucede y cómo se cuenta con una cámara y unos intérpretes en esos viajes de ida y vuelta entre un pueblo de Jaén y la urbe barcelonesa, tanto monta monta tanto, donde parece que todo no se va nunca y las cosas suceden en un bucle viciado y triste. Corran a ver la película de Funes, porque muchos se van a ver muy reflejados, porque antes o después se verán envueltos en alguna de las situaciones emocionales de las que profundiza la cinta, y si no al tiempo, por eso es bueno estar preparados y seguir pa’lante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Antonio Chavarrías, director de la película «La abadesa», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el jueves 21 de marzo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Chavarrías, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Press Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Porque hay una historia que no está en la historia y qué solo se puede rescatar escuchando el susurro de las mujeres”
Rosa Montero
La dualidad y las tensiones que provoca ese conflicto han definido buena parte de la filmografía de Antonio Chavarrías (L’Hospitalet de Llobregat, 1956). En Volverás (2002), dos hermanos, tan diferentes entre sí, se liaban para paliar los problemas de juego de uno de ellos. En Las vidas de Celia (2006), una mujer enigmática se ve involucrada con un policía que la investiga. En El elegido (2016), seguíamos los pasos del joven idealista Ramón Mercader, manipulado por su madre, que asesinó a Trotsky. Algunos ejemplos de más de la decena de títulos que se han caracterizado por armar historias muy oscuras y sacar la parte más compleja de la condición humana. En La abadesa, que vuelve a irse al pasado a reconstruir una parte de la historia y centrarse en un personaje real como hizo en la mencionada El elegido. La mujer en cuestión es Emma, hija de Guifré, conde de Barcelona que, a su repentina muerte en combate contra los musulmanes, convierte a la adolescente de 17 años en abadesa. Las ideas y la humanidad de Emma chocarán de pleno con las demás monjas, muchas de ellas recluidas contra su voluntad, con la nobleza, por querer repartir equitativamente los bienes, y con su hermano, el nuevo conde que, la insta a ser monja y rezar a Dios y dejarse de cambiar el orden establecido de las cosas.
El cineasta catalán ha construido una película especialmente sombría y oscura en una época, la de finales del siglo IX, donde estamos en plena guerra con los musulmanes, y la zona está impregnada de esa multiculturalidad, donde vemos huidos, conversos, mahometanos, visigodos y demás almas en busca de alimento y refugio, al lado de la frontera de los límites del invasor musulmán. El uso de la luz natural, que firma el cinematógrafo Julián Elizalde (del que hemos visto grandes trabajos como Volar, Las distancias, Con el viento, Suro y La maternal, entre otras), donde las luces tenues de las velas juegan un papel fundamental para mostrar la abadía, un espacio lleno de sombras y el sonido del viento del invierno gélido que se va colando. El imponente castillo de Loarre en Huesca sirve de escenario (donde ya se rodó la magnífica El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott), para mostrar una película estática y muy planificada, donde cada encuadre tiene su significado e importancia, con unos personajes de mucha actividad física, en esa retaguardia donde las consecuencias de la guerra están muy presentes. La excelente música de Iva Georgiev, para mostrar las transiciones, dan ese toque de profundidad y de tensiones soterradas tan presentes a lo largo del metraje.
El sensible trabajo con el sonido que firman Elsa Ruhlman, Corine Dubien y Emmanuel de Boissieu, junto al trabajo de arte de Irene Montcada (que ya estuvo en El elegido y Volverás), y el imponente trabajo de vestuario de Catherine Marchand y Pau Aulí, junto al rítmico y pausado montaje de Clara Martínez Malagelada con un trabajo que recuerda al que hizo en La pecera (2023), de Glorimar Marrero Sánchez, apoyada en la pulcritud y en la densidad de todo lo que vemos y sobre todo, lo que oímos, en una película que se va a las 2 horas de metraje. Chavarrías fiel a su estilo y mirada, como les ocurre a muchos cineastas catalanes como Garay, Cadena, el desaparecido Villaronga, entre otros, tienen un poso de cine del este, sobre todo, polaco, en las que prima el policíaco, con tramas de pocos personajes, llenas de oscuridad y de terror doméstico, donde se materializa un mundo sórdido y complejo. En La abadesa encontramos rasgos del gran Kawalerowicz con su grandiosa Madre Juana de los Ángeles (1961), como claro referente, y más cercanas como La religiosa (1966), de Jacques Rivette y Extramuros (1983), de Miguel Picazo y Thérèse (1986), de Alain Cavalier, donde se desnuda el espacio y se impone un tono sobrio y austero, donde la importancia de la historia reside en las composiciones de sus intérpretes basadas en la contención donde se sitúa en el centro el rostro, la mirada y el silencio.
Otro de los grandes aciertos de esta película es su reparto. Con una magnífica interpretación de Daniela Brown que da vida a la jovencísima Emma. Una auténtica revelación en la que llena cada estancia de la película. Qué bien mira esta mujer, y siendo testigos de ese cambio de niña a mujer, de esa inocencia primeriza cuando llega a convertirse no sólo en una persona sino en una mujer enfrentada a un mundo masculinizado y muy poderoso donde ella aprenderá sus códigos y sabrá manejar sus armas contra ellos y contra ese orden establecido donde priman los privilegios históricos y la falta de humanidad ante la pobreza y la miseria, a lo que Emma se negará y luchará con todas sus fuerzas, tanto a nivel social como personal. Le acompañan una estupenda Blanca Romero, que no la veíamos tan bien desde After (2009), de Alberto Rodríguez, metida en un personaje rebelde con una serie de privilegios por su condición de familia noble, que litigará con la abadesa por defender unas normas que se apartan del recogimiento eclesiástico. Carlos Cuevas, uno de esos actores capaz de hacer de joven y más mayor, aquí en un personaje firme y conservador, como eran la mayoría de hombres de la época, como el hermano de Emma, un soldado que ocupa el puesto de su padre que, no está dispuesto al señalamiento de su hermana por cambiar el orden imperante, y también luchará contra ella. Tenemos a Ernest Villegas, de gran trayectoria en el teatro catalán, dando vida a Eduardo, un diácono, que se socializa con la abadesa para compartir batallas contra el hambre en la zona. Y luego, una retahíla de buenos intérpretes como Oriol Genís, Joaquín Notario, Berta Sánchez, Anaël Snoek, entre otros, que dan profundidad a unos personajes que se alían o se enfrentan con Emma.
No vean una película como La abadesa esperando batallas espectaculares y demás momentos épicos, porque la cosa no va de eso, como nos han vendido que fue la Edad Media cierto cine comercial, que tuvo batallas y muchas, de eso no cabe duda, pero la mayoría de instantes, la cotidianidad y sus gentes con sus problemas eran como los fábula la película de Chavarrías, porque construye una película de “verdad”, es decir, donde la rigurosidad de su mirada se acerca con humanidad y honestidad a todo lo que vemos y sentimos, en un contexto histórico donde personas como Emma, predestinada a la religiosidad, como marcaban los imperativos de la época, quisieron cambiar las cosas y se enfrentaron al injusto y violento orden establecido, para ayudar a los demás, a los más necesitados a los invisibles, que citaba Galeano, a todos aquellos dejados de la mano de Dios, que deambulaban por los caminos, muertos de hambre, huyendo de la guerra, como sigue ocurriendo en la actualidad, con tantas guerras, tantos desplazados y muchos de los gobiernos de antes y de ahora, siguen mirando a otro sitio e imponiendo sus normas por el bien de la democracia que es igual a sus intereses económicos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La mujer está obligada a tomar la libertad si no se la dan”.
Federica Montseny
El cine, un arte que tiene la imagen como base fundamental, encuentra en la mirada su vehículo idóneo para transmitir todo aquello que se propone. En Las buenas compañías, el nuevo trabajo como directora de Sílvia Munt (Barcelona, 1957), la mirada de Bea se convierte en ese puente que transmite todo el engranaje y complejidad emocional por el que pasa su protagonista en aquel verano del 77 en Errentería, en el País Vasco. Un país, con el dictador ya fiambre, que todavía arrastraba demasiadas cosas del antiguo régimen, que luchaban febrilmente con las ansias de libertad de muchos. Las mujeres vascas, y más concretamente, las de Errentería, protestaban contra la falta de derechos y libertad, y ayudaban a otras que querían abortar y viajaban con ellas a Francia para que lo hicieran de forma digna y segura. Con guion de la propia directora, que retrata a sus coetáneas, y Jorge Gil Munarriz, del que conocemos su trabajo como guionista y director en El método Arrieta (2013) y la coescritura de Sueñan los androides (2014), de Ion de Sosa, se inspiran en “Las 11 de Basauri”, un grupo de mujeres feministas acusadas y encarceladas por practicar abortos en un proceso que se alargó una década.
La trama, como ya hemos comentado, se posa en la mirada profunda e inquieta de Bea, una joven de 16 años, que es una más del movimiento feminista que hace todo tipo de protestas: baña en pintura a violadores impunes, extiende pancartas a favor de las encarceladas, y ayuda a pasar a mujeres que abortan en Francia. Ese verano, el del 77, será significativo para Bea, que vive con su madre Feli, y tiene a su padre en la cárcel por temas políticos. Ese verano conocerá a Miren, una joven más mayor que está embarazada, con la que descubrirá el amor y la emancipación en todos los sentidos. Munt, que amén de su extraordinaria carrera como actriz con la que ha trabajado con mucho de los grandes de este país, se ha labrado una prolífica carrera como directora en la que hay ocho películas para televisión, la miniserie Vida privada (2017), excelentes documentales como Lalia (1999), Gala (2003), y La granja del pas (2015), y grandes dramas como Pretextos (2008), que le valió muchos reconocimientos. con Las buenas compañías entra en una liga superior, sumergiéndonos en un sólido y magnífico drama, mezclado con las tramas de iniciación, e introduciendo de forma ejemplar el contexto histórico, y las luchas feministas del posfranquismo.
Todo encaja a la perfección, todo se desenvuelve con naturalidad y fortaleza, en una película donde el aspecto técnico brilla con contundencia como la excelente cinematografía de Gorka Gómez Andreu, que ha trabajado con director vascos de la últimas hornadas como Koldo Almandoz, Asier Altuna y Paul Urkijo, con esa luz inmensa, que detalla con minuciosidad todos los avatares emocionales que registra la cinta, el estupendo trabajo de montaje de Bernat Aragonés, que tiene en su haber nombres tan interesantes como Isabel Coixet, Agustí Villaronga, Judith Colell y Belén Funes, con detalle y tensión en una historia que cuenta mucho y en poco tiempo, en apenas 95 minutos de metraje. Sin olvidarnos la magnífica música de Paula Olaz, de la que hemos visto Nora, de Lara Izagirre y La cima, de Ibon Cormenzana, entre otras, con esa banda sonora que sigue, que acompaña y que reescribe las imágenes, haciendo mención especial el tema “Nadie te quiere ya”, de Los Brincos, un grupo a reivindicar, con los Fernando Arbex y compañía, un temazo que encaja a la perfección en el estado de ánimo por el que pasa Bea, un grito de rabia y desesperación, como si estuviese escrito para la película.
El brillante reparto no se queda atrás, y eso que era difícil encontrar a las protagonistas principales, en una película que se mueve entre la lucha y la protesta a nivel social, y en la contención y el silencio en la vida íntima y personal. Entre las mujeres guerreras y valientes encontramos a María Cerezuela, que era la hija de Maixabel, que hacía Blanca Portillo, en la película homónima de Icíar Bollaín de hace un par de temporadas, la fuerza de una gran Nagore Cenizo, Heren de Lucas, la inolvidable Itziar Ituño, que hace de Feli, la madre trabajadora y sola de la protagonista, que nos encantó en Loreak y Hil Kanpaiak, entre otras, y las dos almas en peligro, en tránsito y con demasiadas historias a su alrededor, Elena Tarrats es Miren, la actriz catalana se ha labrado una interesante carrera teatral, y va mostrándose en la televisión y el cine, y hace de la niña rica, demasiado sola y herida, que encontrará en Bea una grandiosa tabla de salvación y sobre todo, una forma de ver la vida tan diferente. Alicia Falcó es la maravillosa Bea, que fue la niña de La por (2013), de Jordi Cadena, y hemos visto en series como Gigantes y Cuéntame cómo pasó, un estupendo y complejo personaje, en qué Falcó lo coge y lo hace muy suyo, siendo todo un acierto que está actriz, dotada de una mira portentosa, acompañada de un gesto contenido que expresa tanto sin decir casi nada, una alma libre que está atrapada entre tanta imposición, reglas y retroceso, y esa libertad, tan hijaputa que hay que luchar cada centímetro.
Aplaudimos y celebramos la vuelta al largometraje de Munt, que no sólo nos ha despachado una magnífica drama y película de iniciación, de amor, de amistad, de lucha, de camaradería, de compañerismo, valores en desuso en la actualidad, sino que recupera un caso olvidado, cómo “Las 11 de Basauri”, y las mujeres de Errentería, y tantas otras que ayudaron a que hoy en día todas tengamos derechos y libertades, y también, que sigamos en la brecha, atentas a que todos esos derechos conseguidos a pico y pala sigan siendo, y que otros, que todavía siguen en la lucha, lo sean algún día más pronto que tarde. Un film como Las buenas compañías, que coincide con otra película Modelo 77, de Alberto Rodríguez, estrenada apenas siete meses atrás, que también se centraba en las luchas por mejorar las condiciones carcelarias. Una película, y no voy a decir la relamida frase de su necesidad, sino que van muchísimo más allá, porque rescata y recupera nuestra memoria histórica tan olvidada por algunos intereses, y lo hace con una excelente película, una de esas películas que guardaremos por mucho tiempo, una película que habla de esa “verdad”, que algunos quieren cambiar, y otros, como Sílvia Munt y todo su equipo quieren contarla como fue, y también, como ha quedado para nosotros, que siguiendo su espíritu, sigamos en lucha, por todo, por las mujeres, por la libertad, por los derechos y por nosotras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”.
Oscar Wilde
Mencionaba el gran guionista Rafael Azcona que, las buenas películas eran aquellas que hablaban de los temas que conocía el director. A Stormy Night, opera prima de David Moragas (Almsoter, 1993), que estudió en la prestigiosa New York University y vivió en uno de esos barrios de Brooklyn, se erige como una película que encaja perfectamente en las palabras del excelso escritor cinematográfico, porque el joven talento catalán se centra en aquello que conoce, y sobre todo, le inquieta, siguiendo la forma y fondo que ya se vislumbraba en sus cortometrajes, centrándose en relatos íntimos y muy cercanos, con personajes de aquí y ahora, con inquietudes y desilusiones tan reales como las nuestras, envueltos en ese blanco y negro sobrio y transparente, centrados en espacios interiores y reducidos, tan próximos que resultan inquietantes, para hablarnos de personas como nosotros, con sus idas y venidas por la vida, con esa naturalidad y sencillez, como si los espectadores estuvieras junto a ellos, o mirando por una mirilla.
Para su debut en el largometraje, Moragas opta por su género favorito, el de la comedia romántica, pero con matices, con ese tono agridulce y de realidad punzante, escogiendo un relato de inmediatez, cargando toda la estructura en un instante preciso, las doce horas juntos que pasaran Marcos y Alan, ya que el primero, de viaje a San Francisco para presentar un documental que ha filmado con su ex pareja, debe detenerse y pasar noche en New York, porque los vuelos se han cancelado debido a una fuerte tormenta que se avecina. Los dos jóvenes, tan diferentes o iguales entre sí, la película nos irá desvelando todo aquello que les separa y les une, pasarán medio día juntos, o mejor dicho, media noche juntos, en la que hablarán mucho, pero también, se mirarán mucho, habrá algún que otro acercamiento inesperado, y sobre todo, muchas confidencias, porque todo lo que en un principio los separaba, con el paso de las horas, su breve encuentro se irá revelando como una especie de espejo en el que la verdad se reflejará sin atajos, tanto emocionales como físicos, frente a frente, y los dos jóvenes se mirarán uno al otro y se mostrarán de verdad, sacando a relucir todo aquello que tanto ocultan.
Los diálogos que mantienen los jóvenes versarán sobre su condición homosexual y la vida de tener una identidad no convencional en una sociedad heterodeterminada, las difíciles relaciones familiares y con su entorno más próximo, las dificultades de vivir en otro país, con otra lengua y cultura diferentes, los condicionamientos de desarrollar un empleo en una sociedad demasiado encajonada y convencional, y la naturaleza de las relaciones íntimas, el compromiso, el amor sincero, el poliamor y demás cuestiones acerca de la vida y las relaciones personales. Moragas sabe captar con naturalidad y cercanía toda esta montaña rusa emocional que experimentan los dos jóvenes, en que la luz íntima y velada, en algunos instantes, que firma el cinematógrafo Alfonso Herrera-Salcedo (que ya estaba en el cortometraje Only Fools Rush In), ayuda muchísimo para crear esa atmósfera de claroscuros, y no menos el grandísimo trabajo de edición de un grande como Bernat Aragonés (cómplice, entre otros, de nombres tan importantes como los de Agustí Villaronga o Isabel Coixet), en una película con pocos movimientos de cámara, llena de cuadros que aún evidencian más el inmenso trabajo de montaje.
A Stormy Night, auspiciada por un grande de nuestro cine como Antonio Chavarrías, hace guiños a Woody Allen con una ilustración sobre Annie Hall, al igual que a Agnès Varda con un dibujo sobre Cleo de 5 a 7, estaría rondando los mismos parámetros de las películas de Noah Baumbach dedicadas a New York y sus círculos y personajes ocultos, y estaría muy hermanada con títulos como Weekend (2011), de Andrew Haigh, historia sobre un affaire homosexual anclado en un fin de semana, y en Keep the Lights On (2012), de Ira Sachs, otra relación gay, más alargada en el tiempo, pero con similitudes con los protagonistas. Y si la historia funciona, con pausa e intimidad, ayuda sobremanera la pareja protagonista, con un cálido y sensible Jacob Perkins, que ya vimos en el cortometraje Boyfriend, de Moragas, dando vida al comprometido y enamorado Alan, y Marcos, el liberal y aventurero español, con su momento “tortilla”, que interpreta el propio director, consiguen emocionarnos con lo mínimo, convirtiendo A Stormy Night en un relato lleno de inteligencia, sensibilidad y belleza, y vislumbra el debut de David Moragas como un grandísimo y estimulante ejercicio sobre la vida, las relaciones y nuestra identidad, convirtiéndola en un obra de culto de inmediato, que hablará mucho de quiénes somos y como nos relacionamos para futuras generaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA