Encuentro con el fotógrafo Terry O’ Neill, con motivo de la inauguración de la exposición «Terry O’Neill. El rostre de les llegendes», junto a Cristina Carrillo de Albornoz, comisaria de la exposición, y Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Cataluña. El encuentro tuvo lugar el jueves 1 de marzo de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Terry O’Neill, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Cristina Carrillo de Albornoz, Esteve Riambau, por su generosidad, tiempo y sabiduría, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
Encuentro con el fotógrafo Joan Fontcuberta, con motivo de la presentación de su ensayo «La furia de las imágines», conversando con el filósofo Xavier Antich. Presentación del acto Joan Tarrida de la Editorial Galaxia Gutenberg. El evento tuvo lugar el martes 20 de septiembre 2016, en la librería La Central de Mallorca de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Joan Fontcuberta, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Marta Sebastián de Diseuño Comunicación de la editorial Galaxia Gutenberg, por su generosidad y paciencia, y a Julia de la Librería La central, por su trabajo, amabilidad y cariño.
Entrevista a Óscar Fernández Orengo, con motivo de su exposición de fotografía «Cineastes al seu lloc», en la Filmoteca de Catalunya. El encuentro tuvo lugar el martes 21 de junio de 2016, en uno de los rincones de la sala de exposición.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Fernández Orengo, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a Esteve Riambau y al equipo de la Filmoteca, por organizar la exposición, y acogerme tan bien.
Joana Biarnés (1935, Terrassa) nunca tuvo vocación de fotógrafa. Siendo niña ayudó a su padre en el laboratorio familiar. De hecho, quería ser telefonista, pero después de probar, y escuchar los sabios consejos de su padre, desistió, y probó en la pintura. Su primer dibujo fue un desastre, y el maestro convenció a su progenitor que su hija buscase otro oficio. Mientras ayudaba a su padre, descubrió la fotografía artística junto a otros colegas, que compaginaba registrando los eventos deportivos de su ciudad a los que su padre no podía acudir. Fue en ese instante, cuando Joana comenzó a apreciar el arte fotográfico y decidió ser periodista, se licenció y empezó a hacerse un espacio en su profesión.
El trabajo de Òscar Moreno (que viene del medio televisivo en el que ha trabajado haciendo reportajes) y Jordi Rovira (periodista de carácter social con reportajes sobre países en guerra y hambrunas) realiza un retrato intimo y cercano de la figura de Joan Biarnés, la primera fotoperiodista que hubo en este país. Con la ayuda de sus innumerables fotografías, archivo de prensa, alguna imagen audiovisual rescatada, y los diversos testimonios, entre los que se incluyen los de ella, y su marido y algunos amigos íntimos de su vida, los directores nos convocan a un recorrido personal y profesional por la mirada de esta mujer avanzada a su tiempo. La película arranca en 1935 con su nacimiento, y los años de hambre y antesala de guerra civil, recorre sus primeros años, el descubrimiento de la fotografía, el paso por la universidad y su reportaje del matadero, y luego su gran reportaje de calado emocional que fue el de las riadas de su ciudad Terrassa en 1962. Su traslado a Madrid para trabajar en el diario Pueblo, el cambio que supuso conocer al hombre de su vida, el reportaje a The Beatles, metiéndose en el lavabo del avión para sacarles fotos, y luego colarse en la suite del hotel de Barcelona para conseguir “La foto”, porque, según dice Joana, siempre puedes tirar muchas fotos, pero necesitas “La foto”, esa imagen que sabe captar ese momento fugaz e inolvidable que se instalará en la memoria.
Su paso por el cine como foto fija, la cantidad de amigos, artistas y todo tipo de figuras relevantes del toreo, la artistocracia… de los entretenidos años 60, y su amistad con Raphael, al que siguió por todo el mundo. Los baños nudistas de los hippies en los 70, montó con unos colegas su propia agencia, artistas de Hollywood que nos visitaban, todos aquellos que pasaban por el ojo de Joana quedaban seducidos por esta mujer fascinante, moderna e independiente, de espíritu libre y combativo, que supo nadar a contracorriente en un mundo dominado por hombres y prejuicios, siempre con la memoria de su padre por delante, con una gran capacidad emocional y valentía que le permitieron derribar muros y fronteras que existían en su época. A principios de los 80, cuando el mundo del fotoperiodismo se había instalado en la mediocridad y la superficialidad extrema, Joana decidió dejarlo, no iba a convertirse en una paparazzi, y abrió una nueva etapa en su vida, dedicándose a la restauración abriendo un local en Ibiza junto a su marido. Un cuarto de siglo después, unos seguidores de su arte la han devuelto al ruedo y Joana ha vuelto a coger la cámara para hacer lo mejor sabe hacer. Moreno y Rovira han hecho una película de justicia, didáctica, valiente y honesta. Un documento que rescata del olvido una figura esencial, injustamente olvidada, una mujer y su trabajo que nos sirven para entender cómo funcionaba el periodismo de aquellos años. Una película que registra un tiempo perdido, mágico, romántico, de juventud, de libertad interior, de ser uno mismo, y sobre todo, de sentir que el mundo era un lugar al que podía mirarse de frente, con orgullo, sin miedo a nada ni nadie.
“Quan hi ha un retrat, aquest ja ho explica tot, no cal ficar-hi tanta literatura ni tantes fotos anecdòtiques. Un retrat resol el tema. Jo no ho oblido mai. Et vas carregant la motxilla de la memoria”.
Colita
Ventura Pons (1945, Barcelona) dirigió más de 20 obras de teatro antes de debutar en el cine con Ocaña, retrat intermitent (1977), un documento sobre José Pérez Ocaña, un pintor andaluz, homosexual, transformista y anarquista, de vida transgresora y provocadora, que se convirtió en un icono de Las Ramblas de Barcelona de finales de los 70. Le siguieron 6 comedias, unas más locas y otras más negras, que hizo entre los años 1981 y 1993, con la colaboración del guionista Joan Barbero. En 1994, cambia de rumbo y toma otro camino, y empieza a adaptar novelas y textos teatrales de autores de prestigio como Monzó, Benet i Jornet, Belbel, Torrent o Baulenas, entre otros, llevándole a un nivel de producción de ritmo vertiginoso, estrenando una película casi cada año, realizando títulos de calidad como Actrius, Amic/Amat, Amor idiota, Forasters, Mil cretins, etc…
Ahora, vuelve al documento, en su película número 27 de su carrera, como su estreno en el cine, similar a los trabajos de El gran Gato (2002), sobre la vida del emblemático músico, o Ignasi M. (2013), donde relataba la crisis personal y laboral del prestigioso museólogo. Su mirada se centra en Isabel Steva Hernández, más conocida como “Colita”, figura esencial de la fotografía moderna del siglo XX. Como hiciese en Ocaña, la película de Pons se desarrolla en casa de la fotógrafa, en el jardín, rodeada de sus amigas, confidentes y compañeras de fatigas más íntimas. Tenemos a Teresa Gimpera, Maruja Torres, Pilar Aymerich, Rosa Regàs, Núria Feliu, Beatriz De Moura, Anna Maio, Rosa Sender y Marta Tatjer. Todas ellas, igual que la anfitriona, artistas o mujeres vinculadas al mundo de la bohemia. Se arrancan a comentar su no al premio nacional de fotografía, para luego adentrarse en los años alegres y convulsos de los 60 y 70, en plena dictadura franquista, en un país consumido por el fascismo y el oscurantismo, donde todo lo moderno, transgresor y divertido se prohibía tajantemente.
Divida por 9 capítulos, que se abren con el material gráfico de Colita, retratos de aquellos amigos que posaron para ella, y sigue con las conversaciones que recuerdan aquellos instantes, en este encuentro de mujeres donde hablan y ríen, de los retratos de Colita y su arte, recuerdan a los que ya no están, los viajes que hicieron, las risas y la diversión que compartían, los franquistas que las acechaban, las noches sin fin en Bocaccio, las borracheras que nunca terminaban, los actos en contra de Franco, el reportaje del funeral del dictador, los hombres que amaron y los amantes que dejaron en el camino, los cineastas, la literatura, los músicos, y demás artistas que conocieron, la miseria y la suciedad el barrio chino, aquellos cantantes y transformistas que paseaban su glamour nocturno, las putas de toda la vida, la Gauche Divine, los Moix, y aquella Barcelona convulsa, agitada, política, artística, transgresora, represiva y sobre todo, las conversaciones giran en torno a la memoria de un tiempo vivido, un tiempo que dejó buenos y malos recuerdos, pero también, situaciones y momentos divertidos. Estas viejas damas indignas, como se autodefinen Maruja Torres, mujeres modernas, alejadas de las vidas de sus madres, y libres en su interior. Mujeres que recuerdan lo que fueron, lo que hicieron y el tiempo donde había flores en las calles, pero también pistolas en el cinto. Tiempos oscuros, pero también tiempos para compartir, vivir, y hacer fotografías que registraban todo aquello que sucedía, o al menos parte de lo que sucedió. Ventura Pons ha hecho un filme valioso, un documento sobre la memoria de un tiempo que se vivió en plena agitación artística de un grupo de hombres y mujeres que abrieron rendijas de luz y color durante un régimen que oscurecía y mataba todo aquello que iba en su contra. Mujeres valientes, mujeres libres y sobre todo, Colita, una mujer adelantada a aquel tiempo de “un país pobre, trist i desgraciat”, como anuncia la narradora Rosa María Sardà, donde Colita emergió con su mirada para registrar, en blanco y negro, fragmentos de vidas, y sus miradas y gestos, que testimonió de forma sencilla, elegante y maravillosa.
Arranca la película explorando el origen de la palabra fotografía, nos cuentan que proviene del griego, de la palabra “photos”, que significa luz y “graphis” que significa dibujo, escritura. Así que, su significado sería “dibujar o escribir con la luz”. Wim Wenders (Düsseldorf, 1945), cineasta y fotógrafo alemán, de amplísima trayectoria con más de 30 títulos, desde que debutase en 1970 con Verano en la ciudad, con experiencia en retratos sobre diversas figuras artísticas: se ha acercado y reflexionado sobre cineastas y el cine, Nicholas Ray, Yasujiro Ozu…; sobre música, trova cubana y el soul americano, o sobre danza con la figura de Pina Bausch. Un cineasta que aborda de manera magnífica y sincera la figura del fotógrafo Sebastião Salgado (Aimorés, Minas Gerais, Brasil, 1944), que después de dedicarse un tiempo a la economía, en 1973, decidió dejarlo todo, comprarse un equipo de fotografía y dedicarse a su pasión. Empezó recorriendo Sudamérica, captando con su cámara las diferentes culturas indígenas y sus maneras de vivir. Ese viaje encendió su conciencia social y trazó su camino, su trabajo se dedicaría en denunciar la injusticia retratando la guerra, el hambre, los refugiados y desplazados, los trabajadores… Una fotografía siempre en blanco y negro, luminosa, bellísima (que a principios del 2000, le llevó a duras críticas por parte de intelectuales de la talla de Susan Sontag o periodistas del Times, que le reprochaban que la belleza de sus imágenes sobre la exposición de la miseria humana, le podían hacer perder la autenticidad de la misma, situación que obvia la película). Su trabajo le ha llevado a convertirse en un viajero incansable, desde principios de los 80 ha estado en todas las guerras y conflictos humanos que han ido sucediendo a lo largo y ancho del mundo (las guerrillas latinoamericanos, la hambruna de Etiopía, en la guerra de Irak –con la quema de los pozos de petróleo-, la guerra de los Balcanes, la de Ruanda, etc…), su conciencia social le ha llevado a recorrer el mundo inmortalizando con su objetivo el terror, la tragedia y miseria humana. En su última guerra se detuvo, no pudo más, se retiró y busco refugio en sus orígenes, donde nació, un lugar desértico y erosionado, que con la ayuda de su familia, su mujer Léila, -fundamental en su obra- replantaron y lo convirtieron en un ecosistema lleno de naturaleza viva repleta de árboles, vegetación, agua y animales. Aquella vuelta a sus orígenes, lo devolvió a la fotografía, a sus viajes para retratar la naturaleza ancestral, la que seguía virgen y alejada del mundo civilizado, y a las culturas que vivían en esos medios salvajes y vivos. Wenders, acompañado de Juliano Ribeiro Salgado, -hijo mayor del fotógrafo- nos invocan a un viaje y a un encuentro entre el cineasta y el fotógrafo, a recoger de forma profunda y reflexiva, a través de imágenes de archivo y actuales, la trayectoria humana y profesional de Salgado, que va relatando su vida, de una forma sincera, nos habla de su exilio en París, debido a la dictadura en Brasil, el desarrollo de su trabajo, las situaciones que más le emocionaron, los momentos dulces y duros de su experiencia. Los cineastas nos muestran la cara humana del fotógrafo, la que no vemos, lo que queda detrás de la imagen. El fotógrafo brasileño nos cuenta que la fotografía ya no es un objeto, es un concepto. Una vida dedicada a mostrar lo que nos rodea, al retrato humano de la tragedia, a explorar y dar luz a todos aquellos que no la tienen, a los invisibles, a los que viven apartados, a todos y cada uno de ellos Salgado les ha dedicado su tiempo y su trabajo. Documento no sólo sobre un fotógrafo y su obra, sino también sobre una manera de vivir, de sentir y sobre todo, de mirar la vida en todos los sentidos y de cualquier fomra, la humana, la animal, la vegetal y la mineral. La película nos invita a cerrar los ojos, a mirarnos y mirar con el corazón, volviendo a nuestro interior, a los orígenes, a lo más insignificante y a lo más pequeño.