Entrevista a Carla Simón

Entrevista a Carla Simón, directora de «Estiu 1993». El encuentro tuvo lugar el jueves 6 de julio de 2017 en el hall de los Bosque Multicines en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Verano 1993, de Carla Simón

LA NIÑA QUE NO PODÍA LLORAR

Érase una vez, en un pasado no muy lejano, una niña que se llamaba Frida. Frida tenía 6 años y vivía en la ciudad con su madre y abuelos. Un día, su madre murió, pero Frida no podía llorar, no le salían las lágrimas. Entonces, se fue a vivir con sus tíos y su prima Anna a un pueblo rodeado de montañas. A partir de esta premisa, la película se abre de manera concisa y elocuente, situándonos en la noche de San Juan, donde niños y mayores disfrutan de los petardos y la música. Frida, a la que vemos de espaldas, en mitad de la noche, observa a su alrededor, un niño se le acerca y le suelta: ¿Y tú, perquè no plores? Frida no contesta. A raíz de esta dicotomía, subyace toda la propuesta de la opera prima de Carla Simón (Barcelona, 1986) en la que nos invita a recordar su infancia, a volver a aquel verano de 1993, cuando su vida cambió, su vida dio un giro de 180 grados para recomenzar de nuevo, con otra familia, sus tíos Marga y Esteve, y su primita Anna, y en otro ambiente, una masía en mitad del bosque, y con los recuerdos de su vida hasta ese instante. Simón ya había explorado la memoria de su familia en sus anteriores trabajos, en Lipstick (2013) filmada en inglés, abordaba el vacío que dejaba el fallecimiento de la abuela en el entorno familiar, en Las pequeñas cosas (2014) la relación difícil entre una madre e hija, y finalmente, en Llacunes (2016) ejercicio que, a través de un tratamiento experimental, donde construía un dialogo con la memoria de su madre.

La directora catalana se sumerge en su propia vida para contarnos ese tiempo de tránsito, ese tiempo de duelo, en el que Frida deberá enfrentarse a ella misma y al entorno que la rodea, a mezclarse con ese paisaje hostil, y a la memoria de su madre, y el lugar y la familia que deja en la ciudad. Simón mezcla con sabiduría las emociones complejas y extrañas que va experimentando la niña con la época estival, en la que se suceden los diferentes juegos, los baños en el río, los disfraces, la bicicleta, las visitas a la piscina, la diversión en la plaza corriendo y trotando, perderse por el bosque, visitar la huerta y coger coles en vez de lechugas, arreglar la bicicleta, bailar al son del ritmo de moda, disfrutar dels “gegants i capgrossos” y bailar en la verbena de “Festa Major” etc… La experiencia de la vida durante la infancia en verano, en la que la alegría y la diversión forman parte de nuestro mundo, confundido con la tristeza por el dolor, en el que la ausencia y la pérdida van apareciendo en forma de actitudes extrañas que va manifestando Frida, en mostrarse hostil con ciertas cosas, imponer su criterio y engañar a su prima pequeña Anna, y sobre todo, sentirse que no pertenece a ese mundo, un mundo que se le ha impuesto, al que quiere abandonar, volver al piso que compartía con su madre, regresar con la que considera su familia de verdad, que le regalaron la hilera de muñecas que custodia celosamente en el quicio de la ventana, o el intento de fuga en mitad de la noche, o  los instantes que reza frente al altar en un hueco en el bosque, por indicaciones de su abuela (como cuando Wayne le hablaba a la tumba de su mujer en La legión invencible).

Simón logra una película bellísima, logrando capturar la vida en su esencia, con sus pros y contras, acercándose a la infancia quebrada, desde la delicadeza, mostrándose sensible a lo que nos cuenta, sin nunca caer en la excesiva dramatización, apenas hay música añadida, la que escuchamos forma parte del ambiente, como esa música de saxo que entra en los encuadres de forma suave. Simón nos cuenta un drama, donde la muerte tiene una gran presencia, la ausencia de la madre, sí, pero lo hace desde la vida, desde la alegría de vivir, en una cinta luminosa, divertida, pero también oscura, en el que Frida a veces se muestra cariñosa y alegre, y en otras, ausente, como en otro lugar, ensimismada en otro tiempo. Los tíos, Marga y Esteve (magníficos Bruna Cusi y David Verdaguer, demostrando con creces que tenemos intérpretes de gran altura para rato) intentan aportar calor y hogar a Frida, ellos también tienen que adaptarse a la nueva vida, a las emociones contradictorias y extrañas de la niña, a su duelo, a su incapacidad de llorar, a extraño comportamiento, a no entender que el mundo, y sobre todo, la vida nos tiene reservadas situaciones que nunca entenderemos, y más cuando somos niños.

Simón ha parido un cuento enorme, de concisión narrativa y argumental, en el que todo se cuenta a fuego lento, en el que su encuadre, de espíritu libre, se sustenta en la mirada de Frida, en su mirada triste y alegre, en esa complejidad emocional que atraviesa a la niña, y a todos los que le rodean, a su nueva familia, y a la otra que ha dejado, con la que quiere volverse, detener el transcurso de la vida, y sentir que nada ha cambiado, que todo puede volver a ser como antes, deseos insatisfechos de una niña demasiado pequeña que todavía no comprende ciertas cosas y que siempre pregunta por el estado del piso de la ciudad a su tía. Simón nos invoca a otros niños y niñas huérfanos, desamparados y perdidos como los Edmund Kohler, Antoine Doinel, la Paulette (de Juegos prohibidos, con la que guarda cierto paralelismo en muchos aspectos), la Dorothy de El Mago de Oz o la Alicia que se veía sorprendida en el país de las maravillas, o el François de La infancia desnuda, al que le costaba adaptarse a los ambientes familiares, o aquellos rubios que nutrían la memoria de Albertina Carri, o ciertos ambientes y vacíos que experimentan los del cine de Lucrecia Martel.

La cinta de Simón recuerda a aquel cine español de inicio de los setenta en el que autores como Saura o Erice recordaron su infancia, aquella fracturada por la guerra, como el Luis de La prima Angélica, o las Ana, tanto de El espíritu de la colmena, como de Cría Cuervos, niñas que se veían sometidas a la ausencia y la pérdida de un mundo infantil que dejaba paso a un tiempo de incertidumbre, de extrañeza, donde los sueños se convertían en pesadillas, y los monstruos hacían acto de presencia. Y no sólo en planteamientos narrativos, sino en métodos de producción, muy propios de la factoría Querejeta, como rodear a la debutante Simón con profesionales reconocidos como Santiago Racaj, en labores de cinematografía (en un trabajo excelso de naturalismo y detallista, que recoge los instantes fugaces de la vida) o Eva Valiño en el sonido, sin olvidarnos de la interesante labor de Ana Pfaff en montaje. Una fábula intimista y pedagógica, en el que las niñas Laia Artigas como Frida y Paula Robles como Anna, dos niñas en estado de gracia, trasnmitiendo esa naturalidad y vida que traspasa la pantalla, que nos ayudan a vivir esta historia real como parte de nosotros. Un cuento de verano sencillo y honesto, sobre todo lo que fuimos, sobre la pérdida y el dolor de cuando somos niños, cuando el mundo es un lugar inmenso por descubrir y descubrirnos, cuando todo está por hacer e inventar, cuando la vida nos coloca en lugares que no deseamos, cuando las cosas se rompen, y debemos pegar los trozos, volver a hacer, volver a nacer, enfrentarnos con nuestro pequeño mundo e inmenso a la vez, en ese tiempo de juegos, imaginación y diversión,  pero también, de pérdida, oscuridad, dolor, ausencia, en una celebración de la vida, de su alegría y tristeza, de lo que amamos y odiamos, de  lo que reímos y lloramos.

Lifespolier, de Marc Angelet y Alejo Levis. Sala Flyhard

DOS VIDAS Y UN DESTINO.

Mientras la sala permanece a oscuras, una voz en off nos sitúa en el contexto de la obra. Nos encontramos en un futuro no muy lejano, en el que un científico, por medio de una serie de experimentos en física cuántica, ha logrado descifrar el destino que les espera a cualquier ser humano a siete años vista, estas averiguaciones las puedo consultar cualquiera pidiéndolo en su muro de facebook. Lentamente, la luz tenue ( que nos acompañará toda la obra) se va iluminando y deja espacio a la parte delantera de un automóvil sufriendo un accidente, mientras traspasa un muro de hormigón (que recuerda a la escultura del artista contemporáneo Wolf Vostell construïda en Malpartida). Estamos en mitad de la noche, en algún lugar de cualquier tramo de carretera secundaria perdida. Del interior del coche, dos chicas jóvenes se mueven a cámara lenta debido al impacto. Un hombre, vestido de gabardina y portando un maletín, las saca del vehículo. La iluminación se abre y las mujeres, todavía en estado de shock, se ayudan una a la otra y comienzan a hablar. Las mujeres se acaban de conocer, una parece conocer el destino que les depara, la otra, no quiere saberlo o sí.

Este es el arranque, espectacular y enigmático, de la obra Lifespolier, que se representa estos días en la Sala Flyhard, un pequeño teatro de Sants, que se ha convertido en un referente de la escena contemporánea de Barcelona, ofreciendo montajes de autores emergentes con miradas inquietas al mundo que les rodea, entre la fascinación y la complejidad de todo aquello que penetra en las emociones que nos recorren el organismo. La peculiaridad de la sala con sólo 40 espectadores, convierte el espacio en el que obra e intérpretes se mueven casi entre nosotros, y no solamente invitándonos a ser uno más del montaje, sino a vivirlo como si nosotros fuesemos la pieza más importante de aquello que se nos está mostrando. Marc Angelet y Alejo Levis, autores y directores de la obra, indagan de forma sencilla y compleja a la vez, en un texto que camina entre el thriller psicológico, la ciencia ficción, el drama romántico, y ciertos toques de humor, en una sugerente mezcla de estilos que desnudan la mirada de los espectadores, en un viaje que nos habla sobre nuestras vidas, sobre nuestro destino, sobre quiénes somos y sobre todo, hacía donde vamos.

Las mujeres en cuestión (espléndidas Vicky Luengo y Bruna Cusí) tienen miedo de lo que dejan, la primera, una vida con su pareja y deseos de futuro, la otra, una vida vacía como artista de medio pelo que no acaba de arrancar. Pero ahí están, o así el destino lo ha querido, de iniciar algo nuevo, su historia de amor, abandonando sus vidas anteriores, y empezando una nueva existencia,  juntas y enamoradas. Pero, algo ha ocurrido, han atropellado a alguien, que en cierto momento de la obra hará su presencia (carismático Sergio Matamala), y todo se complica. La obra acoge la paradoja del experimento de “El gato de Schrödinger”, en el que en una caja sellada con un gato, y mediante un fuente radiactiva, que provocava el vertimiento de un veneno, y asumiendo las leyes de la mecànica cuántica, existía la posibilidad de que el gato después de un tiempo pudiera estar vivo y muerto al mismo tiempo. Y así nos presentan la situación compleja y perturbadora que define la obra, un montaje que se mueve en dos realidades, dos destinos posibles, dos vidas por empezar, dos cambios de rumbo en juego, y tres personajes en liza, un inquietante y fascinante juego de espejos, de engañar al destino o no.

La obra se nutre de un magnífico juego de iluminación, para crear ese espacio metafísico y extraño que sacude toda la obra, en el que hay destellos de luces, oscuridades incómodas y silencios extraños, para provocar un atmósfera terrorífica y ambigua en el que el mundo onírico se adueña del montaje, acompañados de una banda sonora de raíces electrónicas y divergente que analiza y contribuye a crear ese espacio cotidiano y a la vez extraño en el que se ven sumidos los protagonistas. Una obra de grandísima dirección, de ritmo enérgico y de gran potencia que cambia de registro en el que los actores van cambiando de piel y estados de ánimo. Una obra que parece un capítulo extraido de The Twilight zone (títulada “La dimensió desconeguda” cuando fue emitida por TV3) mítica serie emitida en su formato original allás por el 1959-1964, en el que a través de la cotidianidad, encerraban a sus personajes en mundos extraños, onirícos y terroríficos en el que sus emociones y pesadillas asumían sus juevos perversos y alucinantes. Angelet y Levis han construido una obra de altos vuelos, que destaca por sus cambios de registro y un trío de intérpretes fantásticos que no sólo dan enjundia a sus personajes, sino que los hacen cercanos e íntimos, dotándoles de complejidad y sobre todo, humanidad, de que acaban por no saber quiénes son y menos hacia donde van, porque como nos explica la obra, no se puede huir de tu destino, y todo lo que hagas para no encontrarle con el, aún lo provocas más.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/220114280″>Teaser #LifeSpoiler</a> from <a href=»https://vimeo.com/flyhard»>FLYHARD TV</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Encuentro con Agustí Villaronga, Núria Prims, Marcel Bòrras, Oriol Pla, Bruna Cusi, Fernando Esteso e Isona Passola

Encuentro con Agustí Villaronga, Núria Prims, Marcel Bòrras, Oriol Pla, Bruna Cusi, Fernando Esteso e Isona Passola, con motivo de la presentación de la película «Incerta glòria». El evento tuvo lugar el martes 14 de marzo de 2017 en el Sant Pau Recinte Modernista en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: al equipod e «Incerta glòria», tanto el que estuvo presente como el que no, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Katia Casariego y Nuria Costa de Working at weekend, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Incerta glòria, de Agustí Villaronga

LAS ENTRAÑAS DE LA GUERRA.

“No t’oblidis ensenyar-los a sobreviure, perquè la majoria de vegades, sobreviure i matar van de la mà”

Nos encontramos en el frente de Aragón en junio de 1937. Es mediodía. En ese instante, irrumpe en la pantalla un jeep militar del que se apeará Lluís, un joven oficial republicano que llega a un pueblo en ruinas para levantar la moral de la tropa y enseñarles a matar. Allí, en ese tiempo y lugar de espera, en que la guerra todavía no ha hecho su presencia, conocerá a la Carlana, la señora del pueblo. También, coincidirá con Soleràs, su mejor amigo, y más tarde, se incorporará Trini, su mujer e hijo. Agustí Villaronga (Mallorca, 1953) ha construido una filmografía fiel a su estilo, en el que explora la naturaleza humana a través de personajes complejos que se debaten en sus emociones más descarnadas y vivas, las que nacen desde las entrañas y provocan hechos inesperados que los cambiarán para siempre, situando a sus personajes en lugares de atmósferas asfixiantes e irrespirables, espacios ajenos a ellos, en los que se sienten extranjeros o desplazados.

En Incerta glòria vuelve a la Guerra Civil, o mejor dicho a las consecuencias devastadoras que ésta provoca en las personas. Este especie de trilogía, no declarada, arrancó con El mar (2000), en la que basándose en una novela de su paisano Blai Bonet, relataba la relación homosexual de dos jóvenes enfermos de tuberculosis, siguió Pa negre (2010), inspirada en la novela de Emili Teixidor, esta vez la mirada se posaba en los ojos de un niño que perdía su inocencia en la Cataluña rural de posguerra. Ahora, vuelve a fijar su mirada en un texto, en Incerta glòria, de Joan Sales, una de las novelas más importantes escritas en lengua catalana desde su publicación a mediados de los 50, un inmenso freso histórico de más de 1000 páginas que recorre la devastación de la Guerra civil, el antes y el después, que hace dos años tuvo una adaptación teatral. Villaronga y su coguionista Coral Cruz, han dejado de lado la parte filosófica y espiritual de la novela, y a buen criterio, se han centrado en la parte más emocional, aquella que mueve a unos personajes entre la devastación moral que provoca la guerra, a través de una estructura de western (que recuerda a Duelo al sol, de Vidor) se adentran en un pueblo en ruinas, tanto moral como físicamente, en el que el personaje de la Carlana se erige como epicentro de la trama que se nos cuenta. Villaronga nos cuenta un relato en el que la guerra actúa como telón de fondo, en el que un ejército está esperando (como sucedía en El desierto de los Tártaros, de Zurlini).

La guerra es una sombra que contamina todo y a todos, en el que la tierra árida y el viento seco ahogan, dejando a la deriva a unos personajes que se mueven por sus emociones e intereses, en un paisaje ruinoso y asfixiante, donde las pasiones amorosas son soterradas, como si la guerra lo hubiera secado todo, en el que los personajes son incapaces a dar rienda suelta a lo que sienten y siempre tropiezan con los demás, Lluís, el joven oficial, que se mueve entre la ingenuidad y la pérdida paulatina de sus ideales, se siente fuertemente atraído por la Carlana, ésta, que huye de su pasado tortuoso, se muestra inflexible cuando arrecian el deseo y la pasión, es una araña que teje pacientemente su tela y va atrapando a los hombres para su conveniencia, Soleràs, que es un tipo que se mueve entre la razón y la locura, entre la lucidez y su especial sensibilidad, ama en secreto a Trini, la mujer de su amigo, y ésta última, que ama a su marido pero sabe que éste no la ama.

Villaronga filma a sus criaturas en ese paisaje turbio, de violencia latente (como las obras de Lorca o Aldecoa) de amores frustrados y rabia contenida (como el mejor cine de los 70 de Saura o Borau) en el que los exteriores reflejan el estado emocional de los personajes, unas emociones rotas, oscuras a punto de estallar, y los exteriores, marcadamente sobrios y desnudos, desatan lo oculto, lo que no se dice, lo que da miedo. Un grandioso trabajo interpretativo en los que la terna de jóvenes, capitaneados por Núria Pirms dando vida a la fiera herida de la Carlana (que vuelve al cine por la puerta grande después de años de retiro voluntario), Marcel Borràs como Lluís, el joven víctima de su deseo y desamparo, la fuerza arrolladora de Oriol Pla dando vida a Soleràs, y la dulzura y la energía de Bruna Cusí como la Trini, acompañados maravillosamente por los intérpretes veteranos aragoneses Luisa Gavasa, Terele Pávez, Fernando Esteso y Juan Diego.

Sin olvidarnos del trabajo técnico admirable, habitual de Villaronga, como Josep Mª Civit en la cinematografía, con un trabajo de claroscuros que recuerda a las pinturas de Goya y sus desastres de la guerra, Ana Alvargonzález en el arte, con un minucioso trabajo entre lo conciso y lo ausente, despojado de todo artificio, el montaje pausado de Raúl Román, y la producción de Isona Passola (quinto filme que rueda con Villaronga) componen una buena película, un relato que nace desde dentro, en el que la guerra, no sólo amenaza con destruirlo todo, sino a los personajes, en esta historia de retaguardia, de colas de racionamiento, de bombardeos en la ciudad, de animales en descomposición, de medicinas que pueden costar vidas, de amores que no acaban de encontrar consuelo, de heridas sin cicatrizar, de amistades rotas por culpa de las balas, y sobre todo, de pasiones encontradas, sucias, oscuras que se mueren cada día, sin dejar rastro.